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China ejerce de duro prestamista (y de ‘Tea Palty’)

Tacho Rufino | 7 de agosto de 2011 a las 19:26

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Hay bancos que mandan a sus hipotecados un sms diciéndole algo como “Mañana pasamos la letra: que no vaya a estar otra vez la cosa cortita como el mes pasado”. Hay operadoras de telefonía que venden sus carteras de impagados a extraños despachos de abogados asustones, de esos que te preguntan por teléfono, con voz de 25 años con un cursillo de cobrador intimidante: “¿Usted sabe lo que es el Asnef, caballero?”. Acreedores que piden lo suyo. China también ejerce de prestamista, y ya le mete la bronca a Estados Unidos, país cuya deuda con otros estados está en una cuarta parte en manos chinas (y otra quinta parte en manos japonesas). Quizá pronto será también el sastre y el casero de medio mundo. Le pediremos crédito, le compraremos sus productos, les rogaremos sus inversiones (bueno, el presente de indicativotambién vale). Si no pagamos en tiempo y cantidad, no nos mandará precisamente a sus abogados de Legálitas (por cierto, un nombre que suena un poco a chino). Y cuando decimos “nos mandará”, no nos referimos sólo a la mustia España, sino a todo el mundo.
Dado que los medios de comunicación chinos son estatales, los mensajes que se envían al exterior a través de ellos hay que considerarlos oficiales. Antes de ayer, la agencia de noticias Xinhua no se fue por las ramas: “China, el mayor acreedor de la única gran potencia del mundo, tiene todo el derecho a pedir a Estados Unidos que afronte sus problemas de deuda y garantice la seguridad de los activos chinos en dólares”. Se trata de dar un toque de atención: “No me vayas a dejar de pagar”. Pero también hay mucho de temor por el riesgo de cambio. China ha llamado a EEUU “adicta” (a la deuda) y “miope” en sus sucias negociaciones políticas entre demócratas y republicanos (el adjetivo “sucias” lo tomo de los propios congresistas estadounidenses). Hacen hincapié los medios chinos en los “excesivos costes de protección social” y “el gigantesco gasto militar”. A esto se llama tener pillado a alguien por el arco. “Haz como yo y déjate de protección social; y ve dejándome el sitio en el dominio militar del planeta”. Un gobierno comunista da lecciones de gestión financiera al país de Wall Street y las grandes empresas: cosas veredes. Si todo cambio puede resultar disonante para el ser humano, el cambio de imperio, también, cómo no. Y, o estamos en ello, o estamos soñando. De hecho, China ha reclamado a las claras esta semana que el dólar sea sustituido como divisa global. Y no será el euro la alternativa china…

Desde luego que el espectáculo dado por Estados Unidos para aprobar una elevación de su nivel de déficit deuda y poder eludir la suspensión de pagos ha sido muy inquietante. El mercadeo contrarreloj entre demócratas y republicanos ha tenido consecuencias fatales para el futuro político de Obama, por no mencionar para la imagen de solidez del país central del planeta (sobre esto, Moisés Näim defiende hoy que USA sigue y seguirá siendo el poder). Los republicanos han conseguido dar otro puyazo a Obama, que si quiere subir los impuestos no será a los más ricos, sino que lo tendrá que hacer a sus votantes naturales… o sea, que los perderá y no será reelegido. En el fondo, no deja de parecerse la actitud de China a la del ala más conservadora del Partido Republicano, el Tea Party. El fin político ha justificado los medios. Dando, de paso, pie a China para lanzar un mensaje propio de macho alfa.

La caída de nuestros dioses

Tacho Rufino | 3 de julio de 2011 a las 11:50

COMO una cuadrilla abandonada en el ruedo por su matador que no puede con el toro; como unos hijos que ven cómo su padre escapa despavorido por la ventana porque hay ladrones en casa; como los anestesiados ciudadanos que asisten a la muerte de quien fue su dictador; como los moradores de un pueblo en el que los miembros de la benemérita se dan de baja por depresión porque los acosan unos maleantes, así se siente uno cuando escucha al presidente de los EEUU decir que su país “puede estar en bancarrota el mes que viene”. “¿Qué va a ser de mí, que soy habitante de un país periférico… ¿Quién va a cuidar de mí?”.

