De inmediato o a fuego lento

Blas Fernández | 6 de mayo de 2008 a las 17:32

Frogs Lemon Sea

Frogs, Lemon, Sea. Salieri. Discos Liliput. Rock. CD

Salieri

Foto: Concha Laverán

Electric Doorbells fue una soberana sorpresa, pero es que Frogs, Lemons, Sea va bastante más lejos -rumbo a un planeta quizás más acogedor, como se pregunta la protagonista de la ensoñadora Song for a Little Planet-. La segunda entrega de los sevillanos Salieri cimienta su atracción en torno a dos canciones mayúsculas, la fábula que titula el álbum, con arreglos de metal y estribillo arrebatadores, y Sad Cars, deudora de ese rock norteamericano, de Rain Parade a Luna, pongamos por caso, al que tanto deben Javier Neria y Diana P. El resto se saborea más lentamente, pero con igual gusto.

A continuación dos vídeos en directo que también podéis ver en su MySpace. Ninguno de los dos está grabado en condiciones óptimas y el sonido es bastante regular, pero sirven para hacerse una idea de su buen directo.

El primero es de Frogs, Lemon, Sea, registrado el pasado mes de abril en la Escuela Politécnica Universitaria de Sevilla, rodeados de amigos -entre ellos Montevideo-, en un concierto como teloneros de Refree…

…y el segundo, incompleto, de Radio Says Everything’s OK, grabado el pasado mes de marzo en La Calabaza Mecánica de Rota.

Duffy is fluffy (pero te cansas pronto)

Blas Fernández | 6 de mayo de 2008 a las 16:55

Rockferry Cover

Rockferry. Duffy. Rough Trade / Polydor. Soul / Pop. LP / CD

Duffy retrato

“Si te gusta Amy Winehouse, te gustará Duffy“, reza sin complejos la publicidad de la tienda de discos. Para qué vamos a andarnos con tonterías, pensarán los del departamento de mercadotecnia. Claro que, podrían añadir alguna coletilla más: “Si la Winehouse le parece una golfa, aquí tiene a otra de esas preciosas y potentes voces soul británicas, pero más modosita”. La chica, efectivamente, se ha tragado de pe a pa los catálogos de Stax y Motown y junto a su amigo Bernard Butler, entre otros, se marca un disco quedón. Aunque a la postre, me temo, insustancial.

A continuación, los jitazos que intentan convencernos de lo contrario…

Mercy

Warwick Avenue

Rockferry

South Pop Día 3: Una tormenta después de la calma

Blas Fernández | 5 de mayo de 2008 a las 10:16

La Casa Azul

Foto: Manolo Domínguez

La tercera y última jornada en la IV edición del South Pop Festival dejó una impresión similar a la de una tranquila balsa de agua a la que de pronto llegan unos tipos con ganas de juerga. Algunos pueden ser más gamberros -Manos de Topo-, otros más juguetones -La Casa Azul- y otros miran desde el borde pero no se zambullen -Novö-. En cualquier caso, su actitud y su música contrastó de manera señalada, muy señalada, con el resto del cartel, entre lo exquisito -The High Llamas, Soy un Caballo- y lo voluntarioso -V.O., Centenaire-, pero conectado todo por una singular concepción de la calma.

¿Son estos cuatro últimos grupos festivaleros? Depende de qué se entienda por tal o incluso de dónde se les ubique: la intimidad del Teatro Alameda, antigua sede del festival, desaparece al aire libre del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Que se lo pregunten a Boris Gronemberger, líder de la banda belga V.O., que arrancó su concierto aún a pleno sol -afortunadamente con un retraso menor que el de días anteriores- y ante escaso público. En esas condiciones, las delicadas virtudes de Obstacles, su hermoso segundo álbum, pasaron sin pena ni gloria.

Tampoco lo de Novö fue para tirar cohetes. El dúo de Toulouse es otra-banda-más en la presunta exploración de unos terrenos en realidad demasiado transitados, los del ruidismo eléctrico rock con uno o hasta dos pies en la electrónica, de ésas que terminan su concierto en una nube de distorsión…

Los también galos Centenaire son otra cosa, aunque su cosa -ensoñador folk-rock con despliegue de arsenal acústico y juegos de hasta cuatro voces- tampoco llegara a cuajar entre más allá de un mínimo y atento sector del público. Por contra, Manos de Topo, al igual que con su primer y único disco, Ortopedias bonitas, provocó cualquier cosa entre la entrega y el rechazo visceral, excepto indiferencia. Servidor reconoce que no puede con ellos, o más exactamente con el calculado histrionismo de su cantante. Lo que se dice un hype.

Con Soy un Caballo retornó la calma y, resultaba evidente, también la apatía de quienes estaban allí para escuchar la otra cosa. Lástima, porque la propuesta articulada por Aurélie Muller y Thomas van Cottom es de una finura extraordinaria y su auténtico disfrute -disculpen que esté una y otra vez sobre lo mismo- se hubiera producido en otras condiciones bien distintas. Aun así, nos depararon momentos brillantes, entre otros el del final, cuando Van Cottom anunció que tenía dos regalos para el público: uno, un puñado de postales; el otro, la aparición sobre el escenario del que fuera productor de su álbum, Les heures de raison, el señor Sean O’Hagan.

La colaboración sirvió pues como puente hacia el concierto de The High Llamas, que marcó desde el primer momento distancia con todo lo anterior, como ya ocurrió el primer día con José González y el segundo con Barry Adamson. Con una banda impecable -incluso sin esa sección de cuerda, “demasiado cara”, que en sus grabaciones resulta básica-, O’Hagan y sus compañeros repasaron durante una hora ese excelso repertorio de pop camerístico que atesora su discografía. Un gustazo.

Y tras toda la calma, claro, la tormenta. Menuda película se ha montado Guille Milkyway a cuenta de Eurovisión, una lección magistral para cualquier interesado en los nuevos modelos de negocio en torno a la música. Sus discos no serán superventas, de momento, pero la agenda de La Casa Azul se llena y su caché se multiplica.

