Brujería progresiva

Blas Fernández | 13 de abril de 2013 a las 5:00

II. Unknown Mortal Orchestra. Jagjaguwar. CD / LP

Vaya usted a saber cómo resultará en persona, pero despojando al asunto de otras posibles consecuencias, en la distancia Janet Farrar se asemeja a una lunática entrañable. Según la socorrida Wikipedia, hablamos de una ilustre wiccana, esto es, devota practicante de la religión Wicca, un culto neopagano de “brujas y brujerías” originado en la Inglaterra de mediados del pasado siglo. Prolífica autora a seis manos -las dos suyas y las cuatro de sus dos maridos, uno ya fallecido, con quienes mantenía una relación polifidélica-, sus enseñanzas se esparcen por una decena de libros de iniciación al tema, el último de ellos titulado Progressive Witchcraft.

Janet Farrar, además, es la estupenda señora que, en una instantánea de hace décadas, entre tules y transparencias, figura en la portada del II de Unknown Mortal Orchestra, un disco que parece no sólo apropiarse de la icónica imagen de la bruja británica, sino también, el menos desde una perspectiva bienhumorada, de esa brujería progresiva dispuesta a revivir con pátina lo-fi y ensueño hipnagógico un impulso psicodélico nunca definitivamente enterrado. Con diferentes matices, abundan los ejemplos, a menudo citados en el intento de acotar el territorio por el que deambula el trío: Tame Impala, Foxygen, Ariel Pink’s Haunted Graffiti…

El empeño, no obstante, fracasa. UMO comparte, en efecto, señas de identidad con los mencionados. Está esa disciplina lo-fi, ese Dogma 95 no escrito de cierto indie contemporáneo que se contradice en origen -el característico sonido añejo no es fruto de la limitación autoimpuesta, sino un efecto técnico buscado a conciencia y aireado como credenciales estéticas-; está la inclinación al devaneo lisérgico y hasta la, a estas alturas, lógica y pertinente apropiación de consecutivos estilos de la historia de la música pop, del soul de los 60 al soft-pop de los 70. Pero hay algo que distancia a UMO del resto: II es un disco pleno de enormes… ¡canciones! O sea, donde Tame Impala especula, UMO concreta; allá donde Foxygen se queda en agradable broma kitsch, UMO sortea el riesgo cierto de revival; donde el último Ariel Pink se pierde -la ausencia de estribillos que amarren esas melodías a la memoria-, UMO se encuentra.

En ese sentido, y superada la prevención inicial, la sorpresa resulta tanto más inesperada cuanto más se atiende a los movimientos previos, esos que Ruban Nielson inició al abandonar su Nueva Zelanda natal para instalarse en Portland. Disuelta su anterior formación, The Mint Chicks -con varios títulos para el sello neozelandés de referencia The Flying Nun-, Nielson soltó nuevo material en su bandcamp, llamó la atención de Fat Possum Records y a partir de ahí articuló en 2011 un primer álbum homónimo recibido con entusiastas parabienes en el circuito habitual. Pero aunque ya había comedidas razones para ese repentino fervor -las canciones, siempre las canciones-, lo mejor ha llegado ahora, en este II editado por otro sello emblemático, Jagjaguwar.

Pergeñado en la estela de los directos propiciados por la buena acogida al primer álbum, y con Nielson flanqueado por el bajista Jacob Portrait y el baterista Greg Rogave, II crece muy por encima de su antecesor desde el mismo comienzo, con un From The Sun que desvela similares coordenadas estéticas pero también la voluntad de llevar un poco más allá los desarrollos armónicos, de trabajar con mayor calma y mimo la composición. Para situar las cosas en su justo término, acto seguido Swim And Sleep (Like a Shark) se erige en algo muy parecido a la canción pop perfecta, hermosa y con el punto de tristeza adecuado para convertirse en una bomba emotiva. Y aún no se he recuperado uno de la impresión cuando So Good At Being In Trouble, con su marchamo soul, le desbarata cualquier reticencia.

Con semejante arranque otros correrían el riesgo de quemar toda la pólvora a la primera embestida. No es así en el caso de UMO y su II, que sigue deparando sacudidas con guiños al hard-rock -One At A Time-, el folk-rock norteamericano de los 60 -The Opposite of Afternoon- o la psicodelia teñida de negro -Monki-. Para cuando llega la terna final, uno ha caído ya irremediablemente en el encantamiento. Quizás sea cosa de Janet Farrar.

Ahí le dejo el fantástico clip de Swim And Sleep (Like a Shark)

http://vimeo.com/61118211

…la no menos espectacular remezcla del mismo tema firmada por nuestro viejo amigo Lindstrøm

…y el clip de So Good At Being In Trouble.

Talk Talk (hay que decirlo más)

Blas Fernández | 6 de abril de 2013 a las 10:05

Talk Talk. Natural Order 1982-1991. EMI. CD.

Natural Order 1982-1991 es el enésimo recopilatorio en torno a la no muy extensa pero sí definitivamente influyente discografía de Talk Talk, ilustrativo paradigma de una significativa y usual incomprensión mutua entre arte e industria devenida con los años en involuntaria y rentable apuesta a largo plazo para el fondo de catálogo de la multinacional EMI, la misma compañía que en su día llegó a demandar a la banda liderada por Mark Hollis, y no es broma, por entregarle un álbum “comercialmente insatisfactorio”.

En permanente proceso de reivindicación durante las dos últimas décadas, la historia de Talk Talk y el eco de su majestuosa música parece quedar sin embargo constreñida a un ámbito mucho más reducido del que en justa proporción le correspondería. Al menos, eso podría desprenderse de las sucesivas entregas compilatorias: Natural History: 1982-1988 (1990), History Revisited (1991), The Very Best of Talk Talk (1997), Asides Besides (1998), The Collection (2001), Missing Pieces (2001), The Essential Talk Talk (2003), Introducing (2003), Essential (2011)… Y eso sin hablar de las pertinentes reediciones de la discografía oficial, incluidos directos, en formatos diversos y con ganchos variopintos (la versión en vinilo editada en 2012 de Spirit of Eden, aquel fantástico penúltimo disco publicado en 1988, incluía un DVD… ¡con el audio del mismo álbum en alta resolución!).

