Archivos para el tag ‘Unión Europea’

Nada más lindo que la familia unida

Tacho Rufino | 17 de diciembre de 2012 a las 13:55

EUROPA se parece a una gran familia con muchos herederos que tienen intereses distintos. Los miembros tienen un negocio compartido, que en el caso comunitario es, más allá de unos mercados y una regulación comunes, el euro. Pero las visiones de cómo gestionar ese bien común son distintas, si no abiertamente contrapuestas. Por ejemplo, los intereses de Finlandia no es que no tengan que ver con los de Portugal, es que probablemente sean contrarios. Igual cabe decir sobre Alemania frente a España. El verso suelto, el Reino Unido, tiene su empresita propia -la City financiera de Londres, que vive en buena parte de la empresa matriz- y no tiene acciones en el negocio del euro: va por libre, pero permanentemente haciendo de pepitogrillo sobre lo burocráticos, lo antiguos y lo distintos de él que son sus 24 familiares del continente, y exigiendo protección a sus intereses; lo demás le importa poco o nada. Alemania es el heredero que gobierna el patrimonio a heredar, y hace y deshace a su gusto con mayor o menor finura, arrimando siempre el ascua a su sardina con la ayuda de parientes que más bien son lacayos, contentados por el macho de la vara –Alemania, como decimos– con migajas y con la inútil sensación de seguridad que al endeble le proporciona el poder del dominante, poder que a su vez ellos sustentan. Una jaula de grillos con las antenas requemadas. El euro fue un amor que, como tantos otros, se acabó convirtiendo en una condena. Aunque no en igual medida para todos, no.

La Europa unida política y económicamente tendrá o no tendrá futuro, pero no tiene presente ninguno. Con la actual estructura de relaciones es insostenible. Para colmo, el gamberrillo refinado, creativo y vividor de la familia reclama de repente su visibilidad y cuota perdida en la gestión del cotarro compartido… o quizá acabe yéndose y reventando el invento. No el cipayo técnico llamado Monti, sino el país, Italia, ese otro verso suelto, comienza a mostrar síntomas de hartazgo infinito con el manejo que en su propia casa ejerce el núcleo duro de la familia. Italia no es cualquiera: puede hacer un enorme daño a los demás, y siempre ha sabido caminar sola. Con más razón que un santo, Berlusconi -quizá descontado, seguramente impresentable y hasta delincuente, pero un premier electo una vez tras otra- ha dicho esta semana que la prima de riesgo es una estafa. Un engaño que pocos atrincherados perpetran contra muchos desprotegidos. Un timo vestido de racionalidad del mercado. Todas las criaturas llevan dentro una perversión oculta: la prima de riesgo es un concepto técnico razonable, pero es a la postre una forma de destrucción de territorios que tiene como fin último apropiarse de los mejores activos de dichos territorios.

Esta semana, la familia ha acordado controlar más y mejor a la banca, en la enésima reunión versallesca que aquilata las relaciones desiguales. ¿Toda la banca? No. El acuerdo evita importunar los recovecos más oscuros de la banca alemana (que fue tan golfa e irresponsable como la que más). Con el objetivo de calmar al minotauro de los mercados financieros, la Europa germánica –y todos tras ella, marcando el paso– sigue obsesionada con una política de austeridad que está diezmando la demanda hasta niveles que impiden cualquier perspectiva de crecimiento económico y, consecuentemente, manda sucesivas oleadas al paro o al infraempleo. Una epidemia de pobreza está en curso. Pero no es que no haya dinero, es que está concentradísimo: la brecha de rentas -muy pocos extraordinariamente ricos; la gran mayoría sin poder pagar los bienes y servicios acostumbrados- es la principal bomba de relojería. La brutal desigualdad que se acelera también vertiginosamente tiene que ver con la patente de corso que se otorgó a la banca, y en el cada vez más reducido número de fortunas galácticas están, sobre todo, los intereses de la alta finanza. La familia, en tanto, parece no querer darse por enterada. Por qué será.

Y no salgan hasta que tengan la solución

Tacho Rufino | 11 de junio de 2012 a las 14:15

Nota del bloguero. Este artículo se escribió el viernes, y a pesar de que ha pasado lo que ha pasado al día siguiente, no ha perdido vigencia, creo yo.

