Una velada (muy) animada

Blas Fernández | 9 de mayo de 2013 a las 5:00


“No, claro, no es una idea original. Darío vio algo similar en Argentina y se le ocurrió hacerlo. Aunque le da un poco la vuelta, porque además de dibujar también dispara animaciones y hace algunas manualidades. Pero, básicamente, el concepto es ése: nosotros tocamos nuestro repertorio y a la vez Darío dibuja lo que se ve en la pantalla”, explica Fran Fernández de Un concierto animado, el espectáculo que mañana inaugura en el Centro de las Artes de Sevilla (CAS) el nuevo ciclo Showcas. Pero, vayamos por partes: Fran Fernández es aquel músico tras Australian Blonde que luego, hasta la muerte de Sergio Algora en 2008, coprotagonizó la trayectoria de La Costa Brava y terminó regalándonos un par de estupendos álbumes firmados como Francisco Nixon; Darío, por su parte, es el dibujante argentino Darío Adanti, residente en España desde el 96 y firma habitual en múltiples publicaciones nacionales. A ambos se suma Ricardo Vicente –ex componente también de La Costa Brava– para dar forma a esta propuesta, que al estilo de los conciertos entre viñetas del Encuentro del Cómic y la Ilustración de Sevilla une en directo música y dibujo. “El repertorio es el mismo que hacemos Ricardo y yo cuando vamos solos, canciones de Francisco Nixon, de La Costa Brava y del disco que grabamos en 2011 con The New Raemon, El problema de los tres cuerpos –explica Fran–. Pero Darío, que se queda sentado, también tiene un micrófono por si quiere intervenir. Es el que más habla de los tres y el que más gracia tiene”.

Apenas visto con anterioridad en Madrid y Valencia, Un concierto animado se antoja además la pequeña espita que mantiene encendida la condición de músico en activo del compositor de canciones tan redondas como Inditex o Erasmus borrachas. “Tras los discos grabé unas maquetas y las colgué en internet, pero sí, Francisco Nixon está un poco aparcado. Ahora trabajo como editor de contenidos en Deezer, la plataforma francesa de música en streaming, seleccionando lo más interesante de lo que se publica cada semana para destacarlo en la web, y ya no tengo el tiempo del que disponía antes para componer y grabar, aunque creo que escucho más música que nunca. De todas formas, creo que he tenido una carrera musical bastante larga y las cosas importantes están ahí para quien las quiera escuchar”, comenta Fran con intención pragmática. Y añade: “En la profesión de músico hay una parte de diversión y otra parte económica. En mi caso, ahora mismo pesa más la parte de diversión, y el día que no me divierta lo dejaré. Honestamente, tengo 42 años y tampoco creo que mi música tenga mucha repercusión más allá de la gente que me sigue desde hace tiempo. La vida te va marcando los ritmos y el día que tenga que dejar la música lo haré sin ninguna pega”.

Uff… Por inusual, sorprende la confesión en un músico, en efecto, de tan larga trayectoria. También atípica: Australian Blonde fue uno de los escasos exponentes del indie español de los 90 –¿recuerda Chup Chup?– en paladear la popularidad. “Sí, hoy es muy diferente –reflexiona sobre la atomización experimentada durante las dos última décadas por la escena pop–. Es algo de lo que hablo mucho, y no sólo como músico, sino también por mi trabajo en Deezer. ¿Cómo llegas a todos esos nichos? Eso también nos lo ha traído internet. Antes tenías un mercado cautivo y unos canales, tres o cuatro, donde los músicos se daban a conocer. Pero ya no hay una línea principal tan clara como antes. Fabricar un éxito ya no es tan fácil”.

Desde su posición en la industria del streaming –“algo en marcha, todavía relativamente joven”– destaca Fran un fenómeno significativo y constatable. “Internet no nos ha facilitado sólo el acceso a las novedades, sino también al catálogo del pasado –apunta–. Antes, por lo general, lo que había en las tiendas eran eso, novedades. Ahora, que ya no hay ni tiendas, cuando la gente escucha música suele escuchar lo que ya conoce o lo que le recomienda un amigo. Incluso en el segundo caso, se tiende a mirar a ese pasado que ahora está ahí y que desconocíamos”.

Como el suyo está ahí para quien quiera escucharlo, descarta rentabilizarlo. “No, La Costa Brava sin Sergio no tiene sentido”, dice recordando aquella banda en la que compartió amistad y canciones con el hombre de El Niño Gusano. “Una reunión nostálgica de la gente que pasó por allí para dar un concierto un día… Pues quizás sí. No está en mis planes, pero no lo descartaría. Me agradaría volver a ver a mis amigos. Pero sacar un nuevo disco, no”.

Un concierto animado. Viernes 10 a las 21:00 en el CAS (Torneo, 18). 10 euros.

La estrategia del mono

Blas Fernández | 28 de abril de 2013 a las 9:03

Guadalupe Plata, en la primera edición del Monkey Week, en 2009.

“Echa cuentas: 21% de IVA más 10% de SGAE. Los promotores de conciertos perdemos, de partida, el 31% del precio de la entrada. Y eso sin sumar costes de cartelería, sala y equipo de sonido. ¿Qué nos queda? Lo único que podemos hacer para intentar equilibrar los ingresos es organizar cada vez más bolos, aún sabiendo que el beneficio va a ser mucho menor que antes, cuando hacíamos menos fechas”. Firma esta desoladora descripción del panorama el veterano agitador David Pareja, antaño manager de grupos como Pony Bravo y Las Buenas Noches y hoy al frente de la agencia Meridiana Musical, pero podría suscribirla cualquier promotor nacional, grande, pequeño o mediano.

La criminal tajada del IVA cultural -era cosa avisada desde su implantación, luego contrastada por los indicadores de consumo- no sólo no incrementa la recaudación de Hacienda -¡y el 21% de cero es… cero!-, sino que de paso desarbola y pone en riesgo con sospechosa eficiencia cualquier iniciativa, asentada o en ciernes, relacionada con la programación de espectáculos, en particular, o con la industria de la música, en general.

Así las cosas, cada cual intenta salvar los trastos como puede, ahondado en la masificación y el esquivo, pero aún posible, patrocinio privado -un camino en el que Primavera Sound ha sabido moverse como nadie- o incluso invocando el recurso solidario del crowdfunding -ahí está la Fundación Festival Territorios, creada hace tiempo pero hoy visible como nunca-.

