Archivos para el tag ‘política fiscal’

Los que más tienen

Tacho Rufino22 de Agosto de 2009 a las 7:32 pm

(Foto de El País)

 

“El ministro de las carreteras marca el terriotorio de la ministra de Economía nominal”

DIRIGIDA por una cigarra o por una hormiga, la economía de cualquier casa o familia es teóricamente fácil de gestionar. Cuidado, no hablamos de una economía insostenible, en la que los gastos y pagos superan  continuamente a los ingresos y cobros, y que además no tiene acceso al crédito, sea porque uno ya ha consumido su capacidad de endeudarse, sea porque los bancos no prestan ya dinero ni a los antiguos usuarios de la alfombra roja camino del mostrador: “¿Qué tal, Paco? Mira, me vendrían bien cuatro mil eurillos, a ver si podemos hacerlo para el viernes…”. Hoy sonarían las trompetillas y las risas nasales ante tal propuesta, que sólo antes de ayer era de lo más habitual. La economía y la contabilidad del cajón no tienen secreto, decimos: sale lo que entra. Saldrá más de lo que entra si en el cajón hay un contrato de préstamo; saldrá menos de lo que entra si la familia es miradita y su financial management es postguerra style, cuyo lema es “a gastar, poquito”.
 A nivel macro, o sea, de presupuestos del Estado, la cosa no varía mucho, por muchas partidas y rubros que tenga el plan financiero-fiscal de España. Si tenemos menos ingresos que gastos, financiamos los gastos: emitiendo deuda pública, aumentando el déficit presupuestario, o pagando tardísimo. El Gobierno puede y debe acudir a estos recursos, aunque eso suponga echar por tierra años de equilibrio presupuestario: no hay muchas alternativas. Eso sí, debe hacerlo con cuidado de no insuflar demasiado aire a la emergente burbuja de la deuda pública, que viene a ser como una patada a seguir en rugby; a seguir por las generaciones futuras de activos y pensionistas. José Rasputín Blanco, el astuto ministro de Fomento, ha puesto el dedo en la llaga: España gasta lo mismo que el año pasado y el anterior -o más, teniendo en cuenta las intervenciones públicas en cualquiera de sus formas, incluidos los 420 euros para según qué parado-, pero ingresa menos: menos por impuestos indirectos (se consume menos, y se ingresa mucho menos por ejemplo por IVA), menos por directos (se gana y se intercambia menos). Menos. Las vías para gobernar este caballo loco de la crisis son recortar gastos -que de momento va a ser que no, por mucho canto al sol que se entone con la palabra “austeridad”-… o elevar ingresos por impuestos, ¿de dónde saldrá el dinero si no? Y Pepiño Blanco se ha metido con su naturalidad habitual en los huertos ajenos, en este caso en el de la etérea Elena Salgado, ministra de Economía nominal: “Los que tienen más tendrán que apretarse el cinturón para apoyar las medidas sociales”. No especifica cuánto más hay que tener para ser solidario. El ministro de las carreteras abre la caja de Pandora fiscal, que contiene todos los males y los bienes del mundo presupuestario. Las respuestas no se han hecho esperar. El PP y CiU han desenfundado inemdiatamente, y advierten que tal propuesta no se refrendará en el Parlamento. Javier Arenas, en concreto, ha estado en andaluz exagerado: “Toda subida de impuestos es una agresión brutal al empleo”. Quizá mete en el mismo saco impuestos personales y societarios, no sé. Arenas enunció ayer su plan, que quizá coincida con las recetas del libro de Aznar, que no he tenido tiempo de leer: “Tres grandes recetas: austeridad en las administraciones públicas, reformas profundas  (aquí hizo Arenas una inflexión de voz, también profunda, pero no aclaró eso qué es lo que es) y bajar los impuestos”. De acuerdo sin duda en lo primero -quién le pone el cascabel al gato-; por explicar lo segundo. Lo de la bajada de impuestos, sin embargo, es sencillamente un suicidio. Para quien gobierna, claro está…

