Archivos para el tag ‘troika’

Hasta el fondo

Tacho Rufino | 10 de junio de 2013 a las 21:55

EL Fondo Monetario Internacional es un organismo planetario que, dicho en corto, tiene como objetivo que los intercambios comerciales sean fecundos y estables, pero también tiene como fin fundacional “hacer retroceder la pobreza”. No está claro que esto último sea muy prioritario a tenor de algunos resultados de sus intervenciones. Esta semana hemos asistido a algo insólito: el Fondo ha entonado el mea culpa por su acción coordinada con la Comisión Europea y el BCE en Grecia: “No previmos los efectos devastadores de nuestra intervención y las medidas impuestas a cambio del rescate a Grecia”, han venido a decir en un informe. ¿En qué pensaron, entonces?, se pregunta uno. El FMI ha hecho examen de conciencia y se ha dolido de sus pecados, concedamos que ha hecho propósito de la enmienda y que ha contado sus pecados a un confesor, la opinión pública. El último requisito de la buena confesión -cumplir la penitencia- no ha sido satisfecho. A modo de penitencia, una buena compensación económica al pueblo griego no estaría nada mal, y no se me rían. Que los gobernantes y no pocos habitantes de Grecia hayan gestionado mal y pirateado mucho a costa del erario público parece un hecho incontrovertible. Pero esto no quita que el castigo haya sido desproporcionado y sus consecuencias, perversas.

Como un hombre que se entera de que su amante ha confesado la infidelidad a su marido sin consultarle a él, la Comisión Europea se ha apresurado a declarar que ve “erróneas e infundadas” las críticas del FMI. Suaviza su sorpresa y rechazo con un pañito caliente, con una coartadilla: “Este es un proceso de aprendizaje. Por supuesto, a posteriori, con la experiencia de tres años y medio, podemos volver atrás y examinar qué podría haberse hecho de forma distinta en un mundo ideal”. Alivia que la troika no sea tan rocosa y monocorde, reconforta la disidencia, aunque provenga de una institución cuyas erráticas previsiones económicas transpiren ideología y tengan una alta capacidad de hacer daño a las personas. Ahora, el Fondo reconoce sutilmente haber metido la pata hasta el fondo con Grecia! aunque centra su error en el incremento de impuestos a que forzaron a los griegos.  Y de paso, una entidad de alma yanqui le da una patada en la espinilla al germanismo que tanta caña da afuera, pero que se pone manirroto como cualquiera cuando llegan las elecciones nacionales. Lo mismo que a Grecia hubiera sucedido con España: una condena a ser un satélite pobretón. De repente, un aliado. Y uno muy sorprendente. Bienvenida la autocrítica, por mucho que las advertencias sobre los excesos en el calibre y el ritmo de los recortes fueron muchas. Es una buena noticia, en el fondo.

Nadie, ni Chipre, es hoy poca cosa

Tacho Rufino | 25 de marzo de 2013 a las 12:18

COMO usted, yo sabía de Chipre hasta la semana pasada lo mismo que de Siria hasta hace un año: poco; y nada relevante. De allí no podía llegar aquí nada malo. Confieso que daba por cierto que en su bandera había un ciprés; “por eso se llama Chipre”, aventuraba. En realidad, su nombre viene de cobre en latín, cuprum, metal del que hubo allí en abundancia, al parecer. Hoy ese cobre, la moneda, está sometido a una zozobra brutal que amenaza la vida del Estado chipriota y de sus personas. Y salpica muy directamente a un buen montón de rusos que tienen allí sus dineros con gabardina y gafas de sol: más de 20.000 millones de euros en depósitos, la quinta parte de todos los depósitos vivos en bancos chipriotas… y el doble del rescate que el Eurogrupo iba a concederle antes de que los trastos volaran. Porque conviene hacer notar que Chipre es un paraíso fiscal, más o menos como lo es Luxemburgo: paraisillo fiscal, de los que lo son pero por lo bajini.

