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“El artista es un tipo que se transforma cuando sube al escenario”

Blas Fernández | 1 de abril de 2017 a las 5:00

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“Me había hartado de bares, incluido alguno muy exitoso, como El Postigo, que estéticamente rescataba el ambiente de las tascas sevillanas, pero que por las noches se convertía en algo muy distinto: músicos, artistas, políticos de izquierda y el lumpen. La amalgama era peligrosa. Todas las lunas llenas había sangre. Tuve que ir a Santander en busca de un antiguo amigo, Pololo, muy grande y fuerte, para que se viniera con nosotros, porque yo ya no podía con eso. A los cuatro años dejé el bar y se lo quedó él”, cuenta Pepe Benavides de uno de aquellos locales que regentó antes de poner en marcha Fun Club, la veterana sala de conciertos de la Alameda de Hércules, que este domingo celebra su 30 aniversario con una fiesta especial y la publicación de un disco recopilatorio.

Melómano irredento y, como su propia sala, superviviente frente a múltiples avatares, hablar con él es hacerlo no sólo con un testigo directo de la evolución de la escena musical local durante las últimas tres décadas, también de la radical transformación del céntrico bulevar sevillano. Leer el resto del artículo »

El ruido del Monkey

Blas Fernández | 17 de octubre de 2016 a las 14:44

Foto: Juan Carlos Muñoz

Foto: Juan Carlos Muñoz

Me lo contaron algunos espectadores que acudieron el pasado jueves al concierto de Niño de Elche en el Teatro Central y lo comprobé en persona al día siguiente, cuando hice el mismo camino para escuchar a Michael Rother. Cuando uno cruzaba el puente de la Barqueta no era rock lo primero que oía, sino a una banda de cornetas y tambores que ha tomado el espacio público como perenne local de ensayo.

Como vecino del entorno de Torneo hasta hace bien poco, no sólo he sufrido a King África sonando a todo trapo a las seis de la mañana -al parecer, las discotecas que en cierta época florecieron a las orillas del río están exentas de acatar la normativa municipal-, sino también esa permanente puesta a punto de las bandas procesionales. Si uno es de levantarse bien temprano, como es mi caso, eso lo lleva regular, francamente.

Le explico todo esto antes de admitir que entiendo las legítimas quejas de algunos vecinos de la Alameda de Hércules respecto a las molestias que les pueda haber ocasionado la celebración allí, durante el fin de semana, del Monkey Week. Lo que evidentemente no comparto es la inmediata instrumentalización de esas protestas por parte de sectores interesados para cargar contra el festival y, en el fondo, contra el apoyo que éste ha recibido del Ayuntamiento.

Uno, que tiene ya una edad y ha visto a Sevilla oscilar entre el entusiasmo y la abulia en varias ocasiones, sospecha que lo que molesta a quienes amplifican esas quejas no es tanto el ruido ni las vibraciones que provoca, sino el miedo a que se resquebraje su postal sepia de la ciudad, su idealizada (y fosilizada) concepción de la urbe, mucho más compleja y diversa de lo que ellos están dispuestos a aceptar.

Sevilla, es bien sabido, puede presumir de un largo historial de iconoclasia protagonizado por creadores de todas las disciplinas, transgresores tolerados por la caspa como rarezas, excéntricos exponentes de un mínimo, piensan ellos, porcentaje de ciudadanos a los que quizás les trae al pairo, o no, la Semana Santa (¿Semana?), la Feria de Abril y el Rocío, pero que padecen y aceptan todas las molestias que esas celebraciones les acarrean, desde ruidos a cortes de tráfico; desde aglomeraciones que les impiden acudir con normalidad a su trabajo hasta otras que retrasan su regreso a casa.

¿Y si ese porcentaje de iconoclastas resulta no ser tan pequeño? Intuyo que es la visibilidad de los raros del Monkey Week, un rotundo éxito de público, lo que tanto indigna a los adalides de la Sevilla eterna -que es, como quien dice, la Sevilla de anteayer-, ésa que se rasga las vestiduras y recurre al insulto ante un festival de rock pero que no dice ni mu ante asuntos tan escandalosos como la cesión a una cofradía de un Bien de Interés Cultural, los Baños de la Reina Mora, expropiados y restaurados con dinero público, como tan bien explicó en su día, en Diario de Sevilla, el arquitecto José García-Tapial y León.

Entiendo las quejas de aquellos vecinos de la Alameda que durante dos días, dos, han sufrido molestias. Será sin duda una de las varias cuestiones que el festival tendrá que replantearse de cara a futuras ediciones. Pero, por favor, pongamos un poco de cordura en este asunto, otro tanto de tolerancia y, desde luego, respeto. A ver si así, entre todos, evitamos repetir este anacrónico bochorno.

