Un mundo real (tan raro, tan extraño, tan difícil)

Blas Fernández | 16 de febrero de 2013 a las 5:00

Según explicó Antonio Arias años después, tanto el título de Hipnosis, primer álbum de Lagartija Nick, como el del posterior Inercia hacían referencia a estados fuera de control, ésos en los que el individuo o el colectivo siente cómo se evapora su capacidad de decisión y es arrastrado por la propia dinámica de las situaciones. Con la veterana banda granadina ocurrió algo similar en al menos dos ocasiones: la primera, cuando a comienzos de los 90 la descomunal onda expansiva del Nevermind de Nirvana sacudió el mercado mainstream, empujando a las multinacionales del disco al rápido fichaje de ruidosas bandas de rock y a la escena misma del entonces llamado rock alternativo hacia su inevitable implosión; la segunda, cuando la difícil deriva post-Omega, iniciada con Val del Omar (1998) y no metabolizada con propiedad hasta mucho después, condujo al grupo hacia un circuito y una escena -lo de su etiquetaje trash-metal comenzó como un desliz y se convirtió en camuflaje- que Arias terminaría reconociendo ajena.

El fichaje por parte de Sony-CBS se saldó con dos discos mayúsculos -el mencionado Inercia (1992) y Su (1995)- y con la manifiesta incapacidad de la compañía para rentabilizar semejante propuesta. Lo del desvío al trash-metal, o así, tuvo una digestión más pesada. Con Antonio como único componente original de una formación expuesta a continuos cambios, transcurriría casi una década antes de que Lo imprevisto (2004), de nuevo con Eric Jiménez sentado a la batería, recuperase una inventiva sónica -la lírica no flojeó nunca- equiparable a la de sus comienzos.

Pero eso, claro, sucedió años después. Lo que teníamos en 1991 era Hipnosis, un disco de parto difícil y prolongado. Tanto que había comenzado su gestación en la segunda mitad de la década anterior, cuando tras Más de cien lobos (1986) Arias abandonó 091 y dio forma a una primera versión de Lagartija Nick. Aún volvió a su antigua banda para registrar Doce canciones sin piedad (1989), pero nada más. Antonio, Eric -antes en KGB y más tarde, ya sabe, en Los Planetas- y el atómico guitarrista algecireño Juan Codorniú grabaron una maqueta del nuevo grupo; se levantaron el premio de un concurso de bandas noveles organizado por el programa de televisión Duduá -hoy cuesta creerlo, pero entonces en Canal Sur se escuchaba algo más que copla-; participaron en la compilación local Rock GRX 89; colaron una devota versión de I Had Too Much to Dream (Last Night), de Electric Prunes, en uno de aquellos iniciáticos recopilatorios de Munster Records y ficharon por Romilar-D, el sello independiente madrileño que cobijaba, entre otros, a Sex Museum y The Pleasure Fuckers.

No lo puedes ver, el sencillo publicado en 1990, avisó de lo que se avecinaba, aunque ni siquiera la majestuosa contundencia de su crescendo, condensada en poco menos de tres minutos, pronosticaba todavía el calibre del proyectil por llegar, con potencial explosivo incrementado tras la incorporación de un cuarto componente, el guitarrista Miguel Ángel Rodríguez Pareja.

Hipnosis fue un mazazo, sí, un deslumbrante destello para aquella generación que se distanciaba del pop español de los 80, amortizado entonces hasta la desintegración, aunque aún tardó lo suyo en ser reconocido como tal por quienes venían detrás. En los créditos de esta golosa reedición -¡por fin!-, Antonio Arias menciona la “existencia de una especie de movimiento preindi” como puerta de entrada de Lagartija Nick al estudio de grabación. Sin embargo, ésa fue al mismo tiempo la relativa maldición -el tiempo suele terminar poniendo las cosas en su sitio- que acompañó a parte de aquellos grupos-bisagra, demasiado rock para el incipiente indie y demasiado indies para los asimilados independientes de antaño.

Así las cosas, la elección como productor de Fino Oyonarte, de Los Enemigos -otra banda en la encrucijada- se antoja hoy una afortunada sincronía cósmica. Grupo y productor se entienden sin palabras, emiten sus señales en la misma frecuencia y captan la tensión del momento en una instantánea sobrecargada de energía -en esos mismos créditos, Fino todavía se entusiasma al evocar la incontenible potencia que el grupo despliega en las rápidas sesiones de grabación-.

Ése es el vigor que, incombustible, sigue transmitiendo Hipnosis, eléctrica conmoción sin pausa siquiera cuando recurre a la reconocida filiación psicodélica de Arias -El mundo desaparecido de los guantes y La gran depresión, cerrando y abriendo, respectivamente, las dos caras del vinilo original-. El nutrido y nutritivo resto es un golpe directo al estómago -post-punk en vertiente visceral- y al cerebro, por donde los textos de Arias -el mismo tipo que elige para la portada un collage del entonces todavía no muy reivindicado Josep Renau; el mismo que va a introducir a Val del Omar en el imaginario pop antes de su canonización oficial; el mismo que luego convertirá en canciones poemas científicos- se desplazarán incontrolables, haciendo rebotar en la cavidad craneal un sinfín de imágenes sugestivas y automáticas. Hipnosis, Sonic Crash, Tan raro, tan extraño, tan difícil, Napalm, Disneyworld, Un mundo real… No es que suene en cascada: es una cascada.

Material así, el que conforma uno de los discos capitales del rock en español, justifica por sí mismo esta tardía aunque agradecida reedición, última de la trilogía original tras los pertinentes rescates de Inercia y Su. No obstante, los extras hacen honor a su condición y enriquecen el conjunto final. Los cortes ya conocidos -amén de figurar en caras B de singles o recopilatorios, Gangsterville, Policía detrás, Algo cínico, I Had Too Much to Dream y el No Man’s Land de Syd Barret ya fueron reunidos en un minielepé en 1993- resultan ilocalizables hoy día en formato físico más allá del mercado coleccionista. Los demás -Una luz, Sedán, El placer de los gurús y la versión de Leave My Kitten Alone- saltan por primera vez desde las maquetas a ese mundo real, raro, extraño y difícil, en el que Lagartija Nick, superando errores, desbordando talento, volvió a recuperar el control.