La instantánea refleja pues eso que a veces llamamos un grupo de culto, elástica denominación que en el singular caso de la formación londinense reajusta su significado para adaptarse con precisión a la persistente vigencia de su obra, cíclicamente redescubierta por periódicas oleadas generacionales, pero aparentemente condenada a no alcanzar jamás un estatus de popularidad masiva. ¿Las razones? Bueno, quizás residan en la exigente naturaleza misma de la música de Talk Talk, ésa que desconcertó a algunos ejecutivos discográficos -no a todos, afortunadamente: nos hubiéramos perdido algo grande- y sacó al grupo del gran mercado pop de los 80 tomando un rumbo comercialmente suicida -entonces eso parecía- hacia posiciones de pura y simple expresión artística.

A grandes rasgos, conviene recordarlo, ésa es la historia de Talk Talk, debutantes en los primeros 80 al amparo de la moda neorromántica como epígonos aventajados de unos Duran Duran en pleno apogeo mercantil. Ésa era la línea de The Party’s Over (1982), su primer largo, hoy quizás sin mayor interés que el de documentar el origen de la formación. Pero Hollis y el baterista Lee Harris, el núcleo duro del entonces cuarteto, no tardaron en mover ficha reorientando la partida. Para It’s My Life (1984) ya habían contactado con el productor y multinstrumentista Tim Freese-Greene, el hombre que propiciaría el cambio dando alas a la ambición, no precisamente pecuniaria, de Hollis.


Los efectos se notaron de golpe en The Color of Spring (1986), un disco brillante que dejaba muy, muy atrás cualquier concesión a la moda, al mercado mismo, para reivindicar una distintiva voz propia con vocación atemporal, de un lirismo doliente y hermoso, exuberante en su riqueza melódica y armónica, a menudo también en su tristeza.

Con todo, serían los dos capítulos siguientes los que conformarían el después, la genuina marca de baremación que fijaría la relevancia de Talk Talk en la historia de la música pop. Spirit of Eden (1988), inesperado y abrumador, giraba definitivamente el timón hacia un territorio más ignorado que ignoto en el que convivían art-rock, jazz, pop y antiguas vanguardias académicas -esos impresionistas que tanto impresionaban a Hollis-; Laughing Stock 1991), por momentos desolador en la abisal belleza de sus arrebatados postulados estéticos, iba justo en la misma dirección, pero llegaba incluso más allá.

Para entonces la relación EMI, sobra decirlo, se había hecho añicos. La costosa inversión en los discos ideados por Hollis y Freese-Greene -Spirit of Eden se grabó durante 14 meses echando mano de una larguísima nómina de instrumentistas- no alcanzaba ni de lejos a reportar beneficios; Laughing Stock, de hecho, tuvo que ser editado por Verve, una milagrosa solución que no permitió, no obstante, la continuidad del proyecto.

Hollis tardaría siete años en volver a grabar -lo haría en 1998, en el homónimo y nuevamente deslumbrante Mark Hollis, un disco de hiriente desnudez acústica-, y para entonces, oh, algo había cambiado ya en la apreciación del extinto grupo. El hoy célebre crítico británico Simon Reynolds señalaba a aquella pareja de álbumes como antecedentes inmediatos -habían llegado demasiado pronto- del laberinto post-rock. Al aplicarles la etiqueta con carácter retroactivo, los proyectaba hacia una nueva dimensión en su consideración colectiva. Ahí siguen, incólumes.

Después de todo, resulta lógico que EMI exprima desde tiempo atrás el catálogo del grupo, que superó hace mucho el mero retorno de la inversión. Lo que quizás no parezca tan comprensible sea que lo haga una vez más acudiendo a los mismos cortes prensados en ocasiones anteriores. Porque Natural Order 1982-1991 funciona en su perfecta condición de excusa para volver a celebrar el profundo caudal de inspiración y talento mostrado por Talk Talk en su última etapa, pero sin embargo no aporta nada no acreditado ya previamente, ni un solo corte inédito. Relativas rarezas como el sencillo John Cope a la toma alternativa de After The Flood habían aparecido ya en diversos recopilatorios; el resto de los diez cortes -que esquivan con cuidado, uy, las aristas más cortantes- están en la discografía oficial o en antologías tan completas como Asides Besides. Es a la primera a la que conviene acudir con premura, en caso de no haberlo hecho ya, y a partir de ahí tirar del hilo: el retorno de la emoción, éste sí, está asegurado.

PD: Sobre la atípica y deslumbrante trayectoria de Talk Talk ya escribí en ¿Post-rock, dice?, mi contribución al volumen colectivo Más allá del rock (Inaem, Madrid, 2008). A ellos iba dedicado el apartado Retorno al Edén.

Señales desde el lado oscuro

Blas Fernández | 16 de marzo de 2013 a las 5:00

Jacob. / Foto: Cristo Ramírez

“Son esas ideas que nos surgen y que quizás no encuentran cabida en nuestras discografías oficiales. Tenemos muy claro que somos y queremos ser un sello pequeño, de ediciones limitadas, y eso nos da pie a plantearnos cosas más arriesgadas”, explica David Cordero respecto a Knockturne Records, un singular sello discográfico sevillano recién estrenado con sendas referencias oscuras: Jacob meets Blooming Látigo, CD con tres remezclas de cortes incluidos en el único álbum de los segundos, y Der Fliegende Holländer, otros tres cortes, en intimidante directo registrado en la sala del mismo nombre, a cargo de los siempre pujantes Orthodox y publicado en… ¡cassette! “Vemos qué queremos sacar y analizamos el posible formato -explica Cordero-. Creo que no tiene mucho sentido sacar tres canciones Orthodox en un CD. En los pocos días que el sello lleva activo la cassette está barriendo en ventas al CD. Y casi todas se han vendido fuera de España. Además, sinceramente, es muy económico. Hoy en día, la poco gente que compra música no quiere cedés, sino formatos diferentes. Por desgracia el vinilo ha incrementado mucho sus costes. Ya nos gustaría sacarlos, pero por ahora nos conformamos con cosas pequeñas. Y ya que los sonidos son extraños, vamos a hacerlo en formatos extraños”.

