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Hay que llegar al punto G-20

Tacho Rufino | 28 de septiembre de 2011 a las 18:59

Existe un lucido y lúcido modelo que dice que las crisis suelen tener siete fases, como siete cabezas tenía la hidra mitológica… griega. La hidra es buen símbolo del curso de los acontecimientos, porque por cada cabeza que algún héroe (Heracles en el mito; los rescates del FMI, el FEEF o el BCE comprando deuda, en estos tiempos), la hidra regeneraba dos. El modelo que ilustra las fases típicas de toda crisis comienza con una fase de liberalización financiera, es decir y en este caso, de ausencia de controles, desproporción patológica de la economía financiera sobre la real –a quien, en ortodoxia debería servir, y no crecer y multiplicarse independiente y metastásicamente hasta el colapso por entregas, como es el caso del colapso al que asistimos–. Estaremos viendo surgir totalitarismos más o menos modernos y tecnológicos y todavía habrá quien llame liberticidas a quienes recuerden que origen de todos los males está en la orgía financiera que tuvo lugar durante al menos una década antes del estallido de la crisis, y que o se controlan los excesos o los daños son brutales, que ya lo son. Qué sospechoso término, liberticida, que suelen tener en la punta de la lengua los mal llamados liberales obsesionados con el comunismo, en no pocos casos ultras de manual y de reconocido currículo. “¡Oh, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”, dicen que dijo una heroína de la Revolución Francesa, justo antes de que la turbamulta de ocasión se marcara una pachanguita con su cabeza. De momento, los crímenes son económicos.

Algo hemos avanzado para hacer frente a esta hidra o alien mutante que se transforma y contagia desde lo financiero a lo real, de la crisis de la deuda soberana a la bancaria, del euro a quién sabe dónde y a qué: por fin hemos comprendido que, o se acomete la lucha entre todos, o la cosa sólo hará empeorar para todos. Alemania –que inmolará a Angela Merkel en las elecciones, lo cual la libera para hacer lo mejor para su país: salvar el euro– sabe que quien más tiene es quien más tiene que perder. Europa es su mercado natural y masivo. A corto plazo, el euro débil les conviene para exportar, pero sus mercados principales están tocados, en buena parte por la falta de reflejos comunitaria, que parece estar paliándose. Alemania es clave. Pero hay más. No sólo se requiere la acción coordinada del FMI, el BCE y el Bundesbank en la sombra, la Comisión de un Durao que hoy ha propuesto controlar y gravar las transacciones bancarias (“no todo va a ser recibir dinero de los contribuyentes, ¿no?”, ha venido a decir el viejo zorro portugués), Merkel, Sarkozy y los hermanitos pobres. No; también se requiere, y muy especialmente, la contribución de Estados Undios y la coordinación con Estados Unidos, un país que ya tiene miedo y –algo desmemoriado de su propia y fatal negligencia institucional, el detonante de todo– pide que por favor actuemos con diligencia. También se requiere la contribución de los países emergentes. Cuidado: China debe hacer de locomotora, y esa locomotora puede también gripar por una latente y enorme burbuja inmobiliaria. El planeta es muy chiquitito, y todos deben ser conscientes de que ni Grecia es el cáncer, ni la Unión Europea tampoco, ni Alemania la más noble y honesta pariente protestante que puede hacer y deshacer muy soberbia e indignada, ni Estados Unidos el imperio ya, ni China el nuevo imperio todavía. El G-20 es probablemente el único punto de encuentro. El punto G-20. Un punto de encuentro que hasta ahora ha servido para poco más que hacerse fotos en la que los grandes líderes del mundo parecen una promoción de compañeros de estudios en su 25 aniversario. ¡Encontremos el punto G-20, quizá no haya otra! Y busquemos ser uno de los 20 (que no lo son, que son más de 20).