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Contabilidad creativa de la multinacional sin corbata

Tacho Rufino | 26 de diciembre de 2012 a las 14:03

Sabemos, y cómo, que España no es un Estado soberano en su política económica, sino que, como miembro de la Unión Europea, ha dejado una de las palancas de dicha acción sobre la economía –la política monetaria– en manos del Banco Central Europeo. Ni España ni ningún otro miembro de la llamada Eurozona puede fijar los tipos de interés oficiales y de referencia según convenga a su economía, o recomprar títulos de deuda pública mediante un banco central propio para inyectar liquidez en el sistema, o en una situación crítica de nuestra competitividad como territorio devaluar la moneda propia. No tenemos moneda propia, y el Banco de España está desprestigiado y prácticamente amortizado. La otra palanca es la política fiscal, en el sentido de manejo de los impuestos. Cada Estado miembro tiene la potestad de establecer sus propios tipos impositivos, en los impuestos por las ganancias personales por ingresos del trabajo y plusvalías patrimoniales (como el IRPF en España), en los beneficios empresariales (como el Impuesto de Sociedades), en el gravamen sobre el consumo y transacciones en general (como el IVA), y otros de menor impacto en la recaudación que estos tres. Es precisamente la diversidad de tipos e incentivos en los impuestos en los países miembros lo que propicia algún situaciones de competencia más o menos leal para atraer a inversores y empresas. Lo que se da en llamar asimetrías. (Sobre este asunto ver un interesante reportaje en El País del domingo pasado)
El caso más flagrante de uso ganador –y poco pagador– de dichas asimetrías fiscales lo protagonizan las multinacionales, en particular las del sector de las tecnologías de la información, las redes sociales y el comercio virtual (Google, Facebook, Amazon), pero también compañías como la red de cafeterías Starbuck’s. La creatividad o ingeniería contable-fiscal de estas empresas globales, la flor y nata de la empresa mundial, está dentro de la legalidad. Es la falta de armonía tributaria en la UE, junto con la competencia desleal de algunos países y los movimientos y facturación entre filiales de la misma empresa en distintos países lo que provoca una asombrosa y fenomenal evaporación de ingresos públicos. Todo dentro de la legalidad (o del río revuelto). Hablar de ética y de responsabilidad social es ocioso cuando se trata de ahorrar ingentes millonadas de impuestos que deberían pagarse en aquellos países en los que se lleva a cabo la actividad empresarial. En tiempos pasados de exuberancia fiscal y generación de ingresos públicos a borbotones, estos ahorros de pícaro con máster, esas evasiones de alta estrategia transnacional, pasaban lamentablemente desapercibidos (¿en qué situación se encontrarían nuestro déficit y deuda públicos si no se hubieran sustraído esos ingresos ingentes y de ley?: mucho mejor sin duda).
Veamos un ejemplo. Una compañía como cualquiera de las mencionadas puede facturar servicios desde su filial en Irlanda a su filial en España, como lo haría un proveedor con un cliente al que presta servicios o vende productos. Los ingresos menos los gastos de su filial española (o sea, sus beneficios) tributan al 35%, de forma que si a dicho beneficio le metemos una factura de la filial irlandesa, los beneficios se reducen, y pagan menos impuestos. Los ingresos se trasladan a Irlanda… cuyo tipo de Sociedades es tres veces menor; he ahí la asimetría. ¿Pueden facturarse servicios no prestados, o inflados? Cualquiera sabe que sí, que se hace continuamente, y que dichas prácticas tienen un nombre eufemístico, ‘Contabilidad Creativa’. De esta forma, podemos, desde la cumbre financiera de la gran corporación, dejar a la filial española sin beneficios (y sin impuestos que pagar), trasladando dichos beneficios a un país donde se pagan tres veces menos impuestos, como es Irlanda, que consiguió atraer así a muchas multinacionales, que establecieron sedes allí, aunque, cierto es, con un ato riesgo presupuestario por el relativamente reducidísimo tipo general del Impuesto de Sociedades. Un riesgo que se amortigua con las operaciones cruzadas intrasocietarias de Google, Facebook u otras, ya que dichos movimientos siempre juegan a favor de la recaudación irlandesa. Una cosa por la otra… y mayor creación de empleo allí (y menor aquí).
Mientras que Europa no converja fiscalmente, o al menos limite estos robos de guante blanco, no será mas que una jaula de grillos gobernada por la ideología de la austeridad y el traspaso de rentas y poder públicos al sector privado, que poco o nada atiende a razones de servicios sociales, redistribución fiscal u otras zarandajas.

