El Podcast de La Ventana Pop (Programa 18)

Blas Fernández | 20 de noviembre de 2014 a las 5:00

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Arranca esta nueva entrega de El Podcast de La Ventana Pop con los gaditanos Homeless, a punto de poner en circulación su primer álbum, La ciencia lo sabe. Nuevos y flamantes son tambien los discos de los sevillanos Lost Twin (The Mist) y Montgomery (It’s Happening), al igual que el del gaditano afincado en Granada Holögrama (Waves). Felicitamos a Music Komite, ganadores del Villa de Bilbao en la categoría de electrónica, y, cómo no, hablamos de conciertos, lo que nos da pie para escuchar a los desaparecidos Surfin’ Bichos, Burrito Panza, Santa Cruz, Kiko Veneno & Martín Buscaglia, Chencho Fernández, Royal Mail y Éter.

Como siempre, puede escuchar El Podcast de La Ventana Pop en el reproductor bajo estas líneas o, también, en la web de ScannerFM.

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Tracklist

1.-Homeless: Como las sombras

2.-Surfin’ Bichos: Vive el peligro

3.-Burrito Panza: El paciente tranquilo

4.-Montgomery: You Love Bolero

5.-Montgomery: She is Running

6.-Music Komite: I War You

7.-Lost Twin: Acuario de plantas

8.-Lost Twin: The Tides

9.-Holögrama: In Your Head

10.-Santa Cruz: El milagro

11.-Kiko Veneno & Martín Buscaglia: Cuando

12.-Chencho Fernández: Este matrimonio no casa

13.-Royal Mail: Royal Game

14.-Éter: Quebrantahuesos

El Podcast de La Ventana Pop (Programa 17)

Blas Fernández | 6 de noviembre de 2014 a las 5:00

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El Podcast de La Ventana Pop presta en esta ocasión atención a los conciertos que animarán las noches de la XI edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla, actuaciones protagonizadas, entre otros, por Silver Apples y Cosmen Adelaida. Más directos: María Rodés trae María canta copla a Sevilla y Málaga; Bajo un cielo prehistórico, el álbum de homenaje a The Church, celebra su publicación con una fiesta de altura; los almerienses Monte Terror presentan su primer trabajo en Granada y los añorados Luna anuncian que recalarán en Cádiz dentro de la gira española de reunión de la banda diez años después del anuncio de su disolución. En el mismo ciclo, Rock en la UCA, veremos también a Hi Corea! y I Am Dive.

Escuchamos Expanded, el álbum en vivo de These New Puritans, y un par de canciones del segundo y delicioso trabajo de los sevillanos The Rosquettes, Frothy Songs. Echa el cierre Miraflores, espontáneo conato de viral en redes sociales.

Como siempre, puede escuchar El Podcast de La Ventana Pop en el reproductor bajo estas líneas o, también, en la web de ScannerFM.

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Tracklist

1.-Silver Apples: Oscillations

2.-Cosmen Adelaida: Viento de invierno

3.-María Rodés: Tres puñales

4.-Andy Jarman y Jesús Bascón: Lousiana

5.-Luna: 23 Minutes in Brussels

6.-Hi Corea!: Sacred Place

7.-I Am Dive: Black Times

8.-These New Puritans: Organ Eternal

9.-Monte Terror: Superplagio

10.-The Rosquettes: Moles, fruits and vegetables

11.-The Rosquettes: You Run Faster Than a Cow

12.-Miraflores: Drowning by Stars

“Me metí en la copla sin conocer casi nada y descubrí maravillas”

Blas Fernández | 3 de noviembre de 2014 a las 5:00

Foto: Jordi Musquera

Foto: Jordi Musquera

Entre otros trabajos, María Rodés (Barcelona, 1986) ya había editado dos discos con nombre propio antes de descolgarse a comienzos de este año con un álbum inesperado, María canta copla, en el que lleva a su terreno –rock de carácter intimista y con cierto gusto juguetón a la hora de experimentar con los sonidos– un imponente listado de clásicos del género. En breves fechas lo presenta en directo en Sevilla y Málaga.

–¿Cuál fue el origen de María canta copla?

–Hará como seis años, tenía la idea de grabar un disco de versiones de canciones que se hubieran hecho populares gracias a antiguas películas americanas y que me provocaban cierta nostalgia. Temas como Moon River o Qué será, será… Pero esa idea se me pasó, la olvidé. Al cabo de un tiempo, cuando me volvió a la cabeza, pensé en recuperar el proyecto, pero llevándolo al cine español. Llegué al Ay pena, penita pena de Lola Flores y terminé decidiendo hacerlo con copla. Empecé a escarbar y a investigar, a adaptarlas.

–¿Por qué? ¿Descubrió una mina?

–Había oído la canción de Lola Flores años antes, claro, pero no con atención. Cuando lo hice y me fijé en la letra, en su interpretación, cogí la guitarra e hice una adaptación casera. Me gustó el contraste de llevar a un plano más íntimo estas letras tan vividas y desgarradas. La idea me hizo gracia. Me metí en la copla sin conocer casi nada y fui descubriendo pequeñas joyas, maravillas. Y también canciones que no me gustaban tanto, claro.

–Es curioso: un género a menudo denostado a la ligera que experimenta una reivindicación permanente desde, al menos, la década de los 80…  

–No tenía controlado ese asunto, la verdad. Había escuchado algo de Concha Buika, que me pareció que tenía una supervoz, pero no conocía mucho de otros proyectos que hubieran versionado copla.

