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Lustros de reciedumbre y sobriedad

Tacho Rufino | 9 de abril de 2011 a las 20:36

LA palabra lustro suena a gracia de tebeo antiguo, a carca de Mingote. Pega que sea pronunciada por un señor de aspecto decimonónico, con bigote recortado y atuendo severo. El vigente ministro de Trabajo -vaya papelón- tiene bigote y además se llama Valeriano, un nombre también algo en desuso. Ni él ni su bigote parecen pasados de moda, pero sí ha tirado de lustros para advertirnos de que el actualizar se va a acabar. “España encara un largo periodo de contención y sensatez salarial, porque no estamos en condiciones de financiar una espiral salarial en los próximos lustros”. De cuántos periodos de cinco años hablará el ministro Gómez. Cuando el presidente en vías de extinción decidió darse cuenta de la situación y se puso churchilliano (“sangre, sudor y lágrimas” por delante), dejó pendiente el cronograma de nuestra travesía del desierto a Valeriano Gómez, que ya avisa de que la cosa va para largo. Que la competitividad de nuestros productos y servicios va en ello, en olvidarse de indiciar la subida de salarios a la inflación. No en hacer las cosas mejor, sino en hacerlo igual por menos dinero. No paramos de recordar aquella profecía técnica de Paul Krugman, hace tres años en la sede de la CEA: “El camino de la salida de la crisis para España será extremadamente doloroso (…) los salarios y los precios en España son insostenibles, y no son compatibles con su realidad económica (…) asistiremos a una deflación del 15%”. De momento, la deflación de los salarios va en camino, a buen ritmo. Y hay lustros por delante.

En su oráculo, el ministro de Trabajo menciona la incapacidad de financiar periódicas subidas de salarios, y seguramente está pensando en la gran masa salarial pública, en ese “Capítulo 1″ que tanto pesa ante la contracción de los impuestos que merma los ingresos públicos. Habla de espiral y de inflación, y en esas estamos. Pero en esto también lo tenemos peor que la Europa más próspera, la que crece al tres y pico anual. Para ese envidiable ritmo de crecimiento, por ejemplo alemán, la inflación es más dañina que para la atonía española, que crece imperceptiblemente y sin repercusión alguna en el empleo. Por eso, Trichet nos ha tenido jueves tras jueves en vilo con la cantada (y descontada desde hace tiempo por el Euríbor) subida del tipo de interés oficial del BCE. Y este jueves ha apretado el cinturón un cuartillo, 0,25%. Spain is different, y va a contracorriente. O quizá arrastrada por la corriente. Mientras que la subida es higiénica para los sanos, es perjudicial para los renqueantes, para quienes tenemos en la deuda privada de familias y empresas el gran talón de Aquiles, para quienes verán aumentar la carga hipotecaria en varios cientos de euros anuales, para quienes necesitamos que el consumo no siga languideciendo. Para España, vaya.

El jueves escuché a una representante del PSOE andaluz atribuir a su partido el Estado del Bienestar, sin más matiz. De nuevo nos toca acostumbrarnos unas semanas a la prosopopeya incontinente, lo asumimos democráticamente, pero hay mucha ignorancia en esa afirmación, porque no hace falta llevar las flechas de mi haz bordadas para recordar cuándo nace la Seguridad Social (¿han pensado alguna vez en este nombre?). Y la Seguridad Social es el pilar indiscutible del Estado del bienestar. También es herencia laboral del pasado franquista -ocho lustros de pasado- una buena dosis del espíritu hiperprotector del Estatuto de los Trabajadores. Ahora no queda más remedio que consensuar la contención salarial, de acuerdo. Y para ello, las cláusulas de revisión automáticas deben ser revisadas. También toca pagar más intereses por la misma deuda para una inflación que no es nuestra guerra, porque la subida del interés oficial de esta semana va unida al consabido “no descartamos ulteriores incrementos”. No queda sino subir los impuestos, y una forma indirecta de practicar tal propósito: penalizar a quienes funcionan en la economía sumergida y a la vez trincan (eso es trincar, no cobrar) prestaciones públicas. Ah, hay una alternativa: no subir los impuestos… y desmontar definitivamente el lego -para los castizos, Exin castillos- del Estado no ya del bienestar, sino de la protección social.

