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El ‘Manco’ de España

Tacho Rufino | 12 de enero de 2013 a las 16:18

SE cuenta que cuando Franco, de pie y asomando apenas en el Mercedes descapotado que le regaló Hitler, saludaba al pueblo enfervorecido a su paso, parte de la cla –supuestamente forzada a estar allí– conservaba su dignidad disidente y, al tiempo, supuraba su rechazo al caudillo gritando un camuflado “¡Canco, Canco, Canco!”. La alusión a las asimetrías físicas o a la carencia de miembros siempre ha sido una forma de denostar. No es bonito hacer leña del árbol caído, pero cabe hacer un paralelismo entre la alusión a la falta de un 50% de la bolsa de la hombría con la falta de diligencia y redaños que mostró el banco central español durante los mandatos de Caruana (independiente dependiente del PP) y Fernández Ordóñez (independiente dependiente del PSOE, algo más contestón), y llamarlo Canco de España. Como, a la postre, el banco central ya no es tal autoridad monetaria del Estado, y sus atribuciones y competencias están muy disminuidas por Europa, quizá, siendo feo, sea menos ofensivo llamarlo el Manco de España: por eso titulamos así hoy.

El Banco de España (BdE) era una institución prestigiosa hasta hace apenas cinco años. Incluso era un banco central modélico, un ejemplo de control sobre la díscola innovación bancaria, con una reputación sobresaliente no sólo en Europa sino en el resto del mundo más desarrollado. Pero el monumental batacazo del “sistema bancario más sólido del mundo” (lo dijo Zapatero, todo ufano), y la ignorancia más o menos dolosa de los gobernadores ante las advertencias de burbuja monumental que realizaron los inspectores del propio BdE, rebajaron su calificación al nivel del bono basura. ¿Fue negligencia, fue imposición de un Gobierno electoralista o fue directamente una conducta delictiva de manual? Quizá acabemos sabiéndolo, porque la Fiscalía del Estado ha comenzado a moverse esta semana para aclarar por qué, ante tanta aparente conducta criminógena por parte de no pocos bancos, ni el BdE ni (todos) los inspectores con rango denunciaron ante los tribunales tales prácticas, como es su obligación. A la postre este descontrol ha resultado en un multimillonario impuesto extra que estamos pagando los contribuyentes directamente, y todos los españoles indirectamente. Y que pagaremos al menos durante una generación. Un lastre brutal para las personas de a pie, una deuda encasquetada por las bravas a usted y sus hijos: la misma de la que se liberan los bancos fallidos y, vergonzantemente, sus administradores. A algunos, se los premia con mamelas de lo más ricas. Acongojante. La nada sospechosa de antisistema Comisión Vickers, que en el Reino Unido trata de poner coto al ventajismo financiero, suscribe el principio siguiente: mientras que cualquier empresa la mala gestión la pagan los accionistas y sus acreedores, la banca se queda con sus beneficios y socializa sus pérdidas. Con la ayuda de los gobernantes políticos, por supuesto.

Ahora, esta semana también, el BdE se debate entre la divisón interna y la recuperación de su lugar bajo el sol. Una parte notoria de los propios inspectores del BdE han elaborado un informe en el que recuerdan que lo que sicedió con la burbuja crediticia -“mirar para otro lado”, textualmente- era una práctica habitual de los órganos superiores de la institución. La cúpula actual, aunque inocente de aquéllo, lo niega, ofendida. Torres-Dulce, fiscal general del Estado, se declara preocupado por poder conseguir pruebas con las que imputar a alguien. Mientras, el bastante transparente gobernador del BdE, Luis María Linde, emprende cambios en el modelo de supervisión que le compete, ya subsidariamente de troikas y draghis. Quiere poner inspectores con mando en los bancos. Demasiado daño ya está hecho.

