Archivos para el tag ‘Sostenibilidad’

Un mundo con doble personalidad

Tacho Rufino | 13 de noviembre de 2011 a las 23:44

La tensión entre lo local y lo global crece a medida que el mundo se hace más pequeño. No nos referimos, ojalá, al mundo pequeño que estaba implícito en aquella atractiva Teoría de los Seis Grados de Separación. No se trata ya de reconocer que, efectivamente, cualquiera puede estar relacionado con cualquier otro cualquiera terrícola a través de una cadena de conocidos de no más de cinco intermediarios. El problema no es social –relacional–: el problema es de sostenibilidad del actual estado de cosas. Si la política sigue siendo esencialmente local, la economía y las finanzas (el dinero, por decirlo en corto) son cada vez más globales e interdependientes. Para colmo, las relaciones de intercambio comercial son más regionales que globales, también: comerciamos con nuestros vecinos, sobre todo, los asiáticos y los americanos también lo hacen. Lamentablmente, los foros más grandes, desde la Unión Europea al G-20, suelen convertir los problemas en eternos o, peor aun, les buscan atajjos consensuados, de forma que pervierten sus soluciones y las remandan para un futuro más o menos próximo… llegado el cual se le volverá a dar una patada a seguir al asunto, por candente que sea y por crítica que sea su solución para el porvenir de millones de personas. Sobre esto hemos hablado aquí otras veces, aunque quizá no tan magistralmente como lo hace hoy Moisés Naím en El País. Pinchen aquí para disfrutar con su lecura, pero si no quieren, yo les extracto un par de párrafos. Qué dolor causa la lucidez del analista sobre la gran torpeza humana, empezando por la de los grandes hombres acuciados por sus agendas políticas locales, tan pequeñas. Dice Naím:
– “La mezcla de la política local con el dinero global es tóxica. Cuando se le añade al cóctel el comercio regional y el empleo poco movible, su toxicidad es aún mayor”.
– “Está claro que los políticos deben hacer mucho mejor la tarea de concienciar a sus electores de que lo que pasa fuera de las fronteras de su país –o ciudad—tiene consecuencias para lo que pasa dentro de sus hogares”.
– “No tenemos alternativa: hay que globalizar más la política local y hacer más locales las finanzas globales. ¿Muy difícil? Claro que sí. ¿Indispensable? También”.

Nosotros, ‘okupas’ del futuro

Tacho Rufino | 22 de abril de 2011 a las 9:27

LEO a Daniel Innerarity describiendo (2008) con gran simbolismo ciertas situaciones que, de seguir así, son insostenibles: no tienen futuro. Ofreciendo alternativas a la expresión “estafa generacional” (la que se perpetra sobre los cotizantes eternos que no tienen garantizada su pensión), el filósofo habla de “colonialismo temporal”, practicado por los hoy vivos respecto a las generaciones jóvenes y por nacer. Colonizar el tiempo frente a la tradicional colonización del espacio. Mientras lo normal solía ser trabajar para los hijos y en general para el porvenir, hoy se consume y se vive en detrimento de las cohortes venideras. Una rapiña del futuro perpetrada por okupas del futuro… nosotros. El futuro es hoy “un basurero del presente”, dice Innerarity. No sólo el sistema de pensiones es insostenible, sino que por supuesto lo es el legado de residuos y daños a la naturaleza. Y también lo es la deuda pública presente y por venir, venga ésta de parto natural -colocaciones aceptadas por los mercados a precios normales-, con fórceps -pagando un sobreprecio con respecto al bund alemán-, o por cesárea -el rescate-.

