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¿Morir a los 18?

Blas Fernández | 20 de mayo de 2016 a las 5:00

Iggy Pop, durante su actuación junto a The Stooges en Territorios 2012. / Foto: Juan Carlos Muñoz

Iggy Pop, durante su actuación junto a The Stooges en Territorios 2012. / Foto: Juan Carlos Muñoz

Hoy no sonará música en el Monasterio de La Cartuja; tampoco la escucharemos mañana. Ésa es la realidad: tras dieciocho años de celebración ininterrumpida, el festival Territorios Sevilla canceló con premura su XIX edición, a poco más de 48 horas del comienzo de las actuaciones. Las razones fueron expuestas por la organización el pasado miércoles en un escueto comunicado -inviabilidad económica-; los detalles, por otra parte, son cosa de los periodistas, que aún tendremos que seguir escarbando para construir el relato completo de los hechos.

Pero si lo importante a corto plazo es solventar cuanto antes la devolución del importe de las entradas adquiridas por los espectadores -y de las subvenciones públicas recibidas, un 15% del presupuesto de este año, 1.200.000 euros-, a la larga la prioridad es resolver la incógnita que esta suspensión plantea: ¿Se queda Sevilla definitivamente sin Territorios?

El buque insignia de los festivales musicales locales, con permiso de la Bienal de Flamenco -soportada al 100% con dinero público-, lo tiene muy difícil, aun cuando su veterano y persistente promotor, Juan Antonio Pedrosa, se haya fajado durante estas dos décadas en el empeño de mantener a flote un Territorios que fue mutando su piel, su estructura y sus vías de financiación a la búsqueda, precisamente, de viabilidad. Y eso, contando con que le queden ganas.

Nacido en 1998 como un encuentro de world music -aquella primera edición estuvo dedicada a la música celta-, el festival pasó años de bonanza, con hasta el 75% de inversión pública, ofreciendo conciertos gratuitos en plazas de la ciudad y actuaciones de pago en recintos cerrados. Con carteles cada vez más eclécticos que se alejaban de la idea inicial para abrirse a múltiples estilos, y colonizando escenarios tan diversos como el Rectorado, el Monasterio de San Jerónimo, el Teatro Central, el Auditorio de La Cartuja y el Real Alcázar, entre tantos otros, ya por 2005 se había convertido en eso que podríamos considerar un gran festival urbano. Pero a diferencia del común, éste extendía su programación, agrupada en ciclos temáticos, a lo largo de dos semanas. Fueron también los tiempos de dar cabida a una atractiva agenda de actividades paralelas, que incluyó, por ejemplo, una fructífera relación con In-Edit, el festival barcelonés de cine documental musical.

Ésa fue la tónica hasta 2008, cuando Territorios tocó la gloria con actuaciones de Matthew Herbert, Wim Mertens, Rufus Wainwright, Cut Chemist, Yo La Tengo, New York Dolls, Caribou… Un año después, el festival experimentó su segunda gran reestructuración. A excepción del multitudinario concierto Territorios África en el Parque del Alamillo -que convocó, entre otros, a Rokia Traoré, Tony Allen y Seun Kuti-, el grueso de la oferta -Wilco, De La Soul, Diplo, The Jayhawks…- se concentró durante tres días en un escenario ya explorado, el Monasterio de La Cartuja, a partir de entonces su sede única. Con esa decisión se reducían costes de montaje y se sondeaba la posibilidad de atraer a público de fuera de la ciudad.

Fue el mismo esquema manejado en 2010 -Salif Keita, Mulatu Astakte, Los Planetas, Pony Bravo, Tindersticks, Public Enemy…-, cuando el festival ya comenzaba a sufrir los recortes de inversión por parte de las administraciones, y cuando su organizador empezó a asumir la necesidad de iniciar otra transición: de la mayoritaria inversión presupuestaria pública a la asunción del riesgo económico como empresa privada.

En 2011 el festival se redujo a dos jornadas -Vetusta Morla, The Fall, Orbital, The Human League, Femi Kuti…-; en 2012 presentó, quizás, su último gran cartel -Iggy Pop & The Stooges, Amaral, Tricky, Kiko Veneno, Los Enemigos…-. “Perdimos 250.000 euros, y fue culpa nuestra. Tuvimos la intención de crecer, metimos más artistas, más escenarios, más barras, nos gastamos un dineral en promoción… Y resultó que esa inversión no fue acompañada de un incremento de espectadores -relataba Pedrosa, un año después, en una entrevista para el blog La Ventana Pop-. Si no perdemos y podemos cubrir las deudas del año pasado, entonces seguiremos con el festival. Si no es así, si acumulamos más pérdidas, cerraremos”, avisaba.

También en aquella charla reconocía el director del festival que éste arrastraba deudas y que la situación se hacía cada vez más complicada. “Durante 15 años hemos tenido ediciones que han dado beneficios, otras que han arrojado pérdidas y otras equilibradas. Cuando había pérdidas acudíamos a los bancos y solicitábamos un crédito, hacíamos acto de contrición y nos recuperábamos. Ahora ya no es así. He negociado durante todo el invierno con tres bancos diferentes, sin resultados. Eso es lo que hemos conseguido tras todo este tiempo”, añadía.

En 2014 y 2015 Territorios procuró orientar su oferta hacía públicos, si bien alejados del mainstream, aun así mayoritarios. Pero pinchó. El propio Pedrosa reconocía en la presentación de esta cancelada XIX edición que los errores en la contratación habían elevado la deuda del festival, ésa que ahora habría provocado el plante de las empresas de sonorización y montaje, dispuestas, y en su derecho, a no mover un dedo sin el dinero por delante.

Volvemos a la pregunta: ¿Se queda Sevilla definitivamente sin Territorios? Aunque desde el Consistorio, este mismo miércoles, se apresuraban a asegurar que la ciudad no va a permitirse perder una cita como ésta, quizás haríamos bien en interrogarnos sobre qué promotor privado estará dispuesto a asumir un presupuesto de estas características con sólo un 15% de inversión pública. ¿Lo intentará de nuevo Juan Antonio Pedrosa? Ésa es la otra cuestión.

¿Pueden recoger el testigo otros festivales? Quizás en el futuro. Interestelar Sevilla desembarcará en octubre en el mismo espacio, el Monasterio de La Cartuja, con el beneplácito de la Consejería Cultura de la Junta -y de su secretario general, Eduardo Tamarit-, pero por atractivo que pueda resultar su cartel -091, Guadalupe Plata, Maga…-, éste dista mucho, muchísimo, de compararse con la mejor época de Territorios. ¿Monkey Week? No, el perfil de la atractiva feria de la industria musical independiente, que vivirá ese mismo mes su primera edición sevillana tras el éxito de las precedentes en El Puerto de Santa María, es definitivamente otro.

En última instancia, en este baile de especulaciones, solemnes declaraciones y desmarques -antológico el de Juan Antonio Álvarez Reyes, director del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC), una de las tres instituciones ubicadas en el Monasterio de La Cartuja, quien lamentó raudo la “falta de profesionalidad” del festival tras años escenificando su apoyo incondicional-, cualquier posicionamiento político merece ser puesto en cuarentena. Tome como ejemplo las lamentaciones de María del Mar Sánchez Estrella, delegada de Cultura por el PP durante el gobierno municipal de Juan Ignacio Zoido, que ahora, como concejal, deplora la cancelación de Territorios sin que nadie le recuerde que, durante su gestión, vivió el festival -éste y otros-  algunos de los más notables recortes en inversión pública de su accidentada e inolvidable historia, imbricada ya en la memoria melómana y sentimental de un sinfín de sevillanos.