Sonidos para una fantasmagoría

Blas Fernández | 24 de junio de 2013 a las 5:00

Tomorrow’s Harvest. Boards of Canada. Warp Records. CD / 2LP

En su célebre ensayo Retromanía, el conocido crítico musical inglés Simon Reynolds especulaba sobre cierto matiz nostálgico presente en la música de Boards of Canada. Se trataría, teorizaba, de una nostalgia por aquello que, tras materializarse durante un periodo histórico relativamente corto, hoy se antoja la mera ilusión de una posibilidad real de progreso social, de justicia igualitaria, de acceso ponderado a la educación y a la cultura. Un ideal de dignidad que, en el caso británico, el thatcherismo, repugnante prólogo a la monumental estafa planetaria que hoy padecemos, liquidó con saña y prepotencia hasta reducirlo en el recuerdo a la categoría de fantasmagoría.

Con ese proceso plenamente establecido ya en nuestra cotidianidad –y levantando a la de momento sólo indignada ciudadanía en un grito de rabia desde Estambul a Río de Janeiro–, pero con su conclusión arrojando aún negras y apesadumbradas dudas respecto al incierto futuro, Tomorrow’s Harvest, esperada entrega del dúo escocés tras otro de sus habituales y prolongados periodos de silencio –éste, de siete años–, perfila en el subconsciente ese tan necesario como inevitable, congénito atisbo de esperanza: recuerda, amigo, tras la siembra llega la cosecha, la cosecha del mañana.

Entre las muchas cualidades que la música de Boards of Canada atesora, la de la incitación a la especulación pasa sin duda por ser una de las más significativas. Los hermanos Sandison, Michael y Marcus Eoin, nacidos ambos al comienzo de la década de los 70, obran el milagro en una discografía pionera que desde 1996 excita la imaginación meditabunda poniendo banda sonora a nuestras ensoñaciones. Al amparo primero de aquella desafortunada etiqueta IDM –era música inteligente, sí, pero no de baile– y sobrepasándola luego con la misma agilidad que dejaba atrás el concepto ambient –de todo menos eso: sólo puede apreciarse en su totalidad entregándole la máxima atención disponible–, su dosificada producción modela y modula estados de ánimo atendiendo a presupuestos estéticos asequibles para cualquiera con la curiosidad necesaria –la premeditada y simbólica patina de electrónica lo-fi no enmascara una comprobada tendencia al lirismo melancólico, maximalista en su eficaz capacidad de conmoción–.

Bien desde sus entregas en corto –es un decir: la última, el fantástico epé Trans Canada Highway (2006), rozaba la media hora– como desde sus (muy) largos álbumes, el trabajo de Boards of Canada se entiende como un continuo de trazado firme, sin giros inesperados ni vistosas concesiones a los avances tecnológicos que tan a menudo redefinen –¿una, dos, tres veces por temporada?– a las escenas electrónicas. Al contrario, al volver a la escucha de aquellos discos anteriores, uno asume con perfecta naturalidad su ordenada ilación, el fluir de ideas y motivos que ahora desembocan en Tomorrow’s Harvest.

Es por eso, seguro, que a quien suscribe le cuesta establecer tajantes jerarquías valorativas al respecto. ¿Es menos sorprendente que Music Has The Right to Children (1998)? Seguro: ya nos conocemos. ¿Formalmente menos arriesgado que Geogaddi (2002)? En absoluto. ¿Más inspirado que el a menudo infravalorado The Campfire Headphase (2005)? Vamos, vamos… ¿Con cuánta celeridad despachamos a veces lo que requiere tiempo, calma, escucha?

Tomorrow’s Harvest también lo exige. De hecho, se toma todo el necesario para desperezarse y erguirse, entreteniéndose durante buena parte de su primera mitad, como el organismo vivo que aparenta ser, en despertar y tener conciencia de sí mismo. En ese inicial estado de duermevela aparecen cortes inundados por pads atmosféricos, fugazmente atravesados por líneas melódicas más insinuadas que concretadas –Reach for Dead–, o inquietos recuerdos del sueño pasado –los elásticos beats a contratiempo de Jazquard Causeway– sobre los que retornan como olas, siempre iguales, siempre distintas, secuencias con variaciones apenas perceptibles.

Cold Earth, con la percusión ya activada, desentumece unos músculos aún propensos al relax ocasional –esas dilatadas cortinillas, nuevas insinuaciones, como Transmisiones Ferox–, haciendo fluir la sangre. Sick Times, Collapse… Son momentos que preceden al ascenso, ejemplificado en un tema tan enorme como Palace Posy, el que marca una cota que Tomorrow’s Harvest ya no abandona y propicia una segunda parte aún más digna de admiración. Los siete cortes que aún restan para el final –una cosecha en sí mismos, el resultado de esas New Seeds que Boards of Canada ha venido plantando–, son una plácida tempestad tras la calma anestesiada, narcotizada. Un fin de ciclo, si se quiere, con clave de lectura simbólica: nuestras nostalgias también necesitan una soberana sacudida.


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