Tacho Rufino | 23 de agosto de 2010 a las 11:03
QUIZÁ conozcan la expresión desertores de la tiza. Suele aplicarse maliciosamente a los profesores del sector público que, tras pasar unos años sirviendo en política –los hay en la izquierda, en la derecha, en los partidos nacionalistas– en comisión de servicios y gozando de sus nuevos salarios, estatus y otros concentrados de poder bebibles a diario, se resisten a volver al aula con niños, adolescentes y jóvenes más o menos ávidos de conocimiento. Es (debe de serlo) duro el retorno al despacho sin glamour ni secretaria, a la clase probablemente desinteresada, a la nómina modesta, a la opacidad pública, al frío de los mortales docentes o investigadores. La vocación de la enseñanza y el conocimiento se pone en serio riesgo cuando uno tiene asesores, subordinados y centralidad en los estrados y micrófonos. En muchos casos, la resistencia al retorno a la tiza (junto el poder de convicción adquirido en el ejercicio político) es tal, que por fuerza han crecido las fundaciones y observatorios, y han engordado los organigramas del sector público.
Algo parecido ha sucedido con los otrora boyantes y escasos albañiles, ferrallistas, soladores, electricistas, carpinteros metálicos, encofradores, fontaneros y otros. Paralizada la actividad que los reunía, la construcción, la opción era la vuelta a la barra o al azadón. En muchos casos de escasa profesionalidad encubierta por el boom, se imponía la vuelta a la hostelería y al campo: es lo que hay. Pero, también en muchos casos, esa vuelta pasa por una especie de periodo sabático en el que uno ejerce sus derechos adquiridos -la percepción del subsidio-, en el que no se hacen ascos a los chapús. (Eso sí: como han informado los técnicos de Hacienda esta semana, los microempresarios y autónomos que no están en módulos -éstos han tenido grandes ventajas, pero hoy, a la baja, su régimen no compensa- han declarado en 2009 cantidades de facturación irrisorias, trabajando grandemente en negro con la aquiescencia de los clientes, descontando con creces sus bajadas de ingresos por la crisis… a costa de menos ingresos naturales para las arcas públicas, y de una mayor economía sumergida, y no precisamente de subsistencia.)
Hace unos meses, dábamos aquí cuenta (Mr. Gómez, from Lepe) de un fenómeno de movilidad laboral que surgía de la parálisis de la construcción: en las zonas rurales, los nacionales volvían del ladrillo al plástico y el surco, del sueldo de tres mil y más al de mil doscientos en el mejor de los casos. Todo ello, desplazando de sus puestos a quienes desde fuera habían venido a cubrir los trabajos más penosos y peor pagados: quítate-tú pa-ponerme yo, que soy del país. Pues bien, parece que lo que un periódico inglés había venido a constatar al poliédrico municipio de Lepe en Huelva no está realmente sucediendo, y no hay tal desplazamiento de una mano de obra por otra. O no de una manera intensa: “Mejor agoto el subsidio de desempleo que me corresponde, que me reporta una cantidad muy similar a la de los jornales. Como está la cosa, igual si dejo el paro para más adelante, se habrán recortado estos derechos también y no veo un duro. Pájaro en mano, pues”.
A quien así barrunte no le falta razón. ¿Por qué no pensar que, junto al leñazo a las pensiones por venir no vendrá de la mano un nuevo recorte de las prestaciones por desempleo, después de haber visto cercenarse los salarios públicos, las obras también públicas, los presupuestos y organigramas ministeriales, autonómicos (menos) y locales; los gastos de defensa, la olvidada I+D+i tenida por base de todo progreso y discurso, la cooperación, la sostenibilidad energética y la sanidad, por no hablar de la todopoderosa y lenta educación que, también, todos decimos querer y ninguno dotamos? El azadón puede esperar. Y lo maneja con más ganas Mohamed.
