El tabú de los salarios menguantes
(Esto que sigue empezó a ser una respuesta a una pregunta de Lorenzo en el post “Nuestra propia tormenta perfecta“, pero me alargué tanto que decidí que fuera una entrada nueva)
Antes de responder a tu pregunta, un breve recordatorio que creo necesario, sin caer en excesos técnicos. En cualquier mercado, incluido el de trabajo, el precio (salario) se determina por el juego de la oferta y la demanda. En épocas de mayor dinamismo económico, habrá más demanda de trabajadores y el salario tenderá a subir. Y viceversa: en épocas de crisis, de atonía de la producción, la inversión y el consumo, habrá menos demanda de trabajo por parte de los empresarios y empleadores, y mucha oferta de trabajo por parte de los trabajadores potenciales, bolsa de parados incluidos. Si el mercado fuera perfecto, los salarios estarían bajando ya en España. Por suerte o por desgracia, no lo es. Pero desde luego el salario tiende a bajar. Esto es un modelo teórico si quieren, que las leyes de los países como España tutelan y limitan, a lo cual se une el hecho de que no existen verdaderos mercados “perfectos”, que es lo que subyace detrás de la ley de la oferta y la demanda, entre otros principios ideales.
Dicho esto, nosotros (España toda) tenemos un desfase negativo de competitividad que nadie niega. Nos podemos pasar la competitividad por el forro: una pose interesantona con un vodka helado en la mano, pero insensata. Turismo y poco más aparte, no producimos, vedemos ni servimos cosas que quieran los que compran esos productos o servicios fuera de su país, sea por falta de calidad o por excesivo precio. Podemos achacar nuestra falta de competitividad a “Zp malo” o a los empresarios malísimos. No es una hipótesis, el otro día lo dijo un líder sindical andaluz: “los empresarios tienen la culpa porque no piensan más que en la cuenta de resultados”… ¿en qué deben pensar para querer seguir siendo empresarios? ¿Quién debe resolvernos la papeleta?. También podemos proponer que la competitividad mejore vía aumento de la productividad general del trabajo español, en tasas por encima de la de nuestros países de referencia (con los que queremos compararnos social y económicamente, doy por convenido), lo cual está muy bien pero no es factible ni realista a corto plazo: a la historia me remito.
Como se repite una y otra vez, no podemos devaluar nuestra moneda (que no es “nuestra”, está en una cesta amalgamada llamada euro); y tampoco no podemos tirar de la economía y la “demanda agregada” con un incremento de un gasto público como prescribía Keynes: ya no hay dinero público para ello. Luego, técnicamente al menos, na cabe otra. Por eso lo decía.
Dicho lo cual, voy a ser osado esta tarde. Esbozaré a bote pronto por dónde creo yo que se debería empezar a recortar: nunca en los salarios más bajos ni en los medio-bajos; sí en la nomenclatura política elefantiásica, incluidos los salarios efectivos y en especie de los excesivos altos cargos y asesores y presidentes de instituciones de dudosa utilidad (no ministros y presidentes de gobiernos, que cobran sueldos moderados en nuestro país); sí en los excesos retributivos que en nuestro país se han establecido con las vacas gordas para tecnócratas de grandes empresas públicas y privadas-subvencionadas; sí en las castas técnicas extraña y excesivamente privilegiadas de empresas en el fondo públicas, como Aena; sí congelando salarios públicos mientras la cosa dure, de manera “progresiva”, como en el IRPF: recortar sueldos a funcionarios mileuristas o casi -que son muchos, y han ganado su plaza- que cobran para llenar el carro del híper y pagarse unas vacaciones no me parece de ley. Se me ocurren más formas de empezar a recortar, pero quizá alguien quiera apuntar sus soluciones. O bien alguien quiera defender por qué los salarios tienen que ser rígidos cuando las empresas no ganan dinero y el país puede irse al carajo.
Me gusta menos que poco haber apuntado una solución (que por cierto, economistas del gusto de la izquierda, como San Paul Krugman, han prescrito para España) que hoy salta a la prensa como propuesta del FMI. Pero no se trata de patalear o seguir tocando el violín mientras la nave se hunde, sino de debatir soluciones. Claro, que si lo que tenemos es un Aznar que dijo ayer que “nadie hizo tanto daño en tan poco tiempo como Zapatero” (adobado con una nueva expresión típica de quien confunde ya su español y su inglés, uf: “extremamente”, dijo nuestro ex-presidente en otra parte de su última filípica para atraer focos, en vez de “extremadamente”) y un Montoro que no para de arrear cera pero cuando se le pregunta si quiere reducir la indemnización por despido dice que no… aviados estamos. Una Gran Coalición a la alemana en España en estos momentos es como pedir… no sé, dejémoslo en peras al olmo par no faltar a nadie.
Yo me he despachado a gusto, espero comentarios. Desde que se publicó “Nuestra propia tormenta perfecta” en los diarios de Grupo Joly el sábado, he recibido varias collejas morales por mencionar los recortes salariales como posibilidad; sea como medida acordada por las fuerzas sociales, sea como, a la postre, realidad inexorable. Todos hablan fuera de nuestras fronteras de la cosa. Dentro, que yo sepa, poquísimos. Miremos para otro lado si queremos.


