El lento proceso Walker

Blas Fernández | 18 de abril de 2008 a las 10:21

Third

Third. Portishead. Island Records. Rock / Experimental. LP / CD

Foto

Foto: Eva Vermandel

Como tan atinadamente alcanzó a contar Stephen Kijak en Scott Walker: 30 Century Man, el proceso que puede llevar a un músico de éxito popular a explorar los límites del sonido alejándose de las convenciones no se desencadena de manera espontánea. Bien al contrario, la mecha que prende tan llamativa transformación está ahí, más o menos escondida, hasta que el elemento reactivo, por una u otra razón, libera la energía necesaria.

Portishead no ha tenido que soportar las presiones comerciales que sí sufrió Walker antes de optar, de manera radical, por emprender un viaje sin prisas al que no quiso invitar a nadie que no tuviera interés en acompañarlo, pero el peso de dos discos que por derecho propio figuran en puestos destacados de la historia de la música del siglo XX -Dummy (1994) y el homónimo Portishead (1997), ambos provocadores de una innegable fascinación- parece reactivo más que suficiente para forzar el proceso de scottwalkerización que revela Third.

Once años después de su último álbum -sin contar el directo Roseland NYC Live (1998)-, huelga decir que de trip-hop aquí no queda ni rastro. Es más, se diría que la losa de aquella elástica etiqueta, y de la deriva vulgarizante que ésta acabaría tomando, es otro de los factores que han venido tanto a frenar, ¡por más de una década!, la elaboración de un nuevo trabajo de los de Bristol como a obligarlos a buscar una dirección nueva, distinta, a la hora de enfrentarse a él. Cualquier concesión, el menor desmayo por parte de Beth Gibbons, Geoff Barrow y Adrian Utley, hubiera colocado a Portishead no sólo ya por debajo de su leyenda, sino aún peor, por debajo de sus posibilidades.

Foto 2

Foto: Benoit Peverelli

Así que, parece, no cabía otra que esperar, distraerse con otros proyectos -producciones para terceros y, en el caso de Gibbons, con un disco tan notable como Out of Season (2002), junto a Rustin Man-, aprender de éstos y volver a probar con Portishead sólo cuando el cuerpo lo pidiera. Si el resultado del tanteo no era satisfactorio, como cuentan ellos mismos que ocurrió en varias ocasiones, el trabajo se aparcaba.

Esta huida hacia adelante nos deja ahora, por fin, un disco que, ajeno a la pretensión de colmar las expectativas de los muchos seguidores de la formación-y pocos nombres pueden presumir de convocar a un espectro tan amplio de gustos dispares-, se concentra en crear algo imponente, inquietante y hermoso y en hacerlo sin repetirse, esquivando cualquier previsión. Esto es, se concentra, y se contenta, en colmar las expectativas del propio grupo y, si acaso, de los oyentes que estén en sintonía con el proceso.

¿Hace eso de éste un disco difícil, raro? Bueno, depende de para quién y en comparación con qué. Third apenas se permite tres pausas amables en su sobrecogedor continuo telúrico-Hunter, el único corte que de manera remota evoca el anterior y personal estilo del trío; Deep Water, una dulcísima y austera miniatura de poco más de minuto y medio; y The Rip, otra caricia sobre la que va creciendo una trotona base rítmica con precioso fraseado de sintetizador-, el resto es pura intensidad revestida de desazón.

Las líneas melódicas vocales de Gibbons, por lo general, tienden a desintegrarse -Silence, en ese sentido, puede ser un ejemplo extremo- transformándose en conmovedoras modulaciones. Cualquier eco de estructura convencional-estrofa/puente/estrofa/puente/estribillo- se desvanece para atraparnos en unas formas gaseosas de misteriosa argamasa.

Puestos a sondear lo insondable, difícilmente dejaremos de identificar en Third los recursos del artesano. Lo que queda al margen de cualquier cuantificación es esa emoción que, de manera tan diferente, Portishead vuelve a provocar.

Ahí les dejo el vídeo del primer sencillo (es un decir), Machine Gun.

