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Y no salgan hasta que tengan la solución

Tacho Rufino | 11 de junio de 2012 a las 14:15

Nota del bloguero. Este artículo se escribió el viernes, y a pesar de que ha pasado lo que ha pasado al día siguiente, no ha perdido vigencia, creo yo.

CHRISTINE Lagarde es una mujer muy poderosa, quizá la mujer más poderosa del planeta con permiso de Hillary Clinton y Angela Merkel. La francesa es una señora de natural estiloso y atractivo de segunda lectura, y conoce bien el paño comunitario: antes de ser directora del Fondo Monetario Internacional (el organismo internacional que ejerce de bombero monetario y financiero), fue ministra de Economía de su país, con gran peso relativo en el sanedrín económico de la Unión Europea, el Ecofín. Por eso, porque sabe bien la esclerótica jaula de grillos que puede llegar a ser la UE, Lagarde ha dicho esta semana que “encerraría a los líderes europeos en una habitación hasta que salieran con un plan” para atajar la hemorragia económica -hemorragia según para quién-, política y de credibilidad que amenaza con hacer volar por los aires el euro y todo lo que en esa moneda se pretendía condensar. Encerrados, a vuestros pupitres sin moveros, a pensar hasta que entréis en razón. Un reality show con su desorden y sus chanclas, sus barbas incipientes, sus broncas y su tigre olfativo. Una versión negociadora de El ángel exterminador, la película de Buñuel en la que un grupo de adinerados, tras una cena, no pueden salir de la habitación en que están, sin motivo ni nada que se lo impida. Como náufragos en una balsa o tripulantes de un globo que pierde cota, que por cierto son tópicos habituales de técnicas de negociación en las escuelas de negocio.

Sucede que, mientras que los burgueses de Buñuel no sabían los porqués ni las posibles soluciones a su absurdo encierro, las personas que Lagarde encerraría saben lo que quieren y -quizá mejor- lo que no quieren. El problema es que las visiones de los negociadores son esencialmente distintas, y las vías de acción, contradictorias entre sí. Alemania quiere el rescate para España, el rescate y la intervención como Estado, porque es la forma más directa de gobernar España desde Berlín, con su firme fe en el equilibrio presupuestario. Una garantía de marasmo económico para años, con supuestos efectos benéficos a medio plazo. Merkel abomina de una deuda pública mutualizada o de garantía recíproca comunitaria, los eurobonos, y más aun repele esta idea -que salvaría de la asfixia a España- a los propios ciudadanos alemanes, que creen que tal recurso equivaldría a avalar a los derrochadores, empezando por usted y por mí. En el lado contrario, abrumados por los problemas que no paran de crecer, están Rajoy y su equipo. El rescate total vacía de legitimidad y utilidad a las urnas: es la entrega definitiva de la cuchara. Rajoy sobraría, asumiría el poder un Mario Monti de aquí, un cipayo técnico (por cierto, los mercados y Alemania hacen ahora muchas palmas a Monti e Italia, sin verdaderos motivos para, por contra, castigar tanto a España por activa y pasiva… ¿por qué será?).

El rescate solamente financiero, mediante la capitalización de las entidades españolas tocadas de muerte, sea vía FROB o no, asumiendo el salvador comunitario la propiedad de esos bancos en función del tamaño del flotador que lance, no sólo evita el rescate e intervención exterior, sino que encomienda la cirugía drástica de nuestro sistema financiero a Europa: mucho mejor para nosotros, no digamos para Rajoy. Pero volviendo a los intereses cruzados y conflictivos entre aquellos a los que Lagarde encerraría, no hay que olvidar que Alemania está cogiendo un músculo descomunal y una liquidez galáctica en esta crisis. El ministro de Economía francés recién llegado y el propio Juncker nos dan esperanza y cremita: “Si la banca española necesita dinero, lo tendrá”. Que los encierren a ellos también en el cuarto de Lagarde, por favor.

(Aterriza en la pantalla la portada de The Economist, siempre irónica y sugerente: de un barco de nombre “Economía mundial”, ya hundido muy por debajo de la superficie, sale una voz: “¿Por favor, podemos arrancar ya los motores, Sra. Merkel?” Siquiera intentarlo, María de los Ángeles…)

Adiós a la China barata

Tacho Rufino | 30 de abril de 2012 a las 14:34

La abuela de un amigo, tras un viaje a Jerusalén con un grupo de creyentes metiditos en edad, respondía a quienes le preguntaban por la experiencia con la misma frase: “Tierra Santa hay que ir a verla con los ojos de la fe”, lo que podría interpretarse como que se había dado un cansino atracón de pedregales y otros lugares repletos de simbolismo, pero también exigentes de imaginación, predisposición y sugestión.

