Archivos para el tag ‘Economía sumergida’

‘Roselloni’

Tacho Rufino | 11 de febrero de 2013 a las 12:49

ÉRAMOS pocos y parió la abuela, dice el dicho. En la semana del aquí no ha pasado nada pero algo puede que sí haya pasado de Rajoy, cuando compareció ante la prensa en una grabación en una tele de plasma -galleguismo tecnológico-, el presidente de los empresarios españoles ha parido: “En España no hay seis millones de parados (…), la estadística sobre el paro, la EPA del Instituto Nacional de Estadística, no me la creo yo (…) hay 400.000 funcionarios que no hacen nada más que consumir bolígrafos y teléfono (…), si me dejas a mí la legislación laboral la cambio en una semana”. Quién dijo miedo.

Ya llevaba tiempo Joan Rosell sin soltar ese tipo de boutades de alto impacto que su predecesor, el infausto Díaz Ferrán, convirtió en propias de un directivo de la patronal que se preciase. La débil afiliación de la alta patronal, el desapego hacia ellas del empresario pequeño y mediano, que ni tiene ni quiere relumbrón ni focos, convierte a la incontinencia verbal de Ferrán o Rosell en un rival del empresario en una tierra como la nuestra, en la que el empresario, desgraciadamente, sigue siendo para muchos “el que tiene lo que yo no tengo, un sujeto espabilado que sortea impuestos, innova poco y emplea poco, vive bastante de lo público y es una casta mayormente hereditaria”. Con amigos como éstos, quién quiere enemigos. Descartado que el presidente de la CEOE ingiriera ayer viernes al alba licor de forma irresponsable, debemos platearnos por qué dice esas cosas alguien de su significación. Él, que en teoría representa al colectivo esencial para el renacimiento español, los empresarios. Platearemos aquí dos hipótesis: la de la falta de cariño y la de la rebosante ambición política.

Hipótesis 1. El papel de los empresarios en el corazón de la crisis no es precisamente lucido hasta la fecha. En gran parte arrastrados por una contracción crediticia y de consumo brutal, y en parte también por el efecto llamada al despido de una inoportuna reforma laboral, los empresarios españoles pelean por sobrevivir, salen al exterior, a veces desesperadamente. Y han conseguido la pírrica victoria del anhelado incremento de la productividad, pero sólo porque el denominador de dicha productividad -el número de trabajadores- ha caído a plomo, y no por la mejora en la gestión, en la innovación o en el uso de la tecnología. En este estado de cosas, lo más prudente sería que el que pasa por portavoz de los empresarios fuera moderado y constructivo en sus declaraciones. Pero ya llevaba callado mucho tiempo, y es amante de la notoriedad y el poder mediático -eso le pone, si no no estaría ahí-, está en una edad complicada, algo falto de dosis de titulares de prensa y apertura de noticiarios. Quizá preso de una falta de autoestima sublimada. Es sólo una hipótesis.

Hipótesis 2. Joan Rosell tiene una agenda oculta. Una agenda política. Quizá usted ha seguido leyendo hasta aquí algo irritado, porque en realidad está de acuerdo con las frases-flashes de Rosell: ni hay tanto paro (sino mucho sumergido); los funcionarios viven en general del cuento y del contribuyente; menos días de despido y más manos libres le metía yo a la ley laboral. Una forma legítima de pensar. Que comparte una franja no desdeñable de los mayores de edad españoles, que no tiene por qué estar nutrida de empresarios. Es decir, sus mensajes tienen tirón político: por una minoría podría empezar Rosell el camino de la política, su aspiración oculta. Un Roselloni, un Berlusconi español que recoge los restos del naufragio de una partitocracia corrupta. Un empresario de mensaje desabrido, simple, directo, algo faltón, desinhibido, amante de las polémicas de anestesia. Agua hipervitaminada para una maceta falta de riego: el votante. Es sólo una hipótesis.

Hay una tercera, pero mejor dejarla para otra ocasión.

Colas en el banco; chapuzas domésticas

Tacho Rufino | 18 de diciembre de 2012 a las 12:46

Dos asuntos me han llamado la atención en los últimos días, así como si una mosca diera vueltas sobre las cosas que uno da por ciertas, como dicéndote: “Buuuzzzz, buuzzzzz, no te creas nada, eso no es así”. Maldita mosca. Cuándo puñetas empezaré a tener certezas como tiene tanta gente gritona en la barra de los bares o en la cola del pan. Gente cuyo mapa del mundo está perfectamente claro, compartimentado como si de un reparto de África poscolonial se tratar, con sus colores y sus fronteras a tiralíneas. Gente que no duda, y por ello es ajena a la desazón de la incertidumbre.

