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Friburgo recurrente

Tacho Rufino | 24 de julio de 2012 a las 19:49

Friburgo, 25 años más tarde“, León Lasa, marzo de 2010:

(…) “Durante todos estos años, en especial los que van desde 1994 hasta hace relativamente poco, y muy particularmente desde la entrada en la moneda común, hemos experimentado una suerte de estado de euforia evanescente que, tanto a título particular como nacional, nos ha llevado a creer, sin duda erróneamente, que habíamos dejado de ser ni siquiera la sombra de lo que siempre fuimos. Con la estulticia propia del nuevo rico, mirábamos casi con desdén a quienes nos sufragaban muchos de nuestros excesos. Nos hemos despertado de golpe y porrazo y al final, tras ese tránsito efímero por las sendas de la prosperidad, nos enfrentamos a una realidad que, como un bucle permanente, nos lleva de nuevo al principio, al estado en el que las cosas estaban cuando uno, cateto y juvenil, caminaba despreocupado con un cuarto de siglo menos por la Munsterplatz. Ahí me encontraba, saboreando una jarra de la cerveza local Ganter a un precio ajustado (en los últimos diez años la inflación española ha triplicado a la alemana… pero gozamos de su misma moneda; ¡qué listos somos!) cuando leí en el Badische Zeitung (www.badische-zeitung.de) la noticia de que, ya sin tapujos, tanto el ministro de economía alemán como la canciller Merkel declaraban que el socio que no fuera capaz de cumplir con las reglas del euro podría y debería ser expulsado. Miré la inmensa torre gótica que domina toda la plaza y me pregunté si en mi próxima visita a Friburgo, al cabo de unos años, no tendría que, como en aquellos días, acudir a una casa de cambio antes de comenzar el viaje. Añadiría entonces tristeza a la melancolía.”

Quien esto escribió hace dos años largos, León Lasa, se dispone a volver a Alemania, Friburfo incluida, aunque ahora acompaña en su calidad de consejero al Real Betis en su stage veraniego en ese país. Hace 27 años viajó a Friburgo con pocas pesetas que debía cambiar por unos carísimos marcos; hace apenas tres, se veía con una cerveza bastante asequible en una terraza de Friburgo, rodeado de turistas entre los que abundaban los españoles que no reparaban en gastos. Quién sabe si, con las estremecedoras y acongojantes noticias de hoy, no le pillará allí el rescate con intervención y suspensión de derechos políticos de los españoles. La antesala de la voladura del euro tal como se concibe hoy. El domingo, por cierto, pude leer cómo un analista –quizá político– alemán pronosticaba y hasta recomendaba la convivencia del euro –para devolver la deuda exterior griega sin merma para el acreedor alemán o francés– y el dracma –para pagar salarios y para las transacciones domésticas. Que España no es Grecia se ha dicho hasta la saciedad. Pero por mucho que se diga, las diferencias de tamaño y estructurales pueden muy bien no ser capaces de impedir que se nos trate de una manera casi idéntica. Prost!

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Tres visiones de ‘Lasadamus’

Tacho Rufino | 19 de mayo de 2010 a las 18:14

Desde que tomamos conciencia de la crisis, no pocos economistas y otros analistas en prensa de la actualidad económica han sucumbido a la tentación de citarse a sí mismos recordando a los lectores cómo dieron en la clave con antelación, cómo anticiparon los acontecimientos, cómo previeron clarividentemente el desastre y adviriteron de él sin ser atendidas las alarmas que, preclaros, nos encendían. Lo cual, siendo poco humilde y menos pudoroso, es humano y hasta lícito… si no fuera porque, también en no pocos casos, recordaban sus dardos en la diana y no sus tiros errados. Tengo a algún viejo y venerado profesor de Economía entre quienes acertaron tanto a prever el futuro inmediato… como fallaron en otras predicciones cual escopetas de feria (cosas, estas últimas, que callaron al sacar pecho). La evolución de los precios del petróleo, por ejemplo, fue objeto de patinazo de la mayoría de los que se atrevieron a prever su trayectoria, quien suscribe incluido.

