Archivos para el tag ‘Wall Street’

¿Podemos hablar de crímenes económicos?

Tacho Rufino | 3 de abril de 2011 a las 19:53

”IMF/FMI

Por si no ha caído en sus manos el artículo publicado la semana pasada en El País, lo vinculo en este blog (pinchar aquí), y de paso reproduzco un párrafo clave de dicha pieza –de título sumamente duro: Crímenes económicos contra la humanidad– escrita por Lourdes Benería y Carmen Sarasúa:

“Culpar a los mercados es efectivamente quedarse en la superficie del problema. Hay responsables, y son personas e instituciones concretas: son quienes defendieron la liberalización sin control de los mercados financieros; los ejecutivos y empresas que se beneficiaron de los excesos del mercado durante el boom financiero; quienes permitieron sus prácticas y quienes les permiten ahora salir indemnes y robustecidos, con más dinero público, a cambio de nada. Empresas como Lehman Brothers o Goldman Sachs, bancos que permitieron la proliferación de créditos basura, auditoras que supuestamente garantizaban las cuentas de las empresas, y gente como Alan Greenspan, jefe de la Reserva Federal norteamericana durante los Gobiernos de Bush y Clinton, opositor a ultranza a la regulación de los mercados financieros.”

La obscenidad, la codicia extrema o, en el caso más indulgente, la ceguera de muchos actores de la economía local y global puede encontrar de frente la respuesta de la gente, su indignación, su ruina o su hambre iracunda. Sea con piezas reflexivas y radicales –digámoslo por su acepción “de raíz”– como ésta que traemos aquí, sea con levantamientos populares causados por el abuso de ingenieros financieros, como en Egipto o en Islandia, la contestación y la resistencia está servida. Y como hemos dicho otras veces aquí, no se trata de antisistema militantes –y hasta profesionales, que hay quien no cabe en sí por la notoriedad del discuro “anti”, ultrarepetitivo y, ahora, rentable–, sino de muchas personas con independencia de su adscripción o estética.

Los cómplices de Madoff según Madoff

Tacho Rufino | 16 de febrero de 2011 a las 12:50

Más estiércol sobre la ética bancaria de Wall Street. Bernie Madoff, desde la cárcel en que cumple condena por su gigantesca estafa piramidal –80.000 millones dólares, bastante más que el valor de Facebook en el mercado–, dice que los bancos tenían que saber lo que el hacía. Por lo tanto, sugiere, son cómplices del mayor robo de la historia. “Estoy diciendo que bancos y fondos de inversión eran cómplices de una u otra forma, y así se lo dije al inteventor Picard”, dice al New York Times. Su palabra, desde luego, no es de fiar, pero puede que el reciente suicidio de su hijo y el hecho de haber reconocido sin ambages la estafa por él perpetrada durante años le hagan decir la verdad. Sencillamente. No esperemos de la banca que se autoimponga controles.

En la viñeta de abajo (Lowe, Tribune Media):

 MADOFF EN LA CÁRCEL: “Lo digo en serio, le di tres colillas y, un mes más tarde, ¡él me dio un carton entero! ¡Este tío es un genio!”

 

madoff-in-prison

Con las cosas de comer sí se juega

Tacho Rufino | 6 de febrero de 2011 a las 12:59

FAOburbujaegipto
“LA historia de los alimentos sufrió un giro ominoso en 1991, cuando nadie prestaba mucha atención al asunto. En ese año, Goldman Sachs decidió que el pan nuestro de cada día podría constituir una excelente inversión”. Así comienza La burbuja alimentaria, un esclarecedor artículo de Frederick Kaufman de julio de 2010, cuyo subtítulo reza Cómo Wall Street mató de hambre a millones y se salió con la suya. Situemos pues en 1991 el pistoletazo de salida de la especulación radical -y legal- en alimentos, manejados como si fueran derivados financieros con los que jugar a futuro generando precios artificiales e inmensas plusvalías que, a la postre, concentran la riqueza en pocas manos muy negras… y extendiendo la pobreza y el dolor entre amplias capas de la población del mundo.

