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Un especulador desacomplejado, tatuado y triatleta

Tacho Rufino | 4 de junio de 2012 a las 22:57

Antes de que los tatuajes se convirtieran en una moda ligada al “para presumir hay que sufrir”, y un reclamo sexual, marcarse la piel con un infantil corazón acompañado de la leyenda “Amor de madre” era cosa de facinerosos, perdularios y legionarios de oscuro pasado. Aunque en distinto nivel de horterismo, los horteras de Beckahm y Guti –ahora metido a intelectual, de momento sólo por las gafas—competían en tatuarse escrituras exóticas, animalitos y otras paridas fashion en la piel, viéndose –los pobres— obligados a lucirlas al final de cada partido y entrenamiento, si había cámaras. Hoy, soltando algunas de las toxinillas adquiridas durante el fin de semana, me permito un descanso leyendo una revista que veo por el mostrador de la sala de correr. Me encuentro con una entrevista a un tipo tatuado (probablemente) hasta el escroto, anillado en la nariz como un buey, atlético, pero vestido con trajes claramente carísimos, de nombre Josef Arjam. Me digo: un metrosexual de alto rendimiento. Pero no es eso sólo, que también, sino que es un rutilante agente financiero radicado en Barcelona, un tiburonazo monísimo y curradísimo.

Leo algunas frases de Arjam que hacen que arranque las hojas de la revista (Selected Class páginas 134 y ss.), de la manera en que arrancan la hoja donde está el número deseado de la guía que está en la cabina de turno en las películas americanas:

“Sería de gran ignorancia considerar a los traders como culpables de lo que pasa en Europa” (el propio Josef, español a pesar del nombre, es un trader, un agente de los mercados financieros, y un inversor);

“No hay ningún mecanismo que controle los ataques especulativos contra las deudas soberanas”;

“La lentitud de la clase política antes la velocidad de los mercados es algo que los políticos deberían entender que no es razonable”;

“Los especuladores enseñamos a los políticos a ser eficientes, que ya es hora”.

Me permito transcribir:

“A los mercados no nos ve la matrícula la política, vamos muy por delante, hacemos lo que queremos porque somos así y punto; atacamos países por puro lucro ante meros síntomas de debilidad, hasta cargarnos su moneda o su liquidez; los torpes son los políticos, que no están a la altura: yo especulo, pero quien me tiene que controlar no sabe ni puede hacerlo, se siente muchísimo”.

Dentro de lo que cabe, es reconfortante encontrar a un trader que dice lo que piensa, que no tiene problemas en llamar a su profesión una actividad esencialmente especulativa, una labor de dar liquidez aquí y allí sin ton ni son (bueno, sin ningún ton y son beneficioso para la comunidad, esa entelequia que para ellos apesta a carne podre). Somos los animales que limpian el biotopo liquidando a los débiles, castigando con o sin mesura a los países que se escantillan, acaparando cada vez más proporción de los recursos planetarios para nuestros bolsillos o los de nuestros clientes, viene a decir Josef Arjam. Aquí, también en este blog, lo normal es que haya surjan defensores de las causas que no quieren ser defendidas, que te acusan de demagogo, ignorante (como si entender en esencia los mercados financieros fuera algo tan difícil como entender los agujeros negros del universo o la Teoría de cuerdas), o malintencionado si simplemente hablas de la mera existencia de especuladores. Consuela algo el escuchar a un simba de rubicunda melena –aunque él es humano y de padre sirio, y morenito, y no lo dice tan selváticamente, la frase es mía– decir sin complejos:

“Si veo una hembra sola con cachorros de otro león ausente, me los cargo primero, me beneficio a la leona después y así dejo mi huella animal. Yo, la verdad, soy así”.

De ese 10% de traders que ganan lo que el 90% restante pierde.