Blooming Látigo. / Foto: Daniel Rejano

Formatos extraños, incluida esa cassette convertida desde hace unos años en simbólico artefacto de resistencia -y a la que hoy se reenganchan incluso escuderías independientes de gran calado-, y tiradas limitadas. Limitadísimas: 300 copias en el caso de Jacob meets Blooming Látigo y apenas 100 en el de Der Fliegende Holländer. Que, literalmente, vuelan. “Claro, salir con Orthodox desde el principio despierta interés. Y ellos encantados, porque les gusta hacer este tipo de cosas. Son tan fetichistas como todos nosotros y les gusta conseguir ediciones raras y limitadas”, reconoce Cordero aludiendo a la proyección del trío en el circuito underground internacional, una apuesta para connoisseurs adictos al objeto que, además, perfila con claridad los márgenes estéticos de Knockturne: grupos oscuros, proclives a una vertiente de la experimentación con base rock en la que igual confluyen mentes inquietas procedentes de la escena del metal inclasificable -los propios Orthodox, Blooming Látigo o Monkey Priest- que francotiradores precozmente desligados del indie especulativo -Cordero, ahora en Jacob, atesora una amplia discografía como Úrsula y su nombre también figura en alguna banda sonora tan interesante como la de Seis puntos sobre Emma, la película de Roberto Pérez Toledo-. Y todos, a su vez, coinciden en Sevilla. “Más que parte de una escena, creo que nos hemos dado cuenta de que, sin pretenderlo, formamos parte de una comuna. En Jacob hay un componente de Orthodox; en Blooming Látigo también… Somos un grupo de personas del que van surgiendo proyectos diferentes”, explica de esta célula creativa, a la que se suman desde la logística de Knockturne Pedro Román -integrante a su vez de grupos como Monkey Priest y Tentudía- y Francisco López -discjockeyimprevisible, cronista ocasional, antaño promotor bajo el sello colectivo de Producciones Informales-.

Aunque en origen, está la convicción de Cordero de asistir a algo grande e inédito. “Fui a ver un concierto de Blooming Látigo con su nueva formación, con la que grabaron el álbum, y me quedé sorprendido –recuerda–. Hacía bastante tiempo que un grupo de por aquí no me dejaba en directo con la boca abierta. Los conocía y les dije que me había gustado mucho su disco. Me pidieron que les hiciera alguna remezcla, y les remezclé el disco entero. Cuando conseguimos terminar las tres canciones que van en el primer epé comenzamos a moverlo, pero nadie se interesó. Así que llegas la conclusión: ¿por qué no lo muevo yo? Ya era hora. Siempre había tenido la idea de montar mi pequeño sello, pero no tenía claro qué sacar. Ahora sí”.

Orthodox. / Foto: Daniel López

Tan claro lo tiene, y lo tienen, que ya preparan nuevas referencias. La tercera será una cassette en directo Jacob, el complemento al primer álbum del dúo que Cordero comparte con Marco Serrato (Orthodox), un disco de edición inminente a cargo del sello norteamericano Utech Records. Y en la recámara inmediata aguardan otros dos proyectos. “Sí -afirma David-, hay un par de bandas en activo a las que tenemos muchas, muchas ganas de pillar… No sabemos cuándo lo vamos sacar ni cómo ni qué, pero nos gustaría editar a Pylar, que son muy peculiares, y a Malheur, que están en una onda entre krautrock, post-rock y el rollo de Miles Davies en su época más psicodélica. Es un trío de guitarra-bajo-batería impresionante”.

Con venta casi exclusiva a través de la web del sello -y a precios más que ajustados: siete euros incluyendo gastos de envío postal dentro de España-, Knockturne Records prepara también su puesta de largo oficial con una fiesta de presentación el próximo 5 de abril en la sala El Holandés Errante, ocasión para certificar los imponentes directos de las bandas de su catálogo y para hacerse con sus títulos. “Nuestra filosofía es vender los discos muy baratos. No tenemos mentalidad empresarial -confiesa David-, sólo aspiramos a poder seguir sacando cosas interesantes. Sin arruinarnos, obviamente. Así que la intención como sello es ir consiguiendo fondos para publicar la siguiente referencia”.

Hay fuego en el Sur

Blas Fernández | 9 de marzo de 2013 a las 5:00

Foto: Celia Macías

De palmas y cacería. Pony Bravo. Descarga digital (CD y LP en breve). El Rancho Casa de Discos.

Conviene, de partida, reparar al menos en un par de consideraciones extramusicales al enfrentarse a De palmas y cacería, tercer y muy esperado disco de la banda sevillana Pony Bravo, lanzado esta semana vía web en descarga libre y gratuita, con edición en CD para antes de final de mes y, siguiendo el proceso habitual, también con futura versión en vinilo.
 Ambas consideraciones, claro, hacen referencia al modus operandi de la formación, una apuesta desde sus comienzos por el uso de licencias Creative Commons, que permiten esa distribución en línea sin trabas, y que en el caso que nos ocupa adquiere tanto una dimensión política como ética.

Ambas desmontan tópicos interesados respecto a la viabilidad del envite, ésos que atendiendo a premisas difícilmente objetivables afirman sin despeinarse que sólo grupos o solistas con una carrera previa tradicional, y asentada presencia mediática, pueden permitirse semejantes aventuras -falso: ya se ha dicho que el Pony ha cabalgado siempre por libre- y que sólo grupos o solistas que “no interesan a nadie” se prestan a “regalar su música en lugar de cobrarla” -falso otra vez: del interés por Pony Bravo no dan sólo cuenta su abultada agenda de conciertos o su paso por los festivales más relevantes del país, también el hecho de que el mero anuncio por Twitter de la disponibilidad del disco bastará el pasado martes para colapsar el portal desde el que podía descargarse-.