Sin embargo, hay quien ha acertado con mucha antelación sobre cosas importantes, sobre tendencias sociales y sobre los riesgos de ciertos excesos en la época en que estuvimos (casi) todos cegados por la exuberancia y el ardor. Suelen no ser economistas de profesión, paradójicamente. Es el caso de León Lasa (abogado y escritor, su última obra es “En Noruega”, Almuzara), compañero articulista que no tiene web ni blog -“ni falta que me hace”, como si lo oyera- y quien, tras insisitirle yo, me permite colgar aquí tres artículos suyos realmente lúcidos y amenos, que barruntan con fundamento cosas que han sucedido de pronto, están sucediendo… o tienen todas las trazas de acabar haciéndose realidad. Aquí van. (Disculpen que no los pueda vincular para que ustedes cliqueen y abran el archivo; mientra que soluciono esa cuestión, los vuelco enteros.)

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1. Ikea en la Seguridad Social

(escrito en abril de 2007)

Casi todo el mundo alaba el fenómeno Ikea: muebles funcionales, con cierta estética desenfadada a unos precios muy asequibles. Las tiendas de Ikea están permanentemente abarrotadas de personas que buscan más por menos y que no persiguen accesorios inútiles o que no aporten nada al producto: eso sí, diseño escandinavo pero manufacturación asiática. El experimento nórdico se está introduciendo en casi todos los segmentos del mercado, desde los vuelos de bajo coste a los ordenadores portátiles, pasando por los utilitarios urbanos o la comida envasada. El prodigio, por llamarlo de alguna manera, “low cost” es tan reciente como gratificante para todos los consumidores occidentales que ven de qué forma se multiplican las oportunidades de conseguir la chatarrería más variada y de acudir a lugares que hasta hace poco sólo conocían, en el mejor de los casos, por los documentales de la televisión. La fiesta permanente está servida. Sin embargo, emulemos a Casandra por unos instantes.

             El fin de las seguridades. Es posible que, y así lo apuntábamos hace algún tiempo, estemos trocando de manera un tanto insensata el paraíso por baratijas. La creciente competitividad, la eficiencia oriental o la implementación de los circuitos productivos nos están, literalmente, inundando con todo tipo de posibilidades de adquisición hasta el punto de que, en ocasiones, nos vemos abrumados ante cualquier elección, por nimia que ésta sea: ¿qué tipo de yogur preferimos ante una gama casi infinita de opciones, qué LCD? (En este sentido, Por qué más es menos, la tiranía de la abundancia, de Barry Schwartz). Constituye un plus añadido por el que las generaciones europeas nacidas en los años cuarenta, cincuenta o primeros sesenta, blindadas en gran parte, apenas pagan peaje alguno. La mayoría ha conseguido un puesto de trabajo razonablemente estable y ha accedido a una (o más) viviendas antes de que la burbuja inmobiliaria comenzara a inflarse. No obstante, esos miembros conspicuos de la clase media, difícilmente —salvo en casos muy puntuales de acumulación exponencial de capital— conseguirán facilitar a sus hijos una vida con certezas semejantes: casas a precios inaccesibles; colocaciones precarias a pesar de mil y una titulaciones.  Es probable que en un mundo globalizado para lo bueno y para lo menos bueno únicamente nos quede abrirnos y competir con chinos, vietnamitas o malayos. Pero estos ya no sólo producen bienes tecnológicos básicos o con poco valor añadido, sino, cada vez más, productos tan sofisticados como los fabricados en Berlín o Helsinki. La teoría de David  Ricardo de las ventajas comparativas del comercio puede dejar de tener validez en el momento  en que los doscientos mil ingenieros indios que cada año se licencian en el Manipal Institute of Technology consigan anular el desfase tecnológico con Occidente. Si descartamos el proteccionismo como solución (aunque un debate pausado no estaría de más), ¿qué salida queda?

             Tiempos difíciles.- Según algunos va ser poco probable que Europa emerja airosa de los retos que se avecinan arrastrando algo tan preciado pero a la vez tan oneroso como el sistema de beneficios implantado por Beveridge en 1944, y que se basaba en el nacimiento de una clase media y un sistema fiscal cuyos cimientos se tambalean. Y, desgraciadamente, mientras antes nos preparemos para ello, en todos los sentidos, mejor. Alemania, el país pionero en la seguridad social, se ha atrevido a afrontar la reforma más ambiciosa de los últimos decenios. Una reforma que, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, es restrictiva de derechos: la marea de ventajas y conquistas parece haber alcanzado a su bajamar. La edad de jubilación se retrasa a los sesenta y siete años de forma progresiva, las pensiones se recortan y otros beneficios sociales quedan también tocados. El modelo Ikea llega a la seguridad social: asistencias simples, elementales, de bajo coste, corregidas según el capital preexistente del beneficiario, que puedan ser asumidas por una sociedad que en 1960 tenía ocho activos por pensionista y ahora tiene sólo tiene tres, y en la cual la esperanza de vida ha hecho que las pensiones se perciban durante casi veinte años en lugar de diez. La Ley ha sido aprobada por los dos partidos mayoritarios de la nación germana: los democratacristianos  y los socialdemócratas.  Y algo similar ocurrirá en otros ámbitos del espectro social (sanidad, educación…). Vienen tiempos difíciles, especialmente para quienes observamos como, casi tocando, el sueño, éste comienza a desvanecerse progresivamente. Ahorren, mientras ello sea posible.