Apéndice extra a los extras. Como es lógico, la reedición de Hipnosis no compila todo el material generado por la banda durante sus primeros años. Además de las maquetas y de las muchas ideas bosquejadas en un cuatro pistas, existen otros cortes que incluso llegaron a editarse, pero que hoy resultan de localización más o menos imposible. Es el caso de las dos pistas incluidas en el mencionado recopilatorio de bandas locales Rock GRX 89, con una corta tirada auspiciada por la Diputación Provincial de Granada. Compartido con Argantes Sagora, Recargables, Dementes y Correcaminos -¿adivina quién era la cantante de esta última formación?-, en él figuraban unos Lagartija Nick aún a distancia sideral de lo que nos ofrecerían en Hipnosis, pero apuntando maneras. Aquellas dos canciones eran El sentido de las palabras

…y ¿Qué harás por mí?, un corte con solo de guitarra final a cargo de otro viejo conocido, José Ignacio García Lapido.

“¿Pesimista? El español no tiene remedio”

Blas Fernández | 9 de febrero de 2013 a las 5:00

Foto: Luis Díaz.

“Hombre, definitivamente… Algún día moriré e iré al cielo”, dice el sevillano Antonio Luque, Sr. Chinarro, cuando se le pregunta por su reciente traslado a Madrid, nuevo aposento tras una larga etapa instalado en Málaga. Al cielo… ¿Seguro? “Bueno, no sé cuánto aguantaré –reconoce bajando al suelo–. Pero en cuatro días aquí he hecho más que en Málaga en siete años. Al margen de la relación con mi hijo, claro, que sigue allí”.

Luque, tan categórico como siempre, obvia que su estancia en Málaga, salpicada con recurrentes viajes a Sevilla –donde mantuvo banda–, se corresponde con un periodo particularmente fructífero y de proyección creciente, ése que se inició con El fuego amigo (2005) y se cierra, de momento, con Enhorabuena a los cuatro, decimocuarto título largo en su discografía, con salida prevista para el próximo lunes 25 y disponible en formato digital desde este mismo lunes.

También pasa por alto que fue durante ese tiempo cuando comenzamos a tener constancia de sus incursiones en la narrativa, otra vertiente de su incontinencia textual culminada con la novela Exitus (El Aleph, 2012). Otro libro, por cierto, firmado por un músico en una lista creciente que suma referencias como Regresar, de Dominique A (Alpha Decay, 2012) o Peaje, de Julio de La Rosa (Tropo Editores, 2013). “Es que los músicos tenemos mucha carretera, así que es lógico que pensemos en viajes –bromea–. No sé cuál es el caso de estos dos muchachos, pero varios editores tuvieron la intuición y me animaron. Creo que lo que pretenden es contar con algo de la promoción de la que disponemos los músicos y que no tienen los escritores. Porque, francamente, en este país no lee absolutamente nadie. Está esta costumbre que tiene la gente de regalarse cosas más o menos inservibles por Navidad, así que se regalan libros en la medida en que el español medio los considera un objeto inservible. Pero leer, leer… Tengo un amigo guionista que dice que en España debe haber unas 40.000 personas que se comportan como franceses: leen libros, ven películas… En ocasiones se da el caso de que los 40.000 compran el mismo libro, como le ocurrió a Fernández Mallo con la Nocilla. Pero eso es un milagro, es hacer pleno. Así que que lo que las editoriales buscan es ese poquito de promoción para ver si por lo menos venden tres o cuatro mil libros. Creo que en mi caso se ha conseguido. Espero que estos compañeros lo consigan también”.

En efecto. Como en aquella ocasión en la que declaró que lo único que tenía que hacer un músico era “aprenderse las canciones y no perder mucho tiempo afinando”, Luque sigue instalado en un particular discurso antipamplinas que reparte mandobles a derecha e izquierda. El sector a la diestra del padre podría sentirse aludido en canciones como Catequesis, pero, ojo, aquí no se libra nadie. “Nunca he encontrado mucha diferencia entre PP y PSOE –dice–. Antes, hablaría de españoles. Y el español es como es. Creo que me dí cuenta en el instituto, organizando el viaje de fin de curso. Recuerdo a una profesora llorando porque la habían acusado de robar unas cuotas; recuerdo a compañeros de clase yéndose a cenar con el dinero de esas cuotas. Y ahí nadie era de ningún partido. Para ser como somos incluso nos va bien, porque lo que le gusta al español, lo que siempre ha hecho, ha sido matar gente, robar, expoliar… Es lo que está en la sangre, en los genes. No se puede superar”.

¿No hay remedio pues? “No –contesta tajante–. Siempre se ha dicho que con educación las cosas se arreglan. Recuerdo que cuando llegué al colegio lo que encontré fue a un montón de profesores estúpidos, frustrados, deprimidos, sin ganas de hablar y sin mucha idea sobre las materias que impartían. Con algunas excepciones notables, claro, que supongo que fueron las que sacaron de mí lo poquito bueno que pueda tener hoy. Pero fue una minoría. ¿Así que cómo vamos a arreglarlo con educación? ¿De qué educación me están hablando? ¿Qué es educación para un profesor? ¿Que el niño se esté quieto? Oiga, ¿por qué no lo escayola? No sé si resulto maximalista o pesimista, pero el español no tiene remedio”.

Foto: Luis Díaz.

Con una docena de cortes, Enhorabuena a los cuatro vuelve a revelar ese oficio que Luque ha cultivado sin presunciones durante, al menos, la última década, formalista en apariencia –para enfado de algunos fans veteranos– y de una precisa depuración en sus letras. “No se puede desaprender, aunque en La bola de cristal nos dijeran que era conveniente y yo lo haya cantado en alguna ocasión. Pero no se puede olvidar lo que uno aprende, qué le vamos a hacer –replica con ironía–. Y pienso hacer todavía muchos discos más”.

