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Antipolítica italiana y segunda transición española

Tacho Rufino | 25 de febrero de 2013 a las 13:24

CONFESARÉ que no he hecho mis deberes de ciudadano ni los inherentes a escribir aquí, y no sólo no he visto en la tele un solo minuto del Debate sobre el estado de la Nación, sino que cuando, cenando ante la tele, han aparecido en la pantalla imágenes de las sesiones, he cambiado de canal. Quizá está uno pre-primaveral, por lo que es preciso racionarse las dosis de pesadumbre y angustia: a estas alturas de curso uno se conoce bastante. He seguido, eso sí, los titulares y algunas excelentes piezas que sobre el Debate se han hecho en esta casa… y sobre todo, he visto las fotos. Sean quienes hayan resultado ser los ganadores según las encuestas y opiniones, todos mostraban una cara de tensión vencida y enfermiza. La desviación visual de Rajoy se ha acentuado hasta convertir su mirar en catatónico; su barba no es ya canosa, sino cenicienta, seca; su color -aun en blanco y negro- es de ese desvaído tono cetrino con que los pálidos palidecen. Demasiado para cualquier persona, demasiado para Rajoy. En el otro lado, el oportunismo cainita de los socialistas catalanes al hablar de la abdicación del Rey en ese momento ha sido una gran puñalada trapera, y ha transmutado el gesto de Rubalcaba y los suyos, que, si tenían alguna ventaja, el compañero Pere Navarro se ha ocupado de tirarla al retrete. Un país andamiado, unos muros de la patria nuestra que da grima mirar. Pero sobre todo por una razón de fondo: el debate no ha interesado porque lo que interesa a la gente no está en el debate. Por eso no es irresponsable ni desquiciado pensar que los ocupantes de este Parlamento están en buena parte amortizados. Y que mirar a lo que ha ocurrido simultáneamente en Italia nos dé algunas claves para atisbar nuestro futuro político a no muy largo plazo.

Los italianos votan mañana y pasado. Se la juegan en una baldosa varias coaliciones que a su vez son jaulas de grillos. Un conglomerado de izquierda liderado por el candidato de mayor probable número de votos, Bersani; un conglomerado de centro derecha con el inefable Berlusconi a la cabeza; una coalición de centro -territorio político que resurge en las transiciones y situaciones de cambio crítico- cuya cabeza visible es Mario Monti, el cipayo técnico de Merkel que se revolvió contra ella en la recta final de la campaña; una coalición “civil” de gente más o menos limpia y reformadora, como el juez Di Pietro, y, por último, la estrella mediática del show electoral italiano: el Movimiento 5 Estrellas, liderado por el cómico Beppe Grillo, que puede tener la llave de la gobernabilidad de ese país donde la acracia es institucional, un Grillo -éste, incluso de apellido- cuyas propuestas no sabe uno si son pintorescas o son el necesario antídoto para el descreimiento y el cinismo imperante allí.

Como va imperando crecientemente aquí. En Italia, además, se da una creciente radicalización de la contestación frente a los gobernantes, las grandes corporaciones y la corrupta promiscuidad entre unos y otras. La conspiración, los contubernios y hasta los golpes de Estado por lo fino están allí en boca de todos, y películas casi imposibles de encontrar por la censura de los poderosos (en concreto, Girlfriend in a coma, del ex redactor jefe de The Economist residente en Italia, Bill Emmont, que ataca a Berlusconi con un tremendo arsenal de valentía y datos) hablan a las claras de crímenes y conspiraciones que sólo hace pocos años hubieran hecho a los difusores dar con sus huesos en la cárcel ¿Les suena todo esto? Para asistir a nuestro propio maremágnum y reingeniería electoral, sólo nos queda esperar a las próximas elecciones, que muy probablemente no se desarrollen en la fecha programada. La maltrecha economía de nuestros países, masacrada por la austera ceguera, hace levantarse a las personas. No puede ser de otra manera.

Pero los morituri no se coscan.