Resulta una obviedad, pero parece inevitable volver a recordar que, pese a los lamentos de nostálgicos y asalariados -e incluso de nostálgicos asalariados-, las licencias Creative Commons son sólo una opción, tan respetable y útil como cualquier otra, y que por sí mismas no hacen mejores ni peores los trabajos que amparan. Sin embargo, sí que potencian en origen -por la vía tradicional cuesta otro tanto de sangre, sudor y lágrimas- un ámbito de libertad de actuación plena para aquellos que, conscientes del esfuerzo añadido que acarrea, deciden asumir el control absoluto de su obra. Pero que nadie se engañe: eso no garantiza nada; lo que hace a un grupo es la conexión con su público. Y, ya se dijo hace años, Pony Bravo lo tiene.

Foto: Celia Macías

Al frente de un sello discográfico ad hoc, El Rancho Casa de Discos, que desde hace tiempo se permite ya realizar otras recomendables grabaciones de terceros, y con esos dos álbumes anteriores cimentando una trayectoria tan atípica como deslumbrante -Si bajo de espaldas no me da miedo (y otras historias) (2008) y Un gramo de fe (2010), Pony Bravo estrena 2013 con un álbum quizás menos sorprendente que sus antecesores -ahora sabemos qué podemos esperar dentro de unos márgenes razonables-, pero más directo en su inmediatez, en su evidente ilación con la actualidad circundante, tratada aquí con la distancia terapéutica de un humor cáustico -vía de trabajo confesa- que levanta muros de resistencia contra la tormenta de caspa que nos azota.

Quizás por eso, una canción como Turista ven a Sevilla no pueda ser entendida en su plenitud sino desde el contexto de una ciudad en estado de permanente tensión entre concepciones antagónicas de su propia existencia, claudicantes entre sí por mera cuestión de civilizada convivencia; una ciudad que ondea la cuestionable y efímera enseña de su tematización, abonada a los vía crucis y las santas enzurbaranadas, engalanadas con miles y miles de euros públicos, mientras disfruta con saña del enésimo ciclo de destrucción de su tejido cultural, ése que tanta laboriosidad costó poner en pie.

Esa visión sarcástica, a menudo demoledora, es la que salta del ámbito local al nacional -la no menos punzante Eurovegas- o al internacional -Cheney, literalmente “un cowboy de mierda que todo lo puede”- señalando no tanto la extrañeza frente a las miserias cotidianas como frente a la fatalista facilidad conque parecemos dispuestos a tragárnoslas y digerirlas. No hay maniqueísmo en canciones como El político neoliberal, sino, como ya se apuntó el día del estreno de su hilarante vídeo, puro ácido audiovisual, inteligente y corrosiva apropiación del imaginario popular como herramienta de identificación entre pares. Pero esa apropiación, además, no se reduce al cuerpo textual; escarba en su inconsciente cuando es necesario y halla las pepitas de oro de su inspiración musical en un terreno que Pony Bravo comenzó a abonar pronto: el de un folclore que nos empapa de manera mucho más sutil que consciente.

Más allá de los referentes setenteros -el krautrock, obviamente-; ochenteros -Talking Heads y Devo, cada vez más presentes- o derivados de un despertar a la fiesta en plena eclosión del ánimo raver, todos ellos representados, juntos o por separado, en un listado de cortes más enjundioso que aquello que la escucha ocasional revela, son esas justas absorciones del folclore, tamizadas con estilo y compás congénito, las que perfilan los momentos presumiblemente incombustibles de De palmas y cacería: la guitarra flamenca de Niño de Elche en la mencionada Turista ven a Sevilla o, mejor aún, la deliciosa adaptación de la letra popular en Guajira de Hawaii, desarmante reinterpretación de la tradición, con un Daniel Alonso pletórico y melismático, que sigue avivando la llama de un fuego vivaz y brillante.

El afilador de canciones

Blas Fernández | 2 de marzo de 2013 a las 5:00

Nick Cave, durante la presentación en Berlín de ‘Push The Sky Away’. / EFE

Push The Sky Away. Nick Cave & The Bad Seeds. Rock. Popstock! CD / LP

La primera sensación es casi de incómoda sorpresa: oh, no es el disco de Nick Cave que estábamos esperando… Pero para contextualizar, conviene recapitular.

Punto uno, el lapso: las malas semillas no entregaban un nuevo álbum desde aquel volcánico Dig, Lazarus, Dig!!! (2008). Punto dos, las pistas: en ese periodo, el australiano universal ha despachado sendos discos de Grinderman, en ocasiones trasunto indómito de aquella lacerante salvajada originaria que amenazaba con garras y colmillos desde The Birthday Party (fiesta a la que uno sólo podía autoinvitarse bajo su propia cuenta y riesgo). Punto tres, Mick Harvey: el veterano multinstrumentista, escudero de Cave desde esos tiempos remotos, recogió sus bártulos tras la bíblica exhumación de los restos de Lázaro dejando una incógnita y un hueco… Punto cuatro, Warren Ellis: …que convirtió al violinista, también multinstrumentista, también compañero de largo recorrido, en una suerte de oportuna muleta a la hora de afrontar nuevos retos. Y punto cinco, las bandas sonoras: Cave y Ellis afianzaron complicidades más allá de Grinderman en composiciones creadas para la pantalla. Lo hicieron un año antes de Dig, Lazarus, Dig!!! en la perturbadora partitura de la no menos inquietante The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford, de Andrew Dominik, y reincidieron después, por partida doble, junto a John Hillcoat, ya fuera compilando y escribiendo ex profeso para Lawless (2012, con nuestro propio hombre como coguionista) o firmando el score completo de la adaptación cinematográfica de The Road, de Cormac McCarthy (2010).

Claro que, todas estas consideraciones vienen a renglón seguido. La sensación en las primeras escuchas, insisto, es de extrañeza, pues Push The Sky Away enseñorea desde el comienzo una condición de falso disco calmo –como la fiereza a bocajarro, algo también muy caro al ánimo musical bipolar de Cave–, en el que las turbulencias viajan soterradas. Ya sabe, envueltas en un halo de derrota…

http://vimeo.com/58969443

¿Qué esperábamos entonces? ¿Un encauzado subidón de testosterona? Pues no, se ve que no tocaba. Y si así resulta quizás se deba a que Nick Cave trasciende ya los márgenes autoimpuestos bajo una u otra denominación: no es el Cave de Grinderman; no es el de The Bad Seeds; no es, ni mucho menos, el (very) angry young man de The Birthday Party; no es el de las bandas sonoras… Es Nick Cave, sin más, esquivando las previsiones e instalado en un limbo atemporal desde el que se permite hacer justo lo que le pide el cuerpo, muy probablemente sin caer siquiera en la cuenta de que la testaruda excelencia de su trabajo reemplazará la inicial extrañeza, tras sucesivas escuchas –se necesitan varias y dedicadas–, por la habitual admiración.