Parte de las ganancias, supongo, se reinvierte en el atrezzo electrónico que permite realizar a este hombre-banda la siempre peligrosa pirueta de llevar al directo aquello que se factura en la soledad del estudio, y que en su caso, es bien sabido, combina desde el bubblegum-pop al pop con espíritu anime. Quien entra en su juego lo disfruta al máximo -¿incluidos los baladones a piano solo?-; el resto huye (mi límite fue la versión de Love is in the air).

A modo de coda, una última reflexión. La IV edición del South Pop no pasará a la historia por la calidad de su cartel, confeccionado en un tiempo récord tras las dudas sobre la continuidad del apoyo municipal al festival, resueltas a última hora y cuando el retraso forzaba ya el cambio en las fechas habituales de ediciones anteriores, los días previos a Semana Santa. La organización, interesada también por razones de aforo en el cambio de ubicación, consideró idóneo el puente de mayo, que a priori facilitaría la llegada de público no local. Sin embargo, como una pescadilla que se muerde la cola, la situación ha sido justo la contraria: ante el discutible atractivo de su cartel, el público foráneo no acudió, al menos en la medida de ediciones anteriores, mientras que parte del local optó por no asistir o hacerlo sólo en alguna de las tres fechas -la del jueves fue la más numerosa-. En esta tesitura, el South Pop necesita con urgencia replantear su estrategia, y hacerlo sin soportar las presiones procedentes del ámbito municipal, su principal patrocinador, que más que desarrollar bien pudieran estar lastrando su afianzamiento. Entre éstas cabe señalar la insistencia por parte del ICAS en aumentar el número de grupos por día hasta extremos desproporcionados -siete en los casos de la segunda y tercera jornada-, cuando el camino natural hacia la consolidación del festival quizás pase justo por hacer lo contrario: ofrecer menos conciertos, pero de mayor enjundia, y prescindir de un relleno económico en cuanto a la contratación pero caro en su coste final. El cansancio de la audiencia y la multiplicación de los problemas logísticos -esos retrasos…- podrían minimizarse.

PD1: Mis problemas con los fotógrafos (2ª parte). La historia tiene tintes surrealistas y me ahorraré los detalles, pero resulta que volvimos a quedarnos sin fotografías de los conciertos del sábado. Afortunadamente, Manolo Domínguez, de El Blog de la Nadadora, fue tan amable de cedernos varias, entre ellas la de La Casa Azul que ilustra esta entrada. Gracias Manolo. Un abrazo.

PD2: Mi agradecimiento también a Antonio Bret, a quien le faltó tiempo y le sobró bonhomía para ofrecernos las que tenía alojadas en su Flickr en cuanto se enteró de que estábamos en problemas. Entre ellas, ésta:

La Casa Azul 2

South Pop Dí­a 2: En la variedad está el gusto (o el disgusto)

Blas Fernández | 5 de mayo de 2008 a las 9:38

El Guincho

Foto: Aránzazu León

Con una entrada considerablemente inferior a la del primer día, y arrastrando desde el comienzo un notable retraso respecto al horario previsto, el South Pop vivió el pasado viernes 2 en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, en Sevilla, una irregular jornada marcada por los contrastes estilísticos de su cartel, cuyo orden pareció confeccionado más en función del estatus de los grupos participantes que del crescendo que una velada tan larga requiere para mantener la atención de la audiencia.

Sobre Pumuky y la posterior actuación en solitario de Abraham Boba -quien acompañó como teclista a la planetaria banda de Jaír Ramírez- más vale pasar de puntillas, pues lo suyo no resultó especialmente destacable. Lo mismo, aunque con distintos matices, cabría apuntar de Nisei, banda barcelonesa perteneciente al catálogo de B-Core y elevada a los altares por obra y gracia del lobby crítico catalán. Su directo es contundente, sí, pero su repertorio no pasa de una sucesión de clichés indie-rock con ocasionales incursiones en el dub. ¿Dónde queda la originalidad?

Grande-Marlaska no decepcionó en su primera aparición sevillana, en la que repasó El momento de hacer de cabo a rabo. Sólo una pega: a las canciones cortas y directas les cuadra un concierto similar. Un cuarto de hora menos habría dejado al respetable en ascuas.

El ex Arab Strap Aidan Moffat se ganó a pulso las copas que anunció que se iba a tomar tras su actuación. Y es que hay que tener mucha dignidad para defender como él hizo, en un entorno tan hostil, los poemas musicados de I Can Hear Your Heart, su segunda aventura en solitario tras la ruptura con Malcolm Middleton. El apoyo a la guitarra del ex The Delgados Alun Woodward deparó instantes intensos y hermosos, desgraciadamente perdidos en el tiempo cual lágrima de replicante en la lluvia. No era el momento ni el lugar.

Llegaba el turno de Mobiil, pero Barry Adamson llevaba ya una hora esperando y no parecía dispuesto a hacerlo por mucho más tiempo. Así que, sorpresivamente, fue él quien saltó al escenario, flanqueado por una numerosa formación y dispuesto a comerse el South Pop. El exacerbado revisionismo de la black music clásica desplegado en su último álbum, Back to The Cat, cobra cuerpo en directo con una precisión deslumbrante, fuera de discusión. Claro que, donde unos ven elegancia otros pueden intuir arrogancia. Cosa de gustos.

Con los galos Mobiil, cuando por fin aparecieron, ocurrió lo mismo que con Moffat: su inquietante y correoso rock de aristas cortantes descolocó al público, al que le costó entrar en el juego. Menos esfuerzo tuvo que invertir El Guincho, a quien le sobraron minutos para poner a bailar a la ya muy menguada parroquia con los cortes de Alegranza. ¿Concierto o sesión? Todo grabado excepto voz y percusión mínima. Ah, la eterna cuestión…

PD1: Un millón de gracias a Aránzazu León, que andaba por allí haciendo fotos de El Guincho, a altas horas de la madrugada, para Ladinamo y fue tan amable de cederle a Diario de Sevilla la que ilustra esta entrada. Fue un placer reencontrarte.