Más allá hay monstruos

Tacho Rufino | 14 de mayo de 2012 a las 12:20

LA llamada clase política es uno de los grupos sociales que más desprestigio sufre en las épocas de degradación económica. La perversión que supone que la política sea una forma de vida para muchos, y la confusión de su naturaleza de servicio público por la de autoservicio (“la política está aquí para que yo y los míos trabajemos y ejerzamos poder”) es un vicio que se genera y se ignora en las fases rutilantes del ciclo económico, pero que resulta escandaloso cuando mucha gente sufre y carece de expectativas de futuro. Históricamente, las grandes crisis económicas devienen en radicalidad y enfermedades sociales como la xenofobia.

Lo habrán visto en la televisión. Una de las escenas más terribles de la semana, y probablemente de los últimos años por su significado, llegaba de Grecia. Un gorila con la cabeza rapada, de esos con pinta de no haber recibido suficiente cariño en su casa ni en su barrio ni en el colegio, conmina a los periodistas a que se levanten cuando entra en la rueda de prensa su jefe: “¡De pie, de pie! ¡Mostrad respeto al líder!”, les grita con ademanes agresivos. Con su apellido con resonancias de genocida balcánico y su aspecto de loquito comilón, Mikos Mijaloliakos, el jefe, irrumpe ante los periodistas… que, lamentablemente, se ponen en pie sin excepción. Antes, había levantado su brazo a la manera nazi por las calles, con cara de querer dar susto, llamando “escoria” a los extranjeros. Un friki de manual, si no fuera porque su partido, Amanecer Dorado, es la tercera fuerza política más votada en Grecia, con veintiún diputados.

Una versión más suave del populismo puede emerger en España de la mano del hartazgo, del miedo y del descrédito de la clase política hasta ahora tradicional. El empresario es una alternativa a la que la opinión pública se agarra cuando descuenta y odia a sus representantes políticos. Una persona que da empleo, se dedica a ganar dinero para su empresa y va a lo que va con un mensaje simple y llano, aparentemente ajeno a la ideología. Sucedió en Italia y dio paso a la emergencia de un chorizo como Berlusconi, que descubrió que la mejor manera de diluir sus delitos era gobernar, aforarse y hacer leyes a la medida de sus intereses personales y empresariales. La fiscalía de Milán, la prensa que no era de Silvio y, finalmente, la UE liquidaron al fenómeno Berlusconi. Nosotros tuvimos un alter ego del italiano, otro hortera parapetado en la política y el fútbol. Jesús Gil fue masivamente votado por marbellíes, y fue finalmente fagocitado -con buen criterio- por el Gobierno y la Justicia cuando quiso reproducir su modelo por la Costa del Sol, Ceuta y Melilla. Ni tecnócratas, ni empresarios, ni mucho menos criminales sin careta: necesitamos buenos políticos para la política. Como mínimo, honrados. Más allá hay monstruos (leyenda que insertaban en los mapas algunos cartógrafos cuando desconocían lo que había más allá).

Los nuevos periféricos

Tacho Rufino | 29 de abril de 2012 a las 20:41

Publicado en los periódicos Joly el 27.04.2012

LA alegría, como la pena, va por barrios. A todo cerdo le llega su San Martín. Las dentelladas de la realidad no dejan a nadie a salvo: ni al empleado de a pie, ni al de altos vuelos, ni al empleado público, ni al funcionario, ni al empresario de relumbrón, ni al autónomo de furgoneta y dos móviles, ni al inversor de sus ahorros. Ayer un ajuste laboral, hoy un real decreto, mañana un impago a favor o en contra, hoy una debacle en bolsa. Hay barrios de parroquia y taberna, y también hay barrios más globales, donde las relaciones de interdependencia son puramente comerciales y económicas. En el barrio comunitario, las penas llegan antes o después a todos. Y llegarán a Alemania. Ya han llegado a Holanda. Las banderitas de terreno conquistado -o a punto de- se plantan por todo el mapa: no se van a quedar en la periferia de toda la vida. La política de consumo del propio músculo que campa como condición sine qua non para la existencia de la Unión Europea -o sea, la política del dogma de la eliminación del déficit fiscal ahora y totalmente- comienza a hacer daño a los primeros de la clase: no sólo es un principio cero que contiene una perversión en sí mismo porque hace a las economías un daño de mayor magnitud que la seguridad que consiguen, sino que es vírico y pandémico. Si España es intervenida (o sea, privada de su soberanía en política económica), Francia caerá poco tiempo después, entre otras cosas porque España tiene numerosos créditos otorgados en Francia; por el Estado y los bancos fracneses, y los inversores que compran deuda española. Holanda, una Alemania en pequeñito, sufre los primeros síntomas de la gripe del cerdo, el pig. (“¿Qué es periferia, dices mientras clavas tu garra de águila en mi gasto público?” “Periferia eres tú”. Bécquer, allí donde esté, no puede ofenderse por el prosaico uso de sus versos: uno ha tenido que sufrirlos toda la vida y eso da cierto derecho.)

