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Expertos

Tacho Rufino | 23 de marzo de 2014 a las 23:46

UN experto a quien se da cancha en una reforma fiscal es alguien que puede tener mucho peligro para el bolsillo de la gente. Si en vez de un solo experto se trata de un equipo grande de expertos, las prescripciones que éstos proponen al Gobierno se aguan un poco, como todos los consejos de los grandes grupos, que tienden al consenso y, por tanto, a una solución técnicamente menos que óptima, como las que suelen parir todos los grandes grupos. Incluso tienden a la obviedad, porque la gestión presupuestaria es una tarea ingente en números, pero que consta de pocos sumandos (o restandos, según si la perspectiva es de quien recauda o de quien se rasca el bolsillo), es un sota, caballo y rey, una ecuación sencilla que se resuelve con altas dosis de ideología, y cuyas variables son principalmente el IVA, el IRPF, los impuestos especiales y, con mucho menos peso, la tributación de las empresas. La dificultad está en decidir si se aprieta a quienes trabajan y tienen un salario u otras rentas no ocultas, en proporción directa a sus ingresos -o sea, se busca elevar la recaudación por el IRPF-, o alternativamente se gana recaudación sin atender a si se gana más o menos: elevando el IVA, encareciendo la vida de la gente en general. Los expertos le han dicho a Montoro que haga esto último, la opción más regresiva: suba usted el tipo general de IVA -¿otra vez? Otra vez…- e incluso el IVA de algunos alimentos. Nada de milongas de reactivar el consumo dejando más dinero en el bolsillo de la gente: eso queda para los programas electorales. Y por supuesto, el informe experto contiene meras pinceladas declarativas sobre los problemas fiscales menos atacados: la baja tributación de grandes empresas y fortunas, y la economía sumergida (la gorda, y no tanto la de supervivencia). Como no podía ser menos, esta opción es la que nos quieren imponer los castigadores exteriores del FMI y la Europa rica, e incluso De Guindos, que tras parar el rescate nacional y conseguir el rescate bancario en Europa, es en Europa donde quiere aterrizar tras su duro ministerio; Bruselas le va a parecer un spa. Con las elecciones a la vuelta de la esquina, Montoro -que es ahora el hombre fuerte del Gobierno, el más político de los economistas ejecutivos- le ha dicho a los expertos que muy bien, que se agradecen los servicios prestados, y que sus expertas prescripciones van al cubo de la basura. Está la gente como para subirle el pan. Si la gente se tira a la calle por perder su casa -sólo faltaba, ¿usted qué haría?-, cuando le tocan el pan se tira con más hambre, como ha demostrado la Historia tantas veces a lo largo y ancho del mundo. Gracias esta vez, Montoro, por ser coherente con su ideología. ¿O debemos decir: “Gracias, elecciones?”.

Negociar y no sólo obedecer

Tacho Rufino | 3 de marzo de 2012 a las 21:42

LA tecnología de la comunicación y las finanzas sin ataduras no han hecho un mundo más igual e integrado, sino al contrario. Vaya chasco. Una de las grandes utopías de la globalización era la mejor distribución de la riqueza. La segunda era la consecución de una mejor y más justa interdependencia entre los países. Las dos han resultado ser falacias. La primera, porque la brecha de riqueza no para de aumentar, por mucho que los llamados emergentes -sobre quienes se proyectan ahora las sombras de la tormenta que no cesa- hayan compensado bastante la polarización en la renta per cápita mundial. Pero no han compensado lo suficiente. Las diferencias de riqueza entre las personas de los países más ricos, los de la OCDE, son las mayores desde hace 30 años. La segunda falacia -que la globalización propiciaría un lennoniano mundo más unido- es flagrante. El mundo diverge, no reduce su nivel de conflicto tácito ni armado, y los países no han ganado en integración, sino que han perdido en soberanía nacional en muchos casos. El traspaso de poder de la política hacia los inversores se fraguó en la negligente dolce vita del aparente crecimiento ilimitado… y se mantuvo y mostró su cara más depredadora cuando llegó la hora de desinflar el globo acelerada y traumáticamente. Si cerramos el foco hacia la piel de toro -incluidos los irmaos portugueses-, la distribución de la riqueza se ha deteriorado en mucha mayor medida que en los países de nuestro entorno. Y no digamos cómo ha degenerado nuestra soberanía, debilitada y cedida con mansa resignación.