Fiscalidad creativa: cómo subir los impuestos

Tacho Rufino15 de Junio de 2009 a las 6:45 pm

Usted es un diligente padre de familia. Usted, supongamos, es un pater familias responsable, ya sea hombre o mujer: el término es un cliché -que no tendría ya cabida en un mitin al uso, almibarado y recargado por el lenguaje no sexista y políticamente correcto- para referirse a alguien que cuida de sus bienes y su hacienda. En ese caso, deberá proveer los ingresos suficientes para compensar sus gastos e inversiones normales. Quizá decida endeudarse puntualmente, con el propósito de incrementar o mantener su patrimonio y el de quienes de usted dependen. Un/Una buen/buena padre/madre de familia no debería pedir dinero a crédito para gastos suntuarios, es decir, para aquellas salidas de dinero que no son necesarias para la explotación (familiar o empresarial). Si sus ingresos menguan y no dan para cubrir sus costes fijos o variables, no queda más remedio que buscar nuevos ingresos. Alternativamente, reducir sus gastos o diferir su deuda. O una combinación de esas posibilidades. Los gobernantes de los países se encuentran ante una tesitura similar en los días que corren.

Los estados han encarado la crisis con operaciones de rescate, con inyecciones de liquidez con dinero público presente o futuro (es decir, endeudándose), con aumento del gasto estatal en carreteras y otras infraestructuras, incluidas aceras o zanjas, y otras medidas interventoras más o menos eficaces y reflexivas. Estos costes y salidas de dinero, unidos a los costes por el aumento brutal de los desempleados -particularmente doloroso en el caso español- han eliminado de un plumazo el superávit de los presupuestos públicos. Y no queda más remedio que hacer dinero para aguantar como sea la quema, para llevar pan a casa, para pagar la luz y el colegio.

A nivel macro, a los gobiernos no les queda otra que subir los impuestos para poder pagar subidios, infraestructuras, educación, sanidad, justicia o defensa públicas, y tantos otros rubros del presupuesto del Estado. Obama va a establecer un impuesto sobre el uso del móvil en las empresas, porque su déficit fiscal se prevé en nada menos que el 28 por ciento del PIB para finales de este año. Se trata de una nueva tendencia de gestión pública, que bien podría llamarse Fiscalidad Creativa. Volviendo a Obama, se supone que las llamadas son un beneficio, o como mínimo una transacción gravable, lo que ya es suponer. En España -una vez concluidas las elecciones europeas, claro- se decide subir el tabaco y la gasolina. Eso de momento. El gran pelotazo es la temida subida del tipo de IVA. Eso supondría un encarecimiento de la inmensa mayoría de los bienes y servicios, al final siempre pagados por un consumidor con un bolsillo cada vez más menguante. Es realmente una solución arriesgada. Quizá angustiada. ¿Tenemos muchas otras soluciones que aumentar la presión fiscal? No es esa la cuestión, sino más bien lo es cuáles van a ser los hombros que soporten la subida de impuestos directos e indirectos. Salgado y su secretario Ocaña han ideado una estrategia de muy buena venta popular: gravar los blindajes de ciertos ejecutivos, que hacen de su capa un sayo con planes de salida y de pensiones que pagan sus empresas de espaldas a los accionistas menos poderosos (los más poderosos pueden estar en el ajo en muchos casos). Difícil de implantar, pero muy lucida de cara a la opinión pública de tropa (ver una entrada en este blog relacionada con este asunto).

Los impuestos van a seguir subiendo. La opción contraria de reducirlos y así dejar más dinero en manos del público, relajando la presión fiscal, no parece que se vaya a imponer a la crudeza e inmediatez de la opción alternativa: subir los impuestos, apagar el fuego presupuestario.

¿Cambio de modelo, ar?

Tacho Rufino23 de Mayo de 2009 a las 10:49 am

ESTA ha sido la semana de la puesta de largo del nuevo asunto económico crucial: el “cambio de modelo”, el nuevo santo grial de la política económica, ese cáliz místico que obrará el milagro, al que debemos perseguir con nuestra sangre, sudor y lágrimas. Todos hablamos del cambio de modelo, todos abjuramos de la construcción residencial, todos hablamos de la innovación y la investigación y la tecnología y la educación y la productividad y la competitividad… pero hay una gran carga de bla-bla-bla en todo esto. ¿Vamos a cambiar la estructura sectorial de nuestros territorios a corto plazo, un diez por ciento de construcción transmutado en industrial o tecnológico, una pizca de servicios de alto valor añadido por aquí, una integración vertical por allá, unos clusters dinamizadores por acullá, todo ello de repente? ¿Quién lo va a hacer, a corto y a largo plazo; el Gobierno de turno, acuciado por los pactos y las elecciones? ¿Vamos a convertirnos en pocos años un país exportador, cosa que, en caso de serlo, hemos sido desde siempre muy pobremente? ¿Existirá armonización autonómica en la política económica, en este desquiciado país en el cualquier proyecto del presidente estatal recibe al día siguiente un descuento regional, por no hablar de un galimatías jurisdiccional que es ya crónico? A todas esas preguntas -capciosas, sin duda- hay que responder “No”.