Veinticinco horas con Mario

Tacho Rufino | 8 de mayo de 2012 a las 11:58

(Publicado en Joly el sábado 5/5/2012)

 

TIENE un aire a Peter Sellers, pero su nariz aguileña canta su etnia italiana judía, y queda descartado que sea un patoso capaz de dinamitar un guateque como Sellers haciendo el indio –en todos los sentidos– en aquella memorable película. Lo suyo no es dinamitar, o al menos no directamente. Como su propio apellido indica, Mario es un dragón, un dragón tecnócrata y con buen aliento; aunque potencialmente letal, él es fino y cortesano, sin duda demasiado listo como para defraudar a Alemania. Mario Draghi tiene un cargo esencial en el grupo de poder que lleva a España como meretriz por rastrojo. El Banco Central Europeo que dirige es pieza clave del trío que pone los deberes, amenaza o da palmaditas en la espalda a la política de hechos consumados y reformas cada viernes que practica nuestro Gobierno. La forzada extracción de conejos de la chistera -es decir, sin un plan ni programa conocido, e incluso en contra de lo prometido- se impuso a España desde el exterior desde que Angela Merkel, con Nicolas Sarkozy de palmero, llamó a consultas a Zapatero en mayo de 2010. De vuelta a casa –ya sin cuchara, honra ni futuro– el anterior presidente redujo y congeló los salarios de los funcionarios, congeló también las pensiones y eliminó el cheque-bebé, entre otras medidas de una austeridad que ha señoreado como único principio político. Una dinámica insostenible que, eureka, ya se ve como algo que, sin un Plan Marshall redivivo que lo acompañe, nos llevaba a todos al hoyo. Y a España la primera (o la cuarta, según se mire).

Esta semana, Draghi ha estado aquí, presidiendo un consejo de gobierno del Banco Central Europeo en Barcelona. También en España esta semana, el ministro económico alemán, Wolfgang Schaüble, ha estado muy cariñoso y ha bendecido las “valientes” e “impresionantes” andanadas de medidas de Rajoy, las vírgenes que ofrecemos en sacrificio a un Minotauro permanentemente insatisfecho. Aunque en realidad son cuatro sus miembros, la triada funciona grosso modo así: Alemania urge a reducir el gasto público porque su pánico histórico al déficit y a la inflación no le deja pensar más que lineal y monocordemente; el FMI urgiendo también a lo mismo, aunque el Fondo es cada vez menos obcecado, y pronuncia ya sin miedo la palabra crecimiento como necesidad tan grande como la de la austeridad; la tercera pata son los opacos inversores globales, que no por invisibles dejan de ser los más coherentes -y letales- del lobby político-financiero que tiene a España cogida por el arco. Son los que castigan o premian. El BCE es el recurso final para evitar estar absolutamente en manos de los inversores –llamados mercados. El BCE, con Draghi de manijero, es la válvula de escape a las presiones recurrentes sobre nuestra deuda. Pero Draghi nos alivia sólo intermitentemente; ahora sí, ahora no. El BCE, dice solemne cuando conviene, no se dedica a salvar a nadie de las garras de nadie. No vaya a ser que nos relajemos y dejemos de ofrecerle vírgenes al Minotauro en su laberinto. Una conjura tácita en parte, un castigo merecido en parte.

Suponemos que Draghi irá a cenar con frecuencia con su hijo Giaccomo a Londres, donde júnior es máximo ejecutivo de tipos de interés en Morgan Stanley (yo no digo nada). Esta noche de jueves, sin embargo, cena con Manriano Rajoy, alargando una horita las 24 que Draghi ha pasado entre nosotros. Antes, con su ex compañero de Goldman Sachs De Guindos, habrá recordado los tiempos en que enseñaron al Gobierno griego a hacer contabilidad creativa pública. Draghi es un símbolo de los tiempos: un técnico con gran capacidad metamórfica, un ejecutivo multipurpose. ¡Cuidado, Mariano, tú habla poco! ¡En gallego, Mariano!