Y así, poco a poco, calando lenta pero impenitentemente, Push The Sky Away desvela su silueta de gran disco, inesperado, sí, pero quizás por ello también autónomo en su contrastada condición de obra autosuficiente –incluso autorreferente: es el Cave baladista asesino, el de la procesión por dentro–.

Aunque agradecida, la reincorporación del histórico bajo de Barry Adamson a las malas semillas resulta poco menos que anecdótica, pero contribuye con elegancia a ese predominio absoluto de las atmósferas cinemáticas –cuerdas, teclados, loops, baterías arquitectónicas: la mano de Ellis– en el que la guitarra, antaño llave, es un invitado ocasional -eso sí, cuando irrumpe, como en la enigmática Higgs Boson Blues, reina-.

Cimentado en ese oficio inquieto que rehúye el formalismo –pese a su incontestable condición clásico, Cave esquiva el apego al canon y aún revela fuerzas para seguir probando-, Push The Sky Away sirve nueve canciones que terminan por mostrar, peligrosas, su afilada vocación: rasgar la coraza de la atención casual y obligarnos a concentrar los sentidos, satisfechos, al cabo, con la belleza y turbación de un álbum a la altura de la leyenda.

Ramón Gómez de la Serna y ‘El político neoliberal’

Blas Fernández | 27 de febrero de 2013 a las 12:08

http://vimeo.com/60601830

Engominado, juerguista y farlopero. De caza en África o de fiesta en el Caribe, recibiendo sobres dorados o departiendo con soltura en Davos. Así es El político neoliberal que Pony Bravo extrae del reciente imaginario popular, oportuno protagonista de la canción y del videoclip que avanzan la inminente edición del tercer álbum de la banda sevillana, De palmas y cacería.

Producido de nuevo por Raúl Pérez en los Estudios La Mina, y masterizado por John Golden en Golden Mastering (Ventura, California), las nueve canciones de De palmas y cacería estarán disponibles bajo una licencia Creative Commons para su descarga libre gratuita en los primeros días del próximo mes de marzo -más tarde llegará la edición física de pago, en CD y LP-. De momento, El político neoliberal puede descargarse ya a través del souncloud del sello discográfico El Rancho.

Con canciones como Turista ven a Sevilla -con pasajes de guitarra flamenca absolutamente fascinantes- o Eurovegas -adelantada por el cuarteto en varias actuaciones en directo-, De palmas y cacería apunta a priori un paso adelante más en el crecimiento como músicos de Daniel Alonso, Pablo Peña, Darío del Moral y Javier Rivera, al tiempo que confirma la capacidad del primero como letrista para llevar al oyente allá donde quiere con el sugerente trazado de unas pocas líneas de texto.

El político neoliberal refuerza esa sensación gracias al videoclip realizado por el propio Alonso, con Juan Luis Matilla, de la compañía de danza Soy Una Mopa, en el papel de profesional de la corrupción. El clip, un collage en movimiento equivalente a las delirantes imágenes fijas que el Alonso cartelista ha convertido en santo y seña de Pony Bravo, tira de archivo y propone guiños con auténtica carga de profundidad, como ese homenaje velado a Ramón Gómez de la Serna -amigos, el mangoneo, la idiocia y el seguidismo ciego no son fenómenos nuevos- mediante el uso de imágenes de El orador, sarcástico y brillante monólogo rodado por Feliciano Vítores en 1928.

Un mundo real (tan raro, tan extraño, tan difícil)

Blas Fernández | 16 de febrero de 2013 a las 5:00

Según explicó Antonio Arias años después, tanto el título de Hipnosis, primer álbum de Lagartija Nick, como el del posterior Inercia hacían referencia a estados fuera de control, ésos en los que el individuo o el colectivo siente cómo se evapora su capacidad de decisión y es arrastrado por la propia dinámica de las situaciones. Con la veterana banda granadina ocurrió algo similar en al menos dos ocasiones: la primera, cuando a comienzos de los 90 la descomunal onda expansiva del Nevermind de Nirvana sacudió el mercado mainstream, empujando a las multinacionales del disco al rápido fichaje de ruidosas bandas de rock y a la escena misma del entonces llamado rock alternativo hacia su inevitable implosión; la segunda, cuando la difícil deriva post-Omega, iniciada con Val del Omar (1998) y no metabolizada con propiedad hasta mucho después, condujo al grupo hacia un circuito y una escena -lo de su etiquetaje trash-metal comenzó como un desliz y se convirtió en camuflaje- que Arias terminaría reconociendo ajena.

El fichaje por parte de Sony-CBS se saldó con dos discos mayúsculos -el mencionado Inercia (1992) y Su (1995)- y con la manifiesta incapacidad de la compañía para rentabilizar semejante propuesta. Lo del desvío al trash-metal, o así, tuvo una digestión más pesada. Con Antonio como único componente original de una formación expuesta a continuos cambios, transcurriría casi una década antes de que Lo imprevisto (2004), de nuevo con Eric Jiménez sentado a la batería, recuperase una inventiva sónica -la lírica no flojeó nunca- equiparable a la de sus comienzos.