Ufff… Habría tanto de lo que hablar en las jornadas profesionales del próximo Monkey Week… Como otros previamente, el singular festival portuense, presentado el pasado jueves en Madrid, altera su denominación misma para dar cabida al principal patrocinador del evento, Deezer, la empresa francesa de distribución musical en streaming, confiada en plantar cara a la sueca Spotify y hacerse con parte de su cuota de mercado. Perfecto: ése es el camino y en el Monkey lo saben desde hace tiempo.

Las inevitables alianzas, sin embargo, provocan (¿ineludibles?) paradojas. La quinta edición del festival, con fechas anunciadas para el 31 de octubre, 1 y 2 de noviembre, vuelve a contar entre sus patrocinadores con la Fundación Autor de SGAE -la presentación del encuentro se llevó a cabo, de hecho, en el lujoso Palacio de Longoria, ese recordatorio megalómano de la era Bautista-, entidad de turbio pasado por todos conocido y presente aún no despejado de dudas. Baste recordar el reciente expediente sancionador incoado contra la entidad por la Comisión Nacional de la Competencia en referencia a “posibles prácticas restrictivas” en la gestión de derechos de autor. Dicho de otro modo: ¿a dónde va a parar ese 10% recaudado por la sociedad de cada entrada de conciertos vendida en este país? ¿Por qué se intenta imponer por defecto a repertorio ajeno a la SGAE? ¿Retorna realmente a los autores extranjeros en función de convenios con las equivalentes sociedades internacionales? ¿Retorna de manera fidedigna a los autores nacionales? ¿Por qué cuando el concierto es gratuito se cobra sobre el coste de la producción?

La apertura del expediente, claro, “no prejuzga el resultado final de la investigación”, explica la CNC, pero arroja pistas sobre la tortuosa relación entre la entidad y los promotores, tan soliviantados, y esquilmados, que denunciaron el caso en 2005. Vale: la causa fue desestimada en un par de ocasiones y el asunto parece haberse suavizado, pero Competencia sigue observando “indicios de infracción” y de “abuso de posición de dominio”. De ahí el expediente.

¿Se hablará de este asunto en el Monkey Week? ¿Se pedirán cuentas a quienes, con razón, condenan la subida del IVA como un mazazo sin sentido pero, al mismo tiempo, ponen en práctica unilateral medidas igualmente sangrantes? Estaría bien, aunque el perfil de las mesas redondas y conferencias de este año será otra de las cosas destinadas a cambiar, esperemos que para bien, en el festival del Puerto de Santa María.

Con el Instituto Cervantes y Extenda, la Agencia Andaluza de Promoción Exterior, participando en esta edición como patrocinadores en firme, el apartado profesional del encuentro aspira a tejer conexiones internacionales, y en ese sentido se explican las invitaciones ya cursadas a representantes de encuentros como el estadounidense South By Southwest o el mexicano Vive Latino. Hay que vender fuera a los grupos de aquí. No es sólo la consigna; también es la clave de la supervivencia.

El festival, de hecho, reforma su infraestructura para potenciar el apartado profesional. Mesas redondas, conferencias y expositores abandonan el Teatro Pedro Muñoz Seca rumbo a las Bodegas de Mora de Osborne en busca de mayor espacio. El teatro, con alrededor de 600 localidades, sólo acogerá esta vez sendos conciertos a primera hora de la noche, viernes y sábado, con un par de bandas por velada (se estudia un abono premium que asegure la asistencia ante tan limitado aforo). Luego el testigo lo recogerá la sala Mucho Teatro, a partir de la medianoche, con hasta cinco grupos por fecha.

Será allí donde el jueves 31 dé el pistoletazo de salida Guadalupe Plata en la Jägermeister Opening Night, que seguirá el esquema ya utilizado en 2012 por Pony Bravo. Esto es, la banda principal invitará a subir al mismo escenario -literalmente, serán ellos quienes programen- a otros nombres en su onda estilística.

Descontando el siempre vivificante circuito de showcases por bares del centro de la localidad, una de las mejores y mayores bazas del Monkey Week, o la final del concurso del Instituto Andaluz de la Juventud, en su día ganado por los mencionados Guadalupe Plata, quedan por confirmar aún muchos nombres en el cartel de un festival que sigue conciliando como pocos la vertiente profesional con la lúdica. Ya sabrá que han trascendido los de Josephine Foster -a la cantante folk de Colorado nos la descubrió el pasado verano la revista The Wire viviendo en Vejer junto al guitarrista español Víctor Herrero-, The Cubical o The Posies -éstos últimos, embarcados para la fecha en una larga gira nacional destinada a rescatar íntegros dos títulos emblemáticos de su trayectoria, Frosting on The Beater (1993) y Amazing Disgrace (1996), ninguno de ellos, vaya, disponible hoy en Deezer-, pero quedan por anunciar muchos más. Y puede que tengamos alguna sorpresa de gran calado.

Ahí le dejo un clip de The Posies, hace tres años, interpretando en vivo una de aquellas canciones de Frosting on The Beater, Solar Sister, para la KEXP de Seattle…

El amor y las realidades

Blas Fernández | 25 de abril de 2013 a las 5:00

“Esto de las giras suele ser circunstancial. Las comienzas a montar cuando sale el disco y te empiezan a llamar desde las salas donde sueles tocar. Así que lo vas organizando un poco sobre la marcha. Y en este caso toca así, empezando por Andalucía”, dice Sebas Puentes, guitarrista y letrista de la banda zaragozana Tachenko, sobre la gira nacional de presentación del quinto álbum del grupo, El amor y las mayorías (Limbo Starr), un tour que arranca esta noche en Sevilla y guarda también fechas para Málaga (mañana) y Granada (el próximo sábado).

