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Alemania se carga a Alemania

Tacho Rufino | 21 de enero de 2013 a las 9:55

DEBE de ser difícil haber sido el manijero de un país en plena transición a la democracia, la estrella emergente de la galaxia socialdemócrata, un estadista de reconocido carisma -esa virtud tan abstracta y sobrevalorada-, y dejar de serlo al final de una legislatura. El síndrome de la repentina falta de protagonismo y atención suele mover a lanzar mensajes llamativos a la audiencia, lo cual es de agradecer a veces, entre tanta mentira. Felipe González -como Aznar, aunque no como el silente Zapatero, quien quizá agotó su cupo de vana elocuencia durante su mandato- cuenta sus apariciones públicas por jugosos titulares. El último, lo ofreció el viernes en el Parlamento de Andalucía, adonde dio una conferencia: “Merkel se está cargando Europa“. Felipe dice que no es que él quiera, es que tiene que decirlo, aunque Javier Solana le aconseje ser menos desbocado. Algo así como la portera de la película de Almodóvar: “Lo siento, señorito, pero yo soy testiga de Jehová y no puedo mentir”, pero con enfoque global, detectando megatendencias. ¿Tiene razón el ex presidente?

Alemania es la variable más independiente de la complicada ecuación europea. Ha asumido su liderazgo con una pasmosa autoridad incontestada, e impone su criterio. Se le atribuye haberse anticipado a la crisis, tomando las medidas duras en las vacas gordas, como sería deseable pero no suele hacerse. Su marcha económica ha sido positiva y a veces descollante (así fue entre 2009 y 2011). Pero la crisis europea pasa ahora factura a Alemania: según datos de esta semana, está en recesión (su PIB ha caído en el último semestre de 2012, aunque levemente). Si sus socios de mercado y moneda y principales clientes sufren por la acelerada y traumática reducción del sector público, por las crecientes oleadas de nuevos parados (en su defecto, precarios sin futuro, que son millones en la propia Alemania) y por la consiguiente caída del consumo y la producción, era cuestión de tiempo que el coloso europeo comenzara a sufrir también. En ese sentido, podríamos estar en la antesala, no ya del derribo de Europa advertido por Felipe González , sino de la convulsión del propio Gran Germano: Alemania se carga a Alemania.

Consciente de que, con una brutal contracción fiscal fruto del trastorno obsesivo reductivo impuesto por Merkel, España no tiene un céntimo para políticas de estímulo al empleo y al crecimiento, Rajoy ha sugerido el martes que Alemania y otros socios de zumosol impulsen el crecimiento con las llamadas políticas expansivas. Merkel lo ha cortado en seco: de eso nada, Mariano; haz los deberes, y calla. Una postura terca y, probablemente, autodestructiva.

Friburgo recurrente

Tacho Rufino | 24 de julio de 2012 a las 19:49

Friburgo, 25 años más tarde“, León Lasa, marzo de 2010:

(…) “Durante todos estos años, en especial los que van desde 1994 hasta hace relativamente poco, y muy particularmente desde la entrada en la moneda común, hemos experimentado una suerte de estado de euforia evanescente que, tanto a título particular como nacional, nos ha llevado a creer, sin duda erróneamente, que habíamos dejado de ser ni siquiera la sombra de lo que siempre fuimos. Con la estulticia propia del nuevo rico, mirábamos casi con desdén a quienes nos sufragaban muchos de nuestros excesos. Nos hemos despertado de golpe y porrazo y al final, tras ese tránsito efímero por las sendas de la prosperidad, nos enfrentamos a una realidad que, como un bucle permanente, nos lleva de nuevo al principio, al estado en el que las cosas estaban cuando uno, cateto y juvenil, caminaba despreocupado con un cuarto de siglo menos por la Munsterplatz. Ahí me encontraba, saboreando una jarra de la cerveza local Ganter a un precio ajustado (en los últimos diez años la inflación española ha triplicado a la alemana… pero gozamos de su misma moneda; ¡qué listos somos!) cuando leí en el Badische Zeitung (www.badische-zeitung.de) la noticia de que, ya sin tapujos, tanto el ministro de economía alemán como la canciller Merkel declaraban que el socio que no fuera capaz de cumplir con las reglas del euro podría y debería ser expulsado. Miré la inmensa torre gótica que domina toda la plaza y me pregunté si en mi próxima visita a Friburgo, al cabo de unos años, no tendría que, como en aquellos días, acudir a una casa de cambio antes de comenzar el viaje. Añadiría entonces tristeza a la melancolía.”