“El paso lógico del Monkey Week era venir a Sevilla”

Blas Fernández | 10 de octubre de 2016 a las 5:00

Foto: David Clares

Foto: David Clares

Tras siete ediciones de crecimiento constante en El Puerto de Santa María, el Monkey Week, híbrido de festival urbano y feria de la industria musical independiente, desembarca esta semana por primera vez en Sevilla, convirtiendo el entorno de la Alameda de Hércules en su nueva sede. Su amplia oferta arranca este lunes en el Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla (Cicus) con los conciertos y proyecciones del miniciclo de documentales musicales DOC, aunque la auténtica “tromba”, como le gusta decir a Tali Carreto, codirector del encuentro junto a los hermanos Jesús y César Guisado, llegará el próximo jueves y se prolongará hasta la madrugada del domingo.

-Explíquele a quien no lo sepa por qué el Monkey Week no es un festival al uso.

-Fundamentalmente, por dos cuestiones. Por un lado, tiene un carácter de feria profesional muy marcado, con conferencias, mesas redondas, encuentros, mercado con empresas del sector, instituciones… Por otra parte, es un festival urbano, no se celebra en un recinto aislado ni es un macrofestival, sino que busca que la música se viva en la calle, que puedas saltar de un espacio a otro y, de camino, puedas pararte a tapear o a tomar un café. Y usamos los espacios de la ciudad, tanto los que habitualmente tienen programación musical, como Fun Club, Holiday, Sala X, La Calle, Malandar…, como aquellos que nosotros convertimos en espacios escénicos, que es lo que hacemos con el parking del Hotel Patio de La Cartuja o con la pista de coches de choque que instalamos en la Alameda.

-Serán más de 150 bandas repartidas en 19 escenarios diferentes. ¿Es el Monkey más ambicioso?

-Desde luego, se nos ha ido de las manos… Jajaja… En realidad, siempre intentamos controlar la cifra de conciertos. Nos decimos vamos a meter 75 grupos de showcases y que toque dos veces cada uno. Pero luego nos dejamos llevar por la emoción, empiezan a sumarse colaboraciones, otros agentes que presentan aquí a sus bandas y, al final, eso, se nos va de las manos. Puede que sea el más ambicioso, sí, pero sobre todo por la lógica que conlleva el cambio de ubicación. Desde luego, es el mayor número de escenarios que hemos tenido jamás.
 
-En su momento, esgrimieron razones de carácter práctico para argumentar el cambio de ubicación a Sevilla. Parece evidente que había más…

-Nuestras razones, sobre todo, obedecen a la logística. Pero también hemos dicho en más de una ocasión que, desde el principio, el actual equipo de Cultura del Ayuntamiento de Sevilla entendió muy bien el proyecto y su necesidad de crecer. En realidad, se dio un cúmulo de circunstancias. En El Puerto estábamos tocando techo, era complicado ya en cuanto a infraestructura de hoteles, de transportes… El año pasado teníamos a un montón de transfers yendo al aeropuerto de Sevilla, al de Málaga, al de Gibraltar… Sevilla plantea ventajas en ese sentido. Tienes aeropuerto, tienes Santa Justa y tienes hoteles. No era la primera vez que nos tiraban cañas desde otras ciudades, pero Sevilla comprendió qué necesitaba el festival para crecer. Sobre todo en la vertiente profesional.

-Da a entender, entonces, que el Ayuntamiento de El Puerto no comprendía el proyecto.

-No me refiero siquiera al Ayuntamiento actual. A lo largo de siete ediciones, creo que nunca llegaron a entenderlo. Hace tres o cuatro años vivimos un momento bisagra. Se dieron cuenta de que el festival era beneficioso para la ciudad, pero creo que nunca llegaron a entender el riesgo económico y el esfuerzo brutal que hay detrás de él. Nuestra empresa, La Mota Ediciones, organiza a lo largo del año diversos eventos para los que no solicitamos a las instituciones ningún tipo de ayuda económica. Haces un festival, como El Freek Fest de Puerto Sherry, y asumes tus riesgos. La gente paga su entrada y consume en tus barras. No veo la necesidad de tener ahí un apoyo del Ayuntamiento. Ahora, cuando creas un evento que es beneficioso para toda la ciudad, que genera un importante retorno económico para el sector hostelero… Ahí creo que sí debe haber un apoyo mayor. Y durante años lo echamos en falta. Sólo surgió ese ímpetu cuando anunciamos la decisión de trasladar el festival a Sevilla. Pero ya digo que no se trata sólo, ni mucho menos, de aspectos económicos.

-Por cierto, ¿qué otras ciudades tiraron la caña?

-Estaría feo decir nombres, ¿no? Otra ciudad andaluza, una del norte de España… Fueron las dos propuestas más serias, pero teníamos claro que el paso lógico del Monkey Week era venir a Sevilla. No tenía sentido moverlo fuera de Andalucía ni moverlo a una ciudad que te ofrecía un recinto enorme, pero que hacía que se perdiera la característica de festival urbano. Ahora nos queda la prueba de fuego, comprobar si esta edición sale como esperamos.

-¿Cuál es el compromiso del Ayuntamiento de Sevilla? ¿Se limita a esta edición o se prolongará en los próximos años?