El cuarteto –completado por Sergio Vinadé, antaño integrante de los celebrados El Niño Gusano; Eduardo Baos y Alfonso Luna– sigue a lo suyo sin premuras, facturando un pop de guitarras de sonido cristalino y estribillos de regustos clásicos que recupera hueco en cierto mercado –ahí tienen a Lori Meyers–, aunque éste se muestre esquivo con Tachenko aun en su veteranía. “Llevamos un camino muy marcado, pero también muy a nuestra bola –asegura Puentes–. Nunca nos planteamos retos demasiado grandes, pero, como buenos aragoneses, somos muy tozudos. Seguimos nuestro camino ajenos a modas; sacamos disco cada dos o tres años y así nos ha ido bien hasta ahora. Creo que el hecho de no ponernos grandes metas ni esperar grandes logros nos hace continuar. Hay gente con expectativas muy altas que se da grandes batacazos. Nosotros seguimos adelante, poco a poco. Eso es lo que nos hace funcionar. Y aunque llevemos diez años, va para largo”.

Para largo va también su relación con el músico norteamericano Micah P. Hinson, de quien Tachenko se ha convertido en algo así como la banda oficial durante sus giras españolas, tan habituales que llevan a pensar que el texano reside ya entre nosotros. “¡Qué va! Es tan de Texas que no creo que salga de allí en su vida –bromea Puentes–. Creo que ahora está en Santander con unas movidas. Lo cierto es que tiene bastante éxito en España, pero para que le vaya bien tiene que volver cada cierto tiempo”.

Foto: Gustaff Choos

Lo que en realidad hace ahora  Hinson en la ciudad cántabra es grabar su nuevo álbum –un disco, por cierto, en el que colabora Eduardo Baos–, enésima constatación de su simpatía por España y de los nuevos amigos hechos aquí. “Nuestra colaboración surgió de una manera más personal, porque estilísticamente tampoco tenemos mucho en común –explica–. Sergio [Vinadé] trabajaba con él llevándole las giras en España y dio la casualidad que coincidimos en un festival. Nos vio tocar y nos dijo que para la próxima estaría muy bien que lo acompañáramos. Probamos, salió muy bien y seguimos”.

También sigue su ciudad, Zaragoza, exportando nombres a tener en cuenta –“Hay mucha variedad estilística: Bigott, Copiloto, Big City, El Brindador…”, apunta Puentes–, aunque aquella efervescencia experimentada en los 90, y de la que El Niño Gusano fue un claro exponente –Grabaciones en el Mar acaba de anunciar la reedición en vinilo de su clásico El escarabajo más grande de Europa–, parece haberse diluido en el pésimo ánimo general. “Queda poco. Yo soy algo más joven que Sergio y cuando empecé a ir a su bar, El fantasma de los ojos azules, estaba en una calle llena de locales parecidos –evoca–. Los he visto ir cayendo uno a uno. Quedan un par, reductos de aquella época donde nos reunimos todos cada fin de semana. Entonces el mejor día para salir era el jueves, porque no estaba todo tan saturado. Ahora es imposible hacerlo, porque resulta desolador”.

Son esas circunstancias y sus realidades las que impregnan los textos de varias de las canciones de El amor y las mayorías. “Ha sido inevitable –reconoce–. No es algo que nos guste tratar. Es evidente que no hacemos canción social, pero cuando estás en casa pensando en una canción, a lo mejor con la tele puesta, es inevitable que la realidad se termine colando. Estamos viendo cosas que les pasan a amigos nuestros, gente que tiene salas de conciertos, bares… Hemos llegado a ver cómo el ayuntamiento que promocionaba un concierto mandaba a la policía municipal a una sala para decir que el escenario no estaba reglamentado. Son esas estupideces que al final te acaban afectando… Todo lo que está pasando es tan cercano y tan de día a día que inevitablemente se cuela en tus canciones. No era algo premeditado, pero tal como fueron saliendo las letras vimos que había frase que salpicaban el disco y que apuntaban hacia esos temas. ¿Por qué no? Si es lo que surge…”.

Tachenko actúa esta noche a partir de las 21:30 en Sevilla, en la Sala 101 (Muñoz León, 5). Mañana viernes 26 lo hace en Málaga (El Espaciu) y el sábado en Granada (Polaroid).

http://vimeo.com/60669589

A este lado de la emoción

Blas Fernández | 21 de abril de 2013 a las 5:00

Junip. Junip. City Slang. CD / LP

Cuando Veneer (2005) e In Our Nature (2007) ya eran gozosas escuchas de cabecera en la lista de preferencias del oyente avezado, éste descubrió que la trayectoria del sueco de ascendencia argentina José González no arrancaba con esos discos majestuosos, imponentes en la sencillez de su desnuda condición acústica, sino en un singular trío previo, Junip –González a la voz y guitarra española; Tobias Winterkorn a los teclados y Elías Araya a las percusiones–, en intermitente actividad desde el arranque de la pasada década.

En 2010, con el estreno del documental The extraordinary ordinary life of José González y con el cantante y fino guitarrista convertido ya en figura de culto dentro del revitalizado circuito de adeptos al neofolk desprejuiciado –¿recuerda aquella versión del Teardrop de Massive Attack en In Our Nature?-, los tres amigos de Gotemburgo aprovechaban el tirón para poner en circulación Fields, un álbum –por cierto, repleto de sabrosos extras en su versión triple CD– que sumaba significativas pistas en torno al canon moldeador del sonido del grupo y, por ende, de la trayectoria de González en solitario. Así, al folk británico de los 60 y a la peculiar técnica guitarrística de nuestro hombre, tan próxima a ciertos ecos africanos, se sumaba un indisimulado gusto por los desarrollos instrumentales propios del krautrock, una mezcla que en Fields nos dejaba canciones de gran belleza y mesméricas hechuras –At The Doors, incluida en el mencionado triple CD y previamente en el epé Rope & Summit, pasa por ser una inmejorable muestra de lo dicho–.

¿Qué iba a ser lo próximo? La previsible alternancia pronosticaba disco en solitario de José González, a quien en 2011, escarbando en ese componente africano, encontrábamos en una curiosa y preciosa reconstrucción de Trefle, canción de Houwaida & Badiaa para la compilación benéfica La Tunisie Vote. Musique Sera.

Pero la previsión erraba, el runrún en sentido contrario se hacía insistente y un domingo de mediados del pasado febrero nos desayunábamos en Twitter con un aviso en la cuenta del cantante: la disponibilidad del turbador videoclip de Line of Fire filmado por Mikel Cee Karlsson, uno de los directores tras The extraordinary ordinary life of…, justo el sencillo que avanzaba un segundo y homónimo álbum de Junip.

