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Una proposición decente

Tacho Rufino | 13 de febrero de 2013 a las 19:18

Recordarán aquella película de desagradable, morboso y a la postre banal argumento; insalvable incluso por Robert Redford, que hace de millonario que ofrece un millón de dólares a un señor por que éste le permita acostarse con su mujer. Una fortuna que, por mucho que el film fuera también interpretado por Demi Moore, no vale ningún revolcón, por prohibido que sea y por deseable que resulte la señora. En fin, esa proposición indecente –que así se llamaba la película—no tiene mucho que ver con una que se le ha ocurrido a un servidor viniendo hacia el despacho en moto. Mi propuesta es decente –y completamente ingenua–, pero trata sobre la indecencia. O sobre la lucha contra la indecencia. No hablamos de aquellas “faltitas y pecadillos leves” por los que me inquiría mi confesor de niño, sino sobre la desvergüenza nacional requetedestapada de pronto. Porque estaba sólo destapadilla.
No conozco ninguna persona a mi alrededor –incluidos en el concepto “alrededor” la radio, la tele, los periódicos y las redes sociales— que no considere ya, a día de hoy y en general, indecentes a los políticos, particularmente a los miembros de los partidos que sí han ejercido el más alto poder: los otros, como Izquierda Unida o UPyD son melones por calar (melones con prometedor futuro electoral, eso sí). “Golfos”, “Sinvergüenzas”, “Todos son iguales”, y lindezas de este tipo se escuchan en las barras de las cafeterías por la mañana, en los vagones del metro a la vuelta del trabajo, en facebook, en las infinitas manifestaciones y protestas. Quienes no se pronuncian ofensivamente contra los gobernantes nacionales, regionales o locales, o contra banqueros o representantes empresariales es porque pertenecen a un partido o están en esas cúpulas, e incluso se ganan la vida gracias a él. El agotador recurso al “el otro partido, más, y peor” va remitiendo, gracias a Dios: no es ya de recibo esa táctica frontón; produce rechazo y desconfianza en quien lo usa. Vaya por delante que muchísima de la gente que trabaja para lo público en un cargo político es honrada, igual que la mayoría de militantes y votantes de PSOE, PP y CiU; que no trincan ni han trincado… quizá algunos de ellos porque no ha tenido la oportunidad: esto es España, esta España prostituida por un buen número de delincuentes oficiales, o sea, votados. La política no hace delinquir a las personas; el delincuente viene de fábrica. Eso creo. Y no hablo, repito, de pecadillos leves, no confundamos lo grande y lo pequeño. No es igual saltarse un semáforo de esquina que conducir por el carril contrario a doscientos por hora.
“¿Y tu propuesta, muchacho?”, dirá usted. Mi propuesta es la refundación de los partidos mayoritarios. Los nacionales (PP y PSOE) y los autonómicos con las manos igualmente manchadas, o sea, CiU muy concretamente. Pero no una refundación o reconstrucción desde los cimientos cualquiera, sino una refundación contemporánea. O sea, al mismo tiempo. Todos ellos refundándose —que es gerundio— a la vez, en la misma semana, forzados por una presión invencible de la opinión pública, en la calle y en las redes sociales (¿que no servían para cambiar las cosas las redes sociales? Al envaine del tasazo gallardoniano y a la anuencia del Grupo Popular a negociar sobre los desahucios me remito). Grandes congresos nacionales simultáneos de los partidos que más desprestigiados están por haber cometido más robos y delitos miembros suyos. Meaculpas multitudinarios. Todos ahí, tragando quina: dolor de los pecados, propósito de la enmienda, confirmar los pecados que sabemos (con ésos bastaría, los demás son cosa de la Fiscalía) y cumplir la penitencia: cambiar de forma de proceder sin ambages. Y todas esas catarsis, con la premisa cero siguiente: erradicar la corrupción instalada como garrapata o ameba pertinaz en el corazón y hasta en el ADN de los partidos mencionados. Si los abucharados pero (deseablemente) ya bienintencionados compromisarios lo desearan así, que se obre la reelección de Rajoy, de Mas, de Griñán o de Rubalcaba: lo que haga falta. Pero o ustedes hacen algo por sí mismos y por la gente, o ustedes desaparecen más pronto que tarde. O se aferran al cargo, pero no podrán ir a cenar tranquilos a ningún lado. Háganlo aunque sea por sus hijos.

