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“Van saliendo nuevos grupos que hacen más o menos lo mismo, pero con otras caras”

Blas Fernández | 24 de febrero de 2017 a las 5:00

chinarro_1“Son grandes músicos, muy jóvenes, y me contagian su energía”, dice Antonio Luque, Sr. Chinarro, de la banda que ahora lo acompaña -el guitarrista Jaime Beltrán y el baterista Mario Fernández, del grupo granadino Pájaro Jack, y el bajista Mario Rodríguez-, el mismo grupo con el que grabó su décimo sexto álbum, El progreso (2016), producido por J (Los Planetas), y con el que este sábado actúa en el Teatro de Triana.

-¿Cuánto hace que no ofrece en Sevilla un concierto al uso?

-Pues no lo sé. Hace ya tiempo que no hago distinción de dónde estoy tocando… El año pasado tocamos en un evento publicitario o algo así, en el Muelle de Nueva York, frente a la antigua Fábrica de Tabacos. Fue en verano y hacía muchísimo calor. Y en el nuestro hizo menos, pero en el de Christina Rosenvinge, que fue el siguiente, creo… Casi se tuvo que ir al hospital. Esa genética del norte no aguanta.

-Sigue y déjate de hablar / De principios y finales / La historia no está ni bien ni mal / Son sólo efectos especiales. ¿Qué hay de autobiográfico en la canción que abre El progreso?

-Bueno… Todas las canciones tienen algo de autobiográfico, lo que pasa es que hay que fantasear un poco intentando montar una historia que se cierre en la propia canción. Luego la gente no sabe qué es ficción y qué realidad, pero esa frontera hace tiempo que dejó de tener sentido para mí.

-¿Toleramos mal la veteranía en el pop?

-Recuerdo cuando era un chaval y la profesora de francés nos ponía a Georges Moustaki. Yo pensaba “¿A mí qué me importa este tío con el pelo blanco?”. Ahora me veo en esas fotos en las que tengo el pelo largo y con canas y me digo “¿Por qué yo? ¿Por qué tengo que parecerme yo a Moustaki?”. Bueno, igual es que sus canciones también eran un poco rollo. No lo sé, porque no he vuelto a escucharlas. Creo que haciendo buenas canciones que transmitan vitalidad o ideas como nosotros podemos y todo ese rollo, la gente joven, que es la que va a los conciertos, las va a recibir bien sea cual sea el aspecto del cantante o del bajista o del baterista. Aunque, claro, hay que hacer buenas canciones. En realidad, la veteranía debería ayudar a eso, pero hay que contar también con la inspiración, que puede llegarle igual a un chaval de 20 años. Como dijo Dean Wareham en su libro Black Postcards, ningún tonto está libre de hacer un hit de vez en cuando. Se trata de que te salga alguno e ir tirando con eso.

-Pero es evidente que existe un cierto sector de público, y no necesariamente joven, que se pone en guardia ante el músico con una discografía amplia. Como preguntándose “¿Éste todavía sigue?”.

-Claro, siempre se quieren novedades. De todo se cansa uno. Van saliendo nuevos grupos que hacen más o menos lo mismo, pero con otras caras. Igual pasa con las actualizaciones de los teléfonos, que son más o menos los mismos, pero uno tiene la sensación de que… No sé… ¿Por qué la gente se deshace del iPhone 6 para pillarse el 7? “Es que es nuevo”. Pues así pasa con los grupos. Pero, insisto, por mucho que un grupo lleve 20 discos, si el vigésimo primero tiene calidad y varios hits, a la gente le va a gustar.

-Otro fenómeno observable en músicos, como usted, de larga trayectoria: llegados a cierto punto, recurren al molde, al canon, al patrón. En La fiebre del oro tiene un aire western; en Maravilla, el ritmo es de batucada… Y no es el primer álbum suyo en que esto ocurre…

-Pues concretamente la batucada en Maravilla y el aire Morricone en La fiebre del oro no son ideas mías, sino aportaciones de la gente con las que grabé el disco. Cuando entro en un estudio de grabación, si no siento que van a pasar cosas que no están previstas, que va a haber algo de diversión e improvisación, entonces no me interesa grabar. Para eso mejor grabar en directo y ya está. No me gusta entrar en el estudio con ese aire de solemnidad de “vamos a hacer algo grande”. No, yo quiero divertirme un poco. Cuando J sugirió meter lo de Morricone, me pareció divertido y, además, pegaba con la letra. Igual con el baterista, que había hecho cosas de música brasileña. Pensó que ese ritmo encajaba y a todos nos pareció divertido. En la música hay muchos patrones que puedes seguir. A mí me interesa la recombinación, sin llegar a hablar, por supuesto, de fusión y ese tipo de cosas. Sobre todo si uno se puede divertir.

-Quizás también sea una manera de cambiar, de hacer algo que, después de 16 discos, aún no haya hecho.

