Archivos para el tag ‘Paro’

Gracias, Mónica

Tacho Rufino | 28 de abril de 2014 a las 15:50

SE agradece la sinceridad. Evita tiempo, y delimita el terreno del juego de las rivalidades y las negociaciones. Que la presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica de Oriol, afirme con indignación malamente contenida que los ninis (jóvenes sin trabajo ni formación) son una rémora parasitaria que “no sirve para nada” retrata perfectamente no ya la opinión de esta portavoz empresarial, sino la opinión de otras personas que demuestran una crueldad social digna de encomio cuando se refieren a colectivos desfavorecidos. En este caso, un colectivo que fue favorecido por el exceso inmobiliario que nos narcotizó y euforizó por turnos durante una década, desastrosa a la postre. Los pobres diablos, condenados al paro eterno, y encima apestados socialmente. Gente que dejó de estudiar embebida por el fajito de billetes de cincuenta en la cartera cada viernes, que compró coches negros de gama media y alto petardeo, reventones de yantas y decibelios; chicos ganando de dos mil para arriba en la construcción, con zapatillas deportivas alucinógenas, que tiraba de billetes desde el viernes al domingo como un señor. “Mi hijo no es de ésos; mi niño sí sirve para algo”, debe de pensar Oriol. Con amigos como ésta señora o el otrora presidente de la CEOE, Díaz Ferrán, quién quiere enemigos, dirán muchos empresarios, que tienen que soportar ser “representados” por personas con esta ligereza de barbuquejo. Es muy curiosa la condición de representante patronal. Por lo general, de entrada, bastantes de ellos no han sido ni son empresarios, y algunos mejor que no lo hubieran sido por el bien de este colectivo indispensable para la creación de empleo. Además, por lo general, las empresas no se organizan alrededor de patronal alguna: el empresario es más un cazador solitario que un miembro gregario de una asociación que no le reporte negocio o financiación. Me temo que Mónica de Oriol, en la trastienda de su intención, busca con estas palabras que la han lanzado al estrellato de la semana seguir consiguiendo abaratamientos laborales; precios de saldo que, comparados con los de nuestro entorno, la Unión Europea, son ya de risa. Con sus palabras, la empresaria -que lo es: es presidenta de Seguriber, una empresa de seguridad que trabaja muchísimo para lo público- ha conseguido que mucha gente recoja el bumerán y lo lance a la española, a la tremenda: “Los empresarios sí que son parásitos de la sociedad”. Oriol ha conseguido que demasiada gente vuelva a poner en duda la competitividad de nuestra empresa media, que sólo parece ganar capacidad de competir por la vía de los salarios. Gracias, Mónica.

El darwinismo concentrador

Tacho Rufino | 8 de diciembre de 2012 a las 22:57

LA reconversión del sistema de relaciones corre que se las pela: lo que hubo casi ha desparecido, y todavía no hemos entendido cuál es la profundidad del cambio de era. No el cambio de era de los maya del día 21 -sin cataclismo, a poder ser-, sino el menos místico, o sea, el de la involución y la teletransportación de un país a algunas décadas atrás. El proceso de deterioro de las relaciones económicas lo percibimos por síntomas micro y sociológicos de andar por casa, como la creciente legión de buscavidas por la calle, o la fatuidad de unos grafiteros cuyas artísticas deposiciones nadie limpia ya, o las farolas y semáforos repletos de ofertas de servicios baratitos pero con mucho menos papeles que la propia farola, o por el descenso del tráfico a motor y la desaparición de las colas en las gasolineras, o por la vuelta de los nativos al autobús público, o por la eclosión de bares refugio antidesempleo y el poco dinamismo del consumo de sus clientes. Si subimos al observatorio macro, utilizamos indicadores para apreciar técnicamente la deriva del deterioro público y privado en España: el PIB cae y más que va a caer (Funcas augura una caída del 1,6% en 2013), el paro crece sin que se sepa si el ascensor ha caído al piso más bajo (los últimos datos nos colocan de media en un paro registrado de 4,9 millones de personas; Andalucía acapara una parte más que proporcional en este oprobio). Pero, con todo, el dato más descorazonador es el que atañe a la destrucción de empresas. Es ésa la sangría originaria a parar.