No sabe uno ya quién es

Tacho Rufino | 17 de noviembre de 2012 a las 16:37

ESTAMOS atrapados por las claves de acceso, las contraseñas, los pines y los números secretos. Ellos son la llave que abre las puertas de nuestras supuestas privacidades digitales, del acceso a nuestros discos duros (uno en el de sobremesa, otro en el portátil, otro en el iPad, otro en el ebook), de la consulta de nuestros movimientos y saldos bancarios y de sus correspondientes cajeros (uno por cuenta, uno por tarjeta, uno por seguro), de la interacción indolora en las redes sociales (una clave para el facebook, otra para el twitter, otra para el linkedin), de nuestro vetusto correo electrónico (uno por cuenta), de la lectura de las publicaciones digitales que frecuentamos con el ratón. Por ejemplo, en este ordenador de esta empresa amiga, mi clave no es mi apellido ni uno de mis nombres: es el apócope de los dos nombres que me pusieron seguido del apellido de mi padre; bueno, ése es el nombre de usuario, la clave es el mote de mi hija pequeña seguida de un número que cambia cada cierto tiempo: ésta es una empresa que cuida la seguridad, y ya voy por 15 cambios de clave aumentando uno a uno el número final: ahí sí he estado astuto, cuidado. Si, iluso, pretendes tener la misma clave o contraseña en todos los metaespacios contemporáneos, corres un gran riesgo de ser masacrado por delincuentes de teclado. E incluso es imposible tal propósito: cada proveedor en internet tiene sus caprichitos en el formato del código.

En fin, acaba uno loco porque uno no ha seguido una pauta racional y ecónoma a la hora de darse de alta en alguna de esas esferas que han invadido nuestra vida y nos hace ser más pequeños de lo que eran nuestros padres, que eran poéticamente pequeños ante las estrellas, pero no ante el gran hermano que te puede joder la vida, es decir, el gran hermano orwelliano que todo lo ve sin ser visto, y no el de la casa de los horteras medio en bolas de Mercedes Milá. No son los astros los que nos hacen pequeños: son hackers del Este o de la puerta de al lado; enemigos o gamberros; inocentes errores bancarios. ¿Cómo acabar con esto? Podría uno dedicar una semanita a poner en orden la nemotecnia desquiciante y de esa forma espantar los amagos de senilidad, e incluso así hay tanta gente reservando códigos que lo tendríamos muy crudo para quedarnos siquiera con cuatro contraseñas y otros tantos nombres de usuario. Somos insectos atrapados en la red de una araña que vendrá a desplumarnos cuando quiera.

Pero no nos angustiemos: hay una alternativa a la permanente gestión de nuestras claves de acceso. Démonos de baja, poco a poco. En Estados Unidos, hace años, surgió la moda del downshifting (venirse abajo) como reacción a los vicios consumistas del yuppismo. Nos pasa aquí y ahora algo similar, aunque en nuestro caso es la necesidad el motor de la austeridad doméstica. No es fácil venirse abajo: la propensión al consumo es más adictiva que la del ahorro. Además, la telefonía móvil o el proveedor del cable no va a dejar que su hurí, usted, que además le paga 100 al mes, salga huyendo por las buenas. Le llamarán quince o veinte personas distintas a las horas más molestas, alguna diciendo cosas de este tipo: “Yo sólo le recomiendo por su bien que vuelva usted a darse de baja, y no le voy a decir por qué”. He escuchado esta amenaza propia de Luca Brasi hace apenas unos días por intentar emular a nivel doméstico la austeridad imperante. La portabilidad me ha costado horas de sueño. Pero nuestra defensa muy bien pudiera venir de la inmersión digital, del mutis por el foro internético, del vaya usted a la mierda de Fernán Gómez aplicado al invisible e inhumano call center y la empresa que lo paga.