–¿Qué comentaron en su entorno musical cuando lo anunció?

–Bueno, se quedaron sorprendidos. “¿Pero en serio? ¿Versiones de copla?”. Supongo que luego lo fueron asimilando [risas]. Nadie esperaba que hiciera un disco de copla, así que la reacción fue de sorpresa.

–¿Prejuicios?

–Creo que la mayor parte de mis amigos o incluso de la gente de mi generación no sabía bien ni qué era la copla. Les sonaba, sí, pero nada más. Como yo misma. Hay una gran ignorancia respecto al género entre quienes no han tenido contacto con él a través de sus padres, quienes no lo han mamado desde pequeños. Ni siquiera van a poder distinguirlo de una ranchera o de un cuplé. Al menos a mi alrededor, hay una gran ignorancia al respecto.

–¿Y cuál fue la reacción cuando por fin lo escucharon?

–Creo que la sensación, al menos entre algunas personas, fue de “Ostras… La copla no me gustaba, pero así…”. Supongo que hago un poco de puente para gente que no le había prestado atención, quizás por el envoltorio, por la instrumentación que se hizo del género o por el dramatismo con el que suele cantarse.

–Y ahí descubren esos fantásticos originales, sus textos, sus arreglos…

-Sí. Yo flipé. Sobre todo con las grabaciones más antiguas, canciones cantadas por Imperio Argentina, como El día que nací yo. La versión de Imperio me parece preciosa, con unos arreglos inmejorables. Conecté mucho más con el material más antiguo. Y de las letras ya, no te digo… Es realmente un género que, al estar tan estigmatizado, pasa muy desapercibido si no ha estado presente en tu entorno familiar. Y es una pena, porque es una parte muy importante de nuestra cultura.

–Y, sobre todo en aquella época primeriza, establece una disciplina de trabajo en equipo luego casi inédita en la historia de la música popular española: grandes escritores trabajando codo con codo con compositores, arreglistas…

–Sí, esto también me llamó la atención. Esa división del trabajo no se ha perdido del todo, aunque ha quedado relegada al mainstream, al producto más comercial. Combinar el fuerte de cada artista era un acierto. Ahora tiene que hacerlo todo uno mismo, cuando puede que dividido saliera mejor.

–Cuando hablamos del ámbito musical independiente, el término repercusión siempre es relativo. Aun así, ¿la esperaba?

–La verdad es que no me esperaba nada. Yo lo hice así como un poco inconscientemente, y fue cuando lo terminé cuando me di cuenta de que había hecho un disco de copla. “Ostras, y si ahora se me echan encima…”. No me esperaba la repercusión, pero entiendo que al ser un disco de canciones que pueden tocar fibras nostálgicas pueda tener más cobertura que los anteriores. Entiendo que tenga algo más de proyección, pero no me esperaba nada.

–Incluso la pone en una situación un tanto difícil: y ahora, ¿qué?

–Ja, ja… Indiferente no te deja, no. Haré otro disco propio. Me encanta cantar y arreglar, pero también componer. Así que ya estoy trabajando en el nuevo disco.

–¿Se filtrará en él algo de lo aprendido?

–Seguro. De hecho, alguien ya me dijo el otro día de una nueva canción que sonaba a… ¡copla! Puede ser. A nivel armónico seguro que hay algunos guiños.

–¿Ha notado que haya cambiado el público de sus conciertos?

–El que venía antes sigue ahí, aunque a veces también me encuentro a gente más mayor que quizás piensa que voy a tocar coplas de verdad, en su estilo original. Me ha pasado, gente que viene un poco confusa, a ver qué hace ésta con las coplas… Y, sorprendentemente, les gusta. Es bonito cuando pasa, porque de alguna forma estás acercando a gente más joven, o de un gusto más alternativo, a un estilo tradicional, y a la vez, acercas a un estilo de música distinto a gente que no hubiera escuchado jamás mis discos anteriores. Está bien esa comunión.

–¿Y dónde ha quedado el proyecto de canciones del cine clásico americano? ¿Lo recuperará?

–No lo sé. Me cuesta un poco cantar en inglés, me siento extraña. Antes lo hacía, pero cuando empiezas a cantar en tu lengua, en catalán o en castellano, cuesta más oírte en idiomas que no son el tuyo. Al menos a mí me chirría un poco. Pero nunca se sabe, puede ser.

–No sé qué puede tener de coincidencia, pero en pleno auge del movimiento soberanista catalán, dos músicos catalanes de rock, usted con María canta copla y Jose Domingo con Almería, graban sendos discos con innegables raíces populares españolas…

–Supongo que coincidencia tampoco debe ser, pero no hay una intención política detrás. Soy bastante escéptica en este sentido, en cuanto al ámbito político, me refiero. No me decanto demasiado, estoy en un territorio un poco… extraño. Supongo que como mucha gente. En María canta copla también quise incluir temas en catalán. Cuando no tenía ni idea del asunto pensé que igual había coplas en catalán. Di con algún cuplé, pero no me gustó mucho, así que no lo metí. Para mí, el discurso de evitar los prejuicios, porque la cultura es libre, siempre está ahí. Al final es música, da igual de dónde sea. No hay una intención concreta, pero si te pones a analizarlo, seguro que algo tendrá que ver, aunque no sea algo consciente. Al menos en mi caso.