-Sí, pero de verdad que eso no me preocupa. Ahora estoy escribiendo canciones nuevas y lo que quiero es que suenen a Chinarro. No se trata de reinventarse al estilo de Madonna haciendo ahora un disco de techno y al siguiente otro de country. Entre otras cosas, porque para eso hace falta gente más capacitada que yo, que no tengo tantos recursos. Pero de pronto puede llegar el baterista nuevo y meter ese ritmo de batucada. Y queda bien y lo acepto. Hace tres discos, Babieca también tenía acordes con aires un poco brasileños. Jordi [Gil] ya le puso a San Antonio cierto aire bossa… Me parecía coherente dentro del historial de canciones de Chinarro. En el fondo, vas haciendo discos y ves que es bonito cómo se han ido integrando otras posibilidades que no son aquellas del noise-pop de los 90. Pero, vaya, tengo claro que por mi tono de voz, por mi manera de ser y por mi impronta metafísica, que diría alguno, lo que me queda mejor son las canciones con aire taciturno y un poco tristes.

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-En el disco se acredita a J la letra de El progreso. Creo que, versiones aparte, nunca había cantado en un álbum propio un texto que no fuera suyo…

-Bueno, esto es una frikada que casi no merece la pena recordar, pero en el primer disco, la versión de New Order [Leave Me Alone] tiene una letra distinta a la original, que escribió Jesús Llorente. Pero más allá de eso, creo que no. Respecto a El progreso… J tenía una idea musical y yo escribí una letra, pero no la terminé. Así que lo hizo él y yo cambié parte de la música. La letra es de los dos y creo que se ve claramente cuáles son sus frases y cuáles las mías, así que no lo voy a decir.

-En esa misma canción colabora Soleá Morente. ¿Cómo surgió esa posibilidad?

-Lo sugirió J mientras grabábamos. Creo que ha quedado muy bien, pero ahora el problema viene cuando tengo que cantarla en directo haciendo los dos papeles… No es fácil, no. Lo que hace Soleá no lo hace cualquiera.

-Ha tenido la oportunidad de trabajar con padre e hija. Con Enrique lo hizo en El rito, del disco El fuego amigo.

-Eso es un honor. En fin, no voy a descubrir yo a estas alturas quién era Enrique Morente.

-Hay una hermosa canción en El progreso, La ciudad provisional, en la que narra un viaje desde la ciudad en la que vive, Málaga, a esa otra en la que nació y creció. ¿Es una declaración de amor a Sevilla?

-Sí, de amor-odio. La verdad es que echo de menos Sevilla. Cualquier día hago la desbandá, pero de vuelta. Aunque el calor… Hace mucho calor. Se me baja la tensión y me pongo de muy mal humor. Fíjate lo que le pasó a Christina Rosenvinge… Bueno, en realidad siempre estoy de un lado a otro, así que no estoy en ninguno.

-El progreso resulta un disco particularmente calmado. ¿Responde eso a un estado de ánimo concreto?

-Entre el productor y nosotros decidimos darle ese aire taciturno que, como decía antes, es el de Chinarro. Cada disco sale como sale porque se hace en un momento concreto y con unas sensaciones concretas. Y además, también una vez más, coincidió con un cambio de banda justo antes de entrar a grabarlo. Con ellos ya he hecho un montón de conciertos y tenemos otra dinámica de trabajo que no existía cuando grabamos el disco y que va a dar otros frutos. De hecho, ya hemos grabado algunas canciones nuevas.

-El potro de tortura es parte de la diversión / La vida no es tan dura / Déjate de inquisiciones que no van contigo / Levántate el castigo. ¿Nos castigamos en exceso?

-Todo el rato, sin lugar a dudas. Y los que tenemos hijos lo sabemos bien. Ya vemos para qué sirve el sistema educativo y por qué se pelean tanto los políticos sobre la educación: porque no es educación, es castración. Se trata de tener a todo el mundo acojonado todo el tiempo. Y es difícil romper esa barrera y sentirse un poco libre. Vivimos en una sociedad en la que a poco que saques los pies del tiesto ya te tildan de loco. Y hay muchas cosas en juego.

-Han pasado ya cinco años desde su novela Exitus. ¿Está escribiendo?

-No, ya no voy a escribir más hasta que no tenga ganas de hacer conciertos. Mientras tenga ganas de ir con la guitarra por ahí… Un disco llega a mucha más gente, lo puedes poner en el spoti mientras friegas el suelo o te peinas. Eso no lo puedes hacer con un libro. Y luego… Se escucha más música que libros se leen. Aquí y en cualquier parte del mundo. Teniendo la capacidad de hacer las dos cosas, de momento elijo la música. Cuando ya sea un señor decrépito, si es que llego, cuando se me caiga el pelo o me vea ridículo con la guitarra, pues ya me pondré. En realidad, tenía una idea para una segunda novela, pero me pareció que eso me iba a tener concentrado durante un año y pico. Y un disco me permite hacer conciertos y tener mejores ingresos que escribiendo una novela, vaya. Te pegas un año y pico y te vuelves loco: empiezas a vivir la vida de tus personajes y abandonas la tuya por completo. Lo cual es muy liberador… Pero, por otro lado, abandonas el grupo. Eso explica el lapso de tiempo que hubo entre Ronroneando y Presidente. Tres años. Fue por la novela. Creo que me hubiera ido mejor haciendo más discos con aquella banda, pero bueno, me pegué el vacile de poder escribir una novela, que no tuvo malas críticas ni vendió mal tampoco.