En España, el 21% de los hogares están por debajo del llamado umbral de pobreza. Uno de cada cinco hogares era ya pobre o, alternativamente, ha descendido desde la segunda división de la clase media a la leñera liga de regional, que cada vez tiene más participantes azotados por el despido, la caída de salarios que no cesa y las torvas deudas familiares. Cada vez más nativos españoles piden ayuda a Cáritas. El gran problema de sostenibilidad de este país lo protagonizan las cargas sociales de quienes no tienen casi nada, o bien se buscan la vida en el mercado sin nóminas ni facturas. La economía sumergida no criminal tiene dos caras: la de salvavidas y la de agujero de los ingresos públicos. En cualquier caso, la divergencia extrema entre ricos y pobres no conviene ni a los ricos. Las reducciones de salario a mansalva que se avecinan pueden ser la ocasión de corregir en parte esta tendencia perversa. Apuesto a que no será así, salvo que el Gobierno fuerce a la baja los excesos salariales de los más afortunados de la distribución de nuestra renta per cápita. Si ha forzado de manera “extremadamente agresiva” las reglas del mercado laboral, puede también intervenir ahí. Debe.

Y la soberanía. Esta semana, Guindos se ha pateado la Europa donde residen las decisiones de nuestro futuro. El euro fue maravilloso, pero ahora muestra su cara amarga. Cedimos jubilosos la política monetaria, y hemos ido cediendo política fiscal al ritmo de hachazos implacables de unos mercados que, en parte, tenían miedo y razón y, en otra, aprovechaban la debilidad presupuestaria y los niveles de deuda de países como el nuestro. La otra brecha -la brecha de riqueza entre países- se sustancia en la llamada prima de riesgo, que superó el 3% para no bajar no sabemos hasta cuándo, quizá nunca. ¿Eres rico? No pagas más por tu crédito. ¿Eres pobre y endeudado? Pagas más forever. El Gobierno español pide oxígeno, pide tiempo, pide comprensión, pide reconocimiento a la obediencia escrupulosa que ha mostrado con la UE en recortes y reformas. Por diligencia no será. Sin embargo, no nos pasarán la bomba de oxígeno de la flexibilidad con el déficit hasta mayo, como pronto. A pesar de hacer los deberes rápidamente, el dragón de la austeridad no se fía, y pide más sacrificios. Antes y después de obedecer, negociar.

 

PD: Esto se escribió el viernes (se publicó el sábado), al tiempo que Rajoy anunciaba que no aceptaba las exigencias de la mayoría de los países de la UE con respecto a reducción del déficit. Aunque de nuevo se desdice de sus certidumbres de campaña electoral, la decisión del Gobinerno es necesaria, y valiente.

Un sabio de ‘izquierdecha’

Tacho Rufino | 6 de febrero de 2012 a las 14:23

La derecha y la izquierda existen. Afirmaba el italiano Sartori que la diferencia esencial es que la izquierda promueve la igualdad, mientras que la derecha promueve los beneficios enriquecedores de la diferencia, lo cual conlleva la defensa de los privilegios de quienes han hecho dinero o lo han recibido en el notario. La izquierda defiende lo colectivo, la derecha lo privado. En la economía de la crisis, también las posiciones son claras, lo cual, siendo consecuencia del malestar causado por el empobrecimiento y la incertidumbre, es reconfortante: las líneas ideológicas difusas de los tiempos del bombeo de la última gran burbuja eran falsas, o al menos transitorias. A día de hoy, en política económica la discrepancia tiene rostros muy diferentes.

Si eres de derechas, la austeridad es el dogma, mientras que si eres de izquierdas reclamarás políticas de estímulo fiscal y convendrás que la dieta es necesaria, pero con algún suplemento vitamínico que prevenga la anemia. Merkel -mejor dicho, el paradigma alemán- es el estandarte de la primera visión; Krugman, de la segunda (Antón Costas parafraseaba hace unos días el “Dios, dame la castidad, pero no me la des ahora” de San Agustín: “Dame la austeridad, pero no me la des toda ahora”). Si eres de derechas, creerás que los culpables son los políticos, con Obama a la cabeza (y Zapatero -¿recuerdan?- a nivel doméstico). Si eres de izquierdas, culparás del pecado original y otros menos originales a la banca y otros operadores del mercado financiero. Suele gustarnos ponernos un traje prêt à porter ideológico, y asumir un credo y una estética empaquetada. Es comodísimo. Te vuelves previsible y hasta cansino, pero da mucha paz de espíritu estar alineado. El arquetipo de la consistencia ideológica es el nacionalismo español contra España: sota, caballo y rey; el enemigo y el argumentario del clan están clarísimos, no hay fisuras ni dudas.

El economista indio del MIT la Universidad de Chicago Raghuram Rajan no es hombre de blancos y negros, como no lo es su propia piel. Cuando todos decían que la cosa iba bien, él dijo lo contrario: “Me sentía como un paleocristiano que hubiera aterrizado por casualidad en un congreso de leones hambrientos”. En su libro Fault Lines, defiende la tesis de que la crisis ha sido causada al alimón por bancos, políticos y ciudadanos. Pero, ojo, su tesis es que hay aún grietas en las placas tectónicas que, de no resolverse, no dejarán al mundo en paz más que transitoriamente. Cuando uno espera el alegato del adelgazamiento del Estado, Rajan sorprende. ¿Adivinan cuál es la grieta principal que provocará nuevos terremotos según este sabio inesperado? La brecha entre ricos y pobres, global y local. Un tipo de izquierdecha. (Por cierto, el libro ganó el Premio Financial Times y Goldman Sachs al mejor libro del año. Qué ricas contradicciones.)