–Ya. Eso es justo lo que llama la atención, que no sea un mensaje concreto. Más bien, la constatación de la asimilación natural de una cultura compartida.

–Sí. Y también puede que haya por detrás una tendencia, en general, a llevar la contraria. Conociendo a Jose tampoco me extrañaría. “Ahora que todo el mundo dice esto, pues yo voy a hacer un disco así” [risas]. Es provocar un poco, pero sin posicionarse. Simplemente por cuestionar, porque sí.

María Rodés actúa el viernes 7 en Sevilla (Sala Malandar) y el sábado 8 en Málaga (Velvet Club).

Silver Apples, plato fuerte en Los conciertos del SEFF

Blas Fernández | 30 de octubre de 2014 a las 12:00

Puede que la expresión banda de culto esté sobreexplotada (casi seguro); puede que su uso debiera, en justicia, quedar limitado a casos como el que nos ocupa: Silver Apples.

El grupo neoyorquino -en concreto, el único componente vivo del dúo original, Simeon Coxe- será en esta edición el nombre más llamativo en la programación de Los conciertos del SEFF, que por tercer año consecutivo llenará de música las noches del Festival de Cine Europeo de Sevilla, entre el 7 y el 15 de noviembre, proponiendo actuaciones con acceso gratuito en el Casino de la Exposición y la Casa Palacio Monasterio (Amor de Dios, 18).

Pero volvamos al caso Silver Apples… Su primer álbum y homónimo álbum es de ésos que ponen a prueba la incredulidad del oyente al constatar el año de su de edición: 1968. Apenas se han disipado los calores del verano del amor, pero el hippismo ya recibe respuestas mordaces dentro del ámbito rock. Frank Zappa publica We’re Only In It For The Money y The Velvet Underground -con un Lou Reed que, por cierto, no puede ni ver a Zappa- revela en blanco y negro saturado, con White Light/White Heat, la foto su ciudad.

Simeon Coxe, en una imagen reciente.

Simeon Coxe, en una imagen reciente.

La música que entonces facturan Coxe y Danny Taylor en ese mismo Nueva York de la Velvet apenas comparte presupuestos estéticos con unos y otros -queda más cerca de la andanada krautrock que ya se fragua en Alemania-, pero sí mantiene idéntico compromiso por sacar los pies del tiesto. Coxe se encarga de las voces y la protocacharrería tecnológica que él mismo fabrica; Taylor, por su parte, extiende desde su batería patrones rítmicos tan reiterativos como hipnóticos. Estamos ante una suerte de exponente temprano, tempranísimo, de electrónica experimental aplicada a la música pop (también de punk sin guitarras, según se mire).

Silver Apples es un disco fascinante, pero también difícil. Su impacto en el mercado es relativo, aunque al igual que la segunda entrega del dúo, Contact (1969), deja huella profunda en posteriores generaciones de músicos de rock y electrónica. La abrupta desaparición de la banda añade además para no pocos seguidores un atractivo plus de malditismo: un tercer álbum ya grabado se queda en el cajón cuando la compañía que edita sus trabajos, Kapp Records, es comprada en 1970 por MCA. La decepción, y quién sabe qué más, conduce hacia una inminente disolución.

Tuvieron que llegar los 90, y la reivindicación de su escueta discografía por parte de no pocas luminarias -entre otros, Portishead, Beck o Stereolab-, para animar a Simeon Coxe a reinventar la franquicia. Sin Taylor, acompañad ahora por Xian Hawkins y Michael Lerner, lanza en 1996 el sencillo Fractal Flow, anticipo de lo que sólo un año después será todo un álbum, Beacon, con escaso material nuevo y llamativas reinterpretaciones de cortes antiguos.

En 1998 la reactivación de Silver Apples funciona a pleno rendimiento: publican un nuevo disco, Decatur; aparece A Lake of Teardrops, una colaboración entre Coxe y Spectrum, alias del ex Spacemen 3 Pete Sonic Boom Kember, discípulo confeso, y se rescata The Garden, aquel álbum inédito del 70 facturado por el dúo original. Sin embargo, cercano ya el fin de año, Coxe sufre un accidente de tráfico con graves resultados, incluidas lesiones en la espina dorsal.

Taylor falleció en 2005 de un ataque al corazón, pero para entonces Simeon Coxe, ya recuperado, había vuelto a poner en pie el proyecto con un perfil bien diferente: no importan ahora tanto los discos como las apariciones puntuales en conciertos que reviven, pese al paso del tiempo, aquella música avanzada a su época.

En la imagen, John Gray.

En la imagen, John Gray.

La actuación de Silver Apples -el jueves 13 a las 00:30 en la Casa Palacio Monasterio con sesiones de DJ a cargo de Aramburu y Vidal Romero- es el plato fuerte de Los conciertos del SEFF, pero obviamente no es plato único. Por el mismo escenario pasarán, complementados por diversos discjockeys, Fabuloso Combo Espectro (día 9), Los Quiero y Beautiful Señoritas (día 10), Pablo Und Destruktion y Frank Berjim (día 11) y Disco Pantera (día 12), este último singular proyecto armado por un hiperactivo Paco Loco, el ex Australian Blonde Pablo Errea y los ex Ledatrés Esteban Perles y Patricio Espejo en torno al material inédito de tres bandas desaparecidas e ignotas: Antenna, Park Cheese y Fleeman. Claro, que usted comulgue con semejante historia sólo depende de su ingenuidad o de sus ganas diversión.

