Hay fuego en el Sur

Blas Fernández | 9 de marzo de 2013 a las 5:00

Foto: Celia Macías

De palmas y cacería. Pony Bravo. Descarga digital (CD y LP en breve). El Rancho Casa de Discos.

Conviene, de partida, reparar al menos en un par de consideraciones extramusicales al enfrentarse a De palmas y cacería, tercer y muy esperado disco de la banda sevillana Pony Bravo, lanzado esta semana vía web en descarga libre y gratuita, con edición en CD para antes de final de mes y, siguiendo el proceso habitual, también con futura versión en vinilo.
 Ambas consideraciones, claro, hacen referencia al modus operandi de la formación, una apuesta desde sus comienzos por el uso de licencias Creative Commons, que permiten esa distribución en línea sin trabas, y que en el caso que nos ocupa adquiere tanto una dimensión política como ética.

Ambas desmontan tópicos interesados respecto a la viabilidad del envite, ésos que atendiendo a premisas difícilmente objetivables afirman sin despeinarse que sólo grupos o solistas con una carrera previa tradicional, y asentada presencia mediática, pueden permitirse semejantes aventuras -falso: ya se ha dicho que el Pony ha cabalgado siempre por libre- y que sólo grupos o solistas que “no interesan a nadie” se prestan a “regalar su música en lugar de cobrarla” -falso otra vez: del interés por Pony Bravo no dan sólo cuenta su abultada agenda de conciertos o su paso por los festivales más relevantes del país, también el hecho de que el mero anuncio por Twitter de la disponibilidad del disco bastará el pasado martes para colapsar el portal desde el que podía descargarse-.

Resulta una obviedad, pero parece inevitable volver a recordar que, pese a los lamentos de nostálgicos y asalariados -e incluso de nostálgicos asalariados-, las licencias Creative Commons son sólo una opción, tan respetable y útil como cualquier otra, y que por sí mismas no hacen mejores ni peores los trabajos que amparan. Sin embargo, sí que potencian en origen -por la vía tradicional cuesta otro tanto de sangre, sudor y lágrimas- un ámbito de libertad de actuación plena para aquellos que, conscientes del esfuerzo añadido que acarrea, deciden asumir el control absoluto de su obra. Pero que nadie se engañe: eso no garantiza nada; lo que hace a un grupo es la conexión con su público. Y, ya se dijo hace años, Pony Bravo lo tiene.

Foto: Celia Macías

Al frente de un sello discográfico ad hoc, El Rancho Casa de Discos, que desde hace tiempo se permite ya realizar otras recomendables grabaciones de terceros, y con esos dos álbumes anteriores cimentando una trayectoria tan atípica como deslumbrante -Si bajo de espaldas no me da miedo (y otras historias) (2008) y Un gramo de fe (2010), Pony Bravo estrena 2013 con un álbum quizás menos sorprendente que sus antecesores -ahora sabemos qué podemos esperar dentro de unos márgenes razonables-, pero más directo en su inmediatez, en su evidente ilación con la actualidad circundante, tratada aquí con la distancia terapéutica de un humor cáustico -vía de trabajo confesa- que levanta muros de resistencia contra la tormenta de caspa que nos azota.

Quizás por eso, una canción como Turista ven a Sevilla no pueda ser entendida en su plenitud sino desde el contexto de una ciudad en estado de permanente tensión entre concepciones antagónicas de su propia existencia, claudicantes entre sí por mera cuestión de civilizada convivencia; una ciudad que ondea la cuestionable y efímera enseña de su tematización, abonada a los vía crucis y las santas enzurbaranadas, engalanadas con miles y miles de euros públicos, mientras disfruta con saña del enésimo ciclo de destrucción de su tejido cultural, ése que tanta laboriosidad costó poner en pie.

Esa visión sarcástica, a menudo demoledora, es la que salta del ámbito local al nacional -la no menos punzante Eurovegas- o al internacional -Cheney, literalmente “un cowboy de mierda que todo lo puede”- señalando no tanto la extrañeza frente a las miserias cotidianas como frente a la fatalista facilidad conque parecemos dispuestos a tragárnoslas y digerirlas. No hay maniqueísmo en canciones como El político neoliberal, sino, como ya se apuntó el día del estreno de su hilarante vídeo, puro ácido audiovisual, inteligente y corrosiva apropiación del imaginario popular como herramienta de identificación entre pares. Pero esa apropiación, además, no se reduce al cuerpo textual; escarba en su inconsciente cuando es necesario y halla las pepitas de oro de su inspiración musical en un terreno que Pony Bravo comenzó a abonar pronto: el de un folclore que nos empapa de manera mucho más sutil que consciente.

Más allá de los referentes setenteros -el krautrock, obviamente-; ochenteros -Talking Heads y Devo, cada vez más presentes- o derivados de un despertar a la fiesta en plena eclosión del ánimo raver, todos ellos representados, juntos o por separado, en un listado de cortes más enjundioso que aquello que la escucha ocasional revela, son esas justas absorciones del folclore, tamizadas con estilo y compás congénito, las que perfilan los momentos presumiblemente incombustibles de De palmas y cacería: la guitarra flamenca de Niño de Elche en la mencionada Turista ven a Sevilla o, mejor aún, la deliciosa adaptación de la letra popular en Guajira de Hawaii, desarmante reinterpretación de la tradición, con un Daniel Alonso pletórico y melismático, que sigue avivando la llama de un fuego vivaz y brillante.


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