Quien esto escribió hace dos años largos, León Lasa, se dispone a volver a Alemania, Friburfo incluida, aunque ahora acompaña en su calidad de consejero al Real Betis en su stage veraniego en ese país. Hace 27 años viajó a Friburgo con pocas pesetas que debía cambiar por unos carísimos marcos; hace apenas tres, se veía con una cerveza bastante asequible en una terraza de Friburgo, rodeado de turistas entre los que abundaban los españoles que no reparaban en gastos. Quién sabe si, con las estremecedoras y acongojantes noticias de hoy, no le pillará allí el rescate con intervención y suspensión de derechos políticos de los españoles. La antesala de la voladura del euro tal como se concibe hoy. El domingo, por cierto, pude leer cómo un analista –quizá político– alemán pronosticaba y hasta recomendaba la convivencia del euro –para devolver la deuda exterior griega sin merma para el acreedor alemán o francés– y el dracma –para pagar salarios y para las transacciones domésticas. Que España no es Grecia se ha dicho hasta la saciedad. Pero por mucho que se diga, las diferencias de tamaño y estructurales pueden muy bien no ser capaces de impedir que se nos trate de una manera casi idéntica. Prost!

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Y no salgan hasta que tengan la solución

Tacho Rufino | 11 de junio de 2012 a las 14:15

Nota del bloguero. Este artículo se escribió el viernes, y a pesar de que ha pasado lo que ha pasado al día siguiente, no ha perdido vigencia, creo yo.

CHRISTINE Lagarde es una mujer muy poderosa, quizá la mujer más poderosa del planeta con permiso de Hillary Clinton y Angela Merkel. La francesa es una señora de natural estiloso y atractivo de segunda lectura, y conoce bien el paño comunitario: antes de ser directora del Fondo Monetario Internacional (el organismo internacional que ejerce de bombero monetario y financiero), fue ministra de Economía de su país, con gran peso relativo en el sanedrín económico de la Unión Europea, el Ecofín. Por eso, porque sabe bien la esclerótica jaula de grillos que puede llegar a ser la UE, Lagarde ha dicho esta semana que “encerraría a los líderes europeos en una habitación hasta que salieran con un plan” para atajar la hemorragia económica -hemorragia según para quién-, política y de credibilidad que amenaza con hacer volar por los aires el euro y todo lo que en esa moneda se pretendía condensar. Encerrados, a vuestros pupitres sin moveros, a pensar hasta que entréis en razón. Un reality show con su desorden y sus chanclas, sus barbas incipientes, sus broncas y su tigre olfativo. Una versión negociadora de El ángel exterminador, la película de Buñuel en la que un grupo de adinerados, tras una cena, no pueden salir de la habitación en que están, sin motivo ni nada que se lo impida. Como náufragos en una balsa o tripulantes de un globo que pierde cota, que por cierto son tópicos habituales de técnicas de negociación en las escuelas de negocio.

Sucede que, mientras que los burgueses de Buñuel no sabían los porqués ni las posibles soluciones a su absurdo encierro, las personas que Lagarde encerraría saben lo que quieren y -quizá mejor- lo que no quieren. El problema es que las visiones de los negociadores son esencialmente distintas, y las vías de acción, contradictorias entre sí. Alemania quiere el rescate para España, el rescate y la intervención como Estado, porque es la forma más directa de gobernar España desde Berlín, con su firme fe en el equilibrio presupuestario. Una garantía de marasmo económico para años, con supuestos efectos benéficos a medio plazo. Merkel abomina de una deuda pública mutualizada o de garantía recíproca comunitaria, los eurobonos, y más aun repele esta idea -que salvaría de la asfixia a España- a los propios ciudadanos alemanes, que creen que tal recurso equivaldría a avalar a los derrochadores, empezando por usted y por mí. En el lado contrario, abrumados por los problemas que no paran de crecer, están Rajoy y su equipo. El rescate total vacía de legitimidad y utilidad a las urnas: es la entrega definitiva de la cuchara. Rajoy sobraría, asumiría el poder un Mario Monti de aquí, un cipayo técnico (por cierto, los mercados y Alemania hacen ahora muchas palmas a Monti e Italia, sin verdaderos motivos para, por contra, castigar tanto a España por activa y pasiva… ¿por qué será?).