Hasta hace poco, el premio Nobel Paul Krugman era denostado por muchos que ahora reclaman atención al crecimiento y al empleo como vendeburras oportunista , como mercader de crecepelos para gente de izquierda con estudios, como un García Márquez del pensamiento mágico en Economía. Sin embargo, el hombre tiene más razón que Galileo: Eppur si muove, o mejor dicho, o esto se mueve, o cuando te quieras dar cuenta no estarás en buena forma (presupuestaria) y delgadito, sino consumido por falta de consumo e inversión. Muerto en vida, suicidado. Alemania -obviemos aquí la enésima alabanza a su economía- está rentabilizando enormemente su dogma: se financia a coste cero, mientras los periféricos de rancio abolengo nos financiamos hasta seis puntos más caro: abre brecha entre su industriosidad y sus mercados y deudores, un grave peligro para la propia Alemania, cegada de soberbia y razón. Ahora, de pronto, todo el mundo, hasta el derrotado Sarkozy, habla de que hay que pensar más en el crecimiento, en los estímulos y facilidades públicos (que suelen crear déficit, en efecto) y en debilitar la dictadura del déficit cero como único leit motiv en política fiscal. En el camino, hay cadáveres.

Paralelo al tardío cambio de opinión de mucha gente con respecto al déficit discurre el populismo, de forma inquietante y creciente. El Gobierno holandés ha caído por una extrema derecha repleta de gente empobrecida y/o encabronada. En España, la extrema derecha xenófoba y anticomunitaria todavía no se ha desgajado del voto imperante, que no es (sólo) el votante más radical del Partido Popular. Ha sido la extrema derecha holandesa, integrante del Gobierno de coalición, la que se ha negado a aceptar las exigencias de déficit público para el próximo año. Sus motivos son sin duda distintos de los que reclaman lo mismo en la otra Europa. Pero el vigente juego alemán de ganar en todo -no siempre ha sido así: hubo un tiempo de “cambio fondos por territorios comerciales”- no se sostiene. Alemania también es periférica como su periferia holandesa, y quizá tenga que ser rescatada de su propia terquedad.