Las verdades del banquero

Tacho Rufino | 4 de febrero de 2012 a las 19:26

“YO soy así, y así seguiré, nunca cambiaré”, cantaba Alaska. Como el escorpión que se ahoga con la rana que lo ayudaba porque su aguijón no puede resistir la fuerza del instinto. Como aquel financiero galáctico que, en la película Inside Job, nos dice más o menos “Nosotros somos como somos, no podemos remediarlo: la culpa del desastre la tienen los políticos, ¡habernos controlado, hombre!”. Como el banquero que va por delante, el hombre que susurraba a los presidentes, nuestro Emilio Botín, que no ha tenido empacho alguno en recordarnos que el financiero de raza es una variedad humana que va a lo que va y, como una leona en el Masai Mara que caza pequeñas impalas porque lo lleva en su código genético, no es responsable de sus actos, ni de los entuertos globales y nacionales que los actos de la banca hayan podido perpetrar solos o en compañía de otros (políticos negligentes, consumidores presa del encantamiento). No. La culpa es de los políticos, que no han sabido controlar, Así lo ha dicho, con el morbo añadido del “y no quiero señalar…”. La ecuación es clara y viciada: los políticos sois dependientes de nosotros, la banca, tanto por la financiación de los partidos y sus campañas, como por la facultad de recurrir a la banca salvadora cuando tenéis un problema de liquidez estranguladora (véase Valencia recientemente); pero vosotros políticos debéis evitar el desastre de mi eventual caída soltando recursos públicos a toneladas (que podían ser destinados a otras cosas, y no a apuntalar los balances bancarios). Eso sí, si yo estoy enfermo es por tu culpa. La culpa es de los políticos. Como un hijo egoísta y tiránico que culpa a sus padres, como un estudiante manta que siempre tiene un profesor incompetente y que lo odia. Y sin embargo, como no podía ser de otra manera, no le falta razón al banquero de España. No se ve la pelusa en el ombligo que tanto se mira, pero razón, tiene.

¿Es el gobernador del Banco de España un político? Estatutariamente, no; el banco central es independiente y autónomo. Pero puede ser aupado o removido del cargo por los políticos en el poder. Luego es, a la postre, un cargo político. Aunque a Fernández Ordóñez le fue la marcha de ser pepitogrillo de su patrón, Zapatero, y sigue en el cargo hasta nueva orden, Caruana (el de Rato, ¿recuerdan? El que dejó Rato en el FMI, adonde sigue) sí actuó como un político cuando tuvo que ejercer como banquero entre los banqueros. En 2006, los inspectores del Banco de España -probos funcionarios- mandaron una carta al ministro de Economía, Pedro Solbes, para hacerle saber que el gobernador a punto de ser cesado, Caruana, había hecho oídos sordos a sus advertencias sobre la burbuja crediticia enorme que se había creado hasta entonces, año 2006: “Los inspectores del Banco de España no compartimos la complaciente actitud del gobernador del Banco de España ante la creciente acumulación de riesgos en el sistema bancario español derivados de la anómala evolución del mercado inmobiliario nacional durante sus seis años de mandato”. Tampoco MAFO, nombrado por Zapatero, hizo gran cosa al saber esto… esto que, ¿les cabe duda?, sabía de más, como también lo sabía Caruana. A no ser que fueran unos completos inútiles, cosa que queda por completo descartada. Inútiles no es la palabra.

Atrás quedan hasta nueva orden las grandes palabras de la responsabilidad social corporativa, que tantos libros y más finos encuentros concitó durante los buenos tiempos. Ponga una memoria de sostenibilidad en su vida, una política de RSC en su empresa, incluso certifíquese con la norma ISO oportuna para presumir de que uno es proactivamente bueno con sus trabajadores, con el medio ambiente y con la Sociedad, así, en mayúsculas. Como decía un antiguo profesor y actual compañero: “Pesetas, y todo lo demás, galletas”.

Test de estrés: hagan caso a MAFO

Tacho Rufino | 15 de julio de 2011 a las 21:37

MAFO ha dado en la clave: “La mejor forma de no suspender es no presentarse al examen”. España es el país que más bancos suspendidos tiene en los test de estrés cuyos resultados se han hecho públicos hoy. Pero esto tiene un matiz grande como una casa. Y más de uno. España ha presentado a la práctica totalidad de sus bancos; la media del resto de países es del 60%. El método de evaluación, además, dejaba fuera de apreciación a las provisiones genéricas que los bancos han ido guardando a modo de colchón por si sus activos resultan deteriorados. Eso viene a ser como si no me dejan contabilizar como patrimonio mi hucha llena. Suficientemente llena: si, como es lógico, hubieran computado tales provisiones dentro del capital básico (el indicador que determina si un banco aprueba o suspende), no hubiera suspendido ninguno español.