Con la expectación propia de las grandes ocasiones, inevitablemente filtrado en la red a escasas fechas de su publicación, también disponible en streaming a través de la web de Pitchfork, Junip se publica en Europa este lunes 22 bajo la contrastada certeza de encontrarnos ante otro disco mayúsculo, un álbum continuista en sus planteamientos estéticos –incluida de nuevo la identificativa presencia tras la mesa de mezclas del músico y productor Don Alsterberg– que no obstante deja a un lado los planteamientos más especulativos para ceder el protagonismo a la robustez de sus canciones.

Eso no significa que Winterkorn prescinda de su característica inclinación por las ráfagas de teclados planeadores –el peso armónico de estas diez canciones sigue siendo en buena medida responsabilidad suya–, sino que concreta el esfuerzo con mayor precisión para ofrecer piezas más delineadas, más cerradas –también más comedidas– en su condición de artefactos sonoros con funcionalidad objetiva: ¿cómo no dejarse atrapar y encandilar por semejante repertorio, al que la ya tan familiar voz de González pone siempre el grado de emoción exacto?

A esa conclusión se llega después de no pocas escuchas, pues descontando los cortes cautivadores a la primera –el mencionado Line of Fire o Your Life Your Call, también adelantado en otro vídeo gemelo de Mikel Cee Karlsson–, Junip despliega el grueso de su listado con el mismo disimulo de una mina terrestre: las canciones te explotan en los oídos –y el corazón– cuando, sin darte cuenta, ya te has adentrado en ellas.

Abundan los ejemplos con nombres concretos –Suddenly, con el moog de Winterkorn convertido en zumbadora fanfarria; Walking Lightly, seis versos reiterados a modo de mantra; o Baton, armada sobre un hipnótico bucle de bajo y percusiones– y se encarnan finalmente, dónde si no con ese título y ese texto, en After All Is Said and Done, desarmante canto a la pérdida y la esperanza que deja al oyente clavado, satisfecho y feliz ante la magnitud de las sensaciones que acaba de experimentar.

Ahora, vuelva a turbarse con el clip de Your Life Your Call.

Parámetros del pop contemporáneo

Blas Fernández | 14 de abril de 2013 a las 20:15

Overgrown. James Blake. Polydor / Universal. CD / LP

La imponente sacudida proporcionada por el homónimo James Blake (2011) aún hace vibrar el tímpano a la hora de encarar Overgrown, segunda y peliaguda entrega en largo -todo movimiento va a ser examinado con lupa- del precoz británico, ese chico capaz de lograr lo impensable: convertir en éxito comercial un trabajo lleno de aristas afiladas.

Invocando un irresistible ritual en el que soul, R&B y dubstep se conjuraron para arropar con misteriosa y atractiva oscuridad unos textos de conmovedora sinceridad, James Blake catapultó a su artífice bastante más allá del circuito de clubes y maxis, en el que había demostrado desenvolverse con similar soltura, para introducirlo entre audiencias definitivamente más amplias. Unos descubrieron a una especie de Antony Hegarty un pelín más moderno -la similitud en el timbre y los tempos lo ponía en bandeja-; otros, a un productor testigo de su tiempo y con sobrado talento para proponer fórmulas nuevas que se revelaba, además, como un cantante fabuloso, capaz de atrapar tu corazón en su puño mientras entonaba con tono grave y dicción pesarosa.

Y así, con el generoso intermedio de un Live Album (2012) regalado en Internet, pero que ninguna pista arrojaba sobre la naturaleza del siguiente paso, Overgrown se enfrenta ahora a la tarea no tanto ya de despejar la incógnita -no la hay: Blake es un fenómeno- como de satisfacer la imperiosa curiosidad que anida impertinente en su creciente legión de fans: ¿logra la misma intensidad, similar hondura?

Sí y no. Vaya por delante que Overgrown es un magnífico trabajo, especial del primer al décimo corte (undécimo en la versión deluxe), pero incluso descontado el desgaste del factor sorpresa -en su caso, crucial- la sensación de plenitud, de disco completo, no alcanza aquel incontestable estatus de su celebrado debut.

Armado con los mismos mimbres, aunque dejando en ocasiones concretas mayor protagonismo a determinados matices -el ambient denso y opresivo en Digital Lion, con la colaboración de Brian Eno; el house determinante en aquel Blake aún más joven, el que campa soterrado en Voyeur-, Overgrown abandona aquella hipnótica producción imperfecta de su predecesor para lucir un acabado más pulido. Sin embargo, no alcanza a enmudecer la réplica con un repertorio de enjundia equiparable -esto es: sin tacha-. Contiene grandísimas canciones -Retrograde, apabullante en su belleza-, pero también, lástima, algún pegote de pesada asimilación -Take a Fall For Me, con RZA; más acorde con el resto resulta el bonus de la edición deluxe, Every Day I Ran, construido en torno a un sample de Big Boi-. Aún así, no sólo desarma: también nos deja una visión más que ajustada de los parámetros donde hoy se factura el más brillante pop contemporáneo. Sólo eso ya aconsejaría su escucha.

Ahí le dejo el clip de Retrograde filmado por Martin de Thurah…

…y el de Nabil Elderkin para Overgrown.

PD: Huelga decir que los bajos abisales de Overgrown no caben con propiedad en un fichero mp3…

Brujería progresiva

Blas Fernández | 13 de abril de 2013 a las 5:00

II. Unknown Mortal Orchestra. Jagjaguwar. CD / LP

Vaya usted a saber cómo resultará en persona, pero despojando al asunto de otras posibles consecuencias, en la distancia Janet Farrar se asemeja a una lunática entrañable. Según la socorrida Wikipedia, hablamos de una ilustre wiccana, esto es, devota practicante de la religión Wicca, un culto neopagano de “brujas y brujerías” originado en la Inglaterra de mediados del pasado siglo. Prolífica autora a seis manos -las dos suyas y las cuatro de sus dos maridos, uno ya fallecido, con quienes mantenía una relación polifidélica-, sus enseñanzas se esparcen por una decena de libros de iniciación al tema, el último de ellos titulado Progressive Witchcraft.

