Pony Bravo, autorí­a responsable

Blas Fernández | 26 de abril de 2008 a las 9:53

Pony Bravo

Foto: Celia Macías

“Intentamos trabajar con un enfoque diferente. En la artesanía de la composición hay mucho cliché en el que puedes caer. Incluso haciendo algo accesible, que en principio no es experimental, ni vanguardia ni nada por el estilo, tienes que comerte la cabeza y buscar”, afirma Daniel Alonso, cantante y teclista de Pony Bravo, la banda que mañana, con un concierto especial, pondrá punto final a la tercera edición del Festival Internacional de Teatro y Artes Escénicas de Sevilla (Fest).

La invitación para clausurar el certamen le llega al grupo -integrado además por Pablo Peña (guitarras), Darío del Moral (bajos y guitarras) y Javier Rivera (batería), los tres procedentes de otra formación local ya desaparecida, Renochild- en el momento idóneo. En activo desde hace poco más de dos años y tras haber puesto en circulación dos maquetas y un CD-single, su primer álbum, Si bajo de espalda no me da miedo (y otras historias), está a punto para ser editado por el sello local Discos Monterrey. Será el punto de partida de un nuevo tramo en el camino, hasta la fecha recorrido con notable polvareda gracias a internet, el boca a boca y los directos. “Creímos que íbamos a ser un grupo denso de los que les gustan a cuatro colegas, pero resulta que todo funciona mejor de lo que pensábamos”, dice Alonso.

Ese pequeño revuelo tiene su explicación: la originalidad, la voz propia que Pony Bravo ha conseguido desarrollar en tan corto espacio de tiempo. Su repertorio mezcla el español y el inglés con la misma naturalidad con que luego cuadra las referencias al kraut-rock, el rock sevillano de los 70 o Radio Futura. “A veces, cuando intentas hacer algo original es precisamente cuando no te sale -avisa-. Pero meterte en el jaleo de montar un grupo, de dar conciertos, no te compensa si no es para hacer lo que te gustaría oír. Además, somos de la generación eMule. Cualquier chaval de 20 años con interés ha escuchado hoy casi toda la historia del rock. Así que lo que nos preguntábamos es ¿por qué no se hacen otras cosas?”.

Esquivar el cliché; crear algo propio sin miedo a reconocer las influencias, ya vengan éstas de la música etíope de los 60 y 70, la electrónica de Kraftwerk o el flamenco. Pony Bravo, la canción, suena a western metafórico -con el pequeño animal escapando de la rueda del feriante y recuperando la libertad-; Lolita difumina perfiles de tango; Trinchera es un ardoroso blues y El guarda forestal, un imprevisible reggae… ¿Se pierde la coherencia? No, y eso también forma parte de la sorpresa. “Si te centras en un subgénero pensando que tienes el sonido lo único que consigues es un soniquete”, comenta.

A diferencia de su música, el discurso de Pony Bravo está aún en construcción. Escuchando a Alonso, cuyas ideas van a menudo más rápido que sus palabras, uno tiene la sensación de que el armazón teórico que sin duda sustenta su trabajo apenas está empezando a levantarse a golpe de escuchas e intuición, pero aún así revela ya una sólida estructura. “Hay un montón de gente que escucha un montón de música, que sabe, y lo que eso nos provoca es la responsabilidad de no hacer más de lo mismo”, insiste.

Escuchando el resultado, su álbum, pocos aventurarían lo accidentado del registro. “Nos lo grabó Raúl Pérez con Nacho García como ayudante técnico. Un tío de Nacho tiene un cortijo en el Palmar de Troya, y nos pareció un sitio perfecto porque tiene dos grandes salas, una de control y otra para tocar -recuerda Alonso divertido-. Teníamos bastante claro qué producción queríamos, sin clichés, sin fórmulas y con tiempo. Decidimos arriesgarnos y probar. Nos gastamos todo lo que teníamos alquilando equipos analógicos. Luego la realidad es que en el cortijo hacía muchísimo calor, olía a cochino, todo estaba lleno de moscas y a las tres semanas llegaron los dueños, que al ver a cuatro tíos en calzonas no tardaron mucho en decirle a Nacho que nos buscáramos otro sitio”.

Tras un rosario de estancias en casas de amigos y estudios de grabación, Si bajo de espalda no me da miedo (y otras historias) es ya hoy una gozosa realidad, acaso de las más notables que ha dado el rock sevillano en los últimos años.

“La decisión de optar por una licencia Creative Commons es totalmente ideológica; práctica, aún no lo sabemos”, comenta Daniel Alonso sobre la postura adoptada por Pony Bravo a la hora de editar su primer álbum, disponible en CD con un llamativo diseño obra de él mismo -amén de músico diseñador gráfico-, próximamente también en una edición limitada en vinilo y, en breve, en descarga copyleft a través de la web de la banda. Quien se decida a comprar el CD se encontrará con un precio ajustado, 10 euros en sus conciertos y 12 en las tiendas. “Muchos grupos apoyan públicamente a Creative Commons, pero luego registran sus obras en SGAE -apunta-. Si no conseguimos que un grupo con licencias CC funcione comercialmente aplicando nuevos modelos de negocio lo único que vamos a hacer es llenar entrevistas hablando de lo guays que somos, en lugar de hablar sobre música, que sería más interesante”. Alonso se muestra convencido de la necesidad de romper la rueda, “de acabar con lo que en la práctica es un monopolio de la SGAE, que a través de un control férreo y duro influye a la hora de cambiar las leyes y hasta consigue que tengas que pagarles aunque no estés con ellos. Toda la industria está cambiando y lo único claro es que hay nuevas posibilidades”, añade.