Forza Italia

Tacho Rufino | 9 de noviembre de 2011 a las 12:42

Hace unos meses, al parecer en contra de su costumbre, el director de orquesta italiano Riccardo Muti hizo un bis. A terminar la representación del Nabuco de Verdi, recibió las para él habituales salvas de aplausos emocionados. Muti, en un cierto momento, se gira hacia el público y hace un discurso –también muy emocionante aunque contenido— acerca del desmoronamiento de los valores culturales y artísticos italianos, que sin duda inspiran la esencia de una nación eterna y un Estado relativamente joven. La esencia nacional: alguien puede discutir si tales esencias existen, si es más esencial tu terruño grande que el tuyo chico; alguien podría también repudiar a su propio país quedándose sólo con una parte, por mucho que esa pequeña parte tenga intersecciones plenas con el alma común más grande repudiada. Dudemos y critiquemos; repudiemos y hasta inventemos historias mientras acallamos otras; pero huyamos siempre de hacer mala política a partir del abuso de los valores nacionales: nada bueno nace de ahí. Defendamos –y sobre todo, gocémosla– el alma común, la pequeña y la grande, la que genera belleza y verdadero dolor también. Eso, combinar belleza y dolor, hizo el público, precisamente, cuando fue invitado por Muti a acompañar desde su butaca el coro del Va, pensiero, pasaje sublime del Nabucco. Algunos gritaban Viva Italia, muchos lloraban, embargados de la indignación y el tormento de ver a su gran país caer en picado hacia no se sabe dónde. Berlusconi ha caído finalmente, y parece haber golpeado en su devenir político –muy votado por las masas desencantadas, eso sí— el alma italiana, llevándose por delante buena parte de la economía presente y futura del país. No sólo él será culpable, bien, pero es el gran culpable junto con quienes lo votaron reiteradamente.
Italia es todavía la tercera potencia económica europea. Italia es una gran potencia industrial y patrimonial, y sus diseñadores, ingenieros y arquitectos habitan los respectivos parnasos mundiales; los italianos han contado desde siempre con emprendedores excepcionales, creadores y artistas excepcionales, juristas excepcionales, deportistas excepcionales, científicos excepcionales, oradores excepcionales. Pero Italia está en la picota, carcomida por su deuda insostenible y alimentada por un corrosivo e ineficiente gasto público y unas también corrosivas y dolosas prácticas burocráticas. Italia se endeuda –puede que hasta tener que ser rescatada– para devolver parte de la deuda anterior y, si queda, para comérselo improductivamente el sector público. La pirámide de población de Italia corre camino de invertirse: bajísima natalidad y altísima esperanza de vida (las mujeres, las más longevas de la UE). Italia corre el mismo riesgo de recesión que España, y paga más por su deuda privada y empresarial que nadie en la Unión. En Italia hay muchas más leyes, reglamentos y normas de protección corporativa –de los comerciantes, de los taxistas, de quien sea– que en ningún otro país del mundo. Está invertebrada políticamente, tras haber emergido los populismos y los localismos en sustitución de una derecha y una izquierda partitocrática enfangada en la corrupción y castigada con el destierro electoral. Italia está hipotecada no sabemos para cuánto tiempo. Berlusconi, sin duda, ha hecho su parte: sus negocios han salido por el momento mucho menos dañados que el Estado que él gobernaba, en buen medida para aforarse, blindarse y proteger y engordar sus affari privados. Ayer, guillotinado políticamente, se reunía a altas horas con sus hijos para preocuparse de lo verdaderamente importante para él, sus empresas. Aprendamos la lección. Censuremos y hasta castiguemos a la clase política inepta y corrupta, la negligente y la dolosa, la que connive con golfos bancarios y va dando maletinazos. Pero no los cambiemos por mesías aún más golfos e incontrolables.
Según me informa un gran aficionado a la ópera a la par que hermano, el Va pensiero (“Ve, pensamiento”) del Nabucco de Verdi simboliza el ansia de libertad del pueblo judío oprimido. “Oh, mi patria, tan bella y perdida (…) que te inspire el Señor un aliento, que al padecer te infunda virtud”. Que Italia haga virtud del sufrimiento. Forza Italia.

Hay que llegar al punto G-20

Tacho Rufino | 28 de septiembre de 2011 a las 18:59

Existe un lucido y lúcido modelo que dice que las crisis suelen tener siete fases, como siete cabezas tenía la hidra mitológica… griega. La hidra es buen símbolo del curso de los acontecimientos, porque por cada cabeza que algún héroe (Heracles en el mito; los rescates del FMI, el FEEF o el BCE comprando deuda, en estos tiempos), la hidra regeneraba dos. El modelo que ilustra las fases típicas de toda crisis comienza con una fase de liberalización financiera, es decir y en este caso, de ausencia de controles, desproporción patológica de la economía financiera sobre la real –a quien, en ortodoxia debería servir, y no crecer y multiplicarse independiente y metastásicamente hasta el colapso por entregas, como es el caso del colapso al que asistimos–. Estaremos viendo surgir totalitarismos más o menos modernos y tecnológicos y todavía habrá quien llame liberticidas a quienes recuerden que origen de todos los males está en la orgía financiera que tuvo lugar durante al menos una década antes del estallido de la crisis, y que o se controlan los excesos o los daños son brutales, que ya lo son. Qué sospechoso término, liberticida, que suelen tener en la punta de la lengua los mal llamados liberales obsesionados con el comunismo, en no pocos casos ultras de manual y de reconocido currículo. “¡Oh, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”, dicen que dijo una heroína de la Revolución Francesa, justo antes de que la turbamulta de ocasión se marcara una pachanguita con su cabeza. De momento, los crímenes son económicos.