Lágrimas de rabia (II)

Blas Fernández | 17 de abril de 2008 a las 10:13

La banda francesa Experience cumple lo prometido y termina de colgar en la red los cuatro vídeos anunciados con temas de su nuevo álbum, Nous (en) sommes encore lá, antes de que éste salga a la venta el próximo lunes. Atención a las letras, traducidas al español por cortesía de Pablo Vinuesa. Que los disfruten.

Les aspects positifs des jeunes énergies négatives

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Ils sont devenus fous

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Des héros

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Emociones reales, sin pirotecnia

Blas Fernández | 16 de abril de 2008 a las 10:19

Only as…

Only As The Day Is Long. Sera Cahoone. Sub Pop / Popstock! Country / Folk. CD

Sera Cahoone

Pese a disponer ya de un álbum previo editado hace un par de años, Sera Cahoone resulta quizás más conocida -es un decir- para los atentos a las escenas indies norteamericanas gracias a su paso por bandas como Carissa’s Wierd y Band of Horses. Con nombre propio, es ahora, a partir de este por momentos deslumbrante Only As The Day Is Long, cuando despunta convertida en una de las más notables últimas incorporaciones a la nómina de voces femeninas de eso que suele llamarse alt-country, y que tan tranquilamente podría prescindir del prefijo. Más rock en ocasiones -The Colder The Air-, en otras más folk o hasta pop -Baker Lake, con una de las varias apariciones de Jason Kardong, habitual del grupo hermano Grand Archives, al pedal steel- y sin pirotecnias, pero emocionando de veras.

No he encontrado ningún vídeo de este álbum (aunque sí circulan por ahí numerosos directos con irregular calidad de sonido e imagen), así que les dejo con una canción de su primer y homónimo disco, Couch Song.

Rumore, rumore…

Blas Fernández | 15 de abril de 2008 a las 11:04

Martha Wainwright

Se confirmó hace ya tiempo que Rufus Wainwright formará parte del cartel de la XI edición del festival sevillano Territorios (concretamente actuará el próximo viernes 30 de mayo en el escenario Icas del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo), lo que no deja de tener su gracia es que quizás no sea el único ilustre de su familia que nos visite por esas fechas. En efecto, se barrunta una gira de su sensual hermana Martha por al menos tres ciudades andaluzas (Sevilla, Granada y Málaga). ¿Adivinan dentro de qué ciclo? El mismo que ahora tantea a Two Gallants, Mark Olson y Vic Chesnutt, entre otros. Veremos en qué acaba todo…

Actualización 19.10: Territorios acaba de anunciar nuevos nombres, entre ellos uno que ya se insinuó (Richard Hawley, que finalmente actuará el 30 de mayo compartiendo escenario con Rufus Wainwright) y otros inesperados. De estos últimos cabe destacar a, agárrense, ¡New York Dolls! Será el 7 de junio, el mismo día de Yo La Tengo. ¡Qué gazpacho!

Puro pop (con o sin ukelele)

Blas Fernández | 11 de abril de 2008 a las 9:18

Thao Nguyen

We Brave Bee Stings and All. Thao with The Get Down Stay Down. Kill Rock Stars. Pop. CD

Bag of Hammers, montada sobre unos acordes de ukelele que crecen hasta estallar en un estribillo irresistible, podría ser ya razón suficiente para prestarle a este disco, segundo de Thao Nguyen y primero registrado junto a The Get Down Stay Down, la atención que merece. Pero es que además, antes, ya te has encontrado con Beat (Health, Life and Fire) y, después, aún te aguardan Swimming Pools y otras tantas ráfagas de pop poliédrico e imprevisible. Parte de la crítica norteamericana airea la etiqueta country y, asociada, también la de folk. Hay guiños, qué duda cabe, pero no pasan de ser tales. We Brave Bee Stings and All es puro pop, bienhumorado, revitalizante e inteligente.