Pony Bravo y Monterrey DJ’s actúan mañana a las 20:30 en el Centro de la Artes de Sevilla (c/Torneo). Invitaciones desde una hora antes en el mismo espacio. Aforo limitado.

Hasta aquí la entrevista publicada hoy en Diario de Sevilla. A continuación, las notas que por cuestión de espacio se han quedado fuera.

Pony Bravo B

Foto: Celia Macías

“Yo empecé un poco como todo el mundo, componiendo con la guitarra. Después de un par de años comencé a hacer música para la compañía de danza Mota. Empezamos a montar piezas de quince minutos. Yo hacía la música y Juan las coreografías y la dirección del proyecto. Era electrónica con voces y un componente folk. Podía parecerse a Four Tet, pero mucho peor, claro. Y además, yo tenía ganas de trabajar en el rock. Había ahí unas influencias clásicas, de los 70, que pedían instrumentos. Estuve casi un año buscando músicos y pensando en ponerme a tocar solo por bares, pero justo cuando iba a empezar a hacerlo, Renochild, con los que ya había trabajado en cuestiones de diseño, se ofrecieron a ayudarme a montar las canciones. Grabamos una maqueta, empezamos a ensayar, Darío estaba libre… A los dos meses ya tenía claro lo que quería hacer, y ellos querían lo mismo. Así que decidimos montar el grupo en serio. Eso fue hace un par de años y medio”.

“Si no es para hacer algo distinto, no montamos el grupo. Hay músicos que lo son de oficio y tienen esa perspectiva, pero la mía es otra, desde fuera. Pablo, Darío y Javi tienen el oficio, mientras que yo vengo de las artes plásticas, del diseño. Empecé a tratar la composición como si fuera un cartel. Toco el piano y la guitarra lo justo para poder componer. Si hago arreglos, los toco como puedo y se los doy a Darío o a Pablo y ellos lo sacan”.

“Uno de los huecos que no se han llenado es el del rock andaluz, que no del flamenco-rock. El flamenco ha seguido su evolución mezclándose con el jazz y con otras músicas. Pero nosotros no podemos acceder a trabajar con eso porque no sabemos tocar ni jazz ni flamenco. Lo que sí podemos hacer es rock andaluz, trabajar con una iconografía y fusionarla con lo que hemos mamado desde chicos, la cultura anglosajona. Para nosotros es igual de natural escuchar a Triana que ver una película de Jim Jarmusch”.

“Todo aquello del rock andaluz parece que se corta a finales de los 70. La propuestas rock que han salido desde entonces, y hay cosas buenas, por supuesto, las aproximaciones de Sr. Chinarro, de Los Planetas, buscan el envoltorio estético, el hecho de que suene a fusión, y se genera una moda folclórica, localista, pero hacerlo de verdad es más difícil. Tienes que controlar tu género, que es el rock anglosajón, y fusionarlo a todos los niveles”.

“Para entrar en el flamenco desde el rock hay que viajar primero por la canción andaluza, por la copla, por Radio Futura, por Sr. Chinarro. Creo que a nivel local es un camino”.

“Para mí Triana es el único que, siendo un grupo de rock sin especial maestría técnica, desarrolla una autoría, una narrativa, una iconografía”.

“Que el rock sea un arte popular es muy importante para nosotros. ¿Qué es lo que pasa con el arte contemporáneo? ¿Que se enteran cuatro?”.

“Nos gustaría picar un poco de todo, hacer algo accesible. En sus comienzos Radio Futura decía que quería hacer pop-art, música de vanguardia que llegara a los 40 Principales. Nosotros no queremos llegar tan lejos, lo que sí sabemos es es que no queremos caer ni en lo fácil ni en la experimentación por la experimentación”.

“Nunca me gustó mucho la copla. Cuando era más joven lo que me gustaba era Radiohead y un montón de grupos mainstream, Pearl Jam y todo eso, y por entonces la copla no era para mí más que un vestigio de la posguerra. Pero ya con Pony Bravo, gracias a amigos que escuchan muy distintos tipos de música, descubrimos que en la copla hay cosas increíbles”.

“Con la excusa de Intervenciones en Jueves, en el Deshomenaje a Estrellita Castro, preparamos dos canciones y flipamos. Se pueden hacer montones de cosas. El folclore andaluz es tan rico en matices… Es como cuando vas al mercado y compras buena comida. Con nada que hagas tienes montones de matices”.

“Hemos montado La falsa moneda en la versión de Imperio Argentina y La niña de fuego basada en la de Caracol, la que cantaba Lola Flores”.

“La decisión de optar por una licencia Creative Commons es totalmente ideológica; práctica, no se sabe. Toda la industria está cambiando y lo único claro es que hay nuevas posibilidades. Las sociedades de gestión de derechos plantean hoy en España una situación muy parecida a aquella cuando Telefónica era la única compañía que te daba ese servicio. Una situación de monopolio. Luego se abrió el mercado, y aunque sigue habiendo problemas en ese sector al menos hay competitividad. Con las entidades de gestión de derechos pasa algo similar. Tendemos a la autogestión, y en vez de contratar a los abogados de la SGAE contratamos a los nuestros”.

