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Una Europa para pocos europeos

Tacho Rufino | 23 de abril de 2012 a las 15:33

La palabra suicidio está presente en los comentarios económicos de una manera creciente e inquietante. Un suicidio económico es lo que Europa se está propiciando a sí misma. El paradigma de política económica imperante desde hace varios años en la Unión Europea consiste en algo sencillo de entender: los países deben primero reducir su deuda pública y privada, que se considera excesiva. Paralelamente, deben meter en cintura a su déficit público, con el objetivo más o menos inmediato de eliminar completamente la diferencia entre los gastos y los ingresos públicos. Este rigor presupuestario está ya provocando oleadas de despidos en el sector público. Decenas de miles de personas al paro, para aliviar la carga salarial pública, el famoso “Capítulo I”. Decenas de miles de particulares y familias que se ven abocadas a la austeridad. Mejor dicho, a la degradación del consumo, un consumo que alimenta a la postre a la actividad empresarial y al nivel de empleo.

Lo mismo cabe decir en el mundo e las empresas. Sin crédito ni expectativas, y con un Estado compelido a no gastar (el gasto público es uno de los ingredientes del crecimiento; miren a su alrededor y vean si no cuántas empresas privadas trabajan –o trabajaban– con el sector público). Tomando prestados los ejemplos del artículo de Carlos Gorostiza convertido en trending topic, titulado ¡Yo aviso!, la austeridad inducida desde lo público a los individuos e individuas de a pie puede resumirse así: no cambiaremos de coche y ni de lejos pensamos en uno nuevo; veranearemos menos y dejaremos de alquilar apartamentos ni habitaciones de hotel; marca blanca como norma (el comunismo consumista, podríamos llamar a esta irrefrenable tendencia, también inducida por la canina y el miedo); nada de ropa de marca si no es de outlet o segunda mano; reducción drástica del gasto en gasolina (no pisarle, disfrutar de la conducción lenta; bici, metro o autobús); baja de la tele de pago y “consolidación” –o sea, recortazo—del gasto en móvil familiar; reingeniería de los seguros familiares; tirar para adelante con las mismas gafas dos años más; dejar de comprar libros y prensa; no comer nada fuera de casa, etcétera. Hagan cálculos grosso modo: ¿cuántos puestos de trabajo van a quedar vivos en este país? ¿Quién va a crear otros?

Krugman dice que los políticos gobernantes en Europa están decididos a tirar a su continente por un precipicio, a suicidarlo. La política de austeridad por encima de cualquier otra consideración y como arma exclusiva de política económica sólo interesa a Alemania, que es de donde proviene este dogma. ¿A quién conviene tal política de austeridad, tenida como única arma? A Alemania, que se financia a coste cero… de momento. Porque la oleada destructiva –autodestructiva— de la Unión Europea acabará afectando a los países que parecen más a resguardo de ataques financieros exteriores y parálisis auotinfligidas. Es cuestión de tiempo. La austeridad hunde a las economías deprimidas –como la española—en una depresión más profunda. Los problemas fiscales o presupuestarios españoles, que hace apenas cuatro años no eran graves en comparación con el resto de países miembros, son en buena medida consecuencia de la depresión, no su causa. La austeridad pura y dura, los sacrificios que mandan a la calle a hornadas insostenibles de nuevos parados, las empresas privadas anoréxicas o condenadas a cerrar: un panorama en buena parte provocado por el ciclo, las burbujas especulativas, la falta de competitividad (de todo un continente tarde o temprano, no sólo de España, Grecia, Italia o Francia) no se solucionan matando a la economía. Alguien tendrá que forzar a Alemania a no aprovechar una tesitura ruinosa de sus socios, a los que se castiga como a niños malos. La Unión Europea fundamentada en el euro, actualmente, no ofrece futuro. A España, desde luego que no. Mientras, los que no creen en lo público (o sólo creen en lo privado) aprovechan la tesitura para desmontar lo que, lamentablemente, será difícil de recuperar. Apuesten por una creciente demanda de salida del euro por parte de gente desesperanzada. SI profundizamos con la fe del neoconverso en la línea actual. Apuesten por el populismo creciente y por la inseguridad de quienes más tienen. Porque quienes ya no tienen empleo ni perspectivas saben lo que es la inseguridad perfectamente.

Y otra apuesta segura: las exigencias desde el exterior de no seguir hundiendo a Europa en un pozo del que será difícil salir. Al mundo no le interesa una Europa que sólo interesa –y a corto plazo—a la todavía poderosa Alemania. Vean este artículo del Washington Post de hoy: El dolor español puede hacer mucho daño a la economía mundial (The pain in Spain could hit the worldwide economy), de Robert J. Samuelson.