Janet Farrar, además, es la estupenda señora que, en una instantánea de hace décadas, entre tules y transparencias, figura en la portada del II de Unknown Mortal Orchestra, un disco que parece no sólo apropiarse de la icónica imagen de la bruja británica, sino también, el menos desde una perspectiva bienhumorada, de esa brujería progresiva dispuesta a revivir con pátina lo-fi y ensueño hipnagógico un impulso psicodélico nunca definitivamente enterrado. Con diferentes matices, abundan los ejemplos, a menudo citados en el intento de acotar el territorio por el que deambula el trío: Tame Impala, Foxygen, Ariel Pink’s Haunted Graffiti…

El empeño, no obstante, fracasa. UMO comparte, en efecto, señas de identidad con los mencionados. Está esa disciplina lo-fi, ese Dogma 95 no escrito de cierto indie contemporáneo que se contradice en origen -el característico sonido añejo no es fruto de la limitación autoimpuesta, sino un efecto técnico buscado a conciencia y aireado como credenciales estéticas-; está la inclinación al devaneo lisérgico y hasta la, a estas alturas, lógica y pertinente apropiación de consecutivos estilos de la historia de la música pop, del soul de los 60 al soft-pop de los 70. Pero hay algo que distancia a UMO del resto: II es un disco pleno de enormes… ¡canciones! O sea, donde Tame Impala especula, UMO concreta; allá donde Foxygen se queda en agradable broma kitsch, UMO sortea el riesgo cierto de revival; donde el último Ariel Pink se pierde -la ausencia de estribillos que amarren esas melodías a la memoria-, UMO se encuentra.

En ese sentido, y superada la prevención inicial, la sorpresa resulta tanto más inesperada cuanto más se atiende a los movimientos previos, esos que Ruban Nielson inició al abandonar su Nueva Zelanda natal para instalarse en Portland. Disuelta su anterior formación, The Mint Chicks -con varios títulos para el sello neozelandés de referencia The Flying Nun-, Nielson soltó nuevo material en su bandcamp, llamó la atención de Fat Possum Records y a partir de ahí articuló en 2011 un primer álbum homónimo recibido con entusiastas parabienes en el circuito habitual. Pero aunque ya había comedidas razones para ese repentino fervor -las canciones, siempre las canciones-, lo mejor ha llegado ahora, en este II editado por otro sello emblemático, Jagjaguwar.

Pergeñado en la estela de los directos propiciados por la buena acogida al primer álbum, y con Nielson flanqueado por el bajista Jacob Portrait y el baterista Greg Rogave, II crece muy por encima de su antecesor desde el mismo comienzo, con un From The Sun que desvela similares coordenadas estéticas pero también la voluntad de llevar un poco más allá los desarrollos armónicos, de trabajar con mayor calma y mimo la composición. Para situar las cosas en su justo término, acto seguido Swim And Sleep (Like a Shark) se erige en algo muy parecido a la canción pop perfecta, hermosa y con el punto de tristeza adecuado para convertirse en una bomba emotiva. Y aún no se he recuperado uno de la impresión cuando So Good At Being In Trouble, con su marchamo soul, le desbarata cualquier reticencia.

Con semejante arranque otros correrían el riesgo de quemar toda la pólvora a la primera embestida. No es así en el caso de UMO y su II, que sigue deparando sacudidas con guiños al hard-rock -One At A Time-, el folk-rock norteamericano de los 60 -The Opposite of Afternoon- o la psicodelia teñida de negro -Monki-. Para cuando llega la terna final, uno ha caído ya irremediablemente en el encantamiento. Quizás sea cosa de Janet Farrar.

Ahí le dejo el fantástico clip de Swim And Sleep (Like a Shark)

http://vimeo.com/61118211

…la no menos espectacular remezcla del mismo tema firmada por nuestro viejo amigo Lindstrøm

…y el clip de So Good At Being In Trouble.

Talk Talk (hay que decirlo más)

Blas Fernández | 6 de abril de 2013 a las 10:05

Talk Talk. Natural Order 1982-1991. EMI. CD.

Natural Order 1982-1991 es el enésimo recopilatorio en torno a la no muy extensa pero sí definitivamente influyente discografía de Talk Talk, ilustrativo paradigma de una significativa y usual incomprensión mutua entre arte e industria devenida con los años en involuntaria y rentable apuesta a largo plazo para el fondo de catálogo de la multinacional EMI, la misma compañía que en su día llegó a demandar a la banda liderada por Mark Hollis, y no es broma, por entregarle un álbum “comercialmente insatisfactorio”.

En permanente proceso de reivindicación durante las dos últimas décadas, la historia de Talk Talk y el eco de su majestuosa música parece quedar sin embargo constreñida a un ámbito mucho más reducido del que en justa proporción le correspondería. Al menos, eso podría desprenderse de las sucesivas entregas compilatorias: Natural History: 1982-1988 (1990), History Revisited (1991), The Very Best of Talk Talk (1997), Asides Besides (1998), The Collection (2001), Missing Pieces (2001), The Essential Talk Talk (2003), Introducing (2003), Essential (2011)… Y eso sin hablar de las pertinentes reediciones de la discografía oficial, incluidos directos, en formatos diversos y con ganchos variopintos (la versión en vinilo editada en 2012 de Spirit of Eden, aquel fantástico penúltimo disco publicado en 1988, incluía un DVD… ¡con el audio del mismo álbum en alta resolución!).

La instantánea refleja pues eso que a veces llamamos un grupo de culto, elástica denominación que en el singular caso de la formación londinense reajusta su significado para adaptarse con precisión a la persistente vigencia de su obra, cíclicamente redescubierta por periódicas oleadas generacionales, pero aparentemente condenada a no alcanzar jamás un estatus de popularidad masiva. ¿Las razones? Bueno, quizás residan en la exigente naturaleza misma de la música de Talk Talk, ésa que desconcertó a algunos ejecutivos discográficos -no a todos, afortunadamente: nos hubiéramos perdido algo grande- y sacó al grupo del gran mercado pop de los 80 tomando un rumbo comercialmente suicida -entonces eso parecía- hacia posiciones de pura y simple expresión artística.

A grandes rasgos, conviene recordarlo, ésa es la historia de Talk Talk, debutantes en los primeros 80 al amparo de la moda neorromántica como epígonos aventajados de unos Duran Duran en pleno apogeo mercantil. Ésa era la línea de The Party’s Over (1982), su primer largo, hoy quizás sin mayor interés que el de documentar el origen de la formación. Pero Hollis y el baterista Lee Harris, el núcleo duro del entonces cuarteto, no tardaron en mover ficha reorientando la partida. Para It’s My Life (1984) ya habían contactado con el productor y multinstrumentista Tim Freese-Greene, el hombre que propiciaría el cambio dando alas a la ambición, no precisamente pecuniaria, de Hollis.


