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Algunos claros entre el oscuro dogma

Tacho Rufino | 28 de octubre de 2012 a las 19:03

CUANDO los nacidos en los sesenta estábamos ya enrolados sin remedio y para siempre en nuestros roles -maniático como su padre, o travieso, o desordenada, o responsable, o cariñoso, o guapa- comenzó a hablarse en conversaciones de pedagogía de calle de la necesidad de no repetirles a los niños esos sambenitos recurrentes y casi siempre precipitados, tan familiares y tan escolares, porque acaban imponiéndose en la personalidad del chaval. Con las recetas económicas pasa igual: de tanto repetirnos que no hay más remedio que tomar las medidas que se toman, de tanto escuchar que no hay alternativa, y sí mucha ignorancia en la disensión del dogma, acabamos por interiorizar el concepto, y compartirlo mansamente. La evidencia de la creciente degradación laboral, con el alucinante récord de desempleo que conocimos ayer, no parece hacer mella en la muy germánica lucha contra el déficit, por mucho que los resultados sean catastróficos. No sólo aquí. Esas mismas recetas han calcinado el medio plazo de países condenados a la inanición en círculo vicioso: el recorte de gasto provoca recortes de ingresos, de forma que incluso un esfuerzo expansivo -que nunca podría venir de un satélite dañado y seco como España- no tendría efecto precisamente por el nivel de depauperación a que hemos llevado al sistema, con la fuerza de la fe única y verdadera, sin matices: el recorte era ineludible, pero no en un camino sin fin y por tanto sin retorno. Hemos acabado por creernos lo que nos dicen que somos. En demasiados casos, sanedrines y prescriptores de tratamientos radicales están a cubierto de los males que comienzan a conducir a gente a la horca por mano propia -la que firmó la hipoteca que no debía, desde luego, pero no seamos simplistas-. No me importa parecer demagógico. Mi conclusión es empírica, sacada de la realidad: los prescriptores de recetas radicales no tienen problemas económicos por lo general, e incluso gozan de buenas pensiones vitalicias. Debe de ser sin duda casualidad.

Lo sabemos. España está enferma de deuda privada, y de creciente deuda pública. Los inversores castigan nuestra debilidad, y la tibieza vestida de ortodoxia del BCE realimenta los ataques especulativos sobre nuestra deuda pública, provocando enormes costes financieros a las arcas públicas e inestabilidad en la gestión presupuestaria…, pero también pingües beneficios derivados de la volatilidad a los más avisados y mejor informados. España no tiene un modelo productivo adecuado: deficiente innovación, dependencia excesiva de sectores hoy paralizados -gran parte de nuestro desempleo proviene de la construcción-. Pero España hace los deberes con obediencia y arrepentimiento por los delitos del endeudamiento en los que, no lo olvidemos, los cómplices necesarios son los bancos que nos animaban, incluidos los alemanes que arrimaban desde afuera cuando lo de dentro no daba más de sí por las costuras. Cajas que se sanean con cargo a usted y a mí. Otros cómplices fueron los gobernantes y políticos en general, incluidos los gobernadores del Banco de España, que no sólo ignoraban más o menos dolosamente los avisos ciertos que probos funcionarios del Estado les lanzaban. Eso lo sabemos, y tan duro nos han dado con razón y, también, con el adoctrinamiento en el pensamiento único, que -de momento- nos achantamos y aceptamos resignados esta encrucijada histórica. Las válvulas sedantes de la prestación social, el apoyo familiar, la economía sumergida y la caridad (gracias, Amancio, gracias) funcionan a modo de cuarto sector, el de la economía de subsistencia. Pero España tiene grandes empresas, no siempre grandes de dimensión; sectores refugio que soportan lo que haga falta, como el turismo y, cada vez más, la agricultura y su industria. España tiene miles de universitarios con cada vez más ganas de realizarse profesionalmente, entre los que se está dando un esperanzador fenómeno: mientras que hasta hace poco querían ser funcionarios o empleados, ahora son la categoría social donde más emerge el espíritu emprendedor. Hay claros entre tanto dogma.