El Gobierno fomenta, distribuye fondos europeos, avala o da árnica a la banca, compromete unos millones de euros para ordenadores a niños de primaria o para dar calor a la automoción, carga de deuda a las generaciones futuras, sube o baja este impuesto o aquél, riega localmente el empleo con planes de estímulo que gestionan los ayuntamientos… hace lo que puede, mejor o peor. El Gobierno influye en el panorama sectorial y en la configuración del modelo productivo -una expresión tantos años en desuso-, pero no cambia la forma en que se estructura la economía: qué porcentaje del PIB tiene origen en la industria, en construcción, en el sector primario o en el omnipotente sector servicios. Olvidémonos un rato al menos, y dejemos de usar el nombre del cambio de modelo en vano. El Gobierno no es el diseñador de la economía, y mucho menos su demiurgo, el principio activo del mundo económico. Debe hacer lo que puede hacer, y no vender tanto humo. El presidente del Banco Pastor baja la bola al piso: “Se confunden los deseos con la realidad. El cambio de modelo productivo se construye desde abajo (…) a través de la educación (…) no se improvisa”. Lo clava Mosquera, que así se llama el banquero. Apaguemos los fuegos, controlemos la turbación general… y preparémonos para el futuro practicando el arte de lo posible, es decir, la política.

Es sencillamente insensato seguir al corifeo de moda: “construcción, vade retro“. El genio de la lámpara está de vacaciones, o en el paro. No se fomenta el uso eficaz y eficiente de la tecnología con el reparto de un portátil por niño de quinto, sin hacer distingos entre los niveles de renta de sus padres ni hacer consideración de las medidas autonómicas para lo mismo (el Gran Follón). El cambio de modelo tendrá como materia prima a los niños y jóvenes, y en este sentido el proyecto del ministro Gabilondo es positivo, pero está cogido con poquísimos alfileres. Los anuncios del Debate sobre el estado de la Nación son en buena parte fuegos de artificio, y su combate parlamentario, una pelea de perros, ruidosa pero incruenta.

El Gobierno tiene ante sí la tarea de decidir si sube los impuestos (como ha defendido, de forma previsible, Toxo, de CCOO), o si los contiene e incluso baja, en el caso del de Sociedades (como, también previsiblemente, reclama la patronal). Abaratar el despido o aguantar el tirón. Tiene en su mano seguir apuntalando con pólvora del Rey una banca que está abocada a la contracción del número de entidades y oficinas. Puede distribuir el maná europeo de I+D+I, deseablemente con proyectos útiles. Pero no cambiará el modelo, aunque el presidente afirme, en su hinchazón, que sí.

La maquinita

Tacho Rufino9 de Diciembre de 2008 a las 7:21 pm

El poliedro

Siempre nos quedará la maquinita

José Ignacio Rufino / Economia&empleo@grupojoly.com, 7/12/2008

LA resurrección de Keynes ha supuesto a su vez el desenterramiento de la Política Económica, y permítanme las mayúsculas, porque sin duda el concepto merece las iniciales altas como disciplina diferenciada que es dentro de la Economía, pero también por la necesidad y la urgencia de volver a practicarla ante la tormenta perfecta que nos azota. Hacer política económica es una atribución de los gobiernos que estaba en desuso cuando la producción, el consumo, la inversión y el dinamismo financiero navegaban con el viento en popa; o sea, la intervención fiscal (es decir, la política económica que utiliza el gasto público y los impuestos para estabilizar o estimular la economía) ha estado cogiendo polvo en el desván alrededor de tres lustros. Las velas infladas en oreja de burro del crecimiento sostenido -el aparente milagro que, en el caso español, parecía poder durar ad aeternum- dieron paso, a pesar de los tapabocas y negativas de unos gobernantes sumamente atribulados, a la desaceleración, el estancamiento, la recesión y, según todos los augurios, dará finalmente paso a la depresión económica, que viene para quedarse. Y todo ellos, en menos de un año. El pretendido soft landing (aterrizaje suave) ha sido realmente muy poco soft: un aterrizaje de los de carné de identidad en la boca.