En éste, entre otros, cuenta otra vez con esos nuevos aliados que encontró en el grupo valenciano La Habitación Roja. “Llegaba al estudio y montaba las canciones como las tenía maquetadas. –explica–Pero alguien más tenía que tocar, porque si me pongo yo a grabar los bajos que he sacado tardo tres veces más que Marc Greenwood, que los hace a la primera. Pedro Portellano sacó sus guitarras, Pau Roca igual… Pero, en esencia, los arreglos no cambian las canciones”.

La afirmación puede resultar discutible, aunque Luque la defiende con la misma naturalidad con que explica la presencia de numerosas voces invitadas, incluida alguna insospechada: Zahara, Linda Mirada, Anni B Sweet, Guille Mostaza… “Surgieron por el arte de magia de Madrid. Si estás grabando aquí es más fácil que aparezca alguien por el estudio que si lo estás haciendo en Punta Paloma –argumenta–. No sé cómo se ve desde fuera. Que si Zahara hace tal o cual… Somos todos profesionales de lo mismo y todas las canciones se componen más o menos igual, así que es fácil conectar con quien sea, siempre y cuando no resulte un gilipollas. Si en el disco hay alguno, soy yo”.

Los invitados, claro, se quedan fuera de buena parte de los conciertos que servirán para promocionar el álbum, confirmados como acústicos. “Ya he hecho muchísimos conciertos así y cada vez van a ser más. Mover a medio equipo de fútbol por España sale muy caro. La canción es la melodía y la letra. Es lo que diferencia a unas de otras. Obviamente con banda es mejor, y si llevara a la Sinfónica de Londres o la de Sevilla, todavía más, pero para eso tendría que pedir un sobre a Bárcenas. Igual si ven mis discusiones en Twitter me dan algo”. Luque 100% on fire, con razones para la polémica: “Mientras las feministas no defiendan a capa y espada cuestiones como la custodia compartida, mientras ésta no sea lo que se decide por defecto en los divorcios, yo no puedo creer en la igualdad”.

De vuelta al escenario, próxima parada, Sevilla. “Para ese concierto el disco no habrá salido todavía. De todas maneras, es algo que le digo muchas veces al sello y al manager: que los discos se presentan solos. Eso de hacer gira de presentación… Bueno, es un poco vuelvo a tocar porque tengo una excusa. Pero yo nunca he necesitado una excusa ni para tocar ni para dejar de tocar”.

En el mensaje de despedida, Luque deja sobre la marcha otra explicación sobre su marcha a Madrid. “Lo que celebro es tener cerca ese aeropuerto del que salen tantos vuelos internacionales. El pasaporte lo llevo encima. Si veo que se va a liar, cojo el primer taxi a Barajas y el primer avión que salga”. ¿Vuelve a bromear?

Sr. Chinarro actúa el próximo día 16 en el Teatro Cajasol de Sevilla dentro del ciclo La espiral acústica.

Oír campanas (y fabular dónde)

Blas Fernández | 7 de febrero de 2013 a las 7:09

Pantha du Prince, tercero por la izquierda, junto a los integrantes de The Bell Laboratory. / Katja Ruge

Portada del álbum.Elements of Light. Pantha du Prince & The Bell Laboratory. Rough Trade. LP / CD

Las campanas pueden darnos mucho juego, juego teórico. En la historia de los instrumentos musicales, bien pudieran representar una suerte de dominio primigenio sobre la materia: tras incontables y presumibles ciclos de ensayo y error, el instrumento de percusión conquista la tonalidad, se independiza del ritmo y adquiere protagonismo melódico.

Luego, aunque indisociablemente ligada a esa virtud de apariencia mágica, queda la apropiación que de ellas hacen las religiones. Asimilación que, claro está, abarca gran parte de la música de su época, pero que aquí cuenta con una variante particularmente significativa. Esto es, en las sociedades tecnológicamente capacitadas, tanto en Occidente como en Oriente, las campanas se invisten con un insoslayable papel central: son la guía que convoca y conduce al rito.

Quizás estas dos consideraciones bastarían para poner en pie un armazón conceptual capaz de hacer salivar a algún francotirador de la escena artística contemporánea, pero a Pantha du Prince y a sus amigos del Bell Laboratory les sirve para algo más que publicitar una ocurrencia más o menos afortunada. En concreto, y ahí está el quid, para generar una obra robusta y hermosa, Elements of Light.

Ya que hasta la fecha ni la propia ciencia, tan a menudo percibida como otra religión, concluye de manera definitiva sobre la naturaleza última de luz, será conveniente dejar al margen de este juego una hipotética voluntad por parte del músico germano de dominarla como trasunto de la materia misma. Una remota posibilidad, no obstante, susceptible de ser interpretada como tal atendiendo al ejercicio de disección que nutre el listado de cortes del álbum, literalmente, los presuntos elementos de la luz: Wave, Particle, Photon, Spectral Split y Quantum.

Escuchadas en perspectiva, las campanas parecen adquirir en Hendrik Weber -el hombre tras el alias- categoría de fijación. Ya estaban presentes, y de forma recurrente, en su anterior álbum, aquel fantástico Black Noise (2010) con el que amplió de manera considerable su círculo de rendidos adeptos -otro disco, por cierto, con particular andamiaje especulativo: la calma que precede a la tormenta-. Sin embargo, aún no aparecían bajo la forma y fondo que adoptan en esta singular colaboración con el grupo de campaneros noruegos. En Black Noise eran campanas sintéticas o sintetizadas; en Elements of Light son instrumentos tradicionales -cuesta escribir físicos- tocados por otros tantos músicos. La diferencia, más allá del hecho de resultar notable, plantea otra espinosa incógnita. ¿Por qué?

Al igual que luego ocurriera en la escena hip-hop, determinadas vertientes de la música electrónica han recurrido de manera cíclica al reclutamiento de bandas argumentando una razón confesa -mayor empatía con el público en los directos- y apartando a un lado, de manera discreta, otra un tanto peliaguda -el atavismo de una presunta legitimación como músicos, quizás presumiblemente transferida por la mera utilización de instrumentos con larga historia-. Ahora bien, cuando la electrónica ha dejado de ser un género para ser un todo, presente de una u otra forma en la inmensa mayoría de la música de nuestros días, ¿son pertinentes esas consideraciones? ¿Durante cuánto más tiempo vamos distinguir entre esa entelequia de la instrumentación real, en realidad tan tecnológica como un vetusto sintetizador, y la instrumentación virtual?

