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‘Trichetatops’ embiste en la periferia

Tacho Rufino | 9 de julio de 2011 a las 14:55

NO puede uno dejar de recordar de nuevo una máxima de la gestión de tesorería cubana, que hoy -quién lo iba a decir- es de aplicación en las empresas privadas y públicas de nuestro país, por no hablar de un creciente número de familias: “Por el dinero no te preocupes, que dinero no hay”. El desfase de caja, algo natural en el devenir de las organizaciones porque pagan y cobran a ritmos distintos, se cubría de forma generalizada con pólizas de crédito tan ricamente hace cuatro o más años (O tempora, o mores: hubo un tiempo no muy lejano en que las empresas invertían puntas de caja superavitarias en letras y pagarés del Tesoro la mar de bien remunerados). Pero el crédito que deben dar los bancos -por ser consustancial a su negocio y por ser su función social- está parado cual caballo de retratista. Los bancos juegan hoy a captar depósitos y, paralelamente, a no dar crédito. Es decir, juegan con una sola mano. Tienen sus razones -la vigente crisis de la deuda; el susto del mundo con España, inducido en parte por las calificadoras de riesgo, y la reorganización del sector bancario nacional-, pero no deja de ser dejación de funciones. Lo mala queestá La Cosa -ese monstruo de película cotidiano-, en fin, es la coartada perfecta para que no sólo quienes pasan dificultades, sino también quienes no las pasan tanto, alarguen sus periodos de pago, creando problemas no ya de liquidez, sino de supervivencia, sobre todo a los más pequeños.

También los ayuntamientos lloran: “No tenemos un puto duro”, le dice Esperanza Aguirre a Gallardón, confiada de nuevo en que está off the record. Se la entiende bien. Puede que a la aguerrida Aguirre le guste decir tacos, y hasta los profiera con fundamento, y parece que no se lleva bien con los traicioneros micrófonos, pero el mensaje es claro: no hay dinero en la caja. Como todos se retrasan en pagar, nadie tiene la liquidez asegurada más allá de tres palmos financieros. Gallardón le responde entre sonrisas de plástico para flash: “Nosotros tampoco”. La estrategia del alcalde -él, que puede todavía- es seguir endeudándose y haciendo obras y grandes proyectos: convertirse en un “demasiado grande para dejar que se derrumbe”. De hecho, sigue dando vueltas de tuerca a la solvencia y a la liquidez de su muy central municipio, Espe dixit: “He visto que te vas a gastar 25 ó 35 millones de euros… Viene en el periódico. Menos mal que tenéis dinero, qué suerte tenéis”. Pelusillas entre hermanos que saben uno del otro por medio del tendero. Gallardón no tiene un puto duro, dice, pero se lo fían: como hacían todos hasta hace unos años. Si hasta Obama contribuye a que no nos llegue la camisa al cuello, cuando menciona la posibilidad de bancarrota del imperio. No se puede uno fiar ni de su padre.

La subida de tipos anunciada por Trichet esta semana tampoco nos ayuda. Las asimetrías o brechas comunitarias son cada día más palpables, eso que se llamaba “la Europa de las dos velocidades” (probablemente son cuatro o cinco). A Alemania, Francia y otros más pequeños, pero incluso más prósperos, les conviene justo lo contrario que a nosotros. Subir los tipos combate su inflación y da serenidad a sus buenas perspectivas de crecimiento. En los suburbios, los efectos son los contrarios: lastra la salida del marasmo, y compromete las finanzas públicas y privadas, dificulta el flujo del crédito y encarece las amortizaciones de deuda pública, empresarial o privada. Cierto es que la subida del tipo del BCE no se traslada inmediatamente al Euríbor (que ya tenía descontada esa subida), pero la inercia es claramente a subir. Aunque en el fondo subyace un “bastante con que al final te rescato”, Trichetatops dice que su trabajo es dar estabilidad a los precios… y los endeudados y los paralizados, que se busquen la vida. Puede que si los grandes pactos de Estado necesarios hasta ahora eran los del terrorismo o la corrupción, ahora lo sea el pacto contra la morosidad.

Precios de la vivienda: miedo dan los datos USA

Tacho Rufino | 9 de mayo de 2011 a las 18:00

Suele darse por cierto que la crisis inmobiliaria en curso tiene no pocas características comunes en Estados Unidos (más bien Florida y California) y España: el crecimiento de la población entre 2011 2001 y 2008 de España (12%) y Estados Unidos (8%, pero aunque no disponemos de datos ciertos, es muy probable que las dos áreas costeras principales del Pacífico y el Atlántico americanos hayan crecido bastante más en número de habitantes), el volumen de nueva vivienda construida y, por tanto, la eclosión del crédito hipotecario son, en efecto, variables que se comportan de manera similar allí y aquí.