PD2: Esta crónica la firmo a medias con mi compañero Paco Camero. Yo me fui tras Barry Adamson y fue él quien se quedó hasta El Guincho. Lástima haberme perdido su actuación, una de las que más curiosidad me despertaba de todo el festival, y el jaleo que según me contaron se montó cuando Pablo Díaz-Reixa comenzó a invitar al público a subir al escenario. Comprendo la reacción de la organización. Después del accidente de Mar Álvarez, de Pauline en la Playa, no debía de estar el horno para bollos.

South Pop Día 1: Conciertos y desconcierto

Blas Fernández | 2 de mayo de 2008 a las 19:14

José González

La primera de las tres jornadas de la IV edición del sevillano South Pop Festival tras su traslado al Centro Andaluz de Arte Contemporáneo arrancó con una mala noticia: Pauline en la Playa se caía del cartel porque, literalmente, una de las hermanas Álvarez, Mar, se caía del escenario, justo tras acabar su prueba de sonido, mientras bajaba la escalera. Traslado inmediato al Virgen Macarena y diagnóstico en urgencias: fractura doble de tobillo requerida de intervención quirúrgica. Tanto la paciente como su hermana, Alicia, decidieron que lo mejor era que la operación se llevase a cabo en su ciudad, Gijón. Ambas abandonaban el centro hospitalario sobre las once de la noche y hoy partían, a las cuatro de la tarde, en vuelo directo hacia casa.

En eso quedó el susto -pudo ser peor-, en eso y en el desconcierto y la pesadumbre que pareció adueñarse de la organización durante las primeras horas del festival. El accidente no sólo provocó un retraso de cuarenta y cinco minutos respecto a la hora de inicio anunciada, las 19.30, sino también un cierto nerviosismo traducido, quizás, en la deficiente sonorización sufrida por la banda encargada de abrir el South Pop.

No. No debe de resultar nada fácil sonorizar a una formación tan numerosa y ambiciosa en sus planteamientos como Limousine, que acabó, en cualquier caso, pagando el pato: su flamante rock psicodélico quedó reducido durante buena parte del concierto a esa temible bola de sonido en la que uno, por más que se esfuerce, apenas distingue los muchos instrumentos sobre el escenario. Sólo en la última y contundente canción consiguieron desde la mesa de mezclas poner un poco de orden, sirviéndonos una imagen tardía de lo que pudo ser y no fue. Lástima, porque el grupo cordobés merecía, sin duda, mejor suerte.

Los siguientes en subir al escenario fueron A Hawk and A Hacksaw, propuesta procedente de Albuquerque, Nuevo México, y encuadrable, como la de sus paisanos Beirut, en ese singular proceso de reivindicación desde el universo pop de la música balcánica. Pero si tanto la peculiar oferta de Zach Condon como los propios discos de A Hawk and A Hacksaw mantienen ese nexo con el pop, en directo Jeremy Barnes y Heather Trost optan por prescindir de él y transcribir su repertorio para el acordeón, el violín y unas mínimas percusiones. En ese proceso, me temo, se pierde buena parte del interés que tiene su música, los muchos matices desplegados por unos metales y cuerdas aquí tan inexistentes como las hermosas melodías vocales, también borradas del mapa.

Si pintoresco resulta que un grupo de Albuquerque haga música zíngara, más paradójica le parece a quien firma esta crónica esa corriente testimonial que atraviesa el pop español cantando en francés (¿?). Más resolutivos y potentes en directo de lo que cabía esperar, uno no puede sin embargo dejar de preguntarse qué hace una banda de Pamplona como Souvenir traduciendo a ese idioma un clásico del rock nuevaolero en inglés como Hangin’ On The Telephone, de Blondie. ¿Rizar el rizo?

Así las cosas, tuvimos que esperar hasta cerca de la medianoche para sentir justificada la asistencia al festival, que encontró en el sueco-argentino José González a su redentor. Cantante y guitarrista de extraordinaria sensibilidad, como atestiguan sus dos imponentes discos, Veneer (2003) y In Our Nature (2007), González aglutina un brillante catálogo de referencias folk y pop manejadas con extraordinaria solvencia. Bebe de Nick Drake, sí, pero también de Víctor Jara -el toque percutivo, rítmico de las seis cuerdas y sus hermosos tejidos armónicos-, del primer Caetano Veloso, de la música africana y de Crosby, Stills & Nash -los juegos a dos y tres voces-. No hay trampa ni cartón, sólo los elementos tan sabiamente manejados en esos discos enormes. En solitario con la guitarra española, primero, o flanqueado luego por los coros y los detalles de percusión y teclado, José González impuso un respeto proyectado desde la fascinación que sus canciones infunden. Las suyas y, claro, también las ajenas. La magistral revisión de Teardrop de Massive Attack cayó justo al final, pero mayor aún fue la sorpresa del bis, el Love Will Tear Us Apart de Joy Division. Ovación cerrada, sentida y merecida.

Me disculparán, pero tras semejante despliegue de talento, lo de Friska Viljor, rock juerguista de alta graduación alcohólica, sonaba a broma.

PD: La foto de José González no corresponde al concierto del South Pop, es de recurso. Estos vídeos que vienen a continuación, tampoco. Pero qué bonitos son…

Teardrop

Down The Line

Hearbeats

Love Will Tear Us Apart

Los años de la luna en cáncer

Blas Fernández | 1 de mayo de 2008 a las 13:47

Cancer Moon

Josetxo Anitua (izquierda) y Jon Zamarripa (derecha).