Sin embargo, el enmarañamiento de las relaciones económicas, particularmente en Europa, y la rapidez de acceso a los datos y a las novedades hace que esta semana todos seamos un poco más chipriotas. Y podemos pensar en Chipre, opinar sobre Chipre: el miedo a ser contagiados por la implosión y posterior explosión económica de esta isla con menos habitantes que la provincia de Cádiz nos ha hecho, no ya documentarnos sobre las glorias chipriotas, sino por su economía y su capacidad de emporcar a toda la Unión Europea y hasta al universo mundo: quizá el detonante del estallido final del engendro que está resultando ser la Unión Europea en su historia más reciente sea esta isla mediterránea. Hace ahora una semana hemos saboreado un miedo renovado al saber de la bancarrota de sus bancos, del lacerante castigo al ahorro de las personas urgido por Alemania et alii a cambio de un rescate comunitario, de la insurrección de muchos de sus habitantes, de la geopolítica en estado puro, o sea, de la nueva guerra Alemania-Rusia. Una guerra algo más que financiera. Hemos conocido de primera mano y continuamente negociaciones, análisis, opiniones de analistas exteriores y de analistas de a pie de Nicosia, de habitantes sorprendidos, apurados, asustados, indignados, rebelados.

El domingo pasado, Santiago Carbó titulaba un artículo de urgencia en la página 2 de El País así: “Experimento con gaseosa chipriota”, pero en realidad la gaseosa estaba cargada con trinitotolueno, como de hecho avisaba Carbó: la decisión del núcleo duro comunitario de usurpar parte del ahorro de la gente a cambio del rescate era un experimento, como mínimo, raro, y con enormes riesgos de efecto dominó fuera del país rescatado. La viva imagen de los riesgos de la globalización; tan financiera, tan promiscua y de casi imposible trazabilidad. En estos momentos que esto se escribe, jueves, el Eurogrupo está tomando una decisión para desbloquear el rescate. A nadie le interesa el petardazo, creo, ni a los halcones dolientes y crueles que conforman un porcentaje de los alemanes. No creo que la decisión hoy sea más que una patada a seguir, y arriesgo no retocar este texto al acabarlo. [Esto se escribió el jueves 21 de marzo]

¿Y a España, qué le puede pasar? Gracias a un más que notable trabajo de dos años de Guindos para no entregar las llaves del país, de momento, nos ha llegado la marea y ha hecho un daño limitado sobre la prima de riesgo. España ha podido refinanciarse con cierta holgura; eso sí, con un sobretipo que los inversores no han dejado pasar. A España esta convulsión le sobra. No nos vayan a aguar la recuperación que hace dos meses pronosticó Botín para final de año, que repronosticó González de BBVA hace una semana, y que ha reque pronosticado Alierta de Telefónica esta semana. Yo, en esto, creo a los tres mosqueteros.

La esperanza en la recesión alemana

Tacho Rufino | 25 de agosto de 2012 a las 19:43

SI le dieran a elegir, ¿qué preferiría usted, ser rescatado o ser intervenido? El rescate es sin duda más romántico y estimulante, es redentor: a quién no le gusta ser liberado y poder respirar al fin, aunque sea por poco tiempo. La intervención, por su parte, es el duro que no se da a cuatro pesetas, es el precio a pagar por el rescate, de cualquier tipo de rescate: amoroso, bélico o financiero. Tras el rescate viene la intervención: eres mío y para mí; tus territorios son nuestros territorios ya; deberás hacer la política económica que yo te diga. La “condicionalidad macroeconómica”, que le hemos dado en llamar, o sea: recorta gastos, olvídate de las inversiones, reduce lo público sin pausa, eleva impuestos, reforma el sistema financiero ese tan peligroso que tienes, reorganiza el poliedro territorial y competencial ese tan sui géneris tuyo. Son precisamente estas dos últimas condicionalidades -el sistema financiero y el Estado autonómico en su versión actual- las nuevas urgencias de la santísima troika, una y trina. Es comprensible: nuestra rutilante banca -véase, mayormente, cajas- era un bluff, y el déficit autonómico es en su conjunto grande, resistente y difícil de coordinar: Guindos negocia fuera de España, y le toca a Montoro negociar dentro. ¿Qué papel preferiría usted? ¿O prefiere muerte, como el del chiste? A este respecto, por cierto, el sector erre-que-erre de la opinión económica sigue reclamando nuevas y siempre urgentes medidas de ajuste, hoy otras nuevas y distintas de las de ayer, a pesar de que las de ayer no han hecho de momento más que daño a la economía y las personas. Cuánto dolor es necesario infligir a cambio de un mejor e indefinido futuro es el gran sofisma español contemporáneo.