El ratio casas nuevas por habitante, que podría ser un indicador de cada burbuja, es sin embargo muy diferente: en el periodo de hinchazón y exuberancia (2001-2008, convengamos), en Estados Unidos se construyó una casa nueva por cada 23 habitantes; en España, una casa ¡por cada 9 habitantes! Podemos tirarnos a la piscina y concluir que la burbuja española tiene el doble de cubicaje que la americana. Evidentemente, otros factores –renta per capita, jingle mail o “ahí tiene usted las llaves”, situación de de partida de la crisis, tipos de interés, estructura productiva, inmigración– pueden matizar lo dicho.

Hoy, el Huffington Post (periódico on-line creado en 2005, con gran éxito, orientado a la agregación de noticias y blogs) ofrece un reportaje titulado “La caída de los precios de la vivienda [en EE.UU.] vuelve a ser la mayor desde 2008”. Si en 2008 la caída fue acentuada, podemos concluir que allí no han tocado fondo. El último ajuste de precios calculado es el del primer trimestre de este año, 2011, y es de un 3%. No podemos extrapolar la caída anual, pero es de temer que la reducción de precios (y la consiguiente pérdida patrimonial media de quienes tienen una vivienda, hipotecad o no) llegue a cifras de dos dígitos. El año pasado, casi tres millones de casas fueron embargadas en EE.UU., principalmente porque sus propietarios –llamémosles así– estaban, como le llaman allí, “underwater” (“bajo el agua”); es decir, su propiedad valía menos que la deuda que pesaba sobre ella. Tampoco cabe extrapolar esta caída al caso español. Ni generalizar a cualquier tipo de vivienda, claro es. Pero no son buenas noticias, son datos que no mueven a buenos presagios. Ni para los bancos, ni para los hipotecados, ni para los propietarios, ni para las empresas, ni para el patrimonio nacional que refleja la riqueza familiar entre otras cosas. Son buenos datos para quienes no pudieron comprar y esperan que la gente se dé de bruces con su imprudencia, o para quienes quieren ver a los bancos hundirse aunque eso tenga espeluznantes consecuencias para el sistema económico, o para quienes por definición asocian “constructora” e “inmobiliaria” a lucro excesivo y especulación. Aparte de ellos, hay otro colectivo, muy minoritario y muy poderoso, que también espera ulteriores caídas de precio: los que heredaron o acumularon y mantienen grandes fortunas, y están con la caña puesta en una laguna repleta de peces desesperadamente hambrientos. Las crisis, ya lo sabemos, producen nuevas y poderosas divergencias en la riqueza de la gente, que durante décadas ha convergido gracias a la redistribución fiscal. Al salir de ésta, cual sísifos del XXI, tendremos que volver a subir la montaña con la piedra a cuestas… o irnos directamente al carajo.

Gutiérrez, año 2011 ‘revisited’

Tacho Rufino | 9 de junio de 2010 a las 16:57

Hace un par de años y pico, en la extinta revista dominical de Grupo Joly de nombre RdA, dirigida por Ignacio Martínez, publiqué un artículo en el que me atrevía a plantear en clave de humor un escenario que una familia media española, presa de la fiebre ladrillo&crédito, se empeñó hasta las cejas en un inmueble “por inversión”. De igual manera que en muchos otros casos uno falla en sus previsiones, en este caso no van desencaminadas. Eso sí, lo que antes era una guasa en apariencia inofensiva, leído a día de hoy deja un sabor algo amargo. Y no digamos para quienes se encuentran precisamente en la situación de los genéricos Gutiérrez. Ahí va:

Gutiérrez, año 2011

(Publicado en RdA, Grupo Joly, 29/abril/2008)

Los Gutiérrez siempre han sido muy miraditos con el dinero. No les gusta gastar; no son feriantes, no les interesan los cruceros y tampoco las aerolíneas de bajo coste, no han pisado en su vida una tienda gourmet y siempre compran grandes lotes de suministros familiares en tiendas de descuento. Conservan un seat Málaga que no se puede mirar de lo que brillan la chapa y los sellos de la ITV. No se les ve en los bares del barrio y gastan bastante suela paseando mientras comparten sus pipas preferidas, a la par que idolatran la mortadela y el chóped como algo muy divertido y muy propio suyo: se lo repiten cada cena frente al telefunken que compraron para el Mundial de España, nutrido y reluciente a base de politus y cristasol. Los Gutiérrez son austeros, prudentes, previsores y de vida sencilla. Eso sí, el abrigo de mutón de la señora Gutiérrez arrasa en la Misa del Gallo año tras año. Hay quien en el vecindario dice que son unos agarrados de manual, pero eso no es más que maledicencia: la envidia que las cigarras acaban profesando a las hormigas.