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Patrones clásicos

Blas Fernández | 10 de abril de 2008 a las 14:25

Back to the cat

Back to The Cat. Barry Adamson. Central Control International / Green Ufos. Rock / Soul. LP / CD

Barry Adamson

Foto: John Gladdy

Pudiera parecer que, tratándose de Barry Adamson, Back to the Cat arranca de manera un tanto tibia. The Beaten Side of Town es un brumoso y elegante blues escorado hacia el swing y arropado, eso sí, por el habitual despliegue instrumental con aires de score. Ni el músculo que impulsaba desde el inicio discos como Oedipus Schmoedipus -el atractivo gospel-soul de Set The Control for The Heart of The Pelvis- o The King of Nothing Hill -el arrollador funk de Cinematic Soul-, ni la inquietud lounge de As Above, So Below -Can’t Get Loose- ni el efecto hipnótico del recitado en Stranger on the Sofa -Déjà  Morte- encuentran aquí su par. No hay trampa ni cartón, dicho sea en el mejor sentido; no hay gancho artificioso, sólo un tipo destilando clasicismo y concitando la atención de la manera más directa. Es la tónica de un álbum, entre los más luminosos de su ya larga discografía en solitario, construido sobre patrones: el pop bachariano -Straight ‘Til Sunrise-; el protorock’n’roll jazzeado -Spend a Little Time-; el rhythm&blues -Shadow of Death Hotel-; la balada soul -I Could Love You- o aquel encomiable pop mainstream británico de finales de los 60 -Walk on Fire, que parece escrita pensando en Tom Jones-. Y así, casi, hasta completar los diez cortes, como marca la casa, arreglados con permanente sobreexposición de precisos metales.

Muy lejanos ya los tiempos de Magazine y hasta de The Bad Seeds -aun manteniendo colaboraciones puntuales con Howard Devoto y Nick Cave-, ése ha venido siendo, en buena medida, el modus operandi que marca gran parte de su discografía: la reinterpretación, cuando no la apropiación, de los sucesivos estilos de la música negra. Aquí, sin embargo, parece llevarlo al límite, proponiéndonos un catálogo casi completo.

No he conseguido encontrar ningún vídeo del nuevo álbum, a la venta el próximo día 31, así que les dejo con uno de The King of Nothing Hill, el tórrido Black Amour; Marvin Gaye, Isaac Hayes y Barry White todo en uno…

Un buen rato

Blas Fernández | 7 de abril de 2008 a las 10:28

John Cooper Clarke

IV Festival Palabra y Música. Lugar: Teatro Lope de Vega (Sevilla). Fecha: sábado 5. Participantes: Veenfabriek, Pablo Texón y Sofía F. Castañón; John Cooper Clarke. Aforo: un cuarto de entrada.

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Un buen rato me tuvieron Pablo Texón, Sofía F. Castañón y Veenfabriek mirando el reloj, hasta que el aburrimiento desbordó los límites de lo razonable forzándome a transgredir yo mismo la norma mediante un acto tan políticamente incorrecto como abandonar la sala y salir a la puerta a fumarme un cigarro. En esta espiral de degradación moral, proseguí mi camino al infierno recalando en el bar del teatro, donde otros insensibles se me habían adelantado cambiando la poesía por la ingesta de botellines. Huelga decir que me uní a ellos.

Ah, el spoken word. Ya no hace falta explicar lo que es ni recordar que bajo tan amplio paraguas cabe casi de todo, pero quizás sí que se vaya haciendo necesario delimitar algunos márgenes para evitar la anual dosis de presunción que (¿inevitablemente?) se cuela en cada edición de Palabra y Música. Vale, aceptamos leer poesía con un fondo musical interpretado en vivo como spoken word. Hasta ahí podíamos llegar, máxime si el fondo sonoro está elaborado con tino por cinco músicos curtidos, los holandeses Veenfabriek, capaces de una pirueta tan loable como la de convertir el material percusivo en colchón atmosférico. Mi problema no está ahí, sino en que las cuitas literarias de los asturianos, por momentos propias de un recital de instituto, tienen para un servidor, demasiado viejo ya para según qué cosas, el mismo interés que para el lector el relato de los hechos que protagonizó este crítico una vez que se decidió a salir a fumar: nulo. Demasiado tambor para tan poco texto.

Un buen rato, muy buen rato, me hizo pasar John Cooper Clarke, personaje delirante y entrañable, superviviente hasta la fecha de infiernos reales y afortunado dueño de un sentido del humor que lo mismo le permite enfrentarse a la existencia que a la audiencia y salir victorioso en ambos casos. Figura emblemática del punk británico de los 70, hoy en merecido proceso de revalorización, Cooper Clarke entronca con esa vertiente del spoken word que fía a la sinceridad de la palabra y al malabarismo de su interpretación todo el valor y riesgo de la propuesta.