Precisamente las colas, las del cajero del banco, son una de las dos fuentes de reflexión micro de hoy: cómo van cambiando las cosas de cercanía, los hábitos de consumo, las prácticas empresariales. En concreto las prácticas bancarias. La amortización de decenas de miles de puestos de trabajo y de miles de sucursales se produce al abrigo del desfase patrimonial y los agujeros de los balances de las entidades, así como de la reducción radical del negocio, y, finalmente, de las fusiones, absorciones de cajas de ahorros y concentración. La concentración del negocio bancario en menos manos supone también una vuelta de tuerca en la especialización de las entidades: ya no juegan a todo (crédito, préstamos, descuento, planes de pensiones, otros productos del ahorro, cuentas corrientes y de ahorro; activo y pasivo en suma). Ahora cada uno busca su lugar bajo el débil sol. Bancos cada vez más internéticos y virtuales, bancos que expulsan a los viejecitos de la cartilla hacia el frío acerado, donde está un cajero automático que les hace pasar el peor rato de la semana, entre otras cosas porque –quizá con toda la mala idea—cambian con mucha frecuencia las aplicaciones de cajero que te ayudan a sacar dinero o pedir el saldo de tu cuenta. Bancos que, a fuerza de hacerte sufrir colas interminables, te sacan de la oficina o, alternativamente, de tus casillas. Bancos que en el curso de dos años están irreconocibles. Y más que lo van a estar. Bancos que han dejado de ser tus amigos. ¿Qué no eran sinceros antes, en realidad? Sí, puede que no, pero lo parecían, y todos estábamos contentos.

La segunda mosca mentalera de estos días representa una desilusión. Uno esperaba –con amarga ilusión, ya digo—que ciertas profesiones mimadas por la exuberancia (y poco profesionales, a la vez que muy caras) volvieran a su ser. Que el antenista cobrara una cantidad normal por un servicio normalito, que el fontanero acudiera con mayor celeridad y ganas de servir, que el electricista respondiera a tus llamadas, que el escayolista viniera a reparar el entuerto que dejó en tu techo. Que fueran más puntuales, fiables y asequibles. Esperaba uno que los precios de los servicios de estos trabajadores de los hogares ajenos bajaran en línea con la bajada real de los salarios. Pero qué va: ni una cosa ni la otra. ¿En qué se han ajustado fontaneros, electricistas, escayolistas y antenistas? En trabajar menos, más en la economía sumergida todavía, y sobrevivir. Por supuesto, echando a todo colaborador. ¿Tienen esa misma sensación? Es como si nos encontráramos bien en un nivel mínimo, y que rehuyéramos de las complicaciones (en realidad, habría que llamarlo “negocio”). Esa vana expectativa de que la crisis haría que nos volviéramos más profesionales y competitivos es mucho más vana de la cuenta: es al revés, supongo que con excepciones (con las cuales no recuerdo haberme topado últimamente). Chapuza y supervivencia, al mismo precio que antes. El único ajuste de la competitividad ha venido en este país por la vía de los despidos. El que trabaja, en muchos casos, si puede, no trabaja. O trabaja al trantrán y la informalidad.

Las dos Españas fiscales

Tacho Rufino | 21 de octubre de 2012 a las 19:09

MARTÍN Varsavsky, uno de los fundadores de Jazztel, escribía en Twitter hace unos días: “Si España, con una fuerza policial pequeña, una también baja tasa de encarcelamiento y un 50% de desempleo juvenil tiene tan bajo índice de criminalidad, mi única explicación es: honestidad”. Gracias, Martín, pero ¿entendemos por honestidad la honestidad fiscal también, o eso queda sólo para otras culturas más protestantes? Y, por otra parte, ¿la corrupción a borbotones, cuya punta del iceberg apenas vemos en los juzgados, es compatible con la honestidad española, esa que, de momento, contiene a este pueblo masacrado de irse a cortar cuellos a los blindados y los espabilados? ¿Es honesto maltratar al vecino o al ciudadano sin recato ni límite, precisamente porque no existe miedo ni coerción policial y judicial suficiente?