La familia Gutiérrez decidió que los ahorros generados poco a poco estirando el sueldo del paterfamilias había que invertirlo: la cartilla y el plazo fijo no salían a cuenta para nada; más bien al contrario y para perder siempre hay tiempo. Miraron alrededor cual azafata de vuelo: a los de delante, a los de atrás, a los de la izquierda y a los de la derecha, y vieron gente que compraba las casas donde habitaban, e incluso una segunda para veranear “que prácticamente se paga sola alquilándola en agosto”. En concreto, los de la derecha –los del quinto b– habían comprado un apartamento “como inversión”, expresión centralísima de las barras de los bares durante diez años en España. Se sintieron intrépidos inversores, aguijoneados por la contemplación de la plusvalía galopante.

Pidieron un crédito para comprar algo en la playa, una oportunidad de un cuarto de millón de euros, que había que ir financiando mientras se construía en un solar muy cerca de la casa de unos famosos actores de Madrid, bastante al resguardo del levante. Contaban con treinta mil euros en la cuenta, por lo que no tuvieron que pedir préstamo personal alguno –como habían hecho tantos– para ir pagando la obra antes de firmar la hipoteca. La cuota mensual era algo más de la mitad del sueldo del que vivían los Gutiérrez, pero ellos sabían apañarse con poco: técnica del camaleón en verano –o sea, mover sólo los ojos, si acaso– en vez de poner el aire, cambiar braseros por forros polares; más pan, más cerdo de segunda, alargar el caldo de los guisos, un poco de hambre al acostarse, que dicen que es bueno. Total, el plan era poner la casa en venta recién entregada, si no se le pegaba un pase antes. Lo normal, vaya. Y ganando como mínimo un sesenta por ciento a lo puesto, si no el doble, que es lo que alardeaba Paco el del videoclub de haberle sacado a un suizo, y eso por una especie de infravivienda en una pedanía de la sierra de Huelva, adonde antes no llegaban ni los mirlos.

Pero la casa no se vendió, y los Gutiérrez han tenido que ir pagándola, igual que el resto de repentinos inversores que se habían metido en la misma promoción de la playa. Ya va para tres años que la hipoteca sobrevive vigorosa y el valor de la casa no para de menguar. De forma que, a la vuelta del esquina, lo que queda por pagar es más de lo que valdría la casa si alguien decidiera quedársela. Un sujeto económicamente racional debería plantearse dejar de pagar el crédito. Y aunque los Gutiérrez si algo son es racionales, la honra y el sueño estaban en juego en esta ocasión. Tenían, así, tres cursos de acción posibles. Primero, dejar de pagar y esperar el embargo, lo que quedó descartado por hidalga decencia. Segundo, declararse en suspensión de pagos familiar, lo cual es legal desde 2004. Pero eso llevaba un largo trámite judicial, y además no estamos para tener acreedores de por vida (banco aparte). Haciendo de la necesidad virtud, decidieron aguantar. A un año de la jubilación, la casa de la playa era una repentina fuente de serenidad. Y los que sabían de esto aseguraban que más de dos años no iba a durar la deflación inmobiliaria. A vivir, que son dos días, aunque sea con poco bolsillo.

(Los caracteres son fingidos, cualquier parecido con la hechos reales ‘será’ mera coincidencia).

Esperemos a 2011. ¡Suerte a todos los Gutiérrez!

