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Juncker: Grecia entrega su soberanía

Tacho Rufino | 3 de julio de 2011 a las 21:44

Mientras cualquier fórmula de multilaterialidad exige dar y tomar, cuando la reciprocidad y el intercambio se convierten en una unión económica, el embarque compromete a mayores niveles de interdependencia y por tanto, a prescindir de cosas (moneda propia y ejercicio de la política monetaria; legislación exclusivamente propia) para conseguir otras (la contrapartida de las anteriores: estabilidad monetaria, seguridad cambiaria y jurídica, mayores niveles de desarrollo social mediante leyes comunes, por ejemplo medioambientales).La UniónEuropea es un caso de multilateralidad comercial y política que, con la entrada del euro, supuso una verdadera unión económica, con su primus inter pares, Alemania, y sus vagones de cola, como Grecia, aunque no sólo Grecia. Grecia sufre ahora en sus carnes la cara oscura del compromiso y la interdependencia, el reverso de la moneda (nunca mejor dicho). Grecia se ve atrapada por sus ineficiencias, sus sinsentidos públicos y hasta sus mentiras estadísticas… pero también por el retorno de la singladura en popada que supuso su entrada en el euro y la recepción de enormes cantidades de fondos europeos y bancarios que financiaron un edificio sin cimientos.

Ayer, el jefe del Eurogrupo, el belga Jean-Claude Juncker, expresó con toda crudeza lo que les espera a los griegos: reformas fiscales radicales (pagar impuestos es la excepción a día de hoy, hay prebendas descabelladas en el sector público) y privatizaciones de todo aquello que tenga valor o cueste demasiado a las arcas públicas. Juncker habla de “correción total” de su forma de hacer política económica, y de “masiva perdida de soberanía” del país heleno: la UniónEuropea achicando aguas, sí, pero también el FMI y sobre todo los bancos y el miedo y el chantaje que inoculan éstos a las relaciones económicas en tiempos de crisis son los nuevos soberanos. Polvo, sudor y hierro. Y sin cabalgar. ¿O se puede cabalgar hacia atrás?

Que quince años, o veinte, no es nada

Tacho Rufino | 28 de mayo de 2011 a las 12:53

LA OCDE está formada por los 34 países más prósperos del planeta, aunque aún no se encuentran entre sus socios China, Brasil, Rusia, India o Sudáfrica. España, Irlanda y Grecia sí tienen el carné. Es, por tanto, una club algo vetusto, con no pocos socios de rancio abolengo -pero pegados a la pared-, que se ve abocado a ofrecer la membrecía a nuevos ricos: la vida misma. Sin embargo, la OCDE se ha convertido en un think tank al socaire de la crisis; o al menos en un instituto de estudios planetarios de primer orden. Cuando su rival directo -el FMI estigmatizado por el optimismo infundado de los informes y pronósticos de la era Rato- comenzó a verle más partido a hacer oscuras previsiones que al tral-larí tral-lará de lo estupendo que era abstenerse de intervenir en los mercados financieros y lo bien que iba todo, le tocó a la OCDE el sambenito de “demasiado optimista”. Esta semana, sin embargo, la OCDE se ha vuelto a vestir de casandriano oráculo, y pinta un panorama de coco y huevo… particularmente para España.

El martes pudimos leer en El País a Ángel Gurría, secretario general de la OCDE, advertir a quien quiera escucharlo de las nuevas burbujas y tensiones en gestación. Si obviamos España por un instante, las previsiones de crecimiento de muchos países son buenas a día de hoy. Y esa paz de espíritu hace que pasen inadvertidas situaciones como la muy aparente burbuja de las empresas 2.0 (hace unas semanas Microsoft compró Skype por 8.500 millones de dólares, unas 400 veces más que lo que vende la compañía absorbida). O el preocupante recalentamiento económico de China y otros emergentes. O el hecho de que derivados, -opciones y futuros, productos financieros de difícil comprensión y complejísima estructura- muevan diez veces más dinero que todo el PIB mundial, cifra acongojante que se identifica como una de las causas esenciales del crash de 2008. La cifra no ha variado mucho desde entonces.

