“El artista es un tipo que se transforma cuando sube al escenario”

Blas Fernández | 1 de abril de 2017 a las 5:00

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“Me había hartado de bares, incluido alguno muy exitoso, como El Postigo, que estéticamente rescataba el ambiente de las tascas sevillanas, pero que por las noches se convertía en algo muy distinto: músicos, artistas, políticos de izquierda y el lumpen. La amalgama era peligrosa. Todas las lunas llenas había sangre. Tuve que ir a Santander en busca de un antiguo amigo, Pololo, muy grande y fuerte, para que se viniera con nosotros, porque yo ya no podía con eso. A los cuatro años dejé el bar y se lo quedó él”, cuenta Pepe Benavides de uno de aquellos locales que regentó antes de poner en marcha Fun Club, la veterana sala de conciertos de la Alameda de Hércules, que este domingo celebra su 30 aniversario con una fiesta especial y la publicación de un disco recopilatorio.

Melómano irredento y, como su propia sala, superviviente frente a múltiples avatares, hablar con él es hacerlo no sólo con un testigo directo de la evolución de la escena musical local durante las últimas tres décadas, también de la radical transformación del céntrico bulevar sevillano.

-Pero antes del Fun Club todavía emprendió otros negocios…

-Sí, con el poquito dinero que le saqué al Postigo monté en el 81 la tienda de discos, El siglo de plástico, que estaba en los bajos de mi casa de entonces, en la calle Hernando Colón. Le di un toque a Juan Azagra, que era muy colega, para que se viniera conmigo. Él trabajaba como profesor de autoescuela y los dos éramos muy aficionados a la música. Y se vino, claro. Recuerdo haberle dicho en su momento “Juan, el dinero de esto está en el disco usado, no en el nuevo”. Su hermano, que tenía miedo de convertirse en un coleccionista, nos regaló una selección impresionante de 500 discos que nos sirvió para darnos caché. Eso era lo que daba dinero. El disco nuevo nos costaba 640 pesetas y se vendía a 660. Y no tenías devolución a la distribuidora. Encima, nuestro catálogo era anticomercial. Era la época de la new wave, así que teníamos eso, los restos del punk y algo de flamenco: Camarón, Lole y Manuel… Pero nada de canción española o Julio Iglesias. Liquidé la tienda en el 83, pero Juan, que había acabado dejando la autoescuela, terminó montando en San Eloy el primer Record Sevilla. Al final fui yo quien se fue a trabajar con él.

-Hasta que volvió a los bares. Concretamente, al Fun Club. ¿Por qué?

-Inicialmente el motivo fue el hambre, la necesidad. Y después, el gusto. Siempre que he hecho algo el eje central ha sido la música. Eso me ha acompañado siempre. Cuando montaba bares eran con música, y cuando dejé de hacerlo fue para abrir la tienda de discos. Y luego estaba el gusto por los espacios donde poder hacer teatro, música en directo… A finales de los 70 ya había tenido un chiringuito en la playa, en Caños de Meca, en el que llegó a actuar Imán. Tenía facilidad para reunir público en torno a la música. Contar con un sitio así en Sevilla era un deseo, un anhelo. Y la ocasión acabó presentándose. En aquella época trabajaba con Pive [Amador, representante y baterista de Silvio] en su oficina de la calle Moratín, pero llegaban los veranos y no se hacía nada. Tenía que sacar dinero, ¿y qué es lo que había hecho siempre? Pues nada, otra vez a montar un garito. Este local había funcionado ya como bar, había sido primero el Acuarela y luego el Extrarradio. Un día pasé por aquí en mi vespa y vi el letrero: “Se traspasa”. Me quedé con el número de teléfono en la cabeza y al cabo de los meses, cuando pensaba que tenía que hacer algo ya, lo recordé y llamé. “Ahora mismo se lo enseño”, fue la respuesta. Imagínate, en la Alameda entonces nadie alquilaba nada. Pero nada de nada. De hecho, el anuncio del traspaso llevaba puestos tres años. Entré en el local, lo vi y me di cuenta que era lo que llevaba tiempo esperando. Avisé a mi colega de toda la vida, Manuel Moreno, amigo desde los trece años, que siempre se había ocupado de la cuestión estética en todos lo bares que había montado, y volví con él. Estaba insonorizado, más o menos. Pero dinero no había, no tenía ni un puñetero duro, y Manuel me sugirió que me hiciera con algunos socios. Y así fue. Hubo gente a la que le gustó la idea, Dogo, Miguelito Suárez, Antonio ‘El Lute’, que era bombero y después también trabajó como portero. Y así lo montamos todo, nosotros mismos. Aquí no entró un profesional hasta mucho después. Ni el electricista, vaya. Aprovechamos al máximo todo lo que había. Pintamos, adecuamos la iluminación y poco más. Cuatro tonterías.