Si nos permitimos jugar a jorgemanriques del siglo XX, o sea, a nostálgicos, es posible que hubiera una España pasada más honesta, y que gente de mi edad la hayamos vivido. Datemos esos tiempos de respeto habitual y temor bien aprendido en la algo indefinible época de la Transición, por ejemplo. Lo diré: quizá éramos más legales porque la ilegalidad se pagaba a base de bien, rápida y hasta sumariamente, o al menos mucho más y más rápido que ahora. Lo cual venía de perlas a la hora de pasear por la calle, cantarle las cuarenta a un vecino impresentable o demandar a un ladrón de cualquier pelaje. No podemos dejar de estar de acuerdo con Varsavsky en que policía, lo que se dice policía más allá de los ponedores de multas municipales con libertad de look hay poca, y cada vez parece haber menos, o es menos visible. Si a usted se le enquista un grupo de mamarrachos cada jueves por la noche privando, gritando y aliviándose como cosacos bajo su ventana sin dejarle dormir, por lo general usted habrá de tomar ajo y agua. E incluso si en vez de una concentración espontánea se trata de un bar de copas con sus horarios y papeles (que se pasa el titular por el forro). Creemos a Varsavsky, que es un hombre informado, cuando dice que tenemos una tasa de presos por habitante muy baja, aunque seguro que eso tiene que ver con nuestra garantista y lenta Justicia. Y claro que lo creemos cuando dice que la mitad de nuestros jóvenes no trabajan, al menos en la economía formal. Pero deducir que una proverbial honestidad española está detrás de que todo ello no provoque más criminalidad es ya mucho más opinable. Ya nos gustaría que existiera ese poso de quijotismo en nuestra sangre.

Y los impuestos, el termómetro monetario de la catadura colectiva. En España quienes pagan impuestos de verdad son los asalariados. No las empresas grandes, cuya contribución es sorprendentemente desproporcionada por baja, porque a las empresas grandes se las trata mejor que al mortal con nómina y sin escapatoria posible por la puerta de la contabilidad creativa. Y por supuesto, tampoco pagan más que los asalariados todos aquellos millones de personas que están en la economía sumergida. No ya la economía sumergida de subsistencia, que merece respeto o compasión, sino la organizada, la fina, la que más gasta, sin pagarlo, el asfalto de las carreteras públicas con grandes ruedones. O la china: 10.000 millones de euros que están en fajos y en contenedores porque, precisamente, no están en las cuentas de la Agencia Tributaria. Rajoy les prometió a los asfixiados autónomos (donde también hay importantes bolsas de fraude con el cuele de los módulos) que no pagarían el IVA repercutido hasta cobrarlo: pero nada de nada; la tiesura pública manda. Están aquí los tiempos de creciente presión fiscal; multas, tasas, e incluso tramposas comisiones bancarias incluidas. Es el momento de que la España que paga le plante cara a la que no paga pudiendo y debiendo hacerlo.

Un ‘sorpasso’ de lo más ilusorio

Tacho Rufino | 7 de julio de 2012 a las 19:59

 

LOS españoles solemos afirmar que nos parecemos a los italianos más que a cualesquiera otros extranjeros. Uno después visita Turín y se da cuenta de que ellos, los del norte al menos, no se parecen ni siquiera a los españoles que habitan aquellas ciudades cuyas calles, igual que las turinesas o milanesas, se despueblan sin remedio al finalizar el horario laboral. Recuerdo a un industrial milanés decir que había visitado Cataluña por negocios en los ochenta y se había encontrado “un roba da piangere” empresarialmente, algo para echarse a llorar: él, claro, le vendía motores a los alemanes. Lo de ser hermanitos de los italianos es un tópico al que no sólo gusta recurrir a los españoles, sino a bastantes italianos, quizá en buena parte debido a que nuestros idiomas están entre aquéllos que tienen mayor correspondencia entre fonética y ortografía. Sea como sea, no olvidemos que España ha estado de moda en el mundo antes de entrar en esta repelente dinámica de cuesta abajo y sin frenos en que nos encontramos. E Italia basculaba entre esa buena sintonía tan tópica y el orgullo herido de ver cómo los adelantamos fugazmente en PIB per cápita a finales de 2007 -con un infantilmente ensoberbecido Zapatero anunciándolo a los cuatro vientos-, y cómo nuestros bancos y aseguradoras se expandían comprando entidades italianas. Cuando Telefónica, de la mano de Aznar (al que recientemente Prodi ha vuelto a llamar “mentiroso y espabilado”, por decir en Financial Times que entre ambos proyectaron un retraso de la entrada en vigor del euro), estuvo a punto de adquirir Telecom Italia, el ciclo de la envidia italiana hacia España -la otra pata de ese amor-odio propio de tantos amores- llegó a su cénit. En fin, que tras el 4 a 0 de la final de Ucrania, nuestro romance y unidad de destino en lo mediterráneo son más falsos que nunca. Unos destinos que, eso sí, corren en algo paralelos: en la prima de riesgo. Ésas dos sí son primas hermanas. Y gordas. 