Por eso, a quienes -maliciosos- te echan en cara que opines de países que no has visitado, cabe replicarles que, habiendo internet, e incluso antes de haberla, viajar a los sitios por un tiempo limitado y con un paquete turístico más bien confunde que ilustra. No digamos si el destino es un país de millones de habitantes distribuidos de forma muy poco uniforme en miles y miles de kilómetros cuadrados.

Con otros ojos de otra fe -la de las buenas publicaciones-, cabe decir que a China la conoceréis por sus obras. Es osado hablar de “los chinos” como paradigma de nada, por mucho que quien lo haga sea el exitoso presidente de Mercadona: los chinos son también cada uno de su padre y de su madre, y ni siquiera el tópico del hacendoso incansable será de recibo a medio plazo. Un servidor no planea visitar China en lo que le reste de vida, pero es pretencioso negar la existencia y la influencia de lo que más existe e influye en la Tierra. Un planeta cada vez más chino.

Esta semana, la revista The Economist -a la que tanta fe tenemos por sus obras- nos informa de que la China barata puede ser cosa del pasado casi a la voz de ya. La vertiginosa aceleración del ciclo chino hacia el primer puesto de la economía mundial y el comienzo de su declive es, en realidad, una sesuda y documentada propuesta de Shaun Rein (The End of Cheap China: Economic and Cultural Trends that will Disrupt the World).

Como esta sección da para una pincelada [este artículo fue publicado el domingo en la columna ‘El periscopio’ de los diarios Joly], démosla. La tesis del ensayo es que China no va a vender barato mucho más tiempo. Las razones hay que encontrarlas en que allí empiezan a notarse síntomas de sana decadencia: impuestos, costes crecientes por regulación medioambiental y laboral, burbujas inmobiliarias que encarecen el suelo… y crecientes salarios.

Ah, amigo: el comucapitalismo nos ha pillado con el carrito del helado. Millones, miles de millones de chinos occidentalizados tras hacer valer la productividad implacablemente dirigida y la ley de sus grandes números. El planeta peta. Quizá la locura ésa del turismo espacial sea la antesala de irse a vivir a Marte o a sitios peores de la galaxia, como en aquella película de Schwarzenegger, Desafío Total. ¿Cuestión de fe? Puede. Pero eso, Dios mediante, yo me lo voy a perder.

PIB, castración de mascotas, viagra y alopecia

Tacho Rufino | 29 de agosto de 2011 a las 18:00

Solemos medir la marcha o el éxito de las cosas por medio de indicadores. La contaminación atmosférica de la ciudad por los niveles de dióxido de nitrógeno; nuestro desempeño laboral por lo que opina nuestro jefe, nuestros clientes o nuestros iguales; el precio de la publicidad en un medio de comunicación por su audiencia; el crecimiento económico de un territorio por el porcentaje de incremento anual del PIB; el éxito del monólogo de un humorista –un ejemplo de la ley de los rendimientos marginales decrecientes: cada día son más pesados– por los decibelios y la duración de las carcajadas del público.

