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Los médicos, los mejores; los políticos, los peores

Tacho Rufino | 3 de septiembre de 2012 a las 17:19

Si algunos soléis leer la columna que escribo los sábados en papel en esta casa, habréis notado que esta semana no se ha publicado. La razón para esta –en el fondo– nimiedad es que una persona muy cercana a mí ha tenido un grave accidente, y actualmente pelea por vivir en uno de los dos grandes hospitales públicos de la ciudad donde vivo. Permitidme compartir tal suceso, aunque sea aquí y en el caso de este post una excusa para volver a valorar las garantías sanitarias, la competencia profesional y la calidad humana y de servicio que crecientemente ha ido acompañando a nuestro sistema público de Salud. Un sistema con muchos rasgos de excelencia a pesar del mal uso de las prestaciones y recursos públicos por parte de algunos pacientes y, también, de algunos empleados. Muy probablemente estos hospitales se encuentren entre los mejores centros productivos del país, incluidas las empresas privadas: me refiero a su eficacia, y a su decidido control de la eficiencia y mejora de procedimientos. Una eficacia y una eficiencia –por no mencionar la valiosísima y casi heroica humanidad de muchos empleados de todo nivel y función–recientemente atribuladas y precipitadas en el caso de los recortes-por-el-recorte que se están realizando en muchas de las comunidades autónomas con la presión comunitaria y estatal, recortes repenetinos sin verdaderos planes de mejora previos en el uso de los recursos: la tijera en la mano temblorosa de unos políticos acuciados desde fuera del país, condicionados por unos pretendidos votos futuros que inspiran sus distintas y antagónicas posiciones ante la opinión pública.
Hoy he podido leer la prensa dominical, y me he topado con un breve reportajes en El País, titulado Altruistas y protectores, a lo que antecede este inquietante prefacio: “Sanidad, docencia y policía/ El colapso en la confianza de los organismos que tradicionalmente han constituido los pilares del Estado del bienestar y garantizan la vida colectiva permite la emergencia de un nuevo liderazgo social”. ¿El “nuevo liderazgo social” lo ostentan los buenos servidores públicos… o el oportuno populismo? La pieza sustenta su contenido en un estudio de Metroscopia, basado en un denominado Barómetro de Confianza Ciudadana para el caso español, y a un estudio equivalente de Gallup en Estados Unidos, que en ambos casos otorgan una nota con que los ciudadanos puntúan a las diversas instituciones del Estado. En España, los cinco mejor puntuados –abrumadoramente bien puntuados—son:

  • 1. Los médicos (98% de los ciudadanos aprueban su funcionamiento)
    2. La enseñanza pública (88%)
    3. Las pymes (87%)
    4. La policía (83%)
    5. La sanidad pública (74%)

Los cinco peor puntuados son: los sindicatos (27%, igual que el Tribunal Supremo), el Gobierno (23%), Congreso y Senado (16%), los bancos (11%), y los partidos políticos (9%).
La brecha es clara, y divergente: las instituciones recortadas son las mejor valoradas (la pyme, más que recortada, es sufridora nata), mientras que los menos recortados –en buena parte, son los recortadores–, más blindados y peor valorados son los políticos y sindicatos, y no digamos los bancos salvados, esos que chupan del erario para su redención mucho más incluso de lo que resulta necesario mutilar en lo público. Difícil de entender para el pueblo llano, e incluso para el mesetario y el de las cumbres, ya puestos a adjetivar clases. Ustedes me dirán qué cabe esperar con este vertiginoso deterioro institucional y de credibilidad de gobernantes, legisladores y partidos políticos. El panorama contiene todos los ingredientes para esperar un avance del populismo político: muchos ya lo hemos dicho muchas veces. Un populismo que puede ser una reacción natural, pero que es preocupante. Probablemente las elecciones gallegas nos vayan a decir si el partido en el Gobierno se encuentra pataleando suspendido en el precipicio de la disgregación y el desapego del pueblo. No creo que el panorama sea muy distinto para el partido en la oposición. Tal descrédito los obliga a acreditarse, políticos nuestros. Quizá ustedes sean los otros zombis que no saben que están muertos. Y su muerte es la muerte de una visión comunitaria, de intereses recíprocos y de equilibrios múltiples del sistema. Sistema que bien pudiera ser cosa del pasado en su versión formalmente vigente, quizá ya zombi también.