CHRISTINE Lagarde es una mujer muy poderosa, quizá la mujer más poderosa del planeta con permiso de Hillary Clinton y Angela Merkel. La francesa es una señora de natural estiloso y atractivo de segunda lectura, y conoce bien el paño comunitario: antes de ser directora del Fondo Monetario Internacional (el organismo internacional que ejerce de bombero monetario y financiero), fue ministra de Economía de su país, con gran peso relativo en el sanedrín económico de la Unión Europea, el Ecofín. Por eso, porque sabe bien la esclerótica jaula de grillos que puede llegar a ser la UE, Lagarde ha dicho esta semana que “encerraría a los líderes europeos en una habitación hasta que salieran con un plan” para atajar la hemorragia económica -hemorragia según para quién-, política y de credibilidad que amenaza con hacer volar por los aires el euro y todo lo que en esa moneda se pretendía condensar. Encerrados, a vuestros pupitres sin moveros, a pensar hasta que entréis en razón. Un reality show con su desorden y sus chanclas, sus barbas incipientes, sus broncas y su tigre olfativo. Una versión negociadora de El ángel exterminador, la película de Buñuel en la que un grupo de adinerados, tras una cena, no pueden salir de la habitación en que están, sin motivo ni nada que se lo impida. Como náufragos en una balsa o tripulantes de un globo que pierde cota, que por cierto son tópicos habituales de técnicas de negociación en las escuelas de negocio.

Sucede que, mientras que los burgueses de Buñuel no sabían los porqués ni las posibles soluciones a su absurdo encierro, las personas que Lagarde encerraría saben lo que quieren y -quizá mejor- lo que no quieren. El problema es que las visiones de los negociadores son esencialmente distintas, y las vías de acción, contradictorias entre sí. Alemania quiere el rescate para España, el rescate y la intervención como Estado, porque es la forma más directa de gobernar España desde Berlín, con su firme fe en el equilibrio presupuestario. Una garantía de marasmo económico para años, con supuestos efectos benéficos a medio plazo. Merkel abomina de una deuda pública mutualizada o de garantía recíproca comunitaria, los eurobonos, y más aun repele esta idea -que salvaría de la asfixia a España- a los propios ciudadanos alemanes, que creen que tal recurso equivaldría a avalar a los derrochadores, empezando por usted y por mí. En el lado contrario, abrumados por los problemas que no paran de crecer, están Rajoy y su equipo. El rescate total vacía de legitimidad y utilidad a las urnas: es la entrega definitiva de la cuchara. Rajoy sobraría, asumiría el poder un Mario Monti de aquí, un cipayo técnico (por cierto, los mercados y Alemania hacen ahora muchas palmas a Monti e Italia, sin verdaderos motivos para, por contra, castigar tanto a España por activa y pasiva… ¿por qué será?).

El rescate solamente financiero, mediante la capitalización de las entidades españolas tocadas de muerte, sea vía FROB o no, asumiendo el salvador comunitario la propiedad de esos bancos en función del tamaño del flotador que lance, no sólo evita el rescate e intervención exterior, sino que encomienda la cirugía drástica de nuestro sistema financiero a Europa: mucho mejor para nosotros, no digamos para Rajoy. Pero volviendo a los intereses cruzados y conflictivos entre aquellos a los que Lagarde encerraría, no hay que olvidar que Alemania está cogiendo un músculo descomunal y una liquidez galáctica en esta crisis. El ministro de Economía francés recién llegado y el propio Juncker nos dan esperanza y cremita: “Si la banca española necesita dinero, lo tendrá”. Que los encierren a ellos también en el cuarto de Lagarde, por favor.

(Aterriza en la pantalla la portada de The Economist, siempre irónica y sugerente: de un barco de nombre “Economía mundial”, ya hundido muy por debajo de la superficie, sale una voz: “¿Por favor, podemos arrancar ya los motores, Sra. Merkel?” Siquiera intentarlo, María de los Ángeles…)