El jueves, la OCDE volvió a amargarnos el café con más presagios feos. En este caso, el dedo apuntaba a la piel de toro. La de arena -ésa es la buena, ¿no?- la da con sus pronósticos sobre nuestro crecimiento del PIB y la reducción del déficit. Aunque lejos de las previsiones del todavía Gobierno de Zapatero, España crecerá algo este año (0,9% del producto), y bastante más el siguiente (1,6%). Pero lo hará por el tirón de otras economías reventonas y las exportaciones. Nuestro problema crónico y enquistado, el paro, no variará mucho, e incluso empeorará. Eso dicen ellos, y muchos aquí los creemos. Las tareas de reducción del déficit, eso sí, han dado sus frutos, y si esas previsiones se realizan, se trata de muy buenas noticias. La de cal -cal viva- la dan al final.

Siempre según la OCDE, harán falta quince años hasta que España vuelva a tener la misma tasa de paro de hace quince años. ¡Quince años! Vaya por delante que quince años -como cincuenta- es tan largo plazo que resulta poco operativo para hacer cualquier análisis, por no decir que es una boutade: una frase llamativa e irresponsable. El secretario de Estado de Economía, Campa, reduce esa travesía del desierto a cinco años. Siendo Campa, a fin de cuentas, un político español, no difiere mucho una previsión de otra. A lo que vamos: el problema de España es el desempleo. Y el desempleo sin duda tendrá que ver con la facilidad para despedir y la actualización de los salarios al IPC, que es el argumento mantra: hay que facilitar el despido (o la legislación sobre contratación, lo mismo da que da lo mismo). Pero la España empresarial no ha reaccionado un ápice a la reforma laboral, porque todo parece poco aunque no sirva para nada. ¿Hay que seguir facilitando lo que nadie quiere hacer, dar empleo? ¿Hasta cuándo, o sea, hasta cuánto? ¿Y después?

Nos conviene mucho Madame Lagarde

Tacho Rufino | 21 de mayo de 2011 a las 12:36

(Esta entrada ha sido publicada hoy en el periódico, y si lector sigue este blog percibirá coincidencias con la anterior entrada sobre DSK)
 

”Foto:

LAS jornadas de reflexión limitan la posibilidad de opinar sobre el jugoso y amargo panorama patrio. Lo cual resta juego, pero tiene sus cosas buenas. Por ejemplo, hoy no se debe castigar a nadie con la enésima reflexión formato “que sí, pero no” acerca de Democracia Real y Spanish Revolution. De paso, tampoco se autocastiga quien debe escribir teniendo que posicionarse sobre este fenómeno tan difícil aún de ponderar: es que uno también anda hecho un mar de dudas. Así que a otra cosa, una cosa del mundo exterior. Por ejemplo, DSK; su auge y estrepitosa caída.

Sostenemos que Dominique Strauss-Kahn es un caso de sublimación freudiana de la pulsión sexual, una pulsión desbordada que se canalizó -eso sí, a duras penas, y no cambien vocales…- hacia una frenética, ambiciosa y triunfante vida política que lo llevó a la antesala del Elíseo, en su caso situada en Washington, sede del Fondo Monetario Internacional. Pero el subconsciente, a nivel individual, es como Dios: no se lo ve ni se lo conoce bien, pero tiene el poder. De vez en cuando asalta los territorios de la racionalidad; somete a la voluntad y el autocontrol. Y en vez de estar embebido en rescates y tensiones de tipos de cambio, se deja un hombre llevar por unos morros y un uniforme de camarera de hotel… a quien fuerza, acostumbrado como está el poderoso financiero a hacer su santa voluntad. De esta forma, arrastra a su futuro político a una marmita repleta de ácido. El silenciamiento y la exageración de la presunción de inocencia -que a tantos en Francia y aquí les ha llenado la boca hasta llegar a cerrarles los ojos- probablemente, hubiera echado paladas de cal viva sobre los hechos si éstos hubieran acaecido no ya en El Cairo, sino en el mismísimo París. Dominique tenía mucho más difícil escapar de rositas en Estados Unidos. Lo sabía, y quiso escapar presa del pánico. Lo trincaron en el avión, y en un par de días ha cambiado su declaración inicial: primero, “pero si yo estaba con mi hija muy lejos de allí”; después, “fue un flechazo de sensualidad incontenible y recíproca; estas cosas nos suelen pasar a mí y a George Clooney”. Parafraseando aquel eslogan primigenio de la Transición: “presunción de inocencia, sí, pero dentro de un orden”. Si se nos permite la transgresión dada la víspera que es hoy, apostillemos diciendo que la teoría conspiranoica de que tras todo esto está Sarkozy de Bruni resulta tan juguetona con la de Rubalcaba de titiritero de la movilización social en curso. Con morboso gancho, pero más que improbable.

