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¿Modificados fuera? Apaga y vámonos

Tacho Rufino | 7 de noviembre de 2009 a las 21:47

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EL verdadero e improbable objetivo que ansía la mayoría de las empresas en los tiempos que corren no es la rentabilidad, es la liquidez. Disponer de dinero, en tiempos en que su sinónimo contable -tesorería- simboliza toda la resonancia de la palabra: el dinero es un tesoro, hoy más que nunca. Se trata, dicho burdamente, no ya de ingresar más dinero del que se gasta, sino de conseguir moneda, efectivo para retribuir los costes esenciales y no morir de inanición… y tirar p’alante. ¿Conocen ustedes alguna empresa cuya batalla actual no sea ésa? Ni siquiera muchos de los bancos, auténticos manijeros de la compuerta del crédito congelado, se libran de esta letal carestía financiera. Botín excusaba su responsabilidad y la de sus bancos competidores con un “daremos crédito sólo a quien lo pueda devolver”. La banca garantista española, ajena en realidad a la viabilidad de los proyectos, descubrió de pronto -¡albricias!- tal máxima, tras una decena de años en que te ofrecían crédito de una manera tan despiporrada como en la etapa inicial de la telefonía móvil, cuando te daban un celular por comprar un kilo de mortadela. De esos excesos crediticios, a esta sequía empresarial desoladora, fuente sólo de paro.

La falta de liquidez atenaza también al Estado; al central, al autonómico y al local, que no pueden por tanto acometer una política de estímulo público eficaz. El renacer del keynesianismo, abortado en origen: la llamada política fiscal (o sea, la intervención del poder público en épocas de crisis para controlar los desequilibrios, vía gasto presupuestario), no funciona por falta de liquidez presente y futura. Nuestro modesto gozo, en un pozo. Las obras públicas -señaladas por todos y asumidas por el Gobierno como el flotador más poderoso ante la inundación de la crisis- no se proyectan, no se licitan, no se contratan y, al cabo, no se realizan ni cobran ni pagan, todo ello porque no hay cómo financiarlas. El Estado carece de fondos -que prefiere destinar a políticas sociales para evitar la guerra en la calle-, las empresas no tienen recursos propios para asumir la financiación, y a los bancos ni se los espera. Supimos ayer que la Unión Europea va a pegar un tironcito de la soga que tiene alrededor del cuello uno de los sectores más cruciales de nuestra economía (y la de cualquier país): la Comisión proyecta eliminar los llamados “modificados” de obra. Apaga y vámonos.

Modificado: dícese del incremento de presupuesto de adjudicación que el contratista solicita por imprevistos y otras contingencias surgidos en el desarrollo de la obra, que suele ser aceptado por la Administración. De media, supone alrededor del 20 por ciento del presupuesto inicial, y sin él no existiría beneficio para la empresa. ¿Por qué? Porque las obras se proyectan y se licitan por debajo del coste (algunos sueños de la razón arquitectónicos, de manera desquiciada), casi sin excepción. Esto es un hecho y una práctica histórica indiscutible, y cambiarla supone un cambio radical en el planteamiento y desarrollo de una obra pública: por hacerla formalmente más presentable (se proyecta sin baja, se licita sin baja) podríamos encontrarnos con la necesidad de icnurrir en costes mayores para la Administración. En plena crisis, las empresas acuden a los concursos a sabiendas de que perderán dinero incluso con los modificados: la liquidez, no la rentabilidad, como decíamos arriba, es el cáliz místico a día de hoy, como la gasolina para Mad Max, como el agua dulce para Costner en Waterworld… alimento para no morir; del futuro no hablamos.

¿Soluciones? Hacer lo imposible y prepararse para los milagros. Las administraciones públicas deben elegir entre huir hacia delante o instalar al país en la parálisis. Y los bancos… mejor nos olvidamos de la cacareada responsabilidad social corporativa, que suelen quedarse en bonitos tomos encuadernados a todo lujo en las memorias anuales, y no queda sino forzar a las entidades a correr riesgos, y a hacer su función social. De nacionalizar, ni hablamos, porque eso es una barbaridad, ¿no es así?