En el otro escenario del ciclo, el Casino de la Exposición, y de nuevo con complementarias sesiones de DJ, veremos a Aurora & The Betrayers (viernes 7), al canadiense Sid Le Rock -penúltima encarnación, tras alias como Pan/Tone, de Shelbono del Monte- acompañado por los locales Lumineón (día 8), a los madrileños Cosmen Adelaida y los sevillanos Blacanova (viernes 14) y, finalmente, al madrileño John Gray (día 15), muy recomendable en su explosiva mezcla de R&B y electrónica visto lo visto, y oído lo oído, tras su paso por el reciente Monkey Week. Gray, además, contará con el cierre de un DJ muy particular, el donostiarra Javi Pez (o DJ P3z), un histórico de la electrónica nacional con sabores negros, remezclador ocasional de algunas exquisitas propuestas del pop español de las últimas décadas e integrante de proyectos tan atractivos como Parafünk e Instrümental.

Enhorabuena a los cuatro

Blas Fernández | 26 de octubre de 2014 a las 5:00

Foto: Álvaro Soto

Foto: Álvaro Soto

perspectiva_blogPerspectiva caballera. Sr. Chinarro. VEEMMM. Pop. CD / DD

Seguidores de largo recorrido de Antonio Luque manifiestan un indisimulado alborozo: se ha corrido la voz de que en Perspectiva caballera, décimo quinto álbum de Sr. Chinarro, vuelve el músico sevillano a la oscuridad y el cripticismo, a los modos y formas de su primera etapa –en justicia, tan dilatada y con títulos tan distintos entre sí que agruparlos bajo un mismo epígrafe daría tanta grima como rimar con tiempos verbales– y ya tenemos el rumor convertido en argumento para un considerable porcentaje de reseñas y hasta en eje principal de entrevistas varias. Entrevistas, por qué no, en las que incluso el propio entrevistado da la razón a los sucesivos entrevistadores, que olvidan, sortean  o ignoran la nunca caprichosa inclinación del personaje a decir mañana Luque donde hoy digo Antonio. Así que, más allá de la perezosa y proverbial inercia tan propia del gremio, ¿hay base firme para sustentar semejante coincidencia de opiniones? Francamente: yo no la aprecio.

Tras probar con variopintas formaciones y diversos resultados –aunque sin escatimarnos nunca un puñado de canciones enormes, genuina marca de la casa–, en Perspectiva caballera Luque reúne a la banda, esa base de  núcleo duro que tras El fuego amigo (2005), el álbum con el arrancara aquella etapa de línea clara, abundaría en los nuevos acentos que el cuerpo le pedía durante tres títulos consecutivos: El mundo según (2006), Ronroneando (2008) y Presidente (2011). Una gran banda: el multinstrumentista y productor Jordi Gil y la ultracompacta sección rítmica de Maga, Javier Vega al bajo y Pablo Cabra a la batería; solvencia y talento al servicio, pero también al contrapeso, de la torrencial inspiración chinarra.

Si El fuego amigo le proporcionó a Luque el método –consecuencia aplicada de una tardía asunción de su condición de músico profesional–, aquellos títulos posteriores lo desarrollaron hasta sus últimas consecuencias, incluso infringiendo en el empeño una norma confesa: no reiterar nunca la fórmula más allá de un par de títulos –la siembra de la nueva semilla en uno y la recolección de la fructífera cosecha en otro–. Esa dinámica explica por si sola el cambio de rumbo (y de banda, una vez más) en un título como ¡Menos samba! (2012) y la pérdida aparente de éste en Enhorabuena a los cuatro (2013), quizás el más  desnortado –aunque, como siempre, con cortes acordes al reconocido talento de Luque como letrista excepcional– en tan extensa discografía.

Tras la endeblez de aquel último capítulo –que, según su sello editor, funcionó particularmente bien en el mercado nacional, al menos teniendo en cuenta las cifras que éste suele gastar–, se imponía con urgencia una necesaria reconsideración al objeto de mantener un estatus ganado a pulso; replanteamiento que nuestro hombre, como suele ser habitual en él, acomete sin reparos, aunque ello conlleve el abandono de la discográfica que facilitó su despegue comercial, Mushroom Pillow, y la puesta en marcha de una propia, Veemmm. Una idea, por cierto, ante la que siempre, convencido de que en este negocio el músico sólo debe preocuparse de su música, se había mostrado reacio.

Éstos vendrían a ser los mimbres con que se teje el hermoso cesto de Perspectiva caballera, un álbum más cercano en musicalidad, que no en sonoridad, a los tres discos inmediatamente posteriores a El fuego amigo que a cualquiera de sus predecesores. Y es lógico: sus artífices, incluidas las aportaciones a la guitarra de un finísimo Israel Diezma, son los mismos.

Frente un escritor que apostó en sus últimos trabajos por primar la claridad sin perder el aliento poético –valga como esplendoroso ejemplo aquella Los amores reñidos de Ronroneando–, queda quizás la impresión de reencuentro con aquel otro Luque abierto a las interpretaciones del oyente. Aunque puede que sólo sea eso, un truco de perspectiva: ¿Dejó de serlo en algún momento? ¿Tan críptico, por contra, resulta aquí?