El rescate solamente financiero, mediante la capitalización de las entidades españolas tocadas de muerte, sea vía FROB o no, asumiendo el salvador comunitario la propiedad de esos bancos en función del tamaño del flotador que lance, no sólo evita el rescate e intervención exterior, sino que encomienda la cirugía drástica de nuestro sistema financiero a Europa: mucho mejor para nosotros, no digamos para Rajoy. Pero volviendo a los intereses cruzados y conflictivos entre aquellos a los que Lagarde encerraría, no hay que olvidar que Alemania está cogiendo un músculo descomunal y una liquidez galáctica en esta crisis. El ministro de Economía francés recién llegado y el propio Juncker nos dan esperanza y cremita: “Si la banca española necesita dinero, lo tendrá”. Que los encierren a ellos también en el cuarto de Lagarde, por favor.

(Aterriza en la pantalla la portada de The Economist, siempre irónica y sugerente: de un barco de nombre “Economía mundial”, ya hundido muy por debajo de la superficie, sale una voz: “¿Por favor, podemos arrancar ya los motores, Sra. Merkel?” Siquiera intentarlo, María de los Ángeles…)

Schäuble, el ‘poli malo’

Tacho Rufino | 29 de noviembre de 2011 a las 21:25

Schäuble es un economista un poco matón. Es el poli malo del gabinete de Angela Merkel, el que le da la de cal (o la de arena, según se mire) a los indignados alemanes que, pobres ellos, todo lo trabajan y todo lo soportan en sus anchas y generosísimas espaldas. Merkel es el yin de su yang, Schäuble: ella hace de poli buena, que no es lo mismo que hacer de poli simpática. Como dicen que decían los alemanes de su recuperación económica tras ser represaliados (reprimidos por los aliados, como su propio nombre indica) después de emprender dos guerras contra los vecinos y el mundo y perderlas en el siglo XX, “lo imposible ya lo hemos hecho, para los milagros nos estamos preparando”. Se asusta uno un poco con estas cosas.

Nadie les pide que sean simpáticos a la canciller y sus pretorianos, pero sí les pedimos que no quieran gobernar todo lo que se cuece en la Unión Europea con sus propios criterios, sus propias normas, sus propias sanciones y sus propias listas blancas y negras. Parten –pelín totalitarios, sin ánimo de faltar– de un axioma: el euro es alemán, y le toca a Alemania defender a su moneda de los díscolos y los caras. Almunia, nuestro Almunia, sí se lo ha pedido: no sea usted tan antipática, que votantes, y hasta argumentos, tenemos todos. Bueno, más que una petición, le ha hecho un reproche: “No se arroguen ustedes, señores alemanes, la toma de decisiones en Europa en nombre de todos”. Schäuble, el ministro de Economía más ministro de Economía de todos, ha puesto al comisario de la Competencia –Almunia— en su sitio: “No te metas en lo que no es de tu competencia“. Lo cual está gracioso, por lo menos traducido a español. Soberbiete e impertinentón, pero gracioso. Más claro, el agua: me habéis molestado mucho, enturbiáis mi futuro… así que os someto. Fiscal y presupuesatariamente, pero os someto. Y os amenazo de expulsión. “Mariano va a ser bueno, no me cabe duda, y además es más de mi cuerda que Zapatero”, ha dicho Schäuble. Obedece rapidito y sin rechistar o… Raus! Empiezan a darte leches y acabas convencido de que te las mereces. Eso es así.

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¿Era solidaridad o era un ‘queo’?

Tacho Rufino | 12 de noviembre de 2011 a las 11:22

EN reiteradas ocasiones hemos alabado aquí a la economía alemana y el saber hacer de su canciller, Angela Merkel, en el proceloso poliedro comunitario. Su estructura económica altamente industrial, su competitividad y calidad y su hegemonía exportadora -esté el euro alto o bajo- son no ya dignos de elogio, sino de melancólica envidia. Pero la situación europea ha llegado a tal nivel de riesgo para todo y para todos que, para entender lo que pasa y preparase para lo que hay y lo que viene, conviene recordar ciertas situaciones relativamente recientes y comentar otras que resultan esclarecedoras. Y desmitificadoras de lo alemán como paradigma de todo lo bueno y todo lo bien hecho.