Hay indicadores ciertamente más creativos que éstos, aunque esto no implique mayor precisión. Por ejemplo, para medir el valor de la verdadera relación de intercambio entre dos economías se utiliza, no ya el tipo de cambio, sino la llamada Paridad de Poder Adquisitivo. Sin entrar en detalles ahora, se trata de ajustar mediante un cálculo el poder de compra en dos países en función de su nivel de vida, para compararlos de forma realista. La revista The Economist –siempre tan creativa– ideó una forma muy intuitiva y comprensible de ajustar y comparar cuánto vale un dólar en India y cuánto en Canadá: el Índice Big Mac; o sea, a partir de cuánto vale una hamburguesa de este tipo en cada país, cosa que se supone muy representativa del coste la vida respectivo (recordemos que, además, hay quien utiliza a McDonald’s para valorar cuán pacífico y seguro es un país: no hay McDonald’s en países esencialmente conflictivos… ¿qué fue primero, la gallina o el huevo?). La crisis ha traído nuevas y variopintas formas de medir el estado de una economía.
Por ejemplo, cuánto cuesta una tarifa plana de móvil en cada país. En esto, sin duda, España es el país más caro del mundo, o al menos del mundo desarrollado. Resulta sorprendente que, por ejemplo, moverse en taxi por Berlín sea mucho más barato que en Sevilla, cuando los salarios medios son claramente más altos en la capital alemana que en la muy desempleada ciudad andaluza. Pero hay otros más juguetones. Los veterinarios notan la crisis en que capan menos mascotas: que siga el gatito apestando los rincones hasta nueva orden. Algún médico de animalitos domésticos se atreve a decir que su negocio predice seis meses antes la tendencia del ciclo económico, porque los dueños de perros y gatos dejamos con esa antelación de vacunar y comprar productos más o menos chorras para los reyes de la casa. Desde el sector farmacéutico hay quien asegura que las dietas baratas a las que lleva la austeridad y el miedo causan estreñimiento, ergo se venden más supositorios de glicerina y otros desatascadores con prospecto. El sexo también tiene su filtro para valorar cómo van las cosas. Improvisemos un silogismo: 1. Se teme que la cosa vaya a peor, 2. El estrés y el temor reducen la libido, luego 3. Se venden menos condones. Cabe preguntarse si, a causa de esta caída de la tensión sexual, se compran más píldoras erectoras, pero hay que tener en cuenta que, como compensación, estas píldoras son caras y no las cubre el sistema público de salud. Todo un universo de lindas hipótesis.
Otro indicador divertido es el de la caída del cabello y la compra de productos (placebos, en tantos casos) para combatir la caída del cabello, que funciona de la misma manera que la otra caída –o dificultad de levantarse— antes mencionada. El estrés de la economía griega e italiana, de esta manera, tienen sus trasuntos en la cada vez más brillante cabeza de Papandreu y en el continuo recauchutado de los implantes de Berlusconi. Alopecia y salud económica: dos variables con comportamiento inverso. Por último, el artículo de The Economist mencionado encuentra una relación más que intensa entre la caída de la economía y la actividad económica y las búsquedas en Google de la expresión “precio del oro”. De eso hablaremos otro día.

¿70 o nada?

Tacho Rufino | 12 de abril de 2011 a las 13:35

La última portada de The Economist (70 or bust!) la protagoniza un viejo motero de unos sesentaitantos o setenta años, en perfecto estado de revista. Pretende simbolizar que la mayor esperanza de vida (aparte de las pérdidas de valor de los fondos de pensiones privados y de la incertidumbre sobre hasta dónde llegarán las arcas públicas del Estado a la hora de pagar las pensiones públicas) implica una necesaria ampliación de la vida laboral. Setenta o revienta, cabría decir alternativamente. Aquí va la portada del semanario y el último párrafo del artículo central sobre el asunto:

70 or bust

“Dos grandes riesgos amenazan a las pensiones de la gente: que los mercados a la baja mermarán su plan de pensiones privado y que los pensionistas sobrevivirán a sus ahorros. Por tanto, los gobernantes deberían animar a los trabajadores a ahorrar más, empujándolos a meterse en sistemas de pensiones a los que tendrán que rechazar más que acceder a ellos voluntariamente. Y las pensiones básicas del Estado deberían ser suficientemente altas para darle a los ancianos más desafortunados y sin ahorros unos ingresos dignos, sin penalizar a los menos previsores. Eso es lo mínimo que la gente merece a cambio de estar en el tajo hasta los 70.”

 

 

Rojo y negro, sangre y petróleo

Tacho Rufino | 2 de marzo de 2011 a las 21:03

Vean qué inquietante la portada (disculpen la calidad de la imagen) de The Economist esta semana: “Sangre y petróleo”. Intentado buscarla en Google, han aparecido otras imágenes de libre uso –affiches de películas, portadas de libros, composiciones–, y también con la  misma combinación de palabras, blood y oil. Para desengrasar y quitar hierro, abajo al final cuelgo otras combinaciones rojo y negro, mucho menos trágicas.

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MEJOR…. Marco Van Basten con la elástica del Milan, portada del Rojo y Negro de Stendhal, Sin título de Rothko.

 

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ZP: ¿a la redención por el recorte?