Dejemos en esta ocasión los textos de Luque en un segundo plano –de segundas lecturas están llenos, aunque líneas como La modelo se fue con el pintor / La brocha gorda y cuanto más mejor (El gato de S) no resulten particularmente indescifrables– y celebremos el equilibrio conjunto de esta brillante colección de canciones, presta a engrosar el abultado canon de clásicos chinarros.

El Podcast de La Ventana Pop (Programa 16)

Blas Fernández | 23 de octubre de 2014 a las 5:00

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El Podcast de La Ventana
Pop abre su nueva entrega con Phantom Radio, el reciente y flamante álbum de la Mark Lanegan Band. Escuchamos a los grupos ganadores de la edición 2014 del concurso Desencaja, Furia y Coppermine, y segumos descubriendo los nuevos trabajos de Sweethearts From America, Sr. Chinarro y Chencho Fernández. También suena el nuevo sencillo de Single, versionando a las colombianas Elia y Elizabeth, el álbum de retorno de IS, el primer trabajo de Karen Koltrane y, en un último guiño al VI Monkey Week, los singulares Perlita.

Como siempre, puede escuchar El Podcast de La Ventana Pop en el reproductor bajo estas líneas o, también, en la web de ScannerFM.

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Tracklist

1.-Mark Lanegan Band: Harvest Home

2.-Mark Lanegan: The Killing Season

3.-Furia: Shake It

4.-Coppermine: It’s Time to Recap

5.-Sweethearts From America: Sonic Surf Against Facism

6.-Sr. Chinarro: El gato de S

7.-Sr. Chinarro: El viaje astral
 
8.-Chencho Fernández: Si alguna vez mueres joven

9.-Chencho Fernández: Una buena noche

10.-Single: Soy una nube

11.-Is: Los cuadernos

12.-Karen Koltrane: La montaña artificial

13.-Perlita: Tempura Fried Vegetables

Las vidas que perdimos

Blas Fernández | 19 de octubre de 2014 a las 5:00

Foto: Carolina Cebrino

Foto: Carolina Cebrino

dada_cover_blogDadá estuvo aquí. Chencho Fernández. Fun Club Records. Rock. CD / DD

En una reciente entrevista con motivo de la edición del sencillo de adelanto de este álbum, Dadá estuvo aquí, Chencho Fernández aludía a una cierta travesía del desierto para explicar el espaciado lapsus entre la desbandada de Sick Buzos, una de las formaciones con más carácter en la escena del rock sevillano de los últimos 90, y este retorno que ahora ya se concreta en largo. Y hay que escribir retorno en cursiva, porque Chencho no se fue.

Cantante, letrista y guitarrista, grabó con nombre propio y con banda, incluso participó en proyectos de terceros. Sin embargo, ninguna de aquellas aventuras, se diría casi que lastradas por algo de pereza o falta de confianza antes que por ausencia de talento, logró materializarse en una propuesta a la altura de las expectativas.

Y me da que la confianza juega un papel clave en este soberbio regreso. Sobre todo la propia, ésa que en esta decena de canciones crece sobreponiéndose a las soledades y desesperanzas desde la inspiración y el oficio, retorciéndolas con el debido respeto hasta convertirlas en armazón y argamasa del texto poético.

Pero también, imprescindible, se observa la recompensada confianza ajena: estamos ante una banda imponente –imposible sustraerse al empaque de esas guitarras pulsadas por Juano Azagra e Israel Diezma, a la estructura rítmica de Pablo Florencio y Manuel Martínez, a los precisos arreglos de coros, cuerdas y vientos que embellecen cada uno de los cortes–; ante un brillante productor entregado a la causa –el maestro Jordi Gil, que ha tramado con paciencia e ingenio este deslumbrante tapiz– y ante un entusiasta sello discográfico confiado de antemano en el calibre de su estreno –Fun Club Records–. Ello explica, de hecho, que canciones ya registradas previamente en alguna de aquellas aventuras sin final feliz luzcan ahora con un lustre y presencia  difícilmente imaginables entonces.

Aunque medie un guiño a Barcelona –la turbadora La Garçonne: el Chencho de espíritu más reediano–, en Dadá estuvo aquí todo queda en la ciudad, escenario universal repleto de esquinas localmente reconocibles, un territorio con inclinación por la tonalidad sepia en el que los fantasmas de las vidas pasadas permanecieron flotando a la espera del recuerdo distante, cómplice y comprensivo, que los redimiera.

Dadá estuvo aquí, la canción, no evoca sólo aquella otra sala de conciertos que la indiferencia y la especulación se llevaron por delante. Apenas es la excusa, la atalaya desde la que mira con ternura al joven que fue un vigía que ya no lamenta los desamores lejanos (La estación del Prado) y celebra con inevitable resignación los enamoramientos efímeros (Muchacha rural); el mismo que ajeno a la melancolía rememora con un barniz de envidia las mil y una noches en comunión (Radio Fun Club) y, romántico irredento, aún se muestra convencido de que es la palabra, La canción, la materia prima con la que se fabrica esa llave maestra que abre la hucha más codiciada (aunque en ocasiones menos sinceras, lo calen, claro, como en El rayo a punto de caer).