Solo, sin música, veloz en el nasal recitado de sus poemas -instantáneas de cotidianidad bizarra y apariencia desquiciada retratadas con la lucidez del observador sagaz- e hilarante en las introducciones de los textos -chistes y chanzas disparados con puntería de veterano-, el mancuniano nos proporcionó en poco más de cuarenta y cinco minutos el mejor antídoto contra el veneno de la trascendencia: la intuición de bordear el ridículo a diario o, al menos, la sospecha del sinsentido de tantos de nuestros actos.

Johnny, cierto es, está un poco cascado y la velocidad se resiente tras varios ataques de tos -“no blood”, ironiza aliviado y con voz cavernosa mirando el pañuelo que acaba de llevarse a la boca-, pero eso no le resta ni un gramo de valor a su memorable paso por el festival. Si acaso, nos inclina a pedirle que se cuide. Los tipos como él no abundan.

Y a continuación… John Cooper Clarke interpretándose a sí mismo en Control, esa biopic de Anton Corbijn sobre Ian Curtis que no parece tener visos de estrenarse en España, en cualquier caso disponible, desde hace tiempo, por los cauces habituales…

Evidently Chicken Town, una de sus piezas más celebradas, fue versionada en su momento por Lavadora, al igual que otros de sus poemas, para la banda sonora de El factor Pilgrim, de Santi Amodeo y Alberto Rodríguez, presentes ambos el otro día en las butacas del Lope. Con ella alcanzó Cooper Clarke uno de los momentos de apogeo, al menos en cuestión de popularidad, de su ya larga carrera, aunque para lograrlo tuviera que cambiar la palabra angular del texto…

Ahí les dejo el poema original, el que escuchamos en vivo en Palabra y Música…

the fucking cops are fucking keen / to fucking keep it fucking clean / the fucking chief’s a fucking swine / who fucking draws a fucking line / at fucking fun and fucking games / the fucking kids he fucking blames / are nowehere to be fucking found / anywhere in chicken town

the fucking scene is fucking sad / the fucking news is fucking bad / the fucking weed is fucking turf / the fucking speed is fucking surf / the fucking folks are fucking daft / don’t make me fucking laugh / it fucking hurts to look around / everywhere in chicken town

the fucking train is fucking late / you fucking wait you fucking wait / you’re fucking lost and fucking found / stuck in fucking chicken town

the fucking view is fucking vile / for fucking miles and fucking miles / the fucking babies fucking cry / the fucking flowers fucking die / the fucking food is fucking muck / the fucking drains are fucking fucked / the colour scheme is fucking brown / everywhere in chicken town

the fucking pubs are fucking dull / the fucking clubs are fucking full / of fucking girls and fucking guys / with fucking murder in their eyes / a fucking bloke is fucking stabbed / waiting for a fucking cab / you fucking stay at fucking home / the fucking neighbors fucking moan / keep the fucking racket down / this is fucking chicken town

the fucking train is fucking late / you fucking wait you fucking wait / you’re fucking lost and fucking found / stuck in fucking chicken town

the fucking pies are fucking old / the fucking chips are fucking cold / the fucking beer is fucking flat / the fucking flats have fucking rats / the fucking clocks are fucking wrong / the fucking days are fucking long / it fucking gets you fucking down / evidently chicken town

Tómate tu tiempo

Blas Fernández | 3 de abril de 2008 a las 22:56

Little Lucid Moments

Little Lucid Moments. Motorpsycho. Stickman Records. Rock. 2LP/ CD

Motorpsycho

El hard-rock, las inclinaciones psicodelizantes, el gusto por los largos desarrollos instrumentales partiendo de estructuras improvisatorias propias del jazz y la influencia del folk-pop de los 60 son algunas de las claves, quizás las principales, manejadas por Motorpsycho a lo largo de su ya muy dilatada trayectoria.