Nada demasiado diferente de lo que sucedió en la Alemania de entreguerras, en cuya población prendió el odio a los financieros, judíos como quienes rigen Goldman Sachs. El odio al banquero crece en España, y las opiniones de la gente en los periódicos digitales acerca del auto de la Audiencia de Navarra (que sentencia que la entrega de la casa vale para cancelar la hipoteca) no dejan lugar a dudas. Si analizamos globalmente estas cuestiones, podemos concluir que el sistema funciona a base de burbujas -tecnológicas, inmobiliarias, financieras, energéticas, alimentarias-, más o menos sucesivas o solapadas, que incrementan continuamente la brecha de riqueza de la que habló Pareto, y ponen en peligro una y otra vez las estabilidad del planeta: detrás de los levantamientos populares de Túnez y, sobre todo, Egipto hay más hambre que ansia de libertad política. Sucede, además, que ahora la comunicación entre los descamisados es rápida y masiva: las nuevas tomas de la Bastilla serán tecnológicas y en red.

La burbuja alimentaria sigue las fases de cualquier burbuja económica: un incremento vía demanda del precio de algo es aprovechado por grandes capitales para comprar -ya especulativamente- grandes cantidades del bien para seguir elevando su precio, lo que da lugar a una etapa de exuberancia que, con tránsito en una fase crítica de falta de compradores y ventas de los más avisados, desemboca en el estallido, en la desaparición fáctica del mercado en cuestión: muchos incautos y/o inocentes con la escoba en la mano; unos cuantos con los bolsillos repletos y la caña puesta para pescar en los naufragios y la ruina de muchos. Sucede que hablamos de comida: pan, trigo, arroz o maíz, elementos esenciales de cualquier dieta humana. Hablamos de hambre. En un mundo completamente asimétrico y con unos mercados absolutamente imperfectos, las orgías liberalizadoras de las fases de vacas gordas provocan que los tiburones se den festines planificados. Si hacemos, por un momento, caso omiso de Malthus y la superpoblación, los alimentos escasean por las catástrofes naturales que azotan las cosechas, pero también por la mayor alimentación y variedad dietética de países emergentes. Y, como decimos, por la mano de inversores que no generan valor social alguno, a quienes hemos dado alas con los dogmas desreguladores y el desmontaje o ninguneo de organismos internacionales de control de los mercados de alimentos.

El todo vale y la falta de control de las finanzas con epicentro en Nueva York han provocado la retirada masiva de capitales de la renta variable, que se han refugiado en materias primas y alimentos, de forma que algo relativamente natural da lugar a la oportunidad de comenzar a bombear aire en el globo. Unos datos para terminar: desde junio de 2010, el trigo que se merca en la Bolsa de Chicago se ha encarecido en un 60%; el índice de precios de alimentos de la FAO está en su máximo histórico. Egipto es el principal consumidor de trigo de la Tierra. ¿Qué más cabe decir?

Sí cabe decir algo más: resulta curioso cómo pueden coincidir por este asunto los intereses de grupos tan distintos como la élite financiera mundial y los Hermanos Musulmanes que propugnan la yihad y el odio a lo occidental, que de momento se valora en un 20% de los potenciales votantes de Egipto. Los dos ganan con la especulación destructiva.

¿Qué le ponemos, justicia o libertad?

Tacho Rufino | 9 de mayo de 2010 a las 19:28

EL debate que podríamos denominar “¿Quiere usted más o menos Estado?” adquirió mucha centralidad cuando la situación era tan buena que el mundo desarrollado parecía ir de lui même, solito y aparentemente sin tutela, según afirma el principio liberal económico que prescribe Dejar hacer, dejar pasar. La mano providencial del mercado -sobre todo la del financiero- resultó agarrar del cuello al sistema, asfixiándolo, mientras unos cuantos tempranillos globales -no sólo con despacho en Wall Street- se ponían las botas, legal o ilegalmente. La anorexia estatal propugnada por los liberales (rebautizados con el prefijo neo para no confundir churras y merinas) se enfrentaba ideológicamente a la intervención general del sector público, principio tenido por aquéllos como algo rancio y paralizante. El arrinconado keynesianismo interventor fue reclamado al aparecer la punta del iceberg de la crisis por la proa y, agotado el recurso del dinero público tras apagar los primeros fuegos bancarios, está de vuelta al cajón hasta nueva orden, por la obligación de reducir el gasto público para poder sobrevivir presupuestariamente en una situación de desplome de los ingresos. Menos Estado a la fuerza, o menos capacidad del Estado de intervenir en el fluir de las cosas: dinero no hay, o hay el justo para que no arda la paz social todavía, como parece arder en Grecia. En pocos años, los tres últimos, hemos dudado de la necesidad de Estado; después, hemos recuperado nuestro amor por él como salvavidas y, finalmente, vemos como adelgaza a la fuerza. De comparsa a anoréxico pasando por su canto del cisne, ¿su último momento de gloria?