-A los menores de 30 les costará imaginar aquella Alameda, todavía foco de prostitución en los años duros del caballo…

-Pues sí, era un ambiente un tanto peligroso. Que la gente viniera aquí, a la Alameda, costó. Y claro, después, ¿qué tipo de gente llegaba? Para venir a este barrio había que ser un poquito duro, y esa dureza era algo que luego nosotros teníamos que canalizar. Siempre me recuerdo mirando desde la cabina. “Uff, ahí hay un foco regulero, pero es que allí hay otro”. Era duro, sí. El Lute tuvo que emplearse a fondo más de una vez.

-¿Cómo era la relación con yonquis, camellos y prostitutas?

-En realidad, esa gente respetaba. Y como más de uno de nosotros tenía además buena relación con los camellos de la zona… No, los problemas eran más con la gente aquí, o concretamente por la mezcla de gente que se daba en el local, que chocaban unos con otros. Pero como decía antes, eso ya pasaba en El Postigo, donde coincidía el lumpen de Triana con artistas y gente de la Universidad. Hoy recuerdas todo aquello y te dices qué maravilla aquella Sevilla…

-Poco que ver con la Alameda actual, quizás la zona de la ciudad que ha sufrido el proceso de gentrificación más drástico.

-No tiene nada que ver, claro. Yo fui el primero que vino aquí, junto con el Columnas y otro bar de tapas, que por cierto, también se llamaba El Postigo y que ahora es Casa Paco. Quizás sea una fantasía mía, no sé, pero creo que la llegada del Fun fue una especie de detonante que inició el cambio en esta zona. Luego, por supuesto, estuvo la cuestión del ladrillo, que fue lo que acabó echando del barrio a gran parte de los antiguos vecinos. Pero con el Fun, y con otros bares que llegaron después, la Alameda comenzó a ser transitable. Ya no había que ser un rockero duro para venir.

-¿Qué se perdió por el camino?

-Se perdió todo. Arquitectónicamente la rehabilitación fue y es espantosa. Se podía haber hecho algo muy bonito, pero fuimos muy catetos: es un maltrato a la vista. Que sí, que hay mucho ambiente, muchos niños jugando, muchos restaurantes… Antes era impensable comer aquí y hoy puedes elegir comida de diversas partes del mundo, incluida la andaluza tradicional. Todo eso está muy bien. ¿Pero dónde está la esencia de aquella Alameda antigua? En ningún sitio. Ya no existe. ¿No se podía haber hecho bien la rehabilitación? Miras esos bancos que colocaron y compruebas que a lo último que invitan es a sentarse con una guitarra para echar unos cantes. No es que yo sea muy flamenco, pero no me gusta que eso se pierda. Y no sólo aquí, también ha desaparecido de la Plaza de Doña Elvira. Horrible. Si hoy quieres hacer una foto en el Barrio de Santa Cruz te va a costar que no salga un anuncio de Cocacola, Cruzcampo o San Miguel.

