Magia de plata negra

Blas Fernández | 29 de marzo de 2015 a las 5:00

Guadalupe Plata. / Foto: Jimena

Guadalupe Plata. / Foto: Jimena

gp_portadaGuadalupe Plata. Guadalupe Plata. Everlasting Records. Blues / Rock. LP / CD / DD.

Desde su debut en 2009 con un 10” de apenas seis canciones, Guadalupe Plata –Perico de Dios (guitarra y voz), Carlos Jimena (batería) y Paco Luis Martos (bajo-barreño)– ha ido perfilando un reconocible universo sonoro propio partiendo, y he ahí la gran paradoja, de unas coordenadas estilísticas plenamente asentadas y aceptadas –en no pocas ocasiones, incluso desechadas– en el imaginario rock.

¿Es blues lo que nos propone el trío ubetense? ¿Es blues primigenio, sucio y pantanoso? ¿Es árido blues-rock? Es todo eso y más: un impulso ciertamente primitivo, y no sólo en términos musicológicos, que termina por adquirir un significado complejo y exuberante en su deslumbrante y, sólo en apariencia, concisa ejecución; en su amplio repertorio de guiños a dos sures distantes que, aquí, se quieren conectados en otro imaginario menos extendido: el de las escuchas a conciencia, el de las ilustrativas lecturas devoradas con fruición y, quizás también, el de una cultura cinematográfica capaz de encontrar petróleo donde otros ni lo huelen. Señas, a la postre, que construyen un nexo no por onírico menos sentido. Porque hay mucho de sueño en la música de Guadalupe Plata: el de un blues intemporal y, de tan desarraigado, se diría que ultraterreno.

Si ese crecimiento era patente al escuchar sus dos álbumes posteriores –los aparecidos en 2011 y 2013, sin más título, como aquel 10”, que el propio nombre de la banda–, la publicación, también en 2013, de Pelo Mono aportaba otros factores, aunque de similar factura, a la ecuación. El dúo integrado por Perico de Dios y el baterista granadino Antonio Pelomono, un proyecto paralelo a Guadalupe Plata todavía de futuro insondable, abría el abanico estilístico hacia un delicioso y delirante rock’n’roll instrumental, elegantemente vintage, con vocación de serie B –¿lo llamamos pulp-music?–. Y escuchando hoy el tercer álbum del trío –¿lo adivina? Sí, otra vez homónimo–, cuesta sustrarse a la idea de que algo de esa apertura se suma al actual resultado.

Guadalupe Plata (2015) hila fino, todavía más fino, en su vocación de artefacto intemporal. Y para ello, en primera instancia, se recurre a una medida básica: el trío se planta en Londres –con el beneplácito de su discográfica, que lo observa y mima con la dedicación propia destinada a la gran esperanza blanca– y se encierra durante cinco días en los estudios Toe Rag, junto al productor Liam Watson, con la intención de invocar al espíritu analógico y que éste dé su bendición al álbum. La elección, desde luego, no es gratuita. Watson está tras los controles en un nutrido y selecto listado de títulos de similar querencia por lo añejo –celebrados discos de The Ettes, Tame Impala, James Hunter, The White Stripes, Television Personalities…–, pero decididos a reivindicar con rabia la contemporaneidad de su propuesta.

De la idoneidad de la elección, y del espléndido momento de la formación, dan cumplida cuenta estos once nuevos cortes, oscilando entre la contundente descarga eléctrica que el trío lleva al paroxismo en sus directos –aquí representada por canciones como Tormenta, Hoy como perro, Mecha corta, Hueso de gato negro o la divertida Calle 24: tonada infantil transformada en malsana andanada– y la más expansiva elaboración de piezas instrumentales o cantadas –Serpientes negras, Filo de navaja, Agua turbia o la enorme El paso del gato– afines al encantamiento vudú y al sortilegio tex-mex que ya apreciamos en los mencionados Pelo Mono. ¿Le tienta la magia?