“Creo que se puede trabajar con Creative Commons. La mayoría de las pequeñas independientes lo que quieren es sacar discos y cubrir gastos. La poca rentabilidad que tiene un grupo independiente al menos será para nosotros y no para los intermediarios”.

“Después del cortijo empezó un mes y pico de tour por casa de amigos. En la del pintor Manuel León, en Villanueva del Ariscal; en la de Pablo, grabando durante dos semanas cosas que faltaban; y finalmente en el estudio de Raúl, haciendo las mezclas”.

“Hoy en día es barato grabar, todo el mundo tiene un portátil; es más barato promocionarte, a través de MySpace; y somos parte de una generación con oficios o aficiones creativas: fotografía, vídeo, diseño… Así que resulta que ahora es más fácil que haya grupos. Y mientras que es habitual que la gente esté desmotivada en aspectos políticos o morales, la música sigue manteniendo un vínculo misterioso, sigue siendo un valor importante. Pero no creo que haya una escena sevillana. Hay muchos grupos que apenas se relacionan entre ellos, que no trabajan juntos, que no desarrollan canales de difusión de su trabajo. Y una escena es la interrelación de trabajos”.

“Otro enfoque, confuso hasta para nosotros, es el de intentar cubrir todas las gamas que tenemos en el día. Hay veces que me apetece escuchar a M. Ward, con sus canciones clásicas y bien tocadas, y puedo tenerlo de fondo mientras trabajo, cosa que no puedo hacer con Captain Beefheart o Pere Ubu. Sunset es una canción con toque retro y cinematográfico; Pony Bravo son escenas. Algunos componentes de nuestra música funcionan muy bien a nivel popular, pero quizás marcan una estética que no es la que queríamos”.

Adiós, Josetxo

Blas Fernández | 25 de abril de 2008 a las 11:00

 

Hace apenas un rato que acabo de actualizar el blog. Inicio la ronda habitual por los sitios que me interesan y me llevo un golpe que me descompone el día. El amigo Joan Vich avisa de que el pasado martes murió en Bilbao Josetxo Anitua, el que fuera cantante de Cancer Moon. Encuentro también la triste noticia en Música en la mochila y en El País de ayer. Tenía 43 años (¡43 años!).

El azar, ¿o no fue eso?, nos depara situaciones extrañas, muy extrañas. El mismo día en que Josetxo moría, sin tener aún ni idea de la triste noticia, cité aquí a Cancer Moon a colación de un concierto-fiesta del programa de radio que me ocupó algunos, bastantes, años de mi vida.

Y ahora, esto. Pues sí, se me amontonan y atropellan los recuerdos: primero las maquetas; luego, Hunted by The Snake sonando un día sí y al otro también; los oyentes llamando alucinados; las camisetas que con la portada del disco hizo mi novia de entonces; el corte de digestión de Josetxo al bajarse de la furgoneta, tras no sé cuántas horas de viaje desde Bilbao, y encontrarse en Tomares, en pleno verano, con una temperatura muy por encima de los 40 grados; la memorable actuación; las risas, las copas; las llamadas telefónicas; los posteriores conciertos en Sevilla de la mano de Producciones Informales; Flock, Colibri, Oil; las reseñas para Rock de Lux; Moor Room pinchado ya en otro programa; las entrevistas…

Y claro, me acuerdo de la referencia de Santi Carrillo en la reseña de Hunted by The Snake, en el número 63 de RDL (Abril, 1990): “Bienvenidos a la puesta de largo del spanish white noise. Cancer Moon -tal y como pronostica Blas Fernández- podría ser el punto de fuga más importante de la tensión-rock manufacturada hasta ahora en España…”.

Suena feo lo de citarse, ¿verdad? Lo siento. Eso supusieron para mí Cancer Moon. Eso sentí con aquel disco, el primero de una trilogía que aún hoy, supongo que para siempre, me resulta angular en la historia del rock de este país. Se me ha jodido el día, y me acuerdo de Josetxo.

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Mala baba, buen pop

Blas Fernández | 25 de abril de 2008 a las 9:46

Portada Punsetes

Los Punsetes. Los Punsetes. Gramaciones Grabofónicas. Pop / Rock. LP / CD / Descarga directa copyleft.

Foto Punsetes

“Los Punsetes son cinco. Viven en Madrid. Aman al Punset”. Busco en la web de Los Punsetes, de donde hace una semanas me bajé su homónimo álbum de debut, más datos sobre esta sorprendente banda, que finalmente llegó a mis oídos gracias a las recomendaciones de varios amigos madrileños y a los encendidos elogios recogidos a lo largo de la blogosfera.

Así me entero de que Los Punsetes, claro está, tienen nombres -Ariadna (voz), Chema (batería), Gonzalo (bajo), Jorge (guitarra) y Anntona (guitarra)- y de que con anterioridad habían hecho circular un par de maquetas y un sencillo en vinilo en el que ya se encontraba Accidentes, una de las canciones más inquietantes que recuerdo haber escuchado en los últimos años -Tú eres de los que miran en los accidentes / te gusta ver el cuerpo descompuesto de la gente / Por un instante lo que ves te hace consciente / y el sudor se te resbala suave y lento por la frente-, con su aire levemente aflamencado desbordado a última hora por unas guitarras que arañan.