(Me entero en este momento de que el consejero de Economía andaluz, Recio, ha tuiteado el discurso programático de Griñán a Krugman y a Hollande. Qué contraproducente oportunidad. “Tú eres de los nuestros, Paul, de siempre, y tú más, François!”. No hay manera. Qué nos gusta una pandilla y su rival.)

Hechos a cualquier cosa

Tacho Rufino | 31 de octubre de 2011 a las 14:26

(Publicado el sábado pasado en El poliedro en los periódicos de Joly)

ESTAMOS curados de espanto, y la semana ha sido espantosa aunque ya no nos afecten mucho las noticias de economía-ficción. Veamos algunos ejemplos. Al día siguiente del acuerdo comunitario sobre la quita del 50% de la deuda soberana de Grecia y el doloroso palo a la banca -a la pata negra, además-, la periodista del telediario habitual en la bolsa de Madrid no cabía en sí de gozo, y exclamaba cual Sara Carbonero al terminar la final de Sudáfrica: “¡Esto es una fiesta; las acciones de Santander han subido un 8% en un momento, la gente está exultante!”. Faltaba ver a los brokers abriendo botellas de champaña rosé: “¡Merkel ha abierto el Mar Rojo! ¡Pasemos los bolsistas a la tierra prometida!”. Es posible, vaya usted a saber, que este acuerdo y estas medidas adoptadas por el Eurogrupo marquen un camino de estabilidad. Pero, ¿a qué viene tanta euforia, cuando en unos días habrá rebotes técnicos -cualquiera se llama técnico hoy- y altibajos jugosos para unos invisibles pocos? Este descreimiento, dicho sea de paso, no es cosa de irredentos antisistema: es cada día más habitual, incluido en gente acaudalada a quien han abierto los ojos sus propios gestores y el adelgazamiento de su patrimonio.

Otro ejemplo de noticia lisérgica -que, sin embargo, no ha puesto a nadie los ojos como si viera a Lucy in the sky with diamonds- es el acuerdo que se ha producido entre el Estado italiano y sus evasores fiscales de postín para que éstos, bajo la promesa de no ser enchironados ni perderlo todo, repatríen sus capitales desde sus paraísos fiscales y dejen una mordidita legal para el país que los vio nacer y les permitió labrarse su huidiza fortuna. Éstas son buenas noticias: en vez de subir impuestos a los de siempre -o alos de nunca, de forma testimonial y politicona-, se recuperan impuestos evaporados. Una forma hasta hoy muy ignorada de equilibrar en algo los presupuestos públicos. ¡Se podía, sí, se podía!

Un tercer suceso acaecido esta semana que hubiera hecho que las redacciones de periódicos económicos hubieran enfebrecido sólo hace tres años es el anuncio de Merkel de que “los impuestos van a subir en Alemania, y muchos otros países deberían hacer lo mismo”. Mientras aquí hacemos política fiscal de plástico y promesa electoral, la canciller alemana aplica la lógica: danke, Angela. Por estos pagos, unos hablan de gravar “a los ricos”, sin que nunca antes y pudiendo lo hayan hecho, ni decir cómo se mata esa rata; otros hablan de rebajar el muy puenteado y de por sí devaluado Impuesto de Sociedades. Pero el círculo no lo cuadra nadie. La presión fiscal -no este impuesto o aquel otro- subirá en todos los países de la Eurozona. Particularmente, España está bastante por debajo en presión fiscal (porcentaje de impuestos y cotizaciones sociales con respecto al PIB) de la media europea. Será el IVA, será el IBI, serán las multas, será una escala plana de IRPF, o serán de nuevo los asalariados quienes pagarán más… será lo que será, pero los impuestos subirán. Nadie -ni los ganaturi que ya te saludan- se va a tirar a la piscina y va a dejar de ingresar en la Hacienda pública lo que todavía entra, con la esperanza de que la economía se dinamice y el dinero más libre se vuelva productivo y empleador. Merkel, una liberal conservadora de un país económicamente sano y rey exportador dice que los impuestos se suben porque la situación lo exige. Únicamente podando no se arregla todo por mucho que el desconcierto propicie y justifique todo tijeretazo: al contrario.