Los ricos crean empleo: un falacia habitual

Tacho Rufino | 14 de diciembre de 2011 a las 11:43

En el primer mundo –no sólo anglosajón aunque allí con mayor carácter de irrefutable– se ha establecido un idea: los ricos crean empleo. Dicho de otra forma más elaborada: empresarios e inversores, si los impuestos son bajos, generan con su dinero y su riesgo millones de puestos de trabajo. Visto desde el otro lado, se tiene por dogma de política económica que si los impuestos suben, una vigorosa cascada de empleos se irá por el sumidero. O sea, que el problema nacional generalizado (el desempleo, más aun en nuestro caso) se soluciona por la vía de la inversión privada como condición sine qua non, así que los impuestos sólo hay que tocarlos para bajarlos. Nos referimos a los impuestos directos, sobre la renta o el capital, no sobre los indirectos o sobre el consumo, que no hacen distingos entre los contribuyentes por la cantidad de renta y patrimonio que consigue y acumula un individuo.

Todo esto, que comparto, no es de mi cosecha, sino que proviene del Business Insider, una publicación estadounidense que aporta datos para sustentar la tesis de que el tabú de subir los impuestos ha sido grabado a fuego en la mente de políticos y particulares. Y sin embargo, los impuestos sobre la renta y el capital han sido tradicionalmente bajos, lo que en absoluto ha evitado la caída y hasta la debacle económica que ha ido pareja a la voladura de los ingresos en los presupuestos públicos: los ingresos públicos por impuestos directos sólo han crecido en la rentas medias y bajas asociadas al trabajo por cuenta ajena. La reacudación del Impuesto de Sociedades ha sido muy pobre con las vacas gordas, y no digmaos ahora con las flacas. No son los impuestos a las empresas los que crecen y alimentan el erario público menguante, sino los del llamado IRPF, a pesar de los pesares (pesar número uno: miles de nuevos parados que no cotizan ya). Muchos empresarios también lo dicen claro: un aumento de los impuestos razonable no tendría el más mínimo impacto sobre su disposición a crear empresas y empleos. Ninguno. Luego mantener los impuestos bajos no es la clave. El hecho de que no pocos millonarios europeos y americanos hayan pedido más impuestos para ellos así lo atestigua: los ricos ganan más con la economía sana.

Lo que crea empleo no son los impuestos bajos ni la mayor cantidad de dinero en pocas cuentas privadas (estén o no esas cuentas en el país donde fueron obtenidos los fondos que las alimentan). Lo que crea empleo es la empresa, y ésta necesita un saludable ecosistema alrededor para nacer y crecer y engordar su plantilla de empleados. Y la clave del ecosistema son los clientes. Sin clientes que compren cosas de forma sostenida, no hay ecosistema. A día de hoy menos que nunca, no son las grandes cuentas corrientes ni los grandes fondos invertidos ahora aquí y ahora allá a tiro de clic los que generan economía: no. De hecho, la economía financiera metastásica (era diez veces superior a la economía real en el mundo al estallar la crisis… pero no ha decrecido esa absurda y demostradamente peligrosa proporción) no cumple su función de liquidez y reasignación: hace justo lo contrario, y de paso se ventila a países enteros y millones de empleos. Todavía no hemos conseguido controlar políticamente a los mercados, sino que sucede justo lo contrario: seguimos estando en sus manos, en sus intrazables manos. Una de las virtudes de la llamada Tasa Tobin que pretende establecer la UE –con la oposición radical de Cameron como abogado de la meca financiera de la City londinense– es saber quién hace qué, y no sólo recaudar una parte de las ganancias de las miríadas de operaciones financieras por minuto.
El analista del Business Insider pone en boca de un multimillonario emprendedor del sector tecnológico:

“Decir que los ricos inversores y emprendedores crean empleos es como decir que una ardilla crea la evolución (…) o dicho de otra manera es como decir que una semilla crea un árbol. No es la semilla la que crea el árbol, es la que comienza el árbol. Lo que crea el árbol es la combinación del ADN de la semilla con el suelo, el sol, el agua, la atmósfera, los nutrientes y otros factores. Siembre la semilla en un ambiente hostil y no creará nada. Morirá”.

¿Y cómo mantener ese entorno proclive a la actividad? ¿Cómo crear clientes seguros de sí y seguros para el sistema? ¿Qué pueden hacer los gobernantes? Seguiremos informando.

