Lapido sustituye a Lagartija Nick en ‘Nocturama’
Un accidente del vocalista, Antonio Arias, tras saltar del escenario en el festival ‘Cabañeros Suena’ impide la prevista presencia en Sevilla del grupo granadino
Un accidente del vocalista, Antonio Arias, tras saltar del escenario en el festival ‘Cabañeros Suena’ impide la prevista presencia en Sevilla del grupo granadino

Fennesz
Hace unos días adelanté en Diario de Sevilla la programación de Nocturama para el próximo mes de agosto, programada por La Suite Creación y centrada en grupos nacionales. Hoy ya puedo avanzar también la de julio, dedicada a propuestas internacionales y confeccionada por Green Ufos.

David Johansen. Foto: Juan Carlos Muñoz.
Media hora para Caribou, tres cuartos para Sr. Chinarro, Yo La Tengo entero y lo demás en función de cómo se porten New York Dolls. Ése era el plan, uno de los tantos posibles, y acabó revelándose idóneo en una noche, la última en la XI edición de Territorios, que pasa a la historia como una de las más completas y atractivas del festival. El sacrificio de Murcof, lástima, valió la pena.

Foto: Juan Carlos Muñoz.
En Scratch (2001), el magnífico documental de Doug Pray sobre los orígenes y posterior desarrollo del turntablismo, los paladines del género (Q-Bert, DJ Shadow, Cut Chemist…) pasan de puntillas sobre una las evidencias que el realizador resalta –que el origen del rap, más allá de su ascendente jamaicano, parte de la figura del DJ antes que de la del MC– y prefieren ir a lo suyo: mostrar esas increíbles habilidades que les permiten crear un nuevo y sorprendente discurso sonoro a partir del material original de otros.

Foto: García Vivas
Es casi el único superviviente activo de la explosión indie-pop española de los 90. Curiosamente, es ahora cuando atraviesa su mejor momento comercial -indiscutible- y uno diría que también creativo -otros tienen dudas o, simplemente, piensan que no-. Sevillano, vive exiliado en Málaga, aunque mantiene en su ciudad natal la formación más estable de cuantas ha tenido. Esta noche Antonio Luque, Sr. Chinarro, vuelve a Sevilla para presentar en vivo su última entrega, Ronroneando (2008), dentro de la última jornada del festival Territorios, donde compartirá escenarios, en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo a partir de las 22:30, con Caribou y Yo La Tengo, entre otros.

Foto: Jason Evans
La inminente visita de Caribou al festival Territorios Sevilla, el próximo sábado a las 22.30 en el escenario ICAS del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, me anima a rescatar la reseña que en septiembre del pasado año escribí sobre su último disco hasta la fecha, el fascinante Andorra. Nos queda la incógnita de cómo lo defenderá en directo y con banda, aunque las reseñas de sus últimos conciertos en España –mañana toca en Madrid, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía– no pueden ser más alentadoras. Pasen y lean.

Foto: Juan Carlos Muñoz
XI edición de Territorios. Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (Sevilla). Viernes 30.
La primera jornada grande de la XI edición de Territorios el pasado viernes en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo resistió la amenaza de lluvia –algunas gotas cayeron, aunque fueron casi imperceptibles– y registró una notable asistencia de público en buena medida atraído quizás por el gancho un Rufus Wainwright convertido hoy, pese a lo largo y fructífero de su carrera, en aparente penúltimo must de temporada. Pero antes de que tan singular personaje se pusiera al frente de su piano hubo ocasión de escuchar propuestas de muy variado pelaje, del folk-ficción de Lucas 15 al vigoroso techno de Claro Intelecto.

