Suave como papel de lija


Embryonic. The Flaming Lips. Warner. Rock. LP / CD
Embryonic es como un pastel de fresas ácidas, convenientemente azucaradas, envuelto en un papel de lija. En primera instancia, incluso cabría pensar en él como el fruto de un fiero arrebato de rock psicodelizante anestesiado a base de potentes narcóticos, sólo que tanto su extensión –se trata de un dilatado doble ábum con 18 canciones– como la coherencia de su estructura interna y su evanescente desarrollo –por momentos, deudor de los primeros Pink Floyd, con y sin Barret– delatan su auténtica naturaleza.
Esto es: la de un bien premeditado artefacto sonoro con el que The Flaming Lips se reinventa no sólo sin perder su identidad, sino incluso reforzando su merecida aureola de banda en la vanguardia.
Y van, ¿cuántos discos? Más de una docena. Con altos y bajos, sí, ¿pero con qué porcentaje de aciertos?: In a Priest Driven Ambulance (1990), Transmissions from the Satellite Heart (1993), Clouds Taste Metallic (1995), The Soft Bulletin (1999) y Yoshimi Battles the Pink Robots (2002). Y eso, citando sólo los indiscutibles, los que quedan fuera de disputas incluso más allá del amplio círculo de seguidores acérrimos que los norteamericanos han cultivado con tino y talento desde comienzos de la década de los 80.
Tras la deliciosa marcianada, nunca mejor dicho, de Christmas on Mars, disco y película de procelosa y lenta elaboración –amén de deliciosos resultados, recordado sea de paso– y contando de nuevo con el insustituible Dave Fridmann en la producción, Embryonic despliega con pantanosa calma su abultado catálogo de sacudidas eléctricas, a menudo aderezadas por melodías tan dulces –Wayne Coyne canta con emoción desgarbada– que las disonancias y distorsiones, los macizos muros de saturación, se diluyen en unos arreglos primorosamente elaborados.
Dominio, magisterio, experiencia… Hubo un tiempo en que dichos términos constituían poco menos que un anatema en el ámbito del rock, pero hoy que los tiempos se superponen, se atraviesan y se enroscan, parecen idóneos para definir el trabajo de una banda que sabe qué quiere y cómo conseguirlo. Pruebe con el tobogán de Worm Mountain, con el blues meets krautrock de The Sparrow Looks Up At The Machine, con la pulsión free-jazz de Aquarius Sabotage o con esa mole final, Watching The Planets, horadada por una línea melódica tan simple como efectiva, apenas unos cuantos ejemplos representativos de este repertorio extenuante, y probablemente concluirá, sólo probablemente, que The Flaming Lips ha vuelto a hacer un disco muy grande.
Ahí les dejo el clip de I Can Be a Frog…


