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Un drama de lo más trágico

Tacho Rufino | 21 de septiembre de 2011 a las 11:30

”Poderosa

El drama es una representación de un conflicto que se resuelve mediante el diálogo entre los actores de la situación. Hay dramas cómicos y dramas trágicos. Lo de Grecia y su bancarrota como Estado no tiene nada de comedia. La comedia se desarrolló previamente, y fue puesta en escena por habitantes y dirigentes de un país que era puro teatro, en el mal sentido de la palabra. Una comedia a la postre perversa para ellos mismos, con ingredientes argumentales muy arriesgados: corrupción, prestaciones sociales desquiciadas, evasión fiscal generalizada, derroche presupuestario, fraude estadístico, ruinosa guerra fría con Turquía por Chipre. El drama griego que deviene fatalmente en tragedia se desarrolla en estos días de forma acelerada, al ritmo desbocado en que todo se precipita en los últimos tiempos. Para que la tragedia llegue a ser tal hace falta poner en liza el destino (¿el del euro?), y es necesario que participen los hados, los dioses junto con fuerzas desconocidas e implacables que exigen enormes sacrificios (¿los mercados? ¿La Comisión, el FMI y Merkel?). También hay oráculos, pitonisas y sacerdotes que emiten oscuros presagios y prescriben dolorosos remedios: Roubini, Soros, Almunia, Buffett. Todas las recetas se cierran en dos: o se rescata, se rescata y se vuelve a rescatar a un país en bancarrota de hecho… o se le perdona parte de la deuda y se difiere su devolución. Entre ambas, hay una tercera vía: Atenas debe dejar de pagar –porque no puede ni va a poder pagar todo, y menos en plazo–, y salir del euro. No hay, pues, ninguna solución limpia para todas las partes implicadas. Los bancos y fondos de inversión franceses y alemanes que prestaron mucho dinero demasiado alegremente a Grecia no quieren asumir a su cliente insolvente, y los gobernantes de sus países los han estado protegiendo. El miedo a la caída de la banca lo puede todo.

Los griegos han hecho enormes sacrificios ya, y se acaban de echar otra pesada carga a la mochila con paralizantes medidas de cirugía económica: ayer anunciaron el despido del 30% de los funcionarios. Una versión de Diez Negritos en el Mediterráneo: 150.000 grieguitos. ¿Seré yo, Padre, seré yo? preguntarán mirando al Olimpo todos y cada uno de los funcioanarios griegos que temen estar entre los 150.000 que van a ir a la calle. Europa y el FMI –con la sartén por el mango, la pistola en la mano, el interruptor de la bombona de oxigeno y la cantimplora en el desierto–, siguen apretando y mantienen congelados los 8.000 millones que Grecia necesita, como quien dice, para poder comprar pan hoy y matar el hambre.

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Dos interesantes artículos de hoy sobre el asunto:

Joaquín Aurioles, Grupo Joly: Abandonar el euro

Nouriel Roubini: Grecia debe suspender pagos y salir del euro

‘Deutschland über alles’, sí, pero dentro de un orden

Tacho Rufino | 13 de septiembre de 2011 a las 19:02

El magnífico himno alemán, cuya melodía es de Haydn, en algún verso de su penúltima versión proclamaba a “Alemania sobre todo” lo demás (“Deutschland über alles”). Una frase patriótica más, típica de cualquier himno (que tenga letra), aunque en alemán inquieta un poco. Pero no pretende afirmar que Alemania debe estar “sobre todos” los demás. Los alemanes, es cierto, son superiores en estos momentos. Han exportado de forma sobresaliente con el euro caro. También lo han sido en otros, y en no pocas cosas. Y sin duda no carecen de razones para pedir el puesto de manijero de la actual pandilla comunitaria. Pero no se aclaran. Ni parecen querer ver el partido al completo.