Volveremos así, ojalá, a saber quién somos. En estos momentos, aún nos parecemos a aquel Mickey Rourke de El corazón del ángel que, descubriendo al fin que no era quien creía ser, sino un deudor del diablo, sollozaba diciendo: “Yo sé quién soy… yo sé quién soy…”.

China teme que le florezcan jazmines

Tacho Rufino | 1 de marzo de 2011 a las 17:37

El New York Times publica hoy un pequeño artículo de opinión titulado Por qué China está nerviosa con los levantamientos árabes. La buena marcha económica no es suficiente para acallar completamente la contestación política y la reclamación de libertades individuales en el gigante asiático. En muchas webs se ha suprimido la posiblidad de buscar las palabras Egipto o Túnez, e incluso Revolución de los Jazmines. Como hemos dicho aquí otras veces, las tomas de la Bastilla de nuestro tiempo se realizarán por medio de las redes sociales.

Un ‘harakiri’ virtual con mucho truco

Tacho Rufino | 10 de diciembre de 2009 a las 18:56

El que no corre, vuela. En internet y en sus redes sociales, esta máxima popular adquiere un significado supersónico. Italianos tenían que ser los que están detrás de una estrategia comercial de lo más trilera, cuyo lema es “Impresiona a tus amigos, desconéctate”. Se refiere a Facebook; y a su tremendo rebufo una nueva plataforma, llamada Seppukoo (www.seppukoo.com), pretende birlarles los suscriptores (o como se llamen).

Facebook arrasa y tiene millones de perfiles adscritos con sus fotos y sus verdades sin comprobar, por lo que muchos alertan de su peligro y de su oculta capacidad de control de masas vía publicidad gratuita, convocatorias variopintas y foros solidarios de más o menos auténtico pelaje. Seppuku es sinónimo de hara-kiri, y significa suicidio por destripamiento, es decir, meterse una katana o similar por el vientre para sacarse las tripas. Y es ése el nombre que han adoptado para su web un “grupo artístico imaginario” radicado en Italia. Con el cuento de que te liberan “de tu cuerpo virtual” dándote de baja en Facebook y comunicando a todos tus “amigos Facebook” tu defunción en dicha red, ellos se ofrecen como alternativa. El procedimiento de seppuku es en apariencia ocurrente, pero burdo en sus verdaderos objetivos:

– Las víctimas voluntarias deben darse de alta en seppukoo.com suministrando la misma información que utilizan en su perfil de Facebook

– Después deben escoger una página-epitafio de un muestrario, antes de teclear sus últimas palabras, que Seppuku se compromete a reenviar a todos los amigos Facebook del finado

– Una vez que el usuario pulsa el fatal clik final, su perfil de Facebook se desactiva

– Sin embargo -y aquí está el truco-, la vida virtual del usuario continua tras el suicidio ritual, porque medio de testimonios que los amigos pueden escribir en la página-epitafio… y aquí funciona el contador: existe un ranking de personas con mayor número de comentarios testimoniales recibidos de sus colegas de la red.

A fin de cuentas, quieren ser lo mismo que Facebook, que es (también) una forma de autoafirmarse en función del número de amigos que aceptan serlo en Internet. Pero de momento son un microbio frente a un elefante. Su diferenciación como producto con respecto a Facebook estriba en que, dicen ellos, “no almacenamos datos de nadie y nuestro servidor no venderá datos a ninguna tercera parte”. Además, cuando, como Ulises con las pérfidas y adictivas sirenas, uno o una sienta la llamada del Facebook abandonado, con darse de alta de nuevo tiene bastante: su perfil será restaurado sin demora, tal y como.