El rescate de España es un hecho; la intervención, también. Le llamamos ayuda, rescate parcial, financiero o suave; decimos supervisión en vez de intervención. Pero la realidad es que España hace tiempo que es cualquier cosa menos soberana en política económica. De tal forma que cuando el presidente dice este verano que “lo último que tocaría son las pensiones”, hay que contar con la reducción de éstas en el plazo de un año al máximo. Más tarde es demasiado tarde para la troika, y demasiado cerca de las próximas elecciones para el partido en el Gobierno. La llave y el grifo son, de fachada, cosa del BCE, que es una institución técnica, fría y liderada por un tecnócrata implacable, sabedor de cuál es su jerarquía hacia arriba y hacia abajo, un Mario Draghi nada de fiar desde una perspectiva española (el verdadero halcón de la austeridad en la sombra, firme partidario de que España pida ser rescatada e intervenida al estilo griego, irlandés y portugués, y contrario a la compra de deuda por parte del BCE como recurso ante el castigo inversor a España; el adalid del pánico alemán a la inflación es el presidente del Bundesbank, Jens Weidmann: él es más poderoso que Draghi en este contexto). Si es el FEEF quien aflojará la mosca, si lo hará su sucesor el MEDE, si el BCE compra deuda española “sin límite” mientras que estos fondos de rescate -lo que son-se aprueban y los próximos rescates españoles -que lo son- son aprobados parlamentariamente en Alemania, son distintos cómos de un qué esencial: sólo cabe apretar los dientes mientras estemos en el euro. ¿O alguien tiene alguna alternativa? No es muy alentador, pero la única tabla de salvación para la degradación socioeconómica española es que Alemania entre en recesión, y el miedo a la inflación se vea superado por la necesidad de mantener la política monetaria de bajísimos tipos y, como piden cada vez más voces, una política fiscal expansiva comunitaria. Un frío que duela a Alemania, como el del invierno ruso en la Segunda Guerra Mundial. Y disculpen el símil.

Veinticinco horas con Mario

Tacho Rufino | 8 de mayo de 2012 a las 11:58

(Publicado en Joly el sábado 5/5/2012)

 

TIENE un aire a Peter Sellers, pero su nariz aguileña canta su etnia italiana judía, y queda descartado que sea un patoso capaz de dinamitar un guateque como Sellers haciendo el indio –en todos los sentidos– en aquella memorable película. Lo suyo no es dinamitar, o al menos no directamente. Como su propio apellido indica, Mario es un dragón, un dragón tecnócrata y con buen aliento; aunque potencialmente letal, él es fino y cortesano, sin duda demasiado listo como para defraudar a Alemania. Mario Draghi tiene un cargo esencial en el grupo de poder que lleva a España como meretriz por rastrojo. El Banco Central Europeo que dirige es pieza clave del trío que pone los deberes, amenaza o da palmaditas en la espalda a la política de hechos consumados y reformas cada viernes que practica nuestro Gobierno. La forzada extracción de conejos de la chistera -es decir, sin un plan ni programa conocido, e incluso en contra de lo prometido- se impuso a España desde el exterior desde que Angela Merkel, con Nicolas Sarkozy de palmero, llamó a consultas a Zapatero en mayo de 2010. De vuelta a casa –ya sin cuchara, honra ni futuro– el anterior presidente redujo y congeló los salarios de los funcionarios, congeló también las pensiones y eliminó el cheque-bebé, entre otras medidas de una austeridad que ha señoreado como único principio político. Una dinámica insostenible que, eureka, ya se ve como algo que, sin un Plan Marshall redivivo que lo acompañe, nos llevaba a todos al hoyo. Y a España la primera (o la cuarta, según se mire).

Esta semana, Draghi ha estado aquí, presidiendo un consejo de gobierno del Banco Central Europeo en Barcelona. También en España esta semana, el ministro económico alemán, Wolfgang Schaüble, ha estado muy cariñoso y ha bendecido las “valientes” e “impresionantes” andanadas de medidas de Rajoy, las vírgenes que ofrecemos en sacrificio a un Minotauro permanentemente insatisfecho. Aunque en realidad son cuatro sus miembros, la triada funciona grosso modo así: Alemania urge a reducir el gasto público porque su pánico histórico al déficit y a la inflación no le deja pensar más que lineal y monocordemente; el FMI urgiendo también a lo mismo, aunque el Fondo es cada vez menos obcecado, y pronuncia ya sin miedo la palabra crecimiento como necesidad tan grande como la de la austeridad; la tercera pata son los opacos inversores globales, que no por invisibles dejan de ser los más coherentes -y letales- del lobby político-financiero que tiene a España cogida por el arco. Son los que castigan o premian. El BCE es el recurso final para evitar estar absolutamente en manos de los inversores –llamados mercados. El BCE, con Draghi de manijero, es la válvula de escape a las presiones recurrentes sobre nuestra deuda. Pero Draghi nos alivia sólo intermitentemente; ahora sí, ahora no. El BCE, dice solemne cuando conviene, no se dedica a salvar a nadie de las garras de nadie. No vaya a ser que nos relajemos y dejemos de ofrecerle vírgenes al Minotauro en su laberinto. Una conjura tácita en parte, un castigo merecido en parte.