Foto: Manolo Domínguez
La tercera y última jornada en la IV edición del South Pop Festival dejó una impresión similar a la de una tranquila balsa de agua a la que de pronto llegan unos tipos con ganas de juerga. Algunos pueden ser más gamberros –Manos de Topo–, otros más juguetones –La Casa Azul– y otros miran desde el borde pero no se zambullen –Novö–. En cualquier caso, su actitud y su música contrastó de manera señalada, muy señalada, con el resto del cartel, entre lo exquisito –The High Llamas, Soy un Caballo– y lo voluntarioso –V.O., Centenaire– pero conectado todo por una singular concepción de la calma.
¿Son estos cuatro últimos grupos festivaleros? Depende de qué se entienda por tal o incluso de dónde se les ubique: la intimidad del Teatro Alameda, antigua sede del festival, desaparece al aire libre del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Que se lo pregunten a Boris Gronemberger, líder de la banda belga V.O., que arrancó su concierto aún a pleno sol –afortunadamente con un retraso menor que el de días anteriores– y ante escaso público. En esas condiciones, las delicadas virtudes de Obstacles, su hermoso segundo álbum, pasaron sin pena ni gloria.
Tampoco lo de Novö fue para tirar cohetes. El dúo de Toulouse es otra-banda-más en la presunta exploración de unos terrenos en realidad demasiado transitados, los del ruidismo eléctrico rock con uno o hasta dos pies en la electrónica, de ésas que terminan su concierto en una nube de distorsión…
Los también galos Centenaire son otra cosa, aunque su cosa –ensoñador folk-rock con despliegue de arsenal acústico y juegos de hasta cuatro voces– tampoco llegara a cuajar entre más allá de un mínimo y atento sector del público. Por contra, Manos de Topo, al igual que con su primer y único disco, Ortopedias bonitas, provocó cualquier cosa entre la entrega y el rechazo visceral, excepto indiferencia. Servidor reconoce que no puede con ellos, o más exactamente con el calculado histrionismo de su cantante. Lo que se dice un hype.
Con Soy un Caballo retornó la calma y, resultaba evidente, también la apatía de quienes estaban allí para escuchar la otra cosa. Lástima, porque la propuesta articulada por Aurélie Muller y Thomas van Cottom es de una finura extraordinaria y su auténtico disfrute –disculpen que esté una y otra vez sobre lo mismo– se hubiera producido en otras condiciones bien distintas. Aun así, nos depararon momentos brillantes, entre otros el del final, cuando Van Cottom anunció que tenía dos regalos para el público: uno, un puñado de postales; el otro, la aparición sobre el escenario del que fuera productor de su álbum, Les heures de raison, el señor Sean O’Hagan.
La colaboración sirvió pues como puente hacia el concierto de The High Llamas, que marcó desde el primer momento distancia con todo lo anterior, como ya ocurrió el primer día con José González y el segundo con Barry Adamson. Con una banda impecable –incluso sin esa sección de cuerda, “demasiado cara”, que en sus grabaciones resulta básica–, O’Hagan y sus compañeros repasaron durante una hora ese excelso repertorio de pop camerístico que atesora su discografía. Un gustazo.
Y tras toda la calma, claro, la tormenta. Menuda película se ha montado Guille Milkyway a cuenta de Eurovisión, una lección magistral para cualquier interesado en los nuevos modelos de negocio en torno a la música. Sus discos no serán superventas, de momento, pero la agenda de La Casa Azul se llena y su caché se multiplica.
Parte de las ganancias, supongo, se reinvierte en el atrezzo electrónico que permite realizar a este hombre-banda la siempre peligrosa pirueta de llevar al directo aquello que se factura en la soledad del estudio, y que en su caso, es bien sabido, combina desde el bubblegum-pop al pop con espíritu anime. Quien entra en su juego lo disfruta al máximo –¿incluidos los baladones a piano solo?–; el resto huye (mi límite fue la versión de Love is in the air).
A modo de coda, una última reflexión. La IV edición del South Pop no pasará a la historia por la calidad de su cartel, confeccionado en un tiempo récord tras las dudas sobre la continuidad del apoyo municipal al festival, resueltas a última hora y cuando el retraso forzaba ya el cambio en las fechas habituales de ediciones anteriores, los días previos a Semana Santa. La organización, interesada también por razones de aforo en el cambio de ubicación, consideró idóneo el puente de mayo, que a priori facilitaría la llegada de público no local. Sin embargo, como una pescadilla que se muerde la cola, la situación ha sido justo la contraria: ante el discutible atractivo de su cartel, el público foráneo no acudió, al menos en la medida de ediciones anteriores, mientras que parte del local optó por no asistir o hacerlo sólo en alguna de las tres fechas –la del jueves fue la más numerosa–. En esta tesitura, el South Pop necesita con urgencia replantear su estrategia, y hacerlo sin soportar las presiones procedentes del ámbito municipal, su principal patrocinador, que más que desarrollar bien pudieran estar lastrando su afianzamiento. Entre éstas cabe señalar la insistencia por parte del ICAS en aumentar el número de grupos por día hasta extremos desproporcionados –siete en los casos de la segunda y tercera jornada–, cuando el camino natural hacia la consolidación del festival quizás pase justo por hacer lo contrario: ofrecer menos conciertos, pero de mayor enjundia, y prescindir de un relleno económico en cuanto a la contratación pero caro en su coste final. El cansancio de la audiencia y la multiplicación de los problemas logísticos –esos retrasos…– podrían minimizarse.
PD1: Mis problemas con los fotógrafos (2º parte). La historia tiene tintes surrealistas y me ahorraré los detalles, pero resulta que volvimos a quedarnos sin fotografías de los conciertos del sábado. Afortunadamente, Manolo Domínguez, de El Blog de la Nadadora, fue tan amable de cedernos varias, entre ellas la de La Casa Azul que ilustra esta entrada. Gracias Manolo. Un abrazo.
PD2: Mi agradecimiento también a Antonio Bret, a quien le faltó tiempo y le sobró bonhomía para ofrecernos las que tenía alojadas en su Flickr en cuanto se enteró de que estábamos en problemas. Entre ellas, ésta:


Foto: Aránzazu León
Con una entrada considerablemente inferior a la del primer día, y arrastrando desde el comienzo un notable retraso respecto al horario previsto, el South Pop vivió el pasado viernes 2 en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, en Sevilla, una irregular jornada marcada por los contrastes estilísticos de su cartel, cuyo orden pareció confeccionado más en función del estatus de los grupos participantes que del crescendo que una velada tan larga requiere para mantener la atención de la audiencia.
Sobre Pumuky y la posterior actuación en solitario de Abraham Boba –quien acompañó como teclista a la planetaria banda de Jaír Ramírez– más vale pasar de puntillas, pues lo suyo no resultó especialmente destacable. Lo mismo, aunque con distintos matices, cabría apuntar de Nisei, banda barcelonesa perteneciente al catálogo de B-Core y elevada a los altares por obra y gracia del lobby crítico catalán. Su directo es contundente, sí, pero su repertorio no pasa de una sucesión de clichés indie-rock con ocasionales incursiones en el dub. ¿Dónde queda la originalidad?
Grande-Marlaska no decepcionó en su primera aparición sevillana, en la que repasó El momento de hacer de cabo a rabo. Sólo una pega: a las canciones cortas y directas les cuadra un concierto similar. Un cuarto de hora menos habría dejado al respetable en ascuas.
El ex Arab Strap Aidan Moffat se ganó a pulso las copas que anunció que se iba a tomar tras su actuación. Y es que hay que tener mucha dignidad para defender como él hizo, en un entorno tan hostil, los poemas musicados de I Can Hear Your Heart, su segunda aventura en solitario tras la ruptura con Malcolm Middleton. El apoyo a la guitarra del ex The Delgados Alun Woodward deparó instantes intensos y hermosos, desgraciadamente perdidos en el tiempo cual lágrima de replicante en la lluvia. No era el momento ni el lugar.
Llegaba el turno de Mobiil, pero Barry Adamson llevaba ya una hora esperando y no parecía dispuesto a hacerlo por mucho más tiempo. Así que, sorpresivamente, fue él quien saltó al escenario, flanqueado por una numerosa formación y dispuesto a comerse el South Pop. El exacerbado revisionismo de la black music clásica desplegado en su último álbum, Back to The Cat, cobra cuerpo en directo con una precisión deslumbrante, fuera de discusión. Claro que, donde unos ven elegancia otros pueden intuir arrogancia. Cosa de gustos.
Con los galos Mobiil, cuando por fin aparecieron, ocurrió lo mismo que con Moffat: su inquietante y correoso rock de aristas cortantes descolocó al público, al que le costó entrar en el juego. Menos esfuerzo tuvo que invertir El Guincho, a quien le sobraron minutos para poner a bailar a la ya muy menguada parroquia con los cortes de Alegranza. ¿Concierto o sesión? Todo grabado excepto voz y percusión mínima. Ah, la eterna cuestión…
PD1: Un millón de gracias a Aránzazu León, que andaba por allí haciendo fotos de El Guincho, a altas horas de la madrugada, para Ladinamo y fue tan amable de cederle a Diario de Sevilla la que ilustra esta entrada. Fue un placer reencontrarte.
PD2: Esta crónica la firmo a medias con mi compañero Paco Camero. Yo me fui tras Barry Adamson y fue él quien se quedó hasta El Guincho. Lástima haberme perdido su actuación, una de las que más curiosidad me despertaba de todo el festival, y el jaleo que según me contaron se montó cuando Pablo Díaz-Reixa comenzó a invitar al público a subir al escenario. Comprendo la reacción de la organización. Después del accidente de Mar Álvarez, de Pauline en la Playa, no debía de estar el horno para bollos.