Sr. Chinarro presenta El progreso este sábado a las 21:00 en el Teatro de Triana (Condes de Bustillo, 17). Grupo telonero: The Royal Landscaping Society. Entradas anticipadas a 12 euros.

El Podcast de La Ventana Pop (Programa 63)

Blas Fernández | 22 de diciembre de 2016 a las 5:00

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Quentin Gas & Los Zíngaros, fotografiados ahí arriba, adelantan una nueva canción de su inminente segundo álbum y en ella encontramos a Niño de Elche, quien también se suma a Lee Ranaldo y Steve Shelley en Feliz Navidad, el antivillancico de Vallellano & The Royal Gypsy Orchestra. I Am Dive viaja al espacio profundo con Music For Silent Running y SKLT SLKT borda un epé de título Spink. Nos vamos de fiesta con Los Jaguares de la Bahía, Pelo Mono y All La Glory. Completan el lote, el último del año, Enrique Morente, The Magic Mor y Hi Corea! ¡Felices fiestas!

Como siempre, puede escuchar El Podcast de La Ventana Pop en el reproductor bajo estas líneas o, también, en la web de ScannerFM.

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Tracklist

1.-Quentin Gas & Los Zíngaros: Caravana

2.-Quentin Gas & Los Zíngaros: Deserto Rosso

3.-Vallellano & The Royal Gypsy Orchestra: Feliz Navidad

4.-Enrique Morente: Oye, ésta no es manera de decir adiós

5.-I Am Dive: Rebirth

6.-I Am Dive: Sunrise

7.-SKLT SLKT: Death Note

8.-SKLT SLKT: You Used To Love Me

9.-The Magic Mor: Room Service

10.-Hi Corea!: Common People

11.-Los Jaguares de la Bahía: Oh Yeah!

12.-Pelo Mono: Waaaaght!

13.-All La Glory: Do You Wanna

Antonio Arias: “Decía Morente que hay que grabar discos para diez años después”

Blas Fernández | 6 de mayo de 2015 a las 5:00

Foto: Concha Laverán

Foto: Concha Laverán

La reedición ampliada en 2013 de Hipnosis, primer álbum de Lagartija Nick, publicado originalmente en 1991, no sólo cerró el ciclo de recuperación de la contundente trilogía discográfica con que la banda granadina irrumpió en la escena del rock español –la misma operación se había llevado previamente a cabo con Inercia (1992) y Su (1995)–; también propició el reencuentro sobre los escenarios del cuarteto original –Antonio Arias (bajo y voz), Éric Jiménez (batería), Juan Codorniú y Miguel Ángel Rodríguez Pareja (guitarras)– en lo que entonces se preveía una corta gira destinada a celebrar aquel rescate. Sin embargo, dos años después la máquina sigue en marcha. “Desde la reedición –dice Arias– hacemos una media de dos conciertos al mes. Y nos siguen llamando. Siempre nos hemos llevado bien y además vemos que la cosa sigue sonando real y expresiva. Así que decidimos continuar con la gira. Lo que se impone ahora es grabar algo nuevo este verano, aunque sea un epé. Por lo menos, para que no sea siempre el mismo concierto”.

Y, de hecho, no lo es. Lo que comenzó como una ceremonia centrada en la interpretación íntegra de aquel emblemático título ha terminado por expandir, generosamente, su repertorio. “Hay once discos de Lagartija para tocar, aunque principalmente llegamos hasta Omega“, apunta Arias citando aquel otro memorable trabajo junto al desaparecido cantaor Enrique Morente, el célebre disco que, entre otras tantas cosas, señaló el punto de disolución de la formación original. “Todo fue muy rápido –recuerda–, y quizás eso nos marcó y nos mató al mismo tiempo: éramos incapaces de parar la máquina. Pero la cosa iba volando y había que hacerlo en ese momento, aun a costa de que nuestra salud mental se deteriorara rápidamente”.

Arias siguió al frente de sucesivas reencarnaciones de Lagartija Nick hasta alcanzar esa plusmarca de once álbumes; Éric alternó su rol como baterista en Los Planetas con otras aventuras y, posteriormente, se reintegró en el proyecto; Codorniú se enroló en Matilda y, con algo más de calma, se lo tomó Pareja, colaborador hoy en Lullaby. “El contacto siempre se ha mantenido y la relación ha sido cordial –afirma–. Los músicos de Granada, de lo poco que tenemos, es nuestro corporativismo. Bueno, algunos músicos de los 80 siguen mostrando una ira irreconciliable, que era algo muy de la época. No te vuelvo a hablar en la vida… Y ahí siguen, sin hablarme por algo que pasaría algún día y de lo que yo, ya, ni me acuerdo”.