Ahora queda esperar a ver quién sucede a DSK. Por una norma no escrita que otorga cargo siempre a un europeo (por cierto, los tres últimos directores europeos del FMI han pegado diversas suertes de espantá, Rato incluido), la muy competente y chic ministra de Economía francesa, Lagarde, tiene muchas papeletas. Perfecta conocedora de cómo está la cosa fiscal y monetariamente en la Unión Europea, Christine puede ser un parapeto y un antídoto para las sucesivas razzias que los agentes más poderosos de los mercados financieros perpetran periódicamente sobre el euro. A nuestra Salgado, o sea, a España, le interesa que su amiga ocupe el cargo, de todas todas. Pero los países emergentes, como buenos emergentes, sacan pecho. Afirman que ellos tienen mayor influencia de facto en la ansiada recuperación global, y que este cargo sería un espaldarazo a tal realidad. Pero el principal contribuyente al fondo es la UE, y esos galones van a ser exhibidos delante de indios, mexicanos, brasileños, sudafricanos o israelíes. Hasta la semana que viene no saldremos de dudas, pero cuando esto se escribe una agencia de noticias da por “entronizada” a Madame Lagarde, si bien el nombramiento tendrá que esperar a la semana próxima. Son buenas noticias, aunque sean paliativas. No da la cosa para más.

DSK, un macho alfa entre rejas

Tacho Rufino | 16 de mayo de 2011 a las 15:00

Dominque Strauss-Kahn es un macho alfa, que probablemente ha canalizado su territorialidad extrema y su afán de poder sobre la gran manada mediante una carrera política de primer orden. Una sublimación freudiana de manual. No sólo es director gerente del Fondo Monetario Internacional –que pasa por ser el cargo más influyente del mundo, después del de presidente de los Estados Unidos–, sino que ya se lo aclamaba como sucesor de Sarkozy. Pero se perdió por la entrepierna, quién sabe si aquejado de la urgencia de quien ve que la vida pasa, y con ella la potencia sexual. Esa edad en la que, definitivamente, los hombres son transparentes para las mujeres más jóvenes, en la que –con permiso de Kiko Veneno– las flores temblorosas ya no quieren dejarse comer. Uno, quizá, puede hacer malabares con el rango y su poder asociado, y llevarse al colmillo algo de vez en cuando por la vía del interés trepa (del acosado indulgente) o del chantaje subliminal (del acosador)… pero la auténtica conquista selvática, la seducción por el físico, desapareció hace tiempo. El fuero interno del simba caduco lo reconoce, en este caso con rabia y frustración. Los atajos habituales –la prostitución, las amantes consabidas, el mismo amor propio– son menos retributivos a nivel endorfínico que la conquista pura, la que se da en el encuentro casual. Y DSK ha forzado como un borracho en celo a la primera víctima propiciatoria, que por lo que se ve no ha sido la única. Está sub-judice (un ‘judice’ que lo puede mandar una decena larga de años a una cárcel donde te dan una camisa vaquera y se hacen muchas pesas), sí, pero el hombre tiene antecedentes. La incontinencia del Gran Hombre. Al macho de la vara le ha llegado el momento de vagar por la sabana en solitario, envejecido, descontado por una manada repleta de jóvenes desmemoriados.