2. ¿Gratis total o…?

(escrito en noviembre de 2008)

         Llegar a una fiesta cuando los camareros comienzan a recoger las botellas y la orquesta ha puesto ya el play back suele ser descorazonador. Los amigos nos arrepentíamos, en esas ocasiones, de no habernos dado más prisa, de habernos distraído con esto o con lo otro, de no haber sido más diligentes. Pero ocurría que, a veces, por circunstancias de diversa índole, sencillamente no podíamos acudir antes, en pleno apogeo, en el momento en el que el éxtasis de música y baile alcanzaba su punto culminante. Así es la vida, nos consolábamos con las manos en los bolsillos mientras rumiábamos el fin de una noche que se prometía feliz. Y tengo la sensación, en estos meses de zozobra,  de que algo de eso nos puede pasar a los españoles del baby boom en relación con los logros más significativos del Sistema del Bienestar Social, sobre todo en materia de sanidad y pensiones.

Algunos defienden que se avecinan tiempos en los que el concepto de universalidad de las prestaciones tenderá a replantearse tal y como lo hemos conocido hasta ahora (sociedad del low cost, la han bautizado). Pero es que hay ciertas medidas que son, cuando menos, discutibles desde el punto de vista de la equidad e, incluso, de la solidaridad intergeneracional.

¿Gratis total…?.- Hace poco, la empresa municipal de transportes de una capital andaluza propuso que el llamado bonobús gratuito de la tercera edad únicamente pudiera ser utilizado por los pensionistas con una renta inferior a 1.500 euros. No alcanzo a comprender las razones, pero semejante iniciativa –que se me antoja de puro sentido común— desató las invectivas de tirios y troyanos. Sin embargo, dejemos el juicio apriorístico y cuestionémonos un instante, ¿por el mero hecho de entrar en la categoría dorada de jubilado se debe hacer uno acreedor a todo tipo de canonjías sin importar situación, patrimonio o renta preexistente?  No voy a decir, como defienden algunos sociólogos, que el sistema de pensiones sea un fraude generacional de la manera en que está articulado actualmente (se han planteado en algunas empresas prejubilaciones con 48 años de edad). Pero debería dar que pensar el que un pensionista pueda viajar gratis total, sea cual sea, como decimos, su renta o patrimonio, y que, en cambio, un trabajador mileurista tenga que pagar el transporte para acudir al tajo. Y cabría extender esa pregunta a otros servicios y productos. ¿Por qué ha de ser gratis total el medicamento –salvo los que combaten enfermedades crónicas— para cualquier persona mayor de 65 años sin tener en cuenta cual es su situación económica, y, en cambio, ha de ser pagado, siquiera sea en un porcentaje, por familias que apenas llegan a fin de mes o que, sencillamente no llegan? Además de creer en el copago como instrumento que ayude a racionalizar el uso de cualquier asistencia prestada por el Estado, estimo que aquel no lo debería determinar únicamente la edad del usuario, sino, sobre todo, su estado financiero. Algunos países están dando pasos en ese sentido. Incluido el nuestro.

¿…o coparticipación en el coste?.- No hace mucho se aprobó por las Cortes la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia. Sin duda un avance más en una sociedad que aspira a cubrir las necesidades más perentorias de sus ciudadanos. En la Exposición de Motivos se indica entre otras cosas: “En España, los cambios demográficos y sociales están produciendo un incremento progresivo de la población en situación de dependencia…la atención a ese colectivo de población se convierte, pues, en un reto ineludible para los poderes públicos”. Y continúa indicando que las modificaciones en el modelo de familia y la incorporación de la mujer al mercado laboral han hecho que la atención de esas personas quede cuestionada tal y como se la conocía hasta ahora. Pero es el art 33, al regular la participación de los beneficiarios en el coste de las prestaciones, el que nos llama la atención por su valentía: “Los beneficiarios de las prestaciones de dependencia participarán en la financiación de las mismas, según el tipo y coste del servicio y su capacidad económica personal”. Ésta se tendrá en cuenta, además, para la determinación de las prestaciones económicas.