La primera de las tres jornadas de la IV edición del sevillano South Pop Festival tras su traslado al Centro Andaluz de Arte Contemporáneo arrancó con una mala noticia: Pauline en la Playa se caía del cartel porque, literalmente, una de las hermanas Álvarez, Mar, se caía del escenario, justo tras acabar su prueba de sonido, mientras bajaba la escalera. Traslado inmediato al Virgen Macarena y diagnóstico en urgencias: fractura doble de tobillo requerida de intervención quirúrgica. Tanto la paciente como su hermana, Alicia, decidieron que lo mejor era que la operación se llevase a cabo en su ciudad, Gijón. Ambas abandonaban el centro hospitalario sobre las once de la noche y hoy partían, a las cuatro de la tarde, en vuelo directo hacia casa.
En eso quedó el susto –pudo ser peor–, en eso y en el desconcierto y la pesadumbre que pareció adueñarse de la organización durante las primeras horas del festival. El accidente no sólo provocó un retraso de cuarenta y cinco minutos respecto a la hora de inicio anunciada, las 19.30, sino también un cierto nerviosismo traducido, quizás, en la deficiente sonorización sufrida por la banda encargada de abrir el South Pop.
No. No debe de resultar nada fácil sonorizar a una formación tan numerosa y ambiciosa en sus planteamientos como Limousine, que acabó, en cualquier caso, pagando el pato: su flamante rock psicodélico quedó reducido durante buena parte del concierto a esa temible bola de sonido en la que uno, por más que se esfuerce, apenas distingue los muchos instrumentos sobre el escenario. Sólo en la última y contundente canción consiguieron desde la mesa de mezclas poner un poco de orden, sirviéndonos una imagen tardía de lo que pudo ser y no fue. Lástima, porque el grupo cordobés merecía, sin duda, mejor suerte.
Los siguientes en subir al escenario fueron A Hawk and A Hacksaw, propuesta procedente de Albuquerque, Nuevo México, y encuadrable, como la de sus paisanos Beirut, en ese singular proceso de reivindicación desde el universo pop de la música balcánica. Pero si tanto la peculiar oferta de Zach Condon como los propios discos de A Hawk and A Hacksaw mantienen ese nexo con el pop, en directo Jeremy Barnes y Heather Trost optan por prescindir de él y transcribir su repertorio para el acordeón, el violín y unas mínimas percusiones. En ese proceso, me temo, se pierde buena parte del interés que tiene su música, los muchos matices desplegados por unos metales y cuerdas aquí tan inexistentes como las hermosas melodías vocales, también borradas del mapa.
Si pintoresco resulta que un grupo de Albuquerque haga música zíngara, más paradójica le parece a quien firma esta crónica esa corriente testimonial que atraviesa el pop español cantando en francés (¿?). Más resolutivos y potentes en directo de lo que cabía esperar, uno no puede sin embargo dejar de preguntarse qué hace una banda de Pamplona como Souvenir traduciendo a ese idioma un clásico del rock nuevaolero en inglés como Hangin’ On The Telephone, de Blondie. ¿Rizar el rizo?
Así las cosas, tuvimos que esperar hasta cerca de la medianoche para sentir justificada la asistencia al festival, que encontró en el sueco-argentino José González a su redentor. Cantante y guitarrista de extraordinaria sensibilidad, como atestiguan sus dos imponentes discos, Veneer (2003) y In Our Nature (2007), González aglutina un brillante catálogo de referencias folk y pop manejadas con extraordinaria solvencia. Bebe de Nick Drake, sí, pero también de Víctor Jara –el toque percutivo, rítmico de las seis cuerdas y sus hermosos tejidos armónicos–, del primer Caetano Veloso, de la música africana y de Crosby, Stills & Nash –los juegos a dos y tres voces–. No hay trampa ni cartón, sólo los elementos tan sabiamente manejados en esos discos enormes. En solitario con la guitarra española, primero, o flanqueado luego por los coros y los detalles de percusión y teclado, José González impuso un respeto proyectado desde la fascinación que sus canciones infunden. Las suyas y, claro, también las ajenas. La magistral revisión de Teardrop de Massive Attack cayó justo al final, pero mayor aún fue la sorpresa del bis, el Love Will Tear Us Apart de Joy Division. Ovación cerrada, sentida y merecida.
Me disculparán, pero tras semejante despliegue de talento, lo de Friska Viljor, rock juerguista de alta graduación alcohólica, sonaba a broma.
PD: La foto de José González no corresponde al concierto del South Pop, es de recurso. Estos vídeos que vienen a continuación, tampoco. Pero qué bonitos son…
Teardrop
Down The Line
Hearbeats
Love Will Tear Us Apart