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“España es hoy un estado catatónico”

Blas Fernández | 8 de abril de 2018 a las 5:00

Foto: Juan Carlos Vázquez

Foto: Juan Carlos Vázquez

“España es hoy un estado catatónico, está ahora mismo como atontá, con una resaca muy gorda de algo que se ha tomado y que no era lo que le dijeron que compraba. Es como con esas parejas infieles a las que les llega un momento en el que les da igual ocho que ochenta. Me ha puesto los cuernos tantas veces que, total, qué más da. Eso es lo que está pasando: que nos hemos acostumbrado a que nos pongan los cuernos”.

Vuelve Andrés Herrera, Pájaro, más combativo que nunca con Gran poder (Happy Place Records), tercer trabajo de su propio grupo desde que decidiera dejar de ser guitarrista de lujo en proyectos de terceros para reivindicar un protagonismo no por tardío menos indiscutible. Lo demostró con Santa Leone (2012) y lo confirmó con He matado al ángel (2016). Ahora revalida la apuesta con un disco que esquiva algunas de sus anteriores señas de identidad: esta vez no hay ninguna versión de su idolatrado Silvio, con el que durante tantos años compartió escenarios y grabaciones, ni sombra de aquel influjo de cornetas y tambores que algún cachondo dio en denominar surf cofrade. Mantiene, eso sí, el aroma a spaghetti western, entre otros efluvios italianizantes, y las efectivas píldoras de rock’n’roll marca de la casa, cánones entre los que gana peso el espíritu de aquella canción protesta en su acepción más noble.

Ya lo avisó el sencillo de avance, A galopar, una singular recreación de la adaptación que Paco Ibáñez hiciera de Galope, el célebre poema de Rafael Alberti. “Hay una frase que me gusta mucho -explica-, no sé si de la segunda guerra mundial o posterior: hubo algo peor que los nazis y los fascistas, quienes no hicieron nada para impedir su existencia. Mira que Silvio decía aquello de somos católicos, no protestantes, pero, en los tiempos que vivimos, ese a galopar hasta enterrarlos en el mar me ha salido del alma. Es una canción desconocida por los jóvenes, que están en otra cosa. Ya ni siquiera van a conciertos, se ha perdido la costumbre, van a discotecas a embrutecerse”.

¿Eh? Oiga, eso suena un poco a abuelo cebolleta… “Jajaja… Sí, es que estoy muy abuelo cebolleta. Me estoy haciendo mayor. Con lo que yo he sido… Recuerdo salir del estudio de grabación en la Alameda a las cinco de la mañana -dice en referencia a los extintos Estudios Central- e irme andando hasta el Barrio de Santa Cruz para ponerme allí a tocar con el vacilón y escucharme en ese silencio. Ahora, a mis 55 años, no sería capaz de hacerlo ni siquiera sin guitarra. Se me está poniendo miedo de persona mayor”.

El segundo sencillo, Los callados, incide en esa misma línea. “Yo no tengo esa desgracia, pero gente de mi barrio, como Paco León… -señala el de Parque Alcosa-. Los callados son los que están enterrados en las orillas de tantas carreteras. Y también es un pequeño guiño a Los olvidados de Luis Buñuel, una película que me dejó impresionado. A veces, cuando oigo la letra, me digo Pájaro, aquí te has puesto un poquito tierno. Pero es una canción bella, quizás no muy representativa de lo que había compuesto hasta ahora, pero tenía ganas de hacerla”.

Y lo cierto es que resulta particularmente oportuna en un momento en el que los (más) mayores han decidido no callarse. “Si los músicos no hablamos de lo social ahora, ¿cuándo lo vamos a hacer? -se pregunta Andrés-. Yo nunca voy a ser pensionista, porque los músicos cotizamos menos que un bolígrafo, pero sí que me gusta lo que están haciendo: darle una bofetada a tanta gente joven que vive en la inopia, que es lo que interesa al sistema, que la gente esté entretenida con el Betis, los cubatas y el reguetón”.

Oiga, ¿otra vez? “Yo es que lo del reguetón no lo entiendo -confiesa-. Si fuera mujer no es que me indignase con eso, es que iría por ahí con una pistola. No, no… Yo tengo cuatro hermanas y una hija, y cuando escucho esas letras…”.