Una vez enviada a la grada la controversia sobre el tamaño y la discrecionalidad de intervención del Estado, uno de los debates vigentes más suculentos -con permiso de los divorcios de toreros, los embarazos de cantantes y los photoshops principescos- es el de si queremos un comercio más libre o un comercio más justo. Ya que el llamado sistema no se refunda ni se reforma en una sesión fotográfica al estilo G-20, se plantean una de esas dos opciones. De hecho, éste es un debate que transita los papeles y las pantallas en el primer mundo. Un dato: en una  libertad comercial a la justicia en las transacciones económicas. Los valores de cada nación tienen que ver con la riqueza encuesta de The Economist, esta semana, los lectores, mayoritariamente anglosajones, anteponen lade esas naciones y, claro está, con su religión. Quien tiene una posición dominante, defiende los valores que le llevaron a la hegemonía comercial. Miren la prosperidad de los territorios y miren después su religión: hallarán pocas sorpresas. Con pocas excepciones, protestantes ricos, católicos medianos o pobres, mayoría pobre de musulmanes, hinduistas y budistas. No entraremos ahora en si fue primero la gallina o el huevo.

El comercio libre estimula la especialización productiva entre los territorios y genera trabajo y, en general, unos niveles de riqueza que la autarquía y el aislamiento comercial no sólo no crea, sino que destruye. Por otra parte, sus perversiones -argumentan los críticos del liberalismo comercial duro- son la inevitable desigualdad entre países, y también la que se genera dentro de cada país entre los afortunados y hábiles, que están en el lugar adecuado, y los desdichados que están en la cara oscura. Cabe preguntarse si existe alternativa a la desigualdad fáctica, pero es incontrovertible el hecho de que una desigualdad extrema pone en peligro a todos, incluidos los que gozan de mejor posición. Potenciar la justicia en el comercio -conseguirla absolutamente es una evidente utopía- es a la postre una cuestión de valores compartidos, pero también de seguridad y supervivencia del propio sistema en vigor. Que, sea como sea, no será el de nuestros hijos.

Hedge funds: el cascabel del gato

Tacho Rufino | 11 de marzo de 2010 a las 18:01

Hace unos días publicábamos aquí una entrada sobre los inversores galácticos, en concreto sobre el magnate George Soros, y sobre los fondos de alto riesgo o hedge funds, desde algunos de los cuales se obran auténticos prodigios de desestabilización de monedas, empresas, sectores y países. Ayer miércoles leo en El País una noticia titulada “Obama apoya las críticas de Papandreu a los fondos de alto riesgo“; en ella se informa sobre un hecho claro: cierto tipo de inversiones puramente especulativas pueden hacer mucho daño a mucha gente, sin que en realidad hayan hecho algo para merecer tanto castigo. Castigo que, en un juego de suma cero, supone un gran premio para quienes desde estas plataformas veloces como la centella, superinformadas y superdotadas financieramente actúan sin piedad -y hasta con impunidad- contra lo que sea, a la caza inmediata de ingentes cantidades de dinero. ¿Que los halcones corren riesgo de perder? Suelen no perder, obvio es. Un párrafo del discurso de Papandreu en Wall Street: “Europa y EE UU tienen que decir hasta aquí hemos llegado a los especuladores que sólo actúan por las ganancias inmediatas sin tener en cuenta las consecuencias que pueden tener sobre grandes sistemas económicos, por no mencionar las consecuencias humanas en cuanto a pérdidas de puestos de trabajo, desahucio de viviendas y disminución de las pensiones”. ¿Podrá Obama con estos adversarios? ¿Quién le pone el cascabel a ese gato tan poderosísimo?

Dicho esto, dicho lo siguiente: Grecia tiene culpas que expiar, lo cortés no quita lo valiente. Sus cuentas públicas, a diferencia de las españolas, no son claras o son falsas.

