Un sello distintivo

Blas Fernández | 12 de julio de 2012 a las 7:39

Swing Lo Magellan. Dirty Projectors. Domino. Rock. LP / CD

Editado en 2009, Bitte Orca se convirtió casi de inmediato en un punto de inflexión en la ya por entonces abultada discografía de Dirty Projectors, uno de esos títulos, por más que se viera venir, que redefinen de un plumazo el peso específico de una formación en la escena a la que se adscribe y proporcionan el merecido protagonismo a quienes, definitivamente, van unos pasos por delante.

Filtrando en sus guitarras los ecos de ese africanismo que tan hondo volvió a calar en el panorama independiente neoyorquino, resolviendo complejas estructuras rítmicas con un naturalismo pasmoso, poniendo acentos camerísticos allá donde la tensión armónica lo requería y, sobre todo, fiando a las voces –a sus espectaculares juegos cruzados– al menos la mitad de la responsabilidad sobre el resultado final, Bitte Orca redefinía a la banda de David Longstreth como vanguardia de una escena tan superpoblada de nombres capitales en el rock contemporáneo como ésa que se extiende, aparentemente inagotable, a lo largo y ancho de Brooklyn.

Semejante proyección se consolidó con algunas sonadas colaboraciones. Con David Byrne, a modo de santo patrón, publicaron ese mismo año Knotty Pine para el flamante recopilatorio Dark Was The Night; con Björk, particularmente obsesionada desde los tiempos de Medulla (2005) con redescubrir las posibilidades expresivas del instrumento musical primigenio, grabaron todo un miniálbum, el conmovedor Mount Wittenberg Orca, editado el pasado 2011.

Para cuando aquel disco llegó al mercado, Dirty Projectors llevaba ya algunos meses dando forma a éste que ahora nos ocupa, Swing Lo Magellan, ideado y materializado durante un año que ha visto cambios en la siempre mutante formación del grupo –la teclista y cantante Angel Deradoorian decidió tomarse un tiempo para sacar adelante su propio proyecto y el baterista Brian Mcomber fue sustituido por Mike Johnson– y presumiblemente marcado en su proceso creativo, para lo bueno y lo malo, por el compromiso de facturar un trabajo a la altura de su predecesor.

Longstreth no se cansó entonces ni ahora –ha insistido en ello en varias entrevistas– en definir Swing Lo Magellan como un disco articulado única y exclusivamente en torno a sus canciones, descontextualizando esa medida básica en relación a cualquier intento crítico o melómano de adscripción conceptual, genérica o estilística. Un empeño teórico, en cualquier caso, tan contradictorio como innecesario: el disco atesora en sí mismo ese ADN que ya en Bitte Orca hizo de Dirty Projectors algo distinto –distintivo, en toda regla–, ese sello identificable que caracteriza tanto a su sonido como a su modus operandi aun cuando la voluntad por no redundar en hallazgos previos sea una constante desde los primeros tiempos del grupo.

De hecho, y sin contar con que el material del álbum ha servido a Longstreth para firmar un mediometraje producido por Pitchfork TV, Hi Custodian, en el que se hilvana una sugerente sucesión de clips de la banda –lo cual, por cierto, también podría tener su lectura como elemento conceptual–, Swing Lo Magellan resulta en cierto modo asumible como un Bitte Orca despojado de vistosos arreglos, deseoso ahora de mostrar una desnudez que, a poco que se observa, se desvela como un brillante trampantojo: los arreglos, claro, siguen ahí, en los imponentes y permanente coros de Amber Coffman y Haley Dekle; en la voz del propio Longstreth, capaz como pocos de moldear su premeditado histrionismo para desencadenar el paroxismo; en la reapropiación los inocentes juegos de palmas infantiles como rico sustrato rítmico…

En este menos quiere ser más, en esta huida hacia adelante de un rock que quiere seguir siendo experimental volviendo atrás, muy atrás, hasta la raíz de lo popular, desaparece casi todo lo evidente. Hasta aquel citado africanismo se diluye apenas recordado por alguna guitarra, aunque subyace impreso a fuego en el recurrente esquema de llamada respuesta que Longstreth, Coffman y Dekle bordan en cada abordaje.

Emocionante desde el comienzo –voces solemnes con carraspeado propio de un vamos allá flamenco e inesperado desboque guitarrero en Offspring Are Blank–, pleno de canciones que valen su peso en oro –en eso no le faltaba razón a Longstreth: escuche Dance For You para convencerse–, este sexto capítulo en largo de Dirty Projectors sorprende, entusiasma y, superada la revalida, consagra a la banda como un referente ineludible para cualquier melómano interesado en saber por dónde va el rock de nuestro tiempo.

  • Despistao

    Suenan bien pero transmiten poco. Originales y curiosos sí que son, pero a mí me emocionan otras cosas, sinceramente.