La velocidad de la mortandad de empresas es superior a la caída del producto, y también es superior al incremento del paro. En su mayoría, las empresas que caen son pequeñas y medianas, lo cual forma parte de la escabechina darwinista que se manifiesta en mayor concentración de riqueza, tendencia al oligopolio y, en definitiva, inestabilidad social y falta de libertad emergentes. El crédito que hay es para los más grandes, para su refinanciación o para posibilitar la merma del empleo galopante mediante la financiación de unos despidos que no por muy abaratados dejan de ser costosos. Money for nothing, que cantaban Knopfler y Sting: dinero para nada. Mientras, la mortalidad se ceba con las pymes. De las más de 450.000 empresas que han desparecido en España desde 2008, la mayoría son autónomos, microempresas o pymes. Es decir, las bajas provienen de eso que vendemos como emprendedores, los salvadores de su vida y parte de la de los demás. Este tipo de empresas son la epidermis de nuestro sistema económico, el 99% de las empresas nacionales. Las de cercanía, las familiares, las del hombre o la mujer hecha a sí misma, las del autoempleo, las que tienen mayor responsabilidad con los trabajadores con quienes a diario convive físicamente. No las grandes empresas cada vez más grandes y de difícil trazabilidad y control, acaparadores del soma del crédito y los contratos públicos (el 20% de los ingresos de las empresas del Íbex son públicos), dribladoras del impuesto, capaces de perturbar los precios y los mercados, por no hablar de las voluntades políticas de aquellos que esperan ocupar un puesto de buena plata en un consejo: “Su sillón, gracias por los servicios, ministro”. Las grandes empresas -España las tiene de relumbrón- son necesarias y son las grandes fuentes de empleo, innovación y exportación. Pero su concentración y la correlativa desaparición de las pequeñas empresas son realidades nefastas para la cohesión social, y también para la libertad individual (¿paradoja? Qué va). Por ejemplo, sin medios de comunicación de mediana dimensión la democracia será una farsa mayor. Sin competencia real en el mercado de la energía, nos están friendo con la alucinante connivencia del Gobierno.

Y si encima por la cúpula patronal transitan granujas sin la mínima responsabilidad social más allá de paripés, sino con el máximo de capacidad de trinque, apaga y vámonos.

¡Un joven con puesto fijo!

Tacho Rufino | 20 de septiembre de 2010 a las 22:45

happy tearsNo ha podido evitar las lágrimas delante del jefe de Personal de la empresa y de su jefe directo. Y eso que no le comunicaban el despido, sino una propuesta de contrato fijo. El joven, tras transitar diversas formas contractuales y salariales precarias, no daba crédito. Él ha ofrecido a su empresa durante varios años sacrificio, ganas de aprender, profesionalidad, buen talante en equipo, humildad y perseverancia, educación… aparte de carrera, posgrado e idiomas.  Y todas las horas del mundo. A cambio de 500 euros al mes, sea como becario, como colaborador o, en definitiva, como sea. Tampoco le importó salir de su Córdoba natal para irse a Barcelona a compartir un piso. Un empleo estable es algo tan extraordinario para nuestras cohortes de jóvenes españoles sobradamente preparados, que conseguir a cambio de ello un trabajo estable y medianamente pagado (muy medianamente, eso sí) mueve a las lágrimas. Para reflexionar. Y, lo dicho: para llorar.