Mi sota, mi caballo, mi rey

Tacho Rufino | 6 de marzo de 2012 a las 12:14

Uno de los lugares comunes económicos de los últimos tiempos es afirmar que quienes se quejan de los desastres de la austeridad ciega no se atienen a los datos: “¿De qué austeridad hablamos, si el déficit público no para de crecer?”. Hace unos días le leí al chileno John Müller –columnista económico y director adjunto de El Mundo— descalificar a Paul Krugman (El patinazo del Nobel) por criticar como suele las políticas de austeridad, recorte, reforma, precisamente utilizando el argumento, aplicado al caso británico creo recordar, de que el déficit público no había parado de crecer. Luego, ¿qué se le critica a Cameron, si el gasto no ha parado de subir? ¡Es falaz que se esté practicando una política de recortes! A veces con reiteración de papagayo que encontró su argumento estrella para la semana, no pocos han suscrito tal argumento, que no es sino una visión parcial de la jugada. Permitan que baje el balón al suelo para poderlo jugar despacito y al pie.

Aunque -¡ay!— hubo tiempos en los que las cuentas públicas arrojaban superávit, el déficit público es la diferencia entre los (mayores) gastos y los (menores) ingresos públicos. Suele medirse en porcentaje del PIB, ya que el PIB (valor agregado de la producción de bienes y servicios de una economía o territorio en un año) es la medida estándar del nivel y dimensión económicos de un país, y a él se refieren muchas otras magnitudes típicas para evaluar el estado económico del territorio en cuestión: “Usted come en proporción a su peso, altura y esfuerzo físico”, “Cien autobuses urbanos no son muchos ni pocos, depende del número de usuarios”, “Andorra, mil millones es mucha deuda para usted, pero muy poca para China”. Por lo tanto, mucho o poco déficit depende de dos cosas, y no sólo de una de ellas: del nivel y evolución de los gastos… y del de los ingresos. O sea, que recortando los gastos puede que, en vez de suavizar el déficit, éste se incremente. ¿Por qué? Pues porque los ingresos desciendan más que proporcionalmente, en mayor medida que los gastos. Los ingresos, recordemos, de un presupuesto público los nutren esencialmente impuestos recaudados a empresas, particulares e instituciones del país: IVA para todo el que compra; impuestos al tabaco, los carburantes, el alcohol para todo el que fuma, se desplaza o bebe; IRPF para quienes trabajan por cuenta ajena o reciben un salario, Impuesto de Sociedades para las ganancias empresariales, y algunos otros. A todo lo que se recauda, en proporción al PIB de nuevo, se lo llama presión fiscal.

Pues bien: la presión fiscal ha descendido más que proporcionalmente que los gastos en España. Dicho de otro modo, aunque España ha recortado notablemente sus gastos públicos, el déficit se resiste a bajar. Y desde luego no lo hace proporcionalmente a la reducción de gastos. Simple y llanamente, porque los gastos públicos originan de forma directa e indirecta ingresos públicos. Por ejemplo, si despedimos a empleados públicos, éstos dejarán de tributar por su renta o IRPF, dado que dejan de tenerla o, mejor dicho, cambian una renta salarial por una prestación por desempleo, que no cotiza. Hablando de cotizar, la institución que le daba empleo dejará de cotizar por el despedido. Legalmente, además, al nuevo parado cobrará un dinero público durante un tiempo. Todo mermas. Pero digamos que, hasta ahí, el efecto neto es de ahorro, admitámoslo sin meternos en honduras de cálculo. Lo que no cabe duda es que ese nuevo parado no comprará ropa, reducirá al máximo el consumo familiar de teléfono, luz y agua. Dejará de ir a cenar o a tomar el aperitivo. No irá al cine. No se le ocurrirá ni loco invertir, cambiar de coche, viajar o veranear. Su cesta de la compra menguará. Y tantos otros ahorros que buscará empujado por la cortedad y la incertidumbre. Y todas esas transacciones que dejará de hacer serán menos ingresos fiscales para su país (Agencia Tributaria, Seguridad Social, autonomía, ayuntamiento). La presión fiscal en España ha descendido más que en ningún otro país de Europa desde que se desencadenó la crisis latente (desde 2007). Eso de relajar la presión fiscal, recuerden, no es que bajen los impuestos: es que se pagan y recaudan menos impuestos. Lo cual no es bueno en estos momentos, y que disculpen los que lanzarían napalm sobre cualquier impuesto hasta arrasar el erario público o, directamente, lo público.