Estopa inclemente a Rato, el desertor

Tacho Rufino | 13 de febrero de 2011 a las 16:27

RESULTA anonadante cómo, tras casi cuatro años desde los primeros síntomas palpables de la que se venía encima, todavía sigan surgiendo profetas de la crisis, más o menos acreditados y mayormente muy tardíos: “Yo lo predije, escrito lo tengo, pero nadie me hizo caso”. Hay casos trileros, como los de quienes en realidad dijeron que esto podría ocurrir, aunque no dijeron cuándo ni cómo, además de haber realizado otras varias previsiones que resultaron errar estrepitosamente, las cuales silencian. Oportunistas que no sólo declaran haber tenido la visión, sino que aseguran tener el remedio a los problemas, también los hay. Éstos recuerdan a esos presidentes del Gobierno que dicen que hay que hacer justo lo contrario de lo que hicieron ellos mismos pocos años antes, cuando pudieron haberlo intentado. También ha sido chocante la cantidad de personas, algunas con reconocido talento, que han cargado contra los economistas por no verlas venir con la suficiente antelación como para haber levantado empalizadas para parar el alud.

Por estas vanidades, embustes y acusaciones desbocadas resulta en principio reconfortante -como pueda serlo una cataplasma, que no cura pero alivia- que el Fondo Monetario Internacional (FMI) se haya declarado -por medio de su auditor, eso sí, vean el informe original- culpable de no haber previsto nada de nada, con la cantidad de dinero que gasta en analizar, diagnosticar y prescribir tratamiento a cualquier economía del mundo. El FMI es uno de esos oráculos institucionales que, aunque su objeto sea propiciar la estabilidad monetaria en el mundo, tiene una gran influencia en las relaciones económicas y financieras planetarias por medio de sus informes. Esta semana ha reconocido que ha errado en sus previsiones y recetas tanto como los disparos de los malos contra Indiana Jones. Y, además, se ha sobrado en sus críticas a Rodrigo Rato, su penúltimo director, cuyos informes pifiaron una y otra vez. Sobre la “robustez financiera de Islandia”, sobre la conveniencia de “seguir innovando en los productos financieros” en EE.UU. O Gran Bretaña, sobre la “solidez bancaria” de quienes emponzoñaron con su caída las finanzas mundiales o, en uno de esos entonces continuos alardes de fe en el gaia económico, sobre la “evidencia de que los mercados pueden autocorregirse y de hecho lo hacen”, uf. Rato -no era el único, pero era el jefe del FMI- emitía señales hiperoptimistas: “La economía está preparada para un largo periodo de crecimiento”. Una mala tarde (informe) lo tiene cualquiera, pero todas las tardes malas… Motivos hay para arrear estopa a Rato -un economista y ministro con carisma y caché, pero quizá sobrevalorado, porque triunfó a favor de la gran ola-, pero si los bomberos no se pisan la manguera entre ellos, ¿por qué tanta leña al asturiano presidente de Caja Madrid desde la que fue su casa en Washington? Por cómo abandonó el hogar: de muy mala manera.

Al dejar la Presidencia Aznar, éste quiso ceder el testigo a alguien manejable como Rajoy, y no a alguien con intenso temperamento y ambición como Rato. Había pues que buscarle un retiro lejano y dorado, no tanto por el salario -unos 300.000 euros anuales- como por el cargo. Salvo Javier Solana o Samaranch, nunca un español había ocupado un cargo de tanta visibilidad mundial. Y Rato hizo sus cuentas, alegó sus morriñas familiares y sus renovaciones sentimentales, movió sus hilos, y dejó plantado al FMI, algo que nadie anteriormente había hecho antes de terminar su mandato. ¡Español, encima! No fue buen director según vemos ni, si se me permite, buen patriota… ¿o es que le vino grande el cargo? En su breve mandato, parece claro que dejó la casa sin barrer, y por ello los informes del Fondo fueron, directamente, malísimos. Un feo intolerable eso de dar la espantada, por el que paga ahora; no sólo paga él, sino que salpica a la entidad que preside, que tampoco es que afronte un periodo de calma y prosperidad.

¿A que te rescato?