Más falso que un amigo de internet

Tacho Rufino | 28 de octubre de 2012 a las 19:34

LA división del mundo entre ganadores y perdedores es típicamente una visión made in USA. Con el tiempo y la televisión, ese maniqueísmo competitivo -continuamente en boca del gran Bart Simpson- ha acabado por ser asimilado por los niños y jóvenes españoles, de forma que en los colegios también se impone la dicotomía entre los que son populares y los que sobreviven como pueden a la presión del darwinismo de patio. Aunque muchos ganadores y populares de los recreos y las salidas de clase han acabado mal precisamente por el salvoconducto que la belleza o el éxito en la tribu otorgan, con tantos riesgos agazapados tras los placeres, hay quien sostiene con fundamento científico que ser popular en el instituto -o sea, querido, admirado y quizá temido- es el punto de partida ideal para acabar siendo rico, o al menos más rico que la media de sus compañeros de aula.

Según un estudio difundido esta semana (Popular Kids in High School Earn More Money Later in Life, en los blogs del Wall Street Journal), las personas con mayor aceptación en sus años escolares acaban ganando más dinero cuarenta años después. Son las habilidades sociales que desarrollan de forma mayor que la media durante esos años las que están detrás de ese diferencial de prosperidad, y la interpretación es que ese plus relacional prepara para afrontar los retos profesionales. No hablamos de tipos raritos que están en la cola de la distribución, o sea, que no eran popus y cuyo diferencial de riqueza con respecto a la media es brutal y fuera de toda normalidad estadística: probablemente Florentino Pérez o Amancio Ortega eran más bien poco populares. Sí sabemos por la película La red social que el creador de Facebook, Mark Zuckerberg, era un tipo sin amigos y más friki que peculiar, y de su falta de empatía y otras carencias sociales nació su éxito empresarial. El estudio habla de la media estadística, no de los casoso excepcionales.

Los amigos de Facebook, por cierto, no cuentan en el estudio: podría decirse “eres más falso que un amigo de internet”. He sabido de un tipo, ya talludito, que se abrió precisamente en Facebook más de medio centenar de perfiles falsos sólo para aclamar las proezas artísticas que cuelga con su verdadero nombre en la red. De dinero anda cortito, por lo que su caso confirma las conclusiones del estudio. De hecho, la popularidad y el éxito se miden no por los contactos en las redes sociales de internet, sino por lo que los autores del estudio llaman “acumulación de capital social personal”, medida por el número de nominaciones de amistad que, al parecer, suelen contabilizarse en los anuarios escolares en Estados Unidos. Hay otro factor clave relacionado con el mayor éxito profesional posterior: un buen entorno familiar en los primeros años de vida. Eso sí está en las manos de los padres, ya que, gracias a Dios, no podemos fiscalizar los patios del cole.