En fin, que ahora viene el posicionamiento, la ideología, la gestión: lo que quieran, o todo junto. O usted cree que sin recorte no habrá competitividad (poder vender lo que hacemos fuera, sin estar tan inflado el precio de salarios más altos de la cuenta), ni se reducirá la deuda pública y privada nacional hasta niveles aceptables para que los mercados nos presten dinero (o no nos ataquen sin piedad), y así usted cree que las legiones de parados acabarán siendo reabsorbidos por una iniciativa privada empresarial redentora, obrándose el reequilibrio presupuestario… o usted cree que el recorte ciego provoca una perversa reacción menguante en los ingresos por impuestos y otros, además de producir nuevos gastos sociales extra, y como efecto combinado tendremos más paro y un Estado debilitado hasta la extenuación. Por lo que el recorte del déficit drástico es una condena a la pobreza. Por eso y no por otra cosa, Mariano Rajoy se niega a reducir el déficit al nivel que le exigen en Bruselas: para no hacer tanto daño a nuestra economía y nuestra capacidad de volvernos a levantar. Y en breve comenzará el Gobierno a pedir “izquierdosos estímulos keynesianos” a Bruselas. Al tiempo.

Hay visiones mucho más radicales hacia un lado y hacia el otro. Pero básicamente, el que diga que no se está produciendo desde hace tres años una política económica de austeridad a la grande –aquí y en Gran Bretaña—nada más que ve lo que quiere ver. Y ése es el problema de la ideología sin fisuras –mi sota, mi caballo, mi rey—en tiempos difíciles. Racionalidad, toda la que se pueda. Sacrificios, los damos por ciertos y ya muchos los sufren. Radicalismos egoístas y económico-religiosos, certidumbres demoledoras: Vade retro.

 

La tiranía del dogma

Tacho Rufino | 21 de noviembre de 2011 a las 20:31

Así llama Paul Krugman –Boring cruel romantics, románticos pesados y crueles– a los economistas vestidos de ortodoxia que practican, sin embargo, el más habitual de los errores humanos: confundir los deseos con la realidad, O, visto de otra manera, asumir varias verdades de fe, imponerlas sin piedad ni mesura a otros, y no bajarse del burro cuando sus tecnocráticas imposiciones producen desastres en forma de legiones de desempleados, cierre de empresas y el binomio consumo-producción en encefalograma plano. Por ejemplo, Krugman cita a Mario Draghi, nuevo presidente del Banco Central Europeo. Ha afirmado Draghi que “contener la inflación es la mayor contribución que podemos hacer al crecimiento sostenible, la creación de empleo y la estabilidad presupuestaria” (sobre esto, para aquellos que tienen a bien seguir este blog, escribí hace unos días, justo en la toma de posesión de Draghi: entonces actuó contra la norma tajantemente, y bajó el tipo de interés básico europeo; ahora da la de arena, que gusta más a Merkel). No es por tanto objetivo principal de Draghi el dejar sin argumentos –y sin negocio– a los inversores más especulativos o aterrorizados llamados mercados, para que cesen en los ataques a países señalados como peligrosos (convertidos en peligrosos en buena medida por la acción indiscriminada de esos mercados, palabra que odio en esta ridícula acepción, tan generalizada). Otra de las verdades de fe de algunos tenidos por tecnócratas es que los recortes presupuestarios en una economía deprimida conseguirán estimular la expansión, incrementado la confianza de empresas y consumidores. ¡Oh, alquimia inescrutable! Denle un par de vueltas a esta afirmación dogmática que está en la boca de todo político europeo cogido por el arco por el directorio Merkozy, incluidos los Zapatero saliente y Rajoy entrante. La verdad, uno diría que la consecuencia de tanta austeridad es justo la contraria… Pero con la iglesia tecnocrática hemos topado. El emperador está vestido, leche, ¿o es que no le ves?

Las dietas rápidas es lo que tienen

Tacho Rufino | 17 de agosto de 2011 a las 11:58

Lamentablemente, y como era previsible, el exceso de celo en la imposición de planes de austeridad puede haber comenzado ya a causar serios daños al crecimiento y, a la postre, a la creación de empleo. Los últimos datos de crecimiento publicados ayer por Eurostat ofrecen un panorma generalizado de atonía, con Alemania a la cabeza (no así interanualmente, donde siguen siendo campeones), en este caso a la cabeza del parón junto con Francia. Es pronto para confirmar tendencia alguna, pero es el momento para volver a recordar que no todo es ajustarse el cinturón: la economía crece con el consumo y la inversión de lo que se produce, y esta rueda y no otra es la que crea empleo (otra cosa es ir más allá y preguntarse si ese proceso económico de crecer y crecer no es “engordar para reventar”).