Tacho Rufino | 21 de junio de 2010 a las 9:36

QUITÉMONOS las caretas: la economía financiera, rebautizada con el evanescente y misterioso término “los mercados”, es mucho más grande y, sobre todo, mucho más poderosa que la economía real (la que produce coches, galletas, clases, dictámenes, pisos o endodoncias), y no es otro sino ése el verdadero escollo para salir de la crisis. Los vaivenes sobre la credibilidad española han llegado al paroxismo en esta semana, y en esas idas y venidas han convulsionado al Íbex, a la deuda soberana y a sus primas de riesgo, provocando unas altas y bajas sucesivas que han sido el súmmum del erratismo, en el que se han forrado unos pocos: la mano negra existe, y es más importante que las llamadas expectativas, y no digamos, como decimos, que la economía real. La economía financiera no sólo no apoya a la real dándole liquidez para funcionar, como es (?) su principal función, sino que no hace más que paralizarla, y vampirizarla después. Y a esto contribuyen también los bancos mundiales, fondos monetarios planetarios, agencias de calificación… y también, claro es, los colocadores de dineros aquí y allá, no sólo aprovechando las posibles plusvalías (como es legal), sino sobre todo alterando deliberadamente las situaciones y precios para, así, generar unas plusvalías que no responden en nada a cambios materiales de empresas y países.

Un ejemplo de este esquema mental se observa en un malintencionado reportaje de The Independent esta semana, titulado “España, la nueva crisis en Eurolandia”, nombre este último que no es sino otra muestra de lo pérfidamente ocurrentes y desdeñosos que son los medios británicos con la Unión Europea. El reportaje abunda en los miedos -no sólo dando cuenta de ellos, sino creándolos, repetimos- a un bailout o rescate a que se vería forzada la UE por la falta de liquidez del Estado español. Para muestra, la primera frase: “Los líderes europeos se reunieron en Bruselas hoy por el temor creciente a que España, la quinta economía europea, se prepara para pedir un rescate que convierte en enano al griego (110 mil millones de euros)”. Curiosamente, nadie había ni ha afirmado tal cosa, a no ser Angela Merkel la semana pasada de forma muy escaqueada. Un columnista habitual de The Independent hurga en la artifical herida: “Si Grecia era Northern Rock [un banquito inglés quebrado], España es Lehman Brothers [otro rascacielos caído en Manhattan]”.

Tal ha sido el acoso a España, que Zapatero se ha apuntado un tanto trayendo aquí a Stauss-Kahn, director del FMI, que ha dado la cal y el bálsamo, descartando el rescate: “Hay bases para dos décadas de crecimiento”. Dicho lo cual, el Íbex repuntó… muy poco técnicamente. Una feria.

‘Zobra’ el griego, o urge su catarsis

Tacho Rufino | 26 de abril de 2010 a las 17:16

 moneda euro-Grecia

(Foto: Un euro griego)

DE nada ha servido a Grecia contar con un primer ministro, Yorgos Papandreu, con un excelente bagaje técnico y diplomático, el tercer eslabón de una familia de primeros ministros con exquisita formación. Su padre Andreas, exiliado, estudió Filosofía y Economía en Harvard, universidad en la que fue profesor antes de conseguir sendas cátedras de Economía en Minnesota y en UCLA. Su abuelo Giorgios, nacido en el XIX, es la piedra de toque de una exquisita saga de socialistas moderados. A pesar de contar con un político de raza y prestigio al frente de su Gobierno, el país ha entrado en una fase de descomposición de consecuencias incalculables, para Grecia y para la Europa comunitaria. Permitan que recuerde aquel chascarrillo: se abre el telón, y se ve a una pareja pelando la pava denodadamente, mientras un discóbolo posa tras ellos. Se cierra el telón. ¿Cómo se llama la película?: ‘Zobra’ el griego. Puede que en Fráncfort se estén planteando que sí, que sobra Zorba. Si deja de pagar sus deudas, deberá abandonar el euro.

Ayer viernes, todas las portadas de los principales periódicos occidentales -compartiendo primera plana con un Obama en Wall Street que no ceja en su compromiso de domeñar el salvajismo financiero- dedicaban espacios preeminentes a la “agonía” o a la “sentencia” de Grecia por parte de los inversores, a la inminente “quiebra” griega y , por supuesto, a la “tragedia”, vocablo tan griego como crisis o caos… y catarsis . Nadie, sin embargo, mencionaba en la primera plana que la expulsión del euro del país helénico es la consecuencia natural de sus elevadísimas deudas pública y exterior, de sus insostenibles déficits fiscal y por cuenta corriente, de la falta de reacción de las inversión internacional al apoyo del FMI, de la rebaja de su calificación de riesgo por parte de las agencias de ráting, de sus maquilajes estadísticos a la postre descubiertos, de, en fin, su incapacidad de exportar bienes que son caros por su exceso de mano de obra incorporada, también sobrevalorada salarialmente. Una economía en fuera de juego competitivo, castigada por sus vicios y la emergencia de China y otros países.

