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Por qué Europa “nos dio tanto”: una píldora interpretativa

Tacho Rufino | 28 de agosto de 2012 a las 13:15

El departamento de estudios de UBS, un banco suizo de inversión de primer orden, ha realizado un informe (dirigido por Paul Donovan) que viene a concluir –hablando mal y pronto—que las familias más beneficiadas por el euro son las griegas, las españolas y las portuguesas, economías mediterráneas que partieron con un gran desfase renta con respecto al núcleo duro europeo, básicamente de cultura protestante y poderosamente abanderados a su vez por Alemania. Ah, Finlandia, el gran protestante –en el sentido de quejarse, en este caso— de la Unión Europea, se ha beneficiado incluso más que España, pero como la realidad no te puede estropear un buen titular, ha quedado tal detalle para el interior de la noticia (véase cómo la daba Expansión, de forma idéntica Financial Times: “Las familias de Grecia, Portugal y España, las que más se han beneficiado con el euro”). Los PIGS, qué gente más mala… A este respecto, debemos hacer notar que, con el enfoque de este estudio en concreto, las familias italianas e irlandesas –pigs ellas también– han perdido renta en el periodo considerado. Pero el titular es el titular…

Sin ánimo de desentrañar la metodología de la investigación de UBS de manera pormenorizada, lo que el estudio ha medido es la variación de la renta disponible de las familias en el periodo 2000-2010 (sería muy interesante ampliar el periodo considerado hasta 2012, próximamente). Otros factores que pudieran ser relevantes quedan fuera. Esa condición epistemológica llamada ceteris paribus (“permaneciendo constantes el resto de los factores”, es decir, ignorándolos), hace que no se tenga en cuenta la balanza comercial entre los distintos países, o sea, cuánto compro yo a tal país y cuánto me compra a mí tal otro país. Tampoco la llamada balanza financiera, o sea, cuántos de mis ahorros van a financiar inversiones en otras tierras, y cuántos de mis préstamos son concedidos por territorios diferentes del mío. Evidentemente, estudiarlo todo “con todos sus avíos” es una pretensión megalómana que puede originar que las conclusiones sean un gazpacho intragable y sin significación para interpretar la economía agregada y poder plantear políticas públicas. Pero interpretar como cierto las conculsiones de un dato parcial, ensombreciendo datos relevantes (como el de Finlandia, o los de Italia e Irlanda), está todavía más feo.

También hay que tener en cuenta –o habría que tenerlo— que la Unión Monetaria, o sea, el euro, se crea precisamente como un instrumento necesario para la convergencia en renta entre los países del euro. Cosa que todavía España ha hecho sin llegar al objetivo a pesar de las conclusiones del estudio de UBS. Converger realmente significa acercar paulatinamente la renta por habitante de un país con respecto a la media comunitaria. Y no hemos llegado a la media auqí, tdavía (siempre en visión agregada: no es lo mismo San Sebastián que Cádiz). ¿Por qué los países más ricos podrían querer que converjamos en renta con ellos, es decir, que nos acerquemos en riqueza material a ellos? ¿Por qué pagan más a las arcas comunes? ¿Por qué hemos recibido, dicho por pasiva, más fondos los países “por debajo de la media”, más fondos para crecimiento y desarrollo? ¿Es por filantropía? ¿Por paneuropeísmo ideológico? No, claro que no: se pone más en la balanza fiscal común para asegurar territorios comerciales y estabilidad en la balanza por cuenta corriente, por controlar el sistema financiero, y por asegurar una posición de predominio en las actividades de alto valor añadido, o sea y sin ser exhaustivos, en aquellas de alta aplicación tecnológica e industrial, en los suministros militares y su mantenimiento, en las actividades financieras mismas.

Coda: Los datos necesariamente parciales del estudio de UBS, echados a pelear estadísticamente, concluyen que la Unión europea ha hecho en parte sus deberes. Tendría derecho a quejarse Italia; mucho más que Finlandia, por ejemplo.