Como desgraciadamente ya apunté en otra entrada de este blog, el pasado martes 22 de abril falleció en Bilbao a los 43 años de edad Josetxo Anitua, quien fuera cantante, letrista y compositor de Cancer Moon, una de las bandas más apasionantes, también injustamente semiolvidadas, del rock español de los 90. Con tres álbumes publicados en un periodo de cuatro años -Hunted by The Snake (1990), Flock, Colibri, Oil (1992) y Moor Room (1994), amén de varios temas dispersos en distintos recopilatorios-, el grupo, integrado en primera instancia por Anitua, el implacable guitarrista Jon Zamarripa y el hoy también desaparecido baterista Jesús Suinaga, supuso una especie de bisagra entre el eco ya remoto y desgastado de la sacudida pop que vivió España en los 80 y la por entonces todavía balbuceante eclosión indie, en primera instancia hinchada gracias a una crítica más entusiasmada por la posibilidad de cambio que vislumbraba que por los resultados reales de sus protegidos, quienes, contados con los dedos dos manos, aún tardarían tiempo en ofrecer discos con auténtica enjundia.

Situados en tierra de nadie, un terreno apenas compartido entonces por nombres como The Pantano Boas, Los Bichos y los Surfin’ Bichos, los integrantes de Cancer Moon, pronto reducidos al núcleo Anitua-Zamarripa junto a músicos de apoyo, experimentaron un desmoralizante rosario de idas y venidas por distintas discográficas -una por cada álbum-.

Ese detalle, sin embargo, apenas dejó mella en sus trabajos, imponentes colecciones de rock indómito oteando siempre las posibilidades experimentales del ruido eléctrico, aunque sí legó, por contra, un posterior efecto nocivo para la historia del rock de este país: ninguno de aquellos sellos, unos fruto de la despistada ambición comercial y otros del sincero ardor del fan, existe hoy en día; el resultado, puede imaginarse, es que toda la discografía oficial de Cancer Moon está descatalogada y que aquellos títulos emblemáticos sólo pueden adquirirse, con suerte, en tiendas de segunda mano, ferias de coleccionistas o recurriendo al bendito p2p.

Ello explica en buena medida el porqué del desconocimiento que aún en 2008 persiste respecto a una banda de semejante calibre y de tan decisiva influencia entre las generaciones de músicos y aficionados que la sucedieron, generaciones a las que debe resultarles difícil sospechar, a no ser que recurran a las hemerotecas, el impacto que en su momento provocó a los melómanos rock españoles la publicación de Hunted by The Snake.

Hunted by The Snake
Hunted by The Snake

Polar Records. 1990. LP / CD.

Una guitarra distorsionada y ululante nos daba la bienvenida en Ramblin’; luego, el contundente redoble de Suinaga y la voz de Anitua (Oh ramblin’ / Yes I do / Oh ramblin’ / That’s for truth / I could eat you like a ham) restallando en los oídos. “Perdón, ¿dices que son de aquí?”. La pregunta resultaba inevitable, pues hasta ese momento ningún disco español provocaba la duda de manera tan incontestable. Hunted by The Snake (Haunted, según el lomo de la edición en vinilo) no sólo soportaba las comparaciones foráneas, sino que le hablaba de tú a tú a sus coetáneos europeos y norteamericanos marcando el punto de fuga del rock underground contemporáneo español.

Pero Ramblin’ apenas es el principo. El muro de guitarras levantado por el maestro Zamarripa en Tell Me The Secret; las fieras espirales de (Feedback) The Iron Need, el puñetazo seco de Cruella Devil… Todo en Hunted by The Snake, una venenosa y adictiva mezcla de noise-rock, garage-rock y pop psicodélico que ya flirtea con la vocación experimental de sus creadores, va creciendo ante los incrédulos oídos del espectador hasta el lacerante bucle final de Voice of The Sax (bucle sin fin real en la edición en vinilo; en el formato CD se añadió como coda una versión de Iggy Pop, I Need Somebody).

La producción de Jaime Gonzalo, codirector de Ruta 66, fue en su momento denostada por el grupo, aunque contemplada en la distancia quizás resulte que aquella polémica respondiera más a la extraña situación de Cancer Moon en Polar Records, división de pruebas rock de un sello especializado en megamixes, que al trabajo de Gonzalo, que aguanta sin perder empuje el paso de los años.

Flock, Colibri, Oil
Flock, Colibri, Oil

Munster Records. 1992. LP / CD.

Tras resolver no pocos problemas contractuales, Anitua y Zamarripa, ya sin Suinaga y flanqueados por músicos de apoyo, recalan en la entonces pujante independiente Munster Records con la esperanza, vana, de recibir un trato mejor. Apenas cuentan con cuatro días, entre el 16 y el 19 de abril, para registrar su segundo álbum en un estudio de Burdeos. Y pese a todo, Flock, Colibri, Oil vuelve a desplegar una fascinante colección de canciones en la que, junto a las andanadas tan propias de Cancer Moon -de las que ya avisa el primer corte del disco, Solution (Mooncycle)-, gana peso ese componente ensayístico siempre presente en sus trabajos. Indians, registrada en un cuatro pistas casero, White Sky, Ink o Folks dan fe de ello. La edición en CD incluyó dos temas extras, ambos versiones, Human Jukebox, de The Scientists, y Girl#, de Suicide.

Moor Room
Moor Room

Radiation Records. 1994. LP / CD.

Instalados en Radiation Records, Anitua y Zamarripa parecen por fin disponer del tiempo y la calma suficiente para afrontar una grabación sin demasiadas presiones. Moor Room, mejor disco nacional del año para la revista Rock de Lux, tiende a considerarse su álbum más equilibrado, quizás por condensar en su docena de canciones todas las vertientes exploradas por el dúo en las entregas previas desde una perspectiva más madura y con mayor oficio. Todo está en él, la entrega de Josetxo al agarrarse al micro y dejarse el alma en unas melodías de oscuro atractivo y la imaginación de Jon tejiendo capas y capas de guitarras de las que sobresalen en los momentos precisos arrolladores riffs; la rabia -Girls Hangin’ Round, Sweet, Sweet Cake, Lie, Stupid Pumpgirl, In a Hurry- y la dulzura -I’m Head Down, Caster, Blue Sky y la impresionante Stone of Head-, la desazón -Daniel Boone, Wolf of Cool- y el toque marciano -Risin’-.