La obsesión por la llamada consolidación fiscal (es decir, la reducción de la inversión y el gasto público por una lado; las privatizaciones ¿y las subidas de impuestos?, por otro) ha sido llevada al extremo de imponerse como única vía de salvación para las economías más endeudadas, provocando el estancamiento, y veremos si no también la asfixia y el marasmo. (Vean algunas noticias de periódicos e instancias de distinta orientación: la “paradoja dolorosa” de la que hablan Financial Times y Expansión;  la “pasada de frenada de Alemania del editorial de esta casa; Lagarde pide en FT “no asifixiar la economía con un excesivo recorte de la deuda pública” por ir “demasiado rápido”; Krugman confirma su teoría ayer, y dice que “una talla única [la alemana] no le vale a nadie”, ni a la propia Alemania, que no es en abosluto ajena a lo que le pasa a sus principales mercados y deudores.)

Había y hay otros caminos para salir del atolladero (en su caso, del hoyo), que han sido desechados a priori por la llamada ortodoxia presupuestaria: recortar gasto superfluo e improductivo con grandes programas nacionales de eficiencia… pero no recortar la inversión productiva, como hizo nuestro Gobierno con las Obras Públicas, aterrorizado desde Bruselas y Fráncfort de la noche al día (el día 12 de mayo de 2010, para ser más precisos). Recordemos por enésima vez a la profética Rosabeth Moss-Kanter, de Harvard:

“Los perdedores estaban mucho más dispuestos a cambiar de caballos a mitad del río y a mutilarse: cortarse las narices, al igual que los ojos, orejas, brazos y piernas. Reemplazaron a los directores generales. Cortaron los gastos. Cortaron las inversiones internas. Cortaron el personal. Cortaron proyectos. Cortaron la atención al cliente. Cortaron la comunicación. Tanto los ganadores como los perdedores hicieron frente a desafíos similares en esos años, pero respondieron de forma muy diferente. Entre los que cambiaron de máximo jefe o de dueño de la empresa, encontramos que los perdedores fueron más del doble que los ganadores, pero sólo aproximadamente la mitad fueron capaces de emprender acciones positivas como iniciar grandes proyectos o nuevos productos, ubicar nuevos colaboradores o socios o formar alianzas estratégicas. Se convirtieron en autocracias en vez de compartir y colaborar más.”

Qué es un ‘ataque especulativo’

Tacho Rufino | 20 de julio de 2011 a las 13:34

Financial Times nunca hablaría de “ataques especulativos” a España (o Italia o a la Zona euro) al informar sobre los vaivenes de los mercados financieros de deuda soberana o de divisas: cree y defiende que los mercados son justos y benéficos, o bien hacen labores de dar liquidez al sistema, o cuando menos depurativas de la fruta podrida. Sin embargo, la mayor parte de la prensa económica y generalista habla de dichos ataques, los da por ciertos.

Entendemos por ataque especulativo una acción deliberada realizada por un agente con gran calidad de información y gran capacidad de invertir y endeudarse en la bolsa y otros mercados financieros, de forma que puede modificar al alza o a la baja los precios de los productos financieros o las divisas, estimulando a otros agentes menores en el mercado a seguir su inercia o reaccionar antes sus acciones, obteniendo el ‘atacante’ pingües beneficios en esos movimientos, que eventualmente provocan grandes daños en la estabilidad económica de territorios enteros (disculpen la extensísima definición, no podía dejar nada importante detrás).

Según quienes defienden (y creen que realmente existe) el libre juego de la oferta y la demanda en los mercados financieros y su limpia fijación de los precios, quienes afirman que existen ataques especulativos son ingenuos o paranoides. Sin embargo, no ya el rojo de Krugman, sino también Merkel, Obama o Sarkozy, pero también Guillermo de la Dehesa, Warren Buffett y otros expertos no dudan de que existen los ataques especulativos… gente nada nada sospechosa de querer hacerse los interesantes con conspiranoias sobre doctores No y tipos muy malos y muy poderosos que están en la sombra. Eppur si muove… Ataques, “haberlos, haylos”.