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La ‘matrioska’ del paro español

Tacho Rufino | 11 de septiembre de 2010 a las 12:29

MatrioskaAunque el informe del Foro de Davos presentado el jueves nos ha degradado en sus clasificaciones mundiales de competitividad, innovación, tecnología o Educación Primaria, España está entre los diez países con mayor PIB del mundo, y alrededor del número 20 en PIB per capita (países poco poblados y con pintorescas peculiaridades sociales o fiscales como Brunei, Macao o Luxemburgo nos adelantan cuando el producto nacional se divide por los habitantes respectivos). España también es un país que figura alto en los rankings de industrialización, y es un “invitado permanente” del G-20, un logro de Zapatero en su época rampante. Nuestro país tampoco suele andar mal, entre el puesto 15 y el 20, en las clasificaciones oficiales Desarrollo Humano, cuyo índice que se calcula a partir de la propia renta per cápita, la esperanza de vida y el nivel educativo. Sin embargo, España tiene su verdadera lacra en el paro, y es particularmente desastrosa nuestra posición en las tasas de desempleo juvenil (del 40% de la población activa menor de 25 años según las estadísticas recientes, más del doble que la media europea, de lo cual se preocupaba esta semana el NYT). Además, según hemos sabido esta semana, casi la mitad de nuestros jóvenes con titulación superior –los ‘menos’ parados, eso sí– se ganan la vida infraempleados, o sea, desempeñan trabajos diseñados para cualificaciones inferiores a las suyas. Esto último no sólo sucede en España, pero sucede aquí con mayor intensidad que en nuestros países de referencia. Ahondando en el mapa del empleo español, un estudio de Igualdad presentado el martes concluye que la brecha salarial entre hombres y mujeres descendió a un 22% en la ganancia anual: un buen dato, pero agridulce, dado que está también muy fuera de los valores de los de otros países con los que debemos compararnos.

Varias interrogantes surgen de este panorama, todas ellas inquietantes y que casi se responden solas: Si los que están preparados se emplean poco y mal, ¿cuál será el capital humano de este país a la vuelta de diez o quince años?; ¿qué pasará con el sustento y el retiro de esa generación perdida que es víctima de la precariedad, y a qué tipo de patologías sociales dará lugar si son, en el mejor caso, dependientes de sus familiares e ínfimos subsidios y, en el peor, pobres crónicos con baja capacidad de consumo y regeneración demográfica?; ¿quién va a pagar y con qué dinero las pensiones de las futuras generaciones mayores?

España juega –todavía– en primera división si nos atenemos a las cifras macro y sus combinaciones. Pero no hay motivos para ser optimistas en cuanto al mantenimiento de este estatus en el mundo. La pésima calidad y retribución del empleo de varias generaciones de jóvenes –que, paradójicamente, son las mejor formadas de la historia española– es una rémora estructural de profundas raíces. Las soluciones no vienen con una mayor formación: la sobrecualificación es un hecho, y el principio de Say (“la oferta crea su propia demanda”, en este caso de empleo cualificado) no se da en España, tristemente. La cacareada falta de adecuación de la formación universitaria a la demanda empresarial –un cansino mantra de las organizaciones patronales– también es falaz: no es que no se adecue la oferta a la demanda, es que la demanda es estática y poco cualificada a su vez. La actitud general de las generaciones jóvenes reticente a la movilidad geográfica y al autoempleo, además de tendente al empleo público. El problema español es el paro, y tiene una matrioska pequeña y perversa en su interior: el paro juvenil. (Por lo menos, los erasmus se quitan las orejeras durante un tiempo y hacen una simulación de cómo ganarse la vida fuera, y se dice que Alemania necesita 500.000 inmigrantes al año para aguantar su crecimiento futuro. Algo es algo.)