Economía-ficción hecha realidad

Tacho Rufino | 25 de septiembre de 2011 a las 19:04

EN los cursillos de socorrismo, se advierte que una persona presa del pánico intentará arrastrar a su salvador al fondo con ella por puro instinto de supervivencia. Debe el socorrista manejar la situación y evitar por todos los medios ser agarrado, e incluso abofeteará al accidentado si es necesario. Análoga y metafóricamente, en las llamadas dinámicas de grupo suele plantearse una situación en la que los participantes están en una barca que se hunde, y urge tomar decisiones para no morir todos. No pocas herencias y negocios familiares, en fin, se han volatilizado por la cortedad de miras de algunos de los herederos, que interiorizaron en sus corazones aquello de que “en la bicicleta me monto yo desde pequeño, luego la bicicleta es mía”, y acaban por provocar la mala venta de los bienes comunes o la ruina del negocio de todos. El que se ahoga es Grecia, y su troika de socorristas la forman el BCE, la UE y el FMI; los tripulantes de la barca son los miembros de la Eurozona, con Merkel y Sarkozy alternándose al timón y coordinando el achique de aguas; el negocio familiar es la Unión Europea y su gran empresa, el euro.

Grecia está siendo abofeteada, sin más criterio que el de forzarla a la anorexia para esperar -no se sabe cómo ni cuándo- que resurja de sus cenizas y pague sus deudas. Se la obliga no ya por su condición de hija pródiga derrochadora y pícara, sino porque pone en riesgo la joya más preciada de la corona, el euro, y su bancarrota puede acabar de noquear al sistema bancario europeo. Contagiada por el pánico, la banca no ejerce su función crediticia en los países más afectados por los ataques a la deuda soberana (y la cosa no va a quedar ahí: la crisis bancaria es claramente vírica). Éste es un cuadro bastante completo del problema esencial de la Unión Europea, de su disparidad de intereses, sus brechas de prosperidad crecientes y sus dudosas cuentas cruzadas. La situación de Alemania y Holanda poco tiene que ver con la de España e Italia, y la de éstas dos con la de Grecia. Pero aquí, de momento, vamos todos en el mismo barco.

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Esta semana, Financial Times -un medio nada eurista- ilustra por boca de Martin Wolf y con tino los problemas de la jaula de grillos de la Eurozona. Según el diario británico, los europeos compramos un puzle hace 20 años, y lo hemos ido ensamblando desde finales de los 90. Ahora, algunos -no sólo los alemanes- no quieren parientes pobres ni enfermos. Se arrepienten de haber montado el tinglado, y andan desmemoriados con las cosas buenas que tuvo el matrimonio múltiple comunitario: suele pasar, es natural. Quieren desmontar el puzle, pero no pueden hacerlo sin romper las piezas, incluidas sus piezas. El resto del mundo mira con congoja a Europa, y teme que una nueva y fatal oleada de crisis de deuda soberana y -sobre todo- una crisis bancaria de alta intensidad les afecte. Estados Unidos -el pariente emigrante que hizo fortuna, ya algo decadente aunque aún rumboso- se digna por una vez a visitarnos sin vernos como un museo antropológico viviente, y nos da consejos para salir de ésta. Nos dice justo lo contrario de lo que los fuertes de aquí recomiendan: “Estímulos fiscales necesitáis”, dice el yanqui. “Austeridad hasta la muerte”, replica Alemania. Y se vuelve a América, no sabemos bien si encogiéndose de hombros o con el rabo entre las piernas: “Están locos estos germanos… y todos los demás”.

La tragedia griega sería paneuropea por contagio, e incluiría sucesos de economía-ficción tales como la retirada masiva de depósitos bancarios y la venta masiva final de deuda soberana de un buen número de países. La desintegración del mercado de capitales europeo en empobrecidos mercados nacionales estaría servida. Como esto es desastroso, hay que evitarlo. No hay solución sin cirugía y convalecencia, y no valen soluciones parciales o locales. Nouriel Roubini apuesta por la suspensión de pagos griega y su salida del euro. Lo primero es razonable, lo segundo es sumamente complicado, legalmente incluso. Porque cabe preguntarse, ¿y después de Grecia, qué? O mejor, ¿quién? Para mantener al bañista, a la barca y a la empresa familiar a flote parece más razonable perdonar deuda y hacer frente común ante los de la (también) aterrada familia Mercados que empezar a sacrificar y desheredar a hermanos.

El ‘Gran Germano’ y sus vampiros periféricos

Tacho Rufino | 14 de agosto de 2011 a las 12:39

LOS asesores económicos de los partidos alemanes lo tienen claro: lo rentable electoralmente es proponer que la política presupuestaria de cualquier país europeo en apuros la lleve Alemania. O expulsar al díscolo del club. No los obreros o los taxistas, sino que son los sesudos asesores de cualquier signo quienes han instalado la certeza del vampirismo periférico en la opinión pública alemana: las gafas rentables de ver la verdad simple y sin matiz. Si Grecia está en la ruina, la garantía de recuperar los créditos por parte de su principal acreedor -Alemania- es tomar el mando de las finanzas públicas helenas (Alemania es también su principal suministradora de armas para alimentar la guerra fría turco-griega en el cálido mediterráneo: Grecia es la primera importadora de armas de Europa).