Los vicios de la memoria -o desmemoria- selectiva nos hacen no tener en cuenta un hecho sólo en apariencia sorprendente: durante la década anterior al nacimiento del euro, Alemania tenía un altísimo déficit de la balanza de pagos por cuenta corriente (la diferencia entre cobros y pagos con el exterior), casi al mismo nivel que el campeón importador-consumidor, Estados Unidos. En ese mismo periodo, España, Italia y Grecia sostienen este déficit exterior en un nivel muy por debajo de Alemania, que justo antes del euro (en 1999, y en 2000 igual) era el tercer país con mayor déficit por cuenta corriente del mundo. Como recordaba Nuño Rodrigo en su blog en Cinco Días este miércoles, “con la introducción del euro Alemania pasó a tener superávit (y encarnar las virtudes del trabajo bien hecho) mientras el arco mediterráneo pasaba a registrar cuantiosos desequilibrios comerciales que deben ser compensados con entradas de capital” desde el exterior: con deuda, con préstamos del exterior que financien el consumo de los vagos mediterráneos, consumo ahora demonizado. Un consumo de bienes que, en buena parte, ha hecho de Alemania la campeona de las exportaciones. O sea, en corto y por derecho: el euro ha sido un chollo para los alemanes, que ahora -¡oh paradoja!-, anhelan airados la vuelta al marco: como si el euro no hubiera sido un marco disfrazado. He jugado y me he forrado; me largo, se siente. Mientras, los países mediterráneos -los llamados periféricos, frente a los centrales alrededor de Alemania- hemos sido las vacas lecheras que ha ordeñado Alemania en un verdadero mercado común.

Sí, es cierto: hemos recibido muchos fondos europeos que nos han hecho quizá pasivos -cuidado con los adjetivos: ya está bien-. Pasivos consumidores a los que se ha dejado el grifo del crédito abierto a tope. Con la necesaria negligencia o falta de luces de nuestros gobernantes y de la mayoría de los economistas que opinan, el país creció con la deuda y con el consumo de ladrillo y otros bienes no inmuebles. Ahora nos hemos encontrado con la escoba en la mano, una escoba insoportablemente pesada. ¿Es culpa de las indolentes esencias nacionales? Por favor. ¿Era solidaridad o era un queo? Ustedes dirán. [En andalucía suele usarse la palbara queo por engaño]

(Inevitable buscar similitudes entre estas relaciones con ciertas controversias patrias (con perdón). La balanza fiscal (la diferencia entre lo que una comunidad autónoma aporta al Estado y lo que esa comunidad recibe del Estado en inversiones) está en boca del nacionalismo catalán con razón, pero no con toda la razón. En realidad, lo que se desea no es equilibrar insolidariamente tal balanza, sino conseguir la inaudita prebenda fiscal vasca, llamada cupo. Sea como sea, las cosas se reproducen a escala doméstica en la balanza comercial entre regiones, tan ignorada como esencial para comprender las relaciones de intercambio y la aparición de brechas de riqueza entre territorios y personas. Es un juego de roles que ha ido evolucionando y mutando a lo largo de la Historia: “Yo soy el productor productivo pagador de impuestos porque tú eres el consumidor de lo mío”. Y encima te llaman subsidiado, holgazán y vividor. Menos en Suiza, Luxemburgo y dos sitios más, sucede lo mismo a lo largo y ancho del planeta. Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa.)