Tras años de dictadura, España sufrió una especie de efecto tirachinas, con un turbo de modernización que hizo que recorriera en pocos años lo que otros, como Italia, habían recorrido en décadas. Ese turbo liberado y recalentado creó una inercia de crecimiento nominal descollante en nuestro país. Según Dario Di Vico, aparte de los factores exógenos, el éxito español, un milagro mal abortado, se basó en “una clase dirigente empresarial y política cuarentona y no octogenaria [como la italiana], un sistema político moderado y bipartidista y una sociedad civil creativa y rica muy abierta a la contribución de las mujeres”. Los italianos se entregaron a Almodóvar, a nuestra forma de divertirnos y comer, adoptaron el término “movida” con la fe furibunda del neoconverso, hasta Zapatero les parecía cool. De pronto, los italianos -y no sólo ellos…- se dieron cuenta de que nuestro músculo era artificial aunque hecho ladrillo, que nuestro turismo low cost era insostenible, que el clientelismo político era brutal a lo largo de la piel de toro y que nuestros bancos no eran lo que se decía. Italia tiene un sector industrial que nosotros ya querríamos, mientras que nuestro sector servicios es de bajo valor añadido. Ahí están nuestras debilidades estructurales. Italia se ve asolada por un Estado ávido y presionado como el español. Arte, joyas, colegio de los niños, coches o barcos e incluso los viajes son vigilados allí y te suponen un inmediato aumento de impuestos, no ya por patrimonio, ¡sino por renta! (graciosos que son creando palabras, a este sistema de control fiscal le llaman reditómetro). Por ahí vamos nosotros en poco tiempo, seguro. Con todo, aparte del fútbol, en algo les zurramos (permitan el plural patriótico): Zara sigue siendo la gran gloria española en el país del diseño. Ahí les duele, pero en eso ellos hocican con gusto.

El ‘otro’ dilema fiscal

Tacho Rufino | 16 de abril de 2012 a las 13:48

EL dilema fiscal principal al que se enfrenta España es presupuestario: o recortar sin plan ni programa al ritmo de los ataques -sean de pánico razonable o planificados- contra nuestra deuda pública y, a la postre, contra nuestra economía tambaleante, o consensuar por la vía de emergencia nacional planes de eficiencia en el uso de los recursos públicos, incluidas la sanidad y la educación. Esta última opción, más soberana y razonable, no ha sido puesta encima de la mesa ni por el Gobierno anterior ni por el vigente. Ambos -cada uno en su estilo y con sus circunstancias- han ido soltando lastres para mantener al globo en el aire, de forma atribulada y a instancia de parte; mejor, de dos partes: los inversores globales, y las instancias monetarias y gubernativas comunitarias, cuya práctica habitual es decirte: “Vas bien, muchacho”, pero no reaccionar ante las oleadas contra España, consiguiendo con su dontancredismo que España se vea forzada a nuevos sacrificios. El último lastre lanzado por la canastilla ha sido de 10.000 millones: “Vale, vale, tranquilos, si no os ha gustado el presupuestito español, y dado que mi prima de riesgo se fue a máximos, mi Bolsa a mínimos y estamos muy asustados y ustedes no nos echan una mano en el mercado de segunda mano… ahí van más vírgenes”. La intervención hace de hombre del saco: uh, uh, que viene que viene. Pero hay otro dilema fiscal flotando sobre nuestro destino, decisivo para la definición del tipo de sociedad en que vamos a convertirnos: ¿seremos un país sacrificado que paga sus impuestos, porque si no el Estado se acabará vaciando hasta no ya ser otra cosa, si no nada? ¿O nos tiraremos de cabeza a la selva de la economía sumergida y, por tanto, degradada?

España es un país católico, y eso, en lo cultural, no significa precisamente cumplidor con sus obligaciones fiscales. Una religión exangüe, de fugaz remordimiento, en la que el pecado dura lo que tarda uno en decir los pecados al confesor (no disparen al pianista: lo anterior lo afirmó el Arzobispo de Milán, Carlo Maria Martini, en una entrevista en 2009) debe de tener que ver con nuestra cultura fiscal. En mi infancia, nadie pagaba impuestos sobre la renta, porque no eran obligatorios. En mi primer trabajo, el Impuesto de Sociedades era un mero paripé. Poco a poco hemos ido tomando conciencia, y atrás -no muy atrás, pero atrás- quedan los días en los que los evasores y defraudadores de todo pelaje no sólo campaban a sus anchas, sino que algunos presumían de ello. El Gobierno anuncia amnistías fiscales para los maletines del paraíso fiscal, lo que -siendo un recurso feo pero válido- va en contra de la regeneración impositiva del español, y además es tan dudosa que parece solamente querer encubrir la inminente subida del IVA, que es mucho más cierto como partida presupuestaria. El problema es que la recaudación cae año tras año en la mayoría de los impuestos. El problema, en el fondo, es la satanización de la inversión y el gasto públicos que señorea en esta Europa, pero ése es otro cantar más filosófico. Eso es cante jondo.