Sí recuerdan los seguidores de la época –y los de posteriores generaciones, sumados sin pausa con el paso de los años– el carácter gozosamente indómito de aquella reivindicada trilogía, tan rabiosa en su electrizante sonido como premeditada en la carga de profundidad de sus textos. “En el libro de Nando Cruz, que estoy leyendo ahora –dice Arias en referencia a Pequeño circo. Historia oral del indie en España–, está muy bien explicada esa génesis heterogénea de grupos que intentaban conocerse y crear una nueva escena independiente, con más motivación que poderío económico. Algo de eso sobrevive en el sonido, esa expresividad, esas ganas de acercarse a la gente, esa vitalidad, con casi todas las canciones en tonos mayores. Eso les da mucha alegría… Quizás las letras de Hipnosis no han envejecido tan bien. En las de Inercia y Su el collage ya no se define, así que sirven para cualquier época de la vida. Pero el sonido… El sonido me sigue gustando mucho. El germen de los discos de Lagartija fue ponerse en contra de algo que eran tan normal entonces: buscar la multi [multinacional] y Los 40 [Principales]. Y eso sigue vivo en aquellos discos, muy salvajes, que además fueron el origen del trabajo con Enrique Morente”.

Sin rastro aparente de acritud, Arias define la creación de Lagartija Nick como “un golpe de estado contra 091″. Así resume su marcha de aquella otra recordada formación granadina en busca no sólo de nuevos horizontes, también de otra manera de hacer en la que el cambio se convierte en requisito indispensable para mantener el movimiento. “Fue una lucha por defender un sonido –afirma–. En algunos conciertos casi que podíamos parecer los Ramones de Graná, pero al mismo tiempo éramos el germen de lo que vino después. Algo que hicimos bien fue alentar a otras generaciones. No era sólo por nosotros. Ahí también entra, por ejemplo, el hecho de producir el primer epé de Los Planetas. Era una manera de no enquistarse, de hacer de bisagra. Se creó un vínculo de por vida: algo veríamos entre nosotros que era real”.

Foto: Concha Laverán

Foto: Concha Laverán

El vínculo se mantiene. Aquella constelación granaína protagoniza todavía hoy una red de colaboraciones de sobra conocida, concretada en proyectos conjuntos como Los Evangelistas y proclive a la intervención de unos en los discos de otros. Sin ir más lejos, varios integrantes de Los Planetas participaron en la gestación de Multiverso (2009) y Multiverso II. De la soleá de la ciencia a la física de la inmortalidad (2013), los dos discos firmados hasta la fecha en solitario por Antonio Arias, esplendorosas colecciones de adaptaciones de poesía científica –el interés de Arias por la astronomía y el espacio viene de lejos– que acaban de ser reeditadas conjuntamente en un doble vinilo de edición limitada. Una nueva oportunidad de redescubrir sendos títulos, quizás lastrados en su proyección por la modestia de las ediciones originales; quizás también, al cabo de los años, tan celebrados como los de Lagartija Nick. “Hay proyectos que tienen que vivir al margen de todo eso -reflexiona Arias-. En primer lugar, por una cuestión temporal: si tienes la oportunidad de trabajar con un poeta como David Jou, como ocurrió en Multiverso II, es ahora, no luego, intentando convencer a alguna compañía. Con Los Evangelistas podemos trabajar con Sony, pues sin problemas. Pero hay otros proyectos que sabes que podrían tenerte paseando por pasillos eternamente. Hay discos que necesitan dar una vuelta muy grande para llegar a su público, piden vida y coger aliento. Tienen esa promoción retardada, pero también bastante eficaz, que da la convicción. Decía Enrique [Morente] que hay que grabar discos para diez años después”.

La golosa edición en vinilo incluye además la descarga digital de cuatro cortes inéditos, más que probable avance de un futuro Multiverso III. “En principio era sólo eso, un apoyo al doble vinilo, cuatro canciones nuevas, pero Multiverso fue muy pop y Multiverso II podía recordar más al sonido de Los Evangelistas producidos por Martin Glover… Así que el tercero podría ser una manera de unir esas dos corrientes, sin perder nunca esa expresividad pop ni siendo tan oscuro como el segundo. Además, hace poco ha llegado a mis manos un poema de ciencia-ficción de los años 50 que es fantástico… Multiverso supone para mí una manera de seguir explorando la nueva poesía”.

Lector constante de poemas, como su maestro Morente, saca Arias a colación el reciente Voces del extremo, de Niño de Elche, con textos de autores adscritos al encuentro homónimo. “Me ha gustado mucho lo que ha hecho, esa especie de trascendencia de la poesía de la experiencia que llaman poesía de la conciencia -explica-. Hay textos un poco chunguelas y echo de menos más cantaor, más voz, porque es un tío que canta tan bien, que tiene una voz tan vieja… Al final del disco incluso hay cosas que me recuerdan un poco a Omega, y eso hace que me guste todavía más. Es un disco que incluso me reconcilia con Pony Bravo, a los que creo que había trivializado un poco. Me gusta seguir ahondando en nuevas formas poéticas y en gente joven, gente como Rafael Espejo, al que no se nombra tanto pero que es genial. Hay por ahí unos talentos tremendos”.

Entre los talentos musicales locales señala Arias a Pájaro Jack. “Jaime Beltrán -recuerda del cantante y guitarrista de la banda granadina- fue asistente de ingeniero de sonido en Multiverso. Es un tipo técnicamente muy capaz. Es lo que tienen las nuevas generaciones, que vienen muy preparadas, y lo que les falta lo pillan en Internet. Quién lo hubiera pillado entonces, eh, cuando leías libros antiguos que te hablaban de aquella canción… Ahora lo tienes todo en Deezer o Spotify, y eso es maravilloso”.