Un amigo de exultante fe liberal me decía que poniendo de patitas en la calle a la mitad de los empleados públicos aflorarían los benéficos efectos “de la libertad”. Antes de ayer leímos a un articulista de esta casa, Rafael Rodríguez Prieto, aportar un dato incontestable: “La historia demuestra que el liberalismo [esencialmente, el financiero] resuelve sus crisis con el totalitarismo”.

Al descubrir, por boca del mismísimo Obama, la debilidad del tenido por gigante protector, uno siente, por un lado, el frommiano miedo a la libertad, tan ligado al autoritarismo, y, por otro, el viscontiano miedo a la emergencia del totalitarismo tras la caída de los dioses. La libertad, gran palabra, cuya dimensión mengua cuando se presenta como un derecho formal que uno no ejerce más que de manera arrastrada, dependiente de la libertad -esa sí- de quienes mantienen información decisiva y parcelas de poder cada vez mayores: las crisis, no nos cansaremos de repetirlo, acentúan las brechas de desigualdad. Y la desigualdad extrema unida a la desprotección y desesperación de mucha gente son el caldo de cultivo para la contestación; sea contestación a la griega, sea indignación a la francoespañola, sea la que sea: el agua siempre busca su salida. Y admitamos que el agua está creciendo a nuestro alrededor.

Cada vez que veo en la estantería El mundo de ayer, el testamento de Stefan Zweig, siento la tentación de releer algunos pasajes. Pero es tan descarnada la similitud entre la ceguera y tibieza política del periodo entreguerras en Europa y el que ahora vivimos peligrosamente, que uno prefiere a veces no seguir adelante. El cuadro sintomático -no nos hundamos, pero la toma de conciencia de los peligros es la única vía para afrontarlos con mínima preparación- se completa con un Obama que dice que, o le dejan endeudarse más, o deja de pagar sus facturas y otros compromisos (si esto lo dice Papandreu, le queda de lo más propio). Si el dueño del cortijo no puede pagar, no te digo qué va a pasarle a su conocedor, a su guardés y a sus braceros. ¿Pretenderá confiar su futuro EEUU al lema del billete de one dollar, el solemne y providencial “En Dios confiamos”?

Dos titulares de prensa

Tacho Rufino | 14 de septiembre de 2010 a las 14:55

Esto es prensa (digo yo), y no voy a defender aquí que probablemente la prensa menos posicionada ideológicamente es la local, y menos aun la de la red de locales que constituye la apuesta estratégica del Grupo Joly (ea, lo dije). Pero a veces resulta sorprendente la confirmación de algo archisabido: cómo dos diarios serios (uno, de gran tirada como El País; otro, de tirada limitada pero para paladares exquisitos y bien informados, Expansión) ponen titulares opuestísimos para tratar el mismo asunto:

“Obama lanza un plan de estímulo en infraestructuras para crear empleo” (El País, 7 de septiembre de 2010)

“Obama castiga a las rentas altas para financiar su plan de estímulo” (Expansión, 9 de septiembre de 2010)

Recordatorio a bote pronto: Plan de estímulo: conjunto de medidas de política económica que suponen la inversión y el gasto público, con el objeto de reactivar la economía en periodos de atonía de actividad, creando empleo… y aumentando el déficit (alternativa o combinadamente, subiendo los impuestos, recortando el gasto en otras partidas…).

Nota: la derecha –en sus declaraciones y programas: la praxis flexibiliza la creencia– suele ser contraria a estos planes; la izquierda, favorable. Suceden, por cierto, dialécticas parecidas en otros asuntos: aborto, energía nuclear, matrimonio homosexual, afirmación/negación del cambio climático… ¿Ideología o creencia? ¿Traje a medida o pret-a-porter? Elija usted mismo.