Veamos breve y claramente cómo funciona un ataque a la deuda pública de un país (sobre esto, conviene conocer una de las claves: el mercado irregulado de los Credit Default Swaps –CDS–, en un artículo que publicó Guillermo de la Dehesa, siempre ultratécnico sin concesiones, este domingo el el Negocios de El País). Aparte de que si algo se ve débil –un bono griego que vencerá en un año, por ejemplo–, los inversores de a pie querrán vender, y si lo hacen en gran medida esto hará que la cotización de una acción baje o la deuda de un país se deba vender más cara, los ataques pueden funcionar tal que así:

    1. Un poderoso inversor –si lo prefieren, un especulador— cree que un Estado puede tener dificultades presupuestarias y, por tanto, podría tener dificultades para atender la devolución a los inversores de una emisión de su deuda pública que vence próximamente. También puede que no tenga tales problemas inminentes, pero una situación de un vecino enfermo –véase, Grecia—estimule tales temores. “A por él”.
    2. El poderoso inversor –el filántropo George Soros, por ejemplo— alquila o toma prestados de un banco a cambio de un precio –el euríbor, por ejemplo– una gran cantidad de dichos bonos u otros títulos de deuda pública. No se los compra, se los alquila para devolvérselos una vez hecha la operación (el ataque).
    3. Ahora entran los voceros: las alarmas mediante prensa especializada (esa que niega que existan los ataques y se burla de los paranoicos), think tanks, grandes instituciones financieras planetarias y, también, otros individuos que no ganan nada con esto, pero a los que gusta tildar de loquitos que ven gigantes donde sólo hay molinos a quienes denuncian estas armas de destrucción masiva (así llamó a los CDS otro gran inversor nada sospechoso de anti-mercados, Warren Buffett).
    4. Tras el “¡Grecia (España, el euro) se hunde, tonto el último en vender!”, gran cantidad de inversores aterrorizados comienzan a vender masivamente esos títulos para limitar sus pérdidas. La cotización de dichos títulos se hunde: la ley de la oferta y la demanda sentencia que, cuando la demanda de un bien baja, el precio del bien baja. En este caso, la “pendiente” de la bajada es abrupta: el precio se hunde. Cuanto más se hunda, más gana el atacante.
    5. El atacante-especulador espera al momento más bajo del precio de los títulos en el mercado de compra y venta (el llamado secundario, el de cotización). Entonces el atacante compra barato… y devuelve los títulos depreciados al banco, con el que el acuerdo es “te lo alquilo a cambio de un precio de alquiler –no de venta–, y te los devuelvo, valgan lo que valgan cuando yo te los devuelvo”. Como vendía en el mercado caro y compré barato, obtengo grandes ganancias. Y a otra cosa, sea esta cosa la deuda de otro país, las acciones de una gran empresa o un divisa concreta.

A esto se lo llama venta corta o short-selling, y es legal, una práctica habitual en los mercados. ¿Les parece especulativa? O si le parece que lo especulativo es natural, ¿la creen conveniente para el sistema económico global? Estas prácticas, en definitiva, son capaces de generar paro masivo por la parálisis económica y la inestabilidad que crean en territorios enteros llenos de personas. Además, merma en los ahorros de los pequeños ahorradores, por no hablar de los hipotecados y otros deudores que pagan los platos rotos de una banca –griega, española— presa del pánico. Sor Presa del Pánico y Sor Rata de Callejón, como aquellas irreverentes monjitas de Entre Tinieblas.

El ‘low cost’, lo quieras o no

Tacho Rufino | 26 de junio de 2011 a las 13:11

UN joven empresario me cuenta que ha montado un hotel low cost. Y que no sólo no es cutre como lo eran los albergues en los que nos quedábamos los otrora jóvenes cuando hacíamos el Interrail: su hostel para mochileros está en una casa palacio en la zona más noble del centro de su ciudad; es limpio, funcional y está decorado con económico gusto. Sus clientes vienen en vuelos low cost para un par de días, en los que el principal concepto de coste es la cerveza, a la que suelen dedicar bastante más que a la cama, el avión y la comida (aunque el hotel en cuestión les da paseos gastronómicos por sitios señors del tapeo local). En los fines y las prioridades no hay diferencias generacionales. En los medios, sí: nuestro low cost era artesanal y, por tanto, poco estandarizado y en cierto modo aventurero; el de hoy es industrial y masivo: la verdadera aventura es sobrevivir al aeropuerto. El bajo coste es una forma en la que aerolíneas, hoteles, supermercados, operadoras de telefonía, fabricantes de muebles o de ordenadores se han diferenciado. Una forma estratégica de “trabajar en costes”, el gran eufemismo corporativo de nuestro tiempo. Muchos otros, forzados por las circunstancias, trabajan en costes para no morir… o para morir matando: los siempre sugerentes anglosajones llaman a estas prácticas de supervivencia cost killing (literalmente, asesinato de costes).