Las tres economías comunitarias intervenidas a día de hoy (Grecia, Irlanda y Portugal) han entregado en buena parte la cuchara en lo que respecta a su capacidad de hacer política económica: fueron salvados a cambio de perder soberanía y asumir planes leoninos de ajuste. A España e Italia -cuarta y tercera economías europeas, ojo-, la salvación momentánea les ha venido por la vía de la compra de su deuda pública por parte del BCE. Desde el Gran Hermano alemán ha llegado esta semana un efectista consejo-admonición: “Vende el oro y con eso paga deudas”. Una teutónica sandez, con todos los respetos e incluso las admiraciones (obviemos por esta vez el detalle de los grandes méritos alemanes y su lógica preponderancia comunitaria). Las reservas nacionales de oro no son lo que fueron, y en España su venta no serviría para gran cosa: el oro español no pagaría más de un 1,6% de la deuda española.

Acerca del papel de líder europeo de Alemania, el inefable tiburón-filántropo George Soros ha puesto el dedo en la llaga: Alemania debe defender el euro (artículo publicado en Project Syndicate el jueves). Dice Soros: “Alemania y los demás miembros de la zona del euro con calificaciones AAA deberán decidir si están dispuestos a arriesgar su propio crédito para permitir que España e Italia refinancien sus bonos a intereses razonables. De lo contrario, España e Italia serán empujadas hasta caer en programas de rescate (…) y el euro se vendrá abajo. [La decisión de Merkel en 2008 de no dar garantías europeas] agravó la crisis griega y causó el contagio que la convirtió en una crisis existencial para Europa (…) Para cuando Alemania acepte un régimen de eurobonos, su propia calificación podría verse comprometida. Una ruptura del euro precipitaría una crisis bancaria que superaría la capacidad de control de las autoridades financieras mundiales. Cuanto más se demore Alemania, mayor será el precio que deberá pagar”. Pero, ay, las elecciones están siempre cerca.

Andaluces, levantaos e id por pepino

Tacho Rufino | 4 de junio de 2011 a las 9:31

PIENSA globalmente y actúa localmente, dice el principio ecológico. A la hora de ir al súper, vale la máxima. España -y Andalucía, como suele suceder en las carencias económicas, en mayor medida- necesita ahora más que en otras ocasiones que consumamos productos de nuestra tierra. Lo cual no implica calarse la boina y gritar “todo por el terruño”, sino actuar responsable y solidariamente (patrióticamente, qué más da, a ver si los únicos que no vamos a poder decir patria somos nosotros). Sucumbiendo a la tentación de ver si alguien ha escrito ya lo mismo que uno se dispone a escribir, Google -ese eficaz traficante de contenidos- informa hoy jueves de que “las redes sociales” (hasta en la sopa, oiga, qué exageración, y qué inextricable la trazabilidad de tanta red social) crean “plataformas para defender al pepino español y fomentar su consumo”. Muy de acuerdo. Y no sólo por estética o pose.

Igual que fue inútil y algo patético el castigo al cava catalán aquellas navidades, resulta ahora, sensu contrario, muy útil compensar con demanda interna la pérdida radical de demanda de productos hortícolas andaluces en mercados clave como el alemán y el estadounidense. Y dejémonos de la milonga de moda, abominemos de la manida expresión “eso es el chocolate del loro”, que se esgrime cada vez que alguien ve que sus derechos o haberes pueden ser recortados.

Recortar chocolates del loro no sólo es algo formal o ejemplificador, sino que muchos chocolates de muchos loros hacen mucho ahorro. Asimismo, sustituir transitoriamente ciertos productos por otros en nuestra dieta no sólo es benéfico para nuestra economía, sino incluso sano. Somos unos pocos de millones de habitantes por aquí abajo: tenemos cierto poder como consumidores. Combatamos la crisis del pepino desde la tierra del pepino (agotado el cupo de chistes fáciles, lo sentimos). Hagamos de nuevo valiosos a nuestros productos de huerta mediante un tironcito de la demanda: ejerzamos nuestro poder de consumidores. La agricultura -no lo olvidemos- es, con el turismo, el sector de actividad que mejor resiste los embates de la crisis general, junto con sus primos la ganadería y la industria agroalimentaria andaluza. ¡Cuidado! Si las exportaciones caen a plomo, el empleo y las economías indirectas de esta parte del sector primario caerán a su vez: lo que nos faltaba.