Los efectos se notaron de golpe en The Color of Spring (1986), un disco brillante que dejaba muy, muy atrás cualquier concesión a la moda, al mercado mismo, para reivindicar una distintiva voz propia con vocación atemporal, de un lirismo doliente y hermoso, exuberante en su riqueza melódica y armónica, a menudo también en su tristeza.

Con todo, serían los dos capítulos siguientes los que conformarían el después, la genuina marca de baremación que fijaría la relevancia de Talk Talk en la historia de la música pop. Spirit of Eden (1988), inesperado y abrumador, giraba definitivamente el timón hacia un territorio más ignorado que ignoto en el que convivían art-rock, jazz, pop y antiguas vanguardias académicas -esos impresionistas que tanto impresionaban a Hollis-; Laughing Stock 1991), por momentos desolador en la abisal belleza de sus arrebatados postulados estéticos, iba justo en la misma dirección, pero llegaba incluso más allá.

Para entonces la relación EMI, sobra decirlo, se había hecho añicos. La costosa inversión en los discos ideados por Hollis y Freese-Greene -Spirit of Eden se grabó durante 14 meses echando mano de una larguísima nómina de instrumentistas- no alcanzaba ni de lejos a reportar beneficios; Laughing Stock, de hecho, tuvo que ser editado por Verve, una milagrosa solución que no permitió, no obstante, la continuidad del proyecto.

Hollis tardaría siete años en volver a grabar -lo haría en 1998, en el homónimo y nuevamente deslumbrante Mark Hollis, un disco de hiriente desnudez acústica-, y para entonces, oh, algo había cambiado ya en la apreciación del extinto grupo. El hoy célebre crítico británico Simon Reynolds señalaba a aquella pareja de álbumes como antecedentes inmediatos -habían llegado demasiado pronto- del laberinto post-rock. Al aplicarles la etiqueta con carácter retroactivo, los proyectaba hacia una nueva dimensión en su consideración colectiva. Ahí siguen, incólumes.

Después de todo, resulta lógico que EMI exprima desde tiempo atrás el catálogo del grupo, que superó hace mucho el mero retorno de la inversión. Lo que quizás no parezca tan comprensible sea que lo haga una vez más acudiendo a los mismos cortes prensados en ocasiones anteriores. Porque Natural Order 1982-1991 funciona en su perfecta condición de excusa para volver a celebrar el profundo caudal de inspiración y talento mostrado por Talk Talk en su última etapa, pero sin embargo no aporta nada no acreditado ya previamente, ni un solo corte inédito. Relativas rarezas como el sencillo John Cope a la toma alternativa de After The Flood habían aparecido ya en diversos recopilatorios; el resto de los diez cortes -que esquivan con cuidado, uy, las aristas más cortantes- están en la discografía oficial o en antologías tan completas como Asides Besides. Es a la primera a la que conviene acudir con premura, en caso de no haberlo hecho ya, y a partir de ahí tirar del hilo: el retorno de la emoción, éste sí, está asegurado.

PD: Sobre la atípica y deslumbrante trayectoria de Talk Talk ya escribí en ¿Post-rock, dice?, mi contribución al volumen colectivo Más allá del rock (Inaem, Madrid, 2008). A ellos iba dedicado el apartado Retorno al Edén.

Señales desde el lado oscuro

Blas Fernández | 16 de marzo de 2013 a las 5:00

Jacob. / Foto: Cristo Ramírez

“Son esas ideas que nos surgen y que quizás no encuentran cabida en nuestras discografías oficiales. Tenemos muy claro que somos y queremos ser un sello pequeño, de ediciones limitadas, y eso nos da pie a plantearnos cosas más arriesgadas”, explica David Cordero respecto a Knockturne Records, un singular sello discográfico sevillano recién estrenado con sendas referencias oscuras: Jacob meets Blooming Látigo, CD con tres remezclas de cortes incluidos en el único álbum de los segundos, y Der Fliegende Holländer, otros tres cortes, en intimidante directo registrado en la sala del mismo nombre, a cargo de los siempre pujantes Orthodox y publicado en… ¡cassette! “Vemos qué queremos sacar y analizamos el posible formato -explica Cordero-. Creo que no tiene mucho sentido sacar tres canciones Orthodox en un CD. En los pocos días que el sello lleva activo la cassette está barriendo en ventas al CD. Y casi todas se han vendido fuera de España. Además, sinceramente, es muy económico. Hoy en día, la poco gente que compra música no quiere cedés, sino formatos diferentes. Por desgracia el vinilo ha incrementado mucho sus costes. Ya nos gustaría sacarlos, pero por ahora nos conformamos con cosas pequeñas. Y ya que los sonidos son extraños, vamos a hacerlo en formatos extraños”.

Blooming Látigo. / Foto: Daniel Rejano

Formatos extraños, incluida esa cassette convertida desde hace unos años en simbólico artefacto de resistencia -y a la que hoy se reenganchan incluso escuderías independientes de gran calado-, y tiradas limitadas. Limitadísimas: 300 copias en el caso de Jacob meets Blooming Látigo y apenas 100 en el de Der Fliegende Holländer. Que, literalmente, vuelan. “Claro, salir con Orthodox desde el principio despierta interés. Y ellos encantados, porque les gusta hacer este tipo de cosas. Son tan fetichistas como todos nosotros y les gusta conseguir ediciones raras y limitadas”, reconoce Cordero aludiendo a la proyección del trío en el circuito underground internacional, una apuesta para connoisseurs adictos al objeto que, además, perfila con claridad los márgenes estéticos de Knockturne: grupos oscuros, proclives a una vertiente de la experimentación con base rock en la que igual confluyen mentes inquietas procedentes de la escena del metal inclasificable -los propios Orthodox, Blooming Látigo o Monkey Priest- que francotiradores precozmente desligados del indie especulativo -Cordero, ahora en Jacob, atesora una amplia discografía como Úrsula y su nombre también figura en alguna banda sonora tan interesante como la de Seis puntos sobre Emma, la película de Roberto Pérez Toledo-. Y todos, a su vez, coinciden en Sevilla. “Más que parte de una escena, creo que nos hemos dado cuenta de que, sin pretenderlo, formamos parte de una comuna. En Jacob hay un componente de Orthodox; en Blooming Látigo también… Somos un grupo de personas del que van surgiendo proyectos diferentes”, explica de esta célula creativa, a la que se suman desde la logística de Knockturne Pedro Román -integrante a su vez de grupos como Monkey Priest y Tentudía- y Francisco López -discjockeyimprevisible, cronista ocasional, antaño promotor bajo el sello colectivo de Producciones Informales-.