Investida de un clasicismo con hechuras de traje a medida (Desnudo / Como me trajo mi madre), la dylaniana Si alguna vez mueres joven podría sacar los colores a aquellos que en estos tiempos convulsos, contradictoriamente ensimismados, denostan la esfera de lo íntimo en favor de lo social (Se requieren nuevos actores / Para una vieja farsa / De la cuna a la tumba), tal que fueran ámbitos irreconciliables, antagónicos, sin reparar en que la naturaleza de la primera define en buena medida nuestra relación con lo segundo.

Con un humor descarnado (y canónicas cadencias pop de irresistibles efectos: Este matrimonio no casa) o descarnando instantes solitarios en conmovedoras estrofas nocturnas (Una buena noche, ese memorable final plagado de poderosas escenas en las que todos, alguna vez, podríamos reconocernos), Dadá estuvo aquí no es sólo el disco que desde hace tiempo esperábamos de Chencho Fernández, sino más, mucho más. Sin miedo a la exageración: una de las mejores y más hondas obras que el rock en español nos ha deparado en años. La travesía del desierto ha terminado.

Propósito de enmienda (a la totalidad)

Blas Fernández | 17 de octubre de 2014 a las 20:39

indiesIndies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural. Víctor Lenore. Editorial Capitán Swing. 155 páginas.

¿Vale la pena dedicar un libro, por escueto que sea éste -descontando el prólogo de Nacho Vegas, algo más de cien páginas-, a ridiculizar un microfenómeno social de por sí tan risible como el de los hipsters? Evidentemente, no. Pero para Víctor Lenore (Soria, 1972), igual que antes para otros autores, legiones de esta versión contemporánea del esnob de siempre -sólo que ahora con una oreja bien atenta al ámbito musical de marchamo indie, un ojo puesto en los artistas de la pantalla y al menos una mano agarrando una novela de David Foster Wallace- configuran una suerte de inconsciente quinta columna asimilada por el mercado en tal medida que, una vez alcanzados puestos de improbable relevancia en las industrias creativas, influyen de manera más o menos sutil, pero definitivamente perniciosa, en el gusto colectivo. Ésa es la realidad, cuanto menos discutible, que se propone explicarnos en Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural.

Lenore resultará conocido al lector español de crítica rock: fue uno de aquellos jóvenes airados que irrumpieron en las revistas musicales, a comienzo de la década de los 90 del pasado siglo, predicando la buena nueva generacional del indie nacional con tan rendido entusiasmo como afilada ironía, cuando no manifiesto desprecio, contra cualquier lector o firma que discrepara de semejantes planteamientos monocromáticos, completamente ajenos a la amplia escala de grises. Al fin y al cabo, pecados de juventud sin mayor importancia.

Presente de manera continuada tanto en la prensa generalista como en publicaciones especializadas, su postura frente a esa misma escena sufre una lenta y rastreable mutación que parece alcanzar un punto de no retorno tras la contestación social del 15M: el indie, o lo que para entonces se entiende como tal, no es político; no sólo no conecta con la agitación que vive la calle, sino que se distancia de ella parapetándose tras un fatalismo de tono irónico, o lo que es peor -lo apunta en varias ocasiones-, cínico. Tenemos aquí una de las varias apreciaciones -o directamente, afirmaciones- de carácter maximalista que, a mi entender, lastran un ensayo con no pocos puntos de interés que, ojalá, podrían y deberían propiciar un atractivo debate.

Sin embargo, el mayor problema de esta descalificación del todo, en la acepción más amplia y elástica del conjunto, resida quizás en el hecho de imprimir a su discurso una vehemencia similar, cuando no idéntica, a la empleada veintitantos años atrás para definir y defender justo las posiciones contrarias. Resulta algo más sofisticada, claro -todos estamos más leídos, espero-, pero igualmente abonada al blanco y negro, ajena una vez más a los grises. En el fondo, Lenore entona lo que puede entenderse como un encomiable mea culpa -se arrepiente de su hipsterismo, es incluso cruel con el alienado indie que habitó en su cerebro durante tantos años-, pero sigue acusando la misma visión escotópica que, al parecer, le impide apreciar cualquier matiz positivo en aquello contra lo que carga.

“En realidad -apunta ya casi al final del texto-, este libro no intenta pedir más arte político. La cultura raramente alimenta procesos de cambio, sino que se limita a intuirlos o acompañarlos. Cuando se escriben canciones, películas o novelas como instrumento político, suelen salir panfletos infumables, que no son buenos ni para el arte ni para la política. Lo que si conviene tener claro es que las escenas culturales que no atiendan a los contextos sociales y a los mecanismos de poder están condenadas a la complicidad o a la irrelevancia”.

La última frase del párrafo, descontado el tufo totalitario que desprende en ese contexto el término complicidad, resulta en este sentido especialmente descriptiva en cuanto al carácter maximalista del planteamiento de Lenore. Primero, porque escenas que sí atienden al contexto social pueden terminar por resultar tan irrelevantes, o no, como las que lo ignoran o, al menos, no lo convierten en el eje único sobre el que pivota su razón de ser; segundo, porque basta un somero repaso para cerciorarse -y el autor lo sabe, qué duda cabe- de que la historia reciente de la creación artística está repleta de acciones aisladas -novelas, películas, discos…- que por una u otra razón pasan completamente desapercibidas en su propia época y luego adquieren un significado completo y complejo para generaciones posteriores.