Lo público

Tacho Rufino | 22 de mayo de 2012 a las 14:46

Es este un país donde es habitual que tengamos a los hijos en colegios privados financiados con fondos públicos, postergando a los públicos a la mala fama, los repetidores y los alumnos conflictivos. Un país en el que la gente hace ingeniería fiscal y documental para llevar a los niños a esos colegios sin cumplir los requisitos, y también para obtener becas: no son los más desfavorecidos económicamente quienes, cumpliendo con sus estudios, acaparan los mayores fondos, entre otras cosas porque está demostrado que, en España al menos, el fracaso escolar es cosa sobre todo de pobres, y la Universidad, cosa de familias más desahogadas. Un país en el que los profesores se denigran por sistema, y se llama privilegiados a las maquinitas de llenar el carro del híper y, por tanto, de buena parte del menguante consumo nacional (hablo de los empleados públicos). Es este un país en el que, siempre en general, es más fácil aprobar en las universidades privadas que en las públicas, particularmente en carreras técnicas, y no hay datos fehacientes que esto se deba a una mayor eficacia y eficiencia de las privadas en los procesos de aprendizaje; de hecho, hay más síntomas de que esto sea justo al revés. Sucede, paralelamente, que los centros privados –de forma idéntica a los masters de prestigio— son fuentes de networking, contacto familiar y donde se pueden obtener los empleos más dignos. Es este un país en el que la gente evita las colas y las aglomeraciones cuando cuida su salud “menos importante”, y es común que uno tenga un seguro privado pero que consiga recetas del sistema público por algún amigo médico, así como es común que, a unas malas, sea la medicina pública la mejor opción. Desde ya, para sortear a los cazadores de demagogias, entono por algunas cosas el “Yo, pecador”.

Hay quien piensa que los sistemas públicos de Educación y Salud son demasiados ineficientes (o sea, consumen mal sus recursos, e incluso los derrochan), y que tanto gasto es inasumible para tan escuálidos beneficios, sobre todo en cuanto a la calidad de la enseñanza. Evidentemente, hay que penalizar los abusos, ¿alguien duda de ello, y de que es este un buen momento? Suelen pensar así quienes tienen y dedican recursos a cuidarse en la privada y tener a sus hijos también en la privada… aunque también abundan, y mucho, quienes hacen uso de lo público (o privado concertado, que es en el fondo muy pero que muy parecido en términos financieros) pero denuestan a lo público y son “privadistas”, desamortizadores, antipúblicos por principio, que no en la práctica. Ahora no tanto, pero hace unos años –esos años de oropel aparente– era muy común leer y escuchar que se debía privatizar todo, porque la economía y el mundo iban, jaja, “de lui même”, solitos, con su manos invisibles ajustando demanda y oferta, estableciendo justos precios. Había no ya que soltar lastre estatal en sanidad y educación, sino en planificación y control de de infraestructuras, en política de innovación y tecnología, y hasta –juro haberlo leído, y en un señero periódico económico por un opinador de cabecera— en Justicia y Defensa, o sea, juzgados y justicieros privados, y ejércitos subcontratados y hasta mercenarios. Ya nadie dice tales sandeces en voz alta. Pero sin embargo, la política de la urgencia recortadora y la presión externa –la de los mercados, y la más silente y taimada de la Unión Europea central– para adelgazar a toda costa está obrando la descarga del poder público. Algunos se frotan las manos, no sólo la aguerrida Esperanza Aguirre, a la que se puede tachar de simple –nada más simple que el credo liberal de estas latitudes–, pero no de no mostrar sus cartas. Un gran negocio que el mastodonte público abandona, derrotado, para ser asumido por la empresas privadas, bajo el desprestigiado o nulo control del cadáver colectivo. (Otro parche preventivo, que estoy picajoso: si alguien duda de la convicción de quien suscribe acerca de que la empresa no debe ser sustituida por el Estado –ni lo contrario tampoco como principio cero, como iba diciendo–, puede leer algunos cientos de entradas de este blog para ver que no, no.)

Por todo esto, creo que hay que defender hoy a la Universidad pública, mi empresa, aunque sea en el momento más inoportuno para los alumnos diligentes (los otros ya se han importunado a sí mismos durante el curso). Por eso, a pesar de mi natural esquivo e individualista y mi poca práctica manifestante y huelguista, apoyo el paro en mi Universidad. No debemos permitir que por la urgencia de la necesidad –creo que el Gobierno no se mueve en estos momentos por ideología privadista; lo mueven las circunstancias–, nos carguemos para siempre las cosas tan buenas como mejorables que tenemos para dar paso a una sociedad más selvática, desmembrada, insolidaria y desigual: más privada, menos colectiva, que ya lo va siendo poco. Es el momento de tomar conciencia y mejorar, no de quemar la tierra con cal viva. Recordemos que los países más prósperos y envidiables de Europa son más sociales, y también más defensores de lo público; ese tipo de gente que, al revés que aquí, cuida más la limpieza de la calle que escamonda su casita. Disculpen que haya escrito bastante en primera persona: yo sólo tengo una, y esto de los blogs va de opinar, no sólo de informar. Y conste que cuesta.