Lejos de España y cerca de Alemania, esta mañana, no faltaba pepino y tomate en el buffet del desayuno. No lo he comido. Primero, porque no suelo comer pepino por la mañana; y eso que mi abuelo solía hacerlo, también en la cena, con miel (pruébenlo: no todo es gazpacho; sin ir más lejos, no hacen gazpacho en Alemania). Segundo, porque en estos días sólo estoy dispuesto a comer pepino andaluz.

No es que uno ejerza de Fraga en Palomares versión gastronómica, no. Es que escuchar al representante de la COAG en la TVE vía satélite nos reconforta con la patronal empresarial andaluza: sus asociados sí que producen y exportan. No los dejemos de lado. Levantémonos, y pidamos tres kilos de pepino de la tierra en la frutería. Están demasiado baratos, y eso no conviene a nadie.

Una prueba de que -más allá de las lamentables muertes por una bacteria que, a día de jueves, no se sabe de dónde viene- la crisis del pepino no importa sino en España, Alemania y poco más es que no hay cobertura mediática sobre el asunto más allá de la prensa española y la alemana. Alemania, en un exceso de ejercicio de árbitro y sheriff comunitario, se ha precipitado a acusar a sus importaciones desde Andalucía de los contagios… para después envainarla, no sin germánica soberbia. A la espera de quedar absueltos, el daño está hecho. Coma pepino como nunca, pero no olvide dejarle un poco de piel bien lavada, o se le repetirá.

Café para todos o para cada cual, he ahí la cuestión

Tacho Rufino | 6 de abril de 2011 a las 11:32

La diversidad de características e intereses de los componentes de la Unión Europea son su grandeza y su talón de Aquiles. Esta hilarante interpretación de tal poliedro de difícil cuadre me la manda un lector habitual cuyo nick es “Baroness of Extreme Hard Land”. Quien quiera que seas, gracias. La viñeta es perfectamente aplicable a la España de las autonomías. ¿O no?

PS: Ojo al que no pide café, infusión ni té, ¿de dónde será el hombre? Una alumna polaca, Aleksandra, a la que se lo enseño se ríe algo indignada por el estereotipo.

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Sobra el griego… en todo caso

Tacho Rufino | 11 de febrero de 2010 a las 19:51

Supongo que a Expansión no le importará que este humilde servidor cuelgue el siguiente enlace, en el que se aprecia a las claras que el “caso griego” no tiene demasiado que ver con el “caso español”, a los efectos de estabilidad del euro y de la Unión Europea. Si les gusta leer en inglés, Financial Times, a la sazón socio de Expansión, ofrece una colección de artículos sobre el particular (Grecia), pinchar aquí.

Affiche de “Zorba el griego”:

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¿Modificados fuera? Apaga y vámonos

Tacho Rufino | 7 de noviembre de 2009 a las 21:47

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EL verdadero e improbable objetivo que ansía la mayoría de las empresas en los tiempos que corren no es la rentabilidad, es la liquidez. Disponer de dinero, en tiempos en que su sinónimo contable -tesorería- simboliza toda la resonancia de la palabra: el dinero es un tesoro, hoy más que nunca. Se trata, dicho burdamente, no ya de ingresar más dinero del que se gasta, sino de conseguir moneda, efectivo para retribuir los costes esenciales y no morir de inanición… y tirar p’alante. ¿Conocen ustedes alguna empresa cuya batalla actual no sea ésa? Ni siquiera muchos de los bancos, auténticos manijeros de la compuerta del crédito congelado, se libran de esta letal carestía financiera. Botín excusaba su responsabilidad y la de sus bancos competidores con un “daremos crédito sólo a quien lo pueda devolver”. La banca garantista española, ajena en realidad a la viabilidad de los proyectos, descubrió de pronto -¡albricias!- tal máxima, tras una decena de años en que te ofrecían crédito de una manera tan despiporrada como en la etapa inicial de la telefonía móvil, cuando te daban un celular por comprar un kilo de mortadela. De esos excesos crediticios, a esta sequía empresarial desoladora, fuente sólo de paro.