Coda 2: El mal uso de los fondos comunitarios es otro pecado muy grave, claro que lo es.

El ‘Gran Germano’ y sus vampiros periféricos

Tacho Rufino | 14 de agosto de 2011 a las 12:39

LOS asesores económicos de los partidos alemanes lo tienen claro: lo rentable electoralmente es proponer que la política presupuestaria de cualquier país europeo en apuros la lleve Alemania. O expulsar al díscolo del club. No los obreros o los taxistas, sino que son los sesudos asesores de cualquier signo quienes han instalado la certeza del vampirismo periférico en la opinión pública alemana: las gafas rentables de ver la verdad simple y sin matiz. Si Grecia está en la ruina, la garantía de recuperar los créditos por parte de su principal acreedor -Alemania- es tomar el mando de las finanzas públicas helenas (Alemania es también su principal suministradora de armas para alimentar la guerra fría turco-griega en el cálido mediterráneo: Grecia es la primera importadora de armas de Europa).

Las tres economías comunitarias intervenidas a día de hoy (Grecia, Irlanda y Portugal) han entregado en buena parte la cuchara en lo que respecta a su capacidad de hacer política económica: fueron salvados a cambio de perder soberanía y asumir planes leoninos de ajuste. A España e Italia -cuarta y tercera economías europeas, ojo-, la salvación momentánea les ha venido por la vía de la compra de su deuda pública por parte del BCE. Desde el Gran Hermano alemán ha llegado esta semana un efectista consejo-admonición: “Vende el oro y con eso paga deudas”. Una teutónica sandez, con todos los respetos e incluso las admiraciones (obviemos por esta vez el detalle de los grandes méritos alemanes y su lógica preponderancia comunitaria). Las reservas nacionales de oro no son lo que fueron, y en España su venta no serviría para gran cosa: el oro español no pagaría más de un 1,6% de la deuda española.

Acerca del papel de líder europeo de Alemania, el inefable tiburón-filántropo George Soros ha puesto el dedo en la llaga: Alemania debe defender el euro (artículo publicado en Project Syndicate el jueves). Dice Soros: “Alemania y los demás miembros de la zona del euro con calificaciones AAA deberán decidir si están dispuestos a arriesgar su propio crédito para permitir que España e Italia refinancien sus bonos a intereses razonables. De lo contrario, España e Italia serán empujadas hasta caer en programas de rescate (…) y el euro se vendrá abajo. [La decisión de Merkel en 2008 de no dar garantías europeas] agravó la crisis griega y causó el contagio que la convirtió en una crisis existencial para Europa (…) Para cuando Alemania acepte un régimen de eurobonos, su propia calificación podría verse comprometida. Una ruptura del euro precipitaría una crisis bancaria que superaría la capacidad de control de las autoridades financieras mundiales. Cuanto más se demore Alemania, mayor será el precio que deberá pagar”. Pero, ay, las elecciones están siempre cerca.