Arrinconado en un balcón por la insaciable Angela

Tacho Rufino | 14 de abril de 2012 a las 21:07

En la noticia, el pollo, de 43 años, había salido “a donne” que dicen los italianos: a la caza, a ver lo que cae, a meter cuello que se dice ahora. Y lo había triunfado, como también se dice ahora. Conoció a una pava algo mayor que él, se les dilataron las pupilas y se les hizo pesada la sístole y también la diástole. Charlaron lo justo y se fueron a disfrutarse a casa de ella. Él lo debió de hacer medianamente bien –en la noticia puede leerse que lo malo vino “tras una larga noche de pasión”–, porque a ella le pareció poco. O quién sabe, quizá lo hizo demasiado mal, como suele suceder en los primeros encuentros, y más tras la ingesta copiosa de alcohol, y ella se rebrincó teutónicamente. Sea como sea, él acabó pidiendo socorro desde el balcón de la casa hasta el que ella lo había arrinconado exigiéndole más y más. La policía acudió, lo rescató y lo liberó, y la detuvo a ella por privación de libertad y acoso sexual. La noticia dice que ella era ninfómana, de lo cual no se aporta diagnóstico pericial alguno. Si lo de querer más o querer siempre es ninfomanía, conozco unos pocos de ninfómanos, al menos a tenor de sus declaraciones y el peso estadístico del monotema –junto con el fútbol, en muchos casos, y no tirará quien suscribe la primera piedra– en las conversaciones de masculino-pandillares. Pero la palabra ninfómano no existe, y me da a mí que quien redactó la noticia no ha podido resistir la tentación de utilizar el sí existente término femenino, y se ha lanzado a la piscina sin mayor contrastación. (¿Recuerdan a la Volpina (Zorrita) del Amarcord de Fellini? A mí esa ninfómana –bueno, su recuerdo solo, lamentablemente– me enturbió más de un rato en mi juventud. Mucho me temo que no soy la única víctima del genio italiano y sus expresionistas y húmedos personajes, la Gradisca y hasta la estanquera incluidas.)

Eso de que una mujer atractiva te acose sexualmente es una fantasía masculina habitual –según cuentan–, pero en la práctica debe de ser un absoluto horror. Según cuentan, digo, el “quiero más, lo hacemos poco” es cosa muy masculina, y cuando te roban ese papel la sensación debe de ser estresante, inquietante y repelente. Y muy poco excitante. El caso es que el muniqués que reculó en braslis –por compensar la terminología con un toque setentero— hasta el balcón pudo haber muerto de éxito, víctima de un edema pulmonar o un infarto causado por exceso de mueve-mueve, como le courrió a algún expresidente del Madrid y a algún espigado ejecutivo olímpico. O con una cadera rota al estilo tardía luna de miel nobiliaria o –máxima actualidad– a la manera de los monarcas cazaelefantes.

Pero esto es un blog con vocación económica, así que (copyright de Juanma Marqués) es pertinente extrapolar la noticia a la situación de una España contra las cuerdas, machacada en la bolsa y otros mercados financieros por un útil fantasma llamado intervención (si España no está intervenida, que venga Dios y lo vea), mientras el árbitro llamado UE-BCE actúa como los de pressing catch: secándose, ajeno a la cosa, el sudor en una esquina mientras nos vapulean a modo. Pues vamos a la rica metáfora, oiga. Atención pregunta:

Si la noticia que viene de Alemania habla de un generoso amante que da todo lo que tiene dentro, una insaciable y rigurosa señora y un montón de polvos que supieron a poco, ¿quiénes serían en la actualidad económica esos personajes y hechos?

a)      Dinio, la Bermúdez, seis casquetes

b)      Pipi Estrada, Lucía Lapiedra, 4 caliqueños de una hora la pieza

c)       Rajoy, Merkel, los recortes que no cesan

 

 

Moto, no, que moto tengo

Tacho Rufino | 20 de marzo de 2012 a las 10:10

(Publicado el sábado en papel en El Poliedro)