La falta de liquidez atenaza también al Estado; al central, al autonómico y al local, que no pueden por tanto acometer una política de estímulo público eficaz. El renacer del keynesianismo, abortado en origen: la llamada política fiscal (o sea, la intervención del poder público en épocas de crisis para controlar los desequilibrios, vía gasto presupuestario), no funciona por falta de liquidez presente y futura. Nuestro modesto gozo, en un pozo. Las obras públicas -señaladas por todos y asumidas por el Gobierno como el flotador más poderoso ante la inundación de la crisis- no se proyectan, no se licitan, no se contratan y, al cabo, no se realizan ni cobran ni pagan, todo ello porque no hay cómo financiarlas. El Estado carece de fondos -que prefiere destinar a políticas sociales para evitar la guerra en la calle-, las empresas no tienen recursos propios para asumir la financiación, y a los bancos ni se los espera. Supimos ayer que la Unión Europea va a pegar un tironcito de la soga que tiene alrededor del cuello uno de los sectores más cruciales de nuestra economía (y la de cualquier país): la Comisión proyecta eliminar los llamados “modificados” de obra. Apaga y vámonos.

Modificado: dícese del incremento de presupuesto de adjudicación que el contratista solicita por imprevistos y otras contingencias surgidos en el desarrollo de la obra, que suele ser aceptado por la Administración. De media, supone alrededor del 20 por ciento del presupuesto inicial, y sin él no existiría beneficio para la empresa. ¿Por qué? Porque las obras se proyectan y se licitan por debajo del coste (algunos sueños de la razón arquitectónicos, de manera desquiciada), casi sin excepción. Esto es un hecho y una práctica histórica indiscutible, y cambiarla supone un cambio radical en el planteamiento y desarrollo de una obra pública: por hacerla formalmente más presentable (se proyecta sin baja, se licita sin baja) podríamos encontrarnos con la necesidad de icnurrir en costes mayores para la Administración. En plena crisis, las empresas acuden a los concursos a sabiendas de que perderán dinero incluso con los modificados: la liquidez, no la rentabilidad, como decíamos arriba, es el cáliz místico a día de hoy, como la gasolina para Mad Max, como el agua dulce para Costner en Waterworld… alimento para no morir; del futuro no hablamos.

¿Soluciones? Hacer lo imposible y prepararse para los milagros. Las administraciones públicas deben elegir entre huir hacia delante o instalar al país en la parálisis. Y los bancos… mejor nos olvidamos de la cacareada responsabilidad social corporativa, que suelen quedarse en bonitos tomos encuadernados a todo lujo en las memorias anuales, y no queda sino forzar a las entidades a correr riesgos, y a hacer su función social. De nacionalizar, ni hablamos, porque eso es una barbaridad, ¿no es así?

Rígido, ineficiente, injusto… ¡y hasta indecente!

Tacho Rufino | 2 de septiembre de 2009 a las 18:17

“El BCE vuelve a pedir la reforma del mercado laboral y achaca el paro a la subida de salarios en el pasado · Pero que el 63% de los trabajadores sean ‘mileuristas’ demuestra que existe una brecha entre las rentas altas y bajas”

LOS mayores pepitogrillos de nuestra economía no viven en España, sino que los tenemos destinados en Bruselas, Fráncfort o Luxemburgo, ejerciendo de representantes nuestros en alguna institución de la Unión Europea. Desde allí, sus advertencias, recomendaciones y vaticinios suelen ser mucho más duros y tajantes que los que periódicamente hace el propio director del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, azote del Gobierno que lo nombró. Almunia, desde la Comisión, es un claro ejemplo de eurócrata versión martillo pilón: varias veces al año nos recuerda que sin reforma laboral, sin flexibilización y sin contención salarial no tenemos futuro ninguno. La última entrega de su “os lo tengo dicho” tuvo lugar en junio. Esta semana ha sido José Antonio González-Páramo, reputado economista y profesor, quien nos ha recordado el breviario para (poder intentar empezar a) salir de la crisis. González-Páramo ejerce actualmente de miembro del Comité Ejecutivo del Banco Central Europeo. Él lo tiene claro: nuestro sistema laboral es “rígido, ineficiente y socialmente injusto”. Rígido: o sea, que cuesta una barbaridad contratar, cambiar de destino y funciones y, sobre todo, despedir al personal (al fijo, claro, a la creciente legión precaria, no). Ineficiente: debemos suponer que se refiere a la productividad, causa y remedio de todos los males; la “unidad de trabajo”, la hora trabajada, sale cara en España. E injusto: sobre este adjetivo debemos interpretar que -no sólo según Páramo- en España se da una especie de trastorno bipolar laboral: unos muy seguros, y otros totalmente inseguros. Cabe ir más allá y afirmar que la causa de la precariedad de éstos es precisamente la excesiva seguridad de aquéllos: el argumento estrella de los flexibilizadores.