La caída del metro cuadrado

Tacho Rufino | 24 de octubre de 2009 a las 14:08

ladrillo economist

 Estados Unidos queda lejos, un océano de lejos, pero las distancias no se miden en kilómetros cuando hablamos de economía. Salvando las distancias y reduciendo la escala, el mercado inmobiliario de ambos países -España y los Estados Unidos- se ha comportado de una forma cercana, similar: las casas, cualquier casa, aquí y allí, se valoraron y se pagaron repentinamente a tan alto precio que pasaron de tener un valor de uso razonable a ser un activo enloquecido con el que dar un pelotazo de un día para otro. Sin embargo, y a diferencia de lo que sucede en España, en los Estados Unidos, según hemos sabido esta misma semana, el precio de venta de las casas comienza a estabilizarse, tras varios años en los que, como aquí, los precios de la vivienda han caído como un ladrillo lanzado desde un balcón con vistas a la piscina comunitaria. La venta de casas de segunda mano está a su mayor nivel desde hace dos años en los Estados Unidos; los dos años de edad que tiene esa trituradora de riqueza y empleo llamada crisis. Son buenas noticias, aunque pudiera parecer lo contrario.

Muchas personas parecen ufanarse por que las casas bajen de precio día tras día, como si tal circunstancia compensara los lucros excesivos de un ladrillo que se revalorizaba mucho antes de ser colocado. Como si con el derrumbe de los precios se hiciera justicia ante los especuladores. Descontando el hecho de que las casas realmente valiosas no bajan de precio de manera drástica, los verdaderos perdedores de este mercado a la baja bajísima no son la legión de promotores inmobiliarios de siempre o de ocasión. Salvo aquellos a los que el juego pilló sin silla o con la escoba en la mano, la mayoría de los promotores sacaron su tajada, legalmente. Los perdedores son gente corriente: familias endeudadas a largo plazo por una hipoteca sobre unas casas de precio menguante. Sobre esto se ha dicho mucho, y no viene al caso abundar aquí. Sin embargo, hay un estado de opinión que es fácilmente perceptible y que está relacionado con este afán justiciero: “que bajen los precios, que bajen cuanto más mejor”. Craso error. El desplome de los precios alimenta directamente el paro, que ronda los cuatro millones y medio de personas en España. Las expectativas de beneficio son nulas para los promotores y muy pobres para los constructores. Por lo tanto, de contratar, nada, y de mantener empleo, lo mínimo. En un sector -el de la construcción- generador nato y eficaz de puestos de trabajo, este hecho es demoledor para la tasa de empleo. Celebrar la bajada de precios de las casas es de ley, pero siempre y cuando tal descenso encuentre en su caída a la demanda: no habiendo demanda, de nada sirve oferta alguna, por baja que sea. Si los precios descienden al abismo, nada bueno encontrarán allí. Es cierto que la inflación desmedida de la vivienda en España sacó demasiados cuerpos de ventaja a la renta de quienes compraban dicha vivienda con crédito fácil: la divergencia entre la renta media y el precio medio del metro cuadrado es mayor en España que en ningún otro país de la UE. Pero si los precios siguen bajando, nadie sale ganando, salvo los estraperlistas del XXI, quienes, siendo ya ricos, serán aún más ricos a costa del empobrecimiento de las rentas medias, endeudadas y con su patrimonio encogido. En ese orden de cosas, la declaración del Ministerio de la Vivienda de esta semana (“Se da por finalizado el desplome de los precios”) es un desiderátum de lo más deseable. Mala baba aparte. El repunte de los precios en Estados Unidos es un buen señuelo para nosotros.

(Ilustración: Portada de The Economist 16 junio 2005!!!, pinchar para ver artículo “Tras las caída)

Damos por concluido el desplome: ¡óle!

Tacho Rufino | 19 de octubre de 2009 a las 12:07

Quizá lo leyeran ustedes el pasado viernes. En la portada, él periódico generalista con mayor difusión de España, El País, daba una noticia con el siguiente titular: “El Ejecutivo da por finalizado el desplome del precio de los pisos” (es de suponer que no cabía “de la vivienda”, como sería más preciso). O sea, como un alcalde da por inaugurada una romería o un médico da por concluido un tratamiento. Sin embargo, la noticia, una vez se lee, decide entrar en la realidad. Lo que nos explica -con datos del Ministerio de la Vivienda- es que, en el útlimo trimestre computado de 2009,  el descenso del precio medio del metro cuadrado español (que ya es sintetizar…) es menor que en el trimestre anterior. ¿Les parece poco una caída del ocho por ciento en un trimestre, por mucho que en el anterior hubiera caído más? Se trata, de nuevo, de un caso patente de confusión entre la realidad y el deseo, muy propia de los estados de ansiedad y hasta de pánico: “¡Que se acabe el desplome, por Dios!”, porque nadie -salvo los más ricos con la caña de la ganga echada- se beneficia de esta situación. Tanto la caída de los precios como los de la vivienda son sintomáticos, y a estas alturas no ya de una corrección o ajuste necesario, sino más bien de una indesable caída de la actividad económica y el consumo (y del empleo por tanto, claro). El FMI, que tampoco acierta por norma, desdice al capitidisminuido ministerio de Beatriz Corredor (en la foto, también de El País, abajo) y sigue en sus trece de que los precios van a caer más todavía aquí. Desandando camino…