 Que a la hora de decidir sobre el cómo y el cuánto de las prestaciones de dependencia se considere  la “economía personal” del beneficiario, y no sólo la edad del mismo, parece una decisión acertada en un Estado cada vez más sujeto a compromisos crecientes y con una población en progresivo envejecimiento. A buen seguro no será  la última Ley que, codificando asistencias de cualquier clase, tenga en cuenta ese elemento. 

3. Pelé, Brasil 1970 y el Estado del Bienestar

(escrito en junio de 2008, en plena primera Eurocopa que ganó España)

Estoy, como la gran mayoría de mis conocidos y amigos (el género es a propósito), abducido por la Eurocopa. Lo reconozco. Y en días como hoy, en que la selección de fútbol –ese reducto de cosmovisión ibérica, una vez diluida la mili— se juega el pase de los malditos cuartos, pocas alternativas se me antojan tan seductoras como tomar un par de cañas al mediodía y dejarme arrastrar el resto de la tarde hasta la hora de las conexiones previas, que espero no se demoren demasiado. Como quiera que todos llevamos un primate dentro, sin duda lo que más nos satisface de esas retransmisiones es el trasunto bélico y guerrero que, en estos tiempos decididamente melifluos, acarrean. Las tribus se visten con sus colores de guerra, ondean las banderas al viento y se disponen a la batalla. Incluso con mercenarios de más allá de las limes. El primer torneo del que tengo recuerdos es el Mundial de México 1970, donde jugó la mejor selección de todos los tiempos. Y, cosas de la memoria, aunque lo vi en blanco y negro, lo tengo imantado en technicolor: ay esas camisetas amarillas o azules sin marca deportiva alguna, sin mácula que las ensuciara…El Brasil de 1970, con Pelé, Gerson, Tostao, Rivelinho, Jair etc, era un conjunto técnicamente estratosférico. Y ese Mundial dejó en la retina de millones de aficionados escenas legendarias para la historia del fútbol como la parada de Banks a la picada de cabeza de Pelé; el amago con el cuerpo de éste al portero uruguayo Mazurkiewicz; Beckenbauer jugando la prórroga contra Italia con el brazo en cabestrillo, el gol agónico del alemán Schnellinger etc. Creo que nunca ha vuelto a haber un campeonato con tanta calidad. Sin embargo, la eterna pregunta. ¿Qué haría aquel equipo brasileño jugando contra cualquier selección europea de la actualidad?Casi con toda seguridad perdería por goleada tantos partidos como disputara. Aquel era un fútbol mucho menos exigente en lo físico, de un juego infinitamente más lento, con muchos más espacios en el campo, donde los jugadores disponían de un tiempo, que hoy nos parece infinito, para recibir, controlar y decidir. Era un fútbol mucho más hermoso; más bello. Pero por suerte o  por desgracia, el de hoy es mucho más eficaz.

 También, paseando por otros pagos, es mucho más hermosa una vida en la que la jornada laboral se vaya reduciendo progresivamente de forma que se concilie con la vida familiar –sea esto hoy en día lo que sea–, el ocio, el descanso, y todo lo demás. Ahora bien, en un mundo globalizado, en esta especie de Campeonato Mundial de la Economía que acometemos a diario, ¿es posible jugar, permítame la imagen, con maneras y formas parecidas a las de Brasil 1970 si los equipos con los que competimos se machacan en el gimnasio, hacen pesas, corren como gamos, dan tarascadas a diestro y siniestro y no dan un balón por perdido? ¿Se puede ganar un partido a ritmo de samba, apelando a nuestros regates y gambetas, a nuestro disparo con la zurda o a una  jugada aislada? Confieso mi ignorancia en materia económica, pero cada vez me pregunto más insistentemente si es posible mantener un sistema de garantías sociales en un orbe globalizado donde la gran mayoría de los países las ignora. La reciente ampliación potencial de la jornada laboral a 65 horas parece sugerir que los tiempos dorados del capitalismo de corte renano empiezan a quedar atrás en Europa, y que si hemos de competir con chinos, indios, coreanos y demás, desgraciadamente no nos va a quedar otra que seguir sus pautas. Porque ellos no se muestran muy convencidos de seguir las nuestras. Sí, ya sé, nuestra mayor productividad, el mayor valor añadido de nuestros productos etc…pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Se imaginan –los más viejos– a Pelé o a Rivelinho encimando a sus defensas, bajando a defender constantemente, corriendo como locos los noventa minutos, batallando en el centro del campo, etc? Yo tampoco. Pero hoy no ganarían un partido. Aunque el tiempo y la belleza, ya lo decían los Rollings, estaban de su lado.