Lagartija Nick actúa el próximo viernes 8 en la Sala X de Sevilla (c/José Díaz, 7).

La misa sónica de Los Evangelistas

Blas Fernández | 1 de octubre de 2012 a las 7:13

Foto: Juan Carlos Muñoz

Los Evangelistas. XVII Bienal de Flamenco de Sevilla. Formación: Antonio Arias (bajo, guitarra y voz); J (guitarra y voz); Florén (guitarra); Éric Jiménez (batería); J. Machuca (teclados); Carmen Linares y Soleá Morente (voces invitadas). Lugar: Teatro Central. Fecha: sábado 29. Aforo: algo más de media entrada.

1997: Carmen Linares actúa en el festival granadino Espárrago Rock; entre los damnificados de tan gloriosa colisión, una nutrida de legión de melómanos rock se deja tentar, una vez más, por esas sonoridades que permanecen ocultas e incrustadas en lo más hondo de su subconsciente. 1998: Enrique Morente, también en el Espárrago, sube al escenario con Lagartija Nick y muestra cómo de bien, cómo de sentido y hercúleo, suena ya el directo de Omega. La legión se multiplica.

Estos dos hechos puntuales se incardinan en una larga oración que juega lo suyo con las subordinadas: en lo referente a Lagartija Nick, se inicia con los tímidos contactos entre banda y cantaor para dar forma a una colaboración cuya revolucionaria naturaleza aún tardaríamos en descubrir; en lo referente a Morente, es un jalón más en esa incansable necesidad de satisfacer su curiosidad por tantas otras músicas al margen del flamenco, por dialogar y descubrir qué pasaría si…; en lo que respecta a la ocasional pero reiterada relación entre flamenco y rock, se revela como un capítulo nuevo: Omega, y lo que vendrá (incluido el descubrimiento de una nueva devoción que servirá a J para reinventar a Los Planetas en La leyenda del espacio), ha pasado página y destapa una dirección inédita, una lectura flamenca desde el rock contemporáneo que esquiva con acierto los tics convertidos en clichés.

Foto: Juan Carlos Muñoz

Flamenco y rock… Sólo quienes desconocen esta compleja cronología pueden todavía incomodarse, incluso después de otros acercamientos vistos en anteriores ediciones del festival, con la presencia de Los Evangelistas en la programación de la Bienal de Flamenco; sólo ellos pueden pensar que la evocación de Morente es en realidad un mero pretexto para buscar un bolo más.

Homenaje a Enrique Morente, editado a comienzos de este año, es fruto de la admiración y convierte el legado del cantaor en un rompehielos que sigue abriendo vía al feliz hallazgo. “El flamenco es tan potente que acaba haciendo de ti una persona mucho más purista de lo que pensabas” , confiesa Antonio Arias. “Él [Morente] se vestía de moderno para hacernos fundamentalistas; gente, a la que por cierto, odiaba”, reflexiona J. Ahí queda eso, para futuras disquisiciones en torno a esta historia.

Pero allá donde el disco desvela un glorioso equilibrio entre mimo y talento, entre laboriosa dedicación y habilidad creativa para llevar a terreno propio las enseñanzas recibidas, el directo revela patentes desequilibrios. Fuera de toda duda el cancionero elegido -no todo grabado o, en ocasiones, como en Ciudad sin sueño, extraído de Omega-, estas apropiaciones y reconversiones morentianas, o al menos así fue en el Central, sufren sus altibajos. Las interpretadas por Antonio Arias mantienen por lo general el tipo; las cantadas por J -letrista certero e inmisericorde, pero vocalista limitado más allá del universo propio y reconocible generado por Los Planetas; y ése es un mérito incontestable- pierden algo respecto a su registro fonográfico. Señalando lo obvio, se puede decir que Antonio entra afinado y con presencia, mientras que J lo hace tanteando el tono adecuado para sólo a partir de ahí crecerse.

¿Problemas en los monitores? No lo sé. Quizás: pese a lo limpio del sonido durante todo el concierto, servidor echó en falta más volumen y más peso en las guitarras, responsables de la particular textura de estas adaptaciones y pieza fundamental en una ambiciosa estructura sólidamente asentada sobre la fiera batería de Éric Jiménez y el bajo preciso y preciosista de Arias. Aun así, con sus defectos, la anunciada misa sónica en recuerdo del maestro contenta a los creyentes y, como cabe esperar, los llena de gozo. Por contra, me temo, los incrédulos seguirán ejerciendo como tales.

Donde probablemente unos y otros coincidan sea en la fascinación frente a Carmen Linares, quien ya en los bises borda Delante de mi madre con la misma hondura, sentimiento y dignidad que ha enseñoreado su larga carrera. Por su parte, Soleá Morente, pura hambre de escenario todavía en busca de identidad  propia, se entrega con pasión junto a Arias en Yo poeta decadente -qué texto, Dios, qué texto…- y pone la misma voluntad en La estrella.

Viniéndose arriba con cada canción, con cada minuto, el fin de fiesta es justo eso, celebración de lo vivido con Donde pones el alma: todos sobre el escenario evidenciando que, en efecto, han hecho justo eso.