Los test de estrés son pruebas de resistencia de los estados patrimoniales ante escenarios económicos de gravedad extrema, peores que el corriente: bajo crecimiento o recesión; crecimiento del desempleo; bajada en picado de los precios de la vivienda, a los cuales la banca española está muy expuesta en general. Si lo que se buscaba era dar claridad y seguridad al incierto y volátil sistema financiero europeo, el objetivo no se ha conseguido. La realidad es que cualquier ranking estimula nuevos movimientos sin demasiada base fundamental (si lo prefieren, movimientos especulativos). Y más aun si los sometidos aprueba no están de acuerdo con la forma de evaluación (no sólo los españoles, también los alemanes han criticado ciertos criterios). Además, no se tienen en cuenta a la hora de dar la nota cuánta es la exposición de los bancos al probable default griego y las dificultades de tesorería de los países rescatados: con ello, el número de suspensos griegos, irlandeses, portugueses y también alemanes hubieran quedado muy muy mal.

O sea, uno puede tirar piedras sobre su propio tejado diciendo –como algún titular de la prensa que antepone su opción política a la estabilidad económica y de los bancos nacionales, e incluso a la objetividad— que somos los más suspendidos, con una gran frase-bofetada. Pero el que mejor ha analizado los resultados es el gobernador del banco de España. Los resultados son más que buenos a pesar de los pesares, si se miran con los dos ojos abiertos y no haceindo guiños arteros. Y no digamos para Bankia y Banca Cívica, a quienes sus aprobados sobradillos les allanará sus inminente salida a bolsa. Patada a seguir.

‘Mafo’ no tiene pelos en la lengua

Tacho Rufino | 14 de abril de 2010 a las 10:25

El gran pepitogrillo del Gobierno español no es –como debiera– la Oposición, dedicada a apagar sus propios fuegos y a hacer como que critica y se opone. Ni mucho menos: es Miguel Ángel Fernández Ordóñez (alias Mafo), gobernador del Banco de España, que fue nombrado a instancias del propio Gobierno. El Banco de España se convirtió en una institución capitidisminuida cuando la asunción del euro privó de ejercer la política monetaria a los países de la Eurozona y la centralizó en Frankfurt, sede del Banco Central Europeo. Sin embargo, la crisis económica y bancaria –gallina y huevo– han vuelto a dar centralidad a la figura del banco central español, y las advertencias de su gobernador no sólo afectan a lo suyo (la crítica situación crediticia y el turbulento panorama de fusiones de cajas), sino que se dirigen a la política económica de Zapatero, y a las perspectivas económicas generales de España.

Los temas en los que Mafo habla sin pelos de talante buenista en la lengua van desde el mercado laboral (al final, el Gobierno acaba tomando la senda que Mafo les marcaba, equilibrar el despido en la España bipolar, a pesar de los berrinches del ministro de Trabajo, Corbacho, ver artículo Fede Durán de hoy) a las perspectivas inmediatas y a medio plazo de la crisis vigente. En esto último se ha metido esta semana: según Ordóñez, España va a levantar cabeza, poco a poco pero sufriendo. España va a recuperar tasas moderadamente positivas de crecimiento del PIB (que es como suele medirse el crecimiento económico de un territorio). Sostiene Mafo que esto va a suceder… pero sin que el empleo sufra la misma mutación al alza. O sea, nos vemos ante un panorama de crecimiento débil y paro estructural o crónico muy alto: “un riesgo españolísimo”. Esto implica mayores gastos sociales para sustentar mínimamente a los parados y a los menos empleables por baja cualificación, edad o lugar de residencia (ver artículo de Aurioles de hoy). Lo cual, a su vez, drena la capacidad de inversión pública: con mucho menores ingresos y mucho mayores gastos, los presupuestos de cualquier individuo, familia, ayuntamiento, comunidad autónoma o país se contraerán severamente, dado que además la capacidad de endeudarse es cada vez más limitada, no sólo por los niveles actuales de deuda pública, sino por las exigencias de estabilidad de Maastricht (vulneradas por todos, eso sí). Ojalá se equivoque esta vez el gran y ahora necesario pepitogrillo de nuestra economía.