LA supervivencia es el motor de la existencia nuestra, de las acciones tácticas y estratégicas que emprendemos. La generosidad puede contrapesar ese motor. Un abuelo, a quien la guerra española cogió en su juventud madura, contaba a su nieto el chiste aquel: “¡Vamos a repartirlo todo!, “¡Bien!”; “¡Las tierras!”, “¡Bien!”; “¡El ganado!”, “¡Bien!”; “¡Las motos!”… “Eh, no, moto no, ¡que moto tengo!”. Vivimos tiempos de problemas serios, por lo que se barajan soluciones serias, esto es, dolorosas: agua, luz, gas, gasolina, tabaco y alcohol más caros; salarios menguantes, incertidumbre laboral. Y se acentúa el egoísmo en la visión acerca del reparto de unos recursos cada vez más escasos. La lucha, la competencia se hace mayor con el estancamiento. Mayor, y a veces peor. “Hay un gestor presupuestario en ti”, dijo alguien cuando decidimos -unos más que otros- que el presupuesto público era una plastilina moldeable y recortable, la madre de todas las supervivencias. Y resulta sorprendente que demasiada gente dictamine cómo gestionar mejor los fondos públicos sin mermar para nada  sus propios intereses particulares cuando idean sus propuestas. Moto, no, que moto tengo.
Día tras día asistimos al banquete de bocados de realidad, a las bofetadas de la emergencia. Décimas de recorte del presupuesto sobre el PIB que nos imponen desde la Unión Europea, y sus consiguientes miles de puestos de trabajo eliminados. Rajoy que se resiste a reducir el déficit público (acerca del concepto  reducción del déficit, permitan: encarecer el cuidado sanitario, echar empleados públicos a la calle, bajar los sueldos a los que queden, dejar de invertir en infraestructuras también públicas, subir la presión fiscal por un tubo… y racionalizar la gestión pública, de lo que no se habla, con tanta guillotina). Guindos que accede, con el cuello irritado tras ser simpáticamente zarandeado por Juncker. “Sympathy for Guindos”. Guindos es un reputado ejecutivo de empresa abocado a gestionar la viabilidad del Estado español. Un hombre enriscado cual Cary Grant en las Rocosas en una de Hitchcock, con unos zapatos con suela de material que no agarran lo más mínimo fuera de los suelos de las sedes centrales. Un ministro al que, como a su propio partido, le toca hacer de contrapeso al empecinado manostijeras alemán. La Europa de la crisis está mayoritariamente regida por partidos  conservadores, pero no todos los conservadores son iguales ni afrontan los mismos problemas. Cada uno afronta los suyos en su tierra. En la nuestra, les toca la contradicción.
El credo antipúblico es el más sencillo, y está de moda entre quienes (creen o fingen que) no dependen de lo público. Sin embargo, lamentablemente no tenemos los mejores empleados, ni los mejores empresarios ni los mejores políticos. Sí tenemos oráculos, que tiran con pólvora del rey. Ves a ufanos podadores dando tijeretazos en el nombre de la racionalidad, llamando tontos a todos los gobernantes anteriores y a los cretinos que se endeudaron y condenaron -ah, se siente- con un piso y su hipoteca. Gente de púlpito o de barra que se erige en cauterizador de heridas: mutilar sin demora, mutilar.  No hacer las cosas mejor, sino echar cal viva sobre las cosas que hay, esperando pueda nacer una rosa roja mañana. Cirujanos de todo lo ajeno.
Pero no es en el daño ajeno y elitista donde deben residir las soluciones y la gestión de lo público (lo colectivo, lo político al cabo). Por eso resulta digno de solidaridad nuestro Gobierno ante Europa, y resultan repelentes las posturas de aquellos rojos de chiste de ayer, hoy transmutados: “Moto, no, que moto tengo”.

Mi sota, mi caballo, mi rey

Tacho Rufino | 6 de marzo de 2012 a las 12:14

Uno de los lugares comunes económicos de los últimos tiempos es afirmar que quienes se quejan de los desastres de la austeridad ciega no se atienen a los datos: “¿De qué austeridad hablamos, si el déficit público no para de crecer?”. Hace unos días le leí al chileno John Müller –columnista económico y director adjunto de El Mundo— descalificar a Paul Krugman (El patinazo del Nobel) por criticar como suele las políticas de austeridad, recorte, reforma, precisamente utilizando el argumento, aplicado al caso británico creo recordar, de que el déficit público no había parado de crecer. Luego, ¿qué se le critica a Cameron, si el gasto no ha parado de subir? ¡Es falaz que se esté practicando una política de recortes! A veces con reiteración de papagayo que encontró su argumento estrella para la semana, no pocos han suscrito tal argumento, que no es sino una visión parcial de la jugada. Permitan que baje el balón al suelo para poderlo jugar despacito y al pie.

Aunque -¡ay!— hubo tiempos en los que las cuentas públicas arrojaban superávit, el déficit público es la diferencia entre los (mayores) gastos y los (menores) ingresos públicos. Suele medirse en porcentaje del PIB, ya que el PIB (valor agregado de la producción de bienes y servicios de una economía o territorio en un año) es la medida estándar del nivel y dimensión económicos de un país, y a él se refieren muchas otras magnitudes típicas para evaluar el estado económico del territorio en cuestión: “Usted come en proporción a su peso, altura y esfuerzo físico”, “Cien autobuses urbanos no son muchos ni pocos, depende del número de usuarios”, “Andorra, mil millones es mucha deuda para usted, pero muy poca para China”. Por lo tanto, mucho o poco déficit depende de dos cosas, y no sólo de una de ellas: del nivel y evolución de los gastos… y del de los ingresos. O sea, que recortando los gastos puede que, en vez de suavizar el déficit, éste se incremente. ¿Por qué? Pues porque los ingresos desciendan más que proporcionalmente, en mayor medida que los gastos. Los ingresos, recordemos, de un presupuesto público los nutren esencialmente impuestos recaudados a empresas, particulares e instituciones del país: IVA para todo el que compra; impuestos al tabaco, los carburantes, el alcohol para todo el que fuma, se desplaza o bebe; IRPF para quienes trabajan por cuenta ajena o reciben un salario, Impuesto de Sociedades para las ganancias empresariales, y algunos otros. A todo lo que se recauda, en proporción al PIB de nuevo, se lo llama presión fiscal.