Algo hemos avanzado para hacer frente a esta hidra o alien mutante que se transforma y contagia desde lo financiero a lo real, de la crisis de la deuda soberana a la bancaria, del euro a quién sabe dónde y a qué: por fin hemos comprendido que, o se acomete la lucha entre todos, o la cosa sólo hará empeorar para todos. Alemania –que inmolará a Angela Merkel en las elecciones, lo cual la libera para hacer lo mejor para su país: salvar el euro– sabe que quien más tiene es quien más tiene que perder. Europa es su mercado natural y masivo. A corto plazo, el euro débil les conviene para exportar, pero sus mercados principales están tocados, en buena parte por la falta de reflejos comunitaria, que parece estar paliándose. Alemania es clave. Pero hay más. No sólo se requiere la acción coordinada del FMI, el BCE y el Bundesbank en la sombra, la Comisión de un Durao que hoy ha propuesto controlar y gravar las transacciones bancarias (“no todo va a ser recibir dinero de los contribuyentes, ¿no?”, ha venido a decir el viejo zorro portugués), Merkel, Sarkozy y los hermanitos pobres. No; también se requiere, y muy especialmente, la contribución de Estados Undios y la coordinación con Estados Unidos, un país que ya tiene miedo y –algo desmemoriado de su propia y fatal negligencia institucional, el detonante de todo– pide que por favor actuemos con diligencia. También se requiere la contribución de los países emergentes. Cuidado: China debe hacer de locomotora, y esa locomotora puede también gripar por una latente y enorme burbuja inmobiliaria. El planeta es muy chiquitito, y todos deben ser conscientes de que ni Grecia es el cáncer, ni la Unión Europea tampoco, ni Alemania la más noble y honesta pariente protestante que puede hacer y deshacer muy soberbia e indignada, ni Estados Unidos el imperio ya, ni China el nuevo imperio todavía. El G-20 es probablemente el único punto de encuentro. El punto G-20. Un punto de encuentro que hasta ahora ha servido para poco más que hacerse fotos en la que los grandes líderes del mundo parecen una promoción de compañeros de estudios en su 25 aniversario. ¡Encontremos el punto G-20, quizá no haya otra! Y busquemos ser uno de los 20 (que no lo son, que son más de 20).

Economía-ficción hecha realidad

Tacho Rufino | 25 de septiembre de 2011 a las 19:04

EN los cursillos de socorrismo, se advierte que una persona presa del pánico intentará arrastrar a su salvador al fondo con ella por puro instinto de supervivencia. Debe el socorrista manejar la situación y evitar por todos los medios ser agarrado, e incluso abofeteará al accidentado si es necesario. Análoga y metafóricamente, en las llamadas dinámicas de grupo suele plantearse una situación en la que los participantes están en una barca que se hunde, y urge tomar decisiones para no morir todos. No pocas herencias y negocios familiares, en fin, se han volatilizado por la cortedad de miras de algunos de los herederos, que interiorizaron en sus corazones aquello de que “en la bicicleta me monto yo desde pequeño, luego la bicicleta es mía”, y acaban por provocar la mala venta de los bienes comunes o la ruina del negocio de todos. El que se ahoga es Grecia, y su troika de socorristas la forman el BCE, la UE y el FMI; los tripulantes de la barca son los miembros de la Eurozona, con Merkel y Sarkozy alternándose al timón y coordinando el achique de aguas; el negocio familiar es la Unión Europea y su gran empresa, el euro.

Grecia está siendo abofeteada, sin más criterio que el de forzarla a la anorexia para esperar -no se sabe cómo ni cuándo- que resurja de sus cenizas y pague sus deudas. Se la obliga no ya por su condición de hija pródiga derrochadora y pícara, sino porque pone en riesgo la joya más preciada de la corona, el euro, y su bancarrota puede acabar de noquear al sistema bancario europeo. Contagiada por el pánico, la banca no ejerce su función crediticia en los países más afectados por los ataques a la deuda soberana (y la cosa no va a quedar ahí: la crisis bancaria es claramente vírica). Éste es un cuadro bastante completo del problema esencial de la Unión Europea, de su disparidad de intereses, sus brechas de prosperidad crecientes y sus dudosas cuentas cruzadas. La situación de Alemania y Holanda poco tiene que ver con la de España e Italia, y la de éstas dos con la de Grecia. Pero aquí, de momento, vamos todos en el mismo barco.

