Sarkozy: chiquito, pero matón
No sé qué les parece a ustedes, pero a mí Sarkozy me cae bien por cosas concretas, más allá de su adscripción pólítica: ha acometido sin tapujos la reforma de la función pública y ha combatido ciertos privilegios excesivos nada más asumir el poder; no se le cayeron los anillos al castigar la barbarie de la frustración de los banlieues inmigrantes cuando era ministro del Interior; le ha ganado la partida a dos prendas como Chirac y Villepin; dejó con la palabra en la boca a una periodista tótem estadounidense cuando la primera pregunta fue sobre su separación. Además, su aparición, muy beodo, ante la prensa en la reunión del G-8 a mí, la verdad, me hizo mucha gracia. Ahora, se pasea sin pudor ante el mundo de la mano de Carla Bruni: aparte de alabarle el gusto y de confirmar lo erótico que es el Poder, creo que su estrategia de ir a las claras es tan inusual en política como inteligente.
Ahora, Sarkozy dice que pretende eliminar la publicidad de la televisión pública francesa, compensando esos ingresos con un ajuste fiscal (o sea, una subida de impuestos sin definir). Como padre de niños pequeños que soy, me parece una medida esperanzadora e incluso necesaria. Sin entrar a comentar esa tortilla francesa atragantada con el anuncio continuo y anónimo de la disfunción eréctil a la hora de la cena familiar, hay que plantar cara y decir: abusos, los precisos.
Televisión pública de calidad y sin bombardeos selectivos: y si no, ¿a privatizar? Y a liberar fondos publicitarios para empresas que se dediquen a otros menesteres que a los de crear estados de opinión proclives al Gobierno de turno, ¿o no?