Uno de los pocos versos que uno recuerda viene al hilo de la cuestión. “En Nueva York no hay más que un millón de herreros forjando cadenas para los niños que van a venir”, afirmaba un hipersensible Lorca en Poeta en Nueva York. Si la hecatombe económica en curso tiene su detonante en Wall Street, cabe aplicar tan oscuro aforismo a los daños diferidos provocados por la Gran Crisis. De acuerdo; lo nuestro tiene ingredientes derivados de la enorme deuda familiar y empresarial made in Spain pero, sea como sea, la deuda española no hace más que atraer a los depredadores financieros. Éstos actúan en parte con fundados motivos, y en parte con una apuesta a la ruina de nuestras arcas públicas. Los presupuestos públicos y uno de sus nutrientes de tesorería -la periódica emisión de deuda- se ven afectados por una cadena perversa que percibe el olfato de los agentes más poderosos de los mercados: la deuda privada de dudoso cobro es un activo dudoso en los balances bancarios. Si decidimos socializar las pérdidas de la banca -he ahí el quid de la cuestión- con dinero público, nuestro sector público está tocado de muerte. La banca, eso sí, sobreviviría más o menos indemne.

Van al menos tres crisis que nos han puesto al borde de la bancarrota, sobre todo la de mayo del año pasado, y aquí están otra vez los pelos del lobo enganchados en nuestra valla. Si hay que salvar a la banca, habrá que condenar a las generaciones futuras -y no tan futuras- a pagar las debacles patrimoniales de quienes dieron crédito sin ton ni son (a muchos que los asumían sin ton ni son, cierto es). En Irlanda se socializaron las pérdidas de los bancos, y otro tanto se hizo en Islandia. ¿Quién pagará los agujeros contables de las entidades financieras? Los irlandeses y los islandeses de a pie durante años y años. ¿Pasará lo mismo en España, como ya podemos afirmar que pasa en Portugal? En Estados Unidos, Obama admite la necesidad de la reducción drástica del déficit (déficit público no es igual deuda pública, pero es carburante de ella), precisamente con el lema “la solución no puede cargarse sobre la espalda de los ciudadanos”. China, el mayor inversor en deuda pública estadounidense, dice que hay que proteger sus derechos como acreedor. Apuesten por el recorte de la sanidad, educación y protección del medio ambiente USA. Aquí, nuestra capacidad de recortar es más limitada a estas alturas: los deberes no han servido para mucho. La patada a seguir supondrá sacrificios para los hogares más que para los bancos ineficaces. Salvo que la mansedumbre que la crisis inocula en los corazones se transforme en indignada insumisión. Cuando no haya mucho que perder, y los perjudicados no sean sólo los habitantes del futuro, sino los propios colonos del presente.

Maltrechos, pero vamos cumpliendo con Kioto

Tacho Rufino | 28 de marzo de 2011 a las 18:40

En noviembre del año pasado, colgamos un post aquí titulado Cosas buenas de la crisis (vale la pena pinchar en el destacado azul aunque sea para recordar el video de La vida de Brian, que figuraba en la entrada a modo de banda sonora), En ella enumerábamos beneficios colaterales más o menos pírricos de la situación económica depresiva que atravesamos por estos pagos. La primera, precisamente, rezaba así, y comprendan la autocita: “La actividad económica es, en general, contaminante y consumidora de recursos naturales. Menos producción, consumo, transporte, variedad de productos y servicios, etc., implican menos emisiones y daños al medioambiente natural y urbano. En ese sentido, la crisis es buena para la Naturaleza”.

co2LurAyer, en plena liturgia de lectura de los periódicos dominicales –maravillosa tarea a pesar de las desgracias y los mengues, tarea que nunca podrá más que suplantar la pantalla del ordenador–, y mientras dudaba si pedir otro café o un botellín, me topé con una noticia que valoraba precisamente un bien que por mal viene: España reduce un 8% las emisiones de CO2 y se acerca al objetivo de Kioto. No cumplimos, pero casi: el objetivo es reducir las emisiones de GEI (gases de efecto invernadero) un 15%, pero hasta 2008 no nos acercábamos a tal compromiso ni de lejos. Si atendemos al Observatorio de la Sostenibilidad, el tráfico y otras actividades emisoras derivados del calentón de la construcción y sus economía auxiliares ha pegado un bajonazo importante. Eso lo sabíamos, pero ellos lo han valorado. Además, la caída del consumo y, por tanto, de la generación de residuos industriales y de los hogares tambíén son una buena noticia. Toca a cada uno valorar el balance entre el daño emergente (en forma de paro, básicamente) y la mejora ambiental.