No queda espacio [esto se publicó en papel] para comentar el gran varapalo del que pasaba por ser el más sólido sistema financiero bajo el sol, o casi. Nuestro gozo en un pozo. Sólo un detalle: la naturalidad y hasta mansedumbre con que González y Botín han aceptado ser señalados entre los más necesitados del universo bancario comunitario. “Bueno, no tendremos problemas, en junio de 2012 hemos cumplido con el core capital y con lo que haga falta. Con el tacón”, han venido a decir el propio gran jefe del BBVA y el inhabilitado Sáenz. Se queda uno mucho más tranquilo.

Por fin, alguien se atreve con los bajistas

Tacho Rufino | 12 de agosto de 2011 a las 18:18

La CNMV se ha visto obligada a prohibir las posiciones cortas sobre bancos y aseguradoras

En breve: uno o varios operadores coordinadamente apuestan por la caída del precio de una acción. Alquilan –no compran, alquilan– grandes cantidades de ese valor a bancos. Se venden esas grandes cantidades de acciones, que comienzan a bajar de valor, porque además suelen apoyarse estas estrategias en la difusión de rumores alarmistas o sencillamente falsos. Cuando las acciones caen de precio, se recompran, obteniendo un beneficio entre el precio de venta inicial y el de recompra, devolviendo las acciones al banco que se las alquiló.

Las también llamadas apuestas bajistas, short selling o venta corta ha sido descritas y comentadas aquí en no pocas ocasiones (ver ejemplos: 1 Qué es un ataque especulativo, 2 Los mercados, ¿quiénes son?, 3 ¿Por qué se irá Soros?, 4 Entradas sobre venta corta).

Al final, se ha impuesto la razón. Los daños ocasionados por este tipo de operaciones que apuestan y promueven la ruina de unas acciones, unos títulos o una divisa son muy superiores que sus beneficios para el sistema financiero mismo, y no digamos para personas ajenas a estos mercados: países enteros ven comprometida su liquidez, su capacidad financiera, su solvencia, su crecimiento y, a la postre su nivel de empleo y su futuro por unos supuestos efectos benéficos sobre la “liquidez del sistema” (por no mencionar el enriquecimiento de los apostantes, que suelen ganar mucho más que perder, claro es). La propia autoridad europea de valores financieros (ESMA), esta medida se ha tomado “para restringir los beneficios que pueden conseguirse de la difusión de falsos rumores (…) y han sido adoptados de la manera más coordinada posible, ante la ausencia de una normativa legal común europea”. En efecto, sólo se hace efectiva la prohibición en España, Italia, Bélgica y Francia, y sólo durante 15 días. Ha hecho falta que el contagio roce a Francia para que se adopte una medida de control que era obligada dada la perversión intrínseca del juego de la venta corta. Con la boca pequeña, lamentablemente, la ESMA confirma lo que todo el mundo sabe: la venta corta suele usarse “en combinación con la difusión de falsos rumores, y es claramente abusiva y sancionable”. Ahora sólo queda que se regule estrictamente, de manera permanente y para todo tipo de títulos estas actividades pura y duramente especulativas, precisamente para salvaguardar la función de termómetro y de suministro de liquidez de la bolsa y otros mercados (la venta corta, por ejemplo, también se practica en mercados de artículos de primera necesidad, como el del trigo). ¿A qué esperar para propugnar un acuerdo global sobre estos asuntos? ¿Por qué tanta cautela? ¿Es que nadie quiere meter la mano en la madriguera del hurón, o es que hay demasiados jueces y parte?