Una economía anémica, carente no sólo de glóbulos rojos suficientes para competir, sino empeñada hasta las cejas. Y, ahora, totalmente descontada por los inversores y ahorradores, que están llevándose el dinero a otros territorios, vendiendo masivamente una deuda pública griega que, aunque pague más interés que nadie, nadie quiere. Nadie se fía. Sin dinero corriente, no hay movimiento económico. Un problema de liquidez gravísimo, el griego, que pudiera ser consecuencia de una insolvencia fatal. Lo primero es gestionable con ayudas y apoyos externos transitorios; lo segundo es la muerte. A Grecia, muy probablemente, no le queda sino adelgazar a lo bestia, sufrir un bajonazo drástico de su nivel de vida. (En el momento en que esto se escribe, la agencia Efe difunde el anuncio de Yorgos Papandreu: “Grecia se rinde al mercado y solicita la activación del plan de rescate”.)

Es inevitable en este punto volver a preguntarse en cuántas cosas nos parecemos a Grecia. No tenemos su desaforado déficit público, ni mucho menos su deuda pública, que en España arroja mejores niveles que la media de la eurozona. España cuenta con grandes empresas multinacionales (financieras, energéticas, tecnológicas, constructoras) que Grecia no tiene en medida comparable. España no miente en sus estadísticas públicas y aguanta el tirón de los demiurgos del rating, cuyas calificaciones inducen la circulación del ahorro y la inversión. Pero España está expuesta al contagio, porque se nos identifica con Grecia merced, en buena parte, al acrónimo PIGS, y también por causas objetivas: nuestra debilidad competitiva, nuestros productos relativamente caros y nuestro crecimiento no ya anémico, sino adobado con un creciente paro crónico. Urge adelantarse a la jugada y seguir abundando en las reformas y los recortes públicos. A los griegos sólo les queda resurgir de sus cenizas, como su Ave Fénix. La catarsis griega: purificación ritual, y vuelta a la vida.

El tabú de los salarios menguantes

Tacho Rufino | 2 de febrero de 2010 a las 21:21

(Esto que sigue empezó a ser una respuesta a una pregunta de Lorenzo en el post “Nuestra propia tormenta perfecta“, pero me alargué tanto que decidí que fuera una entrada nueva)

Antes de responder a tu pregunta, un breve recordatorio que creo necesario, sin caer en excesos técnicos. En cualquier mercado, incluido el de trabajo, el precio (salario) se determina por el juego de la oferta y la demanda. En épocas de mayor dinamismo económico, habrá más demanda de trabajadores y el salario tenderá a subir. Y viceversa: en épocas de crisis, de atonía de la producción, la inversión y el consumo, habrá menos demanda de trabajo por parte de los empresarios y empleadores, y mucha oferta de trabajo por parte de los trabajadores potenciales, bolsa de parados incluidos. Si el mercado fuera perfecto, los salarios estarían bajando ya en España. Por suerte o por desgracia, no lo es. Pero desde luego el salario tiende a bajar. Esto es un modelo teórico si quieren, que las leyes de los países como España tutelan y limitan, a lo cual se une el hecho de que no existen verdaderos mercados “perfectos”, que es lo que subyace detrás de la ley de la oferta y la demanda, entre otros principios ideales.

Dicho esto, nosotros (España toda) tenemos un desfase negativo de competitividad que nadie niega. Nos podemos pasar la competitividad por el forro: una pose interesantona con un vodka helado en la mano, pero insensata. Turismo y poco más aparte, no producimos, vedemos ni servimos cosas que quieran los que compran esos productos o servicios fuera de su país, sea por falta de calidad o por excesivo precio. Podemos achacar nuestra falta de competitividad a “Zp malo” o a los empresarios malísimos. No es una hipótesis, el otro día lo dijo un líder sindical andaluz: “los empresarios tienen la culpa porque no piensan más que en la cuenta de resultados”… ¿en qué deben pensar para querer seguir siendo empresarios? ¿Quién debe resolvernos la papeleta?. También podemos proponer que la competitividad mejore vía aumento de la productividad general del trabajo español, en tasas por encima de la de nuestros países de referencia (con los que queremos compararnos social y económicamente, doy por convenido), lo cual está muy bien pero no es factible ni realista a corto plazo: a la historia me remito.