El euro, un negocio familiar mal avenido

Tacho Rufino | 30 de julio de 2011 a las 12:39

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EL euro es como un negocio familiar: llega un momento en que son demasiados sus participantes, y demasiado diversos sus intereses para ser gobernable. Mientras que en las empresas de Don Fundador (después hermanos, después primos) la primogenitura, el sexo y otras razones más o menos azarosas son las que otorgan mayor control a uno que a otros, en el caso del euro las razones para ejercer el mando en la moneda común son objetivas: el euro es un marco alemán disfrazado de banderitas de colores nacionales, y la sede del Banco Central Europeo está en Fráncfort porque, a saber: Alemania aporta más que nadie al presupuesto comunitario, Alemania es la mayor potencia industrial de Europa, Alemania es la campeona mundial de las exportaciones, y Alemania, en fin, ofrece un cuadro macroeconómico cuyo presente y cuyas perspectivas no son comparables a los de nadie en la UE. De esta forma, cuando Trichet decide subir los tipos de interés de la zona euro, hace la política monetaria que conviene a Alemania… y viene desastrosamente mal al Estado, a las empresas y a los particulares de España. Asimetrías de la vida. Por este complicado poliedro económico y monetario, el ministro de Finanzas alemán ha dicho esta semana que “los países rescatados deberían prescindir de parte de su soberanía”… o ser expulsados de la zona euro. Se refiere Schauble a la soberanía presupuestaria y fiscal: “Tú organiza teatro al aire libre en el Partenón y tenme las islas en condiciones, que yo me encargo de llevarte las cuentas” (esto no lo ha dicho…). No es de extrañar que el sentimiento anti-mediterráneo crezca en Alemania con el miedo a una crisis que -lo que nos quedaba por ver- amenaza cual hidra de siete cabezas con reinventarse cuando llegan noticias sobre la posible suspensión de pagos de Estados Unidos.

Pero veamos el contrapunto a esta preponderancia teutona: veámoslo todo, o al menos miremos otra cara del cubo. El euro ha sido absolutamente clave para la expansión exportadora alemana; recuerden que en los 90 Alemania tenía déficit por cuenta corriente, y se endeudaba como si fuera un PIGS. La moneda única les ha venido de coco y huevo para financiar la reunificación. Recordemos también que uno de sus destinos comerciales esenciales ha sido la periferia europea: cómprame, cómprame mucho que yo financio los fondos de desarrollo y, si no tienes en el bolsillo, aquí hay crédito, que estamos en familia. Sin deudas griegas, portuguesas e irlandesas el poderío alemán no sería tanto poderío. ¿Por qué el mayor acreedor extranjero de Grecia es Alemania y sus bancos? Los países pobres y compradores son la otra cara de los ricos y exportadores. Hace falta lo uno para que exista lo otro. ¿Que ello no exime de culpa a gobernantes y particulares por embarcarse en una política de endeudamiento público y privado como el español? Desde luego que no. Pero el maniqueísmo y las verdades absolutas, para los mítines y las tabernas.

El euro tiene un futuro más que comprometido, y su actual realidad dista mucho de parecerse a lo que Robert Mundell denominó “área monetaria óptima”, entre otras cosas por la diversidad en la política fiscal de sus miembros. El euro, tras una década en la que navegó con el viento mayormente de popa, se encuentra instalado en la adversidad, ante el dilema de ser o no ser. O ser de otra manera. E incluso ser de más de una manera; que exista más de un euro. El visionario Nouriel Roubini ha dicho esta semana que no sólo Grecia es insolvente, sino que también lo son Portugal e Irlanda. El apodado Doctor Catástrofe hila fino: “Hay un 30% de probabilidades de que Grecia y Portugal salgan de la zona euro”. Presa del vedettismo y el alto caché, lo dijo en Alemania, ante los asentimientos generalizados de los algo ensobebercidos primos de zumosol comunitarios, a quienes no cabe duda de que los mediterráneos y los irlandeses -como mínimo- “vivimos de ellos” (obviemos paralelismos hispánicos). Puede que el euro haya sido flor de una década. En cualquier caso, el euro de nuestros hijos no será éste.