Hedge funds: el cascabel del gato

Tacho Rufino | 11 de marzo de 2010 a las 18:01

Hace unos días publicábamos aquí una entrada sobre los inversores galácticos, en concreto sobre el magnate George Soros, y sobre los fondos de alto riesgo o hedge funds, desde algunos de los cuales se obran auténticos prodigios de desestabilización de monedas, empresas, sectores y países. Ayer miércoles leo en El País una noticia titulada “Obama apoya las críticas de Papandreu a los fondos de alto riesgo“; en ella se informa sobre un hecho claro: cierto tipo de inversiones puramente especulativas pueden hacer mucho daño a mucha gente, sin que en realidad hayan hecho algo para merecer tanto castigo. Castigo que, en un juego de suma cero, supone un gran premio para quienes desde estas plataformas veloces como la centella, superinformadas y superdotadas financieramente actúan sin piedad -y hasta con impunidad- contra lo que sea, a la caza inmediata de ingentes cantidades de dinero. ¿Que los halcones corren riesgo de perder? Suelen no perder, obvio es. Un párrafo del discurso de Papandreu en Wall Street: “Europa y EE UU tienen que decir hasta aquí hemos llegado a los especuladores que sólo actúan por las ganancias inmediatas sin tener en cuenta las consecuencias que pueden tener sobre grandes sistemas económicos, por no mencionar las consecuencias humanas en cuanto a pérdidas de puestos de trabajo, desahucio de viviendas y disminución de las pensiones”. ¿Podrá Obama con estos adversarios? ¿Quién le pone el cascabel a ese gato tan poderosísimo?

Dicho esto, dicho lo siguiente: Grecia tiene culpas que expiar, lo cortés no quita lo valiente. Sus cuentas públicas, a diferencia de las españolas, no son claras o son falsas.

Con el seguro médico hemos topado, Barack

Tacho Rufino | 19 de octubre de 2009 a las 10:27

Al_limite_Nicolas_Cage_OBAMA y Zapatero se llevan bien, y se muestran cariñosos cuando están juntos. Zapatero parece abducido por el carisma del blanco de las iras republicanas, el gran Barack. Éste, a su vez, tiene la enorme virtud de hacer sentir importante a todos los que se sientan o se fotografían con él. No pocos odian a Barack con saña en su país; hay ciertas cosas que el americano profundo no le perdona. No tener un cráneo caucasiano ni unos ojos azules ni un nombre cristiano, por ejemplo. Como sucede aquí con Zapatero -a quienes tantos profesan un odio visceral, exagerado y hasta biliar-, Obama parece personificar el mal, el enemigo en casa, un lucifer que viene del averno para desmontar los más queridos valores y señas de identidad americanos. A unos pocos años luz de influencia global, a Zapatero se le critica no ya que pueda hacerlo muchísimo mejor e incluso menos mal, sino que promueva la muerte de proyectos de niño (Aznar no tocó la Ley del aborto: cientos de miles de abortos anuales en sus mandatos) y cosas peores, tanto que nuestra ultraderecha camuflada se muere de gusto por insultarlo en el día de la patria. A Obama, en fin, no se le perdona, entre otras cosas, que quiera universalizar un poco (permitan la contradicción) la sanidad de su país. Si han visto la película de Scorsese Al límite, con el histérico Nicolas Cage de conductor de ambulancia pública en Nueva York, habrán experimentado visualmente el asunto. Una cobertura pública que, aquí sí, constituye el mayor logro social España, donde además los lobbies aseguradores y farmacéuticos no tienen tanto poder como en la metrópoli.

A Obama le puede costar una cornada mala su intento de lograr una cierta protección de la enfermedad de los menos pudientes, unos cincuenta millones de personas para ser más precisos. Tocar el fabuloso negocio del seguro privado en Estados unidos es mucho más arriesgado que mentarle la madre a Mike Tyson. Que le pregunten al dinámico dúo Clinton, si no. Como bien sabe Esperanza Aguirre -adelantada para tantas cosas, como el tener la proa enfilada hacia los fondos para innovación comunitarios, o realizar las reformas comerciales más necesarias-, el auténtico pulmón para equilibrar los déficit públicos está en la sanidad gratuita. Océanos de euros se gastan para que podamos acudir a urgencias por un forúnculo. Y también para garantizar el mejor tratamiento de un cáncer sin cobrar nada, cotizaciones aparte. Recortar ahí es un tabú, un bendito tabú: los recortes sanitarios sólo afectan a los bolsillos más pobres.