Un sabio de ‘izquierdecha’

Tacho Rufino | 6 de febrero de 2012 a las 14:23

La derecha y la izquierda existen. Afirmaba el italiano Sartori que la diferencia esencial es que la izquierda promueve la igualdad, mientras que la derecha promueve los beneficios enriquecedores de la diferencia, lo cual conlleva la defensa de los privilegios de quienes han hecho dinero o lo han recibido en el notario. La izquierda defiende lo colectivo, la derecha lo privado. En la economía de la crisis, también las posiciones son claras, lo cual, siendo consecuencia del malestar causado por el empobrecimiento y la incertidumbre, es reconfortante: las líneas ideológicas difusas de los tiempos del bombeo de la última gran burbuja eran falsas, o al menos transitorias. A día de hoy, en política económica la discrepancia tiene rostros muy diferentes.

Si eres de derechas, la austeridad es el dogma, mientras que si eres de izquierdas reclamarás políticas de estímulo fiscal y convendrás que la dieta es necesaria, pero con algún suplemento vitamínico que prevenga la anemia. Merkel -mejor dicho, el paradigma alemán- es el estandarte de la primera visión; Krugman, de la segunda (Antón Costas parafraseaba hace unos días el “Dios, dame la castidad, pero no me la des ahora” de San Agustín: “Dame la austeridad, pero no me la des toda ahora”). Si eres de derechas, creerás que los culpables son los políticos, con Obama a la cabeza (y Zapatero -¿recuerdan?- a nivel doméstico). Si eres de izquierdas, culparás del pecado original y otros menos originales a la banca y otros operadores del mercado financiero. Suele gustarnos ponernos un traje prêt à porter ideológico, y asumir un credo y una estética empaquetada. Es comodísimo. Te vuelves previsible y hasta cansino, pero da mucha paz de espíritu estar alineado. El arquetipo de la consistencia ideológica es el nacionalismo español contra España: sota, caballo y rey; el enemigo y el argumentario del clan están clarísimos, no hay fisuras ni dudas.

El economista indio del MIT la Universidad de Chicago Raghuram Rajan no es hombre de blancos y negros, como no lo es su propia piel. Cuando todos decían que la cosa iba bien, él dijo lo contrario: “Me sentía como un paleocristiano que hubiera aterrizado por casualidad en un congreso de leones hambrientos”. En su libro Fault Lines, defiende la tesis de que la crisis ha sido causada al alimón por bancos, políticos y ciudadanos. Pero, ojo, su tesis es que hay aún grietas en las placas tectónicas que, de no resolverse, no dejarán al mundo en paz más que transitoriamente. Cuando uno espera el alegato del adelgazamiento del Estado, Rajan sorprende. ¿Adivinan cuál es la grieta principal que provocará nuevos terremotos según este sabio inesperado? La brecha entre ricos y pobres, global y local. Un tipo de izquierdecha. (Por cierto, el libro ganó el Premio Financial Times y Goldman Sachs al mejor libro del año. Qué ricas contradicciones.)

La insoportable terquedad del déficit cero

Tacho Rufino | 29 de enero de 2012 a las 13:44

RESULTA sorprendente la cantidad de minutos que se reservan en los noticiarios a los partes meteorológicos, que ocupan más espacio que Cristiano, Mou, Soraya y Rajoy juntos; como si fuéramos todos agricultores. Para mí que el tiempo es el nuevo opio del pueblo junto con internet. Los modelos predictivos que utilizan los Mariano Medina de hoy combinan una serie de variables, las meten en la coctelera matemática y te predicen con días de antelación el frío que van a pasar en Aguilar de Campoo o en Mudela de Calatrava. Menos espacio se dedica a un modelo predictivo fundamental, el llamado cuadro marcroeconómico. El cuadro macroeconómico es una representación valorada -un escenario- de las grandes magnitudes económicas de un país: crecimiento esperado del Producto Interior Bruto (PIB), demanda nacional, saldo de exportaciones menos importaciones… y tasa de paro. Esta hoja de ruta primigenia es el cuadro de mando integral de la tripleta Rajoy-Guindos-Montoro, con Báñez de típico centrocampista de poco vistosa pero fundamental función. Cierto es que cualquier plan es hoy en día dudoso, que el corto plazo y sus fuegos financieros ocupan toda la labor ejecutiva pública y privada; que el “ya veremos”, el “de momento” y el “a día de hoy” contaminan toda previsión de déficit, todo rumor de fusión bancaria, y no digamos cualquier plan vital de cualquier individuo o familia: la esquelética estrategia es tirar p’alante, sobrevivir. Pero aun así, los grandes números son imprescindibles, y sus relaciones tienen chicha y margen de maniobra.