Los Punsetes suenan ochentistas sin serlo. No citan a Parálisis Permanente en su impecable lista de influencias de MySpace -los únicos españoles que aparecen son Derribos Arias, Sr. Chinarro y Triana-, y sin embargo no recuerdo ahora mismo a otro grupo nacional que haya hecho del nihilismo su fuente de inspiración de una manera tan lúcida y bienhumorada (ese último detalle quizás sea el que más los distancia de la banda de Eduardo Benavente).

También hay algún corte que podría evocar a Los Nikis (Dos policias), aunque lo suyo es definitivamente más negro, negro como el futuro, negro ataúd, y no obstante tan rabiosamente vital…

Tengo un fondo de armario suficiente / para vestir cada día diferente / Tengo un trato discreto con la gente / no discuto y le sigo la corriente / Tengo encerrado un animal salvaje / si me lo cuidas me voy de viaje. Dos minutos condensan en Fondo de armario el espíritu de Autosufiencia, sólo que, quizás, filtrado desde otra óptica, una muy propia de 2008.

Y es que las letras de Los Punsetes son tan brillantes que uno corre el riesgo de ocupar el espacio comentándolas o, simplemente, reproduciéndolas. Pero en la suma de elementos que construyen el todo de una canción hay, obviamente, más. Su música bebe sin contemplaciones de la década antes mencionada, los 80 -también apuntan entre sus favoritos a The Church, Wire, Beat Happening, Joy Division, Television Personalities, The Chills, The Wedding Present, The Fall, The Triffids, Julian Cope…-, pero dista del mero revival tanto como de esa pose tan indie de estar redescubriendo el mundo. Su música, tan de los 80, a veces tan aparentemente deslavazada -Lo natural es desconfiar / Lo natural es que salga mal / Lo natural es la entropía / A lo mejor no
lo sabías-
, es el vehículo idóneo de una rabia indolente, pero tan contundente como un mazazo.

Ahí les dejó un vídeo de Accidentes, registrado en vivo, deduzco, en el madrileño Ochoymedio Club.

Pendejos de alta cuna

Blas Fernández | 23 de abril de 2008 a las 10:52

Ayer éramos pendejos electrónicos, ingenuos sujetos con veleidades anarcoides inocentemente convencidos de la posibilidad de construir la democracia digital. Hoy ya hemos subido de categoría. Bueno, todos no. De quienes simpatizamos con el copyleft, sólo han ascendido los músicos que han decidido licenciar su obra bajo licencias Creative Commons poniéndola a disposición de la audiencia, ya sea por motivos ideológicos o por el convencimiento de que esa estrategia les reportará mayores beneficios a la larga que una licencia copyright convencional.

Sí, amigos, sepan ustedes que Creative Commons es cosa de adolescentes pijos criados entre algodones y sin más preocupación en la vida que consumirse en un irrecuperable complejo de Peter Pan. Así lo ha explicado Don Eduardo Bautista, presidente (¿vitalicio?) del consejo de dirección de la Sociedad General de Autores y Editores, quien ayer se despachaba en Barcelona, según teletipo de la agencia Efe, con la siguiente sentencia: “No tenemos nada en contra del copyleft, nos parece interesante para la comunidad de autores que son ricos de cuna y que no tienen que pagar el pan de sus hijos, pero nosotros estamos en otra cosa: que el autor viva de su obra, como un albañil de su trabajo”.

La máxima de Teddy el albañil se produjo en esa gira que lo lleva a cruzar la península de punta a punta para anunciar su buena nueva: la empresa que preside, SGAE, ha vuelto a superar su récord de recaudación, que creció en 2007 un 14,3% respecto al año anterior. En total, nada menos que 395.493.000 euros.

A falta de tener en mis manos la Memoria Anual de la SGAE y leerla con detenimiento -sí, uno es así, qué le vamos a hacer-, me fío del teletipo de Efe, según el cual de los “65 millones de euros” correspondientes a “la reproducción mecánica de repertorios protegidos, venta de discos, soportes audiovisuales y otros, unos 20 millones aproximadamente corresponden a las copias privadas” O sea, a ese canon con el que, quid pro quo, nuestro Gobierno tiene a bien subvencionar a la entidad.

En semejante estados de cosas, es lógico que a Don Eduardo le parezca que el copyleft, o copia permitida de las obras culturales -reza otro teletipo de Efe, “no tiene peso” y que la Sociedad General de Autores y Editores no “ha notado prácticamente nada en el sistema de captación de socios”.