Lo social se cuela, de hecho, en los múltiples niveles de lectura de un Pájaro que se crece como letrista. En ese sentido, quizás no haya mejor ejemplo en el nuevo álbum que Rayo mortal, la canción que indirectamente da título a Gran poder. “Creo que hoy lo tienen las mujeres -considera-. Nosotros tomamos decisiones, ganamos más dinero, pero al final, las que organizan, las que llevan, las que mandan, son ellas. Hay gente que piensa que es una canción mística, pero no, para nada. Ese Gran poder es el que tenemos para luchar contra esta basura que nos rodea. El poder lo tenemos nosotros”.

Pero ojo, que nadie espere trazos gruesos y tono panfletario. “Reconozco que después de haber trabajado con Kiko Veneno y tantos otros buenos letristas me he vuelto muy exigente. De todas las versiones que he hecho de cada canción tengo ahora mismo en mi casa papel de sobra para vender y hasta ganar dinero”, bromea.

Hablando de letras, sorprende que una de aquellas en las que a priori pudiera intuirse mayor sesgo autobiográfico, Yo fui Johnny Thunders, salga del libro homónimo del novelista Carlos Zanón. “Carlos nos había mandado una letra que era, supongo, como él piensa que se hace la letra de una canción. Pero no, no… Tú escribe novelas, tío… Le dimos muchas vueltas hasta que una mañana Raúl se levantó -dice refiriéndose a Raúl Fernández, el otro pilar de Pájaro junto al también guitarrista Paco Lamato-, cogió el libro de Carlos, que nos lo sabemos de memoria porque nos gusta un montón, y tuvo la habilidad de ir sacando de ahí cada una de las frases”.

Foto: Juan Carlos Vázquez

Foto: Juan Carlos Vázquez

Otra curiosidad: el instrumental que cierra el disco, una versión a dos guitarras de palo, tan bonita como casi irreconocible, del Let’s Go Away for Awhile que Brian Wilson escribiera para el Pet Sounds de Beach Boys. “La original ya es complicadísima -reconoce-. Se nota que la compuso alguien con una cabeza matemática. La hicimos Raúl y yo para un programa de Radio 3 y nos gustó tanto que decidimos meterla. Es un cierre perfecto para el disco. Sólo le cambiamos el título, Migrar“.

Por último, ¿sabía que otros dos grupos sevillanos habían utilizado ya ese mismo título, Gran poder? Orthodox lo hizo en un álbum y Sr. Chinarro en una canción. “Lo de Chinarro no lo sabía; lo de Orthodox sí. Me molan, sin sonar para nada como Pájaro, tenían entonces un rollo parecido en cuanto a picar de la Semana Santa… Lo que no se puede nunca es ser tan pesado como los cofrades, con perdón. Yo con treinta y pico años decía aquello de soy rockero y cofrade como mi padre, pero con 55, después de haber vuelto a empezar de cero, los veo muy pesados. Es como si te llenaran la boca de torrijas: un martirio”, ironiza. O no.

“El perfeccionismo termina siendo un auténtico problema”

Blas Fernández | 3 de abril de 2016 a las 5:00

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Santa Leone
(Happy Place, 2012) nos devolvió a Andrés Herrera, Pájaro, no sólo en pleno estado de forma, sino también en un rol hasta entonces inédito. El antaño guitarrista de Silvio, entre tantos otros, dio un paso al frente y se convirtió en protagonista principal de una aventura con repercusión inesperada. A diferencia de su maestro, Pájaro, genio y figura, desbordó el ámbito local y cosechó parabienes y conciertos por todo el país, incluido un bolo en Zaragoza como telonero de Bob Dylan el pasado año. La continuación de aquel celebrado disco tenía ya fecha de presentación en el Monkey Week cuando un desafortunado accidente abortó el proyecto. Y han tenido que pasar cuatro año para que He matado al ángel (Happy Place, 2016) demuestre que, en efecto, Santa Leone no fue un delicioso espejismo.

-Se partió un pie y eso cambió el disco que tenía en la cabeza. ¿Vino bien el accidente para hacer las cosas con más calma?

-Pues la verdad es que fue una suerte. Mi madre decía que yo había nacido con una rosa ahí donde termina la espalda… Realmente, el proyecto que íbamos a presentar en el Monkey Week no estaba nada mal, pero cuando me partí el pie, como tenía tanto tiempo, empecé a componer canciones nuevas. Y creo que las mejores de He matado al ángel las hice a partir de ahí.