Tacho Rufino | 25 de enero de 2011 a las 14:40

Blair caía bien fuera mientras que en el Reino Unido el odio hacia su persona no paraba ni para de crecer; Obama tiene gran cartel fuera de sus fronteras, pero la mitad de su país es más enemigo acérrimo suyo que adversario. Los políticos con “carisma” –esa capacidad de camuflar lagartos, en demasiadas ocasiones– suelen quemarse dentro pero mantener incólume su imagen exterior. Bueno, con Berlusconi pasa justo lo contrario, pero ése es otro cantar: en Italia, tras salir a la luz pública sus orgias semanales con prostitutas y menores, el índice de popularidad del inefable Silvio… ¡sube! Pero volviendo a un mundo político más normal (?), a Zapatero le pasa en buena medida lo que a Blair u Obama: lo quieren más fuera que dentro. A los hechos me remito. La semana pasada, The Economist publicaba un reportaje sobre la mayor fortaleza reformadora que está demostrando nuestro presidente en cuestiones consideradas clave para recuperar crédito y confianza internacional, y nacional también: reforma del sistema financiero, con especial lupa sobre las cajas; recortes presupuestarios, menor dependencia de los sindicatos, reforma del sistema de pensiones, subidas de impuestos, reducción importante del gasto público, mensajes y adevertencias a las comunidades autónomas y sus déficit…

Según The Economist, Zapatero se encuentra ante una gran chance de convertir sus renuncias impopulares en una oportunidad electoral. Los sondeos son tan claros a favor del PP –que rehúye cualquier pacto nacional y sólo piensa en las urnas y la “sed de urnas de los españoles”–, que la cosa sólo puede mejorar para Zp. Según la mencionada revista, la (nueva) firmeza y la continuidad en el ajuste y la reforma podrían cambiar la imagen pública del presidente, y hacerlo aparecer en la mente y el corazón de un buen número de españoles como un estadista responsable aunque le cueste la popularidad y, teóricamente, los votos. Cuezan esos ingredientes a fuego lento durante meses, y podríamos ver a un Zp renacido cual ave fénix de sus propias cenizas. Mientras, como mono de goma, ponemos a Rubalcaba por delante: un candidato de plástico, que no irá de número uno. El número uno de la lista será Zapatero, el de la “sangre, sudor y lágrimas”. Las elecciones no son mañana, y podrían coincidir con un perceptible cambio de rumbo positivo de los ahora patéticos números de nuestra economía. No lo den por muerto.

Abajo, la significativa ilustración de The Economist, la bilbia liberal. Ojo al bíceps del esmirriado Zp:

zapatero

China, ‘to be or not to be’

Tacho Rufino | 9 de octubre de 2010 a las 13:05

mcdonald china

¿CUÁLES son los valores universales? ¿Es el derecho a llevar armas uno de ellos? ¿Lo es quizá el derecho al trabajo y a la vivienda? ¿A la sanidad y la educación gratuitas? La pena de muerte, ¿proviene de un “universal”? ¿Y la propiedad privada? ¿Son las democracias estadounidense, española, sueca, zaireña y británica iguales? Y, ¿quién puede afirmar que el modelo occidental es el mejor y sería beneficioso para el resto del mundo? ¿Conocen algún buen ejemplo de esa traslación cultural? ¿La India, Afganistán quizá? Los valores son los niños de una cultura, y las culturas son diversísimas: los valores imperantes en Wall Street en poco o nada se parecen a los de un asram en el Tíbet. Por ello hay muchos chinos -y no sólo chinos- que se hacen preguntas como ésas en el debate recurrente acerca de si China abrazará valores universales (¿o debemos decir “occidentales”?), como la Democracia. Algo de lo que parece depender, y mucho, nuestro futuro. El futuro de todos, pero particularmente el futuro de un estilo de vida que se basó en un potente crecimiento industrial tras la Segunda Guerra Mundial, con un continente europeo diezmado de población por el conflicto y, por tanto, con un divisor del ratio per cápita irrepetiblemente pequeño: varias décadas de bonanza “por barba” histórica que dieron lugar al Estado del bienestar y a la socialdemocracia. ¿Volverán esos años? ¿Para los mismos territorios? That is the question.