No es país para pactos

Tacho Rufino | 8 de febrero de 2010 a las 15:53

FranciscodeGoya-Dueloagarrotazos

REVISANDO la cronología de los hechos más relevantes del año pasado, resalta la siguiente noticia de 25 de noviembre, fascinante: “Detienen a 42 ancianas en Chipre por jugar al póquer, prohibido en esta isla mediterránea. Las mujeres, de 75 a 85 años de edad, habían sido denunciadas por molestar a sus vecinos con sus idas y venidas. Después de ser acusadas por su delito, fueron puestas en libertad”. Me imaginé unas breves escenas de los hechos: esas viejecitas encorvadas, vestidas y tocadas de negro, apostadas por las esquinas, silbándose notas secretas, dando renqueantes sprints de portal a portal con las enaguas y el refajo remangados, intentando despistar a la Policía mientras se dirigen a la hora convenida a la casa-garito donde va a tener lugar la timba… en fin, un espectáculo impagable que, sin embargo, los vecinos no toleraban, supongo que más por culpa del tercer tiempo tras la partida, en la que las ancianas habrían libado lo suyo, lo que provocaba que la salida de vuelta a casa fuera desconsiderada con el descanso de sus poco condescendientes vecinos. Tras fantasear con esa puesta en escena, fue sin duda el estrés de las noticias sobre el sistema de pensiones en nuestro país lo que me llevó a relacionar ambas cosas: si alguien es capaz de jugarse la libertad por jugar con vocación al póquer, ese alguien está en condiciones de ejercer algún tipo de trabajo remunerado. Tener 75 años, e incluso 85, no es óbice para hacer cosas más o menos valiosas. En lo tocante a la longevidad laboral, no es lo mismo haber estado trabajando de camarero 50 años que haberlos pasado dando clases de latín. No se puede comparar los 32 años de un futbolista de poquito desgaste, como el inflacionado Guti, que los de su compañero Raúl. Los trabajos menos cualificados son más penosos, y el anuncio del retraso de la jubilación no tenía en cuenta esta cuestión. Al día siguiente, Salgado dijo que sí, que eso entra dentro del área de negociación y tal, pero de nuevo la sensación de precipitación que expelen nuestros máximos dirigentes se muestra desnuda. A esto vamos.

Ejemplo contrario de la receta de no dar puntada sin hilo, el debate de las pensiones ha sido para el Ejecutivo español una prueba de la que, de momento, no ha salido airoso. Las lógicas exigencias de una Europa que hace suyo el “España como problema” de Laín Entralgo han forzado a una respuesta a España. El temor por la inestabilidad que nuestros paro, déficit, deuda y falta de competitividad pueda ocasionar al euro ha hecho que Europa, comandada por Alemania, nos pida sacrificios. Y en vez de agarrar al toro por los cuernos y tomar decisiones con efectos a corto plazo (recortes presupuestarios de entidad con la mayor justicia social posible), se arrea una patada a seguir, mandando el balón hasta no se sabe dentro de cuántos años, cuando el natural retraso de la edad de jubilación comience a tener efectos en las cuentas públicas. Todo menos perder el cuello electoral, y mira que 2012 queda lejos.

Desde dentro también se le exige al Gobierno diligencia en la política económica, aunque la impresión que da el otro bando es de no querer arrimar el hombro lo más mínimo. Si cambias y coincides con lo que yo defiendo, cambio mi discurso y leña al mono. Libro de Aznar aparte, ¿alguien sabe cómo parar la sangría del empleo, el único caballo de batalla de la oposición, como si las legiones de parados no fueran consecuencia no ya de la crisis mundial, sino de las enormes bocanadas que los gobiernos -del PSOE y del PP- han insuflado en nuestro modelo productivo sin futuro? No nos ayuda a afrontar la realidad la innata incapacidad hispánica para entendernos en momentos de emergencia, la obsesión por afirmarnos siempre en contra de un enemigo: “la patria”, pura boquilla. Lo mismo que los alemanes, igual igual. La única ancla posible parece descartada ante la carrera que Zapatero debe correr en solitario (“se lo merece, que se joda”, dirán algunos): una mesa nacional de emergencia, en la que partidos, autonomías, sindicatos y empresarios se sentaran sin cartas marcadas. Y sin jugar al póquer como las tahúres abuelas chipriotas. ¿Se imaginan? A mí me cuesta mucho.

