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Mi primera crisis

Tacho Rufino26 de Enero de 2009 a las 12:49 pm

(Publicado en papel el pasado sábado)

LA universidad en la que trabajo me brinda la oportunidad de impartir clases en primer curso a un grupo reducido y multicultural y, además -escribo el adverbio con intención-, pone a mi disposición incentivos en forma de ayudas para viajes y materiales, sometida esta prebenda a la exigencia de utilizar el inglés como idioma común; un elemento de una estrategia acorde a los tiempos que corren. Chicas y chicos alemanes, checos, británicos, eslovacos, irlandeses, polacos, italianos, finlandeses, portugueses, belgas, franceses, bielorrusos y españoles han pasado en los cuatro últimos cuatro años por dicha clase, que no ha dejado de retribuir mi condición de docente, e incluso de reconciliarme con ella en los momentos bajos de una vocación a veces inestable. Algunos lugares comunes sobre la juventud se tambalean ante un caldo de cultivo proclive al conocimiento como ése. He asistido con cierto orgullo a exposiciones memorables -no todas lo han sido, debo decir- sobre el diseño organizativo, la gestión de la escasez de Zara, el futuro del modelo participativo alemán, la política de compras de Ikea o la crisis financiera; yo las hubiera firmado para mí.

En la última sesión, dos ingleses, un checo y un español -de raza gitana, me permito precisar- nos ofrecieron un balance del Protocolo de Kioto y nos hablaron de su futuro y de las exigencias que dicho tratado impone a la economía española y sus empresas. Como colofón, Manuel explicó a los presentes qué significa Abengoa en ese contexto. Di la semana por buena al despedirme de los alumnos hasta otra ocasión, y puse en duda ciertos lugares comunes desesperanzados y hasta corrosivos sobre la juventud; los dueños del mando a distancia, los hijos de la pendular opulencia, esas generaciones futuras mimadas y sin valores resultan ser el corazón de la esperanza en tiempos tan inciertos, aunque sea por descarte. Agradezco a mi Escuela y mi Universidad el haberme dado la posibilidad de desmontar prejuicios, siempre cómodos, y de permitirme disfrutar trabajando.

En un acto organizado por esta casa editora para premiar a jóvenes andaluces sobresalientes, amenizado por la deliciosa Orquesta Sinfónica Joven del Aljarafe, escuché también el jueves al vicepresidente Griñán -ese orador- confiar nuestro incierto futuro a “la creatividad, la educación y la innovación”, un rato después de dicha clase, creativa, innovadora y con apreciable rigor académico. En unos tiempos en los que las arrebatadas campanas de la alarma llaman al recorte salarial como única vía para mejorar nuestra mejorable productividad regional y nacional, el día de antes de ayer pareció encender un cerillo en medio del túnel.

Las bocas delante de los micrófonos, las estrategias públicas y los buenos propósitos se inflan con la apuesta por la educación, pero los fuegos del día a día y las urgencias pre y postelectorales arrinconan esa prioridad social, cuyo efecto halo hacia otras facetas de la prosperidad personal y colectiva es incomparable. Al tiempo que me resisto a nadar a favor de la corriente que descalifica a nuestras universidades públicas sumariamente, libero mi opinión, y propongo aligerar nuestra negatividad hacia el futuro con la confianza en nuestros cachorros; en los buenos, que los hay. Como ha dicho esta semana un -por fin…- prudente Aznar togado de rojo, urge crear “una gran corriente de confianza”.

Se me dan mejor otras cosas y no el optimismo y el obamismo, pero no nos queda sino confiarnos al “así es (si así os parece)” de Pirandello -más que en el balsámico e improductivo “everything is gonna be alright” de Bob Marley- y creer, como presupone la economía de las expectativas, que un contenido optimismo puede ayudar a capear con dignidad la tormenta perfecta, la primera crisis que, dura como el primer amor, afrontan las nuevas promociones de nuestra cantera.

Autor

Economía razonable para todos lo públicos Economista, profesor de la Universidad de Sevilla y columnista habitual de los medios del Grupo Joly

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