El año pasado, el Ministerio de Trabajo ofreció una amnistía laboral para que la gente se diera de alta tras haber estado sin contrato -¿a que no lo recuerdan?-. La medida fracasó. Es muy probable que, en vez de convertirnos en unos nuevos protestantes que piden la factura al escayolista con su IVA y todo y chivatean al vecino que innova demasiado con sus impuestos y al tendero que revolotea en el limbo laboral, nos convirtamos en un país de billetes sucios y arrugados, de chapús. Un país con más morbo mafiosillo. No nos va a hacer falta viajar a países exóticos a trajinar y regatear sintiéndonos un Jack London de plástico, que viaja ida y vuelta con Viajes El Corte Inglés. Seremos poco a poco más salvajes. Entre otras cosas, porque no hay dinero (?) para dotar con más y más eficaces medios al control tributario público -el autocontrol calvinista queda aquí descartado-, un control que se relajó muchísimo en los días de vino y rosas.

Elabore su receta presupuestaria

Tacho Rufino | 3 de septiembre de 2011 a las 17:04

MARÍA Dolores es la más fuerte del Partido Popular. La puesta en escena de la visibilísima presidenta de Castilla-La Mancha (y otros cargos, veremos en dónde acaba), el pasado miércoles, ha sido deslumbrante, e incluso acongojante: envida a la grande Cospedal, y se propone reducir el gasto público ¡en un 20%! Quién nos iba a decir que la de natural austera y periférica región manchega iba a ser el objeto de todos los focos preelectorales y la madre de todos los planes de austeridad por venir (demos por hecha la victoria popular en noviembre). Entramos de lleno en los dominios de la política fiscal, la única política económica posible hoy. En cómo el aspirante a gobernar lanza sus mensajes a los ciudadanos, buscando ese equilibrio -¿equilibrismo?- que los partidos se ven forzados a encontrar entre el su sustrato ideológico y la necesidad de gustar -o no disgustar- al gran público votante. Tras advertir Cospedal de la “bancarrota” en que encontró el PP las arcas autonómicas manchegas, la combinación de variables de política presupuestaria que se recete para La Mancha es la que esencialmente se cocinará a nivel estatal de forma más compleja.

Después de ofrecer al alimón PP y PSOE sacrificios a Alemania y a los inversores financieros abriendo la caja de Pandora de la reforma constitucional (el nacionalismo parlamentario ya pide el derecho a la autodeterminación por la misma vía), el acuerdo sobre política fiscal ha quedado ahí… y en que todos defienden el mantenimiento del gasto social: faltaría más a tres meses de las elecciones y con unos 5 millones de parados oficiales. Muchas posibilidades de manejar los presupuestos públicos no hay. Reducir el gasto y/o aumentar los ingresos. Para lo primero, el recorte vía amortización de personal, reducción de salarios públicos y mutilación de inversiones en infraestructuras son de efecto inmediato. Cospedal, aparte de otras medidas más cosméticas, anuncia esta receta, y de forma drástica: si no, no sale ese 20% ni haciendo malabares. Los planes de eficiencia en la gestión pública quedan para las grandes palabras: llevan tiempo, concienciación. Y mano dura, coerción y perseverancia. Sin embargo, la cirugía exprés merma el nivel de empleo, provoca la contracción del consumo privado y público, más un paralelo aumento de los costes sociales, por coberturas de desempleo (España paga 2.500 millones de euros mensuales por este concepto), subsidios y otras ayudas. El recorte, pues, produce ahorros, pero también supone costes, y atonía económica.

Hay pocas vías para aumentar los ingresos públicos. Primera y muy silenciada, evitar las fugas de ingresos mediante formas de economía sumergida. Hoy, con la que cae, la coartada es ubicua: “Antes que Hacienda está mi familia”, decimos antes de abrir el grifo y ver que, aleluya, sale agua, o antes de coger el coche para ir en autovía sin peaje a pasar el finde. El fraude fiscal y la economía sumergida -la de subsistencia y la pícara- son enormes en España, y son puro presupuesto público evaporado. Segunda, aumentar los impuestos al consumo: subir el IVA, o la gasolina, la cerveza o el tabaco. Que en su conjunto -más allá de maquillajes: la presión fiscal por este concepto- los impuestos indirectos no subieran en los próximos años sería milagroso. Si bajan, nos quitamos el cráneo, como diría el Don Latino de Luces de bohemia. Tercero, la vedette fiscal: los impuestos directos, los que gravan las rentas del trabajo y el capital de las personas y empresas. Se pagarán más multas, y más por contribuciones urbanas y por sellos de coches: a ver qué ayuntamiento los baja. Y las clases medias pagarán por IRPF como mínimo lo mismo que actualmente. En un mitin te dirán lo de “los ricos” pagando más -pero, ¿de cuándo ha pasado eso, por Dios?-; en el de enfrente, que bajarán los impuestos. Veremos. ¿Qué haría usted si su hacienda fuera la Hacienda española?