De Amadeus a twitter, media vida tecnológica

Tacho Rufino | 11 de octubre de 2012 a las 14:31

Al salir de la universidad, y antes de volver a ella como empleado varios años después, tuve la oportunidad de hacer una práctica en una empresa de esas en las que verdaderamente vale la pena dejarse algún tiempo a cambio de la voluntad. Amadeus era un proyecto de altos vuelos globales y tecnológicos de Iberia, Air France, Lufthansa y SAS, y pretendía desarrollar un “sistema de reservas computerizado” –qué naif, ¿no?–, cosa que hizo con gran éxito, convirtiéndose en la aplicación de referencia, los pies y las manos de las agencias de viajes. Mi hermano Luis Miguel era el joven director financiero de esa empresa con sedes por Miami o Niza, además de la central de Madrid, en dos plantas de la Torre Europa, en plena Castellana, en las que trabajaban personas de –decía la leyenda– más de cien nacionalidades. Algo tendría que ver mi hermano para que yo fuera allí a hacer de pollo aprendiz de ejecutivo unas semanas a cambio de unos ticket restaurant: me sentía un crack, aunque mi residencia en el barrio de Lavapiés –donde de me daba alojamieno y extraordinaria vida social mi primo José– entraba con frecuencia en colisión con la estética Castellana y su ritmo de trabajo medio, y no digamos con sus tempraneros horarios. Precisamente sobre el análisis comparativo de la productividad por nacionalidades, allí descubrí con gran sorpresa y no menos alivio que sobre el tema hay muchos mitos, claro: no he visto gente más escaqueada que algunos anglosajones, particularmente los ingleses, siempre agarrados a una hoja de cálculo como patente de corso que todo lo justificaba, por lo general tipos displicentes en esas reuniones en que ellos no tenían que hacer el notable esfuerzo extra de hablar y negociar en un idioma que no es el tuyo. La verdad, yo negociar, lo que se dice negociar, negociaba bien poco, pero en fin, me daba cuenta de cosillas. Por ejemplo, de lo importante que era ser un máquina de la hoja de cálculo: te ponías delante de ella dale que te pego con tu botón desabrochado y la corbatita floja, muy serio y alisándote el tupé al borde la desesperación de vez en cuando… y te daban las horas muy productivamente hasta que llegaba la hora de irse a una yupicafetería –para mí, brutal– a gastar los ticket restaurant, muy sobrado y natural uno, ahora acompañado por una judía norteamericana clavadita a Carole King, ahora con un alemán colombiano que acabaría siendo máximo ejecutivo de la Mercedes, otro día con una amiga sevillana que directamente flipaba con mi nivelazo. Eran los tiempos, debo confesar con nostalgia pero a sabiendas de que ya no soy joven, del Wordperfect, el Harvard Graphics y el Lotus 123 como hoja de cálculo de referencia. Si a usted no le suenan estos programas –lo de “aplicaciones” tenía entonces otro sentido–, no se preocupe, sepa simplemente que son los abuelos del Word, el Powerpoint y el Excel. Yo fui un máquina del Lotus, pero me he ido desprestigiando –a  mucha honra– en cuanto a mi destreza con las presentaciones y las hojas de cálculo hipervinculadas. Veo que la gente adora hoy igual que ayer dedicar muchísimo tiempo a dichas tareas. Lo confieso: soy un parásito de mis compañeros –va por ti, Rafael– para estas labores, e intento practicar el quid pro quo aportando otras cosillas a los proyectos comunes. En definitiva, la cosa no va por reivindicar mi corta vida ejecutiva o empresarial sin más, que se alargó cuatro años más allá de aquellas prácticas, sino por hacer ver lo mucho y peligrosamente que estamos en manos de las tecnologías de la información. Peligrosamente, sí, aunque también es ése un gran mundo de oportunidades para reciclarse, más aun socialmente que profesionalmente según mi punto de vista. Yo, aquí está la prueba, soy bloguero. Por supuesto utilizo el email y estoy en facebook (“me estoy quitando, me estoy quitando, sólo me pongo de vez en cuando”, como cantaban los Extremoduro), y recientemente he entrado en twitter: “Bienvenido a la vida”, me dijo Peperoni al ver que me daba de alta en esta red social (disculpen las inexactitudes denotativas; si no es una red social, puede parecerlo). El twitter te permite decir cosas a tus seguidores en un espacio limitado, apenas dos frases, y vincular si quieres alguna noticia, de forma que se convierte en un sucedáneo poliédrico de fórmula de informarse y debatir. El otro día me retuiteó John Carlin una entrada, y desde entonces camino más erguido y torero. Rodríguez Braun ha compartido cadena de comentarios conmigo, con lo cual me repele menos por la mañana con Carlos Herrera, y hasta creo que me va a conducir a intentar leer todo Hayek. En fin, twitter es adictivo, aunque puede compensar si cumples aquel desideratum: “Yo controlo, yo controlo”. Te quita tiempo, pero te ofrece visión, panorama, diversidad y no pocas opiniones valiosas o dignas de consideración. Claro, que hay imbéciles sobrados, faltones, radicales que isultan, narcisos, pesaditos y otras raleas molestas. Pero ésa gente cumple una función social muy valiosa también: ejercitan la humildad y la contención. ¿Por qué todo esto hoy, querido amigo, amable lectora? Pues porque desde que estoy en twitter escribo menos en el blog. Y eso no puede ser de ninguna manera. Dormiré menos, pero me encanta echar media horita de entrenamiento con los deditos y la cabecita dale que te pego, para poder acercarme a usted y a ti, y distanciarme de paso de la amarga realidad, aunque sea obrando el exorcismo de traspasar mi inquietud o pesadumbre a usted… y también entradas como ésta de hoy: melancólica, ligera, superficial: “light and gay”, que diría aquel temazo, ‘I’ll be seeing you, in everything that’s light and gay…”. Esyo no está pagado. Muchas gracias de corazón por llegar hasta aquí.