Primero, los periféricos; después, el euro

Tacho Rufino | 20 de noviembre de 2010 a las 14:02

enlaceNOS llaman periféricos, ahora: casi es preferible el acrónimo de cerdo en inglés (PIGS). Por lo menos era gracioso. Pero periférico… Lo periférico -palabra griega, por cierto- es marginal, accesorio, dependiente, anexo. Prescindible, a unas malas. La propia Grecia junto con Irlanda, Portugal y España son “los países periféricos” ya en todos los papeles especializados en economía. Lo somos, sobre todo, para los que están en el núcleo, que son tres: Alemania, Francia y el Reino Unido, cada cual con su forma de liderar y pescar en la penuria, como buenos ricos. A los periféricos se nos acusa, no sin razón, de no haber sido sensatos en casa ni en los despachos privados y gubernamentales, y por ello debemos lo que no podemos pagar con nuestros menguantes niveles de ingresos. Cada telediario, cada portada de periódico, habla sin cesar de “contagio”, de una epidemia periférica que ahora tiene como transmisor máximo a Irlanda. En realidad se trata de una marea, una marea alta que recobra fuerza después del primer embate de mayo. ¿Han visto la cara de Zapatero esta semana? No tenía pinta de cantar aquel The tide is high de Blondie: “La marea está alta pero yo resisto, quiero ser tu número uno (…) no soy la clase de chica que tira la toalla”. Al contrario, tenía cara de no haber mandado a sus naves a luchar contra los elementos. Los elementos que se ven, y los que no se ven: los demiurgos financieros que deciden que ya puedes hacer los deberes y todo lo que quieras, pero tú vas a ser rescatado… y si no te pueden rescatar Merkel, Rompuy y compañía, pues a volar el euro. Una flor monetaria de un día mal contado. Cada uno a su billete. Y todos en la cartera del Gran Broker que todo lo ve.

celtas18Irlanda -y Portugal, que parece engancharse en su carro de rescate, ahora que todavía hay dinero- es pequeña, bella y con una historia tan dura como legendaria, lo que la hace suscitar un interés desproporcionado en el resto del mundo. Si usted ha hecho ya los deberes de lector, habrá reverdecido con la pluma de Vargas Llosa en su última novela la espantosa relación entre celtas y anglos, tribus íntimamente enemigas. Los anglos -que prefieren ser llamados británicos-, sin embargo, han sido los que más carne crediticia han puesto en el asador para financiar el fugaz milagro irlandés, y ahora quieren estar en primera fila del rescate de los paddy (diminutivo de Patricio con que peyorativamente se refieren los ingleses a los irlandeses). La nueva versión de su dialéctica dominio-resistencia es financiera. Irlanda quiere entrar por el aro a su manera: quiere ser rescatada, pero sin mencionar la palabra rescate; “queremos dinero prestado para apagar fuegos, pero no queremos que nos metan inspectores hasta en la sopa o que nos obliguen a establecer un tipo más alto para el Impuesto de Sociedades”. Sabe que necesita ingentes cantidades de euros prestados para poder tapar, con la mitad de ellos, los agujeros de los bancos irlandeses, entre cuyos clientes de dudosísimo cobre están miles de empresas y particulares que se endeudaron en ladrillos o proyectos que hoy, valgan algo o no, no son vendibles, nadie los quiere. La otra mitad del préstamo comunitario llamado rescate iría a financiar gastos imprescindibles para evitar que el país entre en el colapso (un dato: se calcula que el Mundial de fútbol hispano-portugués de 2018 proporcionaría unos beneficios de 1.000 millones; el rescate irlandés se cifra en ¡cien mil millones!). Detrás de todo esto está el hecho de que el recurso natural a endeudarse con el exterior se agota: el núcleo duro de los agentes de los mercados financieros penaliza y corta el suministro a los periféricos; los hedge funds apuestan contra el euro mediante el ataque a sus miembros más débiles. Puro darwinismo económico global. Si me permiten el recurso al chiste, “démonos por jodidos”.

(Cabe reparar en qué cosas positivas nos traería a los periféricos el ser rescatados: a fin de cuentas, nos dan un préstamo bastante barato con lo que nos olvidamos un poco de la agonía de lá colocación de deuda pública; y te lo da alguien a quien no interesa tu fatalidad.)

