El ruido del Monkey

Blas Fernández | 17 de octubre de 2016 a las 14:44

Foto: Juan Carlos Muñoz

Foto: Juan Carlos Muñoz

Me lo contaron algunos espectadores que acudieron el pasado jueves al concierto de Niño de Elche en el Teatro Central y lo comprobé en persona al día siguiente, cuando hice el mismo camino para escuchar a Michael Rother. Cuando uno cruzaba el puente de la Barqueta no era rock lo primero que oía, sino a una banda de cornetas y tambores que ha tomado el espacio público como perenne local de ensayo.

Como vecino del entorno de Torneo hasta hace bien poco, no sólo he sufrido a King África sonando a todo trapo a las seis de la mañana -al parecer, las discotecas que en cierta época florecieron a las orillas del río están exentas de acatar la normativa municipal-, sino también esa permanente puesta a punto de las bandas procesionales. Si uno es de levantarse bien temprano, como es mi caso, eso lo lleva regular, francamente.

Le explico todo esto antes de admitir que entiendo las legítimas quejas de algunos vecinos de la Alameda de Hércules respecto a las molestias que les pueda haber ocasionado la celebración allí, durante el fin de semana, del Monkey Week. Lo que evidentemente no comparto es la inmediata instrumentalización de esas protestas por parte de sectores interesados para cargar contra el festival y, en el fondo, contra el apoyo que éste ha recibido del Ayuntamiento.

Uno, que tiene ya una edad y ha visto a Sevilla oscilar entre el entusiasmo y la abulia en varias ocasiones, sospecha que lo que molesta a quienes amplifican esas quejas no es tanto el ruido ni las vibraciones que provoca, sino el miedo a que se resquebraje su postal sepia de la ciudad, su idealizada (y fosilizada) concepción de la urbe, mucho más compleja y diversa de lo que ellos están dispuestos a aceptar.

Sevilla, es bien sabido, puede presumir de un largo historial de iconoclasia protagonizado por creadores de todas las disciplinas, transgresores tolerados por la caspa como rarezas, excéntricos exponentes de un mínimo, piensan ellos, porcentaje de ciudadanos a los que quizás les trae al pairo, o no, la Semana Santa (¿Semana?), la Feria de Abril y el Rocío, pero que padecen y aceptan todas las molestias que esas celebraciones les acarrean, desde ruidos a cortes de tráfico; desde aglomeraciones que les impiden acudir con normalidad a su trabajo hasta otras que retrasan su regreso a casa.

¿Y si ese porcentaje de iconoclastas resulta no ser tan pequeño? Intuyo que es la visibilidad de los raros del Monkey Week, un rotundo éxito de público, lo que tanto indigna a los adalides de la Sevilla eterna -que es, como quien dice, la Sevilla de anteayer-, ésa que se rasga las vestiduras y recurre al insulto ante un festival de rock pero que no dice ni mu ante asuntos tan escandalosos como la cesión a una cofradía de un Bien de Interés Cultural, los Baños de la Reina Mora, expropiados y restaurados con dinero público, como tan bien explicó en su día, en Diario de Sevilla, el arquitecto José García-Tapial y León.

Entiendo las quejas de aquellos vecinos de la Alameda que durante dos días, dos, han sufrido molestias. Será sin duda una de las varias cuestiones que el festival tendrá que replantearse de cara a futuras ediciones. Pero, por favor, pongamos un poco de cordura en este asunto, otro tanto de tolerancia y, desde luego, respeto. A ver si así, entre todos, evitamos repetir este anacrónico bochorno.

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