País de buzos y cangrejos

Tacho Rufino | 22 de septiembre de 2010 a las 15:20

alquileres1Gestha es una asociación de técnicos de Hacienda, y periódicamente elabora informes y estudios sobre asuntos económicos y sociales, algunos de ellos muy llamtivos y con mucho tirón mediático. Hoy se ha difundido en la prensa uno de ellos, titulado Informe sobre los alquileres sumergidos en España. Me ha resultado imposible encontrarlo en la web de Gestha, así que hablo sobre lo que los periódicos dicen sobre él (ver éxito de comentarios de lectores), que debe ser un corta y pega aproximado de la nota de prensa que la propia asociación haya mandado a los medios. Si a pesar del criterio de la Agencia Tributaria (que afirma que no es fiable porque “las magnitudes cruzadas no se pueden homologar”) damos por no desatinado el dato más llamativo del informe, debemos concluir que más de la mitad de los alquileres en España no se declaran. En el caso de Andalucía –qué hartura más grande–, el porcentaje es del 70: sólo tres de cada diez alquileres de viviendas (no de oficinas y otros locales) ven la luz fiscal. En cualquier caso y mayoritariamente, en España el arrendador no declara sus ingresos, al arrendatario le da igual porque no desgrava nada significativo por alquileres (aparte del habitual “o me pagas en negro, o no te lo alquilo”); Hacienda se queda con un palmo de napias, el binladismo se realimenta y da juego a las actividades ilícitas (arrendatarios con menos papeles que una liebre y con dudosas actividades, por ejemplo); los derechos y deberes de los inquilinos quedan en suspenso, y las comunidades de vecinos se ven expuestas a que gente sin compromisos se instale en su condominio, sin  olividar a gentuza y estafadores de baja intensidad, y perdonen los más suaves la crudeza de los términos, pero son castellanísimos.

Es ésta otra cara del poliedro opaco de la economía sumergida de este país que, dicho sea de paso, en algunos casos palia la miseria flagrante de gente sin privilegios ni recursos: familias de gente honrada con escasa economía no podrían afrontar un incremento por IVA, quizá, pero no es el caso típico. En la mayoría de ellos, es pura deseconomía y ventaja para la parte fuerte del trato. Un país de cangrejos, que va para atrás, y en el que quien puede se sumerge como un buzo social.

Me conviene la sumergida de todas todas

Tacho Rufino | 10 de septiembre de 2010 a las 13:52

zapatero chisteMe lo acaban de contar de primera mano: mujer con cinco hijos (estudiantes), sin ingresos fijos, con marido parado y sin cobertura, que cobra el magnífico subsidio de 420 euros al mes, acepta un trabajo en verano en el que le exigen “darse de alta”. Antes se informa de si puede seguir percibiendo el subsidio, que le es básico para apagar algún fuego de su escasa economía. Le dicen que tiene que solicitar una “compatibilidad”: siendo bajo el subisido, también lo es el de su trabajo circunstancial en el comercio pero, aun así, dicha compatibilización implica que le quitan una parte importante de los 420 mientras que esté trabajando. Acepta no estar en la economía sumergida, aunque económicamente no le traiga ninguna cuenta el trajín legal. Hace todo el papeleo, al darle en la oficina de empleo absoluta seguridad de que no va a dejar de percibir el subsidio, si bien recortado temporalmente.

¿Adivinan qué ha pasado? Yo se lo cuento.

Esta mujer recibe una comunicación oficial avisándole de que deja de percibir la ayuda, por tener otro trabajo. Disgusto, autobuses, colas interminables, “eso es en la otra ventanilla”…

– Ha sido un error nuestro, lo sentimos. Tiene que presentar una reclamación

– ¿Ustedes se equivocan, y yo dejo de cobrar lo que me pertenece hasta nueva orden? ¿Me pagarán ustedes mientras la luz y las multas por recibos devueltos? ¿Le mando los papelitos amarillos de Correos aquí?

– No podemos hacer otra cosa, lo siento. Y tampoco asegurarle de que le vayan a pagar lo debido con efectos retroactivos.