Merkel da la de cal ante sus huestes ensoberbecidas por la idea de que Alemania está siendo frenada y abusada por buena parte de Europa, y la de arena cuando debe tratar con sentido común los asuntos comunitarios en las cumbres gubernativas, ya sin necesidad política de inocular el populismo simplificador en vena. Alemania no quiere eurobonos, pero Alemania no quiere perder el euro con que ha ganado más poder económico que nadie. Alemania no quiere reestructurar deudas, a pesar de que la deuda griega, por ejemplo, la asumieron masivamente bancos y fondos de inversión privados alemanes y franceses cuando ya Grecia mostraba señales de reventón inminente: ¿por qué no se comen el impago esas empresas privadas? Porque eso afectaría a toda la Unión muy seriamente, con Alemania a la cabeza. Alemania no quiere adelantar el pago del rescate griego ahora, pero tampoco quiere que Grecia entre definitivamente en bancarrota. Alemania quiere ser líder indiscutible, e incluso con derecho de veto de su Bundestag en los asuntos comunitarios, pero Alemania sería menos Alemania sin la Unión Europea, que tiene unos tratados en vigor que no pueden ser remendados a instancias de una sola parte. En Alemania hablan de crear los Estados Unidos de Europa, pero la Alemania oficial no quiere discutir la renegociación de los tratados de la UE. Merkel debe mandar a callar a sus ministros, que dicen lo que el alemán medio quiere oír porque se ha acostumbrado a una verdad más que discutible, aquélla que dice ellos dan mucho a cambio de casi nada. Pone mucho la pila y la vena del cuello el sentirse superior. Pero la superioridad lo es en lo que lo es, y no da derecho a hacer y deshacer al antojo del tenido por superior en cualquier asunto.

Alemania exige una serie de sacrificios presupuestarios a países como el nuestro, en forma de límites del déficit y la deuda pública, pero Alemania ha sido la campeona del incumplimiento cuando la economía iba aparentemente muy bien (hasta hace tres o cuatro años): hicieron los deberes antes, pero en contra de los criterios establecidos por todos. Mientras, aquí, país europeriférico donde los haya, sí se cumplieron las normas. O sea, que sí, Alemania es el motor de Europa, podemos convenir que sí. Pero sobre cualquier otra consideración –über alles– es el motor de Alemania. Decir que es lo que es a costa de su saldo comercial tremendamente favorable con el resto de la Unión es tan parcial y tendencioso como afirmar lo que muchos dan por verdad de fe en el país del Gran Germano: que Alemania tiene una rémora en Europa, y que esto le da derecho a imponer políticas destinadas únicamente a reducir el peso y la capacidad de acción pública, generando unas masas de desempleados que están por venir a la vuelta de la esquina con estas políticas convertidas en dogmas.

Alemania es cada día más euroescéptica, pero también Grecia, Portugal, Irlanda, España e Italia. Y también, por otros motivos, Finlandia. Y también lo es desde siempre Gran Bretaña, en su nueva forma de la tradicional splendid isolation. El euroescepticismo crece a ritmo acelerado en la propia Europa. La amalgama de estados diversos con el ligante llamado euro funcionó mejor que bien a favor de corriente. Pero funciona nada bien en contra de la corriente. Y el daño de una ruptura o una parálisis negociadora sin fin haría tanto daño a Alemania como a Grecia. Los eurobonos (la materialización de la solidaridad europea, un debate que cada día se parece más al interregional en España centrado en las balanzas fiscales) y una armonización fiscal urgen. Hagan caso a Almunia cuando advierte –sin mencionar a Alemania, pero mencionándola—de que “algunos no se dan cuenta” de que el daño es para todos y no hay ningún culpable exclusivo (desde luego, la golfería presupuestaria griega –que, repetimos, pasó inadvertida a grandes inversores alemanes—es dolosa). Y a Roubini: “Alemania tiene que ayudar, invertir y estimular a la eurozona. No puede quedarse en la profesora que cumple y exige, porque mientras ella exporta y resiste a un euro tan fuerte, las economías más débiles tal vez no vayan a sobrevivir”. Y la arrastrarán de una u otra forma. España, por ejemplo, ha hecho y hace sacrificios que no se traducirán en absoluto en generación de empleo. España hace sacrificios para restaurar la confianza de los mercados. Ayudaría a restaurar tal confianza de dichos mercados financieros la anuencia comunitaria a emitir eurobonos más pronto que tarde. Y eso es cosa de Alemania. No se puede apretar hasta ahogar como la institutriz de la pobre Clara de Heidi, que no recuerdo cómo se llamaba.