De peso pesado a ‘welter’

Tacho Rufino | 15 de febrero de 2010 a las 18:13

(Artículo publicado el sábado 13/2/2010 en El Poliedro, Economía, diarios Grupo Joly)
DEMASIADAS cosas insospechadas han sucedido en estos días: Zapatero ha enviado a Salgado a Londres a calmar a esa bestia mediática llamada Financial Times (FT), que nos flagela sin piedad y nos llama “torpes”, para acabar dándonos la de cal con un “España no es Grecia“; las teorías conspiratorias contra el propio Zapatero han saltado al aire por boca de José Blanco -el caporegime del presidente-, a quien precisamente FT ha llamado sin empacho “paranoico” en uno de sus blogs; nos han señalado arteramente como los verdaderos culpables del batacazo del euro, haciendo caso omiso del altísimo componente especulador que está siempre tras estas debacles transitorias, como también lo ha sido la caída correlativa de la propia bolsa española en estos días: cuando el broker huele sangre, lo mismo le vale la realidad que un rumor. Esta semana, en fin, el Banco de España ha lanzado la primera estimación de cuánto se está recortando nuestra economía y, paralelamente, deberá contraerse nuestro nivel de vida: un 20%. No lo ha dicho directamente, es cierto.

En realidad, Fernández Ordóñez (gobernador del Banco de España y a la vez gran mosca cojonera del Gobierno que lo nombró) lo que ha hecho es exigir que mengüen los activos inmobiliarios que figuran en el activo de los balances de bancos y cajas, que crecieron por la compra de solares y pisos, y que no dejan de crecer por culpa de los impagos hipotecarios. Los bancos son los principales propietarios inmobiliarios del país (unas 100.000 casas) y lo que en sus balances figura como “Activos no corrientes a la venta” empiezan a ser activos corrientes que no se venden nada bien. Es decir, deben reducir su patrimonio inmobiliario -contable, sí, pero que no deja de ser el valor de referencia para casi todo- en una quinta parte. Como si usted debiera perder quince de sus ochenta kilos de hoy para mañana. O como a un púgil al que obligan a bajar de categoría, de pesados a welter, para poner su pegada y su encaje a la altura de sus verdaderas posibilidades. Un saneamiento que, eso sí, debe dar mayor garantías a sus cuentas… a la vez que mete las cabras en el corral a las mayores poseedoras de casas y suelo de entre las entidades financieras españolas: las cajas, a las que con esta medida Ordóñez fuerza, por un lado, a buscar socios fuertes mediante fusiones o ventas y, por otro, a poner a la postre casas en el mercado a precios realmente bajos. En realidad, dicho sea de paso, los pisos bajan de precio porque no tienen quien los compre, y no tanto porque la distancia entre el valor razonable de uso y el de venta (es decir, la burbuja) no se haya corregido suficientemente. De hecho, la recuperación del mercado de primera vivienda, siendo lenta, es un hecho, de manera pareja al repunte de las hipotecas. El suelo es la gran incógnita del sector, parado cual estatua de sal de Sodoma y Gomorra.

Si nuestra crisis es una crisis derivada de la dependencia del ladrillo y el crédito barato a mansalva, las enfermedades de los bancos son en buena medida equivalentes a los de las familias y las empresas, y también al agregado macroeconómico de éstas. Por ello, la estimación del peso que debe perder la banca que hace el Banco de España no deja de ser una medida válida de lo que nuestra economía y nuestro tren de vida debe contraerse para intentar renacer: cuando Paul Krugman y otros oráculos exteriores hablaron de reducciones parecidas en precios y otras magnitudes en España, nos quedamos a cuadros. Y lo de Krugman fue hace menos de un año, en la sede de la CEA. Muchos nos preguntamos a qué precios se refería cuando hablaba de un 15% de deflación: no dábamos crédito a una receta que suponía sangre, sudor y lágrimas. Se refería al nivel general de precios y de vida. Como indirectamente hace Fernández Ordóñez, cuyas recomendaciones ya suenan bien al Ejecutivo: a la fuerza ahorcan.