Vaya país. Recortando a los débiles: tienen toda la razón los que se oponían por este motivo al plan de austeridad en sus diversas vertientes. Algunos, ilusos, pensamos que la progresividad y la “justicia” (¿eso qué es?) iban a inspirar los recortes públicos. Así se promueve estupendamente el empleo legal (por la que hilan, que diría el castizo): dejando tirada a la gente necesitada que ha querido hacer las cosas como es debido.  No hablamos de prejubilaciones apetitosas que se nutren en buena parte de dinero público, ni de inconcebibles pensiones vitalicias de diputados, ni de tecnócratas que se autoblindaron mermando los dividendos de los accionsitas minoritarios e invisibles. Hablamos de personas que hacen diariamente miles de cuentas para salir adelante. Como usted estará pensando –espero– una vergüenza (claro, que hay gente que no para de pedir que se eliminen estas ayudas de supervivencia y todo el Estado del Bienestar… y se eche a la gente a los leones o a Rumanía con los gitanos de Francia. Ayer escuché a un señor con pinta normal decir que “el gobierno lo que tiene que hacer es eliminar todas las empresas públicas, y así levantaremos cabeza”. No dijo quiénes la levantarían, pero lo repitió hasta dos veces, sin respuesta de los otros tres comensales de su mesa).

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Los desertores del azadón

Tacho Rufino | 23 de agosto de 2010 a las 11:03

QUIZÁ conozcan la expresión desertores de la tiza. Suele aplicarse maliciosamente a los profesores del sector público que, tras pasar unos años sirviendo en política –los hay en la izquierda, en la derecha, en los partidos nacionalistas– en comisión de servicios y gozando de sus nuevos salarios, estatus y otros concentrados de poder bebibles a diario, se resisten a volver al aula con niños, adolescentes y jóvenes más o menos ávidos de conocimiento. Es (debe de serlo) duro el retorno al despacho sin glamour ni secretaria, a la clase probablemente desinteresada, a la nómina modesta, a la opacidad pública, al frío de los mortales docentes o investigadores. La vocación de la enseñanza y el conocimiento se pone en serio riesgo cuando uno tiene asesores, subordinados y centralidad en los estrados y micrófonos. En muchos casos, la resistencia al retorno a la tiza (junto el poder de convicción adquirido en el ejercicio político) es tal, que por fuerza han crecido las fundaciones y observatorios, y han engordado los organigramas del sector público.

Algo parecido ha sucedido con los otrora boyantes y escasos albañiles, ferrallistas, soladores, electricistas, carpinteros metálicos, encofradores, fontaneros y otros. Paralizada la actividad que los reunía, la construcción, la opción era la vuelta a la barra o al azadón. En muchos casos de escasa profesionalidad encubierta por el boom, se imponía la vuelta a la hostelería y al campo: es lo que hay. Pero, también en muchos casos, esa vuelta pasa por una especie de periodo sabático en el que uno ejerce sus derechos adquiridos -la percepción del subsidio-, en el que no se hacen ascos a los chapús. (Eso sí: como han informado los técnicos de Hacienda esta semana, los microempresarios y autónomos que no están en módulos -éstos han tenido grandes ventajas, pero hoy, a la baja, su régimen no compensa- han declarado en 2009 cantidades de facturación irrisorias, trabajando grandemente en negro con la aquiescencia de los clientes, descontando con creces sus bajadas de ingresos por la crisis… a costa de menos ingresos naturales para las arcas públicas, y de una mayor economía sumergida, y no precisamente de subsistencia.)

Hace unos meses, dábamos aquí cuenta (Mr. Gómez, from Lepe) de un fenómeno de movilidad laboral que surgía de la parálisis de la construcción: en las zonas rurales, los nacionales volvían del ladrillo al plástico y el surco, del sueldo de tres mil y más al de mil doscientos en el mejor de los casos. Todo ello, desplazando de sus puestos a quienes desde fuera habían venido a cubrir los trabajos más penosos y peor pagados: quítate-tú pa-ponerme yo, que soy del país. Pues bien, parece que lo que un periódico inglés había venido a constatar al poliédrico municipio de Lepe en Huelva no está realmente sucediendo, y no hay tal desplazamiento de una mano de obra por otra. O no de una manera intensa: “Mejor agoto el subsidio de desempleo que me corresponde, que me reporta una cantidad muy similar a la de los jornales. Como está la cosa, igual si dejo el paro para más adelante, se habrán recortado estos derechos también y no veo un duro. Pájaro en mano, pues”.

A quien así barrunte no le falta razón. ¿Por qué no pensar que, junto al leñazo a las pensiones por venir no vendrá de la mano un nuevo recorte de las prestaciones por desempleo, después de haber visto cercenarse los salarios públicos, las obras también públicas, los presupuestos y organigramas ministeriales, autonómicos (menos) y locales; los gastos de defensa, la olvidada I+D+i tenida por base de todo progreso y discurso, la cooperación, la sostenibilidad energética y la sanidad, por no hablar de la todopoderosa y lenta educación que, también, todos decimos querer y ninguno dotamos? El azadón puede esperar. Y lo maneja con más ganas Mohamed.