(Arriba, Goya, “Duelo a garrotazos”)

A ver si aceptan la cartilla del paro

Tacho Rufino | 4 de julio de 2009 a las 16:15

EN esta semana hemos vuelto a sufrir en nuestras entendederas económicas eso que los psicólogos llaman disonancia cognitiva. Por un lado, hemos sabido que el paro ha descendido, lo cual es una buena noticia por mucho componente estacional que la adorne. Por otro, el think tank de Unicaja, Analistas Económicos, nos ha dado la de arena: sus modelos predictivos nos advierten de que antes de que acabe 2009 estará parado uno de cada tres andaluces en edad de trabajar. Las personas, según la teoría de la disonancia cognitiva, tendemos a arreglar la incongruencia que ataca nuestra mente, muchas veces mediante simplificaciones de la realidad, e incluso mediante la técnica de ignorar aquello que nos perturba. El ministro de Trabajo, Corbacho, dice que hemos tocado fondo y que los muy hartibles brotes verdes ya tienen cuerpecito de lechuga. Pero las huestes analistas de Villalba nos tiran el bocado de cruda realidad, y vaticinan un futuro inmediato de lo más quieto: la crisis, al final, se llama paro. Es cierto que Andalucía cuenta con una población joven, que aporta más gente a las listas del paro por puro crecimiento vegetativo, pero ese argumento no justifica más que una parte de nuestro liderazgo en desempleados: también se destruye más empleo aquí.

La economía, como la propia vida, evoluciona con el motor de la dialéctica. En un pasado no remoto, la política económica se debatía entre combatir el paro y combatir la inflación, y las recetas para cada uno de esos propósitos resultaban ser contrarias a las recetas precisas para el otro. Las bondades de consumir y las de ahorrar para un sistema económico también son contrarias, o cuando menos complementarias. O nadas o guardas la ropa. La falta de actividad laboral, por su parte, tiene dos efectos perversos. Primero e inmediato, que las arcas públicas se drenan con las prestaciones que recibe quien se queda en la calle y en su casa. Esto, a su vez, tiene como efecto un empobrecimiento general, ya que los gobiernos se ven forzados a subir los impuestos (tabaco, gasolina, ¿IVA?) y también las tarifas de los suministros básicos que, indirectamente, suponen ingresos públicos: nos acaban de anunciar una electricidad más cara… para un país más pobre. Segunda perversión, la caída de la renta familiar -y, por tanto, de la confianza en el futuro- provoca un desplome del consumo, con tercas excepciones: ayer se podían ver en los comercios laberínticas colas de personas, quien suscribe incluido, deseosas de pagar los trofeos de las rebajas. La caída del consumo es particularmente nociva para un modelo económico como el español, cuyas dos patas básicas han sido el propio consumo y el crédito para comprar casas hinchadas de precio. El modelo andaluz reproduce la patología del nacional de una manera más acusada que otros territorios. Más allá del turismo, nuestra ventaja competitiva sostenible, que diría Michael Porter, está por descubrirse.

Permitámonos recordar aquella Veneno en la piel, de Radio Futura, que se antoja premonitoria de esta letal disonancia entre paro y consumo, de la que no es fácil zafarse: “Pero primero quieres ir a cenar, y me sugieres que te lleve a un sitio caro, a ver si aceptan la cartilla del paro, porque si no lo tenemos que robar”.