Recuerdo al profesor Vallés explicarnos en clase, con cachaza y marcado acento catalán, que la política económica requería “combinaciones deliberadas de política fiscal y política monetaria”. Correría el año 1983, y entonces España podía practicar la política monetaria (aquélla que utiliza el tipo de interés y la participación estatal en el mercado de dinero, y disculpen el didactismo). Hoy, este recurso reside en Fráncfort, sede del Banco Central Europeo. O sea, que Solbes -y en nuestro caso regional, Griñán- puede acometer una política fiscal expansiva, así como construir obra pública, rebajar impuestos, ayudar a sectores concretos -¡cuidado con crear precedentes!-, regular más o menos los mercados… y poco más. Sin embargo, el banco central -sea la Fed USA, sea el BCE que dirige Trichet- sí puede hacer política monetaria. Precisamente sobre esta prerrogativa, el consejero Griñán lanzó un verdadero scoop, que quizá haya pasado demasiado desapercibido, el pasado martes en el Foro Joly, un referente de primer orden en el debate y la reflexión social, económica política andaluza y española. Según Griñán, por este camino acabaremos dándole a la maquinita. Me explicaré.

“Darle a la maquinita” -según dijo Griñán, el término recientemente acuñado para este recurso es nada menos que flexibilización cuantitativa- es crear dinero. Las rebajas del tipo de interés para estimular el préstamo y el consumo tienen un límite: el cero. Dinero gratis; hay que devolverlo, pero no tiene precio. En Estados Unidos están ya cerca del límite de agotamiento de este recurso. Lo siguiente, a la desesperada, es meter dinero artificialmente, sin apenas valor, en el sistema; es decir, sin respaldo en el PIB del territorio en cuestión. Esto genera mayor disponilbilidad de dinero, pero detrae el valor de cada billete: una versión de la inflación. A pesar de los riesgos de darle a la maquinita, más temible es la deflación; es decir, el descenso generalizado de los precios por falta de demanda, un auténtico monstruo corrosivo para las empresas y sus negocios. Para todos, al cabo. Hasta este mismo año, en Japón llevaban casi diez sin poderse zafar de su correoso marcaje, periodo en el que su fabulosa industria se ha erosionado de forma importante. Sin duda, hay faena de política económica.

De noche, entre la niebla realzada por las luces de la pista de despegue y el ruido del bimotor listo para partir, podemos imaginar a Rick Trichet con el cuello alzado de su gabardina, mirando intensamente a los ojos a Ilsa Solbes, diciéndole con melancólica solemnidad: “Siempre nos quedará la maquinita”.

Leña al superávit, que es de goma

Tacho Rufino21 de Mayo de 2008 a las 9:28 am

En corto; atentos al silogismo:

  1. El actual superávit de los presupuestos públicos se ha nutrido de los ingresos que vía impuestos genera una economía con alto nivel de intercambio y altos porcentajes de crecimiento año tras año: véase España.
  2. Las liberalidades electoralistas (400 euros por barba contribuyente, la más flagrante) y el descenso progresivo de la actividad general -¿imprevisible? Noooo…- merman los ingresos públicos, presupuestados con base en unos niveles de crecimiento previstos muy superiores a los que , a la postre, se están registrando.
  3. Ergo: el superávit puede volatilizarse de aquí a final de año, cuando comenzará a registrarse déficit presupuestario durante el tiempo que la crisis tarde en enfriar la economía para resurgir de las cenizas. El paro (muy) creciente y los subsidios y no cotizaciones que provoca son los elementos básicos ddel engorde del déficit que viene.

(Hace unos cuatro meses escribí una columna sobre el asunto en RdA, puede pihcar aquí para verlo el-presupuesto-no-tiene-quien-lo-quiera.pdf)

Datos y cosas:

  • El superávit se ha reducido a la mitad en los tres primeros meses del año. El Gobierno, además, quiere estimular la economía gastando 10.000 millones de euros extra de ese presupuesto.
  • Se pensaba crecer este año al 3,3% de aumento del PIB (revisado a la baja: 3,1%, 2,3%…). The Economist valora nuestro crecimiento este año en ¡el 1%!
  • ¿Para qué sirve el superávit? Es, primero, un síntoma de rigor en el manejo de las arcas públicas. Segundo, es una de las pocas garantías ciertas para intervenir en la economía desde lo público sin hipotecarla.

Autor

Economía razonable para todos lo públicos Economista, profesor de la Universidad de Sevilla y columnista habitual de los medios del Grupo Joly

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