El menguante arsenal de Rajoy

Tacho Rufino | 13 de diciembre de 2011 a las 10:46

(Más de una semana sin escrbir una letra en este blog. Voy a enmendarme con renovados bríos. De momento, cuelgo el artículo del pasado sábado en Grupo Joly.)

LA Unión Europea ha sido una experiencia de globalización para España –y por supuesto para Andalucía– incomparable a ninguna otra aventura exterior desde hace cinco siglos. El proyecto europeo comunitario; un matrimonio poligámico, plurinacional y multirregional que nos dio mucho y que ahora comienza a darnos acelerados bocados de realidad. Durante una época -más o menos dos décadas-, un experimento milagroso que nos ha dotado de un armazón y una seguridad institucional que no hubiéramos alcanzado por nosotros mismos. Nunca nos habríamos dotado por nuestra propia iniciativa y en tan corto espacio de tiempo de normativas tan avanzadas, por ejemplo, en materia medioambiental. Nunca hubiéramos conseguido tantos fondos para carreteras, depuradoras, cosechas sin frutos, polideportivos o cursillos de todo pelaje y utilidad… a cambio, no se olvide, de convertirnos en unos consumidores obedientes de productos de otros hermanos europeos de primer nivel. Unos hermanos que cambiaron paz (estabilidad y capacidad de consumo de los menos desarrollados, conseguidas a base de sus mayores aportaciones presupuestarias, esencialmente aportaciones alemanas) por territorios comerciales bastante cautivos. El euro nos acostumbró a jugar ese papel secundario en las relaciones de intercambio, pero también a comer salchichas en Berlín como auténticos patricios europeos, y a llevar por cualquier rincón del mundo una moneda quasi-franca en la billetera. Ahora nos vemos atrapados en la red de relaciones y dependencias en la que nos instalamos con mucho beneficio y mayor entusiasmo. Suele pasar: en las relaciones sociales, en el amor, y también en la gran política supranacional. Adiós, pasión; bienvenido sea el largo y recovecoso camino. Ahora toca cotizar.

La prueba más palmaria de que nos están poniendo en nuestro sitio de forma acelerada es el Directorio Merkozy, que por algún complejo histórico no nos atrevemos a llamar Directorio Alemán y punto: Francia y Sarkozy pintan mucho menos, y su papel es de espantafantasmas, dado que sus problemas presupuestarios y de deuda no son muy distintos de los de los periféricos. Si la cosa sigue así, periféricos seremos todos. Las soluciones a la crisis mutante (fiscal, monetaria, financiera, bancaria, soberana… pongan el adjetivo que quieran, que razón tendrán) no están cerca de nuestra mano. La globalización europea ha limitado nuestra discrecionalidad política: Zapatero, de un día para otro y tras una llamada y un vuelo de ida y vuelta, tomó medidas diametralmente contrarias a sus principios. Rajoy carece no ya capacidad en política monetaria, sino que se va a encontrar con un abanico de posibles medidas de reducido espectro en política fiscal (en lo presupuestario, no sólo en materia de impuestos). Achtung, Mariano: recorta gasto público a base de bien, libera la contratación y el despido todo lo que puedas, y olvídate de invertir en obra civil hasta nueva orden. Por el otro lado de tu presupuesto, sube todo lo que puedas la recaudación fiscal menguante. Lo más claro, sube el IVA como mínimo hasta el 20%, hayas dicho lo que hayas dicho en la campaña. Dejamos a tu criterio si achatas el IRPF eliminando tramos, o si haces lo contrario gravando más a quien más tiene. Proclama a los cuatro vientos que vas a luchar contra el fraude fiscal… aunque sin aumentar y mejorar la tropa inspectora, y cuidado con quemar esa fuente de paz social que supone la economía sumergida en tu país.

Esta semana, las noticias sobre el futuro de Europa han sido para darse a la botella, pero puede que haya mucho de pelea de perros (mucho tarisco y poca sangre). En caso de que levantemos cabeza, el mejor escenario es que el euro se mantenga, que la política fiscal y monetaria común -siendo alemana- considere las necesidades financieras de los más expuestos a la crisis de la deuda soberana, como España, lo cual sí ha reclamado Rajoy. Ah, y exigir ya a la banca que se sanee y contraiga, y que paralelamente cumpla su función crediticia. Ése y no otro es el torniquete que necesita España.

‘Mercado Kid’ noquea a ‘Mantequilla Estado’

Tacho Rufino | 6 de agosto de 2011 a las 15:58

“Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió”. Ojalá estas palabras que Borges puso en boca del joven que fue a matar al monstruo se hicieran realidad, y el minotauro estuviera deseando calmarse e incluso morir a manos de quien supiera llegar al centro de su laberinto. El laberinto económico inextricable que quizá a ustedes, también, les provoque tanto hartazgo como temor. En la misma línea mitológica, una analista sueca tira esta semana de metáfora para ilustrar lo que está pasando: “[los mercados]…un dios enfurecido, que nosotros mismos hemos creado, y al que ahora vamos a tener que ofrecerle muchos sacrificios para que se calme”. El “nosotros mismos hemos creado” es sin duda un plural algo injusto: todos los “nosotros” no somos igual de “nosotros”, hay algunos que han contribuido mucho más a emponzoñar la situación económica global que otros. Probablemente, no pocos de ellos son los que ahora obtienen grandes beneficios de la extrema inestabilidad, que amenaza con llevarse por delante ese poliedro diverso y dispar en que se ha convertido la Unión Económica y Monetaria. Lo que llamamos el euro.