Ya, entonces, ¿a qué ese interés por desprestigiarlo? ¿A sentencias como la que, también ayer, dictaba un juez de Burgos eximiendo a un hotel de dicha ciudad de pagar la cantidad que SGAE le requería por el uso del hilo musical? No es la primera sentencia en este sentido, ni mucho menos, ni será la última. Atendiendo otra vez al teletipo, “unos 76 millones de euros” de lo recaudado por la SGAE en 2007 “corresponden a la televisión que se escucha en los lugares públicos y a la música ambiental de almacenes, bares de copas o cafeterías y comercios”. El montante en este capítulo “ha experimentado un crecimiento del 3,9% sobre el año anterior”. ¿Se imaginan al sector hostelero argumentando en bloque que la entidad no puede probar que ellos usan su repertorio? Lo mismo va a ser eso…

En fin, les dejo por hoy, que voy a ponerme a escuchar otra vez a esos niños pijos malcriados y nihilistas que acaban de facturar uno de los mejores discos españoles de pop de los últimos años. Ellos, tan chulos o más que el propio Teddy, han decidido publicar su primer álbum en vinilo y dejarlo, al mismo tiempo, en descarga libre y directa. Señoras y señores, con ustedes, Los Punsetes…

Aquí un amigo

Blas Fernández | 22 de abril de 2008 a las 10:03

José Ignacio Lapido_1

Foto: Jesús Ochando

Conocí a 091, creo recordar, allá por el año la pera -circa 1984-. Estaba a punto de publicarse su primer álbum, Cementerio de automóviles, y era uno de los grupos participantes en el concurso Alcazaba, de Jerez de la Frontera, que terminó ganando. Poco después, Jesús Ordovás, ese gran hombre, nos pasó a Eva Tovar -por entonces mi compañera radiofónica- y a mí una cassette con el master del disco. La pinchamos durante semanas, hasta que el vinilo cayó por fin en nuestras manos.

Seguí la trayectoria de la banda sin interrupción. Los entrevisté en tantas ocasiones que ni me acuerdo. Conté las idas y venidas de Antonio Arias, que acabó firmando el contrato del primer álbum de Lagartiga Nick, con Romilar-D, en un concierto-celebración de mi programa de radio, en el que también actuó otro de mis grupos españoles favoritos de todos los tiempos, Cancer Moon.

Estuve en Maracena en el 96, en el segundo de los dos célebres últimos conciertos (o sea, el último de verdad), y me alegré lo mío cuando José Ignacio Lapido, tres años después, anunció que volvía en solitario con Ladridos del perro mágico.

Desde entonces he permanecido atento a su carrera, que unas veces me ha interesado más y otras menos. En ocasiones me ha irritado su inmovilismo, supongo que pensando que me gustaría escuchar esas letras a lomos de esquemas sonoros menos trillados, pero siembre acabé encontrando alguna canción que me explicaba quién es este tipo. Sus textos sobre música, publicados hasta hace poco en Granada Hoy, donde sigue ejerciendo como columnista, me provocaban una sensación similar -rara vez escribía de algo posterior a 1980-, agravada cuando tocaba cuestiones colindantes a la música en sí misma -el negocio, la industria…-.

Él está en contra del p2p y, en general, del intercambio de archivos en internet -aunque tengo la sospecha, no sé, de que ha suavizado su postura-; yo, radicalmente a favor. Quizás por eso he preferido no tocar el tema en la entrevista que le he hecho para Diario de Sevilla a propósito de su nuevo álbum, Cartografía. Sería como discutir con un amigo de algo sobre lo que sabes que no os vais a poner de acuerdo.

Ahí la tienen…

Cartografía de la madurez

El músico granadino José Ignacio Lapido publica su quinto disco en solitario tras la disolución de 091, uno de los más elaborados de su ya larga carrera.

José Ignacio Lapido_2

Foto: Jesús Ochando

Álbum: Cartografía. Corte 2: En el ángulo muerto. Y dice: Estoy en el ángulo muerto / es el sitio perfecto / nadie me ve /Estoy fuera de juego / batiéndome en duelo / lo mismo que ayer / A solas con mis recuerdos / los falsos y los verdaderos / si no me ladraran los perros / creería que sueño / Nadie me ve. “Llevo ya muchos años ahí, nadie me ve”, bromea irónico José Ignacio Lapido. Aunque se apresura a explicar que “no es una canción sobre mi situación profesional, sobre la que no vendría a cuento escribir. Me siento en mi sitio, el que yo me he buscado y al que las circunstancias me han llevado. Y estoy a gusto donde estoy. No espero otra cosa sino hacer los discos que quiero y sentirme bien conmigo mismo”.

El músico granadino, antaño pieza clave en una banda de tan grato recuerdo como 091, acaba de poner en circulación su quinto álbum en solitario, Cartografía, como el anterior, En otro tiempo, en otro lugar (2005), autoeditado por su propio sello, Pentatonia. “Me motiva la satisfación de seguir haciendo esto -cuenta-. Hay mucha gente que ha tenido que abandonar la música por faltarle de todo a su alrededor. Ya en cierta época de 091 me di cuenta, nos dimos cuenta todos, de que no íbamos a dar ese paso a la primera división comercial. Si con La vida qué mala es no rompimos la barrera, entonces ya no iba a haber manera de hacerlo. Así que a partir de ahí te haces a la idea. Lo contrario es engañarse uno mismo manteniendo vanas esperanzas. Yo ya ni me lo planteo. Grabo mis discos haciendo válido el tópico de por amor al arte“.

José Ignacio no se queja. Sabe bien que su público no es muy numeroso, “pero sí puedo decir que es muy fiel. Siempre está ahí esperando, casi con más ansias que yo, a que salga un nuevo disco”. De hecho, esas expectativas le permiten embarcarse en un nuevo proyecto discográfico cada dos o tres años. “Puede ser necesidad expresiva, más que económica. Porque necesidad de perder dinero nunca tengo”, vuelve a bromear.