Que España sigue teniendo una apreciable presencia internacional lo prueba un hecho : los grupos de presión de las energías renovables y la sanidad privada estadounidenses han puesto el punto de mira en nuestras empresas y tecnologías energéticas limpias, y en nuestro sistema de seguridad social (esta semana hemos sabido que da para seguir regando las pensiones, por cierto). Hace unos días, una consultora USA, de dudoso origen, difundía por doquier un informe en el que se tildaba a nuestro sistema e salud de “uno de las peores de Europa”. Entre los criterios utilizados no se mencionaban el grado de cobertura ni los trasplantes. Objetividad y rigor ante todo…

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¡Hossanna, Obama!

Tacho Rufino | 21 de enero de 2009 a las 13:22

Desde los casi dos años que hace que, con gigantesca presión mediática, lo conozco, me he sentido un contrarioso y un pepitogrillo nato y hasta compulsivo. Tanto es así, que he estado callado y no me he decantado en las conversaciones acerca del demoníaco Bush y el divino Obama, tal y como es dogma calificarlos a día de hoy. Nunca he compartido el encantamiento colectivo por el dulce Barack, aunque pocas veces he escuchado una voz tan sugestiva y atractiva (hay que decir que -marketing is marketing- a todos los candidatos a la Casa Blanca se les entiende el inglés estupendamente, y su entonación y cadencia no son en absoluto espontáneas).

Un amigo viajero me comenta el titular de un artículo de Moisés Naim en El País hoy: “Un tsunami de lágrimas de emoción”. Por favor… Necesitamos esperanza, puede ser, pero ¿necesitamos tanta y tan meliflua devoción apriorística hacia nadie? Quizá sí: necesitamos dioses para soportar la tremenda incertidumbre. Los cristianos teníamos uno estupendo, pero lo hemos metido en el ataúd en aras del humanismo y el progreso. Si las dificultades de la fe y el rito no son soslayables, buscamos padres de la patria, a veces caricatos de padres de la patria: obamas, fugaces mesías de carne y hueso. Mientras soltamos lastre oscurantista, practicamos el “respetismo” cobarde con otras religiones: vive tú tu fe, que la mía no ha de molestarte, hermano del mundo. En un despliegue devocional que seguro no es azaroso, el presidente, en su día más bonito, paró la limusina en una iglesia de camino al celestial baño de multitudes, multitudes que a su vez rezaron con recogimiento y emoción un padrenuestro a coro. Tres millones de padrenuestros; qué bellísimo espectáculo debió ser, por otra parte. El obispo de rigor mencionó -me cuenta mi amigo- muchas veces el nombre de Jesús en su responso ante el gentío. El mensaje que intuyo: musulmanes, nosotros también tenemos religión, más antigua que la vuestra, y nuestra. Una forma de dar la mano con firmeza. Un universo de gestos.

Creo que, a partir de ahora, Obama va a ir consumiendo su crédito. Y creo que la gente, como yo hago ahora, empezará a decir que no era para tanto. Después: que vaya engañifa, que vaya mierda de americanos (esto, muy español), que todos sois iguales, etc, etc. El planeta no está en absoluto para milagros. Aunque yo he asistido a algo parecido a un milagro esta misma mañana. En la SER, he escuchado a un exultante Alejandro Sanz que babeaba con los locutores, abducidos todos por el obamismo y los nuevos Estados Unidos del Mundo. Cuando vea a Pilar Bardem ondear las barras y estrellas yanquis, me daré a la botella o solicitaré mi ingreso en un frenopático.

¡Hosanna (sálvanos ahora), Obama! Buen mandato, y buena suerte.