España tiene un problema brutal de deuda privada. Una deuda familiar y empresarial desquiciada (más de tres veces el PIB), y de bastante dudoso cobro. España -sus bancos, los tiránicos niños mimados de una familia en decadencia- tiene un problema silente de devaluación real (o sobrevaloración contable) de sus activos inmobiliarios, incluidos los créditos privados dudosos antes mencionados (¿no le ha llamado su banco para ver si usted quiere una carencia en el pago del principal de su hipoteca dos años, y así pagar sólo intereses, sin que usted haya abierto la boca y pague religiosamente?). España tiene por supuesto un problema grave de crecimiento del PIB, o mejor dicho, de decrecimiento del PIB. Sin que crezca el PIB, no hay empleo. Y España, sobre todo, tiene un negro agujero de desempleo, apuntalado por la solidaridad familiar y la economía sumergida. Para rematar el escenario macro formato pescadilla que se muerde la cola, España tiene un mandato alemán, ya constitucional, de limitar al máximo el déficit; es decir, de conseguir en pocos años no gastar más de lo que se ingresa. Y ése, el gasto público, es la única variable que teóricamente puede manejar el Gobierno, que además debe tutelar el déficit autonómico. Pero resulta que hemos prescindido de ese recurso, con la fe del converso a la ortodoxia religiosa germánica. No podemos jugar con el déficit, porque el déficit es tabú hoy. Hay que ahorrar, no cabe invertir.

España, como Estado, no puede gastar, sólo se nos permite recortar. Nada de gastar con la intención de dar color al rostro blanquecino de nuestra economía: “¿Y por la noche qué harás?”. “Recortar y callar”. Lo único que le queda a España es pedir a Alemania que nos deje gastar algo más de lo que entra, aunque nuestros ingresos públicos sean menguantes. O bien alguna forma derivada de caridad comunitaria, que en ningún caso sería controlada por España. La terquedad del déficit cero es insoportable. No la puede soportar España. Salvo que aceptemos convertirnos en un país satélite, una región secundaria y dependiente.

‘Mercado Kid’ noquea a ‘Mantequilla Estado’

Tacho Rufino | 6 de agosto de 2011 a las 15:58

“Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió”. Ojalá estas palabras que Borges puso en boca del joven que fue a matar al monstruo se hicieran realidad, y el minotauro estuviera deseando calmarse e incluso morir a manos de quien supiera llegar al centro de su laberinto. El laberinto económico inextricable que quizá a ustedes, también, les provoque tanto hartazgo como temor. En la misma línea mitológica, una analista sueca tira esta semana de metáfora para ilustrar lo que está pasando: “[los mercados]…un dios enfurecido, que nosotros mismos hemos creado, y al que ahora vamos a tener que ofrecerle muchos sacrificios para que se calme”. El “nosotros mismos hemos creado” es sin duda un plural algo injusto: todos los “nosotros” no somos igual de “nosotros”, hay algunos que han contribuido mucho más a emponzoñar la situación económica global que otros. Probablemente, no pocos de ellos son los que ahora obtienen grandes beneficios de la extrema inestabilidad, que amenaza con llevarse por delante ese poliedro diverso y dispar en que se ha convertido la Unión Económica y Monetaria. Lo que llamamos el euro.

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El combate está bien avanzado, y un púgil rocoso y sin estilo, con excelente juego de piernas, que nunca descubre su rostro y cuya pegada siempre hace pupa vapulea a los puntos a su contrincante, un espigado y elegante boxeador blanco, de alta escuela y método, que no tumba a un pelele y que tiene el mentón tan frágil como castigado el hígado. Los mercados revientan a la política. Titulaba Joaquín Aurioles en estas páginas el jueves: “El gobierno de los mercados”. No se quedaba en el desencanto, sino que cuantificaba cuál es el déficit de tesorería que tiene y tendrá España, y recordaba que, por nuestra parte, no queda sino trabajar en los gastos y/o en los ingresos. Mejor rápido que tarde. Porque siendo desproporcionada -abusiva si quieren, criminal incluso- la acción algo carroñera de los más conspicuos agentes financieros contra España o Italia -y lo que vendrá-, nosotros tenemos muchas tareas por hacer.