Como se repite una y otra vez, no podemos devaluar nuestra moneda (que no es “nuestra”, está en una cesta amalgamada llamada euro); y tampoco no podemos tirar de la economía y la “demanda agregada” con un incremento de un gasto público como prescribía Keynes: ya no hay dinero público para ello. Luego, técnicamente al menos, na cabe otra. Por eso lo decía.

Dicho lo cual, voy a ser osado esta tarde. Esbozaré a bote pronto por dónde creo yo que se debería empezar a recortar: nunca en los salarios más bajos ni en los medio-bajos; sí en la nomenclatura política elefantiásica, incluidos los salarios efectivos y en especie de los excesivos altos cargos y asesores y presidentes de instituciones de dudosa utilidad (no ministros y presidentes de gobiernos, que cobran sueldos moderados en nuestro país); sí en los excesos retributivos que en nuestro país se han establecido con las vacas gordas para tecnócratas de grandes empresas públicas y privadas-subvencionadas; sí en las castas técnicas extraña y excesivamente privilegiadas de empresas en el fondo públicas, como Aena; sí congelando salarios públicos mientras la cosa dure, de manera “progresiva”, como en el IRPF: recortar sueldos a funcionarios mileuristas o casi -que son muchos, y han ganado su plaza- que cobran para llenar el carro del híper y pagarse unas vacaciones no me parece de ley. Se me ocurren más formas de empezar a recortar, pero quizá alguien quiera apuntar sus soluciones. O bien alguien quiera defender por qué los salarios tienen que ser rígidos cuando las empresas no ganan dinero y el país puede irse al carajo.

Me gusta menos que poco haber apuntado una solución (que por cierto, economistas del gusto de la izquierda, como San Paul Krugman, han prescrito para España) que hoy salta a la prensa como propuesta del FMI. Pero no se trata de patalear o seguir tocando el violín mientras la nave se hunde, sino de debatir soluciones. Claro, que si lo que tenemos es un Aznar que dijo ayer que “nadie hizo tanto daño en tan poco tiempo como Zapatero” (adobado con una nueva expresión típica de quien confunde ya su español y su inglés, uf: “extremamente”, dijo nuestro ex-presidente en otra parte de su última filípica para atraer focos, en vez de “extremadamente”) y un Montoro que no para de arrear cera pero cuando se le pregunta si quiere reducir la indemnización por despido dice que no… aviados estamos. Una Gran Coalición a la alemana en España en estos momentos es como pedir… no sé, dejémoslo en peras al olmo par no faltar a nadie.

Yo me he despachado a gusto, espero comentarios. Desde que se publicó “Nuestra propia tormenta perfecta” en los diarios de Grupo Joly el sábado, he recibido varias collejas morales por mencionar los recortes salariales como posibilidad; sea como medida acordada por las fuerzas sociales, sea como, a la postre, realidad inexorable. Todos hablan fuera de nuestras fronteras de la cosa. Dentro, que yo sepa, poquísimos. Miremos para otro lado si queremos.

Otra cuerda más para Rato

Tacho Rufino | 25 de octubre de 2009 a las 15:41

SI hay algo que causa apuro y hasta vergüenza ajena al leer un artículo es que el autor se cite a sí mismo, un acto, por lo general, que constituye un pecadillo leve de vanidad, siempre y cuando no se llegue al detestable “ya lo dije yo”, un vicio habitual de la memoria selectiva. Puesto el parche, recuerdo que, al dejar Rodrigo Rato la dirección del Fondo Monetario Internacional hace más dos años, quien suscribe tituló un artículo Otra cuerda para Rato, más o menos como reza éste de hoy. Acababa Rodrigo Rato de abandonar prematura y unilateralmente un cargo que nunca había ocupado un español, y que tampoco nunca nadie antes había dejado compuesto y sin novio dando semejante portazo. Pero Rato es un hombre de gran carácter, incluso de un gran mal carácter según me han contado, y alegó morriña familiar para dejar ese cetro de relumbrón. Cetro que le procuró Aznar para descartarlo de sus propia sucesión, colocando a alguien, Rajoy, que seguramente sería más manejable entre conferencia y conferencia… si no hubiera pasado lo que pasó horas antes de aquellas tristes elecciones.