Los frutos de la conciencia

Tacho Rufino | 27 de agosto de 2011 a las 20:51

COMO sucederá a muchos al reencontrarse con la realidad la semana que viene, ésta ha sido una semana de grandes propósitos de la enmienda, aunque en versión institucional. Con la limitación del déficit del Estado según dicten los oráculos comunitarios, Zapatero y Rajoy van a comprometer ad aeternum la capacidad de acción fiscal de sus partidos cuando gobiernen. Un compromiso, desde luego, más vinculante que el que adquiere uno pagando la matrícula y tres meses por adelantado en el gimnasio al inicio del nuevo curso, o cuando se dispone, como todos los septiembres, a comprar fascículos de cursos de inglés, aviones de guerra o piedras preciosísimas a dos euro la pieza. Nadie duda de que Alemania y, en menor medida Francia, han exigido al aún presidente que tome esta medida a la voz de ya. A ejecutar esta nueva cesión de soberanía… y gracias. La prensa alemana no para de dar ideas para meternos en vereda y evitar que nuestra turbulencia e incierto porvenir salpiquen al Gran Germano. No Merkel directamente, sino su ministro de Finanzas, sus asesores económicos y los de sus aliados, y hasta de sus opositores, exigen -más que sugieren- que vayamos poniendo encima de la mesa las joyas de nuestra corona, a modo de aval: las joyas con quilates de verdad -las reservas de oro-, y las joyas empresariales, es decir, nuestras empresas públicas, las que queden con capacidad de avalar. Prusia aprieta pero no afloja. La gobernanza económica, la política fiscal en concreto, y la gestión de las arcas públicas son y serán crecientemente cosa de Alemania.

Aunque Salgado afirme que las medidas se encaminan a calmar a los impersonales mercados, quien conmina en mayor medida a tal o cual ajuste es Alemania. Con razones de peso, pero también con exceso de celo, y arrastrada por sus ciudadanos, en quienes ha calado el mensaje del vampiro latino. Cambiar la Constitución para asumir la prohibición del déficit como dogma es matar moscas a cañonazos. Las moscas en cuestión son gordas y cojoneras, pero hay sprays en forma de leyes y decretos propios, nacionales, incluidas las leyes de presupuesto, que pueden ser diseñadas en función de nuestro estadio en el ciclo económico. Eso se acabó, ya veremos qué pasa. Nuestra mala conciencia pone un último ingrediente a la mansedumbre; un sentimiento de culpa y de miedo que ha sido alimentado con acusaciones de despilfarradores, vivales y malos gestores. Estamos entregaditos.

Hay otro caso vigente de conciencia inquieta, que busca serenarse asumiendo más carga. Se trata de los ricos solidarios, los que hacen algo por su país, o dicen que quieren hacerlo. Los italianos que, con Montezemolo el de Ferrari a la cabeza, se ofrecen a comprar buenos paquetes de deuda pública italiana para aliviar las tensiones de la prima de riesgo de su país; las 16 megafortunas francesas que piden que les graven más porque han cabido a una parte mucho más sustanciosa del pastel; el recurrente Warren Buffett que predica dando trigo cuando, tras decir que los ricos están fiscalmente mimados en EEUU, apuntala al Bank of America en una colosal pero aparentemente pésima inversión. ¿Se trata de mala conciencia? No lo creo. ¿De un oportuno argumento de marketing? Quizá los más poderosos han entendido que los políticos están siendo noqueados por los brutales golpes de la realeconomics -simbolizadas con la expresión “los mercados”- y que más les vale emerger como salvadores si quieren aspirar a mantener su posición. Mientras la opinión pública y la política de calle alemana parecen no darse cuenta de que los males de los orejas de burro tienen que ver con sus propios pasados bienes (y sus males futuros) si siguen presa de la soberbia populista, algunos magnates planetarios se tientan la ropa ante el tifón que no cesa, y declaran querer poner su carne en el asador de forma más proporcional. Y, entre ellos, algunos hasta lo practican.

Andaluces, levantaos e id por pepino

Tacho Rufino | 4 de junio de 2011 a las 9:31

PIENSA globalmente y actúa localmente, dice el principio ecológico. A la hora de ir al súper, vale la máxima. España -y Andalucía, como suele suceder en las carencias económicas, en mayor medida- necesita ahora más que en otras ocasiones que consumamos productos de nuestra tierra. Lo cual no implica calarse la boina y gritar “todo por el terruño”, sino actuar responsable y solidariamente (patrióticamente, qué más da, a ver si los únicos que no vamos a poder decir patria somos nosotros). Sucumbiendo a la tentación de ver si alguien ha escrito ya lo mismo que uno se dispone a escribir, Google -ese eficaz traficante de contenidos- informa hoy jueves de que “las redes sociales” (hasta en la sopa, oiga, qué exageración, y qué inextricable la trazabilidad de tanta red social) crean “plataformas para defender al pepino español y fomentar su consumo”. Muy de acuerdo. Y no sólo por estética o pose.