”El

El combate está bien avanzado, y un púgil rocoso y sin estilo, con excelente juego de piernas, que nunca descubre su rostro y cuya pegada siempre hace pupa vapulea a los puntos a su contrincante, un espigado y elegante boxeador blanco, de alta escuela y método, que no tumba a un pelele y que tiene el mentón tan frágil como castigado el hígado. Los mercados revientan a la política. Titulaba Joaquín Aurioles en estas páginas el jueves: “El gobierno de los mercados”. No se quedaba en el desencanto, sino que cuantificaba cuál es el déficit de tesorería que tiene y tendrá España, y recordaba que, por nuestra parte, no queda sino trabajar en los gastos y/o en los ingresos. Mejor rápido que tarde. Porque siendo desproporcionada -abusiva si quieren, criminal incluso- la acción algo carroñera de los más conspicuos agentes financieros contra España o Italia -y lo que vendrá-, nosotros tenemos muchas tareas por hacer.

Sigamos haciendo patria, y citemos a otro articulista de esta casa. Fede Durán, con tino y elocuencia, escribía ayer viernes acerca de los deberes por finalizar y pendientes de empezar a meterles el diente. Tenemos que: aclarar a Mercado Kid cómo se organiza fiscalmente este país autonómico; corregir una reciente reforma laboral que ha sido lo que los jóvenes llaman ahora un pa ná; acabar cuanto antes con la reforma del sistema financiero español; acercarse a los países grandes, sean blancos o amarillos; subir el IVA. Sobre esta última cuestión se habla poco. Es un tabú político anunciar que se van a subir los impuestos porque no queda otra. Nadie lo hace. Es más, algunos prometen lo contrario. “Sé cómo obtener la cuadratura del círculo: voy a bajar los impuestos”. No nos vale tampoco la alquimia rubalcábica, un candidato metido a Robin Hood tributario: “Más impuestos para los más ricos, obligar a los bancos a dar crédito”. Esa rata, ¿quién la mata? Hace mucho tiempo que muchos lo decimos: los impuestos -así, en su conjunto- seguirán subiendo, por mucho maquillaje efectista que se haga (bajo un poco por aquí, subo mucho por allá). A nivel local, vean cómo se comportan los policías locales de su ciudad. Auténticas máquinas recaudadoras. Un alcalde del PP contradice la doctrina de su partido: “Voy a subir los impuestos, me da igual loo que piense mi partido. Esto se hunde”. Las verdades del lugareño. Como puños.

Piensa como quieras y actúa localmente

Tacho Rufino | 27 de julio de 2010 a las 19:39

Resulta curioso caer en la cuenta de que el proverbio ecológico que dice “Piensa globalmente y actúa localmente” es de aplicación –a la fuerza– a la economía. A la política económica, más bien. A la intervención de los poderes políticos en la economía: qué hacer con los impuestos, con los salarios públicos, con los convenios colectivos, con las obras públicas, con las transferencias presupuestarias, con el gasto en sanidad, en cultura o en defensa; con el fraude fiscal y la economía sumergida, con la emisión de deuda soberana, con otros ingredientes que, en suma, deben ser combinados para propiciar el crecimiento sine die o, si esto fuese imposible, evitar los desastres en la vida de la gente, las empresas y las cuentas públicas. Y esa debe ser una combinación deliberada, y nunca arrastrada por la improvisación o la incapacidad.