Rato parecía aparcar definitivamente la política, para ordeñar jugosos asientos en consejos de administración, y asumir delegaciones de postineras consultoras estratégicas y de finanzas galácticas. Y para dedicarse a su familia, claro. Rato, de esta manera, no haría sombra a Rajoy, al menos no de la manera en que lo habría de hacer sin descanso Esperanza Aguirre, apostada siempre cual indio tras arbusto.

Rato tiene muy buen cartel. Aunque ahora sabemos que era más bien cosa de la fase exuberante del ciclo económico que de su buen hacer -que lo fue- en el Ministerio de Economía, Rodrigo Rato es una figura asociada al éxito político. Su imagen pública de empresario e hijo de empresarios -más lo segundo que lo primero-, sus estudios de Economía en Berkeley, sin pasar por la función pública o el INI (como los Solchaga, Boyer, Maragall y otros pesos pesados, no sólo del PSOE); su juventud con pinceladas hippies y californianas;

”Rato

la devoción, en fin, por Van Morrison, los Rollings y el yoga le confieren un punto innegable de hombre moderno, libre de lastres franquistas dentro de la derecha política. Rodrigo Rato parecía haber cambiado la política por los despachos en grandes torres exclusivas, y los sueldos limitados de la política por el dinero de verdad. Y la cercanía de su familia, que eso no tiene precio. Pero no: Rato podría volver a la política. Rajoy, a pesar de su fácil victoria parlamentaria contra Salgado el otro día, se tambalea por los enemigos interiores de Valencia y por la matraca permanente de Aguirre, que aspira a su puesto. Y que de nuevo se enfrenta a su jefe, Mariano, por la presidencia de Caja Madrid. Esperanza quiere para ese cargo a un subordinado fiel, Ignacio González. Rajoy quiere aprovechar la inminente vacante de Blesa para colocarle nada menos que a Rodrigo Rato al frente de tan preciado instrumento político-financiero, como lo es todavía de una caja. Y de paso fagocita a Rato como (otro) candidato temible a suceder su débil liderazgo. Pero si Rato asume Caja Madrid, Rato vuelve a la política activa, si es que se llegó a ir. ¡Cuidado, Mariano!

Damos por concluido el desplome: ¡óle!

Tacho Rufino | 19 de octubre de 2009 a las 12:07

Quizá lo leyeran ustedes el pasado viernes. En la portada, él periódico generalista con mayor difusión de España, El País, daba una noticia con el siguiente titular: “El Ejecutivo da por finalizado el desplome del precio de los pisos” (es de suponer que no cabía “de la vivienda”, como sería más preciso). O sea, como un alcalde da por inaugurada una romería o un médico da por concluido un tratamiento. Sin embargo, la noticia, una vez se lee, decide entrar en la realidad. Lo que nos explica -con datos del Ministerio de la Vivienda- es que, en el útlimo trimestre computado de 2009,  el descenso del precio medio del metro cuadrado español (que ya es sintetizar…) es menor que en el trimestre anterior. ¿Les parece poco una caída del ocho por ciento en un trimestre, por mucho que en el anterior hubiera caído más? Se trata, de nuevo, de un caso patente de confusión entre la realidad y el deseo, muy propia de los estados de ansiedad y hasta de pánico: “¡Que se acabe el desplome, por Dios!”, porque nadie -salvo los más ricos con la caña de la ganga echada- se beneficia de esta situación. Tanto la caída de los precios como los de la vivienda son sintomáticos, y a estas alturas no ya de una corrección o ajuste necesario, sino más bien de una indesable caída de la actividad económica y el consumo (y del empleo por tanto, claro). El FMI, que tampoco acierta por norma, desdice al capitidisminuido ministerio de Beatriz Corredor (en la foto, también de El País, abajo) y sigue en sus trece de que los precios van a caer más todavía aquí. Desandando camino…

 Beatriz_Corredor