Y después de Moor Room, el silencio, o casi. Anitua, DJ residente en uno de los locales más conocidos de Bilbao, el Kafe Antzokia, siguió vinculado a la música tanto a través de variadas colaboraciones -entre otras con Le Mans y Single, además de un álbum de versiones junto a Atom Rhumba- como de proyectos propios -Josetxo Grieta-. Con su muerte el rock español pierde a uno de los personajes más notables e inquietos, amén de afables, de su historia. Otra pregunta inevitable. ¿Se le ocurrirá ahora a alguien reeditar los discos de Cancer Moon?

Una última sugerencia. Para profundizar en la historia de la banda resulta sumamente recomendable, por no decir indispensable, visitar esta web.

El pop de cámara de Sean O’Hagan

Blas Fernández | 1 de mayo de 2008 a las 11:09

Sean O’Hagan

Foto: Kev Hopper

“Empecé a escuchar a los Beach Boys desde una perspectiva artística a los 19 años. Claro que ya sabía de la música surf desde niño, pero el shock de Pet Sounds me llegó con 19″, evoca desde Londres Sean O’Hagan, líder de The High Llamas, cuando se le pregunta por uno de esos discos de onda expansiva aparentemente inextinguible. En cualquier caso, su banda, una de las propuestas más sugerentes en el cartel de la IV edición del South Pop Festival, que comienza hoy en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, no bebe sólo, faltaría más, de aquella obra magna. “Creo que Donald Fagen, a sus 57 años, es un hombre culto, muy culto, que podría porporcionarnos un buen discurso sobre música del siglo XX -afirma cuando se le interpela por otra influencia menos evidente, pero igualmente decisiva, Steely Dan-. Sostuvieron el espejo en el que se miraban sus contemporáneos y escribieron pop deslumbrante durante toda su carrera. Eso explica por qué los grupos de hip hop más cool todavía los samplean a saco”.

Pop deslumbrante es, a todo esto, una precisa descripción del trabajo llevado a cabo por The High Llamas a lo largo de casi dos décadas, una trayectoria que arranca a finales de los 80, cuando el irlandés O’Hagan abandona el grupo con el que ya obtuvo notable repercusión en el circuito independiente británico, Microdisney, para poner en pie algo completamente diferente. “Tomó su tiempo que el sonido surgiera, unos pocos años -explica-. Quería dejar atrás la noción moderna de rock’n’roll y crear una nueva música soul“.

High Llamas (1990), primer y único álbum firmado como Sean O’Hagan, perfilaba ya esa intención, pulida luego con acierto al convertir aquel título en el nombre de su nueva formación, que no tardaría en entregarnos un trabajo tan redondo como Gideon Gaye (1994), delicado y ensoñador tratado de pop suspendido en tramas orquestales que invita a sentarse tranquilo para disfrutar del paisaje y sus matices. Todo ello facturado, por cierto, mientras O’Hagan, versátil multinstrumentista, hacía doblete en uno de los grupos clave del rock experimental de los 90, Stereolab. “Recuerdo con agrado las primeras sesiones de discos como Space Age Batchelor Pad Music y Music for the Amorphous Body Study Center -comenta O’Hagan-. Estábamos de muy buen humor y nos sentíamos muy libres de hacer lo que quisiéramos. En cierto sentido, The High Llamas le cogimos prestado a Stereolab esa manera de hacer perezosa. Podría decirse que me sacó del mundo de Microdisney y me llevó al de The High Llamas”.

Colaborador asiduo desde entonces del grupo liderado por Tim Gane y Laetitia Sadier -muchos de los arreglos de Stereolab siguen llevando su firma-, O’Hagan ha trabajado también junto al primero en el campo de las bandas sonoras -entre ellas, La vie dâ’artiste, de Marc Fitoussi-. Sin embargo, su próximo proyecto fuera del grupo resulta a priori aún más llamativo, al tiempo que revela otra de sus grandes pasiones sonoras. “La música brasileña es algo muy importante en mi vida y en The High Llamas. Supuso el descubrimiento de un nuevo mundo para mí a partir de 1999, cuando realmente comencé a escucharla. Me encantan Marcos Valle, Lo Borges, Caetano Veloso, Gal Costa, Joao Gilberto, Jobim, The Tampa Trio… De hecho ahora estoy trabajando con Kamal Kassin en un disco que se titulará Kassin and Sean. Lo grabaremos en Río en junio”, avanza.

Los títulos junto a terceros se alternan con la discografía de The High Llamas, que tras la aparición de Gideon Gaye marcaría una línea ascendente -jalonada por álbumes tan deliciosos como Hawaii (1996) o Cold and Bouncy (1998)- con un importante punto de inflexión en Beet, Maize & Corn (2004), cuando la banda prescinde de la electrónica en favor de los sonidos orquestales reales. Pop de cámara en su máxima expresión. “Queríamos hacer una grabación que tuviera un sentimiento orgánico europeo (las cuerdas secas, las voces corales, armonías más extrañas…) y contrastarlo con esas baladas norteamericanas de los 50 con cuerdas reverberantes. Era una manera de sacar al oyente de lo que pensamos que ha llegado a ser un cliché, ese enredo de la electrónica fácil. Queríamos reinventar nuestro sonido y para ello prescindimos de la electrónica”, explica O’Hagan, quien reitera la fórmula con similar fortuna en la última entrega de la banda, Can Cladders (2007). La pregunta, claro, es cómo llevar todo eso al directo. “Simplemente, intentando capturar el espíritu con guitarra española, percusión, banjo, piano Wurlitzer, a veces vibráfono y, si es posible, cuerdas. Es caro y a veces nos resulta imposible llevarlas en vivo -dice-. Pero los grandes músicos brasileños, Caetano, Jorge Ben, Marcos Valle, tocan a veces sólo con la guitarra española…”.

The High Llamas actúa el sábado, en torno a las doce de la noche, en el South Pop Festival, que se celebra desde hoy en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Conciertos a partir de las 19:30 (hoy) y desde las 19:15 (mañana y el sábado). Más información aquí.