No hay rastro de esa añoranza en Pantha du Prince -ni en Four Tet, ni en Burial, ni en tantos y tantos otros que producen alguna de la música más excitante hecha hoy-. Hay un músico que se sabe tal y como tal también juega, experimenta, junto a otros músicos, los que dominan el arte de su fijación: las campanas. Weber mantiene y potencia la liturgia del directo -basta ver las túnicas confeccionadas para los conciertos, propias de un monje-herrero-, pero no busca más legitimación que la resultante de su propia música. Y con ella, a la vista de los resultados, se sobra y basta.

Estructurado en torno a dos largas piezas pivotantes -Particle y Spectral Split, la primera con una duración de 12’30” y la segunda de 17’34”- y con otras tres más breves ejerciendo a modo de prólogo -Wave-, puente -Photon- y epílogo -Quantum-, Elements of Light despliega una deslumbrante arquitectura sonora que hace uso de todo el potencial evocador, mágico y hasta místico de las campanas -y del carillón, y del vibráfono…- y lo conjuga de manera magistralmente premeditada con las bases rítmicas y pinceladas armónicas servidas por Weber. El irresistible protagonismo melódico es aquí, casi en exclusiva, del instrumento-fijación, fabulado por el alemán y ejecutado por los noruegos.

Disco definitivamente distinto en la trayectoria de Pantha du Prince, y al mismo tiempo consecuencia lógica de su evidente afán de ir más allá, Elements of Light renuncia formalmente al componente pop presente en Black Noise. Lo paradójico es que en ese empeño resulte, si cabe, aún más psicodélico.

http://vimeo.com/55307494

La fascinante historia de ‘You-Dle-Ee-Oo-De-Oo’

Blas Fernández | 6 de febrero de 2013 a las 13:32

Aquí el nuevo clip de O Sister!…

http://vimeo.com/58537679

…y aquí su pertinente explicación.

http://vimeo.com/58874952

Ambos clips son obra de Gonzalo Posadas. Espero que los disfrute.

En otros lugares

Blas Fernández | 2 de febrero de 2013 a las 5:00

Somewhere Else. Indians. 4AD. Pop / Electrónica. LP / CD

Con escasos antecedentes conocidos -un sencillo autoeditado y un avance del álbum que ahora nos ocupa-, el danés Søren Løkke Juul, alias Indians, entrega Somewhere Else, un álbum de aspecto inicial discreto que, no obstante, deja entrever sus no pocas cualidades a los escasos minutos de la primera escucha. Y para cuando el oyente se da cuenta de en qué se está metiendo, resulta que ya es demasiado tarde: ha quedado irremediablemente atrapado en sus redes.

Se entiende que esas cualidades debieron ser las causantes del rápido fichaje por parte de 4AD -el veterano sello británico no sólo no pierde la comba, sino que además parece dispuesto a recuperar puestos de cabeza-, que incluso antes de la reciente edición del álbum embarcó a nuestro hombre en una ajustada gira por Estados Unidos y Canadá junto a compañías presuntamente afines -Beirut y Bear in Heaven entre otros- con la inteligente intención de ir caldeando el ambiente. La jugada se justifica con los resultados a la vista -nuevas y numerosas fechas en Europa y Norteamérica, ahora junto a otra propuesta a tener en cuenta, Night Beds, y notable expectación en los círculos habituales-, pero los del oído van definitivamente más lejos.

Emotivo hasta el borde de la lágrima, quizás la mayor virtud de Somewhere Else, disco repleto de enormes canciones, sea la capacidad de aunar sensibilidades dispersas en el imaginario actual para concretar una apuesta no especialmente sorprendente o llamativa, pero original y conmovedora en sus resultados, esos que pasan por llevar a un terreno aún más pop, definitivamente pop, ciertas inclinaciones crepusculares presentes en alguna de la música más excitante de nuestros días -en un aventurado ejercicio de contextualización, imagine una mezcla entre los Grizzly Bear de Veckatimest y los XX de Coexist-.

Plácido en su apariencia, tempestuoso en su fondo, Juul reedita esa constante tendencia a maximizar el minimalismo, a engalanar ideas de factura tan simple como efectiva con arreglos que crecen sobre sí mismos, ya se partiendo de la sencillez acústica -I Am Haunted, Cakelakers…- o de un uso de la electrónica sobre el que se proyecta -oh, vaya- la omnipresente sombra del dubstep como si del recuerdo de un pariente lejano se tratase. La fascinación última recae en esas epopeyas -pruebe con Magic Kids- que, ajenas al músculo gimnástico, parecen ya genéticamente habilitadas para conquistar cuotas más amplias de popularidad. No se extrañe pues cuando vuelva a oír hablar de Indians. Esto no ha hecho más que empezar.

Ahí le dejo a Juul y unos colegas grabando para las 4AD Sessions

…más otra grabación para la socorrida KEXP.

Un cuento espacial (y especial)

Blas Fernández | 23 de enero de 2013 a las 19:22

“Yo tengo ahora 23 años, Blanca tiene 27 e Isa 15. El niño siempre se lleva dentro, pero sí, ha pasado el tiempo, y hemos crecido”. Al otro lado del teléfono, Macarena, una de las tres componentes visibles de Prin’ La La’, reconoce lo obvio: las integrantes del grupo cordobés, unidas por lazos de sangre, ya no son esas niñas que tanto llamaron la atención precisamente por serlo cuando publicaron en 2003 un EP de debut inequívocamente dirigido a un público adulto. Pero Esto es Prin’ La La’ (2007), el primer álbum de la formación, mostraba ya cualidades desligables en su atractivo de la llamativa juventud de las intérpretes.

Tras ese pop naíf con confesa vocación de cuento de hadas se agazapa la silueta de Fernando Vacas, músico superviviente de la eclosión del indie español en los 90, entonces al frente de Flow, y productor de propuestas variopintas, de Russian Red a La Negra. El mismo hombre, cómo no, que organiza la escena en Un nuevo orden, segundo álbum del grupo, con presentación especial (y espacial) este sábado en la sala B del Teatro Central de Sevilla tras su paso en diciembre por el Góngora cordobés.