La burbuja tecnológica diez años después

Tacho Rufino | 14 de mayo de 2011 a las 11:57

 NO hace falta conocer a fondo el proceloso ambiente de la industria tecnológica para percibir hinchazones sospechosas en ella. Aunque usted no use Skype ni tampoco sepa bien si Google y Bill Gates tienen algo que ver, no parece razonable que una empresa compre a otra por un precio 400 veces superior a su última cifra de beneficios, como ha hecho Microsoft al comprar Skype. Si todo siguiera igual, harían falta 400 años para recuperar la inversión. 40 veces ya parecería caro, no digamos 400. Algo así como firmar, con 60 años de edad, una hipoteca a 40 años por una vivienda habitual.

Podemos convenir que Microsoft va a conseguir sinergias con otros negocios digitales suyos, así como otros soportes para distribuir publicidad, y que de paso va a fagocitar a un posible competidor futuro, o alternativamente evitar que competidores directos se hagan con la tecnología de cámara y voz de Skype. Podemos conceder credibilidad a una estrategia corporativa que va a posibilitar cosas jamás vistas combinadas en el mismo aparato: juegos, telefonía móvil con cámara en vivo, chat con videoconferencia… el no va más. Pero el precio parece rematadamente caro. Eso sí, el capital riesgo que había apoyado a Skype -cuando no era nada- ha pegado un galáctico pelotazo.

Inevitable recordar el estallido de las puntocom de la primavera del año 2000. Entonces, muchas firmas inversoras (empresas de private equity y venture capital, sí, pero también hedge fundspresos de gran calentón con la exuberancia repentina) se lanzaron a conseguir fenomenales plusvalías. Pero era excesivo tanto empeño conjunto, tanta caravana a por el oro del Oeste. Y la burbuja estalló. Era una burbuja, nadie lo niega. Pero ésta, en caso de ser burbuja, es muy distinta.

La velocidad de la innovación en internet es mayor que nunca antes; no hace falta ser un experto financiero del mercado tecnológico para reconocer tal cosa. El 9 de mayo, LinkedIn, una red social que ganó 243 millones de dólares el año pasado, valoró en 3,3 miles de millones su inminente salida a la bolsa de Nueva York: grandes expectativas, ¿no? Al día siguiente, Microsoft anunció que iba a adquirir Skype por 8,3 mil millones. Facebook y Twitter mueven más dinero que los grandes fabricantes de coches y aviones.

El nudo gordiano de este cambio de lo material a lo digital reside en la escala: la cantidad de gente que transita en las redes sociales. Mientras que el estallido de la burbuja tecnológica de principios de siglo se produjo con una cantidad de internautas ridículo para tanto dinero invertido en esa industria, a día de hoy hay cientos de millones de personas que se enganchan a la red, a las redes, voluntaria y gozosamente, diariamente. Un mercado de promisión. Piensen en China y los chinos. Multipliquen.

Los inversores, el dinero, vuelven a las empresas tecnológicas (un término mejor en castellano sería deseable). Pero no vuelven al mismo sitio. Mientras que la burbuja de 2000 limitaba con una esfera de fino grosor e inminente estallido, la burbuja en curso -que lo es, el sistema es como es- tiene dos características esenciales que no existían hace una década. Una: las soluciones no eran tan amables, tan poderosas, tan permeables… y tan baratas. Dos: el mercado de internet es hoy poliédrico e infinito, y entregado a la causa, afecto, dependiente. Otra cosa es cuándo todo esto comenzará a no ser gratuito. Porque la publicidad no lo es todo. Es más, es poco. Mientras, hay una burbuja en curso, pero es una burbuja inversora: panales de rica miel. Una miel de verdad, distribuida a ricos y a pobres por igual. No es la misma burbuja puntocom de principios de siglo. No tiene casi nada que ver.