Igual que fue inútil y algo patético el castigo al cava catalán aquellas navidades, resulta ahora, sensu contrario, muy útil compensar con demanda interna la pérdida radical de demanda de productos hortícolas andaluces en mercados clave como el alemán y el estadounidense. Y dejémonos de la milonga de moda, abominemos de la manida expresión “eso es el chocolate del loro”, que se esgrime cada vez que alguien ve que sus derechos o haberes pueden ser recortados.

Recortar chocolates del loro no sólo es algo formal o ejemplificador, sino que muchos chocolates de muchos loros hacen mucho ahorro. Asimismo, sustituir transitoriamente ciertos productos por otros en nuestra dieta no sólo es benéfico para nuestra economía, sino incluso sano. Somos unos pocos de millones de habitantes por aquí abajo: tenemos cierto poder como consumidores. Combatamos la crisis del pepino desde la tierra del pepino (agotado el cupo de chistes fáciles, lo sentimos). Hagamos de nuevo valiosos a nuestros productos de huerta mediante un tironcito de la demanda: ejerzamos nuestro poder de consumidores. La agricultura -no lo olvidemos- es, con el turismo, el sector de actividad que mejor resiste los embates de la crisis general, junto con sus primos la ganadería y la industria agroalimentaria andaluza. ¡Cuidado! Si las exportaciones caen a plomo, el empleo y las economías indirectas de esta parte del sector primario caerán a su vez: lo que nos faltaba.

Lejos de España y cerca de Alemania, esta mañana, no faltaba pepino y tomate en el buffet del desayuno. No lo he comido. Primero, porque no suelo comer pepino por la mañana; y eso que mi abuelo solía hacerlo, también en la cena, con miel (pruébenlo: no todo es gazpacho; sin ir más lejos, no hacen gazpacho en Alemania). Segundo, porque en estos días sólo estoy dispuesto a comer pepino andaluz.

No es que uno ejerza de Fraga en Palomares versión gastronómica, no. Es que escuchar al representante de la COAG en la TVE vía satélite nos reconforta con la patronal empresarial andaluza: sus asociados sí que producen y exportan. No los dejemos de lado. Levantémonos, y pidamos tres kilos de pepino de la tierra en la frutería. Están demasiado baratos, y eso no conviene a nadie.

Una prueba de que -más allá de las lamentables muertes por una bacteria que, a día de jueves, no se sabe de dónde viene- la crisis del pepino no importa sino en España, Alemania y poco más es que no hay cobertura mediática sobre el asunto más allá de la prensa española y la alemana. Alemania, en un exceso de ejercicio de árbitro y sheriff comunitario, se ha precipitado a acusar a sus importaciones desde Andalucía de los contagios… para después envainarla, no sin germánica soberbia. A la espera de quedar absueltos, el daño está hecho. Coma pepino como nunca, pero no olvide dejarle un poco de piel bien lavada, o se le repetirá.