PD: La expresión “reciedumbre y sobriedad” la tomo prestada de mi memoria escolar. En mi colegio, una expresión moralizante o aleccionadora figuraba durante al menos toda una semana en la pizarra. A esta frase simbólica la llamábamos “la consigna”. La primera consigna que recuerdo, tendría yo siete años, era precisamente esa: reciedumbre y sobriedad. No hace lustros ni nada… Pero ahí está, en mi memoria, perenne (más que en mi comportamiento, la verdad…).

Los de Merkel se ponen duros y preelectorales

Tacho Rufino | 7 de marzo de 2011 a las 15:41

Miren qué noticia de enero de 2007 (da igual el medio: todos andábamos igual de despistados, por mucho que no paren de surgir profetas, “Pues yo lo dije”, “Escrito lo tengo”): “La buena salud de la economía europea está permitiendo que la mayoría de los países de la zona euro, salvo Italia, Grecia y Portugal, cumplan el Pacto de Estabilidad y Crecimiento en sus cuentas de 2006. Recordemos que la reforma del Pacto ha endurecido las sanciones para los países que no alcanzan el equilibrio”.

Justo después, hace ya más de cuatro años, la Comisión Europea sancionó a los grandes de la Unión Europea, Alemania y Francia, por no cumplir los requisitos del Pacto de Estabilidad, en concreto por sobrepasar el límite del déficit público, establecido en un 3% del PIB. Tras expedientarlos, anuló las penalizaciones. Inmediatamente después llegó la crisis, y el estado de las cosas comunitarias ha cambiado sustancialmente.

merkel cduAhora, el partido en el Gobierno de Alemania acuerda imponer en la UE una medida radical: quien no cumpla los criterios del PEC (déficit público: no puede representar una cantidad mayor que el 3% del PIB al final de año precedente; deuda pública: no puede ser mayor que el 60% del PIB; inflación: por debajo de un 1,5% respecto a la media de los tres estados de la Eurozona con menor inflación) debe ser expulsado de la UE. Alemania, con una economía sana y boyante en su sector exterior, no quiere dejarse arrastrar por otras economías más débiles con las que comparte moneda. El inminente proceso electoral del país germano acrecienta las medidas de cara a la galería. Las posiciones de fuerza, la reclamación de “nuestro papel de líder”, las economías subvencionadas: todo el decálogo oficial de los territorios superavitarios comercialmente… tan propensos a obviar que, sin los relativamente menos competitivos y prósperos, no serían ellos más competitivos y prósperos.

De cualquier manera, es lógico que se quieran poner en práctica mecanismos de control y límites a la política fiscal de cada país. Los criterios de convergencia son lógicos no sólo para que las economías diversas de la UE tengan reglas comunes (quizá pocas, y desde luego convenientes), sino para no erosionar la Unión Monetaria y, de paso, evitar en lo posible los movimientos especulativos externos, basados en la disparidad y la fragmentación de las distintas realidades nacionales.

¿Se comerá los brotes la cabra inflacionaria?

Tacho Rufino | 28 de febrero de 2011 a las 21:46

(Publicado en papel el sábado 26/2)

”Oleoductos

DADA la cantidad de opiniones más o menos acreditadas que hemos conocido en las dos últimas semanas acerca de la Revolución de los Jazmines, cabe enfocar el asunto en esta sección desde la perspectiva del impacto económico que los levantamientos árabes nos van a causar de forma inmediata. Hagamos pues abstracción acerca de los significados religiosos-históricos (suníes frente chiítas) y político-religiosos (la yihadista organización Hermanos Musulmanes, creada va para un siglo, con la caña puesta y el martirio por lema) que subyacen en los conflictos. Obviemos también el rampante precio del trigo como detonante de la insurgencia desde las tripas, e incluso la pragmática hipocresía de Occidente apoyando a unos regímenes ahora morituri. Hablemos de un petróleo que ha subido un 20% en dos semanas, que no es que haya rebasado la barrera de los 100 dólares, sino que hay quien prevé pueda rebasar los 200. Horreur.