Ahí les dejo tres bonitos vídeos que he encontrado en YouTube…

Pony Bravo, autorí­a responsable

Blas Fernández | 26 de abril de 2008 a las 9:53

Pony Bravo

Foto: Celia Macías

“Intentamos trabajar con un enfoque diferente. En la artesanía de la composición hay mucho cliché en el que puedes caer. Incluso haciendo algo accesible, que en principio no es experimental, ni vanguardia ni nada por el estilo, tienes que comerte la cabeza y buscar”, afirma Daniel Alonso, cantante y teclista de Pony Bravo, la banda que mañana, con un concierto especial, pondrá punto final a la tercera edición del Festival Internacional de Teatro y Artes Escénicas de Sevilla (Fest).

La invitación para clausurar el certamen le llega al grupo -integrado además por Pablo Peña (guitarras), Darío del Moral (bajos y guitarras) y Javier Rivera (batería), los tres procedentes de otra formación local ya desaparecida, Renochild- en el momento idóneo. En activo desde hace poco más de dos años y tras haber puesto en circulación dos maquetas y un CD-single, su primer álbum, Si bajo de espalda no me da miedo (y otras historias), está a punto para ser editado por el sello local Discos Monterrey. Será el punto de partida de un nuevo tramo en el camino, hasta la fecha recorrido con notable polvareda gracias a internet, el boca a boca y los directos. “Creímos que íbamos a ser un grupo denso de los que les gustan a cuatro colegas, pero resulta que todo funciona mejor de lo que pensábamos”, dice Alonso.

Ese pequeño revuelo tiene su explicación: la originalidad, la voz propia que Pony Bravo ha conseguido desarrollar en tan corto espacio de tiempo. Su repertorio mezcla el español y el inglés con la misma naturalidad con que luego cuadra las referencias al kraut-rock, el rock sevillano de los 70 o Radio Futura. “A veces, cuando intentas hacer algo original es precisamente cuando no te sale -avisa-. Pero meterte en el jaleo de montar un grupo, de dar conciertos, no te compensa si no es para hacer lo que te gustaría oír. Además, somos de la generación eMule. Cualquier chaval de 20 años con interés ha escuchado hoy casi toda la historia del rock. Así que lo que nos preguntábamos es ¿por qué no se hacen otras cosas?”.

Esquivar el cliché; crear algo propio sin miedo a reconocer las influencias, ya vengan éstas de la música etíope de los 60 y 70, la electrónica de Kraftwerk o el flamenco. Pony Bravo, la canción, suena a western metafórico -con el pequeño animal escapando de la rueda del feriante y recuperando la libertad-; Lolita difumina perfiles de tango; Trinchera es un ardoroso blues y El guarda forestal, un imprevisible reggae… ¿Se pierde la coherencia? No, y eso también forma parte de la sorpresa. “Si te centras en un subgénero pensando que tienes el sonido lo único que consigues es un soniquete”, comenta.

A diferencia de su música, el discurso de Pony Bravo está aún en construcción. Escuchando a Alonso, cuyas ideas van a menudo más rápido que sus palabras, uno tiene la sensación de que el armazón teórico que sin duda sustenta su trabajo apenas está empezando a levantarse a golpe de escuchas e intuición, pero aún así revela ya una sólida estructura. “Hay un montón de gente que escucha un montón de música, que sabe, y lo que eso nos provoca es la responsabilidad de no hacer más de lo mismo”, insiste.

Escuchando el resultado, su álbum, pocos aventurarían lo accidentado del registro. “Nos lo grabó Raúl Pérez con Nacho García como ayudante técnico. Un tío de Nacho tiene un cortijo en el Palmar de Troya, y nos pareció un sitio perfecto porque tiene dos grandes salas, una de control y otra para tocar -recuerda Alonso divertido-. Teníamos bastante claro qué producción queríamos, sin clichés, sin fórmulas y con tiempo. Decidimos arriesgarnos y probar. Nos gastamos todo lo que teníamos alquilando equipos analógicos. Luego la realidad es que en el cortijo hacía muchísimo calor, olía a cochino, todo estaba lleno de moscas y a las tres semanas llegaron los dueños, que al ver a cuatro tíos en calzonas no tardaron mucho en decirle a Nacho que nos buscáramos otro sitio”.

Tras un rosario de estancias en casas de amigos y estudios de grabación, Si bajo de espalda no me da miedo (y otras historias) es ya hoy una gozosa realidad, acaso de las más notables que ha dado el rock sevillano en los últimos años.

“La decisión de optar por una licencia Creative Commons es totalmente ideológica; práctica, aún no lo sabemos”, comenta Daniel Alonso sobre la postura adoptada por Pony Bravo a la hora de editar su primer álbum, disponible en CD con un llamativo diseño obra de él mismo -amén de músico diseñador gráfico-, próximamente también en una edición limitada en vinilo y, en breve, en descarga copyleft a través de la web de la banda. Quien se decida a comprar el CD se encontrará con un precio ajustado, 10 euros en sus conciertos y 12 en las tiendas. “Muchos grupos apoyan públicamente a Creative Commons, pero luego registran sus obras en SGAE -apunta-. Si no conseguimos que un grupo con licencias CC funcione comercialmente aplicando nuevos modelos de negocio lo único que vamos a hacer es llenar entrevistas hablando de lo guays que somos, en lugar de hablar sobre música, que sería más interesante”. Alonso se muestra convencido de la necesidad de romper la rueda, “de acabar con lo que en la práctica es un monopolio de la SGAE, que a través de un control férreo y duro influye a la hora de cambiar las leyes y hasta consigue que tengas que pagarles aunque no estés con ellos. Toda la industria está cambiando y lo único claro es que hay nuevas posibilidades”, añade.

Pony Bravo y Monterrey DJ’s actúan mañana a las 20:30 en el Centro de la Artes de Sevilla (c/Torneo). Invitaciones desde una hora antes en el mismo espacio. Aforo limitado.

Hasta aquí la entrevista publicada hoy en Diario de Sevilla. A continuación, las notas que por cuestión de espacio se han quedado fuera.