Brotes verdes fritos

Tacho Rufino | 8 de mayo de 2009 a las 19:33

“Date por fastidiado”, reza el dicho en su versión light. Los responsables políticos en general, y los del área económica en particular, sólo pueden perder en el actual estado de cosas, y su tostada siempre caerá con la mantequilla para abajo. Es difícil atinar en el juicio sobre el curso de la crisis, sobre todo cuando la tribulación es máxima y nada resulta previsible. Pero, aun así, a Zapatero, a su caporegime María Teresa y a la gélida Elena Greta Salgado les toca dar la cara. Salgado dijo ayer que veía “brotes verdes” en la economía. Qué bella metáfora, aunque a estas alturas de nada vale dar crédito a los diagnósticos y pronósticos del Gobierno; primero, porque no suelen atinar, segundo, porque son incontinentes: De la Vega dijo ayer sin empacho que “lo hacemos bien”, y que el Gobierno “se siente satisfecho”. Justo la actitud contraria a Obama, que se siente “pleased” tras sus primeros 100 días de presidente, pero “no satisfecho”. Modesto, bájate del árbol que se van a subir Zp y nuestra vicepresidenta más ejecutiva. Salgado es más prudente: ella ve brotes verdes en la economía, como los que surgían con las pisadas de los caballos de las tropas de Sir Ivanhoe, cuyas huestes cabalgaban refundando Inglaterra al ritmo euforizante del Carmina Burana. La luz al final del túnel, una bocanada de aire fresco, un fósforo en la oscuridad, el final de la travesía del desierto… o los brotes verdes. La expresión no es suya, sin embargo. Salgado utiliza una expresión común en inglés. Es más, Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal USA la utilizó hace poco más de una semana. Dios la oiga, ministra, aunque las palabras las pronunció con poca convicción; la mirada esquiva y media boca.

Esperemos que nadie queme esos brotes que la ministra de Economía vislumbra y no precisa. Es de suponer que se refiere a la reapertura de las compuertas del crédito: las familias tomaron prestados 7.000 millones de euros en el mes de marzo, el nivel más alto desde julio de 2008. Tanto el crédito al consumo como el hipotecario y los préstamos a empresas parecen renacer tras el catenaccio de una banca terriblemente asustada y pasiva. El de la liquidez es un brote verde, y es a su vez la piedra de toque para cualquier otro brote verde en la economía familiar y empresarial. Sin embargo, poco más se puede decir para alegrar el alma a los españoles, más allá del voluntarismo que aqueja a tantas ruedas de prensa. Los otros brotes, de haberlos, quizá estén tan fritos como los tomates verdes de aquella película de amor entre mujeres. Por ejemplo, la desaceleración del ritmo de destrucción de puestos de trabajo es un brote verde frito: a los miles de nuevos parados diarios no les consuela la moderación del porcentaje de aumento del paro registrado. Y hasta el aumento del último índice de confianza de los consumidores es un brote, si no frito, recalentado: mucho más bajo no se podía llegar. Teníamos la moral por los suelos y el corazón de corbata, la verdad. Probablemente la confianza había tocado fondo. Hasta para nuestros allegados más positivos, nuestros optimistas de cabecera (todos tenemos uno). Confianza y liquidez, agua para los brotes.

Parados y quietos

Tacho Rufino | 17 de noviembre de 2008 a las 9:44

 José Ignacio Rufino | Publicado en la sección Andalucía de los periódicos de Grupo Joly ayer domingo

LA crisis, al final, se llama paro. Un nostradamus con pedigrí me acaba de profetizar que en 2010 habrá cuatro millones de parados en España, de los que Andalucía absorberá una porción desproporcionada, llegando en Andalucía, siempre según mi oráculo de guardia, al 20 por ciento de la población activa. Que se equivoque, por Dios. Sea como sea, uno de los procedimientos laborales que más llenarán ese malhadado saco del desempleo será sin duda el denominado ERE, que todo el mundo conoce ya, al menos de forma intuitiva. Los rumores de corrillo en las empresas, acelerados por la inquietud, precisan hasta la cifra de los que van a ir a la calle, en muchos casos sin gran fundamento: “un ERE de 17 personas” ó “un ERE del 20 por ciento de la plantilla” … “¿Estaré yo entre ellos?”. Hay dos motivos para presentar un expediente de regulación de empleo, o sea, para despedir con el beneplácito de la autoridad. El primero, el natural, prescindir de empleados debido a causas económicas y técnicas, es decir, por un descenso brusco de la carga de trabajo, cosa que pasa a día de hoy a no pocas empresas. El segundo, menos acorde con la normativa que regula estos procesos de despido, es para aligerar la plantilla, sobre todo de aquellos que “salen caros”. Se trata de una especie de aligeramiento preventivo aprovechando los trenes baratos. Cabe, bien mirado, apuntar otra causa para estos despidos colectivos, que es prima hermana de la anterior: toparse con la oportunidad de quitarse de en medio a los quietos. Tres tipos de ERE, que podríamos bautizar como sigue: el de supervivencia, el preventivo y el de “saneamiento”. Extendámonos un poco con esta última variante.