-Maneja los mismos registros que ya usó en Santa Leone: western, canción italiana, una versión de Silvio, adaptaciones de partituras clásicas… En ese sentido, resulta un disco continuista, pero mucho más elaborado…

-El disco perfecto no existe, como tampoco existen el cuadro perfecto o la novela perfecta. Aunque yo crea que siempre se puede hacer mejor, el perfeccionismo termina siendo un auténtico problema, porque con ese afán perfeccionista nunca acabas. Pero sí, nos lo hemos currado mucho más. Por ejemplo, en este disco Raúl aporta muchas guitarras sacrificadas, sencillitas, de ésas que parece que nadie ha tocado, pero que son las que realmente le dan carácter a la canción. Es un disco muy elaborado. Además, el padre de Raúl, Javier Fernández, nos construyó unos amplificadores parecidos a los que usaban los Stones al comienzo. Una maravilla. Llevábamos toda la vida intentando sacar ese sonido sin saber de dónde venía… Pues de unos amplis chiquititos de dos watios.

-¿Y cuándo decidieron que tenían que terminar?

-Cuando ya estábamos con el agua al cuello. En realidad, aunque lleváramos cuatro años dándole vueltas, el disco se empezó a grabar en mayo. Así que tampoco es que hayamos tardado tanto. Pero, entre que me partí el pie, que cambiamos el repertorio… Pasaron muchas cosas, pero creo que el universo ha conspirado en nuestro favor. Estoy muy contento con el resultado.

-¿Se esperaba la repercusión que, a la larga, tuvo Santa Leone?

-No, para nada. Sabía que estaba bien, que eran buenas canciones, que todos mis colegas me felicitaban… Pero no, no me lo esperaba. Era la primera vez que cantaba en un disco, me escuchaba desafinado… Creo que este disco está mejor cantado que el otro, ahora le tengo menos miedo al micro. Es un mundo… De ser guitarrista a ser el cantante, el que da la cara… Menos mal que llevo a una banda que no es una banda, es el arca de Noé.

-¿Y qué recuerda con mayor cariño de ese inesperado reconocimiento?

-Casi todos mis amigo han puesto la canción Santa Leone como tono del móvil. Y yo, pero tío, tío… ¡Que eso me da mucho corte! Hombre, no sé si eso es más importante que telonear a Dylan, pero es tela de importante.

-¿Le presentaron sus respetos en aquel concierto en Zaragoza?

-A Dylan en los camerinos no lo vio nadie. Ni la guardia mora de Franco lo hubiera hecho mejor que sus guardaespaldas. Y lo entiendo: ser Pájaro ya es un coñazo; imagínase ser Dylan, que lo conoce todo el mundo. Sólo lo vimos donde teníamos que verlo, en el escenario. Alucinante. Raúl y yo estábamos con una lagrimita… Hasta se nos había olvidado que habíamos sido los teloneros de Bob.

pajaro_lvp_2-Tenían canciones para dos disco. ¿Cómo eligieron finalmente el repertorio?

-Fue difícil. Por ejemplo, un día estábamos en el estudio regrabando algunas cosas y llegué con el Vieni con me, que la saqué por mi perro, porque tengo un perro que no me hace ningún caso. Le decía vieni con me, a ver si venía. Pues llegué con esa canción, se la enseñé a los del grupo y me dijeron ¿esto por qué no lo has traído antes, Pájaro? Pero estas cosas uno no se las propone. Las canciones no se escriben cogiendo un lápiz y un papel y diciendo voy a escribir una canción. La canción te viene y, como decía Picasso, tiene que cogerte trabajando. Si cuando te viene no tienes a mano la guitarra y la grabadora, la has cagado.

-¿De dónde la viene esa atracción por la canción italiana?

-Claramente, viene por Silvio, que nos cantaba todas esas canciones. Yo entonces no conocía tanta música italiana, pero Silvio se las sabía de la radio y del pick-up. Él las cantaba, las mezclaba, como en su versión de Anna perché de Nicola di Bari, que es surrealismo puro. Pero creo a mí me hizo más italiano el cine que la música. Las películas italianas, y no sólo las de oeste, tenían unas bandas sonoras brutales. Todas esas comedias italianas que nos tragábamos de chico en los cines de verano… Como mi padre era proyectista y yo pasaba las películas siete veces, me quedaba con la música sí o sí. Creo que el italiano es de los idiomas más musicales que hay. Desde luego, es más difícil cantar rock’n’roll en español que en italiano.