Otro empresario, en este caso sénior y con varios centenares de empleados, declara haber trabajado ya en costes todo lo que podía trabajar sin mermar su producto de manera fatal. Ahora, dice, toca buscar nuevos ingresos. Una noticia así alivia nuestra desazón. Sin embargo, no se refería a subir los precios, sino a dar más servicio por un poco más de precio con el mismo consumo de recursos (básicamente, recurso humano). Porque la estrategia de vender más caro para compensar los crecientes costes financieros derivados del otro gran vicio patrio -el de pagar tardísimo- es una estrategia perdedora, una huida hacia delante: España, como vaticinó Krugman en la CEA ante el asombro de propios y extraños, está ajustando sus precios y sus salarios a marcha acelerada. No hay lugar para subir los precios, porque el cliente, asustado y entre estrecheces, se lo toma como una ofensa y se va al vecino… o prescinde, si puede, del servicio o producto en cuestión. Lo que se da, muy al contrario de subir precios para compensar los menores beneficios, es la guerra de precios.

El tabaco baja de precio aunque su parte de impuestos no sólo no lo hace, sino que ha subido y seguirá subiendo. La telefonía móvil -ya era hora-comienza a bajar de precio precisamente por la guerra de tarifas y promociones. Las habitaciones de hotel y los cruceros se venden hasta por la mitad que hace cuatro años. Cada día más, la competencia entre los comerciantes de alimentos y los bares supone dar más por el mismo precio, o hacer irresistibles ofertas-flotador. El ajuste está en marcha, no sabemos si con el final feliz de la recuperación del empleo: para eso, el consumo no debe ser tan bajo que arrastre al país a la parálisis deflacionaria. Es decir, el aceite de ricino del ajuste de salarios y precios debe propiciar el logro de la consabida y algo manoseada mejora de competitividad… pero sin dejar sin pulso la demanda interna. El ajuste dentro del ajuste consiste en que la reducción de los precios corra pareja a la de los salarios reales. La inflación española es a día de hoy una inflación importada por nuestra dependencia energética. La llamada inflación subyacente (que excluye, entre otras partidas, a la gasolina) va bajando, y es de suyo baja, sobre un 2%. Salarios y precios deben ajustarse en su ritmo de caída, para representar el verdadero valor de nuestro patrimonio y del valor de nuestro trabajo. La masa salarial española ha caído por los despidos, pero los salarios de quienes conservan el empleo han subido merced a los convenios casi el doble que la inflación subyacente: contener los salarios es duro; subirlos automáticamente, más.

Lustros de reciedumbre y sobriedad

Tacho Rufino | 9 de abril de 2011 a las 20:36

LA palabra lustro suena a gracia de tebeo antiguo, a carca de Mingote. Pega que sea pronunciada por un señor de aspecto decimonónico, con bigote recortado y atuendo severo. El vigente ministro de Trabajo -vaya papelón- tiene bigote y además se llama Valeriano, un nombre también algo en desuso. Ni él ni su bigote parecen pasados de moda, pero sí ha tirado de lustros para advertirnos de que el actualizar se va a acabar. “España encara un largo periodo de contención y sensatez salarial, porque no estamos en condiciones de financiar una espiral salarial en los próximos lustros”. De cuántos periodos de cinco años hablará el ministro Gómez. Cuando el presidente en vías de extinción decidió darse cuenta de la situación y se puso churchilliano (“sangre, sudor y lágrimas” por delante), dejó pendiente el cronograma de nuestra travesía del desierto a Valeriano Gómez, que ya avisa de que la cosa va para largo. Que la competitividad de nuestros productos y servicios va en ello, en olvidarse de indiciar la subida de salarios a la inflación. No en hacer las cosas mejor, sino en hacerlo igual por menos dinero. No paramos de recordar aquella profecía técnica de Paul Krugman, hace tres años en la sede de la CEA: “El camino de la salida de la crisis para España será extremadamente doloroso (…) los salarios y los precios en España son insostenibles, y no son compatibles con su realidad económica (…) asistiremos a una deflación del 15%”. De momento, la deflación de los salarios va en camino, a buen ritmo. Y hay lustros por delante.