‘Conspiranoia’ a la americana

Tacho Rufino | 20 de marzo de 2011 a las 21:31

BOOKS Naomi Klein 20070902
Naomi Klein, autora de La doctrina del shock (2007)
 
 
ESTADOS Unidos cuenta con la gran honra de acoger a críticos de su propio sistema en lugares clave de dicho sistema: profesores universitarios de izquierdas en sus mejores universidades, como Noam Chomsky, Stiglitz o Krugman, pero también periodistas que critican sin ambages a sus instituciones, sus gobiernos y su papel en el mundo. El propio Nouriel Roubini -el Doctor Catástrofe y profeta de la crisis, ex asesor del Tesoro de EEUU, profesor de Yale-, aunque no es sospechoso de rojo ni mucho menos, receta para salir de la crisis medidas como dar un golpe de mano en las virgueras titulizaciones de imposible trazabilidad, o cómo limitar al máximo la eclosión de los derivados financieros, o prohibir los desorbitados salarios de la tecnocracia corporativa. O mover el trono a las agencias de calificación, cuyas parentelas son sospechosas; y no permitir que las empresas se hagan tan grandes que sean “demasiado grandes para caer”. Roubini habla, en fin, de un final del siglo XX testigo del “fundamentalismo del libre mercado”.

Con la frescura de la periodista de investigación -tantas veces preferible a la coraza técnica del profesor- surgió en 2007 en esta línea autocrítica un libro de Naomi Klein, La Doctrina del Shock: el auge del capitalismo del desastre. Klein es canadiense, pero trabaja para medios estadounidenses o británicos. El propio Joseph Stiglitz le hizo una reseña en The New York Times, en la que alababa la obra, pero dejando claro que Naomi no es académica, y no debe ser juzgada como tal: muy fino en su táctica del fuera de juego; siempre hubo clases, también en la izquierda. Según las tesis de la periodista, los desastres, naturales o económicos, han sido convenientemente aprovechados por el poderoso lobby neoliberal –que, por tanto, existe como tal, sostiene Klein– para imponer sus políticas más radicales, que beben en las tesis del gran padre de esta corriente económica e ideológica, Milton Friedman.

En la fase exuberante de la economía occidental previa al crash de 2007-2008, el Estado del bienestar -ese amigo que se va- fue relativamente respetado aunque continuamente puesto en duda: “¿No veis que el Estado sobra?”. La conmoción por la acometida sorda de la bestia de la crisis propicia ahora el desmontaje acelerado de la política social. “No te quejes, que la cosa está como está y todavía puede ser peor”. La terapia de choque se asume con resignación.

Aunque Stiglitz no usó la palabra conspiranoia, su crítica de salón dejaba caer que si bien Klein puede tener razón en que las crisis son aprovechadas para tomar medidas impopulares, el hecho de que haya una estrategia oculta y aguerrrida para estar al quite ante huracanes o terremotos no estaba demostrado. Mucho menos se justifica, según él, que las catástrofes sociales, como las crisis financieras, pudieran ser creadas o aceleradas con el propósito de no tocar a los mercados en beneficio de unos pocos, cada vez menos y más poderosos. Pero a estas alturas, uno no se cree nada. O se lo cree todo, que viene a ser lo mismo.