El experto del BCE se despacha con una relación causa-efecto de tipo ¡alehop!, que no explica. Tratemos de descifrarla a partir de su frase textual: “Quiero recordar que desde hace mucho tiempo el BCE ha estado advirtiendo a los gobiernos de la Eurozona que es particularmente importante evitar las cláusulas de indiciación de los salarios, porque llevan asociado el riesgo de desatar y acelerar espirales de salarios y precios, que en el pasado han estado en la raíz de prolongados episodios de desempleo masivo”. Obviemos que Páramo considera que la subida de los salarios no debe asociarse a la inflación, algo que nos parecía una aspiración de lo más normal (no sabemos si la bajada de salarios sí es para él recomendable en caso de deflación). La miga de la frase está en que detrás de la crisis, y de su hijo el desempleo, lo que estaba no era la avaricia bancaria que señala el ministro Corbacho esta semana, ni tampoco las subprime y los intermediarios que venden préstamos a quien nunca ha devuelto ni devolverá un pavo. Ni siquiera unos tipos de interés bajísimos. La causa de este “episodio de desempleo masivo” es la “espiral de los salarios y los precios”. Sin ánimo de negar la mayor a un peso pesado, creo que es claro que entre esa causa y ese efecto hay varios eslabones y factores distintos del hecho que la gente cobre más si los precios generales suben. En cualquier caso, el diagnóstico del prestigioso profesor ha coincidido en el tiempo con un estudio que hace que sus declaraciones resulten algo dolorosas. Aunque, la verdad, nada comparable a las declaraciones de Esperanza Aguirre al saber que los funcionarios quieren mantener lo pactado en cuanto a la revisión de sus salarios. Obviando que muchísimos funcionarios estarían dispuestos a contener la actualización de sus sueldos, la presidenta madrileña protagoniza una nueva pasada de frenada dialéctica y dice que la postura de los representantes de los trabajadores públicos es “indecente”. Moderación ante todo. En fin, según un estudio digno de crédito y que ha sido citado en todas las portadas de periódico esta semana, en España no hay inflación salarial. Lo que realmente hay es un auténtico ejército imperial de mileuristas.

En PIB per cápita les ganamos

Tacho Rufino | 19 de diciembre de 2007 a las 20:45

Dejando con cara de pasmo en la grada a nuestra Familia Real española, nos ganaron en la final de waterpolo en las olimpiadas de Barcelona, como siempre nos ganan con malas artes -o sin ellas- en innumerables cuartos de final en fútbol; son más guapos y más elegantes e intentan levantarnos a las chicas… pero ya les ganamos en PIB per cápita a los italianos, pueblo rápido y “furbo” (espabilado) donde los haya. Un magnífico artículo de Rogelio Velasco para Joly Digital publicado hoy nos da las claves de este histórico éxito. Según los datos del centro estadístico comunitario Eurostat, estamos por encima de la media de la UE. Sin embargo, en la Zona Euro -con la que debemos medirnos- las campanas están más quietas: no logramos cerrar la brecha con los socios más ricos del club. Según Rogelio, si afloráramos a efectos de cálculo las economías sumergidas, probablemente subiríamos peldaños en el escalafón, pudiendo pedir nuestro ingreso de pleno derecho en el G-8, lobby de los económicamente poderosos (en el que sí está Italia, por cierto).

La autoflagelación no es nada buena para la necesaria autoestima, pero si desagregamos el análisis por comunidades autónomas, otro gallo nos cantaría a los andaluces en la comparación. Claro, que no se puede ser receptor crónico de fondos estructurales y de cohesión y a la vez estar entre los primeros de la clase. ¿Debemos confiar en nuestra convergencia regional con nuestro ritmo de crecimiento?