Sigamos haciendo patria, y citemos a otro articulista de esta casa. Fede Durán, con tino y elocuencia, escribía ayer viernes acerca de los deberes por finalizar y pendientes de empezar a meterles el diente. Tenemos que: aclarar a Mercado Kid cómo se organiza fiscalmente este país autonómico; corregir una reciente reforma laboral que ha sido lo que los jóvenes llaman ahora un pa ná; acabar cuanto antes con la reforma del sistema financiero español; acercarse a los países grandes, sean blancos o amarillos; subir el IVA. Sobre esta última cuestión se habla poco. Es un tabú político anunciar que se van a subir los impuestos porque no queda otra. Nadie lo hace. Es más, algunos prometen lo contrario. “Sé cómo obtener la cuadratura del círculo: voy a bajar los impuestos”. No nos vale tampoco la alquimia rubalcábica, un candidato metido a Robin Hood tributario: “Más impuestos para los más ricos, obligar a los bancos a dar crédito”. Esa rata, ¿quién la mata? Hace mucho tiempo que muchos lo decimos: los impuestos -así, en su conjunto- seguirán subiendo, por mucho maquillaje efectista que se haga (bajo un poco por aquí, subo mucho por allá). A nivel local, vean cómo se comportan los policías locales de su ciudad. Auténticas máquinas recaudadoras. Un alcalde del PP contradice la doctrina de su partido: “Voy a subir los impuestos, me da igual loo que piense mi partido. Esto se hunde”. Las verdades del lugareño. Como puños.

Las necesidades esenciales y la selva

Tacho Rufino | 11 de junio de 2011 a las 10:53

LOS seres humanos, al parecer en mayor medida que otros animales, nos adaptamos rápido a un nuevo nivel de satisfacción de las necesidades. Lo cual a su vez hace cambiar la valoración futura de dichas necesidades: cuáles son las básicas, cuáles las prioritarias, cuáles las accesorias, cuáles las superfluas, cuáles las excesivas. En el mundo que vivimos peligrosa y austeramente, los niveles de satisfacción y exigencia se ajustan a la baja en línea con los niveles de disposición de renta menguantes, y también en función de las negras expectativas que crean las letanías agoreras del mundo interior -titular del supermercado de la esquina incluido- y exterior -estudios prospectivos de tanques del saber incluidos-.

El ajuste presupuestario en curso, el doméstico y el macro, tiene mucho de esa atribulación y de ese miedo. Nadie discutirá, o casi nadie, que si los ingresos bajan vertiginosamente, los gastos deben reducirse. En la esfera pública, tampoco se debe discutir que, si la partida fundamental de ingresos nacionales son los impuestos, los impuestos son otra vía para equilibrar el presupuesto: subiéndolos, claro es. Sin embargo, en esto topamos con rocas ideológicas. Subir los impuestos a las sufridas -nunca mejor dicho- clases medias sería inocular una nueva dosis de curare paralizante al consumo. La posición progresista -o mejor, progresiva- es apretar más la fiscalidad de las rentas más altas. Esto siempre se ha encontrado de frente con una perversión sin culpable: los que deciden sobre las subidas a las rentas más altas son precisamente rentas altas, o bien son personas con intensas dependencias de entidades financieras que obtienen jugosas rentas del capital, e intentan evitar -lobbeando- que se graven más. También hay otra vía impositiva: atacar a la economía sumergida, que se calcula en una quinta parte de la economía nacional. Para ello, conviene tener en cuenta dos cosas. Primera, la economía sumergida de subsistencia es higiénica y necesaria. Por el contrario, la evasión planificada desde posiciones de poder patrimonial, y no digamos la economía sumergida delictiva, son fuentes lógicas para recaudar más. Dicho esto, dicha también la dificultad de esta obligación pública: en la Agencia Tributaria -sufrida ella también- se da el adagio cubano: por los medios no te preocupes, que medios no hay… suficientes.