La pesadilla del celta

Tacho Rufino | 13 de noviembre de 2010 a las 13:48

”(Niños

COMO la autocita viene al caso para ilustrar un error, no causa empacho decir que aquí mismo, hace unos cuatro años, se publicó un artículo titulado El tigre que abrazó la fe del conocimiento. En él se atribuía, elogiosamente, buena parte del llamado milagro celta a la alta inversión pública en educación en Irlanda, a la alta exigencia y nivel de sus profesores y, como consecuencia de esto, al alto nivel de formación de los jóvenes formados en la isla Esmeralda. También contribuían a su fenomenal salto económico otros factores: grandes empresas estadounidenses -tecnológicas, químicas, farmacéuticas- establecieron allí sus sedes europeas; el inglés como verdadero idioma en la práctica, toda una ventaja competitiva nacional; una especie de dumping fiscal que, con tipos del impuesto de sociedades dos y tres veces inferiores a los del resto de Europa, atraía a muchas empresas extranjeras. Y, claro, a un boom inmobiliario que no sólo llenó de segundas viviendas las costas y colinas irlandesas, sino que acabó por explotarle en las manos a particulares, empresas, ayuntamientos y bancos. Todo ello tras años de ausencia de paro y de crecimiento del PIB sin precedentes, en los que Irlanda era uno de los países más ricos de Europa… en apariencia. Ahora, las arcas públicas están tiritando, los mercados financieros están perpetrando continuas razzias en la credibilidad del país, y el riesgo de bancarrota es máximo a día de hoy (viernes). El conocimiento no lo es todo. Pudieron más las fuerzas de la gran mentira: “Esta fiesta no tiene fin, beban y bailen”.

Es en parte una cuestión de tamaño. Se suele atribuir una mayor sensibilidad de las economías pequeñas a los ciclos altos de la economía, y una mayor vulnerabilidad ante los bajos. En Irlanda, como en Islandia, se ha cumplido el principio (España sería la excepción que confirma la regla). Como dice su Doctor Fatalidad autóctono, Morgan Kelly, “las deudas de Irlanda exceden con mucho su capacidad de devolverlas”. Irlanda es, al contrario de lo que suele suceder, líquida pero insolvente. Ha acumulado dinero en efectivo tras verle las orejas al lobo, como quien llena la despensa del sótano con conservas y agua ante la inminencia de una catástrofe. Pero el lobo está ahí, y ha venido para quedarse, y las provisiones acabarán agotándose. Entonces, según el cenizo de guardia, vendrá la insolvencia-muerte y la bancarrota-funeral. Ahora le queda a Irlanda una cruel subida de impuestos y un plan de recortes públicos a imagen del español. Prácticamente cada euro de ingresos públicos irá a amortizar deuda: la deuda privada impagada, la de los bancos que se comen buena parte de dicho impago, la del propio Estado irlandés que se las ve y se las desea para conseguir que alguien le compre su deuda pública… y eso que promete pagarla bien, con altas primas de riesgo. A Irlanda le esperan años de severa austeridad. ¿Nos debe mover el ver sus barbas trasquiladas para poner las nuestras en remojo? No demasiado. Primero, porque España lleva más tiempo haciendo los deberes de adelgazamiento que nos imponen quienes, a unas malas, nos salvarían. Segundo, porque la deuda de empresas y particulares de Irlanda, en relación a su PIB, es muy superior a la española (cierto es que, en términos absolutos, la nuestra es incomparablemente superior). Tercero, Irlanda es rescatable, como lo ha sido Grecia. Hay otros países que no lo son, y señalar está feo. A nuestros acreedores y a nuestros socios comunitarios les da más miedo España.

Podemos decir que el celta de a pie, el de Dublín y el de Kerry, afronta la versión financiera -y menos trágica, por supuesto- de la Hambruna de la Patata de 1845, que obligó a tantos irlandeses a abandonar su país en precarias condiciones. Ahora son los jóvenes sobradamente preparados de las universidades irlandesas los que se ven obligados a alquilar su alto valor intelectual y profesional a otros países. Una agridulce oferta. Una pesadilla solapada a un bonito sueño.

(Otros post de este blog sobre Irlanda: El tigre y el toro renquean al unísono (Marzo 2009), A todo tigre (y toro) le llega su San Martín (Julio 2008).)