Sin tretas no hay paraíso

Tacho Rufino | 5 de julio de 2010 a las 21:09

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SI sólo trabajamos en los costes, acabaremos muriendo de inanición; sin capacidad de maniobra el Estado, sin capacidad de consumir (ni de ahorrar) los particulares y, en parte por ello, sin capacidad de invertir las empresas por falta de financiación. Por eso, toca trabajar en los ingresos, una vez que se le han dado tajos importantes al gasto y a la inversión pública y privada (y los que quedan: nuestros acreedores, las inefables agencias calificadoras y los fondos y bancos mundiales tienen miedo y no están satisfechos). La máxima que escuché a Lázaro Eduardo, conductor de bicitaxi habanero y hoy camionero en España, es de aplicación aquí hoy, quién lo iba a decir: “Por el dinero no te preocupes, que dinero no hay”. A pesar de ello, a la Hacienda española le toca bailar con dos feas de manual. Una, la economía sumergida que, delitos aparte, ayuda a muchas familias a tirar para adelante: si la calle no está tan dramáticamente mal como lo están las cuentas oficiales, ¿por qué será? La otra, los regates de los grandes capitales transhumantes por el orbe, regates que cada vez resultan más incómodos a sus titulares. Éste ha sido uno de los temas positivos de la semana; no para dichos titulares de cuentas opacas, claro está. En esencia, el despiste de capitales ha dejado de ser ignorado. Primero, y básicamente, porque los estados necesitan dinero para sobrevivir, de una forma más acuciante que nunca en decenas de años. Quieren que los dineros obtenidos aquí permanezcan aquí ayudando a regar la macetita de todos, que está seca, sin llegar aún a yerma. Segundo, porque existe un interés común en este sentido: británicos, estadounidenses, alemanes, italianos, españoles y franceses, entre otros, están por la labor. Antes, vacas gordas mediante, no lo estaban o no parecían estarlo, al menos con una voluntad efectiva de coordinarse para que quien fiscalmente debe pagar en su país -y revertir parte de sus ganancias en la tesorería agregada nacional- lo haga. Y no obtenga refugio en cuevas de bucaneros de alto copete, palmera y tortuga en aguas turquesa… o entre montañas y valles verde-dólar (Andorra, Liechtenstein). De hecho, España acaba de llegar a un acuerdo con Andorra para informar sobre estas cuentas de dudoso origen y clarísimo objetivo (evadir impuestos). Y es que en este empeño sí hay dinero; dinero de verdad, que puede apuntalar algún forjado dañado de la casa presupuestaria pública. El cerco sobre los paraísos fiscales no lo cierra tanto la voluntad de detectar los grandes dineros del narcotráfico, el terrorismo y la prostitución (que, junto con otros capitales menos siniestros abundan en esos lugares que -abracadabra- no necesitan presupuestos públicos), sino la necesidad de generar ingresos públicos que no sólo se produzcan apretando a los de siempre… que también.

Si arriba hablábamos de intereses comunes, ahora debemos hablar de intereses recíprocos. A los estados les urge eliminar su déficit, y a los capitales ocultos les resulta cada vez más difícil estar a salvo, también porque hay cada vez más paraísos fiscales, como Suiza, que no quieren ser reconocidos como estados-tahúres de guante blanco. El Estado (España, por ejemplo) amnistía a los hijos pródigos del taco, y los hijos pródigos, en reciprocidad por el perdón, se comprometen a repatriar sus fortunas y mantenerlas en donde debieron siempre cotizar y nutrir a la economía (la particular, claro, pero la colectiva también). Italia consiguió así el año pasado que volvieran 80.000 millones desde San Marino. Muchos técnicos de Hacienda, muy quemados, exigen inflexibilidad: que paguen lo que deben y punto. Sea como sea, los paraísos fiscales, ya sin tretas criminales, se reconvertirían en “espacios de baja tributación”, pero no opacos. De nuevo en este caso, una de las caras positivas de la crisis es la voluntad de establecer una regulación común que deje en fuera de juego las distracciones (ilegales) de quienes más parte obtienen (legal o ilegalmente) del pastel.

El_Roto_paraiso_fiscal

(Ilustraciones: Adán y Eva, de Durero; viñeta de El Roto de El País)

P.S.: Debería haber mirado en Google antes de publicar este artículo en papel el sábado para detectar alguna coincidencia en el jueguecito de palabras que da lugar al título, pero no lo he hecho hasta ahora. Así que meto “Sin tretas…”, … y hay tal coincidencia, claro: nada menos que con un sketch del humorista Juan Mota. En fin, no es tiempo de exclusividades. Internet es como los ADN: acerca casi al 100% la condición genética a espcies tan diversas como la rata, la ameba y el hombre. No me importa ser yo la rata en este caso…