Foto: Juan Carlos Muñoz

Boronía recuerda a Enrique Morente

Blas Fernández | 15 de mayo de 2012 a las 7:25

Gabriel Núñez Hervás, en una imagen reciente tomada en Córdoba. / José Martínez

El próximo jueves 24 de mayo el Teatro Central de Sevilla acoge la presentación de los dos números especiales que la revista Boronía ha dedicado a la figura del desaparecido Enrique Morente, nombre capital en la música española de las últimas décadas, artífice en buena medida de la acepción contemporánea del flamenco y puente siempre abierto entre este género y otros lenguajes sonoros. De su acercamiento al rock, o del acercamiento de ciertos rockeros a su magisterio, dejan gozosa prueba obras como el monumental Omega; de su herencia entre estos últimos, discos como La leyenda del espacio de Los Planetas o el inspirado y sentido tributo rendido a su obra por éstos y por sus viejos y leales amigos de Lagartija Nick, el Homenaje a Enrique Morente de Los Evangelistas.

El primer Libro de Morente, publicado en el verano de 2011, compiló un largo listado de recuerdos e impresiones evocados por allegados, compañeros y seguidores -entre otros, Pedro G. Romero, Diego A. Manrique, Gerardo Núñez, Jesús Arias, Ignacio Julià, José Ignacio Lapido, Balbino Gutiérres, Alberto Manzano, José Sánchez-Montes y Javier Liñán- con un resultado tan inesperado como deslumbrante: de la profunda conmoción causada por el cercano fallecimiento del cantaor brotaba una emoción que, en sucesivas lecturas, se revelaba como una fuente de información de primer orden.

Similar estructura guarda el Libro de Morente II, aparecido el pasado mes de febrero, que al plantel de firmas invitadas -esta vez, también entre otros, Aurora Carbonell, Santiago Auserón, Daniel Alonso, José Luis Ortiz Nuevo, Joaquín Pérez Azaustre, Lee Ranaldo y Guillermo Z. del Águila- suma densas y reveladoras entrevistas con Soleá Morente, Israel Galván, Los Evangelistas, Pepe Habichuela y el propio Morente.

Al frente de este proyecto editorial se encuentra el cordobés Gabriel Nuñez Hervás, activista fanzineroso en los últimos años 80, promotor discográfico, organizador de conciertos -él fue el responsable de la aparición de Los Evangelistas en La Noche Blanca del Flamenco de Córdoba en junio de 2011- y rendido admirador del cantaor. Para la presentación en Sevilla, la última tras sendos actos en Madrid y Córdoba, Núñez Hervás ha configurado un cartel en el que no sólo destaca la presencia del guitarrista Pepe Habichuela, fiel escudero de Enrique Morente, sino también la de la mitad de Los Evangelistas: Antonio Arias y Éric Jimémez, que realizarán un breve set acústico en lo que se antoja una ocasión única. De todo ellos, y de más, habla el hombre tras Boronía.

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Gloria a Enrique Morente

Blas Fernández | 1 de marzo de 2012 a las 8:07

Los Evangelistas, durante su actuación en ‘La noche blanca del Flamenco’ de Córdoba en junio de 2011. / Rafael A. Butelo

Homenaje a Enrique Morente. Los Evangelistas. El Ejército Rojo / Sony Music. Rock. 2 LP / CD / Libro-disco

Heredero natural de aquel canon post-Omega que ya dio pruebas de su largo alcance en La leyenda del espacio de Los Planetas, este sentido Homenaje a Enrique Morente vuelve a reunir en torno al legado del cantaor y maestro granadino a aquellos músicos que junto a él redefinieron las bases del acercamiento entre flamenco y rock, tendiendo un robusto puente entre las experiencias en el mismo sentido llevadas a cabo a finales de los 70 y comienzos de los 80 –Veneno, Pata Negra…– y certificando, de paso, la obsolescencia, en términos de rock contemporáneo, de aquellas añejas fusiones sustentadas en gastados arquetipos sonoros y otros clichés facilones.

Si Antonio Arias y Eric Jiménez (Lagartija Nick, Los Planetas) vivieron en primera persona el proceso de Omega (1996) y sus gozosas consecuencias, J y Florent (Los Planetas) disfrutaron en igual medida del magisterio y la amistad de Morente, colaborador ocasional y presencia capital en el mencionado La leyenda del espacio (2007) y en Una ópera egipcia (2010).

Esa cercanía marcó de partida una notable diferencia entre este penúltimo contagio flamenco con epicentro en Granada y su antecesor sevillano, el de los hermanos Amador y el incombustible, por muchos años, Kiko Veneno. Mientras que en Sevilla la simbólica figura del pastor-guía, encarnada en el gaditano Camarón, plegó velas quizás acuciada, sólo quizás, por las reticencias mostradas desde el entonces hermético ámbito jondo –dejando casi solos a los vástagos; ahí quedaba, al fin y al cabo, Ricardo Pachón–, en Granada, Morente, más que acostumbrado a los desplantes de una crítica miope y sorda, mostró con acierto su indiferencia ante los inmovilistas protagonizando una continua búsqueda que resultaría en algunos de los discos más hermosos e intensos de la música española del siglo XX.