¿Es acaso el mercado el elemento catalizador de ese redescubrimiento? A veces sí y a veces no, aunque siempre gane la banca. El valor de la breve obra de Nick Drake, por ejemplo, no reside en el hecho de que un buen día un creativo publicitario decida utilizar su música en un spot televisivo. Si lo hace, es porque ya existe una base de oyentes de la que ese creativo forma parte (o que contagia por proximidad a ese creativo). Pero bueno, quizás no sea el ejemplo más adecuado. Según palabras del propio Lenore, Drake es un “cantautor depresivo”, se intuye que uno de esos despreocupados cultivadores de la esfera de lo íntimo, tan distante de los problemas sociales que lo circundan que merece sin duda el condenatorio calificativo: irrelevante.

En lamentable contraste con algunas ideas expuestas de manera lúcida -ésas que se sustentan en un mínimo sentido común sin necesidad de echar mano a citas de teóricos culturales; que por otro lado, nunca están de más-, el autor aplica la misma brocha gorda con tanta urgencia que en varias ocasiones se le va la mano (de pintura). En efecto, no faltan las contradicciones. Entre las más sangrantes señalaré sólo ésta: se queja de que el capo de un sello discográfico firme un texto promocional afirmando que no podría ser amigo de nadie a quien no le gustara La leyenda del espacio de Los Planetas -una bobada hipster sin sentido, obviamente-, para poco después recriminar a quien disfrute del cine de Clint Eastwood que no tenga en cuenta su postura política conservadora.

En realidad, al descalificar sin contemplaciones todo aquello que según él se sitúa al margen de la política -que, básicamente, viene a ser aquello que no comulga con la totalidad de su ideología-, Lenore no sólo nos está pidiendo más arte político, sino que está tomando posiciones concretas en una dialéctica que uno ya imaginaba superada, aquella otra variante: el arte será político o no será. Puede que servidor estuviera equivocado, como en tantas otras cosas.

El Podcast de La Ventana Pop (Programa 15)

Blas Fernández | 9 de octubre de 2014 a las 5:00

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El Podcast de La Ventana Pop
se abre en esta ocasión con un recuerdo al desaparecido baterista Fernando Cañas, fallecido justo cuando estaba a punto de editarse el primer trabajo de su nueva formación, Fino Winos.

Por otro lado, la inminente celebración del Monkey Week, que arranca mañana en El Puerto de Santa María, nos da pie a escuchar canciones de los nuevos trabajos de Cabezafuego (Camina conmigo), Chencho Fernández (Dadá estuvo aquí) y Hi Corea! (Odd Nature). Por el mismo festival pasará también Montgomery, último proyecto comandado por Miguel Marín (Árbol), formación encargada además de inaugurar la XXI edición del Mes de Danza de Sevilla.

Suenan también los barceloneses Cobarde y los sevillanos I Am Dive, a punto de poner en circulación su segundo álbum, Wolves. Y despedimos con dos discos de versiones: Bajo un cielo prehistórico, el homenaje a The Church, y Unidad y armonía, el tributo que diversos músicos granadinos rinen a Los Módulos.

Como siempre, puede escuchar El Podcast de La Ventana Pop en el reproductor bajo estas líneas o, también, en la web de ScannerFM.

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Tracklist

1.-Fino Winos: Burning Man

2.-Cabezafuego: Meteoritos

3.-Cabezafuego: De niña a mujer

4.-Chencho Fernández: La estación del Prado

5.-Chencho Fernández: Muchacha rural

6.-Hi Corea!: The Cave

7.-Hi Corea!: White City

8.-Cobarde: Amor patada

9.-I Am Dive: Wolves

10.-Montgomery: She didn’t come home

11.-All La Glory: Reptile

12.-Los Jaguares de la Bahía: Unguarded Moment

13.-Homenaje a Los Módulos: Sólo tú (con Antonio Arias)

14.-Homenaje a Los Módulos: Perdido en los recuerdos (con J)

“Veo más espectáculos de danza contemporánea que conciertos”

Blas Fernández | 28 de septiembre de 2014 a las 5:00

De izquierda a derecha, Jesús Bascón, Amanda Palma, Miriam Blanch y Miguel Marín, la formación de Montgomery. / Maria Meler

De izquierda a derecha, Jesús Bascón, Amanda Palma, Miriam Blanch y Miguel Marín, la formación de Montgomery. / Maria Meler

Integrante de la banda británica Piano Magic durante los primeros años de la pasada década, el músico sevillano Miguel Marín abandonó Londres poco después de iniciar trayectoria en solitario como Árbol, el alias bajo el que ya ha editado cuatro discos de hermosa música introspectiva con la electrónica como principal herramienta. Instalado en Barcelona hasta el pasado 2012, y tras un curso en Menorca, Marín volvió a su ciudad natal en 2013. En todos estos años ha creado también numerosas bandas sonoras de cine y teatro (para el desaparecido Bigas Luna firmó la de la película Son de Mar y las Comedias bárbaras de Valle Inclán), exposiciones, espectáculos multimedia y, una debilidad confesa, coreografías de danza contemporánea. Desde 2007 colabora de manera asidua con la bailarina Teresa Navarrete, codirectora junto a María Cabeza de Vaca de Welcome To The Montgomery Experience, el espectáculo que el próximo 30 de octubre inaugurará en el Teatro Alameda una nueva edición del Mes de Danza, amén de germen de su nuevo grupo (completado por Miriam Blanch al bajo, Amanda Palma a la batería y Jesús Bascón a la guitarra y teclados), también de un disco a la vuelta de la esquina.