‘Zobra’ el griego, o urge su catarsis

Tacho Rufino | 26 de abril de 2010 a las 17:16

 moneda euro-Grecia

(Foto: Un euro griego)

DE nada ha servido a Grecia contar con un primer ministro, Yorgos Papandreu, con un excelente bagaje técnico y diplomático, el tercer eslabón de una familia de primeros ministros con exquisita formación. Su padre Andreas, exiliado, estudió Filosofía y Economía en Harvard, universidad en la que fue profesor antes de conseguir sendas cátedras de Economía en Minnesota y en UCLA. Su abuelo Giorgios, nacido en el XIX, es la piedra de toque de una exquisita saga de socialistas moderados. A pesar de contar con un político de raza y prestigio al frente de su Gobierno, el país ha entrado en una fase de descomposición de consecuencias incalculables, para Grecia y para la Europa comunitaria. Permitan que recuerde aquel chascarrillo: se abre el telón, y se ve a una pareja pelando la pava denodadamente, mientras un discóbolo posa tras ellos. Se cierra el telón. ¿Cómo se llama la película?: ‘Zobra’ el griego. Puede que en Fráncfort se estén planteando que sí, que sobra Zorba. Si deja de pagar sus deudas, deberá abandonar el euro.

Ayer viernes, todas las portadas de los principales periódicos occidentales -compartiendo primera plana con un Obama en Wall Street que no ceja en su compromiso de domeñar el salvajismo financiero- dedicaban espacios preeminentes a la “agonía” o a la “sentencia” de Grecia por parte de los inversores, a la inminente “quiebra” griega y , por supuesto, a la “tragedia”, vocablo tan griego como crisis o caos… y catarsis . Nadie, sin embargo, mencionaba en la primera plana que la expulsión del euro del país helénico es la consecuencia natural de sus elevadísimas deudas pública y exterior, de sus insostenibles déficits fiscal y por cuenta corriente, de la falta de reacción de las inversión internacional al apoyo del FMI, de la rebaja de su calificación de riesgo por parte de las agencias de ráting, de sus maquilajes estadísticos a la postre descubiertos, de, en fin, su incapacidad de exportar bienes que son caros por su exceso de mano de obra incorporada, también sobrevalorada salarialmente. Una economía en fuera de juego competitivo, castigada por sus vicios y la emergencia de China y otros países.

Una economía anémica, carente no sólo de glóbulos rojos suficientes para competir, sino empeñada hasta las cejas. Y, ahora, totalmente descontada por los inversores y ahorradores, que están llevándose el dinero a otros territorios, vendiendo masivamente una deuda pública griega que, aunque pague más interés que nadie, nadie quiere. Nadie se fía. Sin dinero corriente, no hay movimiento económico. Un problema de liquidez gravísimo, el griego, que pudiera ser consecuencia de una insolvencia fatal. Lo primero es gestionable con ayudas y apoyos externos transitorios; lo segundo es la muerte. A Grecia, muy probablemente, no le queda sino adelgazar a lo bestia, sufrir un bajonazo drástico de su nivel de vida. (En el momento en que esto se escribe, la agencia Efe difunde el anuncio de Yorgos Papandreu: “Grecia se rinde al mercado y solicita la activación del plan de rescate”.)

Es inevitable en este punto volver a preguntarse en cuántas cosas nos parecemos a Grecia. No tenemos su desaforado déficit público, ni mucho menos su deuda pública, que en España arroja mejores niveles que la media de la eurozona. España cuenta con grandes empresas multinacionales (financieras, energéticas, tecnológicas, constructoras) que Grecia no tiene en medida comparable. España no miente en sus estadísticas públicas y aguanta el tirón de los demiurgos del rating, cuyas calificaciones inducen la circulación del ahorro y la inversión. Pero España está expuesta al contagio, porque se nos identifica con Grecia merced, en buena parte, al acrónimo PIGS, y también por causas objetivas: nuestra debilidad competitiva, nuestros productos relativamente caros y nuestro crecimiento no ya anémico, sino adobado con un creciente paro crónico. Urge adelantarse a la jugada y seguir abundando en las reformas y los recortes públicos. A los griegos sólo les queda resurgir de sus cenizas, como su Ave Fénix. La catarsis griega: purificación ritual, y vuelta a la vida.