“No seguimos las normas habituales de ningún mercado a la hora de sacar un disco -dice Vacas del largo lapso transcurrido desde el primer álbum-. Realmente, desde que empezamos a montar el proyecto Prin’ La La’ hasta que salió el primer disco pasaron unos tres años. Escribíamos las canciones, las montábamos, las ensayábamos… Desde que sacamos el disco en 2007 hasta que dejamos de tocarlo en directo pasaron tres años. O sea, que realmente comenzamos con Un nuevo orden en 2010. Han sido sólo dos años de preparación. Todos teníamos muchas ganas de sacar algo nuevo, pero ha sido además una época de muchos cambios personales, cada uno con su vida. Y yo tampoco me he portado demasiado bien, porque he estado trabajando con Howe Gelb, con Raimundo Amador, con Flow, con María de Medeiros, con La Negra… Así que no he parado y ellas han estado cruzadas de brazos esperando a que les diera el pistoletazo de salida”.

Los cambios personales afectaron al propio grupo, que vivió el abandono de María y su sustitución por Blanca. Pero la alteración en la alineación apenas supone nada en comparación con la verdadera mutación, una ambición en los presupuestos estéticos de partida y en la ejecución del resultado que pasan quizás por convertir a Un nuevo orden en uno de los discos nacionales mejor producidos de la pasada temporada. “Sí, claro, intenté que la producción fuera más elaborada que en el disco anterior -cuenta Fernando-. Teníamos el estudio Eureka a nuestra disposición y bastante tiempo para grabar y producir, así que intenté hacer lo que realmente me apetecía”.

El estudio Eureka, propiedad del propio Vacas, es el centro neurálgico del sello discográfico homónimo, una factoría que permite el trabajo a la antigua usanza -“En nuestro caso, tanto los compositores como el productor, el grupo y el sello son la misma cosa”- en tiempos de producciones de guerrilla. “El mercado me la trae al fresco -insiste Fernando-. Me caracterizo por meterme en proyectos que parecen imposibles, y lo que me apetecía era explayarme. Del principio al final lo que me preocupa es la obra”.

Vacas se involucra e involucra a una larguísima lista de colaboradores, responsables desde los arreglos de algunos pasajes ciertamente majestuosos del álbum. Y todo ello, se reitera, en época de abaratamiento general de costes. “Todo el dinero que he ido ganando, como compositor y como productor lo he dedicado a la música, lo he reinvertido. Además de eso -bromea-, hice un máster de hipnotismo con Uri Geller, y así al final la gente no se acuerda de que grabó eso…”. ¿Insinúa que no cobraron? “No, no te creas, al final todos se lo cobran”.

De la antigua usanza rescata también Un nuevo orden su coartada conceptual, un argumento con tintes de ciencia ficción que sirve como pretexto: las tres componentes de Prin’ La Lá son abducidas por extraterrestres y confinadas en una nave espacial; mientras, el tiempo, corre deprisa en la Tierra. “Hay un disco de David Bowie que está en el origen de la idea -reconoce Fernando en presumible alusión a The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars-. Curiosamente, yo he escuchado poco a Bowie, pero no sé por qué se me metió en la cabeza hace unos cinco años. Cuando hace dos nos sentamos a la mesa redonda que tengo en casa, heredada de mis abuelos, empezamos a inventar. Les conté la idea, que quería hacer algo así, y con lápiz y papel cada uno comenzó a escribir y a dibujar. Fue Isa quien se inventó que la secuestraban unas entidades de otro planeta. Durante ese tiempo sucedían un montón de cosas en la Tierra, pero también a ellas mismas en la nave en la que estaban secuestradas”.

Pero amén de Bowie y de la propia marca de la casa, en Un nuevo orden se aprecian además otros ecos. Entre ellos, por su voluntad de encantamiento… “¿Joanna Newsom? No, la verdad es que no la he escuchado”, reconoce Macarena. Vacas no puede decir lo mismo. “Hombre, seguro que se parece más a Joanna Newsom que a Isabel Pantoja”, ríe. Luego asiente. “Desde el principio ése fue el objetivo de Prin’ La Lá -explica-, meter al oyente en un cuento, en un bosque en el que los árboles hablaran… Cuando sacamos el primer disco una amiga me regaló el segundo álbum de Newsom, Ys, y sí, puede tener sus toques. Pero ojo, que si te paras a pensarlo, en ese disco, además de que ella sea una artistaza, están Van Dyke Parks en los arreglos, Steve Albini como ingeniero y Jim O’Rourke en la producción. Parecía que era ella sola con el arpa, pero no”.

Donde coinciden las cordobesas con la norteamericana es precisamente en esa inclinación por lo onírico, por una hipotética magia ya sólo posible desde la imaginación o la consciencia voluntariamente adormecida. Porque el tiempo corre, en la Tierra y en las naves espaciales. “Antes, incluso con el primer disco, no dejaba de ser un juego -recuerda Macarena-. Ahora, aunque sigue siendo una forma de divertirme, de pasarlo bien, me lo tomo más en serio”.

“Creo que son conscientes de que forman un grupo desde hace muy poco tiempo, un par de semanas -interviene Vacas con su proverbial buen humor-. Y además, también se han dado cuenta de que forman parte de una secta…”. ¿Cómo? “Sí, la secta de la Flor Espantapájaros”, dice Macarena. Explíquense… “No podemos -bromea Fernando-. La primera regla de la secta de la Flor Espantapájaros es que sólo se puede hablar de ella delante de velas encendidas”.

Aunque el oyente encontrará explicaciones al respecto en la larga y delirante pista oculta que cierra Un nuevo orden, lo cierto es que Fernando infringe la norma cuando se le pregunta por la presentación del álbum en Sevilla, esa ocasión especial (y espacial) antes referida en la que Prin’ La La’ contará con la inestimable ayuda de la orden. “La Flor Espantapájaros es un colectivo de artistas que se pone al servicio de Prin’ La La’ para recrear en el escenario una nave espacial. José Helguera hace la iluminación; Antonio Estrada, que está nominado a los Goya por la dirección de arte de Grupo 7 y que también participó en Carmina o revienta, ha hecho los telones; Ana Roncero dirige el espectáculo. Y Colin Arthur ha hecho los efectos especiales”.