Piensa globalmente. El mundo es cada vez más interdependiente. Hartos estamos de decirlo y de escucharlo, pero es una verdad como un templo. Los efectos mariposa —y los dinosaurio, más—pueden llegar a no tener demora, a ser prácticamente instantáneos: los impulsos digitales no viajan, están allí y aquí al mismo tiempo. Si simplificamos, e identificamos pensamiento con ideología, toda persona debe tener una serie de principios que se ha ido (en el mejor de los casos) fraguando a lo largo de su vida como un traje a medida, o (en el menos bueno y más común de los casos) asumiendo directamente de otros –padres, predicadores, modelos, correligionarios, dictadores, socios—como quien se embute en otro traje de talla única para todos. La ideología, la forma de ver la vida propia y de los demás, criticarla e intentarla modelar también tiene que ver con nuestra forma de ver la política económica: todos tenemos una, más o menos técnica y académica, más o menos intuitiva y natural. Como Norberto Bobbio defendía hace no demasiado la vigencia de la distancia ideológica entre la izquierda (que tiene como principio motor la búsqueda de la igualdad) y la derecha (que basa la prosperidad en la promoción de la diferencia entre los individuos), en política económica hay dos opciones esenciales ante una situación depresiva, recesiva o de bajo crecimiento: reformar el Estado del Bienestar, austeridad en el gasto ante todo y recorte de lo público, sin tocar los impuestos (o sea, sin subirlos), o bien no hacer nada de eso y practicar una política de estímulos mediante el gasto y la inversión pública, esperando que su efecto de arrastre sobre el consumo y la inversión privados ayude a la economía a recuperar tono (el efecto del multiplicador keynesiano), y subiendo los impuestos. La primera opción suele asumirse nominalmente por la derecha y la segunda, nominalmente también, por la izquierda. En la práctica, los gobiernos de derechas suelen practicar el keynesianismo sin pudor, y –como vemos ahora en nuestro país—la izquierda practica los recortes sociales con bisturí firme. Pero todos estos planteamientos son de dimensión genérica y, permítanme, global. Y cada país es un mundo. Hay que actuar localmente.

… y actúa localmente. Aun así, la alegría y la pena van por barrios, por barrios locales. No es lo mismo hablar del paro español (20%) que hablar del alemán (el 7,5%), ni lo es el déficit público o las deudas públicas o privadas de cada país; tampoco sirven aquí las recetas adecuadas para un país de crédito ilimitado como Estados Unidos (aunque sus cuentas sean igual de desastrosas): nosotros no tenemos esa suerte (?). Las estructuras económicas de las naciones —llamadas hasta la saciedad “modelo productivo”— son, también, diferentes acá y allá. En fin, que lo que allí sana, aquí puede ser pernicioso. No hay purga de Benito ni bálsamo de Fierabrás que valgan. Por eso, estos momentos exigen firmeza y coherencia en la política económica. Lo que a su vecino le viene de perlas, a usted le pisa el callo. Nadie dijo que fuera fácil. Por eso, los vendedores de crecepelos fiscales y los visionarios que tiran con pólvora del rey pueden recitar sus decálogos adocenados y posicionarse sin dudas —qué suerte no tener dudas, y qué peligroso— sobre lo que tiene que hacer el Gobierno. Por si sirve de algo, yo creo en el multiplicador keynesiano, creo en el efecto arrastre del gasto público… cuando, ¡ay!, hay dinero para gastar o alguien que te lo preste. No habiéndolo, no queda sino el ajuste. Pero cuidado con la tijera, no seccionemos arterias vitales. Escuché un consejo excelente para actuar localmente: “Cualquiera que sea su oficio, desempéñelo lo mejor posible”. Ok, no he descubierto América, pero para los milagros nos estamos preparando.

Los que más tienen

Tacho Rufino | 22 de agosto de 2009 a las 19:32

(Foto de El País)

 

“El ministro de las carreteras marca el terriotorio de la ministra de Economía nominal”