Esta semana The Economist propone a sus lectores ese debate (China: The Debate over universal values), y muchos de los comentarios de dichos lectores son jugosísimos. Uno de ellos dice que no es una cuestión de querer libertad, buena vida y felicidad. La clave está en cómo van a perseguir -los chinos, los indios, los árabes- esos objetivos que en principio a nadie repelen. Ellos saben bien qué no quieren del modelo occidental. Por ejemplo, unos mercados más poderosos de facto que el poder político. Por ejemplo, una inestabilidad económica tan brutal como la que padece occidente desde hace tres años, y lo que queda. Cabe preguntarse si las reformas políticas y la liberalización de los mercados internos chinos van a facilitar que China se convierta en una democracia basada en el consumo económicamente, y en la igualdad de derechos y la protección socialmente, allá por 2040. Largo me lo fiáis.

Asia acapara centralidad en el planeta. De pronto, el lunes, escuchamos a Nick Clegg, viceprimer minsitro del Reino Unido, decir “Asia es el modelo a emular“, porque “ellos son el optimismo, y nosotros la ansiedad y la incertidumbre”. Después, pronunció la retahíla de los mantras más in: recortes de pensiones, sueldos y coberturas sociales; profundos cambios estructurales, jalones o alargues fiscales ad hoc y, claro es, mucho capital humano, investigación, innovación e infraestructuras verdes. A estas necesidades las llama “catalizadores para un nuevo crecimiento”. Dios lo oiga.

Quizá convendría no intentar desechar lo nuestro con la misma emergencia con que se ansía lo de allá. Las crisis, por definición, acaban pasando, y normalmente purifican y vuelven las cosas a su sustancia natural, sin hinchazones (“saldremos de la crisis por la innovación y la reducción de costes”, afirmó anteayer en el Foro Joly Pedro Guerrero, presidente de Bankinter: con astucia y apreturas, cabe parafrasear). China, por supuesto, bombea su burbuja: la financiero-inmobiliaria está en marcha aceleradamente en las ciudades importantes. Mientras, en vez de encasquetar valores universales y el “Ser o no ser… occidental”, conformémonos con que haya muchos McDonald’s por el mundo: donde esté un burger Mac, no hay odio al occidental, y conocerán la frase: “No habrá guerra en países con MCDonald’s”. (Aquí el Big Mac index del propio The Economist.)

Y el hombre creó la vida

Tacho Rufino | 26 de mayo de 2010 a las 9:28

Me ha impactado mucho la última portada de The Economist, de 20 de mayo. Jugando con el Dios de los frescos de la Capilla Sixtina, simboliza con ironía el reciente anuncio de que el hombre es ya capaz de realizar uno de los sueños (y de las pesadillas) más recurrentes de la mente humana: crear vida artificial. Véanla:

and man made life

¿Magnate y cómico al mismo tiempo?

Tacho Rufino | 15 de febrero de 2010 a las 18:39

(Publicado ayer domingo en “El Periscopio”, diarios Grupo Joly)
PARA nosotros, la expresión “palomo cojo” tiene un sentido bien distinto a “pato cojo” en inglés: mientras que nuestro palomo incapaz de pisar supone una expresión tirando a homófoba, para ellos un pato cojo es un incapaz, pero en el sentido de “caso perdido”. Esta semana, The Economist dedica a España un artículo titulado “El follón oscurece el mensaje” en el que, aunque se nos desmarca de los máximos patos cojos de la UE (Grecia y Letonia), se dice que somos “la única economía grande desarrollada todavía en recesión”. Tanto el semanario británico como otras publicaciones extranjeras señalan a los sindicatos como auténticos lastres para desarrollar política económica de emergencia alguna: es imposible tener contentos a sindicatos y mercados de deuda al mismo tiempo. Más o menos como le decía en itañolo un ínclito personaje de la jet romana, el malagueño Juan Manuel Jiménez, a la mujer de uno de los más poderosos y opulentos joyeros italianos, decidida a llenar su tiempo con el teatro: “Non si può cotizzare in Borsa e fare la teatra”.

Dado por cierto que España está en el ojo del huracán de nuestros socios de referencia y que seguir estando en la pandilla comunitaria y en el euro nos supondrá contrapartidas en forma de sacrificios y reformas, la dependencia del Gobierno de Zapatero de los sindicatos y el miedo cerval del presidente a una huelga general se ve desde fuera como problema principal. Jason Webb, de Reuters, afirmaba el lunes que no sólo no es posible seguir contentado a todo el mundo, sino que Zapatero ha conseguido cabrear a los sindicatos sin convencer a los inversores de que la deuda española es segura. Con un 20% de paro, le resulta a Webs difícil de creer que el gasto público va a reducirse hasta el punto de que comprar bonos y obligaciones del Reino de España sea seguro para el inversor y, además, no le cueste demasiado al Estado en unos intereses superiores a los que pagan otros estados más robustos.