Facebook: cómo tener un millón de amigos

Tacho Rufino | 19 de septiembre de 2009 a las 12:57

 

TODO empezó a diluirse entre nosotros cuando comenzamos a relacionarnos por internet. Dejamos de escucharnos por el móvil, para ahorrar, y empezamos a utilizar el email. La comunicación inmediata del Twitter (una especie de conversatio precox, como el amor de los palomos) no llegó a engancharnos. Nunca hemos sido tan tecnológicos; la cosa nos cogió ya muy empollinados, incluso algo canosos y despejadillos de frente.
Ahora no me acuerdo de cómo eras, o de si eres como tus fotos en la pantalla dicen que eres. ¿Que para eso está Facebook, para vernos en fotos y hasta en vídeo? Sí, pero la gente no cuelga allí una foto donde salga ni un poco fea. La mayor parte de las que se cuelgan son reflejos platónicos de lo más ideales. O divertidas instantáneas de noches locas, en las que uno puede verse colgado en la red sin comerlo ni beberlo. Porque el asunto de la protección de datos y de la intimidad está de por sí maltrecho. Uno tiene una mala tarde, agarra por la cintura a quien no debe en plena juerga noctívaga, y te acaban comentado los ojitos con que sales en internet en el desayuno del lunes siguiente, en el trabajo… o en casa. Sin tener usted cuenta abierta en Facebook ni nada: sí la tiene una persona que usted conoció a las cuatro de la mañana. ¡Cuidado!
Es cierto que, mediante el Facebook y sus redes competidoras, uno puede recuperar el contacto con aquella novieta del pueblo segoviano donde pasó un verano en los ochenta; o con Giampiero, aquel italiano que conoció en un interrail y que le proporcionó dos noches tan románticas como tórridas. Y eso puede estar muy bien, no digo yo que no… aunque tengo dudas muy serias sobre este particular: todo no se puede llevar para adelante, hay cosas que deben quedar detrás, o en el recuerdo. Por este camino, todo el mundo estará en red, o atrapado en la red, según se mire. Obama, presidente de Estados Unidos, ha advertido de que Facebook y otras redes sociales pueden constituir un peligro para los individuos, si se cuelga más información de la precisa en ellas. Obama, que tiene un perfil abierto en Facebook, sabe lo que es un Gran Hermano mejor que nadie. El marketing contemporáneo, identificar poblaciones objetivo y hacer segmentación de mercados, se puede convertir en algo muy barato con las redes sociales. Dios los cría y ellos se juntan, a golpe de tecla.
¿Está bien beberse un par de cervezas? Fantástico, no hace falta que nos lo diga Grande Covián, el nutricionista amable, que en paz descanse. Pero tomarse diez al día ya empieza a ser lo contrario. Paralelamente, ¿cuántos amigos se puede tener? ¿Un millón, como ansiaba Roberto Carlos, para así más fuerte poder cantar (cada uno aspira a lo que le da la gana)? Decimonónico que me siento, me declaro partidario del principio de los cinco amigos como dedos hay en la mano, con sus correspondientes dedos sobrantes. Amigos para siempre will you always be my friend, o son pocos, o son de mentira, pero esto debe matizarse con dos pinceladitas. Una; no todos tenemos que ser amigos de los que intercambiaron su sangre tras punzarse la yema del dedo con la púa de una zarza, en aquellos maravillosos años de los paraísos de la memoria. Es fundamental en la vida tener vínculos débiles, cuya fuerza no suele ser bien ponderada. Eso que los ingleses finos llaman “acquaintances”: conocidos de leve roce. Dos; los inquilinos de esos dedos de una mano van cambiando. A cierta altura del río de la vida, el camino está lleno de adioses y hasta de cadáveres (más o menos vivos). Pero no nos pongamos trágicos, y volvamos al Facebook. A ver si encontramos a nuestro eslabón perdido. Me lo dice un amigo: igual que el vídeo mató a la estrella de la radio, el Facebook puede matar a la amistad. A la amistad a la antigua.