Pony Bravo B

Foto: Celia Macías

“Yo empecé un poco como todo el mundo, componiendo con la guitarra. Después de un par de años comencé a hacer música para la compañía de danza Mota. Empezamos a montar piezas de quince minutos. Yo hacía la música y Juan las coreografías y la dirección del proyecto. Era electrónica con voces y un componente folk. Podía parecerse a Four Tet, pero mucho peor, claro. Y además, yo tenía ganas de trabajar en el rock. Había ahí unas influencias clásicas, de los 70, que pedían instrumentos. Estuve casi un año buscando músicos y pensando en ponerme a tocar solo por bares, pero justo cuando iba a empezar a hacerlo, Renochild, con los que ya había trabajado en cuestiones de diseño, se ofrecieron a ayudarme a montar las canciones. Grabamos una maqueta, empezamos a ensayar, Darío estaba libre… A los dos meses ya tenía claro lo que quería hacer, y ellos querían lo mismo. Así que decidimos montar el grupo en serio. Eso fue hace un par de años y medio”.

“Si no es para hacer algo distinto, no montamos el grupo. Hay músicos que lo son de oficio y tienen esa perspectiva, pero la mía es otra, desde fuera. Pablo, Darío y Javi tienen el oficio, mientras que yo vengo de las artes plásticas, del diseño. Empecé a tratar la composición como si fuera un cartel. Toco el piano y la guitarra lo justo para poder componer. Si hago arreglos, los toco como puedo y se los doy a Darío o a Pablo y ellos lo sacan”.

“Uno de los huecos que no se han llenado es el del rock andaluz, que no del flamenco-rock. El flamenco ha seguido su evolución mezclándose con el jazz y con otras músicas. Pero nosotros no podemos acceder a trabajar con eso porque no sabemos tocar ni jazz ni flamenco. Lo que sí podemos hacer es rock andaluz, trabajar con una iconografía y fusionarla con lo que hemos mamado desde chicos, la cultura anglosajona. Para nosotros es igual de natural escuchar a Triana que ver una película de Jim Jarmusch”.

“Todo aquello del rock andaluz parece que se corta a finales de los 70. La propuestas rock que han salido desde entonces, y hay cosas buenas, por supuesto, las aproximaciones de Sr. Chinarro, de Los Planetas, buscan el envoltorio estético, el hecho de que suene a fusión, y se genera una moda folclórica, localista, pero hacerlo de verdad es más difícil. Tienes que controlar tu género, que es el rock anglosajón, y fusionarlo a todos los niveles”.

“Para entrar en el flamenco desde el rock hay que viajar primero por la canción andaluza, por la copla, por Radio Futura, por Sr. Chinarro. Creo que a nivel local es un camino”.

“Para mí Triana es el único que, siendo un grupo de rock sin especial maestría técnica, desarrolla una autoría, una narrativa, una iconografía”.

“Que el rock sea un arte popular es muy importante para nosotros. ¿Qué es lo que pasa con el arte contemporáneo? ¿Que se enteran cuatro?”.

“Nos gustaría picar un poco de todo, hacer algo accesible. En sus comienzos Radio Futura decía que quería hacer pop-art, música de vanguardia que llegara a los 40 Principales. Nosotros no queremos llegar tan lejos, lo que sí sabemos es es que no queremos caer ni en lo fácil ni en la experimentación por la experimentación”.

“Nunca me gustó mucho la copla. Cuando era más joven lo que me gustaba era Radiohead y un montón de grupos mainstream, Pearl Jam y todo eso, y por entonces la copla no era para mí más que un vestigio de la posguerra. Pero ya con Pony Bravo, gracias a amigos que escuchan muy distintos tipos de música, descubrimos que en la copla hay cosas increíbles”.

“Con la excusa de Intervenciones en Jueves, en el Deshomenaje a Estrellita Castro, preparamos dos canciones y flipamos. Se pueden hacer montones de cosas. El folclore andaluz es tan rico en matices… Es como cuando vas al mercado y compras buena comida. Con nada que hagas tienes montones de matices”.

“Hemos montado La falsa moneda en la versión de Imperio Argentina y La niña de fuego basada en la de Caracol, la que cantaba Lola Flores”.

“La decisión de optar por una licencia Creative Commons es totalmente ideológica; práctica, no se sabe. Toda la industria está cambiando y lo único claro es que hay nuevas posibilidades. Las sociedades de gestión de derechos plantean hoy en España una situación muy parecida a aquella cuando Telefónica era la única compañía que te daba ese servicio. Una situación de monopolio. Luego se abrió el mercado, y aunque sigue habiendo problemas en ese sector al menos hay competitividad. Con las entidades de gestión de derechos pasa algo similar. Tendemos a la autogestión, y en vez de contratar a los abogados de la SGAE contratamos a los nuestros”.

“Creo que se puede trabajar con Creative Commons. La mayoría de las pequeñas independientes lo que quieren es sacar discos y cubrir gastos. La poca rentabilidad que tiene un grupo independiente al menos será para nosotros y no para los intermediarios”.

“Después del cortijo empezó un mes y pico de tour por casa de amigos. En la del pintor Manuel León, en Villanueva del Ariscal; en la de Pablo, grabando durante dos semanas cosas que faltaban; y finalmente en el estudio de Raúl, haciendo las mezclas”.

“Hoy en día es barato grabar, todo el mundo tiene un portátil; es más barato promocionarte, a través de MySpace; y somos parte de una generación con oficios o aficiones creativas: fotografía, vídeo, diseño… Así que resulta que ahora es más fácil que haya grupos. Y mientras que es habitual que la gente esté desmotivada en aspectos políticos o morales, la música sigue manteniendo un vínculo misterioso, sigue siendo un valor importante. Pero no creo que haya una escena sevillana. Hay muchos grupos que apenas se relacionan entre ellos, que no trabajan juntos, que no desarrollan canales de difusión de su trabajo. Y una escena es la interrelación de trabajos”.