Eh, un momento. ¿También hay efectos especiales. “Sí, llevamos un año trabajando con un señor que le hizo a Stanley Kubrick efectos para 2001: Una odisea en el espacio. Y ha hecho tres que aparecen durante el concierto. Arthur fue como invitado al festival Eutopía de Córdoba para impartir un curso de cortometrajes y efectos especiales. Contactó con un amigo mío que hace teatro, se hicieron amigos y colaboraron en un proyecto. Fue este amigo quien me contó que lo conocía y que vivía en España, a las afueras de Madrid. Nos presentamos en su casa y, después de tres visitas, conseguimos que ideara los efectos. Que la verdad, son alucinantes”.

Prin’ La La’ presenta Un nuevo orden el próximo sábado 26 en la sala B del Teatro Central de Sevilla. Entradas a 12 euros en venta anticipada y 15 euros en taquilla.

Una mística de la cadencia sonora

Blas Fernández | 22 de enero de 2013 a las 10:41

The Observer in The Star House. The Orb featuring Lee Scratch Perry. Cooking Vinyl. CD / LP. Dub / Electrónica

Auténtico ejercicio de estilo y devoción, The Observer in The Star House reúne, y no de manera fortuita o interesada, a uno de los personajes más marcianos y geniales que ha dado la historia de la música pop, el jamaicano Lee Scratch Perry, con otra incuestionable luminaria, Alex Paterson, convenientemente flanqueado por el escudero Thomas Fehlmann en esa otra aventura de largo e intenso recorrido que responde al nombre de The Orb.

Si a Perry le debemos el redescubrimiento del estudio de grabación en sí mismo como herramienta de creación sonora –una tarea ejercida tanto en la producción de incontables y seminales autores de dentro y fuera de la isla como desde la propia interpretación– y la definición de un género de influencia insospechada en generaciones y movimientos posteriores –el dub, claro–, con Paterson mantenemos la deuda de una electrónica que mantuvo la apuesta experimental sin renunciar a su marchamo, ejem, pop. Ambient-house lo llamaron algunos en los albores de la secuenciación no explícitamente dirigida a la pista de baile. Vale, de acuerdo…

Lo cierto es que ambas corrientes comparten un primigenio y gozoso objetivo de redimensión de la consciencia corpórea a través del movimiento cadencioso –él movimiento del baile, siempre el movimiento–, amén, desde luego, de técnicas y motivos estéticos –de la gravedad de sus bajos al recurrente uso de ecos o la superposición de bases rítmicas con tempos doblados en su velocidad–. Bajo estas premisas, el encuentro no resulta sólo pertinente, sino también deslumbrante, con Paterson y Fehlmann proporcionando bases de una física alegre y apabullante y con Perry dictando, con esa pronunciación única y ancestral, un irresistible discurso de celebración de la vida.

http://vimeo.com/51274376

La tienen ellos (XV)

Blas Fernández | 17 de enero de 2013 a las 7:29

Fade. Yo La Tengo. CD / LP. Matador. Rock

Incombustibles veteranos de la escena indie-rock estadounidense desde mediados de la década de los 80, que se dice pronto, Ira Kaplan, Georgia Hubley y James McNew han hecho de Yo La Tengo un artefacto infalible que revalida con cada nueva entrega en largo –y va una quincena– la misma agradable sensación de atemporalidad. Esto es, cada nuevo título del célebre trío de New Jersey no sólo engrandece las dimensiones de una discografía imponente, sino que termina por evocar sensaciones familiares. Así, con el debido respeto que la ocasión merece, uno se enfrenta a Fade preguntándose qué de nuevo puede ofrecer un grupo con tan dilatada y gloriosa trayectoria para, acto seguido, confirmar que bastan una o dos escuchas hasta sorprenderse entregado una vez más ante el impecable estado de su inspiración y proverbial ejecución.

En Fade tampoco hay nada novedoso, sólo –aunque escribir sólo conlleve aparejada aquí una monumental injusticia– canciones tan enormes y bellas que diluyen cualquier reticencia o falsa expectativa. Simplemente, al final, uno constata que para cualquier oyente de rock medianamente cultivado Yo La Tengo sigue siendo una irreprochable garantía de entusiasmo.

Producido por John McEntire (Tortoise), grabado en el terreno de éste (Chicago) y reforzado por una amplia lista de colaboradores (entre otros, el trompetista Rob Mazurek) que aporta cuando el momento lo requiere unos arreglos orquestales absolutamente majestuosos, Fade parece jugar sus cartas acudiendo a las distintas fuentes en las que el grupo ha bebido a lo largo de su historia, ya sean éstas celebraciones eléctricas con carga de profundidad lisérgica –la inicial Ohm, con la guitarra de Kaplan dándole estopa a una melodía inmaculada; Paddle Forward o Stupid Things, con su pulso motorik– o aproximaciones a ese canon pop que el trío, de manera más efectiva que visible, comparte, por ejemplo, con Belle and Sebastian –Is That Enough y Well You Better son estupendas representantes de esta veta explotada aquí con gusto exquisito–.

Mención aparte, como siempre, merecen las canciones entonadas por Georgia Hubley, dulce hasta la rendición en Cornelia and Jane y en la cenital Before We Run, hipnótico punto final a un álbum que llega como quien no quiere la cosa y termina por reclamar, por méritos intrínsecos, su merecido hueco. Ni más ni menos que el Yo La Tengo ocupa como pieza clave en el panorama del rock contemporáneo.

Vueltas de tuerca

Blas Fernández | 10 de enero de 2013 a las 7:02


Entre 2007 y 2009 publicaron tres epés autoeditados -Monja, Perro y Madre- que funcionaron como efectivo toque de atención para los degustadores de ese rock con cualidades evanescentes y el oído puesto en cierta etapa de los 90. La etiqueta shoegaze, otro de los sucesivos revivals de la espiral pop, aún cuadraba para el homónimo álbum Blacanova (2010, Foehn Records), pero aunque incluso hoy pueda mantener su vigencia, en ¿Cómo ve el mundo un caballo? (El Genio Equivocado, 2012) queda relativamente desbordada por una ambición mayor. Crecimiento, lo llaman algunos.