Tuenti, amigos entre las redes

Tacho Rufino | 2 de febrero de 2009 a las 23:43

MI compañero de despacho sí lo es, pero yo no soy experto en redes sociales. Sí me sé que hubo un tal Frigyes Karinthy, húngaro, que hace noventa años propuso la teoría de los “Seis grados de separación”, que dice que cualquiera en el mundo puede estar conectado con otra persona través de una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios. El mundo es un pañuelo… lleno de cascarrias.
Recuerdo que la primera vez que fui a Marruecos me preguntaban los lugareños cosas tan graciosas como “¿conoses a Paco, de Barselona? O “Aitor gusta mucho té a la menta”, sin que yo supiera bien si quien me hablaba era un místico sufí que alegorizaba sobre el dios de los vascos, o si el tal Aitor era un tipo corriente de Portugalete. Quizá quienes estas cosas preguntaban no eran más que seguidores naturales de esta teoría, que en los 60 fue reformulada por el psicólogo Stanley Milgram mediante un experimento con tan bello nombre como “El experimento del mundo pequeño”.

Pues bien, nadie podría pensar en los tiempos de Milgram que los ordenadores y su interconexión planetaria, internet, iban a hacer que el número de grados de separación entre las personas fuera fulminado. Es muy difícil que usted no haya estado conectado alguna vez de una forma u otra con un internauta, un viajero, un bloguero, un pornófilo o un aficionado al cine de, es un poner, Nueva Guinea Papúa. La red de redes, ese prodigio, ha cambiado el mundo. Un prodigio de la relaciones humanas, pero también un troyano que trae su propia perversión dentro. No lo soy tampoco, pero no creo que haya que ser experto usuario del Messenger o el Tuenti para ver que se te puede meter en casa cualquier canalla, incluso sin necesidad de entrar por la puerta con su cuerpo serrano. Quizá ser padre ayuda a verlo claro. Alguien cercano -madre, por cierto- me llamó “retrógrado” por afirmar esto, pero no consiguió convencerme de que mi sensación de peligro fuese paranoica.

No creo que sea ya razonable aspirar a que las pandillas se formen como lo hacíamos en verano en la sierra, donde había que soportar el desdén, la recomendación y la prueba de fuego para llegar a ser miembro de pleno derecho de una de ellas, quizá pinchándote con una púa de rosal en la yema del dedo para intercambiar tu sangre con uno de los que iban a ser tus correligionarios. Tampoco critico que mucha gente ya talludita estire su juventud y sus ganas de conocer gente y más gente y, de paso, mostrar su mejor perfil, sus fotos de Praga-Budapest, su biquini irresistible o su última cogorza. Todos necesitamos cariño, atención y comunicación, y los buscamos como nos place. Pero algunas sobrinas me han informado que, por mucho que para pertenecer a estas redes alguien debe invitarte “a la pandilla”, lo cual confiere una cierta seguridad, la realidad es que dicha seguridad es tan sorteable como lo soy yo defendiendo a Messi. Y quienes la sortean no van precisamente en son de paz.

Me comentan estas jóvenes, menores de edad, que continuamente deben rechazar propuestas de desconocidos que piden permiso para entrar en su club y establecer una bonita relación. También, que el acoso colegial más cruel fluye por ahí, y deja al colegio libre de responsabilidad y a los padres ajenos. Una amiga me cuenta que su hija le dijo el otro día señalando a una joven unos diez años mayor que la niña (unos 25 años): “A esa la conozco yo”. ¿De qué?”. “Del tuenti, tiene unos amigos muy enrollados”, de alguno de los cuales ella ya conocía hasta los tatuajes… por fotos. Haciendo amigos.

En España hay millones de estas cuentas dadas de alta, y muchos de sus titulares tienen poco más de diez años. Apuesto a que no pocos de sus padres lo ignoran. En estos días, el Tuenti se ha movilizado para encontrar a Marta. Ojalá eso ayude a la Policía que, por su parte, está concentrada en el ordenador de la niña perdida y en sus conexiones en red.