-En Santa Leone cantaba Las criaturas y Tres pasos hacia el cielo; en He matado al ángel, El pudridero. ¿En cada disco de Pájaro vamos a escuchar una canción que ya interpretó Silvio?

-No, no… En el caso de El pudridero, era una asignatura pendiente que yo tenía con esta canción, una de mis favoritas de siempre, de las más importantes de mi vida. Cuando la escuché por primera vez, siendo un chaval de quince años, me quedé flipado. Me dije con éste tengo yo que tocar. ¿Y sabe lo que pasa? Que de Madrid para arriba nadie conoce esta canción. Aquí en Andalucía conocemos la obra de Silvio, pero los gallegos no, ni los vascos…

-¿Cómo se le ocurrió esa versión, mitad rock mitad swing, de La danza del fuego de Manuel de Falla?

-Lo primero que hago por las mañanas es tomarme un café y coger la guitarra con la grabadora al lado. Creo que lo primero que tocas por la mañana es bueno. Has dormido, te despiertas y abres el disco duro de tu cabeza. La danza del fuego me salió así. Estaba improvisando blues y, de pronto, me di cuenta de que estaba tocándola. Y seguí. La verdad es que me encanta la música clásica. Me gusta escuchar a Pavarotti por las mañanas. Mis vecinos deben de pensar que estoy loco: por las mañanas escucho ópera y a las ocho de la tarde cojo la Gibson y empiezo a tocar rock’n’roll. Pero es que con la ópera muero.

-Aunque resulte un disco realmente divertido, He matado al ángel guarda también, desde la misma portada, cierto tono apocalíptico…

-Creo que a cualquier persona sensible le afecta la situación actual. Lo cierto es que el mundo está un poquito apocalíptico, como si viviéramos un momento de preguerra, y creo que hay que ponerle banda sonora a lo que está ocurriendo, mojarse. Todos deberíamos hacerlo, pero muchas veces no sabemos cómo. Éste es mi granito de arena.

-Guadalupe Plata, El Twanguero, Julián Maeso, Los Saxos del Averno, Los Quiero… Se le llenó el disco de colaboradores de altura…

-Todo esto sale hablando. Alguien te comenta he conocido a un guitarrista, Diego García, El Twanguero, póntelo que vas a flipar… Lo escuchas y te dices madre mía, ya me gustaría que tocara en una canción mía… La novia de Raúl, Raquel, lo conoce. Pero si es amigo mío. Os lo presentó. Y el tío encantado de colaborar, igual que Los Quiero o Julián Maeso, que para mí, más que un colaborador, es ya uno más de la banda, aunque tenga su propia historia. Los Saxos del Averno se han pegado un curro brutal. Y salió igual. Me dijo Raúl hay unos tíos que podrían tocar en el disco y tengo el teléfono de uno de ellos. Veía exagerado lo de cuatro saxos, pero cuando los escuché… Si quitáramos las colaboraciones no sería el mismo disco. ¿Y lo de Guadalupe Plata? ¿Eh? Son amigos y grabar con ellos fue un gusto.

-¿Va a tardar otros cuatro años en grabar nuevo disco?

-No, de hecho ya estoy preparando otro proyecto: ocho canciones de Víctor Jara tocadas en directo en el estudio, y no van a ser de las más conocidos, tipo Te recuerdo Amanda. Ya estamos con ello. Será un disco con muy pocos instrumentos, llevándonos las canciones al territorio de Pájaro, al folk-rock. De chico, los tres personajes más importantes para mí eran Bruce Lee, Jimi Hendrix y Víctor Jara. De los tres tenía pósters en mi habitación.

-Eso suena muy… generacional.

-Jajaja… Sí, los de nuestra generación pasamos del western al kung-fu. Salíamos del cine a puñetazos con los colegas.

-¿Y disco con material propio?

-Ya no nos coge más el tren. Como decía Silvio, en política está bien cada cuatro años, pero en música se puede hacer un disco cada dos. Pero tienen que pasarte cosas. Hacer un disco por año… No seas fatiga, que te pase por lo menos algo que puedas contar. Yo creo que las canciones tienen que tener un poco de verdad.

*Las fotografías que ilustran esta entrevista son obra de Victoria Hidalgo.