Mi primera crisis
(Publicado en papel el pasado sábado)
LA universidad en la que trabajo me brinda la oportunidad de impartir clases en primer curso a un grupo reducido y multicultural y, además -escribo el adverbio con intención-, pone a mi disposición incentivos en forma de ayudas para viajes y materiales, sometida esta prebenda a la exigencia de utilizar el inglés como idioma común; un elemento de una estrategia acorde a los tiempos que corren. Chicas y chicos alemanes, checos, británicos, eslovacos, irlandeses, polacos, italianos, finlandeses, portugueses, belgas, franceses, bielorrusos y españoles han pasado en los cuatro últimos cuatro años por dicha clase, que no ha dejado de retribuir mi condición de docente, e incluso de reconciliarme con ella en los momentos bajos de una vocación a veces inestable. Algunos lugares comunes sobre la juventud se tambalean ante un caldo de cultivo proclive al conocimiento como ése. He asistido con cierto orgullo a exposiciones memorables -no todas lo han sido, debo decir- sobre el diseño organizativo, la gestión de la escasez de Zara, el futuro del modelo participativo alemán, la política de compras de Ikea o la crisis financiera; yo las hubiera firmado para mí.
En la última sesión, dos ingleses, un checo y un español -de raza gitana, me permito precisar- nos ofrecieron un balance del Protocolo de Kioto y nos hablaron de su futuro y de las exigencias que dicho tratado impone a la economía española y sus empresas. Como colofón, Manuel explicó a los presentes qué significa Abengoa en ese contexto. Di la semana por buena al despedirme de los alumnos hasta otra ocasión, y puse en duda ciertos lugares comunes desesperanzados y hasta corrosivos sobre la juventud; los dueños del mando a distancia, los hijos de la pendular opulencia, esas generaciones futuras mimadas y sin valores resultan ser el corazón de la esperanza en tiempos tan inciertos, aunque sea por descarte. Agradezco a mi Escuela y mi Universidad el haberme dado la posibilidad de desmontar prejuicios, siempre cómodos, y de permitirme disfrutar trabajando.
En un acto organizado por esta casa editora para premiar a jóvenes andaluces sobresalientes, amenizado por la deliciosa Orquesta Sinfónica Joven del Aljarafe, escuché también el jueves al vicepresidente Griñán -ese orador- confiar nuestro incierto futuro a “la creatividad, la educación y la innovación”, un rato después de dicha clase, creativa, innovadora y con apreciable rigor académico. En unos tiempos en los que las arrebatadas campanas de la alarma llaman al recorte salarial como única vía para mejorar nuestra mejorable productividad regional y nacional, el día de antes de ayer pareció encender un cerillo en medio del túnel.
Las bocas delante de los micrófonos, las estrategias públicas y los buenos propósitos se inflan con la apuesta por la educación, pero los fuegos del día a día y las urgencias pre y postelectorales arrinconan esa prioridad social, cuyo efecto halo hacia otras facetas de la prosperidad personal y colectiva es incomparable. Al tiempo que me resisto a nadar a favor de la corriente que descalifica a nuestras universidades públicas sumariamente, libero mi opinión, y propongo aligerar nuestra negatividad hacia el futuro con la confianza en nuestros cachorros; en los buenos, que los hay. Como ha dicho esta semana un -por fin…- prudente Aznar togado de rojo, urge crear “una gran corriente de confianza”.
Se me dan mejor otras cosas y no el optimismo y el obamismo, pero no nos queda sino confiarnos al “así es (si así os parece)” de Pirandello -más que en el balsámico e improductivo “everything is gonna be alright” de Bob Marley- y creer, como presupone la economía de las expectativas, que un contenido optimismo puede ayudar a capear con dignidad la tormenta perfecta, la primera crisis que, dura como el primer amor, afrontan las nuevas promociones de nuestra cantera.