Pues bien: la presión fiscal ha descendido más que proporcionalmente que los gastos en España. Dicho de otro modo, aunque España ha recortado notablemente sus gastos públicos, el déficit se resiste a bajar. Y desde luego no lo hace proporcionalmente a la reducción de gastos. Simple y llanamente, porque los gastos públicos originan de forma directa e indirecta ingresos públicos. Por ejemplo, si despedimos a empleados públicos, éstos dejarán de tributar por su renta o IRPF, dado que dejan de tenerla o, mejor dicho, cambian una renta salarial por una prestación por desempleo, que no cotiza. Hablando de cotizar, la institución que le daba empleo dejará de cotizar por el despedido. Legalmente, además, al nuevo parado cobrará un dinero público durante un tiempo. Todo mermas. Pero digamos que, hasta ahí, el efecto neto es de ahorro, admitámoslo sin meternos en honduras de cálculo. Lo que no cabe duda es que ese nuevo parado no comprará ropa, reducirá al máximo el consumo familiar de teléfono, luz y agua. Dejará de ir a cenar o a tomar el aperitivo. No irá al cine. No se le ocurrirá ni loco invertir, cambiar de coche, viajar o veranear. Su cesta de la compra menguará. Y tantos otros ahorros que buscará empujado por la cortedad y la incertidumbre. Y todas esas transacciones que dejará de hacer serán menos ingresos fiscales para su país (Agencia Tributaria, Seguridad Social, autonomía, ayuntamiento). La presión fiscal en España ha descendido más que en ningún otro país de Europa desde que se desencadenó la crisis latente (desde 2007). Eso de relajar la presión fiscal, recuerden, no es que bajen los impuestos: es que se pagan y recaudan menos impuestos. Lo cual no es bueno en estos momentos, y que disculpen los que lanzarían napalm sobre cualquier impuesto hasta arrasar el erario público o, directamente, lo público.

En fin, que ahora viene el posicionamiento, la ideología, la gestión: lo que quieran, o todo junto. O usted cree que sin recorte no habrá competitividad (poder vender lo que hacemos fuera, sin estar tan inflado el precio de salarios más altos de la cuenta), ni se reducirá la deuda pública y privada nacional hasta niveles aceptables para que los mercados nos presten dinero (o no nos ataquen sin piedad), y así usted cree que las legiones de parados acabarán siendo reabsorbidos por una iniciativa privada empresarial redentora, obrándose el reequilibrio presupuestario… o usted cree que el recorte ciego provoca una perversa reacción menguante en los ingresos por impuestos y otros, además de producir nuevos gastos sociales extra, y como efecto combinado tendremos más paro y un Estado debilitado hasta la extenuación. Por lo que el recorte del déficit drástico es una condena a la pobreza. Por eso y no por otra cosa, Mariano Rajoy se niega a reducir el déficit al nivel que le exigen en Bruselas: para no hacer tanto daño a nuestra economía y nuestra capacidad de volvernos a levantar. Y en breve comenzará el Gobierno a pedir “izquierdosos estímulos keynesianos” a Bruselas. Al tiempo.

Hay visiones mucho más radicales hacia un lado y hacia el otro. Pero básicamente, el que diga que no se está produciendo desde hace tres años una política económica de austeridad a la grande –aquí y en Gran Bretaña—nada más que ve lo que quiere ver. Y ése es el problema de la ideología sin fisuras –mi sota, mi caballo, mi rey—en tiempos difíciles. Racionalidad, toda la que se pueda. Sacrificios, los damos por ciertos y ya muchos los sufren. Radicalismos egoístas y económico-religiosos, certidumbres demoledoras: Vade retro.

 

La insoportable terquedad del déficit cero

Tacho Rufino | 29 de enero de 2012 a las 13:44

RESULTA sorprendente la cantidad de minutos que se reservan en los noticiarios a los partes meteorológicos, que ocupan más espacio que Cristiano, Mou, Soraya y Rajoy juntos; como si fuéramos todos agricultores. Para mí que el tiempo es el nuevo opio del pueblo junto con internet. Los modelos predictivos que utilizan los Mariano Medina de hoy combinan una serie de variables, las meten en la coctelera matemática y te predicen con días de antelación el frío que van a pasar en Aguilar de Campoo o en Mudela de Calatrava. Menos espacio se dedica a un modelo predictivo fundamental, el llamado cuadro marcroeconómico. El cuadro macroeconómico es una representación valorada -un escenario- de las grandes magnitudes económicas de un país: crecimiento esperado del Producto Interior Bruto (PIB), demanda nacional, saldo de exportaciones menos importaciones… y tasa de paro. Esta hoja de ruta primigenia es el cuadro de mando integral de la tripleta Rajoy-Guindos-Montoro, con Báñez de típico centrocampista de poco vistosa pero fundamental función. Cierto es que cualquier plan es hoy en día dudoso, que el corto plazo y sus fuegos financieros ocupan toda la labor ejecutiva pública y privada; que el “ya veremos”, el “de momento” y el “a día de hoy” contaminan toda previsión de déficit, todo rumor de fusión bancaria, y no digamos cualquier plan vital de cualquier individuo o familia: la esquelética estrategia es tirar p’alante, sobrevivir. Pero aun así, los grandes números son imprescindibles, y sus relaciones tienen chicha y margen de maniobra.