‘El Periscopio’ emerge en aguas islandesas

Tacho Rufino | 28 de abril de 2010 a las 17:53

Como viene siendo habitual en este blog, reproduzco a continuación el artículo de León Lasa, mi compañero en la sección El Periscopio, que se publica los domingos en los periódicos de Grupo Joly:

EL VOLCÁN ISLANDÉS. León Lasa. “El Periscopio” Grupo Joly.

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NO hace mucho, de una colección de esas que vienen con los periódicos y que compramos para que nuestros hijos no los lean nunca, releí Viaje al Centro de la Tierra, el libro de Verne en el que unos exploradores viajan hasta Islandia para, allí, acceder a través del volcán Snaefellsjökull al centro de la Tierra. Estos días de cenizas y lavas me he vuelto a acordar del Profesor Lidenbrock, de Axel, de Martha, los protagonistas de la novela. Y, de nuevo, de Islandia, que después de experimentar otra explosión -entonces financiera- hace unos meses, ha vuelto a ocupar las portadas de los periódicos. El rotativo local Morgunblaoio (www.mbls.is) ha señalado esta semana en alguno de sus titulares que la erupción del volcán Eyjafjallaokull ha de ser descrita como suave, y que incluso dentro de esos márgenes, ha comenzado a remitir. Uno se pregunta, a la vista de lo ocurrido, cuáles serían las consecuencias de una que fuera, digamos, intensa y duradera. Somos, aunque lo olvidemos con demasiada frecuencia, muy vulnerables.

Así, el estallido menor de un pequeño volcán islandés, a varios miles de kilómetros de Berlín o París, es capaz de provocar el colapso en las comunicaciones de un continente que todavía se considera a sí mismo el epicentro del mundo: cientos de aviones no han podido volar por problemas técnicos, miles de pasajeros no han podido viajar por medios alternativos, mercancías perecederas de gran valor han sido arrojadas a la basura…

Pero, como reza el refrán español, no hay mal que por bien no venga. Parece que, por fin, el reto de crear “un cielo único” -permítanme la expresión- sobre el continente va a ser abordado en los próximos meses con el objetivo de alcanzarlo para el año 2012. Y se ha hecho evidente la necesidad de impulsar el ferrocarril, en particular los trenes de alta velocidad, para vertebrar el oeste de Europa. Con un “cielo único”, en el que los países cedan los controles sobre sus espacios aéreos, se calcula que la reducción de costes que implica volar se podría aminorar a la mitad, y que se podría triplicar la capacidad de un espacio aéreo ahora saturado.

O’Leary, el máximo responsable de ese milagro irlandés llamado Ryanair, debe estar frotándose las manos. Por otro lado, la eclosión del volcán islandés parece haber sido provocada por las compañías suministradoras de locomotoras, vagones y traviesas. Que en un futuro no muy lejano se pueda viajar cómodamente desde Andalucía hasta el corazón de Europa en no más de ocho o nueve horas, con un buen vagón bar desde el que disfrutar del paisaje con un whisky en la mano, puede dejar de ser una quimera.

‘Niñodamus’

Tacho Rufino | 21 de febrero de 2010 a las 22:25

Desde hace unas semanas, León Lasa y quien suscribe escribimos una nueva sección los domingos en las cabeceras del Grupo Joly, alternándonos cada semana. Se denomina El Periscopio, y estoy seguro de que a mi compañero en este viaje (aunque él es de viajar mucho, pero solo, y a veces con la oscura intención de parir una novela después: ya son tres; 1, 2, 3) no le importará que vuelque aquí su columna, al menos de vez en cuando. La de este domingo que periclita, escrita por León, es tan interesante como inquietante, aunque esto último no quita para que resulte muy entretenida. Aquí va:

