Las vidas que perdimos

Blas Fernández | 19 de octubre de 2014 a las 5:00

Foto: Carolina Cebrino

Foto: Carolina Cebrino

dada_cover_blogDadá estuvo aquí. Chencho Fernández. Fun Club Records. Rock. CD / DD

En una reciente entrevista con motivo de la edición del sencillo de adelanto de este álbum, Dadá estuvo aquí, Chencho Fernández aludía a una cierta travesía del desierto para explicar el espaciado lapsus entre la desbandada de Sick Buzos, una de las formaciones con más carácter en la escena del rock sevillano de los últimos 90, y este retorno que ahora ya se concreta en largo. Y hay que escribir retorno en cursiva, porque Chencho no se fue.

Cantante, letrista y guitarrista, grabó con nombre propio y con banda, incluso participó en proyectos de terceros. Sin embargo, ninguna de aquellas aventuras, se diría casi que lastradas por algo de pereza o falta de confianza antes que por ausencia de talento, logró materializarse en una propuesta a la altura de las expectativas.

Y me da que la confianza juega un papel clave en este soberbio regreso. Sobre todo la propia, ésa que en esta decena de canciones crece sobreponiéndose a las soledades y desesperanzas desde la inspiración y el oficio, retorciéndolas con el debido respeto hasta convertirlas en armazón y argamasa del texto poético.

Pero también, imprescindible, se observa la recompensada confianza ajena: estamos ante una banda imponente –imposible sustraerse al empaque de esas guitarras pulsadas por Juano Azagra e Israel Diezma, a la estructura rítmica de Pablo Florencio y Manuel Martínez, a los precisos arreglos de coros, cuerdas y vientos que embellecen cada uno de los cortes–; ante un brillante productor entregado a la causa –el maestro Jordi Gil, que ha tramado con paciencia e ingenio este deslumbrante tapiz– y ante un entusiasta sello discográfico confiado de antemano en el calibre de su estreno –Fun Club Records–. Ello explica, de hecho, que canciones ya registradas previamente en alguna de aquellas aventuras sin final feliz luzcan ahora con un lustre y presencia  difícilmente imaginables entonces.

Aunque medie un guiño a Barcelona –la turbadora La Garçonne: el Chencho de espíritu más reediano–, en Dadá estuvo aquí todo queda en la ciudad, escenario universal repleto de esquinas localmente reconocibles, un territorio con inclinación por la tonalidad sepia en el que los fantasmas de las vidas pasadas permanecieron flotando a la espera del recuerdo distante, cómplice y comprensivo, que los redimiera.

Dadá estuvo aquí, la canción, no evoca sólo aquella otra sala de conciertos que la indiferencia y la especulación se llevaron por delante. Apenas es la excusa, la atalaya desde la que mira con ternura al joven que fue un vigía que ya no lamenta los desamores lejanos (La estación del Prado) y celebra con inevitable resignación los enamoramientos efímeros (Muchacha rural); el mismo que ajeno a la melancolía rememora con un barniz de envidia las mil y una noches en comunión (Radio Fun Club) y, romántico irredento, aún se muestra convencido de que es la palabra, La canción, la materia prima con la que se fabrica esa llave maestra que abre la hucha más codiciada (aunque en ocasiones menos sinceras, lo calen, claro, como en El rayo a punto de caer).

Investida de un clasicismo con hechuras de traje a medida (Desnudo / Como me trajo mi madre), la dylaniana Si alguna vez mueres joven podría sacar los colores a aquellos que en estos tiempos convulsos, contradictoriamente ensimismados, denostan la esfera de lo íntimo en favor de lo social (Se requieren nuevos actores / Para una vieja farsa / De la cuna a la tumba), tal que fueran ámbitos irreconciliables, antagónicos, sin reparar en que la naturaleza de la primera define en buena medida nuestra relación con lo segundo.

Con un humor descarnado (y canónicas cadencias pop de irresistibles efectos: Este matrimonio no casa) o descarnando instantes solitarios en conmovedoras estrofas nocturnas (Una buena noche, ese memorable final plagado de poderosas escenas en las que todos, alguna vez, podríamos reconocernos), Dadá estuvo aquí no es sólo el disco que desde hace tiempo esperábamos de Chencho Fernández, sino más, mucho más. Sin miedo a la exageración: una de las mejores y más hondas obras que el rock en español nos ha deparado en años. La travesía del desierto ha terminado.


Comentar


Nombre (Obligatorio)

Correo electrónico (Obligatorio)

Página web (Opcional)

El autor, en este espacio, se limita a recoger la opinión y contenidos de los lectores, por lo que no se hace responsable de los mismos. Si encuentra algún texto ofensivo, erróneo o alguna opinión que no sea respetuosa, le rogamos que nos lo haga saber