España tiene un problema brutal de deuda privada. Una deuda familiar y empresarial desquiciada (más de tres veces el PIB), y de bastante dudoso cobro. España -sus bancos, los tiránicos niños mimados de una familia en decadencia- tiene un problema silente de devaluación real (o sobrevaloración contable) de sus activos inmobiliarios, incluidos los créditos privados dudosos antes mencionados (¿no le ha llamado su banco para ver si usted quiere una carencia en el pago del principal de su hipoteca dos años, y así pagar sólo intereses, sin que usted haya abierto la boca y pague religiosamente?). España tiene por supuesto un problema grave de crecimiento del PIB, o mejor dicho, de decrecimiento del PIB. Sin que crezca el PIB, no hay empleo. Y España, sobre todo, tiene un negro agujero de desempleo, apuntalado por la solidaridad familiar y la economía sumergida. Para rematar el escenario macro formato pescadilla que se muerde la cola, España tiene un mandato alemán, ya constitucional, de limitar al máximo el déficit; es decir, de conseguir en pocos años no gastar más de lo que se ingresa. Y ése, el gasto público, es la única variable que teóricamente puede manejar el Gobierno, que además debe tutelar el déficit autonómico. Pero resulta que hemos prescindido de ese recurso, con la fe del converso a la ortodoxia religiosa germánica. No podemos jugar con el déficit, porque el déficit es tabú hoy. Hay que ahorrar, no cabe invertir.

España, como Estado, no puede gastar, sólo se nos permite recortar. Nada de gastar con la intención de dar color al rostro blanquecino de nuestra economía: “¿Y por la noche qué harás?”. “Recortar y callar”. Lo único que le queda a España es pedir a Alemania que nos deje gastar algo más de lo que entra, aunque nuestros ingresos públicos sean menguantes. O bien alguna forma derivada de caridad comunitaria, que en ningún caso sería controlada por España. La terquedad del déficit cero es insoportable. No la puede soportar España. Salvo que aceptemos convertirnos en un país satélite, una región secundaria y dependiente.

José Luis Manostijeras, ‘in memoriam’

Tacho Rufino | 9 de enero de 2012 a las 20:36

José Luis ‘Manostijeras’
El verdadero asedio a nuestra economía vino desde un mundo exterior más espectral que el político: los llamados “mercados”

(En la entrada anterior mencioné el Anuario de Andalucía de Grupo Joly, y el administrador del blog tuvo a bien poner un link hacia dicha publicación en la palabra “Anuario“. El artículo que me encargaron (bueno, ‘me encargamos’, porque formo parte del equipo junto con el jefe Curro, Marta Ferraro  y José Luis Rodríguez del Corral) el año pasado es el que está aquí abajo. Por si a alguien interesa ver este análisis retrospectivamente. Por cierto, que el de la foto soy yo demasiado joven y jocoso, y me cambiaron mi bautismal ‘José’ por ‘Juan’, y hasta figuro como profesor de Administración de empresas, cuando con más propiedad lo soy de Organización. En fin, tonteriítas que quizá interesan poco.)

Juan Ignacio Rufino
Profesor de Administración de Empresas Universidad de Sevilla