Hay, en fin, otras dos vías para ajustar los presupuestos y los presupuestos de tesorería, los que riegan las macetas a diario. La primera parece descartada ex ante: el recurso a nueva deuda pública, siquiera una deuda pública que se invirtiera en activos productivos rentables para los objetivos públicos. La segunda vía para equilibrar presupuestos es el crecimiento. Pero de nuevo la irónica sabiduría del cubano sin perspectivas: “Por el crecimiento no te preocupes, que crecimiento no hay”. ¿O sí? Sí, sí, hay algún dato bueno, aparte de las exportaciones rampantes. Hemos sabido esta semana que nuestra añeja gallina de los huevos de oro, el turismo, ha llegado a cifras desconocidas desde hace una década. El crecimiento del turismo se valora en más de seis veces superior al escuálido crecimiento previsto del Producto Interior Bruto (PIB) para el próximo año.

Sobre las necesidades y su correlativo gasto para satisfacerlas, cabe recordar a Baloo y su genial canción prestada de Louis Armstrong, The bare necessities, las necesidades esenciales, que aquí se cantaba como “Busca lo más esencial no más…”. Las imprescindibles (sanidad, educación, coberturas para los desfavorecidos y desafortunados), deben estar aseguradas por nuestro Gobierno, cualquiera que éste sea. Ese Estado social debe estar al margen de inquietantes “tendremos el Estado del bienestar que podamos tener”. Si no queremos convertir este patio en una selva, mucho más peligrosa que la de Baloo y Mowgli. La del tigre Shere Kahn y de la serpiente Kaa.

La fe del ‘Estado mínimo’

Tacho Rufino | 6 de septiembre de 2010 a las 15:40

LOS refranes que usamos se crearon cuando, para bien y para mal, lo políticamente correcto no existía, de forma que, por ejemplo, en el país de los ciegos, el tuerto era el rey (hoy no podríamos hablar de ciegos en un foro público, y menos aun de tuertos). Es ése un dicho tirando a incorrecto, pero es muy ilustrativo, y de aplicación a las economías regionales: en España, el País Vasco -ex aequo con Cataluña- es el rey tuerto económicamente; en Europa, lo es sin duda Alemania. En estos días de profusión de mapas meteorológicos en los interminables partes del tiempo de los telediarios, la mayor intensidad de color cálido del sur solía contrastar con la frialdad celeste del norte. Aunque no entremos en discutir la influencia del clima en la economía y la historia de los pueblos, sí se le venían a uno a la mente otros mapas en los que también las regiones más meridionales lucían con tonos más intensos: los mapas del paro y el fracaso escolar. La renta per cápita también se comporta en España con distribuciones que, sobre la piel de toro, son bastante complementarias con las anteriores. En el marco europeo, la tónica general es parecida: norte más rico, sur más pobre, aunque no sólo no ha sido siempre así, sino que en largos periodos ha sido al contrario. Enfocando en un tiempo concreto, el que vivimos, vale la pena preguntarse por qué a Alemania le va bien con la crisis, y si sus planes de austeridad tienen mucho o poco que ver con su liderazgo.

La derecha política suele estar mucho más desunida que la izquierda, lo cual no deja de ser lógico dado que la derecha (teórica) promueve la capacidad individual y la izquierda (teórica) la igualdad. Sin embargo, en economía, el liberalismo (la derecha económica) suele tener un credo sencillo y firmemente compartido por sus fieles, a pesar de que el mercado sin trabas -particularmente, el financiero- se haya demostrado más un origen de males colectivos y beneficios particularísimos que un beatífico manantial de crecimiento y bienestar. Muchos apóstoles de la fe del Estado mínimo se han apresurado a atribuir a las políticas de austeridad de Merkel un dato fenomenal: el último crecimiento oficial de la economía de Alemania ha sido el más grande desde la Reunificación, en 1989. Algo como atribuir la tripa galopante a las cervezas de ayer o como culpar de la alopecia al champú del hotel del fin de semana pasado. Identificar los planes de consolidación fiscal -qué nombres tan juguetones damos a las cosas- de Merkel con el éxito del último dato de crecimiento iba parejo a la identificación de los planes de estímulo de Obama (la política económica contraria, por decirlo de una forma sencilla) con el pobre último dato oficial de la economía USA. Sin embargo, el éxito alemán tiene mucho más que ver con un euro a la baja que ha posibilitado un enorme auge de sus exportaciones (Alemania es, dicho sea de paso, el mayor exportador del mundo). Sus buenos datos recientes no se deben a la política de austeridad que ha acometido Merkel “para dar ejemplo”, que es demasiado reciente también.