-¿Tenía claro desde el principio qué tipo de sala iba a ser Fun Club?

-Cuando montas algo así pensando en el negocio tienes un proyecto, pero en nuestro caso era el gusto por hacer. Era algo nuestro. ¿Por qué se pinchaba aquí la música que se pinchaba? Pues todo era igual. Nunca me he considerado un empresario, sino una persona que hace lo que hace por el gusto de hacer lo que le gusta. Y encima me renta y puedo vivir de ello. Bueno, ahí está, 30 años. Jamás hubiera pensado que esto iba a durar tanto. Todas las temporadas decía “este año es el último”. Nunca me había durado nada más de cuatro cinco años. Pero éste no fue un proyecto pensado, sino sentido. Si no, ¿cómo? ¿Cuánta gente ha querido hacer en Sevilla algo como el Fun? No han podido porque no lo han sentido. ¿Dónde está la competencia? Que la gente haga lo que le guste, pero la imitación no va muy lejos, porque no hay cimientos.

-Me refería a que, en muy poco tiempo, Fun Club se convirtió en la sala de referencia en Sevilla: a finales de los 80, durante los 90, era el escenario obligado para los grupos nacionales de la escena independiente.

-Hombre, en aquella época era muy fácil. Hablabas con salas de Córdoba, de Cádiz, de Jerez, y te coordinabas. Por eso en poco tiempo el Fun estaba funcionando a nivel nacional, porque te llamaban de todos lados. También cometimos errores, claro. Por ejemplo, la primera Semana Santa que estuvimos abiertos programamos conciertos todos los días: Ángel y Las Guays, Academia Parabuten… No vino nadie. El público o se había ido a la playa o estaba con la Macarena. Fue un fracaso. Pero bueno, al menos los grupos que vinieron hicieron turismo. Me di cuenta de que en Semana Santa no se podía hacer nada; también de que había que cerrar al menos tres meses al año, porque el grueso de nuestra clientela salvable, respetuosa, educada, se iba en verano y sólo quedaba la Alameda pura y dura. Así que cerrábamos a finales de junio y no abríamos hasta octubre. Probamos otras muchas fórmulas, como abrir los domingos. El grupo que tocaba el sábado por la noche dejaba el equipo montado y el domingo por la mañana repetía. Tampoco funcionaba… Hemos hecho de todo.

pepe_benavides_2-¿Recuerda cuál fue el primer lleno?

-Ufff… No. Pero el primero que me demostró el aforo real de la sala sí. Fue un concierto de Caledonia Blues Band. Le di al Lute dos talonarios, cada uno de cien entradas. “Dame otro”. Ya iban 300 personas. “Y dame otro”. 400. “Otro”. Ya me paré. “¿Pero cuántos llevamos?”. Y me dice “cuatro, pero mira la cola que hay en la calle”. No podíamos meter más gente. De hecho en aquella época sólo teníamos sistema de extracción en la barra. El sudor se condensaba en el techo y volvía a caer en gotas, pero la gente estaba encantada. Ahora hay un sistema completo de extracción y de renovación de aire y la gente protesta. No protestaban entonces ni los vecinos, cuando esto no estaba bien insonorizado, y trabajábamos con unos volúmenes tremendos.

-No sólo cambió la Alameda, también la escena musical local…

-Hombre, ha cambiado mucho, claro. Ahora hay muchas más bandas, antes era una historia más de amigos y ahora parece que ha pegado un salto en ese sentido, que es más profesional. La gente toca de otra manera. Antes era un mundo muy… oscuro, muy castigado. La música antes era alcohol y drogas. Y ahora no, ahora hay gente muy linda, muy sana. Hoy es la necesidad de manifestar lo que se lleva dentro.

-Fun Club también fue pionera, me temo, al optar por una fórmula que, lógicamente, no gustó a muchos grupos: cobrarles el alquiler de la sala para actuar en ella.