El ‘New Deal’ de Zapatero

Tacho Rufino | 28 de noviembre de 2009 a las 10:26

TheNewDeal

LA Ley de Economía Sostenible (LES), cuyo anteproyecto se aprobó ayer, le tira a todo lo que se mueve, como haría un mal cazador o un soldado asustado en una trinchera enfangada. El objeto de la ley es desmesuradamente múltiple: la educación, la energía, la regulación bancaria, la todavía llamada “Sociedad de la Información”, la transparencia de los salarios, los organismos reguladores, los trámites para la creación de empresas o los plazos de pago de los ayuntamientos. Quien mucho abarca, poco aprieta, dice el refrán, y su aplicación al caso que nos ocupa no deja de ser la crónica de una conclusión anunciada. No se cambia de personalidad por cambiar de tinte ni por abandonar a la pareja o el lugar de residencia, como no se cambia la estructura sectorial de un país ni su modelo productivo por medio de una norma legal. El abuso del recurso a la ley -un recurso fácil de quien gobierna, en ocasiones irresponsable por sus consecuencias prácticas- es habitual en nuestro país. En algunos casos, como en el de la Ley de la Dependencia, la falta de medios económicos hace de un proyecto regulador verdaderamente progresista una condena a ser papel mojado, y acabar en la triste nada.

En el caso de la Ley de Economía Sostenible, el objetivo parece ser atajar la crisis económica y la destrucción de empleo con una serie de medidas que, lejanamente en el tiempo y el espacio, recuerdan al New Deal de Roosevelt, un “Nuevo Trato” con el que el entonces presidente de Estados Unidos se proponía combatir la enorme depresión que azotó la economía de su país tras el crack (ahora rebautizado por los filólogos como crash) de 1929. La diferencia es el grado de proactividad de cada paquete de medidas: mientras el de Roosevelt era ejecutivo y práctico, el aprobado ayer es una declaración poliédrica de principios, un bálsamo de Fierabrás o una purga de Benito que todo lo curan… Dios mediante. Para tan titánica labor reparadora, la LES deberá ser desarrollada con leyes posteriores que, recordemos, atañen a muy diversos asuntos, todos ellos de principal interés nacional y que, tampoco olvidemos, ya tienen su propio marco legislativo. La ley abre una especie de proceso (re)constituyente, una caja de Pandora que fue aclamada el domingo pasado por las huestes arrobadas de un presidente, ZP, que bajaba del cielo posmoderno, en escalera mecánica y del brazo de Sonsoles; un costeadísimo reality show, tan imprescindible en estos momentos.

La sostenibilidad es un mandamiento natural que no para de tomarse en vano, y el manoseo del término no le hace ningún bien. “Satisfacer las necesidades actuales sin comprometer las futuras”- o sea, la sostenibilidad-, es algo que la economía española (sus familias, sus empresas, sus bancos, sus gobiernos y ayuntamientos) no practicó en los varios lustros que precedieron al fatídico verano de 2007, cuando nos despertamos del sueño con el ruido de la burbuja que explotaba. Cuando los políticos y sus asesores descubren una expresión-filón (aterrizaje suave, desaceleración, brotes verdes, sostenibilidad), todo empieza a falsearse. Y podemos acabar por crear macroleyessin verdadera capacidad transformadora, si es que las leyes deben transformar, que ésa es otra.

Desde dentro de la piel de toro, el anteproyecto es más carnaza para la Oposición. “No resuelve nada”, ha dicho Rajoy, por ejemplo. Desde fuera, el jueves The Economist tituló “Insostenible” un reportaje demoledor sobre nuestra economía y sobre nuestro presidente del gobierno, al que llaman “el eterno optimista”. Aunque la prensa británica suele estar siempre pronta a minusvalorar o, directamente, dar caña a España, la revista económica de referencia califica a la LES de “repleta de buenas intenciones y escasa en medidas duras” (sobre todo laborales); justo la diferencia entre el New Deal de Franklin Delano y el prontuario de aseadas e irrefutables directrices del New Deal de nuestro Gobierno.