DIRIGIDA por una cigarra o por una hormiga, la economía de cualquier casa o familia es teóricamente fácil de gestionar. Cuidado, no hablamos de una economía insostenible, en la que los gastos y pagos superan  continuamente a los ingresos y cobros, y que además no tiene acceso al crédito, sea porque uno ya ha consumido su capacidad de endeudarse, sea porque los bancos no prestan ya dinero ni a los antiguos usuarios de la alfombra roja camino del mostrador: “¿Qué tal, Paco? Mira, me vendrían bien cuatro mil eurillos, a ver si podemos hacerlo para el viernes…”. Hoy sonarían las trompetillas y las risas nasales ante tal propuesta, que sólo antes de ayer era de lo más habitual. La economía y la contabilidad del cajón no tienen secreto, decimos: sale lo que entra. Saldrá más de lo que entra si en el cajón hay un contrato de préstamo; saldrá menos de lo que entra si la familia es miradita y su financial management es postguerra style, cuyo lema es “a gastar, poquito”.
 A nivel macro, o sea, de presupuestos del Estado, la cosa no varía mucho, por muchas partidas y rubros que tenga el plan financiero-fiscal de España. Si tenemos menos ingresos que gastos, financiamos los gastos: emitiendo deuda pública, aumentando el déficit presupuestario, o pagando tardísimo. El Gobierno puede y debe acudir a estos recursos, aunque eso suponga echar por tierra años de equilibrio presupuestario: no hay muchas alternativas. Eso sí, debe hacerlo con cuidado de no insuflar demasiado aire a la emergente burbuja de la deuda pública, que viene a ser como una patada a seguir en rugby; a seguir por las generaciones futuras de activos y pensionistas. José Rasputín Blanco, el astuto ministro de Fomento, ha puesto el dedo en la llaga: España gasta lo mismo que el año pasado y el anterior -o más, teniendo en cuenta las intervenciones públicas en cualquiera de sus formas, incluidos los 420 euros para según qué parado-, pero ingresa menos: menos por impuestos indirectos (se consume menos, y se ingresa mucho menos por ejemplo por IVA), menos por directos (se gana y se intercambia menos). Menos. Las vías para gobernar este caballo loco de la crisis son recortar gastos -que de momento va a ser que no, por mucho canto al sol que se entone con la palabra “austeridad”-… o elevar ingresos por impuestos, ¿de dónde saldrá el dinero si no? Y Pepiño Blanco se ha metido con su naturalidad habitual en los huertos ajenos, en este caso en el de la etérea Elena Salgado, ministra de Economía nominal: “Los que tienen más tendrán que apretarse el cinturón para apoyar las medidas sociales”. No especifica cuánto más hay que tener para ser solidario. El ministro de las carreteras abre la caja de Pandora fiscal, que contiene todos los males y los bienes del mundo presupuestario. Las respuestas no se han hecho esperar. El PP y CiU han desenfundado inemdiatamente, y advierten que tal propuesta no se refrendará en el Parlamento. Javier Arenas, en concreto, ha estado en andaluz exagerado: “Toda subida de impuestos es una agresión brutal al empleo”. Quizá mete en el mismo saco impuestos personales y societarios, no sé. Arenas enunció ayer su plan, que quizá coincida con las recetas del libro de Aznar, que no he tenido tiempo de leer: “Tres grandes recetas: austeridad en las administraciones públicas, reformas profundas  (aquí hizo Arenas una inflexión de voz, también profunda, pero no aclaró eso qué es lo que es) y bajar los impuestos”. De acuerdo sin duda en lo primero -quién le pone el cascabel al gato-; por explicar lo segundo. Lo de la bajada de impuestos, sin embargo, es sencillamente un suicidio. Para quien gobierna, claro está…

Fiscalidad creativa: cómo subir los impuestos

Tacho Rufino | 15 de junio de 2009 a las 18:45

Usted es un diligente padre de familia. Usted, supongamos, es un pater familias responsable, ya sea hombre o mujer: el término es un cliché -que no tendría ya cabida en un mitin al uso, almibarado y recargado por el lenguaje no sexista y políticamente correcto- para referirse a alguien que cuida de sus bienes y su hacienda. En ese caso, deberá proveer los ingresos suficientes para compensar sus gastos e inversiones normales. Quizá decida endeudarse puntualmente, con el propósito de incrementar o mantener su patrimonio y el de quienes de usted dependen. Un/Una buen/buena padre/madre de familia no debería pedir dinero a crédito para gastos suntuarios, es decir, para aquellas salidas de dinero que no son necesarias para la explotación (familiar o empresarial). Si sus ingresos menguan y no dan para cubrir sus costes fijos o variables, no queda más remedio que buscar nuevos ingresos. Alternativamente, reducir sus gastos o diferir su deuda. O una combinación de esas posibilidades. Los gobernantes de los países se encuentran ante una tesitura similar en los días que corren.

Los estados han encarado la crisis con operaciones de rescate, con inyecciones de liquidez con dinero público presente o futuro (es decir, endeudándose), con aumento del gasto estatal en carreteras y otras infraestructuras, incluidas aceras o zanjas, y otras medidas interventoras más o menos eficaces y reflexivas. Estos costes y salidas de dinero, unidos a los costes por el aumento brutal de los desempleados -particularmente doloroso en el caso español- han eliminado de un plumazo el superávit de los presupuestos públicos. Y no queda más remedio que hacer dinero para aguantar como sea la quema, para llevar pan a casa, para pagar la luz y el colegio.

A nivel macro, a los gobiernos no les queda otra que subir los impuestos para poder pagar subidios, infraestructuras, educación, sanidad, justicia o defensa públicas, y tantos otros rubros del presupuesto del Estado. Obama va a establecer un impuesto sobre el uso del móvil en las empresas, porque su déficit fiscal se prevé en nada menos que el 28 por ciento del PIB para finales de este año. Se trata de una nueva tendencia de gestión pública, que bien podría llamarse Fiscalidad Creativa. Volviendo a Obama, se supone que las llamadas son un beneficio, o como mínimo una transacción gravable, lo que ya es suponer. En España -una vez concluidas las elecciones europeas, claro- se decide subir el tabaco y la gasolina. Eso de momento. El gran pelotazo es la temida subida del tipo de IVA. Eso supondría un encarecimiento de la inmensa mayoría de los bienes y servicios, al final siempre pagados por un consumidor con un bolsillo cada vez más menguante. Es realmente una solución arriesgada. Quizá angustiada. ¿Tenemos muchas otras soluciones que aumentar la presión fiscal? No es esa la cuestión, sino más bien lo es cuáles van a ser los hombros que soporten la subida de impuestos directos e indirectos. Salgado y su secretario Ocaña han ideado una estrategia de muy buena venta popular: gravar los blindajes de ciertos ejecutivos, que hacen de su capa un sayo con planes de salida y de pensiones que pagan sus empresas de espaldas a los accionistas menos poderosos (los más poderosos pueden estar en el ajo en muchos casos). Difícil de implantar, pero muy lucida de cara a la opinión pública de tropa (ver una entrada en este blog relacionada con este asunto).