Tacho Rufino | 4 de septiembre de 2009 a las 20:08
Hace unos años se acuñó el término “Ciclo del lavado de cerebro” (brain-drain cycle) para denotar a un proceso migratorio virtuoso, que particularmente se daba en el Reino Unido con la gran afluencia de polacos buscando una vida mejor. El polaco (aplíquese también a ellas, claro está) aportaba formación, disciplina, laboriosidad, flexibilidad funcional y geográfica, y disposición a cobrar bastante menos que el nativo británico. Si obviamos lo políticamente correcto y añadimos a estos rasgos el hecho de que un polaco se mimetiza como si fuera de allí de toda la vida, sea en un mostrador de hotel, tras la barra de un pub o al volante de un taxi, el inmigrante polaco es un “mal menor” para el impermeable british medio que pasea su labrador al atardecer. El ciclo virtuoso suponía la adquisición de habilidades y profesionalidad por parte del dispuestísimo polaco, que además enviaba nutritivas remesas de divisas a su país. El cierre del ciclo se suponía debía ser la vuelta de un polaco mejor a su propia patria. Como parece estar sucediendo.
Ya sobre 2006, surgió con fuerza otra expresión que también se refería a la emigración polaca hacia la Europa más rica. Los franceses rechazaron la Constitución Europea en 2005 por miedo al “fontanero polaco”. La muy sindicada y corporativa vida profesional francesa se resentía de unos apañados que provenían de Varsovia, Gdansk o Lodz y que cobraban insultantemente baratos sus servicios; los de fontanería u otros. Y, además, amenazaban con levantarle las señoras a los galos, como alguna publicidad de respuesta del Gobierno polaco se encargó de difundir con guasa eslava (y foto de macizo con peto y llave grifa en ristre). Polonia es un país curtido a fuego por el aliento de dos gigantes, la ortodoxa Rusia y la protestante Prusia-Alemania, que en no pocas ocasiones han pasado por su territorio a paso ligero. Dicen que tras el profundo catolicismo polaco está esta inseguridad histórica: yo pude ver, con perplejidad, cómo en la bella ciudad de Lublin las iglesias se abarrotaban cualquier lunes, sin festividad alguna de por medio. Y había no pocos jóvenes. Pues bien: el fontanero polaco empieza su retorno, con gran dolor de las amas de casa francesas y sus presupuestos de reparaciones. Los emigrantes andaluces del siglo XX tienen similitudes con los polacos, y el propio proceso de salida del España para buscar algo de porvenir afuera no difiere demasiado de lo dicho.
¿Por qué vuelven a casa poco a poco los emigrantes polacos? Básicamente, porque sus países de destino están mal; pero también porque Polonia sufre mucho menos la crisis que sus vecinos del Este y que los propias democracias viejas occidentales. Polonia no está en recesión. Su economía no depende mucho de la exportaciones, y su demanda interna se muestra más robusta de lo normal a día de hoy. Repentinamente, pasan del euro: no les conviene. De forma inversa a los beneficios -tan poco estudiados- de ser un país pequeño cuando el ciclo está alto y caliente, ser un país grande y joven como Polonia parece ayudar en etapas de crisis general, como ésta. Se puede alegar que el caso español no responde como el polaco. Pero es que les llevamos unos veinte años de evolución en el mercado libre. Quizá estén gestando su propia burbuja inmobiliaria…
Tacho Rufino | 9 de enero de 2008 a las 11:51
Sarkozy, de nuevo. El pintoresco Napoléon del XXI no para. Es capaz de anunciar una boda secreta -que ya tiene mérito- y al mismo tiempo tirar de dos economistas de “cara amable” para el gran público, con sus premios Nobel y muy del gusto europeo: Stiglitz, con sus ataques a la globalización y al Fondo Monetario Internacional; Sen con sus estudios sobre la pobreza. Sarkozy los ficha para que investiguen una alternativa al PIB para medir el crecimiento económico: a Francia no le va muy bien con el baremo “contable y artimético” (expresión suya) para renovar su grandeur. Además, Sarko afirma que ha pactado con Zapatero y Prodi “expulsiones colectivas” de inmigrantes ilegales, al tiempo que anuncia programas de recuperación de los suburbios marginales, donde anida el odio racial, la frustración y la falta de expectativas de los jóvenes y no jóvenes. ¡Este hombre no le hace asco a ningún huerto, mon dieu! ¿Se trata de una estrategia de marketing personal, o es Nicolás una auténtica máquina política… o una incontinente presa de la exaltación amorosa?