El poliédrico mundo de la deuda

Tacho Rufino | 21 de febrero de 2010 a las 19:56

poliedro

(Ilustración Viti Goodman, “Nada es unidireccional”)

A todo pig (cerdo) le llega su San Martín, y el país en el que se acuñó el acrónimo en cuestión (iniciales de Portugal, Irlanda/Italia, Grecia y Spain, los PIGS, tenidos en bloque por los malos de la clase comunitaria) ha recibido el impacto del boomerang: según la OCDE, la deuda pública de Gran Bretaña será la mayor de la Eurozona en 2011. Gran Bretaña, de acuerdo, no es la estigmatizada Grecia, como tampoco lo es España según reconoció el británico Financial Times tras fustigarnos sin piedad, y hasta con razón. Pero Gran Bretaña adolece del mismo problema esencial de otros tantos países: los ingresos públicos han menguado mucho más rápidamente que los gastos, con lo cual su presupuesto se ha descuajaringado peligrosamente; déficit llama a deuda. Un dato del jueves: en enero, la economía de las Islas se endeudó en unos 5.000 millones de euros. La clave no está en la cifra, mareante como tantas otras, sino en el hecho de que nunca antes en ese mes de copiosa recaudación el país de la libra había tenido que acudir al crédito.

Ah, la deuda, magnitud que se ha hecho corpórea y omnipresente tras años de olvido, se olvida la salud cuando uno cree tenerla. En España, la deuda pública no es, de momento, un asunto tan grave como lo acabará siendo si no cambian las tornas. El problema real es la deuda privada, y no hablamos ya de la de la inmobiliarias y otras empresas, sino de la deuda de las familias y los individuos en general. Los hogares españoles son de los más endeudados en Europa, con un montante total de alrededor del 85% del PIB. Paro creciente, consumo menguante, deuda preocupante: brochazos básicos en un lienzo cuya visión consterna. Y aun hay más deudas.

Las deudas huelen hoy a morosidad, ¿quién no tiene una deuda de dudoso cobro a favor o en contra? La morosidad es fuente de inseguridad mercantil y jurídica, y la inseguridad emponzoña la economía. Las deudas dudosas paralizan. Siendo esto así, resulta más intolerable que el deudor sea una institución pública (Estado, autonomías, diputaciones, ayuntamientos, servicios de salud, largo etc.), y los acreedores las empresas privadas que han trabajado para ellas… y no cobran o, mejor dicho, cobran tarde y tras mil gestiones y cornadas. Es éste un problema de estrangulamiento de la iniciativa privada, la que es y debe seguir siendo verdadero motor de las relaciones de intercambio y del empleo. ¿Con qué argumentos pueden los gobernantes pedir a la banca que haga de banca y abra las compuertas del crédito si el principal moroso es el sector público, que hace gestión financiera a costa de las empresas? El sector público es un cliente teóricamente seguro para las empresas, y por eso se permite pagar con plazos que duplican el de la media comunitaria (casi setenta, ¡70!, días más de media para cobrar aquí un trabajo terminado, según informaba ayer Expansión). Con las líneas de crédito retiradas en sus cuarteles de invierno, dígame usted quién aguanta el tirón; qué gran empresa, qué pyme, qué autónomo. El Estado, nuestro alucinante Estado plurinacional e hiperlocal, debe recortar gastos porque los ingresos se han encogido enormemente (y no vale con incentivar-presionar a los inspectores de Hacienda, policías locales o haciendas autonómicas a recaudar casi “como sea”), pero dicha pérdida de peso por los ingresos y los gastos no debe encima ayudar a que el dolor económico sea mayor de lo que debe ser.