Perseverante también en el permanente cultivo de su curiosidad, Morente trenzó alianzas, entre otros, con aquellos músicos de rock de su ciudad que hoy pueden reivindicarse, si hiciera falta, como auténticos discípulos, apóstoles consagrados a predicar la buena nueva cuando la oportunidad se presenta. Esos mismos músicos, al cabo, a los que bastó una idea lanzada por el siempre atento e incansable editor y agitador cordobés Gabriel Núñez Hervás –la organización de un homenaje al desaparecido cantaor en el festival La noche blanca del Flamenco– para poner en marcha este emotivo y nuevo proyecto de rastreo y adaptación del legado del cantaor al ámbito del rock.

De ahí, cómo no, extraen Los Evangelistas once de las doce canciones que, finalmente, conforman este tributo a Morente, un artefacto editado en diversos y golosos formatos –a la versión normal en CD se suma otra en doble vinilo de 180 gramos, con descarga en MP3, y una tercera especial y limitada en disco compacto con el añadido de los dos números especiales que le revista Boronía dedicó al cantaor: nada menos que 372 páginas morentianas–, que, como era previsible, sobrepasa de largo el terreno del reconocimiento al maestro para configurarse, a la postre, como ese heredero aludido al principio, inherente continuación del camino emprendido con Omega.

No es casual ni inocente la elección para abrir el álbum de esa adaptación que Morente hiciera de Fray Luis de León, con Antonio Arias entonando un dulce Gloria a Dios / Gloria a Dios, en contraste con un océano de saturación, que despeja dudas, si quedaban, sobre el papel que el cantaor desempeñó entre su rebaño.

Hilvanando los cortes –pespuntes sólo sueltos, por razones obvias, en la versión en vinilo–, crece la emoción y la intensidad atravesando un repertorio de alternancia vocal entre Arias y J –al último corresponde, ungido de gravedad, la hermosa relectura de la Serrana de Pepe de la Matrona, uno de los abundantes momentos sobrecogedores del álbum: pasa diciendo / pasa diciendo / donde yo no hago falta / no me entretengo–, sacudido con intensidad sísmica gracias a la irrupción de Carmen Linares en Delante de mi madre. El mínimo texto –Delante de mi madre / no me digas ná / porque me habla mu malamente / cuando tú no estás–, cantado con la hondura abisal habitual en ella, se desdobla en múltiples bucles dentro de un magma psicodélico de, ufff…, subyugante belleza.

Soleá Morente, hija del cantaor, y Aurora Carbonell, su viuda, suman también su recuerdo a este imponente homenaje. La primera, paradoja, interpretando La estrella y doblando a Arias en la espeluznante Yo poeta decadente; la segunda, aportando el óleo que sirve como portada al disco, un rojo fuerte manchado en negro. Tan directo, tan potente, como la presencia de Morente en la memoria de quienes, en persona o por su obra, lo conocieron y estimaron. Gloria pues.

El desconcierto de ‘Omega’

Blas Fernández | 13 de diciembre de 2010 a las 23:08

Man in black. Foto: Javier Algarra (EFE).

Man in black. Foto: Javier Algarra (EFE).

No recuerdo la fecha exacta, el dato preciso, y sin embargo el recuerdo se mantiene fresco, persistente. Atando cabos, concluyo en que debió ser allá por el invierno del 96. Recibí la llamada de una amiga de Granada, más que invitándome, conminándome a subir hasta allí so pena de perderme una ocasión singular, un encuentro, me pareció entonces, poco menos que imposible.

“Enrique Morente va a cantar con Lagartija Nick”, me dijo. Yo pregunté. Mucho, claro, porque aquello no terminaba de cuadrarme. Lagartija Nick era para mí entonces uno de esos grupos monumentales cuyo radio de acción quedaba limitado al pequeño universo de los iniciados -y dele cada cual a los iniciados el significado que su trayectoria le permita-.

Conocía a Antonio Arias desde su época en 091 y había tenido la suerte y el placer de hacer de puente, en la medida de mis escasas posibilidades, entre su nuevo grupo y el sello Romilar D, el encargado finalmente de poner en circulación sus primeros vinilos. Arias, Juan Codorniú, Eric Jiménez y, poco después, también Miguel Ángel Rodríguez Pareja, daban forma a una demoledora y fascinante banda en cuyo currículo figuraba ya entonces una trilogía inmensa e incendiaria -Hipnosis, Inercia y Su-, enormes discos de rock en los que la herencia punk coqueteaba con el futuro, rodajas desde las que saltaban las alucinadas profecías de Antonio -que al final nada tenían de escritura automática- para quedarse durante días dando vueltas en tu cabeza mientras la traducías al plano de la realidad. Mientras las descifrabas, vaya.

¿Que tenía aquello que ver con el flamenco? Sabía de la cercanía entre el grupo y el cantaor. Había coincidido con ellos en la presentación de aquel otro disco y proyecto multimedia dedicado a Lorca, De Granada a la Luna, y ya entonces resultaba evidente que la simpatía era mutua. “Parece que están preparando un disco juntos y van a tocar algunos de los temas”, me explicó mi amiga. En efecto: era una temeridad perdérselo.