En la historia reciente, cada vez que el precio del petróleo se ha encarecido en un 85% o más en el curso de un año, el mundo occidental ha entrado en crisis, arrastrado normalmente por Estados Unidos. Desde 1975, eso ha pasado cinco veces, con más o menos daño económico. El alza de los precios del petróleo derivado del calor económico de los países emergentes es natural y hasta positiva. El alza intensa y sobrevenida, derivada del conflicto y el miedo, es mala. Sobre todo porque dependemos todavía intensamente de las energías fósiles, cuya producción y precio no depende de nosotros. La inflación cual cabra desbocada que arrasa con lo que pilla podría hacer desaparecer nuestros brotes verdes. Que los hay: brotes de bonsái, pero señales de esperanza, en forma de notable incremento de las exportaciones, el bastión del turismo o la tímida recuperación del flujo crediticio. Un ejemplo viviente de la Ley de Murphy ampliada, que dice que si algo ha ido mal, irá peor. Quizá sea éste otro arreón hacia el suelo del ascensor en caída libre, el que nos pondrá los pies en un suelo desde el que poder remontar.

España tiene un problema de inflación. Nuestro dinero no sólo mengua sino que se deprecia, lo cual es especialmente grave cuando las rentas del trabajo y empresariales están estancadas. El ajuste de la economía española vía salarios y precios, que recomendó y pronosticó Krugman con tino cuando nos visitó hace dos años, sólo se está dando en la primera de las variables, lo que gana la gente. La inflación española marca niveles superiores que la de los países de referencia de la UE, y esta asimetría se vuelve especialmente perversa cuando la inflación importada se vuelve galopante. El Estado obtendrá una pírrica victoria con ciertos impuestos a los importadores y refinadores de crudo, y los precios de los carburantes subirán no tanto por la mayor presión impositiva -gran parte del precio del litro en gasolinera-, sino por el subidón provocado por la crisis política multifoco del mundo árabe. Los costes de producción de las empresas subirán, lo que no ayuda a la capacidad de nuestros productos y servicios de venderse en el exterior, nuestro flotador ineludible en estos momentos.

Enfocando en el principal defecto de nuestra economía -la deuda familiar y empresarial, a cuya reducción debemos vincular la reactivación económica nacional-, ahora sí podemos temer con fundamento una subida de los tipos de interés. Si el BCE ya había anunciado más o menos sottovoce que el crecimiento de Alemania y otras economías les está produciendo tensiones inflacionarias y, por tanto, el tipo de referencia va a subir antes o después, no cabe sino concluir que la brutal subida del petróleo de estas dos últimas semanas va a acelerar esa subida. Lo cual no son buenas noticias para las muchas familias españolas con pasivos hipotecarios vinculados al Euríbor, ni para los bancos que tienen dichas hipotecas en sus activos.

(PS: El suplemento Negocios de El País dedicó a este asunto al día siguiente, domingo, su editorial: Daños colaterales)

Ganarás el pan con la productividad de tu frente

Tacho Rufino | 19 de febrero de 2011 a las 13:14

productividad……Salidas/EntradasProducción/trabajadoresProducción/activos…. Producción / horas trabajadas

”Dave

SI queremos vincular salarios a productividad, debemos establecer primero de qué productividad hablamos. ¿De la del país o comunidad autónoma, de la del sector de actividad donde opera la empresa, de la de la propia empresa en su conjunto, de su categoría profesional, de la división o sección a la que está adscrito cada trabajador? Dado por hecho que se trata, dicho en corto, de asociar la subida -o bajada, claro- de los salarios a los beneficios de la empresa, y, como la becqueriana mora de la cueva, si la empresa se salva, salvarse el trabajador con ella…, cabe discutir la menor -cómo se calcula la productividad- más que la mayor -indiciar salarios a productividad y olvidarse del IPC-. Expliquémonos.