Ni resulta tan invisible como sugiere la canción del principio, sus seguidores lo saben, ni su economía bordea la ruina -“con el anterior disco salvamos los trastos”, apunta-. Hoy es otro músico con otro oficio. Escribe columnas de opinión en el diario hermano Granada Hoy y, faceta menos conocida, guiones para un culebrón de la televisión autonómica. Corte 4: Largo de contar. Y dice: Yo te hablaría del trato / que el Diablo sin duda nos ofrecerá / cuando el futuro nos dé de lado / y nos cubra la oscuridad. ¿Será Arrayán el demonio? “No, hombre, no… Arrayán hace feliz a mucha gente -dice riendo-. Llevo seis años haciendo guiones y me siento tan bien como cualquiera se puede sentir en su trabajo. Obviamente me siento más músico que guionista, pero una vez que te sacudes los prejuicios, es un trabajo más. No es como la música, mucho más creativa; somos diez guionistas metidos ahí y todos aportamos ideas. Sabes que estás haciendo un producto de consumo rápido, pero que tienes que hacerlo bien”.

Arrayán paga las facturas de sus grabaciones, gusta de decir José Ignacio, quien recupera en Cartografía cierta manera de hacer que remite a 091. Niega que sea el disco que más recuerde a su anterior grupo -“no soy tan cerebral como para decir voy a hacer un disco más o menos parecido a 091. Llega un momento en el que las canciones mandan sobre ti y todo lo que has oído, compuesto y tocado está en un sustrato inconsciente. Pero en cualquier caso, si es así no ha sido premeditado”, asegura-, aunque concede que “se trata del mismo guitarrista, del mismo compositor, así que algo tiene que haber”.

Hay más. La referida manera de hacer, sin abandonar el clasicismo rock que le es tan querido, dispone que éste sea uno de sus títulos más elaborados desde el punto de vista de los arreglos. “En eso sí estoy de acuerdo -afirma-. Ha habido un trabajo bastante importante por parte de la banda al completo. Así que en ese aspecto sí que hemos trabajado como lo hacía con 091, llevando al ensayo el esqueleto de la canción para que todos aportaran ideas. El talento de los músicos ha hecho que determinados arreglos queden como anillo al dedo. Y se nota”.

Lapido no pide más. Grabar y actuar. “Me siento músico -confiesa-. Antes de escribir guiones lo único que sabía hacer era escribir canciones e interpretarlas. Si reniego de eso, ¿qué hago en la vida? Quiero seguir así mientras las circunstancias me lo permitan”. Corte 7: Nunca se sabe. Y dice: Nunca se sabe si nuestro plan se irá por el desagüe / Si al despertarme la tierra temblará bajo mis pies / Si habrá algún santo que nos ampare / Sólo sé que estoy girando alrededor de tu corazón ayer igual que hoy / buscándole el final a una canción que tal vez no acabe / Es algo que nunca se sabe. Nunca se sabe.

Fascinaciones marinas

Blas Fernández | 21 de abril de 2008 a las 9:55

Beach House Devotion

Devotion. Beach House. Carpark. Pop / Psicodelia. LP / CD

Beach House

Si su homónimo debut, editado hace un par de años, ya supuso una agradecida llamada de atención sobre las bondades de Beach House, el dúo formado por Alex Scally y Victoria Legrand, Devotion potencia ahora aquellas significativas virtudes -la turbadora e hipnótica atracción propia de Mazzy Star, el puntillismo de The High Llamas a la hora de tejer sus sutiles arreglos…- elaborando si cabe con mayor dedicación y delicadeza un esplendoroso catálogo de canciones de suave, en ocasiones narcótico, pop psicodélico con invisible armazón electrónico. El imaginativo despliegue armónico de Scally es clave en este asunto, pero la voz de Legrand se antoja la pieza angular de una construcción de apariencia liviana, tanto como las volátiles melodías -uf, Gila, sin ir más lejos-, capaces de llevar la escucha a alturas estratosféricas.

Ahí les dejo un par de vídeos de temas de Devotion. El primero es de You Came To Me, dirigido por Skizz Cyzyk…

…el segundo, de Heart Of Chambers, dirigido, todo queda en familia, por Alistair Legrand. Que los disfruten.

Hijos del limbo

Blas Fernández | 20 de abril de 2008 a las 17:24

Jóhann Jóhannsson

Jóhann Jóhannsson

Sala: Espacio Iniciarte (Sevilla). Fecha: sábado 19. Formación: Jóhann Jóhannsson (piano, secuencias); Gudmundur Kristmundsson (viola); Greta Gudnadóttir (violín); Una Sveinbjarnardottir (violín); Hrafnkell Orri Egilsson (chelo); Matthías Már Davídsson Hemstock (secuencias); Ivar Ragnarsson (visuales). Aforo: tres cuartos de entrada.