Los vivalavirgen y los luteranos

Tacho Rufino | 6 de marzo de 2011 a las 20:07

QUIZÁ a usted también le pasó, y ha pensado durante unos días que no había entendido bien el asunto de los ERE llenos de indocumentados, ese nuevo escándalo político que emponzoña la imagen de esta tierra y su gente. Pandereteros y granujas forever: no los únicos, pero sí los que más. Puede que usted piense también que no puede ser verdad que personas que ni siquiera han pisado las oficinas de una empresa, y que probablemente no tuvieran idea de su existencia, se prejubilen a costa de ella y de todos, con un capitalito a cobrar en cómodos plazos. Como se hacía con los crápulas de las familias adineradas, había que constituirle un patrimonio a esta gente. De momento, setenta personas de extranjis: “Te metemos en un ERE; tú tranquilo, primo”. Increíble, pero cierto. Andalucía imparable. En poca vergüenza. ¿No es esta una magnífica oportunidad de dar un verdadero golpe de mano en el PSOE? (Por cierto, a nadie se le escapa que el chivatazo viene de casa, de un correligionario). Alucinante: nadie dimite; y eso que el delito se representa mayor que un atraco a una delegación de la Agencia Tributaria a punta de pistola. Nadie dimite porque todos -es un decir- tienen miedo de algún otro garganta profunda. La mejor defensa que se ha podido escuchar es un “pues los otros en Valencia, peor”. No faltan quienes, como Chaves, minimizan el mangazo reduciendo el número de perceptores egipcios. Y, por supuesto, los que tienen todo el día el chocolate del loro en la boca, y todo les parece una nimiedad, sobre todo si puede afectar a sus intereses.
Mientras, en otro mundo, una joven promesa de la política, con alta preparación y capacidad y mejor futuro, dimite al saberse que fusiló unas decenas de páginas en su tesis doctoral (con la que en absoluto pensaba ganar dinero). Dimite irrevocablemente y nadie le pide que se quede. Dice estar arrepentido y pide perdón. Por lo que este señor ha hecho, en estas latitudes no sólo no dimite nadie, sino que el copiado pasaría por un ganapán que quiere minutos de televisión a costa de un político. La hermandad política arroparía al copión, todos apiñados como balas de cañón. “Con las cosas tan importantes que tenemos entre manos, qué forma tan rastrera de atacar a un abnegado político de carrera”. En Alemania, de donde hablamos, pasan cosas también, claro. Se evaden capitales a Liechtenstein, se cobran mordidas, se trafica con drogas; en fin, se delinque. Pero los políticos dimiten si los pillan, y además piden perdón públicamente. Sienten vergüenza, quizá porque puede que alguno la tenga. Karl Theodore Von Guttenberg, ministro de Defensa de Merkel, dimitió por no respetar unos derechos de autor, por no citar la fuente en un trabajo no destinado al comercio. Por un intangible: la nuda autoría, el prestigio, ¿el honor?
Nuestra tradición católica, con el comodísimo sacramento exangüe de la confesión, poco tiene que ver con la tradición luterana de ellos: ¡Viva la Virgen!

Brujas y cotizantes

Tacho Rufino | 20 de febrero de 2011 a las 11:08

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LAS autoridades rumanas, acuciadas por la falta de ingresos, la han tomado con las brujas y adivinas: no sólo las obligan a darse de alta y pagar impuestos, sino que las quieren entrullar si fallan en sus pronósticos. No hacen por suerte lo mismo -aquí tampoco- con meteorólogos, médicos, analistas económicos, ejecutivos, políticos o expertos deportivos. Si no, tendrían que meterle mano al ciento y la madre en el país de Drácula, que se ha contraído un 7% el último año, se debate entre el paro y la emigración y ha recibido un flotador del FMI en forma de 20.000 millones. Puede muy bien ser que el Gobierno rumano quiera correr una cortina de humo -humo de pestilente pócima-, y también aflorar una importante parte de la economía nacional, sumergida en un caldero donde se prepara un filtro contra la impotencia económica. Las brujas dicen que no las culpen a ellas de sus errores, sino a las cartas. Ellas no querían. Hombre, por Belcebú…

La persecución de la brujas es tan antigua como el histórico suplemento de crueldad pública contra las mujeres apenas adquirieran centralidad social. Así lo afirma Stephen J. Dubner, de Freaknomics: todo esto no es sino una réplica de la estrecha relación que existió entre las bajas temperaturas y la quema de brujas durante siglos. Los científicos han detectado que entre el siglo XIV y el XIX hubo una pequeña Edad del Hielo. Unos tiempos oscuros en los que el mal tiempo se atribuía a las artes de mujeres siniestras que, franquiciadas por el demonio, manejaban el clima. De forma que la evolución de las temperaturas y la quema de brujas está claramente sujeta a correlación, de tipo inversa: justo después de una bajada de las temperaturas continuada… brujas al churrasco. Previamente, estas pobres emisarias del ángel caído habían cantado La Traviata: “Con la ayuda de mi madre, provoqué las nieves e hielos de los tres últimos años, cociendo uñas y ojos de murciélago en sangre de jabalí en celo. Eso es lo que trae el frío atroz y la muerte de campos, ganado y personas. Mátenme ya, hagan la caridad cristiana”.

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Coda. Hay correlaciones más actuales para nosotros, como la que se dice debe existir entre salarios y productividad, la nueva reforma que nos reclama Merkel. Sin tipo de cambio que devaluar, es ésta una vía para ajustar los salarios a nuestra precaria situación económica: “Pónganse ustedes en su sitio”, nos dicen. Quizá ahora sea Rumanía un destino más adecuado a nuestros bolsillos que Berlín o la misma Praga, cuyas plazas y cervecerías han estado repletas por las legiones de españoles por el mundo durante los años de gloria artificial. Pero hoy es domingo: no nos flagelemos.