Pero eso, claro, sucedió años después. Lo que teníamos en 1991 era Hipnosis, un disco de parto difícil y prolongado. Tanto que había comenzado su gestación en la segunda mitad de la década anterior, cuando tras Más de cien lobos (1986) Arias abandonó 091 y dio forma a una primera versión de Lagartija Nick. Aún volvió a su antigua banda para registrar Doce canciones sin piedad (1989), pero nada más. Antonio, Eric -antes en KGB y más tarde, ya sabe, en Los Planetas- y el atómico guitarrista algecireño Juan Codorniú grabaron una maqueta del nuevo grupo; se levantaron el premio de un concurso de bandas noveles organizado por el programa de televisión Duduá -hoy cuesta creerlo, pero entonces en Canal Sur se escuchaba algo más que copla-; participaron en la compilación local Rock GRX 89; colaron una devota versión de I Had Too Much to Dream (Last Night), de Electric Prunes, en uno de aquellos iniciáticos recopilatorios de Munster Records y ficharon por Romilar-D, el sello independiente madrileño que cobijaba, entre otros, a Sex Museum y The Pleasure Fuckers.

No lo puedes ver, el sencillo publicado en 1990, avisó de lo que se avecinaba, aunque ni siquiera la majestuosa contundencia de su crescendo, condensada en poco menos de tres minutos, pronosticaba todavía el calibre del proyectil por llegar, con potencial explosivo incrementado tras la incorporación de un cuarto componente, el guitarrista Miguel Ángel Rodríguez Pareja.

Hipnosis fue un mazazo, sí, un deslumbrante destello para aquella generación que se distanciaba del pop español de los 80, amortizado entonces hasta la desintegración, aunque aún tardó lo suyo en ser reconocido como tal por quienes venían detrás. En los créditos de esta golosa reedición -¡por fin!-, Antonio Arias menciona la “existencia de una especie de movimiento preindi” como puerta de entrada de Lagartija Nick al estudio de grabación. Sin embargo, ésa fue al mismo tiempo la relativa maldición -el tiempo suele terminar poniendo las cosas en su sitio- que acompañó a parte de aquellos grupos-bisagra, demasiado rock para el incipiente indie y demasiado indies para los asimilados independientes de antaño.

Así las cosas, la elección como productor de Fino Oyonarte, de Los Enemigos -otra banda en la encrucijada- se antoja hoy una afortunada sincronía cósmica. Grupo y productor se entienden sin palabras, emiten sus señales en la misma frecuencia y captan la tensión del momento en una instantánea sobrecargada de energía -en esos mismos créditos, Fino todavía se entusiasma al evocar la incontenible potencia que el grupo despliega en las rápidas sesiones de grabación-.

Ése es el vigor que, incombustible, sigue transmitiendo Hipnosis, eléctrica conmoción sin pausa siquiera cuando recurre a la reconocida filiación psicodélica de Arias -El mundo desaparecido de los guantes y La gran depresión, cerrando y abriendo, respectivamente, las dos caras del vinilo original-. El nutrido y nutritivo resto es un golpe directo al estómago -post-punk en vertiente visceral- y al cerebro, por donde los textos de Arias -el mismo tipo que elige para la portada un collage del entonces todavía no muy reivindicado Josep Renau; el mismo que va a introducir a Val del Omar en el imaginario pop antes de su canonización oficial; el mismo que luego convertirá en canciones poemas científicos- se desplazarán incontrolables, haciendo rebotar en la cavidad craneal un sinfín de imágenes sugestivas y automáticas. Hipnosis, Sonic Crash, Tan raro, tan extraño, tan difícil, Napalm, Disneyworld, Un mundo real… No es que suene en cascada: es una cascada.

Material así, el que conforma uno de los discos capitales del rock en español, justifica por sí mismo esta tardía aunque agradecida reedición, última de la trilogía original tras los pertinentes rescates de Inercia y Su. No obstante, los extras hacen honor a su condición y enriquecen el conjunto final. Los cortes ya conocidos -amén de figurar en caras B de singles o recopilatorios, Gangsterville, Policía detrás, Algo cínico, I Had Too Much to Dream y el No Man’s Land de Syd Barret ya fueron reunidos en un minielepé en 1993- resultan ilocalizables hoy día en formato físico más allá del mercado coleccionista. Los demás -Una luz, Sedán, El placer de los gurús y la versión de Leave My Kitten Alone- saltan por primera vez desde las maquetas a ese mundo real, raro, extraño y difícil, en el que Lagartija Nick, superando errores, desbordando talento, volvió a recuperar el control.

Apéndice extra a los extras. Como es lógico, la reedición de Hipnosis no compila todo el material generado por la banda durante sus primeros años. Además de las maquetas y de las muchas ideas bosquejadas en un cuatro pistas, existen otros cortes que incluso llegaron a editarse, pero que hoy resultan de localización más o menos imposible. Es el caso de las dos pistas incluidas en el mencionado recopilatorio de bandas locales Rock GRX 89, con una corta tirada auspiciada por la Diputación Provincial de Granada. Compartido con Argantes Sagora, Recargables, Dementes y Correcaminos -¿adivina quién era la cantante de esta última formación?-, en él figuraban unos Lagartija Nick aún a distancia sideral de lo que nos ofrecerían en Hipnosis, pero apuntando maneras. Aquellas dos canciones eran El sentido de las palabras

…y ¿Qué harás por mí?, un corte con solo de guitarra final a cargo de otro viejo conocido, José Ignacio García Lapido.

“¿Pesimista? El español no tiene remedio”

Blas Fernández | 9 de febrero de 2013 a las 5:00

Foto: Luis Díaz.

“Hombre, definitivamente… Algún día moriré e iré al cielo”, dice el sevillano Antonio Luque, Sr. Chinarro, cuando se le pregunta por su reciente traslado a Madrid, nuevo aposento tras una larga etapa instalado en Málaga. Al cielo… ¿Seguro? “Bueno, no sé cuánto aguantaré –reconoce bajando al suelo–. Pero en cuatro días aquí he hecho más que en Málaga en siete años. Al margen de la relación con mi hijo, claro, que sigue allí”.

Luque, tan categórico como siempre, obvia que su estancia en Málaga, salpicada con recurrentes viajes a Sevilla –donde mantuvo banda–, se corresponde con un periodo particularmente fructífero y de proyección creciente, ése que se inició con El fuego amigo (2005) y se cierra, de momento, con Enhorabuena a los cuatro, decimocuarto título largo en su discografía, con salida prevista para el próximo lunes 25 y disponible en formato digital desde este mismo lunes.