Serengeti Wall Street

Tacho Rufino | 28 de septiembre de 2008 a las 22:04

El Serengeti de Wall Street

(El Poliedro, J.I.Rufino, publicado en los periódicos de Grupo Joly el sábado 27 de septiembre de 2008)

“No la toques ya más, que así es la rosa”. Éste poema de un solo verso fue escrito por Juan Ramón Jiménez y, aunque desconozco su poesía -y la de tantos otros-, debe de venir a sugerir el deseo de simplicidad, de autenticidad. Pero se me ocurre proponer una pirueta y, con la indulgencia de la lírica militante, traer esta frase a colación del debate que hoy ocupa las páginas y las ondas, no sólo las especializadas en economía (por cierto, a la fuerza ahorcan y la economía está totalmente in, y no es raro que un camarero te pregunte qué es la crisis financiera mientras te arrima la media tostada). Si la rosa es el sistema de libre mercado o capitalista, el debate de la semana ha girado sobre si hay que tocar la rosa (intervenir en el mercado para intentar salvarlo y prevenir el efecto dominó que alcanzará a la periferia) o dejar a la rosa virgen (dejar pasar, y esperar la renovación y la catarsis guiada por la invisible mano autorreguladora del mercado). El debate es casi filosófico y esencial. Entre la ingenuidad tral-larí tral-lará y el negro pesimismo misántropo, puede que esté la virtud de ver el panorama con moderado optimismo, de forma objetiva -la objetividad, ese mito-, sin apasionamiento. O sea, sin optar por el extremo de “no toques a la rosa” ni por el contrario de “mira que te lo tengo dicho”, que el capitalismo es salvaje por naturaleza, y en el Serengeti de Wall Street, más.

En estas páginas han podido ustedes seguir opiniones que han venido tratando de forma amablemente rigurosa el asunto: Ferraro, Velasco, Aurioles, Ruiz de Mansilla, Hidalgo… Con distintos puntos de vista y creencias, se ha debatido de forma privilegiada el porqué de las cosas y las crisis, el agotamiento o reciclaje de nuestro paradigma económico planetario, el futuro del modelo internacional y del patrio, las vías de escape y la necesidad de intervenir por parte de lo público; su intervencionismo -mejor que keynesianismo, otra palabra sacada del baúl de los recuerdos- o inhibición ante los batacazos y naufragios. Se han escuchado coros al estilo supporter futbolero, cantando sincopadamente “dónde están los neoliberales, que no los veo”, y también valientes defensas del modelo liberal frente los aserradores del árbol caído.

Parece innegable que el golferío, la exhuberancia orgiástica y la eclosión de cientos de michaeldouglas enfebrecidos por el oro fácil, todos haciendo de Gekko en la Wall Street de Oliver Stone, puede haber causado daños irreparables a muchos países, empresas y particulares, empezando por la propia Gran Manzana neoyorquina. No sabemos con certeza quién porta el VIH financiero. Aunque, respiremos: “Tenemos el mejor sistema financiero del mundo”. Modesto, bájate del árbol, que se va a subir el presidente Zapatero.

Esto se escribe a las cuatro de la tarde de ayer, y es posible que el temporal provoque otro botavarazo y otro cambio radical en la cuestión, pero parece que Bush va a lanzar el salvavidas a los malos de la película, no porque él sea también malo -que lo será-, sino, como suele decirse, “en evitación de males mayores”. Quiere tapar agujeros, intevenir, prestar dinero y dar capital para parar la sangría de entidades gigantescas que se van a pique. Se ha vuelto intervencionista. Un rascacielos que cae hace mucho daño, incluso en lugares lejanos. En apariencia de forma muy poco american way, quiere meter en los agujeros negros de la finanzas, a fondo perdido, lo que dejará de gastar en escuelas, sanidad, medio ambiente o infraestructuras de Nueva Orleans -¿en ejército y guerra?-, y lo hace en contra de la opinión de sus hermanos republicanos. Yo, humildemente, creo que no sabe qué hacer. No sabemos cuánto va a durar esto, ni si el barbecho quemado traerá una nueva fertilidad o si el caballo de Atila eliminará la posibilidad de que brizna alguna vuelva a crecer. Lo que sí sabemos es que la selva no es buena para los humanos.