Seguir con el sistema de vigente de revalorizar los salarios en función de la inflación era lógico hasta hace poco y perverso desde hace poco. No es una cuestión ideológica, por mucho que no habrá un liberal acérrimo que no defienda la nueva idea; la nueva condición de Merkel para ponernos la red del rescate debajo de nuestro azaroso vuelo económico. Frente a una situación de atonía emprendedora y de rentabilidad empresarial, y con unas perspectivas pobres de crecimiento micro y macro, obligar a las empresas a seguir actualizando los salarios según una inflación que sí que crece es poner gente en la calle. O cerrar empresas, quizá sin haber pagado las indemnizaciones legales. Un ejemplo de insostenibilidad. Por otro lado, hay una perversión más esencial: ¿cómo podemos hacer crecer nuestros salarios con la inflación y los alemanes no, si además la inflación de éstos es menor que la nuestra y su productividad mayor? Si la pregunta resulta farragosa, veámoslo de otro manera: cobrados en la misma moneda, no es posible a medio plazo que nuestros salarios estén más blindados que los suyos. Un último argumento a favor de tener en cuenta -no en exclusiva- la productividad a la hora de poner al día las retribuciones del trabajo: la correlación entre crecimiento de renta y productividad laboral es directa en cualquier país del mundo.

Pero… una preguntas escépticas: ¿quién va a establecer la fórmula de cálculo? ¿Quién va a controlar que no se producen fraudes en su cálculo, sobre todo en empresas con menor control sindical, como lo son la mayoría de las españolas, pymes por lo demás? ¿Se va a penalizar la incapacidad directiva, particularmente de la alta dirección? Haríamos bien en mirarnos en aquellos países en los que sí están asociados rendimiento y sueldo, pero no confundirnos ingenuamente: en Alemania, el nivel de confianza entre dirección (y propiedad) y empleados no tiene nada que ver con los de aquí, ni tampoco, salvo excepciones, el compromiso de los trabajadores con la empresa que les paga. Tampoco el nivel de fraude fiscal o de los maquillajes contables (de la contabilidad, necesariamente, nacerá el índice de productividad).

Hace ya décadas, algunos investigadores consiguieron demostrar que el empresario era tan responsable -o más- de la subida de los salarios como los propios trabajadores vía negociación. La aparente paradoja se explicaba no por filantropía del patrón, sino por el temor de éste a que la bajada o la contención de los salarios provocara un menor rendimiento de sus empleados: “El ahorro que obtengo al recortar los salarios reales de mis empleados se verá absorbido con creces por su reacción negativa, que mermará la productividad de su trabajo”. Ahora, según hemos sabido esta semana, la productividad nacional sube mientras que la masa salarial desciende. Esto se produce precisamente porque la productividad baja con la subida de salarios, que son un coste, y como hemos puesto a legiones en el paro, ese coste desciende, impulsando la productividad aparente. Aparte de esa otra paradoja, tengo la impresión de que la gente teme cada vez más por su trabajo y está dispuesta a dosis suplementarias de esfuerzo y calidad. ¿Es esto malo? Pues sí, pero no.

La pérfida estanflación ataca de nuevo

Tacho Rufino | 24 de agosto de 2008 a las 21:33

En tercero de carrera, allá por el año 84, se convirtió en algo recurrente la palabra “estanflación” en las clases de Estructura Económica, que entonces impartía en la Universidad de Sevilla el profesor Vallés Ferrer. Con su gran parsimonia y su marcado acento catalán, nos descubría que un cuadro clínico caracterizado por el estancamiento económico o la recesión (o sea, no crecimiento o decrecimiento del Producto Interior Bruto de un país durante dos trimestres seguidos), la inflación (crecimiento sostenido de los precios al consumo, deteriorando el poder adquisitivo de las personas del país, y también deteriorando la capacidad competitiva de ese país con respecto al exterior) y el desempleo. Tres variables nocivas para la economía, causas y/o consecuencias unas de otras de manera más o menos directa. La estanflación -una adaptación del término inglés stagflation, a su vez una mezcla de “stagnation” (estancamiento) e “inflation”- venía a tirar por tierra las certezas de la llamada Curva de Philips, que establecía que cuando se intenta controlar la inflación, el desempleo tiende a subir. Hay que elegir, pues.