–¿Qué lo trajo de vuelta a Sevilla?

–¿El porqué? Primero porque llevaba fuera veinte años y ya tenía ganas. Uno llega a los 40 y le interesan otro tipo de cosas. Lo que me pedía el cuerpo era vivir bien, y aquí se vive bien con poco. Desde luego, también influye el hecho de haber tenido una hija, el estar más cerca de la familia y que te puedan echar una mano. Todavía me toca viajar un montón… Volví no hace ni un año. Los seis primeros meses estuve en Espartinas, en el pueblo. Me pillé una casa allí, monté el estudio… Pero estar bajando todo el tiempo a Sevilla con el coche era complicado, así que terminé viniendo al centro. Ahora tengo un local para el estudio y los ensayos.

–Tras tantos años componiendo en solitario música de carácter eminentemente electrónico, sorprenden otros retornos: al formato banda, con Montgomery, y a una sonoridad más rock…

–En el último espectáculo que hice con Teresa Navarrete inventamos el personaje de Montgomery. Y lo hicimos con esta música, que me apetecía mucho tocar en directo, con banda. Además, me apetecía también despreocuparme del hecho de tener que estar a cargo de todo, como me ocurre con Árbol. Quería cantar y olvidarme un poco de lo demás. Cuando volví a Sevilla todo fue muy rápido. Montamos la banda y empezaron a salir conciertos. Por un lado, una banda da muchos dolores de cabeza, porque a la hora de tomar decisiones es problemático poner a todo el mundo de acuerdo, pero cuando empieza a sonar, cuando ese sonido es bueno, entonces una banda te empuja.

–¿Y en qué punto está Árbol?

–Ahora, sobre todo, estoy poniendo mi energía en Montgomery y en los encargos que me hacen pare cine, teatro, danza… He acabado la banda sonora de la nueva película de Chema de la Peña, Me amarás sobre todas las cosas, que va al Festival de Berlín. Este tipo de encargos son mi trabajo. Pero con Árbol comenzaré a grabar un disco nuevo a final de año, para que salga a mitad de 2015.

–Y además habrá disco de Montgomery…

–Sí, ya está terminado. Se titula It’s Happening, lo editará Meridiana en vinilo y CD y saldrá coincidiendo con el Monkey Week, donde tocaremos el domingo 12 de octubre. Hemos enfocado el disco desde una perspectiva más electrónica, pero el directo es más orgánico, más espectacular.

–Esas canciones son justo la base del espectáculo que han preparado para inaugurar el Mes de Danza…

–Le presenté la propuesta a María González, la directora del festival, y le gustó. Se trata de hacer un concierto de Montgomery con seis bailarines que recrean una fiesta muy exclusiva con estética de los años 50. Y hay interacción entre músicos y bailarines: yo hago algún movimiento y algunas bailarinas hacen coros. Haremos dos días, el 30 y el 31.

–Después de tanto tiempo viviendo en Londres, en Barcelona, en Menorca… ¿Cómo se ha encontrado la escena sevillana?

–Bueno, discrepo del concepto de escena aplicado a una ciudad, pero lo que sí veo es que hay mucho movimiento de grupos, seguramente mucho más amplio de lo que yo conozco. Sí observo que hay mucha gente haciendo la misma música que hace veinte años, cuando me fui. Al fin y al cabo, Sevilla es una ciudad muy rockera. Pero también hay un gran movimiento en torno a la danza y al multimedia que no es tan visible como debiera. También veo que hay mucha gente organizando cosas, así que no entiendo ese victimismo respecto a Barcelona o Madrid. Créame, hay sitios en España mucho peores que Sevilla. Yo sigo haciendo música, pero estoy más metido en el tema de la danza contemporánea: veo más espectáculos de danza que conciertos.

–Residió en Barcelona durante muchos años. ¿Notó cómo crecía el movimiento soberanista?

–Lo he notado más cuando he vuelto luego a dar algún concierto o a visitar a la familia, porque mi chica es de allí. Pero depende mucho de los círculos que frecuentes. Cuando yo voy me muevo con gente allí y algunos de ellos ni siquiera se creen lo que está pasando. Así que hay quien no está metido para nada en esa historia y, por contra, otros que sí lo están. Lo cierto es que dependiendo de por dónde te muevas, el ambiente se ha vuelto un poco tenso, con alguna gente muy obsesionada. Yo no he llegado a vivirlo allí, porque dejé Barcelona hace dos años, y todo esto ha crecido, sobre todo, en el último. Pero me llama la atención ir allí a tocar y encontrarte con amigos o conocidos que antes no sacaban este tema y ahora sí lo hacen. Y lo hacen además sacando una vena nacionalista que antes no veías en ellos. En parte, creo que los entiendo: es importante que puedan decidir. Y creo que hay mucha gente que no votaría o votaría que no. No hay una mayoría tan clara como a veces parece. La gente está también muy quemada con la propia política catalana y no se cree nada de nadie. Lo que ha pasado con la oferta cultural, por ejemplo… Ha bajado muchísimo. Barcelona ya no es lo que era ni se mueve tanto como antes.