No obstante, el viernes las noticias daban cuenta de la diligencia -no reconozcamos sólo lo malo, no seamos tan españoles- con que nuestro gobernantes están procediendo (ahora). El Ministerio de Fomento, el más afectado, reducirá un 20 por ciento su presupuesto: José Blanco, siempre a la orden. Es cierto que de donde más hay es donde más se puede reducir, pero es triste para un país tener que menguar su capacidad inversora precisamente donde se encuentra el motor del empleo más directo. O sea, debemos soltar lastre y reducir nuestra capacidad productiva, porque nada menos que 500 millones de euros se dejarán de invertir el año próximo en infraestructuras públicas. No son buenas noticias, pero mucho peor sería seguir dando brochazos de maquillaje en una cara demasiado ajada ya.

(Abajo, foto de Hugh Hefner, dueño de Playboy, un magnate muy gracioso)

hugh hefner

Marinaleda News

Tacho Rufino | 29 de mayo de 2009 a las 16:33

COSAS veredes, Sancho, que harán temblar las paredes”, decía Don Quijote a su básico escudero. Hace unos días dimos cuenta en estas páginas de cómo envainó la espada la publicación semanal liberal por antonomasia. Francia, según testimoniaba el artículo, se bandeaba mejor en la crisis que los estandartes del laissez faire económico; Estados Unidos y, sobre todo, Gran Bretaña. La revista sin firmas reconocía lo que nunca antes había reconocido: en momentos de turbación funciona mejor el Estado que el no-Estado. (Casi simultáneamente los datos de desplome del PIB francés -el mayor de su historia reciente- enfriaban la alabanza que, a decir verdad, The Economist rebajaba al afirmar algo así como: “ya veremos cuando lo peor pase, entonces volverán a ser un monstruo lento, pesado y poco competitivo”. Genio y figura.)

Una semana después, nos encontramos con que otro oráculo liberal, el New York Times, publica un reportaje que, sencillamente, sería periodismo-ficción hace sólo dos añitos. El diario de la familia Sulzberger reportajea nada menos que al núcleo duro de la praxis comunista en nuestro país, la Marinaleda de Sánchez Gordillo. Un alcalde que da mítines semanales por la televisión local, ataviado con pañuelo palestino y bajo la “querida presencia” -que cantaba Carlos Puebla- del comandante Che Guevara, en forma de retrato presidencial. Un alcalde que recibe un aluvión masivo de votos cada cuatro años, y que garantiza vivienda sin hipoteca y pleno empleo vía economía cooperativa. Un demonio revolucionario que afirma para el NYT lo mismo que decía The Economist, aunque con otras palabras: “Antes era un pecado mortal hablar de que el Gobierno jugaba un papel en la economía. Ahora vemos que tenemos que poner a la economía al servicio del hombre”. Eso lo firmaría Benjamín Franklin. Y cada vez más gente. El periódico neoyorquino, sin embargo, da la de arena: “Los críticos de Gordillo dicen que lo que ha repartido el alcalde vitalicio es miseria más que crear riqueza. Con el fomento de una agricultura de baja productividad ha generado un voto y una fuerza de trabajo cautivos”. La expropiación de las tierras del Duque del Infantado, la necesidad de parar la avalancha de peticiones de casas por parte de habitantes de pueblos cercanos, como Écija, o el dinero que Marinaleda cuesta a la Junta también son señalados como pasivos de este oasis comunista… Oasis en tiempos de empobrecimiento. Pero el tono general del sorprendente artículo es descaradamente laudatorio hacia el “caso Marinaleda”. Da que pensar.

Obama practica lo que un american republican calificaría de comunismo: nacionalizar la banca de facto, inyectar dinero público en los sectores en crisis, exigiendo propiedad pública a cambio, aunque sea transitoriamente. Un rojazo. La izquierda clásica -no la nominal- no era el coco; era lógica. El coco era un lobo, un lobo que podía ser tal para los demás en forma de tiburón o intermediario financiero sin escrúpulos. Tutelar la necesaria ambición privada por prosperar es simplemente necesario, y a las pruebas nos remitimos. ¿Lo olvidaremos en nuevo subidón del ciclo, que esperamos llegue a producirse?