Salgado y los íntimos enemigos

Tacho Rufino | 12 de octubre de 2009 a las 19:57

 

LA chica, rubia, sofisticada y con atuendo urban chic, se santigua con parsimonia y amplitud, de frente a ombligo y de hombro a hombro, e inmediatamente se enciende un pitillo, como si confiara en la divina providencia para tener sus pulmones a salvo del humo que se disponía a tragar. Descarto rápidamente tal apreciación: la mujer está pasando en ese momento justo por delante de la iglesia que está enfrente de esta redacción. Como voy dándole vueltas a esto que ahora escribo, como ella me recuerda vagamente a alguien que no identifico de momento, y como había decidido que el leit motiv va a ser hoy Elena Salgado, vinculo la escena con dicho asunto, la ministra de Economía (admito que la conexión es algo forzada, la concentración y la fijación tienen eso). Elena Salgado, sin embargo, no sólo no fuma -apuesto a que tampoco se santigua ante los templos-, sino que ha sido el auténtico azote de los tabaquistas hispanos, y es ésa quizá la mejor contribución que ha hecho al país, cuando estaba al mando de una de las carteras ministeriales que ha ocupado, la de Sanidad: todos los que esto leen deben recordar cómo se fumaba en los hospitales, en las guarderías, en las residencias de ancianos, en los banquillos de los campos de fútbol y, claro, en cualquier otro sitio. Algo que cada vez nos parecerá más remoto y pintoresco, porque la medida de nuestra, en apariencia, glacial ministra ha desmontado la insolidaria costumbre nacional de compartir el tabaco con todos los que están a tu alrededor, cosa que quien suscribe ha hecho como tantos otros. Retirar a muchos del tabaco, o arrinconar a los más contumaces, es un mérito de Elena Salgado: fumar es malísimo. Más allá, y sobre todo desde que asumió vicepresidencia económica, sus logros son escuálidos, en caso de ser alguno. Seamos justos y digamos que la maldita crisis no ayuda a fomentar y tutelar la economía.

Pero no todo es crisis o, mejor dicho, la crisis puede ser atacada con armas y estrategias diversas. El Gobierno español, tras el estadounidense y el australiano, ha sido el que ha realizado un mayor esfuerzo en forma de planes anticrisis. Sus resultados son difíciles de evaluar, no así su diligencia o su coherencia: la primera es innegable; la segunda, más que dudosa. De hecho, como testimonian las viñetas de todos los periódicos, Zapatero está atribulado y confuso por los golpes del boomerang de la precipitación y la política de cámaras y micrófonos. El presidencialismo de un presidente henchido de poder -¿como todos, tarde o temprano?- ha condicionado enormemente la labor de la ministra de Economía. La sombra de un ZP lego en la materia ha sido demasiado larga y densa para Elena. Como lo fue para otra figura que, a su vez, también empequeñece a la de Salgado: Pedro Solbes, el padre Solbes, el venerable sabio, escudado en la técnica y el halo de la objetividad. Tenido por un Zidane de la política económica, debe de ser muy duro sucederlo en el puesto. Y encima -torero parlamentario- da la espantá justo el día en que se van a votar los presupuestos. ¿Pilatos, Caín o Quijote? La siguiente figura -que difumina también a la de Salgado, disolviéndola “como lágrimas en la lluvia”- tiene clara su respuesta: Solbes es “un desagradecido”. Un escaqueado con aires dignos.

Así lo vino a decir esta semana José Blanco en el Foro Joly. Solbes será un desagradecido, pero la figura del ministro de Fomento y fontanero máximo del PSOE, Pepiño, tampoco potencia a Elena Salgado. Al contrario, el sanguíneo y aguerrido Blanco se permitió hace unas semanas dar un gran pelotazo informativo, que hubiera correspondido dar a nuestra mujer, cuando anunció que el gobierno se proponía subir los impuestos. Para colmo, el gobernador del Banco de España y asesor nominal del Ejecutivo, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, no para de reconvenir y censurar al Gobierno y su gestión de la economía.

En fin, quizá debiera usted santiguarse, ministra, antes de aspirar los humos de los fuegos que la rodean: con amigos como éstos, quién quiere enemigos.

 

(Fotos arriba: Marlene, Greta y Elena, ¿a que tienen un aire?, Solbes con Zp en el Parlamento)

Pensiones: ¿el cobrar se va a acabar?

Tacho Rufino | 18 de abril de 2009 a las 16:46

EL Banco de España no es lo que era y, quizá por eso mismo, tiene mayor presencia mediática que nunca. Concretamente, la tiene su vigente gobernador, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, más conocido, hasta ahora, por el acrónimo MAFO (convengamos que no todos podemos presumir de tener un acrónimo público). La metamorfosis de un hombre que, a los ojos de su partido, ha pasado de “MAFO, nuestro tecnócrata de cabecera”, a “Ordóñez, pertinaz neoliberal converso”. El banco central español, decimos, no es lo que era. Hace tiempo que no pinta nada en la política monetaria, función comunitaria que está centralizada en Fráncfort y que rige el equipo de Trichet. 