Burbujas van y vienen

Tacho Rufino | 11 de abril de 2011 a las 14:21

burbujasYa hemos comentado aquí cómo el crecimiento irracional de los precios de un sector o materia prima (o sea, la burbuja) es una forma no ya consustancial de comportamiento del sistema, sino una forma cada vez más rápida y generalizada de crecimiento y posterior depresión económica; sea auspiciada por el crédito fácil, sea por movimientos especulativos a gran escala. La que en estos momento concita toda la atención es la llamada burbuja social asociada a plataformas como Facebook, con millones de usuarios pero bajos ingresos, pendiente de salir a bolsa a ver si consiguen millonaria financiación. Una nueva versión de la eclosión puntocom que estalló en el año 2000, donde se financiaba con inmensas fortunas –vía capital riesgo o bolsa– a chiringuitos tecnológicos con potencial de crecimiento alto. Y batacazo que te crió: sobrevivieron, por así decirlo, cuatro. Muchas empresas e inverosres particulares se arruinaron. El aire volvió al aire.

Encuentro un editorial de Negocios EP de ayer sobre este particular. Para verlo entero, pinche aquí. Extracto en cualquier caso el significativo párrafo final, en el que se reconoce un hecho al que no se le ha dado suficiente relevancia (la burbuja alimentaria, uno de los motores de las revueltas y conflcitos árabes). También habla de la burbuja del agua, aún imperceptible en España. Según el artículo, la clave para que las burbujas embrionarias crezcan y estallen es simplemente la normalización del flujo de crédito. ¡Oh paradoja! Sin crédito no hay burbuja. Ahí va el párrafo:

“Hay burbujas en marcha, dijo George Soros, pero la hipotética de las redes sociales no está entre las más acuciantes. Preocupa más la de los precios de los alimentos, en lenta y fatal expansión desde 2008, que es una causa (entre otras) de la rebelión popular en el norte de África (ver entrada sobre este asunto). Empieza a despuntar la del agua, imperceptible en España porque aquí no hay mercado y, por tanto, tampoco precio. Pero ninguna será realmente peligrosa en tanto no se produzca el pleno restablecimiento de los balances bancarios en todo el mundo. De la misma forma que será difícil precisar los contornos del gran mercado de las redes sociales mientras no salgan a Bolsa, tampoco es posible evaluar qué mercados pueden convertirse en explosiones especulativas en tanto no se normalicen los flujos financieros.”

Un ‘harakiri’ virtual con mucho truco

Tacho Rufino | 10 de diciembre de 2009 a las 18:56

El que no corre, vuela. En internet y en sus redes sociales, esta máxima popular adquiere un significado supersónico. Italianos tenían que ser los que están detrás de una estrategia comercial de lo más trilera, cuyo lema es “Impresiona a tus amigos, desconéctate”. Se refiere a Facebook; y a su tremendo rebufo una nueva plataforma, llamada Seppukoo (www.seppukoo.com), pretende birlarles los suscriptores (o como se llamen).

Facebook arrasa y tiene millones de perfiles adscritos con sus fotos y sus verdades sin comprobar, por lo que muchos alertan de su peligro y de su oculta capacidad de control de masas vía publicidad gratuita, convocatorias variopintas y foros solidarios de más o menos auténtico pelaje. Seppuku es sinónimo de hara-kiri, y significa suicidio por destripamiento, es decir, meterse una katana o similar por el vientre para sacarse las tripas. Y es ése el nombre que han adoptado para su web un “grupo artístico imaginario” radicado en Italia. Con el cuento de que te liberan “de tu cuerpo virtual” dándote de baja en Facebook y comunicando a todos tus “amigos Facebook” tu defunción en dicha red, ellos se ofrecen como alternativa. El procedimiento de seppuku es en apariencia ocurrente, pero burdo en sus verdaderos objetivos:

– Las víctimas voluntarias deben darse de alta en seppukoo.com suministrando la misma información que utilizan en su perfil de Facebook

– Después deben escoger una página-epitafio de un muestrario, antes de teclear sus últimas palabras, que Seppuku se compromete a reenviar a todos los amigos Facebook del finado

– Una vez que el usuario pulsa el fatal clik final, su perfil de Facebook se desactiva

– Sin embargo -y aquí está el truco-, la vida virtual del usuario continua tras el suicidio ritual, porque medio de testimonios que los amigos pueden escribir en la página-epitafio… y aquí funciona el contador: existe un ranking de personas con mayor número de comentarios testimoniales recibidos de sus colegas de la red.