-Desde luego, venimos con la intención de quedarnos y de contar con el apoyo no sólo del Ayuntamiento. Para nosotros es importante conseguir aquí lo que tanto nos costó en El Puerto. Porque cuando anunciamos el traslado hubo muchos lamentos, pero al principio nadie nos quería allí. Nos costó mucho que la gente de El Puerto aceptara el Monkey. No fue llegar y besar el santo, pero al final acabó tomándolo como algo suyo. Más allá del apoyo institucional, eso es muy importante. Si conseguimos que este mismo año el sevillano comience a sentir el Monkey como algo suyo, entonces será que lo estamos haciendo bien.

-La pregunta inevitable y necesaria: ¿Qué presupuesto manejan?

-En torno a 220.000 euros.

-¿Y cuánto es dinero público?

-50.000 euros del Ayuntamiento de Sevilla y 5.000 euros de la Junta de Andalucía, que une la ayuda del Instituto Andaluz del Flamenco y la de la Agencia Andaluza de Instituciones Culturales.

-Pues teniendo en cuenta la relevancia que ha conseguido el festival, y su apuesta por crear industria, la aportación autonómica parece escasa…

-Sí. Bueno, también nos ceden el Teatro Central, pero aún así es escasa.

Los hermanos Guisado, César y Jesús, y Tali Carreto. / Andrés Mora

Los hermanos Guisado, César y Jesús, y Tali Carreto. / Andrés Mora

-En cualquier caso, la inversión privada supera con creces a la pública.

-Claro. En ese sentido también es muy importante para nosotros el Monkey Market, el mercado profesional: los ingresos que aportan las empresas participantes se distribuyen luego en bolsas de viajes, alojamiento de las bandas… Lo curioso es que hay administraciones foráneas que aportan lo mismo que la Junta de Andalucía, como el Institut d’Estudis Baleàrics (IEB), que hace una misión comercial presentando a tres grupos; la Diputación de Córdoba o el Gobierno Vasco, a través de Basque Music, que también montan su stand. Son instituciones que confían en la proyección que el Monkey puede dar a sus bandas. Bueno, así estamos. En El Puerto recibíamos muchas críticas por parte de quienes nos consideraban un festival subvencionado… La gente habla sin conocimiento.

-Y luego están los patrocinios. Muchos de los escenarios van asociados a una marca comercial.

-Es que es la única manera de que esto salga adelante, con la colaboración de patrocinadores privados.

-Además de los escenarios oficiales, también han aparecido escenarios off, espacios que se suman a la programación aunque sea desde los márgenes…

-Sí, por ejemplo en Red House, donde los del colectivo Oh My Cat han programado una tarde con la gente de su escudería. O en el bar Sacramento, que ha montado un concierto con Ramona y The Gamuzzinos. Eso también sucedía ya en El Puerto. Y nosotros, encantados. Nos gusta que la música se expanda. Es la filosofía del Monkey: crear una tromba musical.

-¿Esperan también un mayor número de acreditados en las jornadas profesionales?

-El año pasado fueron 367. Este vamos a superar con creces esa cifra, en torno a los 500. Y lo mismo pasa con la prensa, esperamos que sean en torno a 220. Hemos notado que el cambio a Sevilla ha disparado esa demanda.

-Cuando el Monkey Week arrancó era, prácticamente, la única feria centrada en la industria musical independiente. Luego han surgido propuestas muy potentes y con mayor respaldo institucional, como el Bime de Bilbao. ¿Temen la competencia?

-Creo que son dos propuestas muy diferentes. De hecho, nos llevamos muy bien y colaboramos entre nosotros. Los dos nos dirigimos a la industria, pero mientras Bime apuesta más por el perfil tecnológico, nuestra apuesta es por la música en directo. Los promotores nacionales e internacionales que vienen al Monkey acaban comprando la gira de tal o cual grupo porque lo han visto en directo. La competencia, siempre que se clara, leal, es buena. Eso sí, la diferencia de presupuesto entre el Bime y nosotros es abismal. Desgraciadamente, todavía nos toca convencer a las instituciones de nuestra comunidad de que es bueno apoyar a una feria profesional en torno a la música, que es bueno y productivo apoyar a la industria musical. Con ésta van a ser ocho ediciones. Quién sabe, quizás para la novena haya un cambio de actitud.

-De los 19 oficiales, destaque un escenario por su singularidad…

-Creo que uno que va a estar en boca de todos, que va a ser un hervidero, será el Happy Place X, que montan con nosotros el sello discográfico y la sala de conciertos. Es esa pista de coches de choque que he mencionado antes, con los grupos tocando dentro.

-¿Y una actuación?

-No suelo mojarme con eso porque, como coordinador del festival, lo importante es destacarlos a todos, a esos más de 150 grupos. Pero esta vez sí voy a hacerlo, con una banda internacional, así no se molesta nadie… Tengo mucho interés en reencontrarme con Mariel Mariel, una chica chilena a la que vi en México y me pareció increíble. Tiene una fuerza escénica brutal. Además, creo que cualquiera de las noches en el Teatro Central va a tener su punto distintivo, con Niño de Elche & Los Voluble, Michael Rother y Lee Fields. Aunque al final, el fuerte del Monkey es esa marea de bandas… De hecho, creo que la mayor parte de nuestro público no viene al festival tanto por los cabezas de cartel como por descubrir nuevos grupos, nueva música.