Niñodamus and the Doomsayers . El Periscopio. León Lasa.
“NO se trata de otro grupo de rock con denominación sesentañera, pero, ciertamente, así se podría bautizar a todos esos agoreros económicos (que lo peor es que han venido acertando) si se dedicaran los fines de semana a hacer bolos por los pueblos. Esta semana no viajamos por el exterior ni traemos a colación rimbombantes semanarios extranjeros sino que nos quedamos aquí, en España, para comentar algunas proyecciones que animan a sacar del banco lo poco que nos quede, acercarnos a un supermercado de descuento y comprar litros de aceite y kilos de lentejas por lo que pueda ocurrir (y abonarnos de paso a alguna plataforma futbolera para no salir del búnker). Ni Nostradamus en sus cuartetas vaticinó tantas catástrofes. Lo malo, como hemos apuntado, es que hasta ahora lo han clavado.

Santiago Niño es catedrático de Estructura Económica de una prestigiosa universidad catalana y autor de un libro que pone los pelos como escarpias: El crash del 2010. El pasado martes 16, en el diario El País, escribía una tribuna de opinión titulada 2010, El año del crash, en la que venía a hacer una síntesis somera de lo explicado más ampliamente en mencionado libro; y en donde, en resumen y por no extendernos demasiado, señalaba que lo que hemos visto es un aperitivo de lo que nos espera en los próximos años… hasta el 2018. Vaticina una tasa de desempleo cercana al 23% para finales del 2010 y otra contracción brutal del PIB. Y lo más importante: Niño viene a indicar que no nos encontramos ante otra crisis al uso de carácter estrictamente económica, sino, más trascendente, sistémica, como se le ha dado en llamar. Y no podemos estar más de acuerdo porque, además, algo hemos venido apuntando sobre ello en estas mismas páginas. Las premisas sobre las que se desarrolló el Estado del Bienestar europeo (energía barata y abundante, pleno empleo, nula competitividad laboral de los países emergentes, disponibilidad casi infinita de materia primas, etc.) ha saltado por los aires. Y no estamos seguros de lo que nos puede esperar a la vuelta de la esquina. Especialmente a quienes vienen detrás de nosotros.

Se puede pensar de Niño y otros como él que son unos iluminados y que no entienden nada del “optimismo vitalista” (además, su pinta es la de un ecopacifista alemán de los años ochenta). Pero, a ésos, les animo a leer (http://www.loslibrosdellince.com/libros.php?q=46) el artículo que Niñodamus escribió el 5 de marzo de 2006 en el diario Abc y que tituló -en aquella época tan lejana del “pon otra ronda”-precisamente así: El crash de 2010. Para salir corriendo.”

Fósforos en la oscuridad

Tacho Rufino | 16 de enero de 2008 a las 19:11

En estos tiempos de cambio de ciclo económico -en buena medida, cambio de estado mental colectivo, con puntuales brotes psicóticos y ataques de pánico-; tiempos de agoreros vaticinios y, en definitiva, de pesimismo, de vez en cuando te sorprenden opiniones e interpretaciones de la realidad que te reconcilian -unos segundos- con la realidad y encienden un fosforito en la oscuridad de la manoseada palabra “crisis”. Comentaré brevemente dos:

  1. León Lasa, jurista, escritor y, po si eso fuera poco, ex-jugador del Betis y amigo, me viene a decir -con descreída guasa, todo sea dicho- que la desaceleración y la bajada de temperatura de la caldera económica debe tener un efecto positivo sobre el clima del planeta. O sea: calentón económico directamente proporcional a emisiones de gases nocivos y otros daños ecológicos (ergo crisis d.p. a menos daño). Un hombre, León, que ha hecho preciosas novelas y artículos de viaje sobre lugares extraordinarios (La Patagonia, el oeste de Irlanda, la Noruega remota o las rutas templarias en Extremadura), y cuya mirada a los problemas de la Tierra es más triste que dulce y más cínica que buenista, me aporta hoy miércoles un poco de optimismo.
  2. En una línea quizás similar, Carlos Pizá, redactor de Economía de Grupo Joly, publicó en economía&empleo el domingo un excelente reportaje sobre el papel que las renovables pueden jugar en Andalucía: Revolución Industrial Renovable. ¿Hay más alternativas? Claro que sí; el quid de la cuestión está en la factibilidad y trauma del cambio a otro modelo de crecimiento.

Urgen miradas en positivo más allá de los insoportables ejercicios de autocomplacencia (o machaques a todo lo que se menea) preelectorales. De todas formas, me permito poner un poco el freno al furor renovable poniendo aquí un enlace de un artículo mío.