La banda noruega, procedente de la costera ciudad de Trondheim y con una formación cambiante sólo inalterada en su núcleo duro, el integrado por el bajista y vocalista Bent Sæther y el también cantante y guitarrista Hans Magnus Snah Ryan, lleva en activo desde 1989. A lo largo de todo ese tiempo ha facturado la friolera de catorce álbumes, un disco compuesto e interpretado junto a la sección de metales de Jagga Jazzist -el fascinante In The Fishtank (2003)-, dos títulos oficiales en vivo y un número difícilmente cuantificable de sencillos y epés -incluido un split-single con el inefable Alice Cooper-.

En el ahora trío, completado desde el año pasado por el baterista Kenneth Kapstad, todo parece apuntar al exceso, incluido el talento. Su torrencial producción tiende a buscar acomodo en los discos dobles y, en el caso del vinilo, formato mimado por el grupo con especial dedicación, hasta triples. Pero por encima de esa agradecida incontinencia prevalece una comprobada voluntad de no ceñirse a ningún género concreto más allá de su identidad rock y de mantener intacta la capacidad de explorar estilos diversos.

Quizás esa decisión haya minimizado el impacto público de su obra jugando al despiste -el sector heavy de su audiencia difícilmente podría encajar el desbordante genio pop de silueta postista mostrado en álbumes como Let Them Eat Cake (2000) y Phanerothyme (2001), palabras mayores en su vasta discografía-, pero al mismo tiempo ha proporcionado a la banda el margen de movimiento necesario para ensayar distintos enfoques y dar con hallazgos memorables.

Así, tras el muy notable Black Hole / Black Canvas (2006), donde la vertiente hard-rock ganaba posiciones frente al gusto por la ornamentación melódica pop y la especulación instrumental de tinte experimental sin llegar a desplazar por completo ambos factores, el muy ambicioso Little Lucid Moments apuesta ahora por conjugar justo esas tres direcciones ofreciendo en una hora sólo cuatro cortes de duración aparentemente desproporcionada: el homónimo Little Lucid Moments (21’06”), Year Zero (A Damage (Report) (11’26”), She Left on The Sun Ship (14’25”) y The Alchemyst (12’27”).

Antes de asustarse convendría recordar que, de Neil Young a Godspeed You! Black Emperor, por poner ejemplos premeditadamente distantes, la propensión a estirar el tiempo ha sido una constante para muchos músicos de rock desde, al menos, mediados de la década de los 60. Los propios Motorpsycho lo habían hecho con asiduidad en ocasiones anteriores, aunque a menudo como consecuencia de las referencias jazzísticas antes mencionadas. Sin embargo, en la nueva entrega no es estrictamente así. Sus cuatro cortes articulan cuatro macrocanciones con brillantes desarrollos melódicos en sus cuidados juegos vocales, remitentes sin coartadas a Crosby, Stills, Nash & Young, sobre guitarras capaces de ponerle los dientes largos al mismo J Mascis.

Conviene también, en cualquier caso, no terminar sin una advertencia. Si uno entra en contacto ahora, por primera vez, con la música de Motorpsycho, Little Lucid Moments no es el disco idóneo para introducirse en su singular discografía. Quizás sea mejor revisar antes los títulos ya mencionados en esta reseña u otros como Blissard (1995), Barracuda (2001) o It’s a Love Cult (2002). A partir de ahí, descubiertas las claves que citaba al comienzo, es como la última entrega de la incansable formación se disfruta en su integridad.

Les dejo un par de vídeos, uno incompleto de The Other Fool (le falta la fantástica coda final), procedente de Let Them Eat Cake

…y otro de The Slow Phaseout, de Phanerothyme. Que los disfruten, si es que no los conocían.

‘Inercia’, quince años después

Blas Fernández | 1 de abril de 2008 a las 10:11

Inercia Re-edición especial

Inercia. Reedición especial. Lagartija Nick. RFTOS / Romilar D / CBS Sony. Rock / 2CD

Mucho habría que discutir sobre cuál fue el mejor título en la hasta ahora descatalogada trilogía inicial de Lagartija Nick, si Hipnosis, Inercia o Su -en su día ninguneados por la facción más petarda de la crítica nacional y hoy convertidos en clásicos absolutos del rock español-. Sólo disponibles hasta la fecha para el interesado vía p2p o en tiendas de segunda mano, la revisión, en cualquier caso, le llega al segundo, reforzado en esta edición especial, conmemorativa del XV aniversario de su publicación original, por un compacto extra que suma oscuros cortes y versiones maqueteras de canciones tan contundentes como Nuevo Harlem, Satélite o Transfiguración (Mis cinco sentidos). Lo más llamativo, al margen de la propia recuperación, es sin embargo, la voz de Eva Amaral grabada ahora sobre la maqueta de Universal.