(Diciembre de 2010) Pasados casi tres años desde que la crisis emergió, los peores augurios se han cumplido. El año 2010 será recordado –esperemos– como el de mayor amargura económica en décadas: una amargura macro, sobrevenida y global, que sólo parcialmente se ha extendido aún a particulares y familias. El Gobierno de España y, compelidas por éste, las más ‘silentes’ autonomías acabaron por entrar en vereda. El manos a la obra en política fiscal y presupuestaria comenzó en 2010. Y no hace falta apostar a que no ha terminado. Nuestras medidas de austeridad y recortes se forzaron desde el exterior político, han sido implantadas con tartamudez en el interior, se deben en parte al contagio griego e irlandés, pero sobre todo han sido urgidas ferozmente por el exterior financiero puro y duro, que ha acercado a la bancarrota a la tesorería nacional una y otra vez, con sucesivas reacciones del gabinete de Zapatero: obediente, pero balbuciente en la acción. Más bien atribulado por tener que desdecirse de todo lo que, con su peculiar forma de ser firme, había asegurado antes. Un papelón, y no menor para una ministra Salgado a los pies de los caballos, todo el año luciendo una sonrisa tan forzada como descompuesta. La prudencia y la lógica presupuestaria públicas –como la familiar y la empresarial– recetan que, ante la caída de ingresos fiscales por el parón de la actividad general, los gastos deban ser reducidos, sobre todo no existiendo la posibilidad del recurso al llamado multiplicador keynesiano: no es factible estimular la actividad mediante el aumento del gasto público inversor, porque sencillamente nadie lo va a financiar, y aumentar el déficit público con este propósito, en la vigente tesitura, es inaceptable para nuestros socios comunitarios.Se nos exige precisamente lo contrario, reducir la deuda y el déficit públicos: el huevo y la gallina. Por el lado de los ingresos –poco que hacer– subió un punto el IVA para lograr pan para el mes que viene y se redujo el tipo de Sociedades para muchas pymes, algo quizá testimonial. Lo más nutritivo fueron las sucesivas subidas de los Impuestos Especiales, menos sensibles éstos: se fuma, se bebe y se va en coche prácticamente igual. Veamos el lado de los gastos: el de los recortes, el de la austeridad. Se asegura que no sólo Merkel y Sarkozy, sino que también Obama y hasta Ju Hintao conminaron a España a recortar el presupuesto y remitir en el endeudamiento exterior: el “riesgo español” es proporcional al hecho de ser la novena o décima economía del planeta. Pero sobre todo está en riesgo el euro y la propia Unión Europea, otra gran novedad del fatídico año económico. Grecia e Irlanda son rescatables aun a costa de hipotecar su independencia en la política económica por largos años: España no lo es tanto, y además no tiene tanto peligro por sus ratios de deuda y déficit en relación con su PIB… pero los porcentajes dan menos miedo al mundo exterior que la posibilidad de un colapso euros que supondría varios cientos de miles de millones de euros en rescate. Por mucho que ni nuestra banca tenga los agujeros de la irlandesa ni las cuentas públicas sean de tan dudosa fiabilidad como las griegas. Con todo, el verdadero asedio a nuestra economía –y, por ende, la mayor fuente de apremio para que siguiéramos recortando gasto público– vino desde un mundo exterior más espectral y difícil de rastrear que el político: los llamados mercados, que durante toda la segunda mitad de 2010 han estado en la boca de gobernantes, locutores y hasta camareros como los perversos actores de una caza y captura sobre nuestra economía, una pieza periférica, una etapa intermedia que pretende dar alas a la gran caza final, la del euro.

El short-selling (venta corta) y los movimientos retroalimentadores de hedge funds y fondos de inversión danzando por el mundo a tiro de click son los culpables legales de una especulación financiera pura y ciega. Entre la realidad de la contracción de nuestras cuentas públicas, las exigencias de nuestros asustados socios europeos, y el lucrativo y dañino asedio de casino… Zapatero emprendió con su habitual optimismo el plan de austeridad español, consignado por fascículos a nuestros prescriptores. Lo primero, más fácil y más inmediato, bajar el sueldo a los funcionarios, y la congelación de los mismos y de las pensiones para 2011. Junto a estas medidas vino el fenomenal y automutilador recorte en Fomento (6.045 millones, después suavizados en 500 menos), la orden a las autonomías de reducir el gasto en 1.200 millones, o la anulación de la liberalidad electoral del cheque-bebé de 2.500 euros por nueva cabeza y la toalla tirada al ring que supuso el gran recorte de la Ley de Dependencia. Todo ello no fue suficiente para los mercados, que siguieron atacando al euro vía España, que tenía que volver a pagar enormes e hipotecantes primas de riesgo: “Tú, España, no eres de fiar, sobre todo porque yo estoy haciendo que no lo seas”. La primera entrega del Plan B vino en diciembre: privatización parcial de Aena, eliminación del subsidio a los parados de larga duración o subida de la luz. Los ayuntamientos, ¡peligro!, y en menor medida las autonomías, mueven poca ficha, más allá de silbar a la hora de pagar las facturas. En adelante –esto se escribe en diciembre–, ni Zapatero ni la gélidamente crispada Salgado volverán a negar “ulteriores recortes”, realizados al modo en que ‘Eduardo Manostijeras’ podaba el jardín. Esto sólo ha hecho empezar. La anorexia del Estado está servida. Efectivamente, como dijo Blanco tomando prestada una frase estándar del pop, “ya nada volverá a ser como antes”.