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Esta semana, Financial Times -un medio nada eurista- ilustra por boca de Martin Wolf y con tino los problemas de la jaula de grillos de la Eurozona. Según el diario británico, los europeos compramos un puzle hace 20 años, y lo hemos ido ensamblando desde finales de los 90. Ahora, algunos -no sólo los alemanes- no quieren parientes pobres ni enfermos. Se arrepienten de haber montado el tinglado, y andan desmemoriados con las cosas buenas que tuvo el matrimonio múltiple comunitario: suele pasar, es natural. Quieren desmontar el puzle, pero no pueden hacerlo sin romper las piezas, incluidas sus piezas. El resto del mundo mira con congoja a Europa, y teme que una nueva y fatal oleada de crisis de deuda soberana y -sobre todo- una crisis bancaria de alta intensidad les afecte. Estados Unidos -el pariente emigrante que hizo fortuna, ya algo decadente aunque aún rumboso- se digna por una vez a visitarnos sin vernos como un museo antropológico viviente, y nos da consejos para salir de ésta. Nos dice justo lo contrario de lo que los fuertes de aquí recomiendan: “Estímulos fiscales necesitáis”, dice el yanqui. “Austeridad hasta la muerte”, replica Alemania. Y se vuelve a América, no sabemos bien si encogiéndose de hombros o con el rabo entre las piernas: “Están locos estos germanos… y todos los demás”.

La tragedia griega sería paneuropea por contagio, e incluiría sucesos de economía-ficción tales como la retirada masiva de depósitos bancarios y la venta masiva final de deuda soberana de un buen número de países. La desintegración del mercado de capitales europeo en empobrecidos mercados nacionales estaría servida. Como esto es desastroso, hay que evitarlo. No hay solución sin cirugía y convalecencia, y no valen soluciones parciales o locales. Nouriel Roubini apuesta por la suspensión de pagos griega y su salida del euro. Lo primero es razonable, lo segundo es sumamente complicado, legalmente incluso. Porque cabe preguntarse, ¿y después de Grecia, qué? O mejor, ¿quién? Para mantener al bañista, a la barca y a la empresa familiar a flote parece más razonable perdonar deuda y hacer frente común ante los de la (también) aterrada familia Mercados que empezar a sacrificar y desheredar a hermanos.

Papi papi, papi chulo

Tacho Rufino | 7 de noviembre de 2010 a las 20:01

”'Papi'

EN España solemos considerar a Berlusconi un caso alucinante de desahogo y poca vergüenza. Y seguramente lo es. También pensamos que es imposible que en nuestra vida política sucedan cosas como las que protagoniza Papi Silvio (así lo llaman sus chicas), que sus locuras y manejos no podrían nunca darse aquí. Y seguramente nos equivocamos. Puede que no surja por estos lares un líder político idéntico a él, tan histrión, putero, homófobo, racista y machista (haberlos, haylos, pero disimulan) como el primer ministro italiano, pero corremos serio riesgo de acabar teniendo nuestra propia versión del -al loro- primer ministro de Italia, dueño de gigantes como Fininvest, Mondadori o Mediaset; de periódicos como La Repubblica, de participaciones de control sobre la propia RAI… El hombre más rico de Italia, un país donde hay mucho dinero. Corremos un riesgo cierto de que el actual estado de cosas partitocrático salte por los aires. La demeritocracia y la corrupción con la que no sólo conviven, sino que perdonan los principales partidos nacionales y regionales va regando la planta del odio al político. Cocínenla con penuria económica y de expectativas, y tendrán servido el plato del castigo y la venganza a los partidos. Déjenlo reposar, y vean como se convierte en grupos xenófobos, de soflama autoritaria; de corta mira y mensaje simple. Nuestro Popolo della Libertà, nuestra fascistoide Alleanza Nazionale, nuestra rico-nacionalista Lega Nord.