Fue en las naves de la Feria de Muestras de Granada, en Armilla, ésas que todavía por algún tiempo acogieron el Espárrago Rock -cómo se echa de menos el Espárrago Rock, ¿verdad?-, con un público mayoritariamente no flamenco salpicado, uno por aquí, dos por allá, de escasos aficionados al cante jondo. Lagartija Nick atacó su repertorio con la rotundidad habitual hasta que llegó el momento del experimento. Subió Morente al escenario, comenzaron a tocar juntos por primera vez y… El resultado de todo aquello me desconcertó.

Hoy se da por hecho que Omega es la obra maestra que en fondo y forma sin duda es, pero quienes veníamos escarmentados de anteriores aventuras con el flamenco y el rock como protagonistas -qué desdén tan propio del punk, ¿verdad?-, albergábamos nuestras lógicas prevenciones. Omega no sólo no era un disco fácil -¿y qué?, siempre me han gustado ese tipo de retos-, sino que además se formulaba en un lenguaje nuevo, se cifraba en un código inédito para formular ese encuentro desde una perspectiva desconocida. Había que escucharlo muchas veces para entenderlo, para darse cuenta de que suponía el punto y aparte tras el que empezaba a escribirse un nuevo canon, justo como había pasado con Veneno, como había sucedido con La leyenda del tiempo, como en cierto modo volvería a pasar después a la inversa -con colaboración también del propio Morente- en La leyenda del espacio de Los Planetas.

En el caso concreto de Omega, aquello no era la consabida, cansina y vieja fusión, sino un disco de flamenco en el que el rock irrumpía propiciando momentos de intensa emoción y tensión.

La historia que vino después es de sobra conocida. La intrahistoria anterior lo es mucho menos. De la génesis del disco escribe mi compañero Jesús Arias un no menos emocionado artículo -vale la pena rastrear esa misma historia en otra narración del mismo autor, más desnuda y personal: A propósito de Omega, publicada este mismo año por la revista Litoral en su número 249, Rock español. Poesía & Imagen-. La sensación, esa extraña emoción, por su parte, se refuerza: Omega sigue siendo ese disco inagotable que hoy se escucha con congoja, a sabiendas de que el principal artífice de la reconciliación de otros como yo con el flamenco, simplemente, ya no está entre nosotros.

Tendrá que haber un camino

Blas Fernández | 10 de diciembre de 2009 a las 11:12

J, durante la actuación de Los Planetas en la última edición del FIB. / D. Castelló (Efe)

J, durante la actuación de Los Planetas en la última edición del FIB. / D. Castelló (Efe)

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Cuatro palos. Los Planetas. Sony BMG. Rock. CD-EP

Junto al valor intrínseco de su propio repertorio, al subjetivo caudal de emociones que acarreaba, el gran valor de La leyenda del espacio (2007) fue, como se apuntó entonces en esta misma página, su absoluta redefinición del canon de interactuación entre rock y flamenco; el acercamiento del primero al segundo desde una perspectiva contemporánea, desprovista de los tics pretéritos que aludían a encuentros habitualmente adjetivados bajo el ámparo de términos como fusión o progresivo.

En un impecable ejercicio de apropiacionismo, que sorprendió para bien o para mal a buena parte de sus seguidores de largo recorrido, Los Planetas asaltaron el arsenal jondo para usar desde su trinchera las armas sustraídas de éste.

No se trataba pues de fusionar nada, ni siquiera de contar con el empaque que adjudica la tutela, más o menos nominal, de un flamenco de altura –el Morente, partícipe testimonial, que había hecho ya algo similar, pero distinto, junto a Lagartija Nick en el celebrado Omega (1996)–, sino de reinterpretar modos y formas flamencas bajo un prisma ora psicodélico, ora pop, ora cercano al krautrock (piense en al apropiacionismo folclorista de Pony Bravo y trace singulares líneas coincidentes en cuanto al uso del sustrato popular en parte del mejor rock facturado hoy desde Andalucía).

Cuatro palos, anticipo del álbum que el grupo granadino editará el 2 de febrero del próximo año, persevera sin disimulos en la idea de mantener esa misma ruta que perfilaron canciones como los tientos de El canto del Bute o la caña de Tendrá que haber un camino. El objetivo, se antoja, es comprobar hasta dónde se puede llegar en esta aventura revitalizadora, desprovista ya del factor sorpresa, pero aún excitante en sus futuribles.

Para ello, no obstante, habrá que esperar hasta la edición de ese nuevo álbum, pues lo que Cuatro palos ofrece, bajo el pretexto de celebrar el centenario del cantaor sevillano Manolo Caracol (1909-1973), resulta una continuación evidente de lo ya postulado en La leyenda del espacio, aunque sin alcanzar, quizás, las cotas de sobrecogimiento que aquél sí provocaba.

Esto es, Romance de Juan de Osuna –con su más que evidente deje kraut–, No sale luz esta noche –la cuota psicodelizante–, Yo le estoy pidiendo a Dios –el peaje pop– y los Tarantos de Perico el Morato –la de guitarras más afiladas– funcionan bien como coda de La leyenda del espacio, pero cabe preguntarse si también lo harán como introducción a su nueva y esperada entrega.

Ahí les dejo el clip de Romance de Juan de Osuna