También pasa por alto que fue durante ese tiempo cuando comenzamos a tener constancia de sus incursiones en la narrativa, otra vertiente de su incontinencia textual culminada con la novela Exitus (El Aleph, 2012). Otro libro, por cierto, firmado por un músico en una lista creciente que suma referencias como Regresar, de Dominique A (Alpha Decay, 2012) o Peaje, de Julio de La Rosa (Tropo Editores, 2013). “Es que los músicos tenemos mucha carretera, así que es lógico que pensemos en viajes –bromea–. No sé cuál es el caso de estos dos muchachos, pero varios editores tuvieron la intuición y me animaron. Creo que lo que pretenden es contar con algo de la promoción de la que disponemos los músicos y que no tienen los escritores. Porque, francamente, en este país no lee absolutamente nadie. Está esta costumbre que tiene la gente de regalarse cosas más o menos inservibles por Navidad, así que se regalan libros en la medida en que el español medio los considera un objeto inservible. Pero leer, leer… Tengo un amigo guionista que dice que en España debe haber unas 40.000 personas que se comportan como franceses: leen libros, ven películas… En ocasiones se da el caso de que los 40.000 compran el mismo libro, como le ocurrió a Fernández Mallo con la Nocilla. Pero eso es un milagro, es hacer pleno. Así que que lo que las editoriales buscan es ese poquito de promoción para ver si por lo menos venden tres o cuatro mil libros. Creo que en mi caso se ha conseguido. Espero que estos compañeros lo consigan también”.

En efecto. Como en aquella ocasión en la que declaró que lo único que tenía que hacer un músico era “aprenderse las canciones y no perder mucho tiempo afinando”, Luque sigue instalado en un particular discurso antipamplinas que reparte mandobles a derecha e izquierda. El sector a la diestra del padre podría sentirse aludido en canciones como Catequesis, pero, ojo, aquí no se libra nadie. “Nunca he encontrado mucha diferencia entre PP y PSOE –dice–. Antes, hablaría de españoles. Y el español es como es. Creo que me dí cuenta en el instituto, organizando el viaje de fin de curso. Recuerdo a una profesora llorando porque la habían acusado de robar unas cuotas; recuerdo a compañeros de clase yéndose a cenar con el dinero de esas cuotas. Y ahí nadie era de ningún partido. Para ser como somos incluso nos va bien, porque lo que le gusta al español, lo que siempre ha hecho, ha sido matar gente, robar, expoliar… Es lo que está en la sangre, en los genes. No se puede superar”.

¿No hay remedio pues? “No –contesta tajante–. Siempre se ha dicho que con educación las cosas se arreglan. Recuerdo que cuando llegué al colegio lo que encontré fue a un montón de profesores estúpidos, frustrados, deprimidos, sin ganas de hablar y sin mucha idea sobre las materias que impartían. Con algunas excepciones notables, claro, que supongo que fueron las que sacaron de mí lo poquito bueno que pueda tener hoy. Pero fue una minoría. ¿Así que cómo vamos a arreglarlo con educación? ¿De qué educación me están hablando? ¿Qué es educación para un profesor? ¿Que el niño se esté quieto? Oiga, ¿por qué no lo escayola? No sé si resulto maximalista o pesimista, pero el español no tiene remedio”.

Foto: Luis Díaz.

Con una docena de cortes, Enhorabuena a los cuatro vuelve a revelar ese oficio que Luque ha cultivado sin presunciones durante, al menos, la última década, formalista en apariencia –para enfado de algunos fans veteranos– y de una precisa depuración en sus letras. “No se puede desaprender, aunque en La bola de cristal nos dijeran que era conveniente y yo lo haya cantado en alguna ocasión. Pero no se puede olvidar lo que uno aprende, qué le vamos a hacer –replica con ironía–. Y pienso hacer todavía muchos discos más”.

En éste, entre otros, cuenta otra vez con esos nuevos aliados que encontró en el grupo valenciano La Habitación Roja. “Llegaba al estudio y montaba las canciones como las tenía maquetadas. –explica–Pero alguien más tenía que tocar, porque si me pongo yo a grabar los bajos que he sacado tardo tres veces más que Marc Greenwood, que los hace a la primera. Pedro Portellano sacó sus guitarras, Pau Roca igual… Pero, en esencia, los arreglos no cambian las canciones”.

La afirmación puede resultar discutible, aunque Luque la defiende con la misma naturalidad con que explica la presencia de numerosas voces invitadas, incluida alguna insospechada: Zahara, Linda Mirada, Anni B Sweet, Guille Mostaza… “Surgieron por el arte de magia de Madrid. Si estás grabando aquí es más fácil que aparezca alguien por el estudio que si lo estás haciendo en Punta Paloma –argumenta–. No sé cómo se ve desde fuera. Que si Zahara hace tal o cual… Somos todos profesionales de lo mismo y todas las canciones se componen más o menos igual, así que es fácil conectar con quien sea, siempre y cuando no resulte un gilipollas. Si en el disco hay alguno, soy yo”.

Los invitados, claro, se quedan fuera de buena parte de los conciertos que servirán para promocionar el álbum, confirmados como acústicos. “Ya he hecho muchísimos conciertos así y cada vez van a ser más. Mover a medio equipo de fútbol por España sale muy caro. La canción es la melodía y la letra. Es lo que diferencia a unas de otras. Obviamente con banda es mejor, y si llevara a la Sinfónica de Londres o la de Sevilla, todavía más, pero para eso tendría que pedir un sobre a Bárcenas. Igual si ven mis discusiones en Twitter me dan algo”. Luque 100% on fire, con razones para la polémica: “Mientras las feministas no defiendan a capa y espada cuestiones como la custodia compartida, mientras ésta no sea lo que se decide por defecto en los divorcios, yo no puedo creer en la igualdad”.

De vuelta al escenario, próxima parada, Sevilla. “Para ese concierto el disco no habrá salido todavía. De todas maneras, es algo que le digo muchas veces al sello y al manager: que los discos se presentan solos. Eso de hacer gira de presentación… Bueno, es un poco vuelvo a tocar porque tengo una excusa. Pero yo nunca he necesitado una excusa ni para tocar ni para dejar de tocar”.