Un piloto que no da confianza

Tacho Rufino | 9 de agosto de 2011 a las 14:36

”Marco

Los denominados mercados están integrados por fondos de inversión, variantes más agresivos de éstos como los hedge funds, fondos de pensiones que mueven nuestros planes de pensiones, fondos soberanos de países con gran liquidez, bancos de todo tipo, agentes e intermediarios con más o menos influencia. No siempre se puede decir que el comportamiento de estos mercados sea eficiente y racional (no hablamos de ética, sólo de consistencia y coherencia en sus decisiones). Y no se puede negar que, aun así, su influencia en el futuro de zonas económicas enteras y países es excesivo. La política es lenta, y los casos recientes de la negociación para elevar el techo de la deuda en Estados Unidos y las medidas del BCE y la Unión Europea para frenar la sangría de la prima de riesgo española e italiana así lo constatan: la política va detrás de los mercados… y los mercados no son un buen termómetro de la actividad y perspectivas de la economía, ni tampoco de los riesgos de empresas, divisas, países o áreas económicas. Los países, pues, nadan a favor o en contra de la corriente, una corriente que últimamente es bastante impredecible –no es suficiente explicar lo que pasó ayer…– y hasta enloquecida. Los mandos del avión, por así decirlo, los toma de vez en cuando un pasajero borracho.

Para muestra, algunos botones.

Botón 1. Escribía ayer Jordi Sevilla, un hombre que piensa por sí mismo y no se pone las gafas de decálogo ideológico alguno para interpretar la realidad (así le fue como ministro): “Nos equivocamos si no reconocemos el carácter irracional con que, a veces, actúan los llamados mercados cuando, por ejemplo, exigen mayores retribuciones por su dinero ante los riesgos de un crecimiento lánguido en algunos países, provocando con estas subidas de tipo de interés [vía la prima de riesgo] precisamente lo que temen [: un crecimiento lánguido]”.

Botón 2. También la exigencia de austeridad por parte de los mercados es paradójica, si no contradictoria en sí misma: la economía crece con el gasto, con la compra de lo que se produce. Si el gasto se recorta al grito de “austeridad máxima como principio cero, el crecimiento puede esperar”, el deudor con problemas podrá obtener con los recortes un excedente a corto plazo y garantizar sus obligaciones a corto… pero compromete seriamente su liquidez futura, porque languidece.

Botón 3. Relacionado con lo anterior, el cortoplacismo es consustancial a los mercados financieros a día de hoy, y no es precisamente esta miopía una buena cura para los males vigentes. Palia los síntomas, pero no garantiza la salud a medio plazo, sino al contrario. La volatilidad y el erratismo extremo de las útlimas semanas son el escenario idóneo de la especulación pura y dura, que nada tiene que ver con la lógica económica y el interés común, sino con la ganancia privada más descarnada e insolidaria (para los guardaespaldas del mercado financiero libérrimo: no se trata de estigmatizar a todo el mercado: huelga decirlo, pero no cuesta volver a decirlo). Los mercados financieros son imprescindibles, pero deben ser supervisados.

Botón 4: Aunque una de las muy descalificadas agencias de calificación ha rebajado –aplicando protocolo y procedimiento, que es gerundio– la consideración del riesgo-país de Estados Unidos, su deuda pública cotiza a valores ínfimos, e incluso ridículos. O sea, que el mercado confía en la deuda de Estados Unidos, y no sólo no sigue las notas de Standard & Poor’s, sino que hace justo lo contrario de lo que ellas pretenden aconsejar. Antes de la rebaja de S&P, y después también. No en vano la calificadora no vio nada raro en dos situaciones cruciales y letales de la crisis metamorfósica que vivimos tan peligrosamente: la caída de Lehman Bros. y el burdo disfraz de solvencia de la Grecia pre-rescate.

Y botón 5. Lo hace ver hoy Gumersindo Ruiz en Economía de Joly: “[sobre los continuos bajonazos de las bolsas] Estas caídas no casan ahora con la disponibilidad de las sociedades a pagar dividendos nunca vistos, en correspondencia con unos buenos resultados, que no tienen por qué crecer más que la media de la economía internacional en la que operan”. Si las empresas son rentables y dan dividendos, cómo pueden hundirse sus cotizaciones. Desde luego que siempre hay alguna explicación, pero se trata de una paradoja, y bien gordita.