A fin de cuentas, quieren ser lo mismo que Facebook, que es (también) una forma de autoafirmarse en función del número de amigos que aceptan serlo en Internet. Pero de momento son un microbio frente a un elefante. Su diferenciación como producto con respecto a Facebook estriba en que, dicen ellos, “no almacenamos datos de nadie y nuestro servidor no venderá datos a ninguna tercera parte”. Además, cuando, como Ulises con las pérfidas y adictivas sirenas, uno o una sienta la llamada del Facebook abandonado, con darse de alta de nuevo tiene bastante: su perfil será restaurado sin demora, tal y como.

Facebook: cómo tener un millón de amigos

Tacho Rufino | 19 de septiembre de 2009 a las 12:57

 

TODO empezó a diluirse entre nosotros cuando comenzamos a relacionarnos por internet. Dejamos de escucharnos por el móvil, para ahorrar, y empezamos a utilizar el email. La comunicación inmediata del Twitter (una especie de conversatio precox, como el amor de los palomos) no llegó a engancharnos. Nunca hemos sido tan tecnológicos; la cosa nos cogió ya muy empollinados, incluso algo canosos y despejadillos de frente.
Ahora no me acuerdo de cómo eras, o de si eres como tus fotos en la pantalla dicen que eres. ¿Que para eso está Facebook, para vernos en fotos y hasta en vídeo? Sí, pero la gente no cuelga allí una foto donde salga ni un poco fea. La mayor parte de las que se cuelgan son reflejos platónicos de lo más ideales. O divertidas instantáneas de noches locas, en las que uno puede verse colgado en la red sin comerlo ni beberlo. Porque el asunto de la protección de datos y de la intimidad está de por sí maltrecho. Uno tiene una mala tarde, agarra por la cintura a quien no debe en plena juerga noctívaga, y te acaban comentado los ojitos con que sales en internet en el desayuno del lunes siguiente, en el trabajo… o en casa. Sin tener usted cuenta abierta en Facebook ni nada: sí la tiene una persona que usted conoció a las cuatro de la mañana. ¡Cuidado!
Es cierto que, mediante el Facebook y sus redes competidoras, uno puede recuperar el contacto con aquella novieta del pueblo segoviano donde pasó un verano en los ochenta; o con Giampiero, aquel italiano que conoció en un interrail y que le proporcionó dos noches tan románticas como tórridas. Y eso puede estar muy bien, no digo yo que no… aunque tengo dudas muy serias sobre este particular: todo no se puede llevar para adelante, hay cosas que deben quedar detrás, o en el recuerdo. Por este camino, todo el mundo estará en red, o atrapado en la red, según se mire. Obama, presidente de Estados Unidos, ha advertido de que Facebook y otras redes sociales pueden constituir un peligro para los individuos, si se cuelga más información de la precisa en ellas. Obama, que tiene un perfil abierto en Facebook, sabe lo que es un Gran Hermano mejor que nadie. El marketing contemporáneo, identificar poblaciones objetivo y hacer segmentación de mercados, se puede convertir en algo muy barato con las redes sociales. Dios los cría y ellos se juntan, a golpe de tecla.
¿Está bien beberse un par de cervezas? Fantástico, no hace falta que nos lo diga Grande Covián, el nutricionista amable, que en paz descanse. Pero tomarse diez al día ya empieza a ser lo contrario. Paralelamente, ¿cuántos amigos se puede tener? ¿Un millón, como ansiaba Roberto Carlos, para así más fuerte poder cantar (cada uno aspira a lo que le da la gana)? Decimonónico que me siento, me declaro partidario del principio de los cinco amigos como dedos hay en la mano, con sus correspondientes dedos sobrantes. Amigos para siempre will you always be my friend, o son pocos, o son de mentira, pero esto debe matizarse con dos pinceladitas. Una; no todos tenemos que ser amigos de los que intercambiaron su sangre tras punzarse la yema del dedo con la púa de una zarza, en aquellos maravillosos años de los paraísos de la memoria. Es fundamental en la vida tener vínculos débiles, cuya fuerza no suele ser bien ponderada. Eso que los ingleses finos llaman “acquaintances”: conocidos de leve roce. Dos; los inquilinos de esos dedos de una mano van cambiando. A cierta altura del río de la vida, el camino está lleno de adioses y hasta de cadáveres (más o menos vivos). Pero no nos pongamos trágicos, y volvamos al Facebook. A ver si encontramos a nuestro eslabón perdido. Me lo dice un amigo: igual que el vídeo mató a la estrella de la radio, el Facebook puede matar a la amistad. A la amistad a la antigua.