A Obama, por su parte, lo estaban esperando. No ha caído ni caerá bien a la derecha española (no digamos a la estadounidense), por motivos de diversos colores, y resulta alucinante cómo tantos se han apresurado a achacar a sus políticas de estímulo -energía sostenibles, infraestructuras y recortes de impuestos a pymes- un presunto fracaso de sus cifras económicas. Tantas veces el objetivo no es analizar, pues, sino atacar al enemigo con cualquier excusa. ¿Por qué no combinar la sensata austeridad, cuyos efectos son más demorados, con el estímulo útil, que funciona más rápido en sus propósitos? Por pura ideología.

La maquinita

Tacho Rufino | 9 de diciembre de 2008 a las 19:21

El poliedro

Siempre nos quedará la maquinita

José Ignacio Rufino / Economia&empleo@grupojoly.com, 7/12/2008

LA resurrección de Keynes ha supuesto a su vez el desenterramiento de la Política Económica, y permítanme las mayúsculas, porque sin duda el concepto merece las iniciales altas como disciplina diferenciada que es dentro de la Economía, pero también por la necesidad y la urgencia de volver a practicarla ante la tormenta perfecta que nos azota. Hacer política económica es una atribución de los gobiernos que estaba en desuso cuando la producción, el consumo, la inversión y el dinamismo financiero navegaban con el viento en popa; o sea, la intervención fiscal (es decir, la política económica que utiliza el gasto público y los impuestos para estabilizar o estimular la economía) ha estado cogiendo polvo en el desván alrededor de tres lustros. Las velas infladas en oreja de burro del crecimiento sostenido -el aparente milagro que, en el caso español, parecía poder durar ad aeternum- dieron paso, a pesar de los tapabocas y negativas de unos gobernantes sumamente atribulados, a la desaceleración, el estancamiento, la recesión y, según todos los augurios, dará finalmente paso a la depresión económica, que viene para quedarse. Y todo ellos, en menos de un año. El pretendido soft landing (aterrizaje suave) ha sido realmente muy poco soft: un aterrizaje de los de carné de identidad en la boca.

Recuerdo al profesor Vallés explicarnos en clase, con cachaza y marcado acento catalán, que la política económica requería “combinaciones deliberadas de política fiscal y política monetaria”. Correría el año 1983, y entonces España podía practicar la política monetaria (aquélla que utiliza el tipo de interés y la participación estatal en el mercado de dinero, y disculpen el didactismo). Hoy, este recurso reside en Fráncfort, sede del Banco Central Europeo. O sea, que Solbes -y en nuestro caso regional, Griñán- puede acometer una política fiscal expansiva, así como construir obra pública, rebajar impuestos, ayudar a sectores concretos -¡cuidado con crear precedentes!-, regular más o menos los mercados… y poco más. Sin embargo, el banco central -sea la Fed USA, sea el BCE que dirige Trichet- sí puede hacer política monetaria. Precisamente sobre esta prerrogativa, el consejero Griñán lanzó un verdadero scoop, que quizá haya pasado demasiado desapercibido, el pasado martes en el Foro Joly, un referente de primer orden en el debate y la reflexión social, económica política andaluza y española. Según Griñán, por este camino acabaremos dándole a la maquinita. Me explicaré.

“Darle a la maquinita” -según dijo Griñán, el término recientemente acuñado para este recurso es nada menos que flexibilización cuantitativa- es crear dinero. Las rebajas del tipo de interés para estimular el préstamo y el consumo tienen un límite: el cero. Dinero gratis; hay que devolverlo, pero no tiene precio. En Estados Unidos están ya cerca del límite de agotamiento de este recurso. Lo siguiente, a la desesperada, es meter dinero artificialmente, sin apenas valor, en el sistema; es decir, sin respaldo en el PIB del territorio en cuestión. Esto genera mayor disponilbilidad de dinero, pero detrae el valor de cada billete: una versión de la inflación. A pesar de los riesgos de darle a la maquinita, más temible es la deflación; es decir, el descenso generalizado de los precios por falta de demanda, un auténtico monstruo corrosivo para las empresas y sus negocios. Para todos, al cabo. Hasta este mismo año, en Japón llevaban casi diez sin poderse zafar de su correoso marcaje, periodo en el que su fabulosa industria se ha erosionado de forma importante. Sin duda, hay faena de política económica.