Los impuestos van a seguir subiendo. La opción contraria de reducirlos y así dejar más dinero en manos del público, relajando la presión fiscal, no parece que se vaya a imponer a la crudeza e inmediatez de la opción alternativa: subir los impuestos, apagar el fuego presupuestario.

¿Cambio de modelo, ar?

Tacho Rufino | 23 de mayo de 2009 a las 10:49

ESTA ha sido la semana de la puesta de largo del nuevo asunto económico crucial: el “cambio de modelo”, el nuevo santo grial de la política económica, ese cáliz místico que obrará el milagro, al que debemos perseguir con nuestra sangre, sudor y lágrimas. Todos hablamos del cambio de modelo, todos abjuramos de la construcción residencial, todos hablamos de la innovación y la investigación y la tecnología y la educación y la productividad y la competitividad… pero hay una gran carga de bla-bla-bla en todo esto. ¿Vamos a cambiar la estructura sectorial de nuestros territorios a corto plazo, un diez por ciento de construcción transmutado en industrial o tecnológico, una pizca de servicios de alto valor añadido por aquí, una integración vertical por allá, unos clusters dinamizadores por acullá, todo ello de repente? ¿Quién lo va a hacer, a corto y a largo plazo; el Gobierno de turno, acuciado por los pactos y las elecciones? ¿Vamos a convertirnos en pocos años un país exportador, cosa que, en caso de serlo, hemos sido desde siempre muy pobremente? ¿Existirá armonización autonómica en la política económica, en este desquiciado país en el cualquier proyecto del presidente estatal recibe al día siguiente un descuento regional, por no hablar de un galimatías jurisdiccional que es ya crónico? A todas esas preguntas -capciosas, sin duda- hay que responder “No”.

El Gobierno fomenta, distribuye fondos europeos, avala o da árnica a la banca, compromete unos millones de euros para ordenadores a niños de primaria o para dar calor a la automoción, carga de deuda a las generaciones futuras, sube o baja este impuesto o aquél, riega localmente el empleo con planes de estímulo que gestionan los ayuntamientos… hace lo que puede, mejor o peor. El Gobierno influye en el panorama sectorial y en la configuración del modelo productivo -una expresión tantos años en desuso-, pero no cambia la forma en que se estructura la economía: qué porcentaje del PIB tiene origen en la industria, en construcción, en el sector primario o en el omnipotente sector servicios. Olvidémonos un rato al menos, y dejemos de usar el nombre del cambio de modelo en vano. El Gobierno no es el diseñador de la economía, y mucho menos su demiurgo, el principio activo del mundo económico. Debe hacer lo que puede hacer, y no vender tanto humo. El presidente del Banco Pastor baja la bola al piso: “Se confunden los deseos con la realidad. El cambio de modelo productivo se construye desde abajo (…) a través de la educación (…) no se improvisa”. Lo clava Mosquera, que así se llama el banquero. Apaguemos los fuegos, controlemos la turbación general… y preparémonos para el futuro practicando el arte de lo posible, es decir, la política.

Es sencillamente insensato seguir al corifeo de moda: “construcción, vade retro“. El genio de la lámpara está de vacaciones, o en el paro. No se fomenta el uso eficaz y eficiente de la tecnología con el reparto de un portátil por niño de quinto, sin hacer distingos entre los niveles de renta de sus padres ni hacer consideración de las medidas autonómicas para lo mismo (el Gran Follón). El cambio de modelo tendrá como materia prima a los niños y jóvenes, y en este sentido el proyecto del ministro Gabilondo es positivo, pero está cogido con poquísimos alfileres. Los anuncios del Debate sobre el estado de la Nación son en buena parte fuegos de artificio, y su combate parlamentario, una pelea de perros, ruidosa pero incruenta.

El Gobierno tiene ante sí la tarea de decidir si sube los impuestos (como ha defendido, de forma previsible, Toxo, de CCOO), o si los contiene e incluso baja, en el caso del de Sociedades (como, también previsiblemente, reclama la patronal). Abaratar el despido o aguantar el tirón. Tiene en su mano seguir apuntalando con pólvora del Rey una banca que está abocada a la contracción del número de entidades y oficinas. Puede distribuir el maná europeo de I+D+I, deseablemente con proyectos útiles. Pero no cambiará el modelo, aunque el presidente afirme, en su hinchazón, que sí.