Arcadio Ortega, presidente de la Academia de Buenas Letras de Granada y rara avis que, como Espronceda, combina profesionalmente poesía y economía, afirma que “el problema de España no son los parados, sino los quietos”. Se referiría sin duda a los vagos, a los enfermos natos y a los tecnócratas a los que se busca retiro y mamela, entre otras especies autóctonas (seguro que en Finlandia también las hay, pero las de aquí nos son más familiares… ¿se le ha venido a la cabeza la cara de alguien?). Pues bien, el cirujano laboral, ante el clima favorable -es un decir- que justifica la suelta de lastre, descubre de pronto la posibilidad de quiatrse de en medio al incómodo, y también al ineficaz y al cara crónico. Al quieto.

El Don Tancredo de la oficina o el taller ha sido también señalado esta semana por el presidente de la Confederación de Empresarios de Sevilla, Antonio Galadí, tras hacer públicas las conclusiones sobre el estudio La Sevilla socioeconómica, dirigido por el profesor Ferraro: “En Sevilla se trabaja poco y poca gente”. O sea, mucho quieto y mucho parado, que no es lo mismo: mientras aquéllos están en nómina, éstos últimos, en el mejor de los casos, perciben un subsidio. Por cierto, en nuestra región en general, y en Sevilla en particular, según concluye el estudio, tenemos más incapaces permanentes. Y no hablamos de tontos o de imposibilitados sexuales, sino de gente que no puede trabajar por enfermedad o minusvalía… y algunos que, pudiendo, fingen no poder doblarla. Superamos a España en más de un punto en incapacidades permanentes pagadas. El dato es como para filtrárselo a un botiguer catalán o al mismo Carod-Rovira… Si queríamos darle argumentos para la cantinela -sólo veraz en una parte menor, en mi opinión- de la Andalucía subsidiada y la Cataluña vampirizada por meridionales zánganos y palmeros, de estéril regate corto, no podríamos haber encontrado mejor fórmula.

Andaluces a gustito

Tacho Rufino | 27 de octubre de 2008 a las 19:55

Artículo publicado ayer domingo en los periódicos de Grupo Joly

(J.I.Rufino, El Bolsillo: Estamos tan a gustito)

LOS andaluces somos una mayoría simple. Como región, somos los más numerosos, aunque no hegemónicos. Ya lo decía la canción de Silvio (y Sacramento), que al Sur de la Gran Bretaña se sentía acomodado: “hay más sureños, se reproducen más”. Nosotros, que hemos cedido de balde las señas de identidad folclóricas a todo el país durante décadas -a lo cual hemos cogido el gusto con mucho arte y salero-, seguimos siendo genuinos españoles. Y nuestros rasgos, digamos, sociológicos tienen mucho que ver con los del país en su conjunto. Un poco exagerados, eso sí, lo cual es también muy nuestro. El Barómetro Joly Andalucía no tiene desperdicio en este asunto. Según la encuesta realizada por esta casa en las ocho provincias, estamos felices de ser de donde somos y vivir donde vivimos. Más que eso, el grado de “satisfacción vital” de los andaluces es alto, y sólo un 25 por ciento de los aquí residentes está poco satisfecho. A la espera de ulteriores pesquisas estadísticas, debemos temernos que esta minoría está sobre todo compuesta por forasteros cenizos que no acaban de adaptarse; de esos que, en cuanto se toman dos cervezas, empiezan a largar sobre la tierra que tan cálidamente los acoge.