Aunque en origen, está la convicción de Cordero de asistir a algo grande e inédito. “Fui a ver un concierto de Blooming Látigo con su nueva formación, con la que grabaron el álbum, y me quedé sorprendido –recuerda–. Hacía bastante tiempo que un grupo de por aquí no me dejaba en directo con la boca abierta. Los conocía y les dije que me había gustado mucho su disco. Me pidieron que les hiciera alguna remezcla, y les remezclé el disco entero. Cuando conseguimos terminar las tres canciones que van en el primer epé comenzamos a moverlo, pero nadie se interesó. Así que llegas la conclusión: ¿por qué no lo muevo yo? Ya era hora. Siempre había tenido la idea de montar mi pequeño sello, pero no tenía claro qué sacar. Ahora sí”.

Orthodox. / Foto: Daniel López

Tan claro lo tiene, y lo tienen, que ya preparan nuevas referencias. La tercera será una cassette en directo Jacob, el complemento al primer álbum del dúo que Cordero comparte con Marco Serrato (Orthodox), un disco de edición inminente a cargo del sello norteamericano Utech Records. Y en la recámara inmediata aguardan otros dos proyectos. “Sí -afirma David-, hay un par de bandas en activo a las que tenemos muchas, muchas ganas de pillar… No sabemos cuándo lo vamos sacar ni cómo ni qué, pero nos gustaría editar a Pylar, que son muy peculiares, y a Malheur, que están en una onda entre krautrock, post-rock y el rollo de Miles Davies en su época más psicodélica. Es un trío de guitarra-bajo-batería impresionante”.

Con venta casi exclusiva a través de la web del sello -y a precios más que ajustados: siete euros incluyendo gastos de envío postal dentro de España-, Knockturne Records prepara también su puesta de largo oficial con una fiesta de presentación el próximo 5 de abril en la sala El Holandés Errante, ocasión para certificar los imponentes directos de las bandas de su catálogo y para hacerse con sus títulos. “Nuestra filosofía es vender los discos muy baratos. No tenemos mentalidad empresarial -confiesa David-, sólo aspiramos a poder seguir sacando cosas interesantes. Sin arruinarnos, obviamente. Así que la intención como sello es ir consiguiendo fondos para publicar la siguiente referencia”.

Hay fuego en el Sur

Blas Fernández | 9 de marzo de 2013 a las 5:00

Foto: Celia Macías

De palmas y cacería. Pony Bravo. Descarga digital (CD y LP en breve). El Rancho Casa de Discos.

Conviene, de partida, reparar al menos en un par de consideraciones extramusicales al enfrentarse a De palmas y cacería, tercer y muy esperado disco de la banda sevillana Pony Bravo, lanzado esta semana vía web en descarga libre y gratuita, con edición en CD para antes de final de mes y, siguiendo el proceso habitual, también con futura versión en vinilo.
 Ambas consideraciones, claro, hacen referencia al modus operandi de la formación, una apuesta desde sus comienzos por el uso de licencias Creative Commons, que permiten esa distribución en línea sin trabas, y que en el caso que nos ocupa adquiere tanto una dimensión política como ética.

Ambas desmontan tópicos interesados respecto a la viabilidad del envite, ésos que atendiendo a premisas difícilmente objetivables afirman sin despeinarse que sólo grupos o solistas con una carrera previa tradicional, y asentada presencia mediática, pueden permitirse semejantes aventuras -falso: ya se ha dicho que el Pony ha cabalgado siempre por libre- y que sólo grupos o solistas que “no interesan a nadie” se prestan a “regalar su música en lugar de cobrarla” -falso otra vez: del interés por Pony Bravo no dan sólo cuenta su abultada agenda de conciertos o su paso por los festivales más relevantes del país, también el hecho de que el mero anuncio por Twitter de la disponibilidad del disco bastará el pasado martes para colapsar el portal desde el que podía descargarse-.

Resulta una obviedad, pero parece inevitable volver a recordar que, pese a los lamentos de nostálgicos y asalariados -e incluso de nostálgicos asalariados-, las licencias Creative Commons son sólo una opción, tan respetable y útil como cualquier otra, y que por sí mismas no hacen mejores ni peores los trabajos que amparan. Sin embargo, sí que potencian en origen -por la vía tradicional cuesta otro tanto de sangre, sudor y lágrimas- un ámbito de libertad de actuación plena para aquellos que, conscientes del esfuerzo añadido que acarrea, deciden asumir el control absoluto de su obra. Pero que nadie se engañe: eso no garantiza nada; lo que hace a un grupo es la conexión con su público. Y, ya se dijo hace años, Pony Bravo lo tiene.

Foto: Celia Macías

Al frente de un sello discográfico ad hoc, El Rancho Casa de Discos, que desde hace tiempo se permite ya realizar otras recomendables grabaciones de terceros, y con esos dos álbumes anteriores cimentando una trayectoria tan atípica como deslumbrante -Si bajo de espaldas no me da miedo (y otras historias) (2008) y Un gramo de fe (2010), Pony Bravo estrena 2013 con un álbum quizás menos sorprendente que sus antecesores -ahora sabemos qué podemos esperar dentro de unos márgenes razonables-, pero más directo en su inmediatez, en su evidente ilación con la actualidad circundante, tratada aquí con la distancia terapéutica de un humor cáustico -vía de trabajo confesa- que levanta muros de resistencia contra la tormenta de caspa que nos azota.