***
Nacidos en los últimos años 30 o en los primeros 40, compositores como Gavin Bryars, Philip Glass o Michael Nyman, por citar sólo algunos de los más conocidos, se situaron ya a final de la década de los 60 en un curioso limbo, denostado con saña por el sector integrista del ambiente académico cuando no olímpicamente ignorado. Su pecado capital, parece ser, era recuperar la tonalidad en un escenario que la suponía superada, el de una hipotética vanguardia demasiado ocupada en mirarse el ombligo como para darse cuenta de su aislamiento, alcanzado, finalmente, tras lograr la plena perfección en su práctica onanista.

Fue en los 80, sin embargo, cuando esos compositores obtuvieron mayor repercusión. La posmodernidad desdibujaba entonces la linde entre altura cultura y cultura de masas provocando situaciones tan entretenidas como la de ver a muchos músicos pop adelantando en talento, imaginación y riesgo a los presumibles titulares del avant garde. Hijos prácticos de aquella posmodernidad, sus experimentos conectaban. No estaban solos; Bryars, Glass y Nyman, tampoco.

El músico islandés Jóhann Jóhannsson, nacido en 1969, es en buena medida hijo de aquella situación. Hombre de demostrada versatilidad -basta escuchar los discos grabados junto al Apparat Organ Quartet para comprobarlo-, pone no obstante su acento más personal en las composiciones de corte camerístico y trasfondo electrónico registradas en un puñado de discos de indudable belleza. De uno de ellos, Englabörn, publicado originalmente en 2002 y reeditado el pasado 2007 por 4AD, extrajo el repertorio que el pasado sábado pudimos escuchar en el Espacio Iniciarte, ámbito idóneo, sí, para una música de estas características, pero no en las condiciones en que el público volvió a encontrarlo: sin asientos, a no ser el del suelo de frío mármol, y con el aleatorio taconeo de algunas de las presentes incordiando una escucha que precisa atención.

Atento, no obstante, a lo que ocurría sobre el escenario, el público conectó y, pasada la timidez inicial -tres piezas sonaron sin que rompiera el aplauso-, la colorista percusión de Sálfrædingur contribuyó a relajar el ambiente y predispuso a la audiencia a disfrutar, ya sin el peso de la solemnidad, de la oferta de Jóhannsson.

El interés de ésta es evidente, tanto como sus deudas, pues el uso de las cuerdas bebe directamente de los compositores antes mencionados. Ni siquiera los pads atmosféricos o ruidistas -los últimos literalmente se comieron al cuarteto en más de una ocasión- resultan novedosos. Estaban hace ya muchos, muchos años en The Sinking of The Titanic y se han usado desde entonces en incontables ocasiones. Ni siquiera la utilización de voces vocorizadas en este contexto -en la preciosa Odi et Amo, por ejemplo- puede señalarse como especialmente original. Queda, en cualquier caso, la belleza antes señalada, la profunda melancolía de una música hermosa y, abstraído de otras consideraciones, absolutamente gozosa.

Feliz reencuentro

Blas Fernández | 20 de abril de 2008 a las 17:05

Árbol

Árbol

Sala: Espacio Iniciarte (Sevilla). Fecha: viernes 18. Formación: Miguel Marín (secuencias, melódica, xilófonos); Jordi Saludes (secuencias); Sara Pérez Fontán (violín); Bjort Runarsdottir (chelo); Suzy Mangion y Eri Makino (voces); Christian Scharmer ‘Testphase’ (visuales). Aforo: lleno.

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De las posibles combinaciones entre electrónica e instrumentación orgánica, el encuentro de las cuerdas y los sonidos sintéticos o muestreados se ha venido revelando a lo largo de los años como uno de los lugares más visitados por músicos de variopinta procedencia, ya sea desde el ámbito académico -pongamos por caso al recientemente fallecido Karlheinz Stockhausen- o desde el pop con vocación arty y no por ello con menor proyección popular-valga el ejemplo de Björk junto al Brodsky Quartet-.

El sevillano Miguel Marín, residente ahora en Barcelona tras casi una década en Londres, lleva tiempo barruntando la idea de grabar junto a una orquesta. Quería hacerlo ya en su segundo álbum, pero el proyecto, hasta la fecha, permanece aparcado, supongo que por cuestiones presupuestarias. Logró sin embargo poner en pie una excitante mezcolanza de electrónica e instrumentos y modos de la música antigua, junto a la formación valencia Capella de Ministers, cuando Bigas Luna le encargó la banda sonora para la adaptación teatral de la Comedias bárbaras de Valle, hermosas piezas comercialmente inéditas, para nuestra desgracia. Esto es, en cualquier caso, que su trabajo en este fértil terreno viene de lejos.

Así pues, resulta paradójico que en el fascinante You Travelled My Heart Inside Out, su tercer y último disco como Árbol -sólo una de las ramas en las que diversifica su incesante actividad-, las cuerdas que escuchamos sean sintéticas. ¿Por qué? ¿Otra vez el presupuesto? Habrá que agradecer entonces a la iniciativa de Espacio Iniciarte no sólo la feliz oportunidad de ver a Marín en su ciudad natal presentando dicho álbum, sino también la posibilidad de hacerlo con cuerdas reales y, más aún, acompañado por las dos voces femeninas que participaron en su grabación, la británica Suzy Mangion -colaboradora de largo recorrido- y la japonesa Eri Makino -constatación viva de la comprensible fascinación nipona de Árbol, cultivada primero a través de la admiración por la discografía de Susumu Yokota, entre tantos otros, y reafirmada después tras una estancia de varios meses en Tokio-. Termina por cerrar el círculo Testphase, autor de unos elegantes visuales en perfecta consonancia con aquello que suena.