¿A cuento de qué? Amistad, admiración… Supongo. Quizás sólo sea una de las varias y merecidas muestras de pleitesía hacia la banda de Antonio Arias que veamos durante este año, según informaba el amigo Jesús Arias en Granada Hoy.

Ahí les dejo un vídeo del experimento en vivo en ese infame programa de la 2 llamado No disparen al pianista. A Eva Amaral, al comienzo, se le nota descolocada, como cortada, pero luego se desmelena. Lagartija Nick es lo que tiene.

Héroes (y) abandonados

Blas Fernández | 29 de marzo de 2008 a las 2:17

Bombay

Life in Loops

Festival Zemos 98. Sofa Surfers -Markus Kienzl (secuenciación y samples) y Wolfgang Frisch (bajo y guitarra)- con Timo Novotny (visuales). Sala: Teatro Alameda (Sevilla). Fecha: Viernes 28. Aforo: Lleno.

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“¿Cuál es tu sueño en la vida?”, “¿Cuál es mi sueño en la vida?”. La pupila del yonqui se dilata en primer plano y la pregunta queda sin respuesta. El único sueño del que nos deja constancia es ése que segundos después certifica su sonoro ronquido.

La primera de las dos interpelaciones es a su vez la única ocasión en que el hombre tras la cámara revela lo que ya sabemos, que está ahí, pero que olvidamos ante la conmovedora potencia de las imágenes que nos ofrece. Ese hombre es el realizador austriaco Michael Glawogger, quien en 1998 estrenó Megacities, un viaje que nos lleva de Nueva York a Bombay, de Ciudad de México a Moscú, reparando en los incómodos márgenes de las gigantescas urbes, allá donde el detritus perfila el hábitat.

Sobre las imágenes de Megacities y parte de su material descartado, otro hombre de cine, Timo Novotny, remonta Life in Loops, audiovisual con banda sonora ad hoc editado en DVD el pasado 2006 y visto ayer en vivo dentro de la cada vez más ineludible programación del festival Zemos98. Novotny se alía con dos de los miembros del cuarteto, también austriaco, Sofa Surfers para dar forma a este ejercicio de reinterpretación que usa la técnica del loop y el montaje alternativo para incidir de manera tan obvia como efectiva en aquello que pretende resaltar. Kienzl y Frisch, por su parte, sortean las previsiones esquivando la monocorde deriva que adoptó el género que les sirvió de lanzadera, el trip-hop, y proponiendo una música que, a excepción de la sórdida secuencia de la sala de striptease en el DF, remitente a las sonoridades fronterizas con el vecino del norte, huye por lo general del subrayado más o menos grueso para reforzar por el propio peso de su interés autónomo aquello que pasa ante nuestros ojos -los raterillos moscovitas recorriendo el metro a un ritmo cercano al drum&bass en su proceso de mutación al breakbeat-.

Es en episodios como ése, o en esos otros donde las palabras de los protagonistas en la pantalla configuran un premeditado speech entre el rap y el spoken word, donde la presencia de Sofa Surfers adquiere quizás mayor relevancia o, por decirlo de otro modo, se hace más evidente. En el resto del metraje, poco menos de una hora, la fuerza de las imágenes -los rastreadores de canales de Bombay, extrayendo de la inmundicia las migajas de la subsistencia- ni necesita ni toleraría despliegues de pirotecnia.

No es positivismo ni sentimentalismo, sino realidad: entre las ruinas del abandono, urbano y personal, queda espacio para el oxígeno, ése que boca a boca le insuflan al espectador la heroica pareja de viejitos que sobrevive en Ciudad de México vendiendo tacos -ella sueña con no morirse “sin conocer los Estados Unidos o Los Ángeles, California”- o aquel otro que ya al final, en una secuencia con carga poética de profundidad, nos redime a golpe de látigo: un santón hindú flagelándose al amanecer en un inmenso y humeante vertedero. Ruega por nosotros.