”Ilustración

Maliciosamente, por eso, podríamos llamarlo el Manco de España, y dispensen la ocurrencia. Dicha pérdida de peso ejecutivo de la institución, paradójicamente, ha supuesto una mayor presencia del gobernador de turno, que se agarra a una de las funciones accesorias para decir lo que piensa delante de micrófonos y cámaras y así “ejercer” más allá de la elaboración de sesudos informes y estudios. Aunque sea estrujando la mano que le dio el cargo, que no es otro que el presidente del Gobierno, el aturdido ZP. Tal función, en principio secundaria, es la de “asesorar al Gobierno”, de quien MAFO es formalmente independiente, a pesar de lo cual un ministro -esta semana, en concreto, Corbacho, titular de Trabajo- puede desautorizarlo públicamente y advertirle que espera “que sea la última vez” que tienen que discrepar. Hablamos, evidentemente, de la sosteniblidad del sistema de pensiones español. No de cualquier cosa: ayer, en una televisión, un hombre de 59 años se mostraba sumamente acongojado, y contaba cómo no ha dejado de cotizar ni un día desde que, a los catorce años, comenzó a trabajar. “Estoy loco por retirarme, y dos años más allá de los 65 serían para mí un calvario; que me discutan la paguita me parece una ofensa y una estafa” (¿piramidal?), dijo este hombre, de perfil tan común. No hay dinero para aguantar mucho tiempo el sistema tal como está concebido, puede ser…, ni tampoco hay derecho, en cualquiera de los sentidos de esta palabra, a decir que el cobrar se va a acabar: los derechos adquiridos deben ser respetados, sobre todo cuando se llega a la llamada edad dorada y el descanso es de ley.

MAFO dice que el sistema “no es sostenible”: nuestra pirámide de población ha echado gran panza, y si hace un tiempo cada pensión la pagaban cinco cotizantes, hoy se calculan en dos, y no hay grandes perspectivas de mejorar ese ratio. Primero, porque no hay suficientes personas en edad de trabajar; segundo, porque el trabajo está en cuarto menguante y el déficit público en cuarto creciente (ojo, no siempre ha sido así ni tampoco lo será siempre); tercero, porque cada vez duramos más, y por tanto el horizonte de pagos a cada “pasivo” se alarga, drenando la caja de la Seguridad Social. La Sostenibilidad -o sea, el equilibrio de los recursos- es cada vez más el nuevo nombre de la Economía del siglo XXI, y así tiene que ser. Dicho lo cual, una cosa es ejercer de pepitogrillo y conciencia del Ejecutivo y otra tirar con pólvora del rey, máxime cuando los demiurgos políticos -Ordóñez, también- predican desde una atalaya bien sustentada por pensiones y planes de pensiones privados de primerísimo orden. Y que no son ajenos a los puestos públicos -públicos- ocupados, y a la maleabilidad de las cajas de ahorro en estos colchones de vejez ventajistas.

A Ordóñez se le ha tildado esta semana de vanidoso, de fanático ideologizado, de apóstol de la catástrofe, de prima donna ávida de presencia pública (paralelamente, y con rictus de responsabilidad, muchos han confesado sottovoce que no dice más que el evangelio). Se ve que se la tienen guardada, particularmente los sindicatos, que están a partir un piñón con el ministro de Trabajo. Más allá de rencores y rencillas, vayamos al corazón de la controversia: el déficit de la Seguridad Social. Descartados los inmigrantes como salvadores de nuestras pensiones futuras, descartado también un boom demográfico que haga que nuestra pirámide poblacional vuelva a ser tal poliedro, y descartado, en suma, un próximo renacimiento económico y del empleo, dudo antes de escribir lo siguiente: ¿por qué la sosteniblidad de las pensiones se basa en que no sale más de lo que entra, mientras hay cargas públicas que suponen una sangría para las arcas públicas con gastos que, además, no son tan justos y necesarios? En tanto que revisamos el sistema de pensiones y el Pacto de Toledo, e ideamos y maduramos incentivos para que la vida laboral se alargue, no hagamos del déficit un tabú. Y menos, un tabú selectivo.