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La esperanza en la recesión alemana

Tacho Rufino | 25 de agosto de 2012 a las 19:43

SI le dieran a elegir, ¿qué preferiría usted, ser rescatado o ser intervenido? El rescate es sin duda más romántico y estimulante, es redentor: a quién no le gusta ser liberado y poder respirar al fin, aunque sea por poco tiempo. La intervención, por su parte, es el duro que no se da a cuatro pesetas, es el precio a pagar por el rescate, de cualquier tipo de rescate: amoroso, bélico o financiero. Tras el rescate viene la intervención: eres mío y para mí; tus territorios son nuestros territorios ya; deberás hacer la política económica que yo te diga. La “condicionalidad macroeconómica”, que le hemos dado en llamar, o sea: recorta gastos, olvídate de las inversiones, reduce lo público sin pausa, eleva impuestos, reforma el sistema financiero ese tan peligroso que tienes, reorganiza el poliedro territorial y competencial ese tan sui géneris tuyo. Son precisamente estas dos últimas condicionalidades -el sistema financiero y el Estado autonómico en su versión actual- las nuevas urgencias de la santísima troika, una y trina. Es comprensible: nuestra rutilante banca -véase, mayormente, cajas- era un bluff, y el déficit autonómico es en su conjunto grande, resistente y difícil de coordinar: Guindos negocia fuera de España, y le toca a Montoro negociar dentro. ¿Qué papel preferiría usted? ¿O prefiere muerte, como el del chiste? A este respecto, por cierto, el sector erre-que-erre de la opinión económica sigue reclamando nuevas y siempre urgentes medidas de ajuste, hoy otras nuevas y distintas de las de ayer, a pesar de que las de ayer no han hecho de momento más que daño a la economía y las personas. Cuánto dolor es necesario infligir a cambio de un mejor e indefinido futuro es el gran sofisma español contemporáneo.


El rescate de España es un hecho; la intervención, también. Le llamamos ayuda, rescate parcial, financiero o suave; decimos supervisión en vez de intervención. Pero la realidad es que España hace tiempo que es cualquier cosa menos soberana en política económica. De tal forma que cuando el presidente dice este verano que “lo último que tocaría son las pensiones”, hay que contar con la reducción de éstas en el plazo de un año al máximo. Más tarde es demasiado tarde para la troika, y demasiado cerca de las próximas elecciones para el partido en el Gobierno. La llave y el grifo son, de fachada, cosa del BCE, que es una institución técnica, fría y liderada por un tecnócrata implacable, sabedor de cuál es su jerarquía hacia arriba y hacia abajo, un Mario Draghi nada de fiar desde una perspectiva española (el verdadero halcón de la austeridad en la sombra, firme partidario de que España pida ser rescatada e intervenida al estilo griego, irlandés y portugués, y contrario a la compra de deuda por parte del BCE como recurso ante el castigo inversor a España; el adalid del pánico alemán a la inflación es el presidente del Bundesbank, Jens Weidmann: él es más poderoso que Draghi en este contexto). Si es el FEEF quien aflojará la mosca, si lo hará su sucesor el MEDE, si el BCE compra deuda española “sin límite” mientras que estos fondos de rescate -lo que son-se aprueban y los próximos rescates españoles -que lo son- son aprobados parlamentariamente en Alemania, son distintos cómos de un qué esencial: sólo cabe apretar los dientes mientras estemos en el euro. ¿O alguien tiene alguna alternativa? No es muy alentador, pero la única tabla de salvación para la degradación socioeconómica española es que Alemania entre en recesión, y el miedo a la inflación se vea superado por la necesidad de mantener la política monetaria de bajísimos tipos y, como piden cada vez más voces, una política fiscal expansiva comunitaria. Un frío que duela a Alemania, como el del invierno ruso en la Segunda Guerra Mundial. Y disculpen el símil.