En su oráculo, el ministro de Trabajo menciona la incapacidad de financiar periódicas subidas de salarios, y seguramente está pensando en la gran masa salarial pública, en ese “Capítulo 1″ que tanto pesa ante la contracción de los impuestos que merma los ingresos públicos. Habla de espiral y de inflación, y en esas estamos. Pero en esto también lo tenemos peor que la Europa más próspera, la que crece al tres y pico anual. Para ese envidiable ritmo de crecimiento, por ejemplo alemán, la inflación es más dañina que para la atonía española, que crece imperceptiblemente y sin repercusión alguna en el empleo. Por eso, Trichet nos ha tenido jueves tras jueves en vilo con la cantada (y descontada desde hace tiempo por el Euríbor) subida del tipo de interés oficial del BCE. Y este jueves ha apretado el cinturón un cuartillo, 0,25%. Spain is different, y va a contracorriente. O quizá arrastrada por la corriente. Mientras que la subida es higiénica para los sanos, es perjudicial para los renqueantes, para quienes tenemos en la deuda privada de familias y empresas el gran talón de Aquiles, para quienes verán aumentar la carga hipotecaria en varios cientos de euros anuales, para quienes necesitamos que el consumo no siga languideciendo. Para España, vaya.

El jueves escuché a una representante del PSOE andaluz atribuir a su partido el Estado del Bienestar, sin más matiz. De nuevo nos toca acostumbrarnos unas semanas a la prosopopeya incontinente, lo asumimos democráticamente, pero hay mucha ignorancia en esa afirmación, porque no hace falta llevar las flechas de mi haz bordadas para recordar cuándo nace la Seguridad Social (¿han pensado alguna vez en este nombre?). Y la Seguridad Social es el pilar indiscutible del Estado del bienestar. También es herencia laboral del pasado franquista -ocho lustros de pasado- una buena dosis del espíritu hiperprotector del Estatuto de los Trabajadores. Ahora no queda más remedio que consensuar la contención salarial, de acuerdo. Y para ello, las cláusulas de revisión automáticas deben ser revisadas. También toca pagar más intereses por la misma deuda para una inflación que no es nuestra guerra, porque la subida del interés oficial de esta semana va unida al consabido “no descartamos ulteriores incrementos”. No queda sino subir los impuestos, y una forma indirecta de practicar tal propósito: penalizar a quienes funcionan en la economía sumergida y a la vez trincan (eso es trincar, no cobrar) prestaciones públicas. Ah, hay una alternativa: no subir los impuestos… y desmontar definitivamente el lego -para los castizos, Exin castillos- del Estado no ya del bienestar, sino de la protección social.

PD: La expresión “reciedumbre y sobriedad” la tomo prestada de mi memoria escolar. En mi colegio, una expresión moralizante o aleccionadora figuraba durante al menos toda una semana en la pizarra. A esta frase simbólica la llamábamos “la consigna”. La primera consigna que recuerdo, tendría yo siete años, era precisamente esa: reciedumbre y sobriedad. No hace lustros ni nada… Pero ahí está, en mi memoria, perenne (más que en mi comportamiento, la verdad…).

‘Conspiranoia’ a la americana

Tacho Rufino | 20 de marzo de 2011 a las 21:31

BOOKS Naomi Klein 20070902
Naomi Klein, autora de La doctrina del shock (2007)
 
 
ESTADOS Unidos cuenta con la gran honra de acoger a críticos de su propio sistema en lugares clave de dicho sistema: profesores universitarios de izquierdas en sus mejores universidades, como Noam Chomsky, Stiglitz o Krugman, pero también periodistas que critican sin ambages a sus instituciones, sus gobiernos y su papel en el mundo. El propio Nouriel Roubini -el Doctor Catástrofe y profeta de la crisis, ex asesor del Tesoro de EEUU, profesor de Yale-, aunque no es sospechoso de rojo ni mucho menos, receta para salir de la crisis medidas como dar un golpe de mano en las virgueras titulizaciones de imposible trazabilidad, o cómo limitar al máximo la eclosión de los derivados financieros, o prohibir los desorbitados salarios de la tecnocracia corporativa. O mover el trono a las agencias de calificación, cuyas parentelas son sospechosas; y no permitir que las empresas se hagan tan grandes que sean “demasiado grandes para caer”. Roubini habla, en fin, de un final del siglo XX testigo del “fundamentalismo del libre mercado”.

Con la frescura de la periodista de investigación -tantas veces preferible a la coraza técnica del profesor- surgió en 2007 en esta línea autocrítica un libro de Naomi Klein, La Doctrina del Shock: el auge del capitalismo del desastre. Klein es canadiense, pero trabaja para medios estadounidenses o británicos. El propio Joseph Stiglitz le hizo una reseña en The New York Times, en la que alababa la obra, pero dejando claro que Naomi no es académica, y no debe ser juzgada como tal: muy fino en su táctica del fuera de juego; siempre hubo clases, también en la izquierda. Según las tesis de la periodista, los desastres, naturales o económicos, han sido convenientemente aprovechados por el poderoso lobby neoliberal –que, por tanto, existe como tal, sostiene Klein– para imponer sus políticas más radicales, que beben en las tesis del gran padre de esta corriente económica e ideológica, Milton Friedman.