“La economía española retrocedió once puestos entre 2008 y 2009 en el ranking de países que ofrecen más facilidades para hacer negocios, donde pasó a ocupar el puesto 62 frente a la posición 51 del año anterior, según un informe elaborado por el Banco Mundial”, informaba Cinco Días el jueves. ¿Cómo nos podemos permitir eso? El Estado (la Junta, el SAS, los ayuntamientos) debe dejar de echar gasolina al fuego de la falta de liquidez y acometer sin dilación una reforma estructural de máxima urgencia como es la de facilitar el establecimiento de empresas.

deuda

Fuera cerdos del paraíso euro (o Quítate tú pa ponerme yo)

Tacho Rufino | 29 de enero de 2009 a las 19:25

Escudados en su supuesta esencia irónica y distanciadamente hiriente, los británicos llaman a ciertos países de la Unión Europea PIGS. Literalmente, PIGS significa cerdos, aunque el faltón juego de letras representa las iniciales en inglés de Portugal, Italia, Grecia y España (Spain). No hace mucho tiempo, en ese mismo saco estaba Irlanda, pero éstos, si bien son para aquéllos unos cerdos de toda la vida y viceversa, lo son por otros motivos que no son del caso. Ahora, el foro de Davos -un ‘think tank‘ ultraliberal reconvertido a marchas forzadas en responsablemente keynesiano- dice que España lo tiene muy crudo, que ha crecido con escoliosis severa, que hemos tirado la casa y los fondos europeos por la ventana y que nos queda sólo una alternativa: recortar drásticamente los salarios y el gasto público. Imagino a Zapatero mirando hacia otro lado ante tales cursos de acción para afrontar la crisis. De momento, nadie nos sacará tarjeta por incrementar nuestro déficit público para dar árnica al sufrimiento del pueblo, aunque las futuras generaciones deberán pagar dicho tratamiento y aunque, también de  momento, los límites de Maastricht estén arrinconados en algún cajón. Pero todo se andará.

El euro ha sido un colchón y un paraguas para una economía poco competitiva en el exterior como la española. Por otra parte, ha anulado el recurso a la devaluación de la moneda nacional -que tras la peseta ya no es tal- como recurso de urgencia para hacer nuestros productos más baratos y venderlos mejor fuera, consiguiendo así equilibrar nuestra desastrosa balanza comercial. Según un experto presente ayer en Davos -inglés, of course-,“si España no controla su desempleo, sus niveles de actividad y sus presupuestos y finanzas públicas, se verá forzada a abanadonar el euro”. Gran pelotazo informativo, no me dirán.

Mientras digerimos esta noticia que seguramente va a ser recurrente a partir de ahora, cabe apuntar que dicho aviso de expulsión coincide con el debate interno británico acerca del abandono de la libra y su integración en el euro. Como cantaba un conjunto salsero, quítate tú pa ponerme yo. Nada es fijo ni cierto en estos tiempos de tribulación.

Si España sale del euro -por su propio pie o con una carta que traiga el motorista de Bruselas-, el corralito financiero está asegurado, la banca se colapsaría por la huida de depositantes y acreedores y la financiación externa del país se vería enormemente dificultada, entre otras consecuencias (ver aquí una lista de pros y contras). Por contra, si volvemos a la peseta podremos manejar nuestro tipo de cambio, como hemos dicho antes. En ese caso, olvidémonos de ir a las rebajas de Nueva York, de cruceros caribeños a los que van hasta los jovenzuelos en pandilla y, en general, de llegar mucho más allá en vacaciones de la casa de los parientes del pueblo. O nos sacamos el Interrail con al mochila llena de latas de atún. Sé que la cosa no está para bromas, pero agoto los cartuchos de la risa antes de darme al ponche definitivamente.