De noche, entre la niebla realzada por las luces de la pista de despegue y el ruido del bimotor listo para partir, podemos imaginar a Rick Trichet con el cuello alzado de su gabardina, mirando intensamente a los ojos a Ilsa Solbes, diciéndole con melancólica solemnidad: “Siempre nos quedará la maquinita”.

Griñán pone proa a la crisis

Tacho Rufino | 4 de diciembre de 2008 a las 7:02

El consejero de Economía de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, ha sido el ponente del Foro Joly de ayer miércoles y, como es habitual en este peso pesado de la Administración Chaves, nos ha brindado algunas declaraciones de interés, con todas las cabezas visibles de las cajas andaluzas y gran cantidad de empresarios de bandera entre el auditorio. En su habitual estilo didáctico y directo, Griñán ha dejado dos perlas que más tarde comentaremos con más detalle, una vez circulen los reportajes que los periódicos de Grupo Joly están elaborando:

“Solbes se equivoca”, aludiendo a la predicción del ministro sobre el empeoramiento de la situación del desempleo español para el año que viene. Su argumento, el de Griñán, se basa en que, aunque crecerá el paro, no lo hará de la forma tan drástica (o “dramática”, si utilizamos con mala intención el término anglosajón) en que lo ha ha hecho en éste, 2008. La media aritmética le avala.

– El déficit andaluz no se incrementará “ni en una sola peseta” para contrarrestar la crisis. Y esto no quiere decir que el Gobierno de la Junta no vaya a hacer nada. Intentaremos descifrar el acertijo.

Además, Griñán -dirigiendo la mirada al director general de la Agencia IDEA, antiguo IFA, Jacinto Cañete- ha dejado claro que no va a apoyar a empresas andaluzas porque sí, sobre todo a las que se han “despatrimonializado por una mala gestión”. Muy sensato, sin duda; aunque cabe decir que algunas empresas innovadoras y que han arriesgado han perdido patrimonio precisamente por tener unas pérdidas que no han tenido otras que han estado cobijadas bajo el cielo protector de la Junta.

Ni blanco, ni negro

Tacho Rufino | 9 de noviembre de 2008 a las 21:35

 

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Ni blanco, ni negro

José Ignacio Rufino / Publicado el sábado en “El Poliedro” Economia&empleo@grupojoly.com | Actualizado 08.11.2008 – 01:00

 

COMO le sucede a Obama, esa prodigiosa combinación de carisma y mercadotecnia, la mayoría de las cosas no son ni blancas ni negras. A esto hay que añadir que el negro tiñe más, sin segundas. Por eso el color del cristal con que se mira la economía desde hace un año, cada vez más negro, oscurece el porvenir inmediato y lo muestra como un túnel al final del cual no se atisba luz ninguna. Quizá porque el túnel describe una curva que no vemos: la curva tras la cual reaparece la felicidad perdida. ¿Debemos hacer profesión de realismo, y abundar en el pesimismo, o debemos creer que, siendo optimistas, ayudamos a revertir la tesitura?

A la primera opción se le achaca dos defectos. Primero, asusta y agacha a los agentes económicos; segundo, muchas voces dicen que una crisis -una fuente de malas noticias- es “un gran negocio mediático” (a esto hay que decir, de entrada, que el negocio mediático está en la audiencia de pago y en la publicidad, y ninguna de esas cosas engorda con las vacas flacas, ni mucho menos). La alternativa al enfoque sombrío -o sea, el optimismo militante y voluntarista en los gobernantes, empresarios y analistas en general- sólo confía en el efecto placebo, más allá del buenismo: se trata de una estrategia que, no pudiendo por el momento combatir realmente las causas de la crisis, combate sus síntomas. O manda mensajes de tranquilidad sólo con la esperanza de que el mensaje tranquilice, aun no habiendo motivo objetivo alguno para estar serenos. Más o menos como cuando un psicoanalista exige al paciente con la moral por los suelos que se vista bien, que se asee y que se sienta bonito antes de salir a la calle.