Quizás por eso, una canción como Turista ven a Sevilla no pueda ser entendida en su plenitud sino desde el contexto de una ciudad en estado de permanente tensión entre concepciones antagónicas de su propia existencia, claudicantes entre sí por mera cuestión de civilizada convivencia; una ciudad que ondea la cuestionable y efímera enseña de su tematización, abonada a los vía crucis y las santas enzurbaranadas, engalanadas con miles y miles de euros públicos, mientras disfruta con saña del enésimo ciclo de destrucción de su tejido cultural, ése que tanta laboriosidad costó poner en pie.

Esa visión sarcástica, a menudo demoledora, es la que salta del ámbito local al nacional -la no menos punzante Eurovegas- o al internacional -Cheney, literalmente “un cowboy de mierda que todo lo puede”- señalando no tanto la extrañeza frente a las miserias cotidianas como frente a la fatalista facilidad conque parecemos dispuestos a tragárnoslas y digerirlas. No hay maniqueísmo en canciones como El político neoliberal, sino, como ya se apuntó el día del estreno de su hilarante vídeo, puro ácido audiovisual, inteligente y corrosiva apropiación del imaginario popular como herramienta de identificación entre pares. Pero esa apropiación, además, no se reduce al cuerpo textual; escarba en su inconsciente cuando es necesario y halla las pepitas de oro de su inspiración musical en un terreno que Pony Bravo comenzó a abonar pronto: el de un folclore que nos empapa de manera mucho más sutil que consciente.

Más allá de los referentes setenteros -el krautrock, obviamente-; ochenteros -Talking Heads y Devo, cada vez más presentes- o derivados de un despertar a la fiesta en plena eclosión del ánimo raver, todos ellos representados, juntos o por separado, en un listado de cortes más enjundioso que aquello que la escucha ocasional revela, son esas justas absorciones del folclore, tamizadas con estilo y compás congénito, las que perfilan los momentos presumiblemente incombustibles de De palmas y cacería: la guitarra flamenca de Niño de Elche en la mencionada Turista ven a Sevilla o, mejor aún, la deliciosa adaptación de la letra popular en Guajira de Hawaii, desarmante reinterpretación de la tradición, con un Daniel Alonso pletórico y melismático, que sigue avivando la llama de un fuego vivaz y brillante.

El afilador de canciones

Blas Fernández | 2 de marzo de 2013 a las 5:00

Nick Cave, durante la presentación en Berlín de ‘Push The Sky Away’. / EFE

Push The Sky Away. Nick Cave & The Bad Seeds. Rock. Popstock! CD / LP

La primera sensación es casi de incómoda sorpresa: oh, no es el disco de Nick Cave que estábamos esperando… Pero para contextualizar, conviene recapitular.

Punto uno, el lapso: las malas semillas no entregaban un nuevo álbum desde aquel volcánico Dig, Lazarus, Dig!!! (2008). Punto dos, las pistas: en ese periodo, el australiano universal ha despachado sendos discos de Grinderman, en ocasiones trasunto indómito de aquella lacerante salvajada originaria que amenazaba con garras y colmillos desde The Birthday Party (fiesta a la que uno sólo podía autoinvitarse bajo su propia cuenta y riesgo). Punto tres, Mick Harvey: el veterano multinstrumentista, escudero de Cave desde esos tiempos remotos, recogió sus bártulos tras la bíblica exhumación de los restos de Lázaro dejando una incógnita y un hueco… Punto cuatro, Warren Ellis: …que convirtió al violinista, también multinstrumentista, también compañero de largo recorrido, en una suerte de oportuna muleta a la hora de afrontar nuevos retos. Y punto cinco, las bandas sonoras: Cave y Ellis afianzaron complicidades más allá de Grinderman en composiciones creadas para la pantalla. Lo hicieron un año antes de Dig, Lazarus, Dig!!! en la perturbadora partitura de la no menos inquietante The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford, de Andrew Dominik, y reincidieron después, por partida doble, junto a John Hillcoat, ya fuera compilando y escribiendo ex profeso para Lawless (2012, con nuestro propio hombre como coguionista) o firmando el score completo de la adaptación cinematográfica de The Road, de Cormac McCarthy (2010).

Claro que, todas estas consideraciones vienen a renglón seguido. La sensación en las primeras escuchas, insisto, es de extrañeza, pues Push The Sky Away enseñorea desde el comienzo una condición de falso disco calmo –como la fiereza a bocajarro, algo también muy caro al ánimo musical bipolar de Cave–, en el que las turbulencias viajan soterradas. Ya sabe, envueltas en un halo de derrota…

http://vimeo.com/58969443

¿Qué esperábamos entonces? ¿Un encauzado subidón de testosterona? Pues no, se ve que no tocaba. Y si así resulta quizás se deba a que Nick Cave trasciende ya los márgenes autoimpuestos bajo una u otra denominación: no es el Cave de Grinderman; no es el de The Bad Seeds; no es, ni mucho menos, el (very) angry young man de The Birthday Party; no es el de las bandas sonoras… Es Nick Cave, sin más, esquivando las previsiones e instalado en un limbo atemporal desde el que se permite hacer justo lo que le pide el cuerpo, muy probablemente sin caer siquiera en la cuenta de que la testaruda excelencia de su trabajo reemplazará la inicial extrañeza, tras sucesivas escuchas –se necesitan varias y dedicadas–, por la habitual admiración.

Y así, poco a poco, calando lenta pero impenitentemente, Push The Sky Away desvela su silueta de gran disco, inesperado, sí, pero quizás por ello también autónomo en su contrastada condición de obra autosuficiente –incluso autorreferente: es el Cave baladista asesino, el de la procesión por dentro–.

Aunque agradecida, la reincorporación del histórico bajo de Barry Adamson a las malas semillas resulta poco menos que anecdótica, pero contribuye con elegancia a ese predominio absoluto de las atmósferas cinemáticas –cuerdas, teclados, loops, baterías arquitectónicas: la mano de Ellis– en el que la guitarra, antaño llave, es un invitado ocasional -eso sí, cuando irrumpe, como en la enigmática Higgs Boson Blues, reina-.

Cimentado en ese oficio inquieto que rehúye el formalismo –pese a su incontestable condición clásico, Cave esquiva el apego al canon y aún revela fuerzas para seguir probando-, Push The Sky Away sirve nueve canciones que terminan por mostrar, peligrosas, su afilada vocación: rasgar la coraza de la atención casual y obligarnos a concentrar los sentidos, satisfechos, al cabo, con la belleza y turbación de un álbum a la altura de la leyenda.