En el mensaje de despedida, Luque deja sobre la marcha otra explicación sobre su marcha a Madrid. “Lo que celebro es tener cerca ese aeropuerto del que salen tantos vuelos internacionales. El pasaporte lo llevo encima. Si veo que se va a liar, cojo el primer taxi a Barajas y el primer avión que salga”. ¿Vuelve a bromear?

Sr. Chinarro actúa el próximo día 16 en el Teatro Cajasol de Sevilla dentro del ciclo La espiral acústica.

Oír campanas (y fabular dónde)

Blas Fernández | 7 de febrero de 2013 a las 7:09

Pantha du Prince, tercero por la izquierda, junto a los integrantes de The Bell Laboratory. / Katja Ruge

Portada del álbum.Elements of Light. Pantha du Prince & The Bell Laboratory. Rough Trade. LP / CD

Las campanas pueden darnos mucho juego, juego teórico. En la historia de los instrumentos musicales, bien pudieran representar una suerte de dominio primigenio sobre la materia: tras incontables y presumibles ciclos de ensayo y error, el instrumento de percusión conquista la tonalidad, se independiza del ritmo y adquiere protagonismo melódico.

Luego, aunque indisociablemente ligada a esa virtud de apariencia mágica, queda la apropiación que de ellas hacen las religiones. Asimilación que, claro está, abarca gran parte de la música de su época, pero que aquí cuenta con una variante particularmente significativa. Esto es, en las sociedades tecnológicamente capacitadas, tanto en Occidente como en Oriente, las campanas se invisten con un insoslayable papel central: son la guía que convoca y conduce al rito.

Quizás estas dos consideraciones bastarían para poner en pie un armazón conceptual capaz de hacer salivar a algún francotirador de la escena artística contemporánea, pero a Pantha du Prince y a sus amigos del Bell Laboratory les sirve para algo más que publicitar una ocurrencia más o menos afortunada. En concreto, y ahí está el quid, para generar una obra robusta y hermosa, Elements of Light.

Ya que hasta la fecha ni la propia ciencia, tan a menudo percibida como otra religión, concluye de manera definitiva sobre la naturaleza última de luz, será conveniente dejar al margen de este juego una hipotética voluntad por parte del músico germano de dominarla como trasunto de la materia misma. Una remota posibilidad, no obstante, susceptible de ser interpretada como tal atendiendo al ejercicio de disección que nutre el listado de cortes del álbum, literalmente, los presuntos elementos de la luz: Wave, Particle, Photon, Spectral Split y Quantum.

Escuchadas en perspectiva, las campanas parecen adquirir en Hendrik Weber -el hombre tras el alias- categoría de fijación. Ya estaban presentes, y de forma recurrente, en su anterior álbum, aquel fantástico Black Noise (2010) con el que amplió de manera considerable su círculo de rendidos adeptos -otro disco, por cierto, con particular andamiaje especulativo: la calma que precede a la tormenta-. Sin embargo, aún no aparecían bajo la forma y fondo que adoptan en esta singular colaboración con el grupo de campaneros noruegos. En Black Noise eran campanas sintéticas o sintetizadas; en Elements of Light son instrumentos tradicionales -cuesta escribir físicos- tocados por otros tantos músicos. La diferencia, más allá del hecho de resultar notable, plantea otra espinosa incógnita. ¿Por qué?

Al igual que luego ocurriera en la escena hip-hop, determinadas vertientes de la música electrónica han recurrido de manera cíclica al reclutamiento de bandas argumentando una razón confesa -mayor empatía con el público en los directos- y apartando a un lado, de manera discreta, otra un tanto peliaguda -el atavismo de una presunta legitimación como músicos, quizás presumiblemente transferida por la mera utilización de instrumentos con larga historia-. Ahora bien, cuando la electrónica ha dejado de ser un género para ser un todo, presente de una u otra forma en la inmensa mayoría de la música de nuestros días, ¿son pertinentes esas consideraciones? ¿Durante cuánto más tiempo vamos distinguir entre esa entelequia de la instrumentación real, en realidad tan tecnológica como un vetusto sintetizador, y la instrumentación virtual?

No hay rastro de esa añoranza en Pantha du Prince -ni en Four Tet, ni en Burial, ni en tantos y tantos otros que producen alguna de la música más excitante hecha hoy-. Hay un músico que se sabe tal y como tal también juega, experimenta, junto a otros músicos, los que dominan el arte de su fijación: las campanas. Weber mantiene y potencia la liturgia del directo -basta ver las túnicas confeccionadas para los conciertos, propias de un monje-herrero-, pero no busca más legitimación que la resultante de su propia música. Y con ella, a la vista de los resultados, se sobra y basta.

Estructurado en torno a dos largas piezas pivotantes -Particle y Spectral Split, la primera con una duración de 12’30” y la segunda de 17’34”- y con otras tres más breves ejerciendo a modo de prólogo -Wave-, puente -Photon- y epílogo -Quantum-, Elements of Light despliega una deslumbrante arquitectura sonora que hace uso de todo el potencial evocador, mágico y hasta místico de las campanas -y del carillón, y del vibráfono…- y lo conjuga de manera magistralmente premeditada con las bases rítmicas y pinceladas armónicas servidas por Weber. El irresistible protagonismo melódico es aquí, casi en exclusiva, del instrumento-fijación, fabulado por el alemán y ejecutado por los noruegos.

Disco definitivamente distinto en la trayectoria de Pantha du Prince, y al mismo tiempo consecuencia lógica de su evidente afán de ir más allá, Elements of Light renuncia formalmente al componente pop presente en Black Noise. Lo paradójico es que en ese empeño resulte, si cabe, aún más psicodélico.

http://vimeo.com/55307494

La fascinante historia de ‘You-Dle-Ee-Oo-De-Oo’

Blas Fernández | 6 de febrero de 2013 a las 13:32

Aquí el nuevo clip de O Sister!…

http://vimeo.com/58537679

…y aquí su pertinente explicación.

http://vimeo.com/58874952

Ambos clips son obra de Gonzalo Posadas. Espero que los disfrute.