-No sé si fui yo quien se lo inventó, desde luego no lo creo, pero a mí no me lo dijo nadie. Había gente que actuaba para los colegas y les daba igual tocar para seis personas que para 100 o 200. Así que pensé que había que poner un listón y cobrarle a los grupos el técnico de sonido, la publicidad… SFDK lo dice en la canción que han grabado para el recopilatorio: la primera vez que tocaron aquí el alquiler les costó 16.000 pesetas, pero les salió redondo. La idea era cribar, que el grupo que tocara sólo para sus colegas se diera cuenta de que podía costarle el dinero. Yo no le iba a decir que no a nadie que quisiera venir aquí, a no ser que fuera un grupo que no me gustara, así que ellos tenían que asumir ese riesgo. Al principio, al ser prácticamente la única sala, las puertas estaban abiertas para todos, hasta para el heavy, que es un género que no me ha gustado nunca, pero no había otro sitio y tenían derecho a disponer de un escenario. Al menos la primera vez; la segunda, si veías que no te gustaba, que el nivel era muy bajo o que la respuesta de público no era buena, ya resultaba más complicado. Pero siempre he dicho que alguien tiene que ganar. Si gana el grupo, gana la sala; si no gana el grupo, tampoco lo hace la sala. Si coges a un grupo con tirón, dile que le pagas equis y te dirá que no, que prefiere ir a taquilla, porque se va a llevar más dinero.

-Pero, además de resultar chocante para muchos grupos, que se quedan con la idea de que pagan por tocar, ¿no hace que se pierda un tanto esa cultura de club de ofertar una programación estilísticamente acorde a la sala?

-En ese aspecto, hay una sala de Sevilla que me gusta mucho, la Sala X, que lo está haciendo muy bien. Creo que es ese tipo de sala a la que puedes ir a ver un concierto sin haber escuchado previamente al grupo, porque tienen nivel y criterio, y siempre te vas a encontrar a una banda interesante. Eso es algo que a mí me hubiera gustado hacer: programar de tal manera que la confianza en la sala fuera suficiente. Bueno, al menos durante una época creo que lo conseguimos.

-Esto sí que es chocante: ¡alguien que habla bien de la competencia!

-No creo que sean nuestra competencia. Cuando algo no está hecho sólo por el dinero, sino por el gusto de hacer, eso se nota. Ellos son músicos y gente muy relacionada con la música. Y eso me gusta. La primera vez que entré dije “ésta es la mejor sala de Sevilla”. El equipo, cómo está tratado el espacio…

-Dígame un hito, un momento cumbre del Fun.

-Para mí el hito es que se produzca ese puente entre el escenario y el público. Entonces se me ponen los pelos de punta. Y a lo mejor es un chaval que todavía ni sabe, pero que tiene algo. Ése es el disfrute de estar aquí durante tantos años, que de vez en cuando viene alguien que te hace vibrar. Hemos tenido tantas cosas maravillosas… No sé, por decir alguna, Franky Franky y El Ritmo Provisional…

-Banda murciana de la segunda mitad de los 80…

-Yo ni los conocía. Mientras el grupo probaba, el cantante charlaba conmigo. Cuando el tipo se sube al escenario, veo una transformación que me digo “Ostias, ¿esto qué es?”. A eso me refiero: el artista es un tipo que se transforma cuando sube al escenario.

pepe_benavides_3-Fun Club nunca fue reducto de un género concreto. Cuando arrancó la escena del hip hop sevillano, la sala comenzó a programar conciertos de rap; cuando llegó el breakbeat, pusieron en marcha los jueves con DJ Man. La antena del local captaba bien las señales…

-Bueno, bueno… No creo que fuera tanto eso como estar abiertos a los sonidos, sean del estilo que sean. Si bajo el criterio del Fun hay calidad, pues adelante.

-En 2014 estrenaron sello discográfico, Fun Club Records, pero publican con cuentagotas: a referencia por año.