El mercado aprieta pero no afloja

Tacho Rufino | 26 de julio de 2011 a las 11:11

Día de emisión. Uno de los días en el que la prima de riesgo puede convertirse en un bombazo de relojería, aunque en este caso se trate de una bomba relativamente pequeña por tratarse de una emisión de letras y no de títulos a largo plazo. Mientras que durante la última oleada de la crisis de la deuda soberana la fluctuación de la prima (que ha subido mucho y ha bajado poco) ha afectado al mercado secundario, hoy compromete al Reino de España en una emisión de unos 3.000 millones (acabamos de saber que se ha colocado toda: era de esperar). Mientras que en el mercado secundario quienes arriesgan –ganan o pierden– son quienes suscribieron deuda española en su día, en el mercado primario o de emisión quien arriesga –aparte de quien compra, claro– es el Estado, o sea, los españoles del futuro, quienes deberán soportar el diferencial de interés que debemos comprometernos a pagar como país hoy para poder colocar esos 3.000 millones. El acuerdo comunitario –bueno, entre Francia, Alemania y el resto– para requetesalvar a Grecia de la semana pasada parecía que iba a calmar la inestabilidad, la desconfianza y la especulación contra el euro vía periféricos… desde el lunes siguiente ya se vio que no, que el mercado aprieta pero no afloja. Era demasiado apetitosa la alta y turgente prima española, de forma que trasladarla a la emisión de hoy prometía pingües beneficios. Si no se cubriera la emisión, se diría que los mercados temen de verdad un default o suspensión de pagos español. Si se cubre, la estrategia de elevar al alza la prima mediante operaciones directas y de derivados habrá dado sus frutos: el bono español será un chollo. Más de tres puntos por encima del alemán. La emisión de hoy se ha cubierto –¿de verdad alguien lo dudaba?–, y era de letras, o sea, a corto plazo. Ha habido que prometer un interés altísimo para estos títulos a seis meses (hasta un 2,5%): un auténtico bombón periférico para los inversores. En el peor de los casos –para los sucriptores de hoy–, el aval europeo cubriría el riesgo de impago al vencimiento, pero eso es una hipótesis sencillamente descabellada. Con el tiempo, si las cosas siguen en esta línea, estos ataques conseguirán pinchar la pelota –el euro–, y no habrá un título de deuda europeo a salvo. El negocio habrá volado por los aires.

Qué es un ‘ataque especulativo’

Tacho Rufino | 20 de julio de 2011 a las 13:34

Financial Times nunca hablaría de “ataques especulativos” a España (o Italia o a la Zona euro) al informar sobre los vaivenes de los mercados financieros de deuda soberana o de divisas: cree y defiende que los mercados son justos y benéficos, o bien hacen labores de dar liquidez al sistema, o cuando menos depurativas de la fruta podrida. Sin embargo, la mayor parte de la prensa económica y generalista habla de dichos ataques, los da por ciertos.

Entendemos por ataque especulativo una acción deliberada realizada por un agente con gran calidad de información y gran capacidad de invertir y endeudarse en la bolsa y otros mercados financieros, de forma que puede modificar al alza o a la baja los precios de los productos financieros o las divisas, estimulando a otros agentes menores en el mercado a seguir su inercia o reaccionar antes sus acciones, obteniendo el ‘atacante’ pingües beneficios en esos movimientos, que eventualmente provocan grandes daños en la estabilidad económica de territorios enteros (disculpen la extensísima definición, no podía dejar nada importante detrás).