Suponemos que Draghi irá a cenar con frecuencia con su hijo Giaccomo a Londres, donde júnior es máximo ejecutivo de tipos de interés en Morgan Stanley (yo no digo nada). Esta noche de jueves, sin embargo, cena con Manriano Rajoy, alargando una horita las 24 que Draghi ha pasado entre nosotros. Antes, con su ex compañero de Goldman Sachs De Guindos, habrá recordado los tiempos en que enseñaron al Gobierno griego a hacer contabilidad creativa pública. Draghi es un símbolo de los tiempos: un técnico con gran capacidad metamórfica, un ejecutivo multipurpose. ¡Cuidado, Mariano, tú habla poco! ¡En gallego, Mariano!

(Me entero en este momento de que el consejero de Economía andaluz, Recio, ha tuiteado el discurso programático de Griñán a Krugman y a Hollande. Qué contraproducente oportunidad. “Tú eres de los nuestros, Paul, de siempre, y tú más, François!”. No hay manera. Qué nos gusta una pandilla y su rival.)

Trato y truco: el griego la da por la espalda

Tacho Rufino | 2 de noviembre de 2011 a las 15:17

En el martes metido a domingo de ayer, mientras sudaba los excesos de baja intensidad del puente –trabajé el lunes, conste, dando varias clases a no más de cinco abnegados alumnos–, la tele frente a la cinta de correr informaba del trile de Papandreu a sus socios comunitarios. Entre la recurrencia a la situación griega, y dado que era el Día de los Difuntos, los subtítulos del solonoticias informaban de que cada día se venden menos flores en el cementerio. La causa no es que la gente no se levante a tiempo de ir a visitar las tumbas de sus familiares desaparecidos, presa de una resaca del coñazo de Halloween que todo lo puede. No. La causa es, cómo no, la crisis: la penuria real o el miedo a la que está por venir. Las familias –y es de suponer que los propios fallecidos cuando estaban en vida— prefieren ahora incinerar a sus muertos antes que enterrarlos de la forma tradicional, es más barato. Pues bien, sería la fatiga mental que acarrea el ejercicio aeróbico, pero una pirueta triangular de mi cabeza me llevó a poner esta opción funeraria en conexión con aquella alternativa que daban los romanos a los judíos que iban a morir en La Vida de Bryan: “Crucifixion?”, “Yes!”. De ahí, la tele –y mi enfebrecida cabeza– va a Grecia de nuevo, cuyo Gobierno no sabe qué forma de morir prefiere: si sufriendo lentamente una purgación programada –que quizá no acabe en muerte– recetada por la troika (FMI, UE, BCE), o lanzándose directamente por un barranco si en el referéndum con que amenaza Papandreu resulta que los griegos deciden –muy democráticamente, hombre, por Dios— que rechazan el plan que tanto ha costado acordar. Un plan en el que los principales socios comunitarios afectados han echado el resto, hasta condonar un 50% de la deuda pública helena en manos de inversores privados (bancos alemanes, en gran medida). ¿Cómo puede acordar el representante más cualificado de un Estado un trato, y a los dos días, cuando la calma –ruinosa calma, pero calma a la postre—había vuelto a los mercados y los espíritus, descolgarse con que esto lo tienen que decidir “mis ciudadanos” en referéndum? Eso es tomar el nombre de la democracia en vano, eso es trampa. Si hubiera convocado referéndum hace año y medio, estupendo, eso sí es una consulta pertinente ante un asunto de máximo interés nacional. Vestido de fantasmita, “¿Truco o trato?”, dice Papandreu  (mejor “Trato… y truco”), llamando a las puertas de sus acreedores, como si fuera un niño español, halloweener de toda la vida como las mías. Puñaladita por la espalda… o quizá sólo farol. Esperemos acontecimientos.