 Beatriz_Corredor

Que vayan acoplándose

Tacho Rufino | 15 de julio de 2009 a las 16:34

“Salgado confiesa ante sus colegas europeos que no “no tiene ni idea” sobre cómo evolucionará la vivienda”

EN Alemania, el precio de la vivienda no ha caído con la crisis: es el benéfico efecto de un robusto mercado de alquiler, un rasgo que distingue a los germanos a la hora de disfrutar de unas paredes donde vivir. Donde más cae es en Gran Bretaña (allí, sólo en los tres primeros meses de 2009, ha bajado el precio medio un 12%), seguida por España (un 6,5% de caída: una casa valorada en enero en 300 mil euros pasó a cotizar casi veinte mil euros menos en marzo, y sin seguridad de venta). Patrimonio familiar menguante: valor de mercado decreciente, hipoteca constante. La ministra Salgado dice que no tiene “ni idea” de cómo van a evolucionar los precios de la vivienda en España. Se agradece la sinceridad, y se comparten sus votos para que la oferta y la demanda de casas “vayan acoplándose”, como confesó esta semana la ministra de Economía ante sus colegas de la UE. Ahora vemos al Ministerio de la Vivienda del primer Zapatero en su justa medida: un florero de aquel gabinete bisex, a favor de la corriente del último arreón económico que entraba por la popa. Tampoco se le dio bola alguna a la fugaz Trujillo, su extremeña titular; eso es cierto. O sea, más allá de las correctísimas carteras ministeriales entregadas con el Rey de testigo, queremos pensar que sabía el Gobierno que la vivienda no tiene enmienda, y que el parón se iba a producir. O igual tampoco el Gobierno tenía ni idea de que el barranco estaba a dos pasos… ¿Alguien la tenía? Muchas inmobiliarias -y muchos compradores, claro- tampoco demostraron saber calibrar el entorno, a la vista de los acontecimientos del último año y medio largo.

Que vayan acoplándose oferta y demanda. Ojalá, y cuanto antes. El mercado de la vivienda es variopinto y heterogéneo, y hay casas que van cuesta abajo y sin freno, y otras que pasan por ser valores seguros y que, de momento y hasta que no se pongan en venta, se mantienen como pinos junto a la ribera. Siempre ha habido clases… Y bolsillos para aguantar. Ileso, nadie. Pero no hay tanta vivienda vacía como para desplomar los precios mucho más. Y el español quiere casa con escritura de propiedad. Y hay experiencia y capacidad instalada en la oferta, por mucho que sepamos que la construcción no genera el empleo de mayor calidad y valor añadido: no hay mucho más de momento en nuestra estructura económica, en la que el turismo debe mantenerse como gran ponedora. Las casas han bajado mucho menos de precio que los coches, por ejemplo. Las primeras viviendas urbanas son más inelásticas -se resisten más a bajar de precio- que muchas barbaridades urbanísticas litorales vendidas “como inversión”, que podrían acabar siendo inertes páramos enladrillados que no cuentan con infraestructuras sostenibles. La capacidad de muchas corporaciones locales para fiscalizar y mantener las nuevas urbanizaciones que tanto engordaron su presupuesto es tan limitada que miedo da. Pero el español -no sólo el casado- quiere casa.

Heterogéneo que lo es, el mercado de la vivienda no puede caer mucho más. Tras una fase ya larga sin ventas, no debe caer más. La huelga de celo bancaria debe remitir, duele repetirlo. También influye a la baja la situación de asfixia de aquellos inmuebles cuyos propietarios -o copropietarios, con su banco y socio- se quedaron sin silla en el juego, endeudados por causa del cuento de La Lechera, una metáfora del llamado efecto riqueza.
Queremos tener propiedades para sentirnos seguros. La mayoría de los españoles no conocemos muchas otras formas de invertir el ahorro que las casas. Ojalá que vayan acoplándose la oferta y la demanda (que ésta despierte), y esperemos que suceda más pronto que tarde: sería un buen síntoma. Sensu contrario, una caída en picado de los precios sería un síntoma fatal. Sólo las cañas más aceradas, unas pocas, pescarían en las aguas estancadas.