La desconfianza anula buena parte de las capacidades de la política económica. Hemos asistido a la indiferencia de los mercados ante la garantías públicas regaladas a la banca y, después, a la rebaja de los tipos de interés de referencia. Y hasta la victoria de Obama ha dejado impasible a los mengues de la depresión, tras el parto de la burra que ha sido el último año largo de pertinaz campaña electoral. Como si nada. La bolsa -de acuerdo, un termómetro desquiciado que resulta ser el paradigma de la economía financiera en su sentido más perverso, y no el indicador de la economía real que debería ser- ignora a las que se supone son buenas noticias. El paciente muestra una clara resistencia al tratamiento.

Hoy escuchaba a un veterano constructor de la tierra -con verdadera empresa en marcha desde mucho antes del boom y, también, después del crash- decir que ya está bien de hablar “en negativo”. Aducía, con razón, que más allá de los datos en pendiente descendente (el PIB, el consumo, la inversión) o rampante (el paro, la morosidad, el déficit), abundar continuamente en ellos sólo consigue realimentar el estado de las cosas. Pero hay otras razones de peso para abandonar el pesimismo. Por ejemplo, su visible efecto sobre la productividad. No hablamos de ésta como unos ratios con diversos denominadores y cocientes, sino de la productividad palpable, la que denotan las actitudes. Y esto es visible tanto en el pavor paralizante que atenaza a los empresarios y directivos (notarán ustedes que las páginas están diezmadas de reportajes de empresas, que son reacias a decir “mira qué mal lo tengo”), sino en la ansiedad que agarra a los empleados en general. El espectro del ERE y el del concurso de acreedores no ayudan a la productividad. Necesitamos calma y, quien pueda, que sea además optimista.

Mientras tanto, a los economistas, que han adquirido centralidad social, les llueven las bofetadas. Hay quien pone en duda la condición de ciencia de la economía, alegando que no es capaz de predecir ni de prescribir recetas útiles. Poco más o menos como le sucede a los médicos con el sida o la malaria. O a los biólogos con el cambio climático. O a los meteorólogos con ciertos desastres naturales.

Les juro que yo me había prometido no escribir sobre la crisis hoy. Pero ustedes me dirán cómo.

Leña al superávit, que es de goma

Tacho Rufino | 21 de mayo de 2008 a las 9:28

En corto; atentos al silogismo:

  1. El actual superávit de los presupuestos públicos se ha nutrido de los ingresos que vía impuestos genera una economía con alto nivel de intercambio y altos porcentajes de crecimiento año tras año: véase España.
  2. Las liberalidades electoralistas (400 euros por barba contribuyente, la más flagrante) y el descenso progresivo de la actividad general -¿imprevisible? Noooo…- merman los ingresos públicos, presupuestados con base en unos niveles de crecimiento previstos muy superiores a los que , a la postre, se están registrando.
  3. Ergo: el superávit puede volatilizarse de aquí a final de año, cuando comenzará a registrarse déficit presupuestario durante el tiempo que la crisis tarde en enfriar la economía para resurgir de las cenizas. El paro (muy) creciente y los subsidios y no cotizaciones que provoca son los elementos básicos ddel engorde del déficit que viene.

(Hace unos cuatro meses escribí una columna sobre el asunto en RdA, puede pihcar aquí para verlo el-presupuesto-no-tiene-quien-lo-quiera.pdf)

Datos y cosas:

  • El superávit se ha reducido a la mitad en los tres primeros meses del año. El Gobierno, además, quiere estimular la economía gastando 10.000 millones de euros extra de ese presupuesto.
  • Se pensaba crecer este año al 3,3% de aumento del PIB (revisado a la baja: 3,1%, 2,3%…). The Economist valora nuestro crecimiento este año en ¡el 1%!
  • ¿Para qué sirve el superávit? Es, primero, un síntoma de rigor en el manejo de las arcas públicas. Segundo, es una de las pocas garantías ciertas para intervenir en la economía desde lo público sin hipotecarla.