O sea, según Philips, para combatir el paro hay que tolerar cierta inflación. Y resultaba que, en ciertos periodos como aquél de las clases de Vallés y en otras fases cíclicas anteriores, no sucedía así: podía haber alta inflación, incapacidad para reducirla, paro rampante y -gallina o huevo-, estancamiento o recesión de la actividad económica general. Más o menos como ahora, tras unos veinte años en los que el palabro ha estado en el desván cogiendo polvo.

Se me ocurren dos expresiones cliché en este orden de cosas: “la estanflación ataca de nuevo” y “la estanflación ha venido y nadie sabe como ha sido”. Y no les falta razón a los tópicos.

Gladiadores de la banda magnética

Tacho Rufino | 8 de enero de 2008 a las 10:36

Las portadas de los periódicos de hoy muestran casi sin excepción imágenes de riadas de personas entrando en los comercios para ser los primeros en ejercer el para muchos estimulante ejercicio de las rebajas. Con un propósito de compra concreto o a ver qué ganga aparece, los rostros de esas personas muestran rasgos de ansiedad, competencia y gregarismo guasón. Me llama la atención el creciente número de hombres que esperan que se abra la puerta para lanzarse en carrera hacia la escalera mecánica, aunque la mayoría sigue siendo femenina. Las rebajas de este año están siendo analizadas inevitablemente a la luz (o a la sombra…) de la “crisis”. Crisis real o imaginaria, inminente o presente, que hace que -en la senda de los argentinos- los españoles se interesen cada vez más por la noticia económica: a la fuerza ahorcan. En muchos casos, la irrupción de los aguerridos gladiadores de la banda magnética en las tiendas es justificada como necesaria para la economía en tiempos de zozobra: más madera, es las crisis (con permiso de Groucho). Sin embargo, el acelerón del consumo es un factor decisivo para la subida de ya desbocada inflación, que supone pérdida de poder adquisitivo, pérdida de competitividad de nuestros productos y servicios e inestabilidad económica. ¿A qué carta jugamos?

Nubarrones económicos para 2008

Tacho Rufino | 1 de enero de 2008 a las 21:32

El año se ha ido apretando bien las clavijas al consumidor -y no transitoriamente-, además de ensombreciendo las perspectivas de futuro en lo económico. Esencialmente, la causa es que el petróleo está caro, casi tan caro como en su máximo histórico (actualizando los precio, dicho máximo se produjo en 1980 con la subida al poder del ayatolá Jomeini). La causa principal de esta inflación del crudo que acaba siendo importada y afectando a todos los productos y servicios es la irrupción de cientos de millones de chinos e indios en la sociedad de consumo: a igual cantidad de producto, una mayor demanda produce un aumento de precio. La cadena de causa-efecto vendría a ser la que describía Joaquín Estefanía el domingo: las materias primas caras estimulan la inflación y provocan la reacción de los bancos centrales, que suben los tipos de interés para domeñar el incremento de los precios; sube el precio del dinero y, con él, el coste de los créditos y de las hipotecas; baja el consumo porque el ciudadano ha de pagar los préstamos; se reducen los beneficios empresariales, la inversión se hace anémica, aumenta el paro, etcétera. El final puede ser una recesión.

El consumo se va a ver afectado por la bofetada de subidas inmisericordes de alimentos, sumnistros básicos, telefonía y, en definitiva, del coste de la vida que se ha dado en el último trimestre del año 2007 y -la primera en la frente- desde hoy 1 de enero de 2008.

Dos cuestiones se me suscitan:

  • ¿La excusa del petróleo está siendo aprovechada por gobernantes y productores, unos para justificar el cambio de rumbo económico, los otros para meter un buen arreón desproporcionado a los precios, y tonto el último (el consumidor es el último)?
  • ¿Qué podemos decirle a los chinos e indios, entre otros, que quieren reproducir nuestras más insostenibles pautas de consumo y estilo de vida?