“Otro enfoque, confuso hasta para nosotros, es el de intentar cubrir todas las gamas que tenemos en el día. Hay veces que me apetece escuchar a M. Ward, con sus canciones clásicas y bien tocadas, y puedo tenerlo de fondo mientras trabajo, cosa que no puedo hacer con Captain Beefheart o Pere Ubu. Sunset es una canción con toque retro y cinematográfico; Pony Bravo son escenas. Algunos componentes de nuestra música funcionan muy bien a nivel popular, pero quizás marcan una estética que no es la que queríamos”.

Adiós, Josetxo

Blas Fernández | 25 de abril de 2008 a las 11:00

 

Hace apenas un rato que acabo de actualizar el blog. Inicio la ronda habitual por los sitios que me interesan y me llevo un golpe que me descompone el día. El amigo Joan Vich avisa de que el pasado martes murió en Bilbao Josetxo Anitua, el que fuera cantante de Cancer Moon. Encuentro también la triste noticia en Música en la mochila y en El País de ayer. Tenía 43 años (¡43 años!).

El azar, ¿o no fue eso?, nos depara situaciones extrañas, muy extrañas. El mismo día en que Josetxo moría, sin tener aún ni idea de la triste noticia, cité aquí a Cancer Moon a colación de un concierto-fiesta del programa de radio que me ocupó algunos, bastantes, años de mi vida.

Y ahora, esto. Pues sí, se me amontonan y atropellan los recuerdos: primero las maquetas; luego, Hunted by The Snake sonando un día sí y al otro también; los oyentes llamando alucinados; las camisetas que con la portada del disco hizo mi novia de entonces; el corte de digestión de Josetxo al bajarse de la furgoneta, tras no sé cuántas horas de viaje desde Bilbao, y encontrarse en Tomares, en pleno verano, con una temperatura muy por encima de los 40 grados; la memorable actuación; las risas, las copas; las llamadas telefónicas; los posteriores conciertos en Sevilla de la mano de Producciones Informales; Flock, Colibri, Oil; las reseñas para Rock de Lux; Moor Room pinchado ya en otro programa; las entrevistas…

Y claro, me acuerdo de la referencia de Santi Carrillo en la reseña de Hunted by The Snake, en el número 63 de RDL (Abril, 1990): “Bienvenidos a la puesta de largo del spanish white noise. Cancer Moon -tal y como pronostica Blas Fernández- podría ser el punto de fuga más importante de la tensión-rock manufacturada hasta ahora en España…”.

Suena feo lo de citarse, ¿verdad? Lo siento. Eso supusieron para mí Cancer Moon. Eso sentí con aquel disco, el primero de una trilogía que aún hoy, supongo que para siempre, me resulta angular en la historia del rock de este país. Se me ha jodido el día, y me acuerdo de Josetxo.

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Mala baba, buen pop

Blas Fernández | 25 de abril de 2008 a las 9:46

Portada Punsetes

Los Punsetes. Los Punsetes. Gramaciones Grabofónicas. Pop / Rock. LP / CD / Descarga directa copyleft.

Foto Punsetes

“Los Punsetes son cinco. Viven en Madrid. Aman al Punset”. Busco en la web de Los Punsetes, de donde hace una semanas me bajé su homónimo álbum de debut, más datos sobre esta sorprendente banda, que finalmente llegó a mis oídos gracias a las recomendaciones de varios amigos madrileños y a los encendidos elogios recogidos a lo largo de la blogosfera.

Así me entero de que Los Punsetes, claro está, tienen nombres -Ariadna (voz), Chema (batería), Gonzalo (bajo), Jorge (guitarra) y Anntona (guitarra)- y de que con anterioridad habían hecho circular un par de maquetas y un sencillo en vinilo en el que ya se encontraba Accidentes, una de las canciones más inquietantes que recuerdo haber escuchado en los últimos años -Tú eres de los que miran en los accidentes / te gusta ver el cuerpo descompuesto de la gente / Por un instante lo que ves te hace consciente / y el sudor se te resbala suave y lento por la frente-, con su aire levemente aflamencado desbordado a última hora por unas guitarras que arañan.

Los Punsetes suenan ochentistas sin serlo. No citan a Parálisis Permanente en su impecable lista de influencias de MySpace -los únicos españoles que aparecen son Derribos Arias, Sr. Chinarro y Triana-, y sin embargo no recuerdo ahora mismo a otro grupo nacional que haya hecho del nihilismo su fuente de inspiración de una manera tan lúcida y bienhumorada (ese último detalle quizás sea el que más los distancia de la banda de Eduardo Benavente).

También hay algún corte que podría evocar a Los Nikis (Dos policias), aunque lo suyo es definitivamente más negro, negro como el futuro, negro ataúd, y no obstante tan rabiosamente vital…

Tengo un fondo de armario suficiente / para vestir cada día diferente / Tengo un trato discreto con la gente / no discuto y le sigo la corriente / Tengo encerrado un animal salvaje / si me lo cuidas me voy de viaje. Dos minutos condensan en Fondo de armario el espíritu de Autosufiencia, sólo que, quizás, filtrado desde otra óptica, una muy propia de 2008.

Y es que las letras de Los Punsetes son tan brillantes que uno corre el riesgo de ocupar el espacio comentándolas o, simplemente, reproduciéndolas. Pero en la suma de elementos que construyen el todo de una canción hay, obviamente, más. Su música bebe sin contemplaciones de la década antes mencionada, los 80 -también apuntan entre sus favoritos a The Church, Wire, Beat Happening, Joy Division, Television Personalities, The Chills, The Wedding Present, The Fall, The Triffids, Julian Cope…-, pero dista del mero revival tanto como de esa pose tan indie de estar redescubriendo el mundo. Su música, tan de los 80, a veces tan aparentemente deslavazada -Lo natural es desconfiar / Lo natural es que salga mal / Lo natural es la entropía / A lo mejor no
lo sabías-
, es el vehículo idóneo de una rabia indolente, pero tan contundente como un mazazo.

Ahí les dejó un vídeo de Accidentes, registrado en vivo, deduzco, en el madrileño Ochoymedio Club.