Deconstruyendo el euro

Tacho Rufino | 18 de octubre de 2010 a las 13:33

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UNO. En los albores de la crisis en curso, Gran Bretaña -que no pertenece al euro, pero que, desde su tradicional splendid isolation, opina oficialmente sobre la divisa europea- dijo por boca de un emisario en Davos que “si España no controla su desempleo, sus niveles de actividad y sus presupuestos y finanzas públicas, se verá forzada a abandonar el euro”. Fuera los pigs del paraíso monetario.

Dos. La semana pasada, el Nobel Joseph Stiglitz afirmaba que “el euro había sido una experiencia interesante”, para compararlo después con aquel Sistema Monetario Europeo, también llamado “serpiente monetaria”, que acabó muerta por el veneno de otra serpiente, la especulativa, que derribó a la libra en 1992. O sea, que Stiglitz no da un duro por el euro a medio plazo. De paso, el profesor de Columbia dijo que España corría grave riesgo de sufrir una versión europea de el corralito argentino: “Sólo cuando Argentina rompió la paridad de su moneda con el dólar fue cuando pudo comenzar a crecer y a reducir su déficit”. Otro agorero insigne, Nouriel Roubini, afirma que “en un tiempo, no en un año o en dos, podríamos ver la rotura de la unión monetaria europea“. La deconstrucción de la estructura monetaria europea, el desmontaje del lego llamado euro.

Tres. Esta semana, un grupo de expertos reunidos en Londres convenían que España es el país al que mejor vendría salir del euro. “Si es por vuestro bien…”. Según la mayoría de los 300 sacerdotes económicos allí reunidos, Europa no puede rescatar continuamente a países que no soportan el ritmo de Alemania. La moneda única camufla este gap competitivo, pero el problema acaba emergiendo una y otra vez, por ejemplo en forma de ataques contra la divisa o contra la capacidad de endeudarse de España.

Valgan estas tres citas para ilustrar los periódicos avisos y cargas de profundidad que nos quieren hacer volver a la peseta, sea por nuestro propio pie o con tarjeta roja. Salir del euro, devaluar la nueva peseta, hacer que nuestros productos se vendan mejor por más baratos; exportar más ante una demanda interna mustia; convertir en caros los productos europeos, haciendo preferibles los nacionales; dejar, en suma, de salir alegremente a pasar el puente en un circuito Praga-Budapest (pero reforzarnos como potencia turística, porque seríamos un destino todavía más barato).

Claro que, dando por legalmente factible la salida del euro sin abandonar la UE, los efectos benéficos de manejar el tipo de cambio tienen contrapartidas lúgubres, entre otras cosas porque importamos más que exportamos: pagaríamos la energía en dólares (caros), devolveríamos la deuda externa en euros (caros), el riesgo de cambio se dispararía y entorpecería las actividades de nuestras empresas globales, nuestra credibilidad internacional -cualquiera que ésta sea- se iría al traste durante un tiempo imposible de precisar, y la inflación inmediata de los precios, si bien tendría efectos positivos sobre la deuda privada ya en pesetas, sería difícil de controlar y crearía inestabilidad. Perderíamos la vigilancia presupuestaria que, con cierta laxitud, establece el Pacto de Estabilidad comunitario. Nos empobreceríamos.

Puede que el euro, como vino a decir Stiglitz, tenga sus años contados. Que haya sido una excelente experiencia colectiva europea, y que haya sido positiva -a favor de ciclo- para crear un verdadero mercado común. Por otra parte, ningún político se va a atrever a proponer que salgamos del euro por nuestro propio pie. No faltan razones para temer al paisaje poseuro. O sea, que mejor la tarjeta roja. Si no echan a De Jong, que a punto estuvo de partir a Xabi Alonso en dos en Sudáfrica, ¿por qué nos van a echar a nosotros los árbitros europeos?

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