Tuenti, amigos entre las redes

Tacho Rufino | 2 de febrero de 2009 a las 23:43

MI compañero de despacho sí lo es, pero yo no soy experto en redes sociales. Sí me sé que hubo un tal Frigyes Karinthy, húngaro, que hace noventa años propuso la teoría de los “Seis grados de separación”, que dice que cualquiera en el mundo puede estar conectado con otra persona través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios. El mundo es un pañuelo… lleno de cascarrias.
Recuerdo que la primera vez que fui a Marruecos me preguntaban los lugareños cosas tan graciosas como “¿conoses a Paco, de Barselona? O “Aitor gusta mucho té a la menta”, sin que yo supiera bien si quien me hablaba era un místico sufí que alegorizaba sobre el dios de los vascos, o si el tal Aitor era un tipo corriente de Portugalete. Quizá quienes estas cosas preguntaban no eran más que seguidores naturales de esta teoría, que en los 60 fue reformulada por el psicólogo Stanley Milgram mediante un experimento con tan bello nombre como “El experimento del mundo pequeño”.

Pues bien, nadie podría pensar en los tiempos de Milgram que los ordenadores y su interconexión planetaria, internet, iban a hacer que el número de grados de separación entre las personas fuera fulminado. Es muy difícil que usted no haya estado conectado alguna vez de una forma u otra con un internauta, un viajero, un bloguero, un pornófilo o un aficionado al cine de, es un poner, Nueva Guinea Papúa. La red de redes, ese prodigio, ha cambiado el mundo. Un prodigio de la relaciones humanas, pero también un troyano que trae su propia perversión dentro. No lo soy tampoco, pero no creo que haya que ser experto usuario del Messenger o el Tuenti para ver que se te puede meter en casa cualquier canalla, incluso sin necesidad de entrar por la puerta con su cuerpo serrano. Quizá ser padre ayuda a verlo claro. Alguien cercano -madre, por cierto- me llamó “retrógrado” por afirmar esto, pero no consiguió convencerme de que mi sensación de peligro fuese paranoica.

No creo que sea ya razonable aspirar a que las pandillas se formen como lo hacíamos en verano en la sierra, donde había que soportar el desdén, la recomendación y la prueba de fuego para llegar a ser miembro de pleno derecho de una de ellas, quizá pinchándote con una púa de rosal en la yema del dedo para intercambiar tu sangre con uno de los que iban a ser tus correligionarios. Tampoco critico que mucha gente ya talludita estire su juventud y sus ganas de conocer gente y más gente y, de paso, mostrar su mejor perfil, sus fotos de Praga-Budapest, su biquini irresistible o su última cogorza. Todos necesitamos cariño, atención y comunicación, y los buscamos como nos place. Pero algunas sobrinas me han informado que, por mucho que para pertenecer a estas redes alguien debe invitarte “a la pandilla”, lo cual confiere una cierta seguridad, la realidad es que dicha seguridad es tan sorteable como lo soy yo defendiendo a Messi. Y quienes la sortean no van precisamente en son de paz.

Me comentan estas jóvenes, menores de edad, que continuamente deben rechazar propuestas de desconocidos que piden permiso para entrar en su club y establecer una bonita relación. También, que el acoso colegial más cruel fluye por ahí, y deja al colegio libre de responsabilidad y a los padres ajenos. Una amiga me cuenta que su hija le dijo el otro día señalando a una joven unos diez años mayor que la niña (unos 25 años): “A esa la conozco yo”. ¿De qué?”. “Del tuenti, tiene unos amigos muy enrollados”, de alguno de los cuales ella ya conocía hasta los tatuajes… por fotos. Haciendo amigos.

En España hay millones de estas cuentas dadas de alta, y muchos de sus titulares tienen poco más de diez años. Apuesto a que no pocos de sus padres lo ignoran. En estos días, el Tuenti se ha movilizado para encontrar a Marta. Ojalá eso ayude a la Policía que, por su parte, está concentrada en el ordenador de la niña perdida y en sus conexiones en red.