Otros estudios complementarios han concluido con tozudez que estamos no sólo muy contentos del Andalusian Way of Life, sino que, en ese sentido, estamos más contentos que el resto de hermanos españoles (que, a su vez, también están más contentos con su vida que los parientes de la Unión Europea). Uno de nuestros lemas ancestrales -¡Que no decaiga!- responde pues a la perfección al espíritu que, en general, nos ayuda a sobrellevar este valle de lágrimas. Porque la cosa, no vayamos a negarlo, está la mar de fea, a lo cual no somos ajenos, según constata también el Barómetro. Contentos, sí, pero no tontos. No nos equivoquemos.

Los datos denotan que el andaluz medio, sin diferencias notorias por provincias, está en sintonía con la realidad ambiental, y pronostica que el paro va a ir a bastante peor. No hagamos sangre hoy domingo y obviemos comentar los datos de desempleo hechos públicos esta semana, lo que no quita para que sí nos hagamos eco de otro resultado significativo de la encuesta: el andaluz cree mayoritariamente que la situación económica general de Andalucía es peor que la de España, y apuesto la mayoría de los encuestados no leen los informes anuales del BBVA, La Caixa o Funcas. Hay dos sustanciosas excepciones. La primera, la de los votantes del PSOE, que mayoritariamente opinan que eso no es así: Chaves tiene millones de pretorianos en sus piretas filas de votantes. La segunda, la de los almerienses, malagueños y onubenses, que creen que, económicamente, estamos aquí mejor. No me atrevo a aventurar por qué creen eso, sobre todo en alguna provincia. Los que lo ven más crudo con respecto al resto del país: gaditanos, sevillanos y onubenses pero, sobre todo, los jiennenses, para quienes no parece haber dudas sobre la dimensión del marrón coyuntural y estructural. Los granadinos también diagnostican con pesadumbre, pero tanta. En cuanto al pronóstico, el Barómetro ratifica que los andaluces estamos conectados a los negros presagios y augurios que circulan: de aquí a un año, todo irá peor. El acongoje general, tan sensato como inducido, ha calado en la Baetica romana. Felices, y conscientes.

(Unas páginas detrás del Barómetro, el periódico informa de que los españoles no somos los más reacios a salir a trabajar fuera. Dentro de España, ¿adivinan quienes somos los menos móviles? Pues sí, nosotros los andaluces. ¿Quién se quiere ir del convite cuando aquí estamos tan a gustito?)

Leña al superávit, que es de goma

Tacho Rufino | 21 de mayo de 2008 a las 9:28

En corto; atentos al silogismo:

  1. El actual superávit de los presupuestos públicos se ha nutrido de los ingresos que vía impuestos genera una economía con alto nivel de intercambio y altos porcentajes de crecimiento año tras año: véase España.
  2. Las liberalidades electoralistas (400 euros por barba contribuyente, la más flagrante) y el descenso progresivo de la actividad general -¿imprevisible? Noooo…- merman los ingresos públicos, presupuestados con base en unos niveles de crecimiento previstos muy superiores a los que , a la postre, se están registrando.
  3. Ergo: el superávit puede volatilizarse de aquí a final de año, cuando comenzará a registrarse déficit presupuestario durante el tiempo que la crisis tarde en enfriar la economía para resurgir de las cenizas. El paro (muy) creciente y los subsidios y no cotizaciones que provoca son los elementos básicos ddel engorde del déficit que viene.

(Hace unos cuatro meses escribí una columna sobre el asunto en RdA, puede pihcar aquí para verlo el-presupuesto-no-tiene-quien-lo-quiera.pdf)

Datos y cosas:

  • El superávit se ha reducido a la mitad en los tres primeros meses del año. El Gobierno, además, quiere estimular la economía gastando 10.000 millones de euros extra de ese presupuesto.
  • Se pensaba crecer este año al 3,3% de aumento del PIB (revisado a la baja: 3,1%, 2,3%…). The Economist valora nuestro crecimiento este año en ¡el 1%!
  • ¿Para qué sirve el superávit? Es, primero, un síntoma de rigor en el manejo de las arcas públicas. Segundo, es una de las pocas garantías ciertas para intervenir en la economía desde lo público sin hipotecarla.