 

(Ilustración Morewhat.com: Franklin D. Roosevelt y poster sobre el New Deal)

La chatarra del coloso

Tacho Rufino | 5 de junio de 2009 a las 14:05

”(Foto:

 HAY sectores a los que no reconoce ni su progenitor de dos años a aquí. A alguno, como el financiero, no es que no se lo reconozca, es que no acaba de volver a salir a la superficie. Otros, como el de la prensa escrita, ha visto cómo la crisis ha puesto nitrógeno en el motor del ciclo de vida de su industria, de forma que la turbulencia general ha acelerado sus incertidumbres estratégicas: el progresivo abandono del papel, la perversa gratuidad de los contenidos en internet, la eclosión en la red de los toreros espontáneos, el acoquinamiento publicitario en papel y en digital, la blogosfera polimórfica, la insondable duda sobre el precio justo… y la necesidad de garantizar la calidad de los contenidos.

Sin embargo, la verdadera materia de la metamorfosis drástica es la de la industria del automóvil. El coche es ya el icono roto, al menos en su concepción actual: una fuente caudalosa de empleo, hasta ahora; una fuente insostenible de emisiones y consumo de materias primas, también. Díganme ustedes si no es una mutación alucinante la de un mercado que reventaba sus costuras por la exuberancia sólo antes de ayer… y que hoy ve cómo los concesionarios crían telarañas, y los estímulos públicos y de los fabricantes en forma de miles de euros de descuento dejan impávido al comprador potencial, al menos de momento.

El coche, como lo concebimos ahora, tiene sus días contados. El vehículo futuro no será de gasolina o gasoil, y la transición al eléctrico pasando por el híbrido se ha acortado en no menos de una decena de años por causa de La Crisis (casi conviene a la actual situación el escribirla con mayúscula, por sus incomparables dimensión y características). Según un informe de la Fundación Ideas -la de Caldera, sí, pero el informe es imprescindible: “Un nuevo modelo energético para España”-, la fabricación y uso del coche son un punto central del futuro. En el horizonte de un 2050 posible para los humanos, la tecnología es clave a la hora de crear medios de transporte que no sean tan dañinos como los actuales. Ojalá quienes entonces vivan se sorprendan de lo bárbaros que éramos sus antepasados al desplazarnos a tomar una cerveza o a trabajar. El hierro disponible en todo el planeta, además, no da para hacer un coche para cada chino. Quizá tendremos que perforar La Tierra hasta el nife, a ver. Por otra parte, el uso del coche, su concepto mismo, debe cambiar. El transporte público, la bicicleta, e incluso el alquiler y el coche compartido deberán emerger en esta transición para desplazar el prurito de propiedad que tanto nos pone. El Hummer quedará como un anexo de la historia de la infamia del transporte. Podemos objetar “dígaselo usted ahora al chino y al indio”. Y tendremos razón.

General Motors ha reventado: un desastre global anunciado. El Coloso de Rodas debió crear un tsunami local al despedazarse a la entrada de la isla griega. Las cifras de deuda impagable, de empleos destruidos, de plantas desmanteladas o malvendidas y, en general, los efectos colaterales de la quiebra del gigante del automóvil salpicarán por todos lados. La chatarra del gran icono de un mundo sobre ruedas que es ya de ayer, aunque Obama intente apuntalarlo.