Los dogmas vigentes

Tacho Rufino | 4 de diciembre de 2011 a las 23:21

LOS genios tienen una capacidad que es común a todos ellos: piensan de manera divergente, algo así como pensar libremente y no necesariamente a favor de la corriente. El producto principal de esta forma de pensar es la idea original… y valiosa. No se trata de copiar ideas valiosas de otros y repetirlas, ni tampoco de ser presa de la adicción a las ideas originales a toda costa -normalmente ideas que son tan propias como sin valor- que suele acompañar a personas con necesidad de gustar (o disgustar) para llamar la atención. Aunque los más valiosos suelen hacer gala de ideas propias, no hace falta ser un genio para pensar divergentemente, pero sí hace falta valentía, ya que suele funcionar, desde la niñez, aquello que decía George Brassens: “No, a la gente no gusta que uno tenga su propia fe“. Los raros (estadísticamente, los que no siguen la pauta normal) pueden serlo de fábrica, pero en muchos casos se los convierte en raros a base de decírselo y reforzarles la rareza. La dispersión, la falta de atención y la hiperactividad ayudan a mermar el rendimiento escolar, produciéndose la perversión de que cuanto más renta (y ipads, internet, ipods, whatssap, stream, canales infintos de TV) tengan los padres del niño, más dificultad tiene para adaptarse al sistema tradicional de estudio. Ken Robinson (Changing Paradigms, en RSA Animation, pueden verlo en Youtube) hablaba de estos asuntos hace un año, y no puede dejar uno de extrapolarlos a la sísmica situación económica de hoy.

Cuando la crisis nos estalló en las manos, la mayoría de las voces se alzaron en contra de la metástasis de la economía financiera y su desmedido poder de destrucción. Un fugaz brote de keynesianismo que reclamaba mayor control instituicional de la economía fue abortado, porque dinero no había para políticas de estímulos: los dineros que había y los que no había se dedicaron a salvar bancos (todavía hay quien niega que se hayan salvado bancos uno tras otro en toda Europa). Surgió, y señorea, como pensamiento único -contra la que no parecía caber más alternativa que la revolución- el dogma de la reducción inexcusable del déficit público mediante recortes radicales en los gastos. En esto, también había una dualidad ideológica: un núcleo duro liberal-ortodoxo con estudios que no mostraba fisura alguna en la convicción de adelgazar y adelgazar para sanar, sin plantearse políticas de estímulo algunas más que testimonialmente. Los analistas disidentes o periféricos -entre ellos, dos economistas premio Nobel a quienes se les discute el sentido común desde el otro bando: Krugman y Stiglitz- tenían poca resonancia política, salvo, curiosamente, en Estados Unidos. La globalización no ha eliminado aquella máxima cuartelaria: “No pienses, que ya pienso yo por ti”. Más bien la ha reforzado en la práctica.

ZP: ¿a la redención por el recorte?

Tacho Rufino | 25 de enero de 2011 a las 14:40

Blair caía bien fuera mientras que en el Reino Unido el odio hacia su persona no paraba ni para de crecer; Obama tiene gran cartel fuera de sus fronteras, pero la mitad de su país es más enemigo acérrimo suyo que adversario. Los políticos con “carisma” –esa capacidad de camuflar lagartos, en demasiadas ocasiones– suelen quemarse dentro pero mantener incólume su imagen exterior. Bueno, con Berlusconi pasa justo lo contrario, pero ése es otro cantar: en Italia, tras salir a la luz pública sus orgias semanales con prostitutas y menores, el índice de popularidad del inefable Silvio… ¡sube! Pero volviendo a un mundo político más normal (?), a Zapatero le pasa en buena medida lo que a Blair u Obama: lo quieren más fuera que dentro. A los hechos me remito. La semana pasada, The Economist publicaba un reportaje sobre la mayor fortaleza reformadora que está demostrando nuestro presidente en cuestiones consideradas clave para recuperar crédito y confianza internacional, y nacional también: reforma del sistema financiero, con especial lupa sobre las cajas; recortes presupuestarios, menor dependencia de los sindicatos, reforma del sistema de pensiones, subidas de impuestos, reducción importante del gasto público, mensajes y adevertencias a las comunidades autónomas y sus déficit…

Según The Economist, Zapatero se encuentra ante una gran chance de convertir sus renuncias impopulares en una oportunidad electoral. Los sondeos son tan claros a favor del PP –que rehúye cualquier pacto nacional y sólo piensa en las urnas y la “sed de urnas de los españoles”–, que la cosa sólo puede mejorar para Zp. Según la mencionada revista, la (nueva) firmeza y la continuidad en el ajuste y la reforma podrían cambiar la imagen pública del presidente, y hacerlo aparecer en la mente y el corazón de un buen número de españoles como un estadista responsable aunque le cueste la popularidad y, teóricamente, los votos. Cuezan esos ingredientes a fuego lento durante meses, y podríamos ver a un Zp renacido cual ave fénix de sus propias cenizas. Mientras, como mono de goma, ponemos a Rubalcaba por delante: un candidato de plástico, que no irá de número uno. El número uno de la lista será Zapatero, el de la “sangre, sudor y lágrimas”. Las elecciones no son mañana, y podrían coincidir con un perceptible cambio de rumbo positivo de los ahora patéticos números de nuestra economía. No lo den por muerto.

Abajo, la significativa ilustración de The Economist, la bilbia liberal. Ojo al bíceps del esmirriado Zp:

zapatero