“Creo que ahora tocamos de un modo distinto”, dice Paco Arenas, guitarrista de una banda completada por Armando Jiménez (voz, melódica, trompeta y xilófono), Inés Olalla (voz y teclado), Manuel Begines (bajo), Pepe Fernández (batería) y Cristian Bohórquez (guitarra). “Antes éramos muy de hacer la bola desde el principio, pero ahora intentamos dejar respirar más a las canciones. Para este disco trabajamos mucho los juegos de voces, así que mientras Inés y Armando cantan, hacemos texturas más suaves, por detrás. Y jugamos más con las dinámicas, con las subidas y bajadas de intensidad. Definitivamente, necesitamos salas en las que se pueda tocar alto”, bromea en torno al volumen de sus descargas. “Es una evolución lógica -añade por su parte Armando-, porque al principio nuestra tendencia era al ruidismo. Pero eso hacía que los árboles no dejaran ver el bosque. Llega ese momento en el que te planteas que las canciones tienen que tener su propia dinámica. Es justo lo que hemos buscado”.

Varias cosas más han cambiado en la segunda entrega en largo del sexteto, incluida la propia formación, inalterada desde sus orígenes, que vio cómo el guitarrista José Antonio Pérez, Perepi, abandonaba el grupo para centrarse en otra aventura, I Am Dive. “Uf, somos amigos desde niños -recuerda Armando-. Perepi estaba desde el principio y ni siquiera nos habíamos planteado que alguien lo dejara. Pero entendimos su marcha. Estaba muy involucrado con I Am Dive y llegó un momento en que tenía tantos conciertos que ya no podía repartirse. Tuvimos suerte. Cristian había tocado con Sundae, Trisfe e Hiroshima Atomic Garden. Nos gustaba. Le propusimos que se viniera y aceptó”.

“A priori es un guitarrista muy rock, muy contundente -comenta Paco-, pero le encantan las guitarras con muchos efectos, y eso encaja con lo que nosotros hacemos. Se ha adaptado muy bien. Todas estas canciones han tenido con él su nueva vuelta de tuerca. Nos ha ayudado mucho a que crezcan en el directo”.

También cambia el sello editor -de Foehn a El Genio Equivocado, hogar de Las Ruinas, Odio París, Grushenka, Hans Laguna o Montevideo-, aunque siga imperando el modus operandi habitual en las independientes de un tiempo a esta parte. “Ya no quedan sellos que cojan a un grupo y le paguen la grabación. Casi todos los grupos, al menos parcialmente, se pagan la suya. A lo que te ayuda el sello es a editar y a distribuir, que es algo que nosotros solos no podemos hacer por falta de tiempo. Pero nos movemos en niveles en los que nunca sabes si a la hora de sacar un nuevo disco el sello tendrá posibles o no”, advierte Paco. “Tal como funcionan las cosas hoy, te tienes que replantear la forma en la que llegas al público y cambiar los esquemas tradicionales -abunda Armando-. Nosotros empezamos con la autoedición y así sacamos nuestros tres primeros epés, hasta que llegamos al elepé con Foehn. Y quién sabe si en un futuro tendremos que volver a hacerlo”.

Otra pequeña mutuación en ¿Cómo ve el mundo un caballo?: las letras, antaño a menudo ocultas bajo marañas de electricidad, ganan visibilidad. “Quedaban sepultadas hasta el punto de que si no tenías el texto delante resultaba difícil entenderlas -reconoce Armando-. Mucha gente nos escribía pidiéndonos las letras y tuvimos que hacer un PDF. En realidad yo no era partidario de incluirlas en este disco, porque no es lo mismo escuchar una canción que leer una canción. Pero al final las metimos: quedaba bien en el arte del disco”.

Letras, una vez más, en español. “Hacer letras en castellano es difícil, cuesta”, señala Paco abonándose a la teoría de la facilidad monosilábica del inglés. Pero ésa fue la opción desde el “minuto cero”, apunta Armando. “De ello tiene la culpa gente como Sr. Chinarro, Surfin’ Bichos, El Niño Gusano, Le Mans, que creo que a día de hoy sigue siendo mi grupo favorito… No sé hasta que punto hoy escribiríamos en español de no ser por esos grupos”.

Definidos siempre antes por su sonido que por su texto -las referencias a The Cure, al shoegaze, a Flying Saucer Attack…-, Blacanova desliza en sus letras guiños a los nativos, como en la revisitada Los Remedios, que ya apareció en un epé previo, o en A-92, uno de los mejores cortes del nuevo álbum. “Cuando empecé a escribir Chinarro aún no existía en nuestras vidas y poca gente utilizaba localismos -recuerda Armando-. De hecho, pensaba que jamás podría cantar algo que hiciera referencia Sevilla. Pero luego llegué a  Chinarro, ¡y a él le quedaban genial!”. “En todas las letras de Kiko Veneno, quizás menos barrocas que las de Chinarro, escuchas guiños que tiran a la tierra, pero que lo hacen de una manera ajena a los tópicos. Eso es muy bonito. Y muy difícil”, añade Paco.

Lo que no cambia es la mano tras la mesa de mezclas: Raúl Pérez, productor de Blacanova desde el primer epé hasta la fecha. “Cuando lo conocimos tocaba el bajo en The Baltic Sea. Sabíamos que grababa maquetas, pero aún no tenía estudio: iba con un equipo portátil por los locales de ensayo. Grabó a Pony Bravo y nuestro primer epé, Monja. A partir de ahí fue exponencial. No sólo es muy profesional, sino que, con independencia de los distintos estilos que graba, consigue sacarle partido a cualquier cosa que lleves preparada. Siempre le da una vuelta de tuerca”.

Blacanova presenta mañana, viernes 11, ¿Cómo ve el mundo un caballo? a las 21:00 en la Sala Luxuria de Sevilla (antigua Malandar).