No hay Alcántaras en China

Tacho Rufino | 4 de junio de 2008 a las 14:37

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En Deseo, Peligro, la película de Ang Lee, Sanghai es una ciudad floreciente y sofisticada. Desde la ocupación japonesa y el final de la Segunda Guerra Mundial ha pasado mucho tiempo, y han pasado el comunismo, la penuria y el fuera de juego de la economía y la sociedad china en el mundo global. A pesar de las catástrofes, y aun contando con la polarización extrema entre la pujanza y el nivel de crecimiento de las zonas urbanas -Beijing y Shanghai, básicamente- y la depresión y abandono de las inmensas zonas rurales, China no para de crecer. Y, por tanto, de consumir: petróleo, alimentos, servicios, electrodomésticos, bienes tecnológicos y de equipo. Hasta el punto de provocar enormes desequilibrios en un estado más o menos estable de la oferta y la demanda de las cosas y las mercancías. China, paradigma del desplazamiento del eje de gravitación planetario hacia el Pacífico, ha pasado de la pobreza al crecimiento sin pasar por el desarrollo de las clases medias, y además juega con la doble baraja del capitalismo económico y la férrea dirección centralizada. Nuestros Alcántara de Cuéntame no tienen equivalente allí. Allí: donde está gran parte de los habitantes del mundo. En un juego de suma cero o de crecimiento limitado del pastel global, la repentina avidez de cientos de millones significa ni más ni menos que el empobrecimiento de quienes no eran pobres o, eso seguro, el mayor empobrecimiento de quienes lo eran ya.

Los asuntos críticos de La Tierra -la energía, el clima, los 75 millones de habitantes nuevos cada año- tiene mucho que ver con China, con India, con Rusia, y otros que, no teniendo tanto peso demográfico, quieren crecer y reproducir nuestros estándares “por familia”: dos coches, dos casas, alguna moto, microondas nuevo cada dos años, envases y plásticos, tarimas flotantes, aires acondicionados en todas las habitaciones, turismo y vuelos low cost generalizados, tres comidas variadas al día, varios ordenadores, ipods y móviles, centros comerciales. Háblele usted a Kecheng Alcántara de lo saludable de ir en bici, de la sostenibilidad, de la responsabilidad individual en los temas globales, del actuar localmente y eso: ya escucho las carcajadas nasales bajo los ojos más cerrados de lo normal por la risa ¿Ven ustedes que esto tenga buena solución… siquiera “alguna solución”?

¿Consumo sostenible en Navidad?

Tacho Rufino | 25 de diciembre de 2007 a las 22:24

El pasado domingo, Charo Fernández-Cotta entrevistaba en la contraportada de RDO (magazine dominical de los periódicos de Grupo Joly) a Curro Ferraro, profesor de Economía y presidente del Observatorio Económico de Andalucía. Sostiene Ferraro que gastamos más de la cuenta, que el “efecto riqueza” (aquel que hace que las personas incrementen su consumo por una supuesta revalorización de, por ejemplo, su casa) ha prendido en nuestra forma de consumir, que ahorramos poco y que nuestro gasto es excesivo para nuestra renta. Ese mismo día, en Mercados, Miguel Sebastián (según lo renombraron algunos malvados profetas, Miguel “Sevaostiar”), ex director de la Oficina Económica del presidente del Gobierno, se hacía la pregunta del millón: “¿Consumimos demasiado”.

Tras años en los que nuestros pilares económicos han sido la construcción y el consumo, los malos augurios y las alertas llegan tanto para la una como para el otro. La clave, una vez más, está en la sostenibilidad (o sea, en “satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades”, según defin la ONU. Sin duda, cabe aplicar la palabra mágica y transversal de la contemporaneidad a la economía y, dentro de ella, apostar por el consumo sostenible.

Una definición de “consumo sostenible“: es aquel que convive con un ahorro capaz de proporcionar a las generaciones futuras un capital productivo (o sea, los bienes que sirven para producir otros bienes o servicios) que les permita consumir mañana en los mismos niveles de hoy. ¿Complicado? Podemos verlo con un ejemplo “micro”, aplicable a su casa o la mía: nuestro consumo personal o familiar es sostenible si permite que guardemos parte de nuestra renta para generar un patrimonio que dé frutos mañana, permitiendo a nuestros hijos o a nuestra vejez mantener nuestro tren de vida.

De todas formas, sin consumo no hay economía, y quizá tampoco Navidades, no lo neguemos. No es cosa de achacar a este calentón estacional y periódico los males de nuestra inflación y los de un porvenir de cigarra. Igual que el mejor día para abandonar definitivamente la bebida no es el de resaca, no vamos a alumbrar las sombras de nuestra economía en estos días de “que no nos falte de nada”. A pasarlo bien, y a darle vida al comercio, que ahora toca.