-Ésa fue una idea de Javi Mora, que sigue trabajando con nosotros como técnico de sonido, aunque ya no se encarga de la programación. No tenemos ninguna intención de hacer negocio con el sello, sólo de favorecer a artistas que nos gustan. Han venido muchos grupos a ver si los fichábamos, pero no se trata de eso. No es nada planificado. Sacamos el disco de Chencho Fernández, Dadá estuvo aquí, porque Chencho es tela a todos los niveles, y el primero de Quentin Gas & Los Zíngaros, Big Sur, que también me gusta mucho. Estuvimos a punto de sacar el segundo de All La Glory, que es un discazo, pero no lo escuché a tiempo y se nos adelantó Happy Place. Ahora sacamos el recopilatorio Fun Club Family y pronto haremos la edición física del nuevo de Los Zíngaros, Caravana.

-Fun Club Family reúne a 17 grupos dispares que, a lo largo de estos 30 años, han pasado por la sala. Teniendo en cuenta que han sido cientos, debe de haber resultado complicado…

-La selección la he hecho tirando de memoria. Fue cayendo y rodando por sí misma. Algunos grupos te decían que sí pero luego no te enviaban su canción. Y hay gente que nos hubiera encantado que estuviera y que se ha quedado fuera, claro. Cuando un grupo ya es importante tienes que hablar con el manager, con el sello, escribir cuarenta cartas… En ese caso estaba, por ejemplo, Javier Corcobado, que quería estar pero no ha entrado. Ha sido a base de buscar el calor: gente a la que llamas e inmediatamente te dice que sí y se pone a ello. Como el caso de SFDK, que fue proponérselo y aceptar. Algunos grupos no me han dado opción y han mandado ellos un tema directamente, como Sr. Chinarro, que se apuntó rápido, o la de Paco Loco [Los Jaguares de la Bahía], que es inédita, igual que la de SFDK. O Álvaro Suite, que grabó una canción nueva en una noche cuando yo ya tenía seleccionada otra. Lo que me ha encantado de hacer este recopilatorio ha sido ponerme a escuchar una y otra vez los discos de los grupos seleccionados y darme cuenta de lo buenos músicos que son y las buenas canciones que hacen. Para mí ha sido una experiencia rica y bonita.

-Tras tantos años al frente de Fun Club, en cierta medida ya ha cedido el testigo a su hijo Manuel y a Félix Pérez, que es quien hoy se encarga de la programación.

-Manuel hizo la carrera que le gustaba, Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, pero fue entrando en el Fun poco a poco. Con el paso del tiempo nos habíamos encontrado con un problema gordo en la cabina. No dábamos con con ningún discjockey que nos convenciera, y cuando encontrábamos a alguien, por una o por otra razón no podía quedarse. Sabía que él controlaba, porque siempre le ha gustado la música, pero no me imaginaba que fuera a hacerlo tan bien. Hoy él es el Fun, cosa que para mí es un orgullo, sinceramente. Igual que Félix, que ha sido una bendición. Todas las decisiones importantes siguen pasando por mí, pero el empuje, el trabajo diario, lo pone él.

-¿Cuántas décadas más cree que aguardan al Fun Club?

-Jajaja… Si no me planteé llegar a los 30 años, ya no me voy a plantear nada. Si mi hijo y Félix quieren seguir, pues adelante. Las que vengan.

Las fotografías que ilustran esta entrevista son obra de Belén Vargas. El vídeo fue filmado y montado por Álvaro Ochoa.

La fiesta del 30 aniversario de Fun Club (Alameda de Hércules, 84), se celebra este domingo, a partir de las 15:00, con actuaciones de Sick Buzos, Pinball (bandas ambas reunidas para la ocasión), The Milkyway Express, Toni Love & The Dirty Band y Mixtolovers. Las invitaciones pueden solicitarse, hasta completar aforo, mediante mensaje privado en el Facebook de la sala.

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