Reproducimos muchas etapas de la política italiana quince o veinte años más tarde. Italia castigó la corrupción sin límite de Tangentopoli (tangente: mordida) y mandó a sus PSOE y PP a los albañiles o a la cárcel. El pueblo italiano es cualquier cosa menos tonto, y es capaz de hacer de la anarquía y el caos una forma de ser, su forma de estabilidad. Que voten a Berlusconi, que se rían con él, que lo consideren -como su muy indulgente La Repubblica esta semana- solare (radiante), que le permitan sus payasadas y, lo que es peor, sus blindajes y mangazos vía parlamento y ley… puede que no sea el más dramático de los escenarios que un pueblo puede encarar una vez derribados y calcinados los tótem políticos dominantes. Vamos por el buen camino. El paro y las (no) perspectivas aceleran la marcha. ¿Estamos a tiempo de parar esto? Acabemos con una advertencia dylaniana ya usada aquí otras veces: “Vengan senadores, congresistas, escuchen el aviso, no bloqueen la entrada, porque resultará herido el que se ponga en contra, hay afuera una batalla descarnada, pronto golpearán sus ventanas y crujirán sus paredes, porque los tiempos están cambiando”.

(Reggaeton delque esta entrada toma el título: http://www.youtube.com/watch?v=VnWxUZ29kvs)

A por nuestro ‘Berluscónez’

Tacho Rufino | 24 de mayo de 2010 a las 14:34

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En Irlanda, Reino Unido y Alemania, lo que más se cuecen son patatas; Francia es un país “adorable, a pesar de que comen algo tan asqueroso como los caracoles” (Woody Allen), previamente cocidos; mientras, en Italia lo que se cuece a cualquier hora es pasta. En Grecia algo cocerán, pero lo que más abunda es el ciudadano frito. Sea como sea, en todos esos sitios cuecen habas. Las habas difíciles de tragar de los planes de recorte presupuestario públicos.

David Cameron ha planteado un duro recorte del gasto británico, dado que su déficit -como el español- es casi cuatro veces mayor del establecido como máximo en Maastricht… además de subir los impuestos por patrimonio y por renta (algo, en ortodoxia, poco de derechas). Alemania no ha cuantificado sus ajustes, pero Merkel dice que los hará, suponemos que para dar ejemplo, a la vez que plantean “prohibir el déficit público”, que es como prohibir las flatulencias -válvula de escape, al cabo- en el propio domicilio (en tiempos de turbación suelen llegar los ataques normativos tajantes). Los periódicos extranjeros de referencia alaban las medidas tomadas por España, y en todos subyace un cierto canguelo por el potencial mazazo de un default español (como Zapatero, “no doy crédito” a este escenario). Le Figaro, por ejemplo, las tilda incluso de “radicales” -por drástico, más que de raíz-.

Centrémonos un poco en Italia. Según informaba Il sole (ver) el miércoles, las regiones ricas siguen en su empeño de lograr un sistema federal, principalmente por boca de Umberto Bossi, líder de la Liga Norte, que ha superado un ictus y aprieta pero no afloja en sus reclamaciones: “El federalismo no cuesta, incluso ahorra”. De todas formas, y de forma similar a lo que pasa en España, las reclamaciones nacionalistas allí se escuchan con la sordina de la inmediatez y mayor importancia de La Crisis. España no es Grecia, pero tampoco se parece a Italia como muchos creen aquí. La estructura industrial italiana, en algunos sectores decadente, y basada en distritos repletos de pequeñas empresas familiares, fue y todavía es la envidia de Europa. Mientras, en crear virreinatos autonómicos (con y sin sentido) difíciles de manejar y sostenerlos conjuntamente llevamos ventaja, y ellos pueden aprender de nuestros grandes excesos. En algo Italia nos ofrece enseñanzas. Allí gobierna el inefable Berlusconi (y otros antes de diversísimo pelaje), tras cargarse los votantes al bipartidismo de la Democracia Cristiana y el Partido Comunista, harta la gente de corrupción, ineficacia e ineficiencia. Descreído, el pueblo votó fragmentadamente, punitivamente, desencantadamente, casi a cualquier cosa. ¿Se imaginan algo así aquí? Cómo no.