En la fase exuberante de la economía occidental previa al crash de 2007-2008, el Estado del bienestar -ese amigo que se va- fue relativamente respetado aunque continuamente puesto en duda: “¿No veis que el Estado sobra?”. La conmoción por la acometida sorda de la bestia de la crisis propicia ahora el desmontaje acelerado de la política social. “No te quejes, que la cosa está como está y todavía puede ser peor”. La terapia de choque se asume con resignación.

Aunque Stiglitz no usó la palabra conspiranoia, su crítica de salón dejaba caer que si bien Klein puede tener razón en que las crisis son aprovechadas para tomar medidas impopulares, el hecho de que haya una estrategia oculta y aguerrrida para estar al quite ante huracanes o terremotos no estaba demostrado. Mucho menos se justifica, según él, que las catástrofes sociales, como las crisis financieras, pudieran ser creadas o aceleradas con el propósito de no tocar a los mercados en beneficio de unos pocos, cada vez menos y más poderosos. Pero a estas alturas, uno no se cree nada. O se lo cree todo, que viene a ser lo mismo.

Una sesgadilla selección dominical

Tacho Rufino | 27 de septiembre de 2010 a las 22:47

Propongo tres artículos muy interesantes que ha publicado ayer domingo El País y Negocios (también de El País).

La semana próxima trataremos de ofrecer una selección más diversa en cuanto al origen.

De pesimistas y optimistas informados

Tacho Rufino | 12 de septiembre de 2010 a las 20:28

optimismoVarias personas me han recriminado el pesimismo que exhala la entrada precedente a ésta, titulada La ‘matrioska’ del paro español. Tienen razón en dos cosas. Una explícita: el panorama del paro juvenil que en el artículo se resume es para llorar. La segunda razón de la cariñosa queja es implícita: la gente no quiere mensajes una y otra vez negativos, por mucho que sean ciertos (y quizá menos aun en sábado). Consciente de ello, e inconscientemente –creo– rumiando si es un error y hasta una irresponsabilidad publicar un artículo que describe una situación patética sin aportar solución alguna, rebusco en la prensa de hoy domingo artículos que despidan rayitos de luz sobre nuestra economía. Entre mis compañeros de medio no los encuentro. Encuentro, eso sí, uno muy interesante, técnico y bien construido Fernando Faces, pero su título (El fracaso de la política de gasto público) nos aleja del optimismo, a la vez que su contenido lo aleja en cierto modo de las ideas que en este blog se han emitido sobre la necesidad del gasto y la inversión públicos: para Faces, sin reformas estructurales drásticas y en una situación de alto endeudamiento, estas políticas expansivas que aun apoyan los “supervivientes del keynesianismo” están “abocadas al fracaso”.

pesimistaPero sí encuentro brotes verdes –dicho sea con bastante sarcasmo– en El País de hoy. Sólo hay que leer los títulos. Uno, de Guillermo de la Dehesa, lleva por título España es más competitiva de lo que parece; el otro, de Paul Krugman, se llama Las cosas podían ir peor. No es guasa, se titulan así. Si quieren leerlos, hagan click en los titulares. Le advierto que el de De la Dehesa es, como suelen serlo todos los suyos, denso en datos y conceptos económicos, sin concesiones. Por ello, me permito reproducir la conclusión a modo de resumen: “En resumen, en la última década España es uno de los países desarrollados que menos cuota ha perdido en las exportaciones al AE y en las mundiales de mercancías y de servicios a pesar de la ganancia de cuota de los grandes países emergentes (…)“. Hemos sido de los que menos hemos perdido, y eso teniendo en cuenta todo lo que han exportado más los emergentes (Brasil, China, México…). En cuanto a Krugman, tampoco se hagan muchas ilusiones. Las cosas podrían ir peor se puede resumir en una frase del propio texto: “El panorama no es del todo negro, sino más bien grisáceo”. Pero no se hagan ilusiones, repito: Krugman se refiere a Japón y, sobre todo, a su propio país. Él suele defender la política de Obama, o al menos tiende a justificarla y no machacarla a priori. Sobre este estado de opinión anti-Obama escribe hoy también precisamente un excelente artículo –como suele, por lo demás– Moisés Naím en su preclara columna dominical llamada El observador global, cuyo título es Obama y sus enemigos. No trata sólo de economía como los otros tres, pero es el que más recomiendo.