Aire sobre Berlín

Blas Fernández | 19 de noviembre de 2008 a las 23:55

Lou Reed, en el Cervantes de Málaga (21/VII/2008). Foto: Sergio Camacho.

LOU REED. Berlin: Live at St. Ann’s Warehouse. Matador. Rock. LP / CD

Entre quienes de manera recurrente tienden a considerarlo el disco más triste de la historia del rock y quienes apuestan por señalar en otra dirección a la hora de elegir las obras mayores de Lou Reed, Berlin (1973) mantiene intacta su aureola de álbum denso y fascinante, de relato desgarrado en torno a la autodestrucción narrado con la distancia precisa y con una concentración de talentos tal (el propio Reed, los bajistas Jack Bruce y Tony Levin, el productor, arreglista y multinstrumentista Bob Ezrin, el guitarrista Steve Hunter o el aquí sólo teclista Steve Winwood, entre tantos otros) que quizás no resulte del todo extraña la desazón, cuando no la tibia indiferencia, con que fue acogido en el momento de su edición: faltaba perspectiva.

Sin embargo, aquella ambición conceptual y musical, vista entonces por muchos como excesiva, no sólo ha resistido el paso de los años, sino que ha contribuido como pocas a fijar la figura del (por lo general antipático) neoyorquino como indiscutible punto y aparte de la historia del rock.

Ya fuera por el deseo de reivindicación o por resultar un temario idóneo para la puesta en pie de un rentable espectáculo con sólido hilo argumental, o puede que por ambos motivos, Ezrin, Reed y el versátil (y discutido) artista y cineasta Julian Schnabel decidieron dar forma a un montaje que tras su rodaje cinematográfico, y su edición como documental, ha girado con notable éxito por distintos puntos del planeta (en España, tras varias cancelaciones atribuidas a problemas de salud del músico, el Teatro Cervantes de Málaga se convirtió el pasado 21 de julio en la única plaza afortunada: a cien euros la entrada más cara).

Lo que este álbum recoge ahora es la grabación en vivo de los dos conciertos realizados en el St. Ann’s Warehouse de Brooklyn, Nueva York, los días 15 y 16 de diciembre de 2006, los mismos que sirvieron a Schnabel como base para su documental, y en los que se siguió casi al pie de la letra el repertorio y orden original del Berlin de estudio. Las variaciones al respecto son mínimas: una pequeña introducción jugando con el motivo de Sad Song y tres llamativas propinas, Candy Says –a dúo con Antony Hegarty, colaborador de Reed desde los tiempos de The Raven–, Rock Minuet y Sweet Jane.

El grueso del álbum lo ocupa, como es lógico, esa reconstrucción en vivo, y con orquesta, de Berlin, y ahí las diferencias sí son notables. Más allá del razonable cansancio en la voz de un Reed –evidente desde que comienza entonar la canción homónima– que no obstante logra salir airoso, lo que distingue a uno de otro disco es la irremediable pérdida, en el fragor del directo, de una de las más notables cualidades de la grabación original: su atmósfera opresiva, impenetrable; su capacidad para conmover al oyente hasta el límite de la intimidación. Son las mismas hermosas canciones –todas alargadas respecto a su duración primitiva– y configuran un trabajo de indudable atractivo, pero lejano, muy lejano, a la indescriptible y sórdida seducción del Berlin de 1973. Como si al sacarlo del compartimento estanco del estudio y exponerlo al aire del exterior aquella neblina se disipase…

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