Oír campanas (y fabular dónde)

Blas Fernández | 7 de febrero de 2013 a las 7:09

Pantha du Prince, tercero por la izquierda, junto a los integrantes de The Bell Laboratory. / Katja Ruge

Portada del álbum.Elements of Light. Pantha du Prince & The Bell Laboratory. Rough Trade. LP / CD

Las campanas pueden darnos mucho juego, juego teórico. En la historia de los instrumentos musicales, bien pudieran representar una suerte de dominio primigenio sobre la materia: tras incontables y presumibles ciclos de ensayo y error, el instrumento de percusión conquista la tonalidad, se independiza del ritmo y adquiere protagonismo melódico.

Luego, aunque indisociablemente ligada a esa virtud de apariencia mágica, queda la apropiación que de ellas hacen las religiones. Asimilación que, claro está, abarca gran parte de la música de su época, pero que aquí cuenta con una variante particularmente significativa. Esto es, en las sociedades tecnológicamente capacitadas, tanto en Occidente como en Oriente, las campanas se invisten con un insoslayable papel central: son la guía que convoca y conduce al rito.

Quizás estas dos consideraciones bastarían para poner en pie un armazón conceptual capaz de hacer salivar a algún francotirador de la escena artística contemporánea, pero a Pantha du Prince y a sus amigos del Bell Laboratory les sirve para algo más que publicitar una ocurrencia más o menos afortunada. En concreto, y ahí está el quid, para generar una obra robusta y hermosa, Elements of Light.

Ya que hasta la fecha ni la propia ciencia, tan a menudo percibida como otra religión, concluye de manera definitiva sobre la naturaleza última de luz, será conveniente dejar al margen de este juego una hipotética voluntad por parte del músico germano de dominarla como trasunto de la materia misma. Una remota posibilidad, no obstante, susceptible de ser interpretada como tal atendiendo al ejercicio de disección que nutre el listado de cortes del álbum, literalmente, los presuntos elementos de la luz: Wave, Particle, Photon, Spectral Split y Quantum.

Escuchadas en perspectiva, las campanas parecen adquirir en Hendrik Weber -el hombre tras el alias- categoría de fijación. Ya estaban presentes, y de forma recurrente, en su anterior álbum, aquel fantástico Black Noise (2010) con el que amplió de manera considerable su círculo de rendidos adeptos -otro disco, por cierto, con particular andamiaje especulativo: la calma que precede a la tormenta-. Sin embargo, aún no aparecían bajo la forma y fondo que adoptan en esta singular colaboración con el grupo de campaneros noruegos. En Black Noise eran campanas sintéticas o sintetizadas; en Elements of Light son instrumentos tradicionales -cuesta escribir físicos- tocados por otros tantos músicos. La diferencia, más allá del hecho de resultar notable, plantea otra espinosa incógnita. ¿Por qué?

Al igual que luego ocurriera en la escena hip-hop, determinadas vertientes de la música electrónica han recurrido de manera cíclica al reclutamiento de bandas argumentando una razón confesa -mayor empatía con el público en los directos- y apartando a un lado, de manera discreta, otra un tanto peliaguda -el atavismo de una presunta legitimación como músicos, quizás presumiblemente transferida por la mera utilización de instrumentos con larga historia-. Ahora bien, cuando la electrónica ha dejado de ser un género para ser un todo, presente de una u otra forma en la inmensa mayoría de la música de nuestros días, ¿son pertinentes esas consideraciones? ¿Durante cuánto más tiempo vamos distinguir entre esa entelequia de la instrumentación real, en realidad tan tecnológica como un vetusto sintetizador, y la instrumentación virtual?

No hay rastro de esa añoranza en Pantha du Prince -ni en Four Tet, ni en Burial, ni en tantos y tantos otros que producen alguna de la música más excitante hecha hoy-. Hay un músico que se sabe tal y como tal también juega, experimenta, junto a otros músicos, los que dominan el arte de su fijación: las campanas. Weber mantiene y potencia la liturgia del directo -basta ver las túnicas confeccionadas para los conciertos, propias de un monje-herrero-, pero no busca más legitimación que la resultante de su propia música. Y con ella, a la vista de los resultados, se sobra y basta.

Estructurado en torno a dos largas piezas pivotantes -Particle y Spectral Split, la primera con una duración de 12’30” y la segunda de 17’34”- y con otras tres más breves ejerciendo a modo de prólogo -Wave-, puente -Photon- y epílogo -Quantum-, Elements of Light despliega una deslumbrante arquitectura sonora que hace uso de todo el potencial evocador, mágico y hasta místico de las campanas -y del carillón, y del vibráfono…- y lo conjuga de manera magistralmente premeditada con las bases rítmicas y pinceladas armónicas servidas por Weber. El irresistible protagonismo melódico es aquí, casi en exclusiva, del instrumento-fijación, fabulado por el alemán y ejecutado por los noruegos.

Disco definitivamente distinto en la trayectoria de Pantha du Prince, y al mismo tiempo consecuencia lógica de su evidente afán de ir más allá, Elements of Light renuncia formalmente al componente pop presente en Black Noise. Lo paradójico es que en ese empeño resulte, si cabe, aún más psicodélico.

http://vimeo.com/55307494

  • Manolo

    Pedazo de disco, sí señor.Algún día habrá que escribir lo importante que ha sido STEVE REICH para toda esta nueva generación “electrónica”.

  • Blas Fernández

    Desde luego. De hecho, es una de las influencias reconocidas, junto a Cage, Xenakis y LaMonte Young, entre otros.

  • Vidal

    Es curioso. Casi siempre que he hecho entrevistas y he preguntado a músicos electrónicos por su relación con el minimalismo, casi siempre sale antes a relucir el nombre de Terry Riley que el del tito Reich, sobre todo “In C” y “A rainbow in curved air”…

    Y sí, es gran disco.

  • Blas Fernández

    Otro de los sospechosos habituales…

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