Ganarás el pan con la productividad de tu frente

Tacho Rufino | 19 de febrero de 2011 a las 13:14

productividad……Salidas/EntradasProducción/trabajadoresProducción/activos…. Producción / horas trabajadas

”Dave

SI queremos vincular salarios a productividad, debemos establecer primero de qué productividad hablamos. ¿De la del país o comunidad autónoma, de la del sector de actividad donde opera la empresa, de la de la propia empresa en su conjunto, de su categoría profesional, de la división o sección a la que está adscrito cada trabajador? Dado por hecho que se trata, dicho en corto, de asociar la subida -o bajada, claro- de los salarios a los beneficios de la empresa, y, como la becqueriana mora de la cueva, si la empresa se salva, salvarse el trabajador con ella…, cabe discutir la menor -cómo se calcula la productividad- más que la mayor -indiciar salarios a productividad y olvidarse del IPC-. Expliquémonos.

Seguir con el sistema de vigente de revalorizar los salarios en función de la inflación era lógico hasta hace poco y perverso desde hace poco. No es una cuestión ideológica, por mucho que no habrá un liberal acérrimo que no defienda la nueva idea; la nueva condición de Merkel para ponernos la red del rescate debajo de nuestro azaroso vuelo económico. Frente a una situación de atonía emprendedora y de rentabilidad empresarial, y con unas perspectivas pobres de crecimiento micro y macro, obligar a las empresas a seguir actualizando los salarios según una inflación que sí que crece es poner gente en la calle. O cerrar empresas, quizá sin haber pagado las indemnizaciones legales. Un ejemplo de insostenibilidad. Por otro lado, hay una perversión más esencial: ¿cómo podemos hacer crecer nuestros salarios con la inflación y los alemanes no, si además la inflación de éstos es menor que la nuestra y su productividad mayor? Si la pregunta resulta farragosa, veámoslo de otro manera: cobrados en la misma moneda, no es posible a medio plazo que nuestros salarios estén más blindados que los suyos. Un último argumento a favor de tener en cuenta -no en exclusiva- la productividad a la hora de poner al día las retribuciones del trabajo: la correlación entre crecimiento de renta y productividad laboral es directa en cualquier país del mundo.

Pero… una preguntas escépticas: ¿quién va a establecer la fórmula de cálculo? ¿Quién va a controlar que no se producen fraudes en su cálculo, sobre todo en empresas con menor control sindical, como lo son la mayoría de las españolas, pymes por lo demás? ¿Se va a penalizar la incapacidad directiva, particularmente de la alta dirección? Haríamos bien en mirarnos en aquellos países en los que sí están asociados rendimiento y sueldo, pero no confundirnos ingenuamente: en Alemania, el nivel de confianza entre dirección (y propiedad) y empleados no tiene nada que ver con los de aquí, ni tampoco, salvo excepciones, el compromiso de los trabajadores con la empresa que les paga. Tampoco el nivel de fraude fiscal o de los maquillajes contables (de la contabilidad, necesariamente, nacerá el índice de productividad).

Hace ya décadas, algunos investigadores consiguieron demostrar que el empresario era tan responsable -o más- de la subida de los salarios como los propios trabajadores vía negociación. La aparente paradoja se explicaba no por filantropía del patrón, sino por el temor de éste a que la bajada o la contención de los salarios provocara un menor rendimiento de sus empleados: “El ahorro que obtengo al recortar los salarios reales de mis empleados se verá absorbido con creces por su reacción negativa, que mermará la productividad de su trabajo”. Ahora, según hemos sabido esta semana, la productividad nacional sube mientras que la masa salarial desciende. Esto se produce precisamente porque la productividad baja con la subida de salarios, que son un coste, y como hemos puesto a legiones en el paro, ese coste desciende, impulsando la productividad aparente. Aparte de esa otra paradoja, tengo la impresión de que la gente teme cada vez más por su trabajo y está dispuesta a dosis suplementarias de esfuerzo y calidad. ¿Es esto malo? Pues sí, pero no.