Según quienes defienden (y creen que realmente existe) el libre juego de la oferta y la demanda en los mercados financieros y su limpia fijación de los precios, quienes afirman que existen ataques especulativos son ingenuos o paranoides. Sin embargo, no ya el rojo de Krugman, sino también Merkel, Obama o Sarkozy, pero también Guillermo de la Dehesa, Warren Buffett y otros expertos no dudan de que existen los ataques especulativos… gente nada nada sospechosa de querer hacerse los interesantes con conspiranoias sobre doctores No y tipos muy malos y muy poderosos que están en la sombra. Eppur si muove… Ataques, “haberlos, haylos”.

Veamos breve y claramente cómo funciona un ataque a la deuda pública de un país (sobre esto, conviene conocer una de las claves: el mercado irregulado de los Credit Default Swaps –CDS–, en un artículo que publicó Guillermo de la Dehesa, siempre ultratécnico sin concesiones, este domingo el el Negocios de El País). Aparte de que si algo se ve débil –un bono griego que vencerá en un año, por ejemplo–, los inversores de a pie querrán vender, y si lo hacen en gran medida esto hará que la cotización de una acción baje o la deuda de un país se deba vender más cara, los ataques pueden funcionar tal que así:

    1. Un poderoso inversor –si lo prefieren, un especulador— cree que un Estado puede tener dificultades presupuestarias y, por tanto, podría tener dificultades para atender la devolución a los inversores de una emisión de su deuda pública que vence próximamente. También puede que no tenga tales problemas inminentes, pero una situación de un vecino enfermo –véase, Grecia—estimule tales temores. “A por él”.
    2. El poderoso inversor –el filántropo George Soros, por ejemplo— alquila o toma prestados de un banco a cambio de un precio –el euríbor, por ejemplo– una gran cantidad de dichos bonos u otros títulos de deuda pública. No se los compra, se los alquila para devolvérselos una vez hecha la operación (el ataque).
    3. Ahora entran los voceros: las alarmas mediante prensa especializada (esa que niega que existan los ataques y se burla de los paranoicos), think tanks, grandes instituciones financieras planetarias y, también, otros individuos que no ganan nada con esto, pero a los que gusta tildar de loquitos que ven gigantes donde sólo hay molinos a quienes denuncian estas armas de destrucción masiva (así llamó a los CDS otro gran inversor nada sospechoso de anti-mercados, Warren Buffett).
    4. Tras el “¡Grecia (España, el euro) se hunde, tonto el último en vender!”, gran cantidad de inversores aterrorizados comienzan a vender masivamente esos títulos para limitar sus pérdidas. La cotización de dichos títulos se hunde: la ley de la oferta y la demanda sentencia que, cuando la demanda de un bien baja, el precio del bien baja. En este caso, la “pendiente” de la bajada es abrupta: el precio se hunde. Cuanto más se hunda, más gana el atacante.
    5. El atacante-especulador espera al momento más bajo del precio de los títulos en el mercado de compra y venta (el llamado secundario, el de cotización). Entonces el atacante compra barato… y devuelve los títulos depreciados al banco, con el que el acuerdo es “te lo alquilo a cambio de un precio de alquiler –no de venta–, y te los devuelvo, valgan lo que valgan cuando yo te los devuelvo”. Como vendía en el mercado caro y compré barato, obtengo grandes ganancias. Y a otra cosa, sea esta cosa la deuda de otro país, las acciones de una gran empresa o un divisa concreta.

A esto se lo llama venta corta o short-selling, y es legal, una práctica habitual en los mercados. ¿Les parece especulativa? O si le parece que lo especulativo es natural, ¿la creen conveniente para el sistema económico global? Estas prácticas, en definitiva, son capaces de generar paro masivo por la parálisis económica y la inestabilidad que crean en territorios enteros llenos de personas. Además, merma en los ahorros de los pequeños ahorradores, por no hablar de los hipotecados y otros deudores que pagan los platos rotos de una banca –griega, española— presa del pánico. Sor Presa del Pánico y Sor Rata de Callejón, como aquellas irreverentes monjitas de Entre Tinieblas.