2012: Memory Mixtape

Blas Fernández | 20 de diciembre de 2012 a las 7:17

Como cada año por esas fechas, La Ventana Pop recuerda a vuela pluma algunos de los títulos más destacados aparecidos durante el curso que termina. Una tarea ésta siempre dificultosa, pues a lo inabarcable de la producción, que no muestra señales de entender de crisis, se suma además la simultánea efervescencia de múltiples escenas, potenciadas en su visibilidad, de manera impensable hace apenas una década, por la asentada inmediatez del nuevo panorama (tanto en lo que refiere a difusión como a distribución de música; facilidad de acceso que no evita que algunos, en un porcentaje estimable entre melómanos, sigamos acudiendo a la copia física, bien en incombustible vinilo o, vaya, hasta en cedés golosamente rebajados). Huelga decir, pero se dice, que la lista de títulos expuestos no aspira a convertirse en arrogante y efímero canon. Al contrario: espera engordar con las aportaciones de sus lectores (puede hacerlo en los comentarios).

Más allá de la habitual y fundamentada sospecha de complacencia, la cosecha nacional, abundante y variopinta, aporta una serie de títulos raramente cuestionables. En ésta ocuparía una posición de honor le personal lectura del cancionero morentiano firmada por Los Evangelistas en su Homenaje a Enrique Morente, auténtico ejercicio de devoción e inspiración cuyos estremecedores y eléctricos resultados auguran ya nuevas incursiones por los mismos territorios. Y sin abandonar los de Granada, habría que señalar que otra superbanda, el Grupo de Expertos Solynive –también con J de Los Planetas entre sus filas–, nos dejó en 2012 un disco tan brillante, preñado de folk-rock sureño, como El eje de la Tierra.

Todavía en el sur, en Sevilla, I Am Dive firmó en largo un título mayúsculo, Ghostwoods, compendio de las virtudes del dúo ya adelantadas en una ráfaga previa de epés –exquisito pop de ascendente folk inmerso en electrónica brumosa–. No se quedarían atrás en cuanto a presencia y prestaciones dos álbumes tan distantes como el clasicista y elegante Santa Leone –inesperado artefacto sobre el que el veterano Andrés Herrera Pájaro volvió a levantar el vuelo– y This is The Sound, tercera y certera entrega de Marina Gallardo, disco intimidante por estética y fondo, hiriente y reconfortante. Un termómetro al rojo que señala la temperatura del rock de aquí.

Más variedad y distancia: la que en apariencia pudiera separar a Un dígito binario dudoso de Hidrogenesse de Una araña a punto de comerse una mosca de Remate. Apariencia… Más los une el innegable talento. En el primer caso sirve a Genís Segarra y Carlos Ballesteros para narrar, en clave synth-pop preciosista, el ascenso y caída de un visionario Alan Turing; en el segundo, para vestir unos textos memorables con arreglos semiorquestales en un equilibrio pop perfecto.

Dejamos nuestras fronteras, pero nos quedamos cerca, oteando la imponente silueta de ese gigante del rock europeo -en la foto del encabezado- que es el francés Dominique A, muy atento también a los arreglos para quinteto de viento de David Euverte que, en consonancia con su inspiración y musculosa interpretación, hacen de Vers les lueurs la mejor celebración de sus veinte años sobre el escenario.

En una Gran Bretaña que, electrónica al margen, parece no terminar de encontrar acomodo en esta década, The XX revalidó la vigencia de una lógica expectación en torno al grupo con Coexist, un segundo álbum aún más oscuro y minimalista que su celebrado debut. Su cerebro-no-tan-en-la-sombra, Jamie Smith, sabe de remezclar a y ser remezclado por Kieran Hebden, que tras su habitual alias, Four Tet, nos entregó una desarmante colección de maxis previos, más inéditos, en Pink. Y Four Tet, a su vez y por ligazones estilísticas y personales, nos lleva hasta Dan Snaith, canadiense afincado en Londres que aparcó su proyecto más conocido, Caribou, para firmar como Daphni Jiaolong, otra ominosa colección de cortes que redibujan los márgenes de la pista de baile.

Sin abandonarla, pero en esta ocasión deslumbrando con un imaginario resplandor cósmico, Hans-Peter Lindstrøm nos envió desde Noruega dos imbatibles pildorazos en el año que expira. Con todo, el mérito se lo lleva el segundo, Smalhans, seis cortes irresistibles que, en su estética y ánimo, responden a épocas más felices. Noruegos también, los irredentos y valientes Motorpsycho, paradigmáticos pioneros de un hard-rock culto e inquieto, se aliaron con el jazzista Ståle Storløkken para pergeñar una orgía dura y progresiva, amén de apabullante, en The Death Defying Unicorn. De un frío cercano –en su caso, sueco– y compartiendo ciertas similitudes, tan atractivas como quizás enfermizas, surgieron Goat y su sorprendente World Music, ponzoñoso mejunje capaz de sobrepasar con mucho el revival gracias a la eficacia y contundencia de su reivindicación rock.

Ya en la parte norte del continente americano, la canadiense Claire Boucher, alias Grimes, dio un considerable salto hacia delante con Visions, magnífica colección de canciones pop, tan marcianas como ella misma, con la electrónica como ideal aliada –con permiso de Bat for Lashes y salvando las distancias y el contexto, lo más parecido hoy al originario talento de Björk–.

No escasearon tampoco, ni mucho menos, los títulos procedentes de Estados Unidos que merecieron especial atención. Entre todos ellos sorprendió, y no fue para menos, channel ORANGE de Frank Ocean, sincera y aplaudida reapropiación desde el lado creíble del negocio de un R&B más dado en los últimos tiempos a la pirueta efectista que a dar continuidad a su rico legado de innovación. Ocean, salido de unos imprevistos Odd Future, lo sacude, le quita paja y polvo para dejarlo en unos huesos la mar de atractivos. Y de un semidebut –ya disponía de otro álbum previo– a la conmoción que supuso reencontrar en plena forma a Michel Gira, artífice junto a unos remozados Swans del colosal The Seer. Añádale Swing Lo Magellan, de unos incombustibles Dirty Projectors, y tendrá asegurada, como mínimo, una buena tanda de emociones.

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