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Ni blanco, ni negro

Tacho Rufino | 9 de noviembre de 2008 a las 21:35

 

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Ni blanco, ni negro

José Ignacio Rufino / Publicado el sábado en “El Poliedro” Economia&empleo@grupojoly.com | Actualizado 08.11.2008 – 01:00

 

COMO le sucede a Obama, esa prodigiosa combinación de carisma y mercadotecnia, la mayoría de las cosas no son ni blancas ni negras. A esto hay que añadir que el negro tiñe más, sin segundas. Por eso el color del cristal con que se mira la economía desde hace un año, cada vez más negro, oscurece el porvenir inmediato y lo muestra como un túnel al final del cual no se atisba luz ninguna. Quizá porque el túnel describe una curva que no vemos: la curva tras la cual reaparece la felicidad perdida. ¿Debemos hacer profesión de realismo, y abundar en el pesimismo, o debemos creer que, siendo optimistas, ayudamos a revertir la tesitura?

A la primera opción se le achaca dos defectos. Primero, asusta y agacha a los agentes económicos; segundo, muchas voces dicen que una crisis -una fuente de malas noticias- es “un gran negocio mediático” (a esto hay que decir, de entrada, que el negocio mediático está en la audiencia de pago y en la publicidad, y ninguna de esas cosas engorda con las vacas flacas, ni mucho menos). La alternativa al enfoque sombrío -o sea, el optimismo militante y voluntarista en los gobernantes, empresarios y analistas en general- sólo confía en el efecto placebo, más allá del buenismo: se trata de una estrategia que, no pudiendo por el momento combatir realmente las causas de la crisis, combate sus síntomas. O manda mensajes de tranquilidad sólo con la esperanza de que el mensaje tranquilice, aun no habiendo motivo objetivo alguno para estar serenos. Más o menos como cuando un psicoanalista exige al paciente con la moral por los suelos que se vista bien, que se asee y que se sienta bonito antes de salir a la calle.

La desconfianza anula buena parte de las capacidades de la política económica. Hemos asistido a la indiferencia de los mercados ante la garantías públicas regaladas a la banca y, después, a la rebaja de los tipos de interés de referencia. Y hasta la victoria de Obama ha dejado impasible a los mengues de la depresión, tras el parto de la burra que ha sido el último año largo de pertinaz campaña electoral. Como si nada. La bolsa -de acuerdo, un termómetro desquiciado que resulta ser el paradigma de la economía financiera en su sentido más perverso, y no el indicador de la economía real que debería ser- ignora a las que se supone son buenas noticias. El paciente muestra una clara resistencia al tratamiento.

Hoy escuchaba a un veterano constructor de la tierra -con verdadera empresa en marcha desde mucho antes del boom y, también, después del crash- decir que ya está bien de hablar “en negativo”. Aducía, con razón, que más allá de los datos en pendiente descendente (el PIB, el consumo, la inversión) o rampante (el paro, la morosidad, el déficit), abundar continuamente en ellos sólo consigue realimentar el estado de las cosas. Pero hay otras razones de peso para abandonar el pesimismo. Por ejemplo, su visible efecto sobre la productividad. No hablamos de ésta como unos ratios con diversos denominadores y cocientes, sino de la productividad palpable, la que denotan las actitudes. Y esto es visible tanto en el pavor paralizante que atenaza a los empresarios y directivos (notarán ustedes que las páginas están diezmadas de reportajes de empresas, que son reacias a decir “mira qué mal lo tengo”), sino en la ansiedad que agarra a los empleados en general. El espectro del ERE y el del concurso de acreedores no ayudan a la productividad. Necesitamos calma y, quien pueda, que sea además optimista.

Mientras tanto, a los economistas, que han adquirido centralidad social, les llueven las bofetadas. Hay quien pone en duda la condición de ciencia de la economía, alegando que no es capaz de predecir ni de prescribir recetas útiles. Poco más o menos como le sucede a los médicos con el sida o la malaria. O a los biólogos con el cambio climático. O a los meteorólogos con ciertos desastres naturales.

Les juro que yo me había prometido no escribir sobre la crisis hoy. Pero ustedes me dirán cómo.