(Este artículo fue publicado el domingo en El Periscopio, Grupo Joly)

Grandezas y talones de Aquiles

Tacho Rufino | 21 de marzo de 2010 a las 18:07

A la democracia de voto universal, la vigente por estos pagos, se le suele aplicar el término “grandeza”, sobre todo en los discursos y en los comunicados de condena o repulsa de atentados y, en general, cualquier otro ataque al sistema. “La grandeza de la democracia consiste en…”, “… ésa es precisamente la grandeza de la democracia…”. Una de esas grandezas oficiales es el mandato “un hombre/una mujer, un voto”. Aunque uno sea una buena persona, un ciudadano honrado y cívico que cumple con sus obligaciones y, si los tiene, cría a sus hijos en el respeto a los demás y el cuidado de lo común, y otro sea un canalla de manual, un aprovechado que le pisaría el callo a su padre, un desalmado que no tiene piedad por los ancianos ni por los niños, una mala persona. A la paridad que otorga iguales derechos a estos perfiles extremos la llamamos grandeza, aunque sea una imperfección bastante inevitable. El problema es que no hay alternativa vendible o aceptable según la moral política comúnmente aceptada. Pero todos los consensos son menos que óptimos, sea para elegir un Gobierno, sea para organizar un viaje de grupo.

Íntimamente ligado al principio de igualdad del valor de los votos de las personas -como digo, políticamente correcto e inevitable, pero técnicamente imperfecto-, está un talón de Aquiles de la democracia: la necesidad de convocar elecciones cada cierto número de años, cuatro en nuestro caso. Las elecciones periódicas son, en principio, la forma de intentar evitar la corrupción y el nepotismo, además de propiciar el debate programático entre alternativas y el compromiso de los vencedores con sus promesas electorales. Pero también contienen una perversión congénita: dichas promesas pueden estar dirigidas a favorecer a colectivos concretos en detrimento de otros, porque en la obtención de los votos de aquéllos está la continuidad en el poder de quien asegura papeles para todos o 500 euros al año para empleados públicos, u otro tanto a parejas en edad de procrear. Se trata de mero marketing político, con adecuada valoración de los targets en distintos segmentos de la población objetivo. Inmigrantes, funcionarios, mujeres, mayores, jóvenes, gitanos, militares, padres, ateos, cabreados natos: su valor es más su peso a la luz de la Ley D’Hont que las aspiraciones y necesidades de los ciudadanos en general. Y uno de esos colectivos –por ejemplo, los funcionarios– puede tener valor en el Estado o en la Junta de Andalucía muy importante para el PSOE, y sin embargo en Valencia o Mallorca lo tendrá para el PP, y en el país Vasco para el PNV. El vivero, para el que lo trabaja.

Los periodos pre-electorales son cada vez más largos, y además hay elecciones de forma continua dado el complejo sistema territorial español. Eso emponzoña las virtudes del sistema electoral universal, y acentúa sus perversiones. Las fases de vacío de gestión pre y pos electorales son cada vez más largas, y no digamos si el resultado no es claro a favor de una formación. Las etapas de verdadera gestión (o sea, de planificación, organización, dirección y control) son cada vez más reducidas, y si no están enmudecidas por las elecciones recién pasadas y los pactos por dilucidar, lo están por las elecciones por venir, en la que los políticos, o la mayoría de ellos, hacen dejación de sus obligaciones sustanciales para con la ciudadanía, y se dedican al cabildeo, a pensar en su futuro personal, a no hacer aquéllo por lo que se los vota y se les paga.

La partitocracia es el origen del populismo que deriva del hartazgo de quienes asisten a comportamientos políticos indignos, poco profesionales, de poco peso personal, e incluso corruptos. El PP de Andalucía ha fichado al padre de Mari Luz, en un alarde de oportunidad y hasta de oportunismo político. El PSOE podría fichar al de Marta del Castillo para compensar ese saeta lanzada a la fibra sensible de los votantes. Propiciadas por esta degeneración de las bases éticas del sistema, llegará el día en que surgirán formaciones políticas de mensaje simple, de enfoque corto, dirigidas a la emocionalidad de la gente sencilla, y a la de la menos sencilla pero muy saturada. La penuria económica no hará sino aumentar las posibilidades de dichas formaciones nacidas de la contestación y la confusión.

La democracia constitucional por la que regimos nuestra colectividad no ha sido siempre nuestro sistema político, y si no lo cuidamos, si no lo controlamos y hasta lo refundamos, correrá el peligro de dejar de serlo, más pronto que tarde. ¿Alarmista? Ojalá.

(Ilustración de Blog de Arcadio, Punto de Vista, con interesantes reflexiones sobre el populismo)