Todos estos fueron los elementos conjugados con acierto por Marín la noche del pasado viernes, iniciada con los cortes instrumentales de You Travelled My Heart Inside Out y crecida en aplomo, confianza y brillo con cada nueva pieza. Cuando allá por mitad del concierto Suzy Mangion emergió de entre el público entonando Nomi, la partida estaba ganada. En semejante estado del bienestar, los ocasionales deslices en la afinación de Makino -día y medio de ensayo, me soplaron- no pasan de la anécdota. Así debió de entenderlo también el respetable, al que una hora supo a poco y forzó el bis.

El lento proceso Walker

Blas Fernández | 18 de abril de 2008 a las 10:21

Third

Third. Portishead. Island Records. Rock / Experimental. LP / CD

Foto

Foto: Eva Vermandel

Como tan atinadamente alcanzó a contar Stephen Kijak en Scott Walker: 30 Century Man, el proceso que puede llevar a un músico de éxito popular a explorar los límites del sonido alejándose de las convenciones no se desencadena de manera espontánea. Bien al contrario, la mecha que prende tan llamativa transformación está ahí, más o menos escondida, hasta que el elemento reactivo, por una u otra razón, libera la energía necesaria.

Portishead no ha tenido que soportar las presiones comerciales que sí sufrió Walker antes de optar, de manera radical, por emprender un viaje sin prisas al que no quiso invitar a nadie que no tuviera interés en acompañarlo, pero el peso de dos discos que por derecho propio figuran en puestos destacados de la historia de la música del siglo XX -Dummy (1994) y el homónimo Portishead (1997), ambos provocadores de una innegable fascinación- parece reactivo más que suficiente para forzar el proceso de scottwalkerización que revela Third.

Once años después de su último álbum -sin contar el directo Roseland NYC Live (1998)-, huelga decir que de trip-hop aquí no queda ni rastro. Es más, se diría que la losa de aquella elástica etiqueta, y de la deriva vulgarizante que ésta acabaría tomando, es otro de los factores que han venido tanto a frenar, ¡por más de una década!, la elaboración de un nuevo trabajo de los de Bristol como a obligarlos a buscar una dirección nueva, distinta, a la hora de enfrentarse a él. Cualquier concesión, el menor desmayo por parte de Beth Gibbons, Geoff Barrow y Adrian Utley, hubiera colocado a Portishead no sólo ya por debajo de su leyenda, sino aún peor, por debajo de sus posibilidades.

Foto 2

Foto: Benoit Peverelli

Así que, parece, no cabía otra que esperar, distraerse con otros proyectos -producciones para terceros y, en el caso de Gibbons, con un disco tan notable como Out of Season (2002), junto a Rustin Man-, aprender de éstos y volver a probar con Portishead sólo cuando el cuerpo lo pidiera. Si el resultado del tanteo no era satisfactorio, como cuentan ellos mismos que ocurrió en varias ocasiones, el trabajo se aparcaba.

Esta huida hacia adelante nos deja ahora, por fin, un disco que, ajeno a la pretensión de colmar las expectativas de los muchos seguidores de la formación-y pocos nombres pueden presumir de convocar a un espectro tan amplio de gustos dispares-, se concentra en crear algo imponente, inquietante y hermoso y en hacerlo sin repetirse, esquivando cualquier previsión. Esto es, se concentra, y se contenta, en colmar las expectativas del propio grupo y, si acaso, de los oyentes que estén en sintonía con el proceso.

¿Hace eso de éste un disco difícil, raro? Bueno, depende de para quién y en comparación con qué. Third apenas se permite tres pausas amables en su sobrecogedor continuo telúrico-Hunter, el único corte que de manera remota evoca el anterior y personal estilo del trío; Deep Water, una dulcísima y austera miniatura de poco más de minuto y medio; y The Rip, otra caricia sobre la que va creciendo una trotona base rítmica con precioso fraseado de sintetizador-, el resto es pura intensidad revestida de desazón.

Las líneas melódicas vocales de Gibbons, por lo general, tienden a desintegrarse -Silence, en ese sentido, puede ser un ejemplo extremo- transformándose en conmovedoras modulaciones. Cualquier eco de estructura convencional-estrofa/puente/estrofa/puente/estribillo- se desvanece para atraparnos en unas formas gaseosas de misteriosa argamasa.

Puestos a sondear lo insondable, difícilmente dejaremos de identificar en Third los recursos del artesano. Lo que queda al margen de cualquier cuantificación es esa emoción que, de manera tan diferente, Portishead vuelve a provocar.

Ahí les dejo el vídeo del primer sencillo (es un decir), Machine Gun.

Lágrimas de rabia (II)

Blas Fernández | 17 de abril de 2008 a las 10:13

La banda francesa Experience cumple lo prometido y termina de colgar en la red los cuatro vídeos anunciados con temas de su nuevo álbum, Nous (en) sommes encore lá, antes de que éste salga a la venta el próximo lunes. Atención a las letras, traducidas al español por cortesía de Pablo Vinuesa. Que los disfruten.

Les aspects positifs des jeunes énergies négatives

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Ils sont devenus fous

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Des héros

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